Cenábamos en un bar muy coqueto por Plaza de Armas.
Todo novelista lleva un mirón encima y esa noche, relajada, me embelesé con la risa de dos mujeres que debían rondar los cuarenta.
No eran carcajadas, ni sus decibelios eran altos, ni sabía de qué hablaban. Eran, simplemente, dos mujeres libres pasando un buen rato.
A los chavales ultraderechistas de hoy en día les explicaría que en esa escena está el triunfo de décadas de democracia.
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