Los problemas no vinieron por ahí, porque sigo siendo callejero, sino por mi torpeza para moverme con efectivo.
—Son siete con dos —me dice la del Carrefour.
¿Siete con dos? Empiezo a sacar billetes y monedas para que la cajera vaya picando de la palma de mi mano, porque hacía años que no los utilizaba para realizar ningún pago.
Me ocurre casi lo mismo que al escribir. Ya solo uso el boli para las dedicatorias de mis novelas.
—¿Qué significa esa palabra? —me preguntan, apurados.
Y no la entiendo ni yo.
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