Soy de un goloso empedernido y esa parte insana en mí se enfada con el Salva cuidador de su cuerpo.
Por mucho estrés que me invada, no perdono mi rutina de los seis mil pasos. Llueva, truene o haga 40 grados. No hay ni un solo día, en años, en que no los haya caminado ese mínimo imprescindible.
Las tardes de más pereza me pongo como objetivo una confitería en la calle Canalejas que tiene unas palmeras de chocolate espectaculares. Ir y volver desde casa viene a supone cumplir con el compromiso diario. Compromiso con más nadie que conmigo mismo.
Entonces, una gran parte de las ocasiones, rodeo la manzana donde está la pastelería y me vuelvo sin pecar. Me sirve como la zanahoria al conejo.
Eso sí, hay días en que caigo de lleno y me regodeo en el Salva pecador.
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