Tengo una ley laboral propia, y está por encima de cualquier otra:
si alguien quiere hablar conmigo, eso va primero.
Da igual si es un problema técnico o un desgarro personal.
Uno deja lo que esté haciendo y pone en ese compañero todos los sentidos.
Porque cuando alguien necesita hablar, no estar ahí es un modo de romperle algo.
Todo lo demás —los plazos, los informes, las reuniones— puede esperar.
Negarse a escuchar es la forma más silenciosa de envenenar un equipo.
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