Venía en coche desde Valladolid, seis horas de ruta hasta Sevilla, tras una semana agotadora de trabajo.
Con mi música, a mi bola, con la futura novela en mi cabeza y las ganas de cenita romántica con Fran, cuando paré a echar gasolina al entrar en Extremadura.
Se me acercó un hombre con uniforme de trabajo.
—¿Pasa por Mérida?
—Sí —le dije.
—¿Puedo ir con usted?
—No —le respondí, con toda la carga de una semana tras de mí de reuniones, seminarios, cenas de trabajo—. No, lo siento. Necesito estar solo. —Me miró como quien mira a un extraterrestre.
Terminé de echar gasolina y miré hacia un lado. El tipo se tomaba unas cervezas en una mesa cercana, pero a mí me dejó una mochila de culpabilidad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario