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lunes, febrero 25, 2013

Débil


Hay veces en que el mayor defecto de una persona se convierte en su mayor virtud, y viceversa.

Soy consciente de que una de las claves para llevar una vida medio coherente y que las cosas me vayan bien viene dada por mi espíritu orgulloso.

Lo soy desde pequeñillo.

No se me puede decir nada mínimamente crítico sin que yo reaccione, muchas veces en positivo, pero en cualquier caso nunca admitiendo el que se me cuestione, ataque o ridiculice sin poner toda mi energía en contrarrestar esa crítica desde la construcción de una estrategia.

Era el más chico, físicamente, de mi clase. Era bizco hasta que me operaron. Era tímido como no se puede ser más. Todo un candidato a diana de bromas de chavales cafres a esa edad. Había, sin embargo, una fuerza en mí que me hacía ser respetado por los compañeros de clase. Construía una fortaleza en torno a mí que me convertía en inexpugnable.

Mi vida universitaria, mis relaciones amorosas, mi trayectoria profesional siempre han tenido una gran consistencia por mi incapacidad para doblegarme. Algo que resulta tremendamente fatigoso pero que es difícil de controlar.

Puedo fallar una vez, no alcanzar una meta, no conseguir un objetivo, pero mi cuerpo y mi mente ya se preparan desde esa primera derrota para no volver a caer.

Hay veces en que me gustaría ser más débil, eliminar esa arrogancia intrínseca de quienes somos perfeccionistas y nos exigimos siempre más.

El orgullo, entre otras muchas virtudes y defectos, me ha llevado a estar donde estoy. ¿Cuánto ha tenido que ver en mi felicidad actual?, ¿hasta qué punto ha conformado a un hombre sufridor?, ¿qué cuota de negritud hay en organizarse la existencia así?

La vida es un eterno camino hacia el conocimiento personal.

Sí, hay días en que sueño que quiero ser más débil.

sábado, febrero 23, 2013

Limpiador

Cenábamos ayer en el Kiosko Santi, Isaac y yo. Acababa de llegar de pasar la tarde con mi sobrino en la consulta de Nuria para que a Iván le pusieran su primer aparato dental ahora que está en la edad propicia para colocar bien la dentadura en su sitio.

Iván tiene la edad, 10 años, en que todo le interesa, incluso el detalle de mi trabajo de cada día. Me pregunta cuánta gente trabaja conmigo, qué es lo que yo hago para conseguir la calidad de las cajas de cambio, cómo se hacen las cajas, cómo trabajan los operarios, cómo son las máquinas, cuántas luces tienen, cómo de grandes son, cómo es mi jefe, cómo es mi despacho... Necesita saberlo todo y a cada respuesta mía él gesticula interpretando mis explicaciones, tal vez imaginando máquinas más grandes y galácticas en una factoría como la de Charlie (y su fábrica de chocolate).

Tras el primer impacto que le supuso verse con el aparato, y pasado el susto, volvió a hablar como un loro camino del bar, pero ahora sin poder pronunciar bien las tes, la erres tras la pes o las eses al tener el paladar inundado de metal.

Ya en la mesa él se nos unió a la cena, y el interrogatorio comenzó con Santi. ¿En qué trabajas? Él le explicó que en una empresa de limpieza. ¿Como Lipasam? Sí, algo parecido, pero mi empresa trabaja limpiando edificios y Lipasam limpia las calles.

Entonces yo le detallé un poco más, en base a ejemplos, en qué consistía el negocio de Santi:

Cuando una empresa o un bloque de vecinos quiere una limpiadora, pues contactan con Santi y llegan a un acuerdo.

¿Y no puede ser un limpiador?

'¡Plaf!'

Bofetada plena de ingenuidad a mi involuntario, pero imperdonable, comentario sexista.

Hay esperanza en las nuevas generaciones.

martes, febrero 19, 2013

Explotar


Uno de los defectos propios que más orgulloso estoy de haber corregido dentro de mi larga lista es el de la incontinencia verbal, no por la agresividad de mis palabras en determinadas circunstancias, sino por la facilidad para abrir la tapadera de la propia indignación en esas épocas en que me movía el corazón más de lo aconsejable.

Creía que uno era más auténtico cuando reaccionaba con inmediatez a lo que consideraba injusto o ridículo, entrando en espirales de tensión que me quitaban la razón de raíz al despreciar los argumentos en el otro, por muy equivocados que yo pudiese considerarlos.

Aprender a controlar los impulsos es una virtud de la madurez que a veces se considera defecto porque parece que te hace menos auténtico, libre y coherente, pero no todo, ni siquiera la mayor parte de lo que ofrece el paso de los años, hay que tomarlo en negativo o como sinónimo de pérdida de vitalidad.

Los años traen una decrepitud tan pausada que, de golpe, una foto de años atrás te hace perder el pie, te van regalando con dolores en sitios inimaginados de tu cuerpo, con manías raras y desengaños múltiples, sociales, familiares y de amistad, pero también traen la sabiduría, y ese arma es de las más hermosas con que se nos puede regalar.

La sapiencia no es sólo acumulación de informaciones, elocuencia o bagaje cultural, sino la capacidad de la que nos vamos dotando los humanos para ser menos simples, más congruentes.

Cuando vemos todo lo que vamos dejando por la vida no debemos soslayar el hecho de que ésta, al fluir, nos surca no sólo de arrugas sino de talento para gestionar las tensiones con mucho más humor y distancia.

jueves, febrero 14, 2013

Extremos

En los extremos nunca está la Verdad.

Fundamentalmente porque la Verdad absoluta no existe, sino criterios, certezas y verdades que dependen de la persona, las circunstancias o las sociedades.

Decir que la vida no tiene ningún sentido porque siempre desemboca en la muerte es una frase que tiene bases lógicas para ser cierta, pero está alejada de la Verdad desde el momento en que la inmensa mayoría de la población encuentra ilusiones, incluso coherencia, en el hecho de vivir.

Sentenciar que el hombre es un lobo para el hombre puede resultar incluso plausible en determinados momentos, ante grandes desengaños personales o colectivos, pero no es menos cierto que hay momentos espectaculares en que uno se reconcilia con el ser humano y vuelve a creer en él.

Apoyar opciones políticas extremas puede llegar a ser entendible para personas desubicadas, apaleadas por la vida o insolentes con el mundo, pero una sociedad no se puede dirigir desde la radicalidad de posturas dogmáticas.

Madurar en la inteligencia es bucear en la duda, porque la vida real es inconstante, maleable, desazonadora y arrebatadora.

Nadie nunca tiene toda la razón, no hay opciones impecablemente congruentes, todas las sensaciones tienen su base lógica, cada persona tiene motivos para errar y entenderlo es un paso, quizás, hacia la verdadera felicidad.

Porque no hay felicidades verdaderas que se sostengan en el tiempo, pero bien es verdad que ser feliz es posible.

Y tanto.

domingo, febrero 10, 2013

Casco

Cada vez que atravieso el túnel bajo la calle Arjona en moto me acuerdo de Olga.

Hará veinte años de esa noche de sábado en que bebimos como cosacos, nos recorrimos todos los garitos de Sevilla y nos amaneció en algún bar del Arenal.

Atravesando el túnel, de recogida, a ella se le cayó el casco y yo, piloto, di un giro en redondo para recogerlo, sin atender a otro interés que el de recuperarlo, sin pensar en quien pudiese venir a esas horas para arrollarnos. Un coche pasó lanzado a nuestro lado y nos pitó con fuerza.

Hay imágenes que quedan grabadas a fuego marcando un antes y un después en los comportamientos, en la conciencia de la madurez, el peligro y la fragilidad de uno como ser humano.

Ese día, al despertarme con la resaca, la escena se me repetía una y otra vez. Aparecía un coche a toda velocidad que nos empotraba contra las paredes del túnel.

Es un recuerdo compartido con ella, que años después sigue recordando que ese amanecer de fin de semana fue uno de esos momentos en que uno se transforma, haciéndose cargo del paso directo hacia la madurez.

Algunos tuvimos la suerte de la segunda oportunidad, a otros les arrollan.

viernes, febrero 08, 2013

Universos

Es curioso pensar cómo todos los seres humanos nos sentimos centros del Universo.

Roza lo ridículo pero, al mismo tiempo, es sano.

Solemos hablar de nuestras vidas con cierta complacencia, explicamos nuestro día a día con un lenguaje  grandilocuente y nos reímos poco de nosotros mismos.

Incluso las personas más anodinas construyen su propia realidad en base a sentirse importantes, lo que tal vez tenga que ver con nuestro espíritu de supervivencia. Si nuestras rutinas diarias no estuvieran adornadas con ese barniz de autosatisfacción seguramente nos costaría muchísimo levantarnos cada mañana para volver a repetirlas.

Puede resultar, incluso, que el más lúcido sea quien menos bases energéticas encuentre para enfrentarse a diario a las exigencias menos transcendentes.

Somos millones de universos pequeñillos que viajamos por este espacio terrenal deslumbrándonos con nuestras luces propias, sin ver otras estrellas más brillantes que no hacen más que entorpecernos en el constante ir y venir hacia, muchas veces, ninguna parte.

Afortunadamente somos así.

martes, febrero 05, 2013

Enemigos

Es de inteligentes tratar de rehuir de los espacios en común con la gente que no soportas.

Se va aprendiendo, con los años, a evitar guerras inútiles con personas que, si bien algún día pudieron ser importantes para ti, no te aportan nada positivo.

Cuando el enriquecimiento que viene del otro es nulo o negativo, lo mejor es cerrar las puertas de la comunicación, por el bien de ambas partes.

El problema es cuando las circunstancias no te permiten establecer esas estrategias de higienización al estar uno obligado a compartir el campo de batalla, entiéndase vida laboral. Entonces la estrategia cambia de forma radical.

En el trabajo ofrezco mi mejor sonrisa al compañero que menos soporto.

Cuestión de supervivencia.

Con los pejigueras, insulsos, trepas, cuentachistes, tomacafés, clavapuñales e integristas del trabajo hago lo posible por llevarme bien. Soy impecable, acogedor y amable, aunque sumamente frío. Hago lo máximo por caerles bien, sin perder demasiada energía, porque aunque de ellos no espero nada sí sé que tendría que multiplicar la energía desperdiciada en caso de que ellos me vieran como enemigo.

jueves, enero 31, 2013

Podredumbre

Anoche me acosté triste porque me dio por pensar más de la cuenta en la situación de mi país, tras leer un artículo acerca de Urdangarín. Hoy nos despertamos con la publicación de la agenda contable de Luis Bárcenas y el chorreón de desconsuelo sobre nuestro mundo político alcanza cotas tan bajas como no se recuerdan.

Es tal la desvergüenza que la posibilidad del optimismo se convierte en quimera. Definitivamente estoy avergonzado del momento político que me ha tocado vivir. Yo no he metido la mano en ningún sobre ni he cobrado comisiones a nadie, pero sí pertenezco a una sociedad que no ha sabido elegir a políticos limpios para que nos dirijan, y algo de culpa tendré.

Personas que pierden toda su credibilidad desde el momento en que no respetan las mínimas reglas del juego, y que además nos toman por tontos.

Hace tiempo que dejé de creer en ningún partido político, y eso es duro para alguien que, como yo, cree en la política con mayúsculas, porque pienso que este mundo debe funcionar bajo cauces democráticos y leyes dictadas desde el más puro sentido ético.

Pero, ¿qué ética tienen nuestros dirigentes?

¿Cómo se pueden pedir esfuerzos a los ciudadanos cuando ellos mismos reciben dinero en negro?, ¿qué sacrificios se pueden pedir cuando han montado un chiringuito colosal de mercadeo de favores en beneficio propio?

Ayer visité una exposición de un fotógrafo inglés, fotos en sepia de las ciudades andaluzas a mediados del siglo XIX.

Como introducción había un retrato de la reina Isabel II, a la que se describía bonachona y popular, y se documentaba, en un par de párrafos, la situación convulsa del país por entonces, con una crisis tremenda de la política y un sistema financiero descalabrado que llevó a esa sociedad de hace siglo y medio a la desolación.

Veo la situación de España ahora y pienso que no tenemos remedio.

Algo marcha mal en nuestra sustancia que habrá que erradicar alguna vez y para siempre si queremos construir una sociedad sana, solidaria y ejemplar.

martes, enero 29, 2013

Ojos

Hubo un compañero de la fábrica donde trabajo, hace muchos años, que me contaba en los turnos de noche en que las averías nos dejaban respirar sus teorías acerca de la existencia.

Siendo sevillano en el habla parecía oriental en su espíritu contemplativo y reflexivo. Me hablaba de la Naturaleza como su religión, convenciéndome por momentos de la inexistencia de la muerte puesto que, decía, nosotros, como materia, no desaparecemos, formamos un conjunto indisoluble con el mundo y el universo, nos reconvertimos pero ahí seguimos. Siempre.

Es hermoso tener la capacidad de pensar así, aunque sea a ratos.

Su reflexión pasó por mis filtros noveleros y se proyectó en otro prisma para ver la vida, particular, sí, efectivo a ratos también.

Esa proyección me lleva a ver el mundo como un ser vivo, que lo es desde el momento en que encierra vida en su interior, del que nosotros somos un trozo minúsculo, pero trozo al fin y al cabo. De la misma forma que un pelo o una célula, vivísimos, pertenecen a nuestro cuerpo.

Un ser vivo del que nosotros somos sus ojos; le damos la vista al mundo. Esa gran masa de la que formamos parte indisoluble a la que entregamos información a partir de nuestras visiones, sensaciones, escuchas.

El mundo crece en función de lo que siente y es el hombre, soy yo, quien le da el retorno y lo hace evolucionar.

Mis ojos son los ojos del mundo, que mira curioso y reacciona; y por muchos ojos que tenga, los míos son suyos, y yo lo hago avanzar.

viernes, enero 25, 2013

Futuro

Me da por pensar en mí cuando no esté, pero sin centrar la mirada en mí, sino en el ser humano que hay en mí, anónimo, sin nombre, ni apellidos, ni lugar de nacimiento.

Reflexiono acerca de aquellos a quienes ya no conoceré, los que habitarán esta tierra sin darle mayor importancia a los que ahora la vivimos, sin pensar en cómo estuvimos provocando en nuestro presente actual su presente futuro, así como nosotros no dedicamos tiempo a pensar en los que fueron construyéndonos esta actualidad que nos condiciona.

Somos poco generosos con aquel que vendrá a ocupar nuestro lugar, tal vez porque suficiente hacemos con saber sobrevivir. O eso nos decimos.

El ser humano suele viajar con las luces cortas: la generación que nos preocupa es, como mucho, la inmediata, y puede que esa mentalidad estrecha esté en el origen de los desequilibrios actuales.

Somos producto de civilizaciones que se han ido cimentando para vivir en exclusiva su realidad, sin importar nunca quiénes vendrían después.

Construimos deudas futuras, superpoblaciones venideras y un planeta alejado de lo verde. Los gobiernos miran por el producto interior bruto del año próximo, no del siglo venidero, sin establecerse estructuras robustas que nos anclen a sociedades consistentes.

Todo es el 'ya' porque, egoístamente lo sabemos, no viviremos en un mundo inhabitable.

Nosotros no.

Deberíamos pensar más en el hombre con mayúscula, el que siempre existirá y aún no ha nacido, y no circunscribirse a trabajar por los que votan, pagan impuestos y respiran el día que hoy vivimos.

No existe empatía por las condiciones de vida del que nacerá. Poco importa que nos maldigan.

El hombre del futuro nos mirará con desprecio. O no nos mirará siquiera. Seremos su vergûenza. Sí, nuestra generación. Y ya, para entonces, no tendremos derecho a defendernos.

lunes, enero 21, 2013

Comparar

Cuando hice mi primer viaje interrail por toda Europa, sin ni tan siquiera 20 años, comprendí que había dos formas de enfrentarse a lo nuevo, que en esas circunstancias lo era todo: las gentes, las lenguas, paisajes, costumbres, vientos y luces; o bien se miraba con ojos vírgenes o bien se pasaba por el filtro de lo ya conocido. Me decanté, como en una prueba de vida, a defender la primera estrategia para siempre.

Iba con un compañero de viaje, tan alucinado como yo por la experiencia de pasar un mes tan lejos de casa sin apenas dinero, que optó por comparar. Todo era mejor, peor o similar que Sevilla y en sus conversaciones siempre acababa mencionando a España.

La grandeza de descubrir, según el planteamiento que yo abracé, era enfrentarme al mundo, a lo desconocido, al extraño con la falta de prejuicios que supone no obsesionarme por pensar cómo son de diferentes respecto a mí y mis circunstancias.

Es una inocencia forzada, sí; resultando incluso más difícil, con los años, encontrar la libertad total que supone estar dispuesto a integrar lo inexplorado en tu vida. Difícil, sí, mantener la capacidad de sorprenderse.

Siento que se aprende más cuando no se ponen corazas a los vientos que llegan de otros lugares, aún estando éstos dentro de una parte de ti que aún no conoces.

miércoles, enero 16, 2013

Flash

La vida es desconcertante incluso en los momentos anodinos, siempre que mantengas tu sensibilidad alerta a observar el mundo pasar.

Quien más quien menos todos tenemos un historial de situaciones límite que nos llevaron a alcanzar momentos de máximo despiste en nuestro devenir como humanos, pero tendemos a estabilizar incluso la más caótica de las tesituras para conseguir que todo vuelva a su cauce, que de nuevo la existencia nos parezca normal.

Recuerdo mis años de remo, cuando entrenábamos durante kilómetros y kilómetros montados en un bote sobre el Guadalquivir, en movimientos estudiados, siempre perfeccionables a pesar de su repetitividad. El equilibrio inestable de la embarcación se conseguía a base de mantener la velocidad, conservar la postura y sincronizar tus movimientos. 

Sin embargo, había momentos de lucidez u ofuscación en que tu cabeza se iba de allí, de ese entrenamiento, del río y del ir y venir de tus brazos con exquisita precisión hacia ningún lado y entonces, durante un instante, perdías el equilibrio y tu cuerpo producía un espasmo de autocontrol para recuperar el mando.

A veces me pasa que en mi vida diaria, intensa, emotiva, llena de proyectos y cargada de frustraciones aparece una situación perfecta, inexplicable, perturbadora en que creo ver durante décimas de segundo el Secreto de la Vida.

Tras ese momento mágico, casi soñado, el cuerpo te devuelve a tu sitio, al paleteo sincronizado sobre el río de tu existencia comprensible.

jueves, enero 10, 2013

Desaparecer

Nunca los argumentos propios se pueden utilizar como arma para derrumbar la elección amorosa de una persona a quien quieres.

Es muy doloroso comprobar que tú no pintas nada por muy claro que veas negro el horizonte de personas importantes para ti, pero es así.

Recuerdo un cubata compartido con una buena amiga, empecinada en buscar el amor de un hombre que a mí me resultaba tan insulso como soberbio.

-¡Bore, si me quieres déjame en paz!

Era su elección, y yo tenía que comérmela con patatas.

Y luego no vale utilizar las derrotas futuras para recrearte en tus teorías pasadas. Cuando la derrota viene o el amor no se consuma la única opción sana es estar ahí, cuanto más callado mejor, evitando hasta el soplo más diminuto de sutileza que haga referencia a indignaciones pasadas.

Si estás convencido de que la persona que quieres elige mal, en uno está el retirarse, encauzar los afectos de otro modo, tragarse la inquina como sopa boba y admitir que el mundo de las relaciones está hecho así.

Si no soportas las relaciones de la gente a la que quieres, desaparece o calla, porque no hay más errores en las elecciones amorosas que aquéllos que comete el sujeto que ama; y ahí sólo mandan dos, nunca tú.

lunes, enero 07, 2013

Roscón

Si no fuese porque a su edad yo estaba tan en la parra como él, no daría crédito a la inocencia de Iván.

Le entrego hoy su regalo de Reyes, el que han dejado en mi casa pero que no he comprado hasta esta mañana entre la marabunta de los buscadores de rebajas. No habiendo podido encontrar el ejemplar de libro que buscaba, segundo número de una serie ya empezada, le compré otro y le hice saber que los Reyes me explicaron que era mejor éste que no el que buscaba.

Dando por bueno mi relato, Iván, con los ojos abiertos, me comentó, con cara de pedir ayuda, que 'ellos' se habían comido medio roscón y las tres tazas de leche que les había preparado antes de dormir.

-¿Y tú no oíste nada?

-¡Qué va!

Fran le preguntó si no les había dejado agua para sus camellos y él reconoció que no, aunque puso cara de memorizarlo para otra vez. Yo no le di mayor importancia:

-Ya tomarán agua de otras casas.

Luego me contó que no encontraban el regalo que le había pedido el abuelo, que al final apareció junto a la puerta de entrada de la casa.

-¡Envuelto en una bolsa de El Corte Inglés!

Luego se acercó mi hermana, con él entretenido jugando a un batman 'transformer', y nos contó la odisea para recuperar el regalo olvidado del abuelo del maletero del coche y cómo les cogió in fraganti mi sobrino metiéndolo en casa.

-¡Uy, Iván!, mira dónde ha aparecido este paquete, justo en la puerta. Es que a los Reyes Magos les dan miedo los perros y no habrán querido entrar con tantas cosas hasta el salón.

Le comento a Raquel su emoción al saber que se han comido medio roscón y ella me confirma que fue mi cuñado quien, con dos cubatas encima, casi se lo liquida en mitad de la noche.

-Y lo que yo no sé -me decía él- es cómo han conseguido partirlo justo por la mitad, tan perfecto, sin cuchillo ni nada.

jueves, enero 03, 2013

Clínex

Sin planteamiento previo, con el paso de los años he ido dándome cuenta de que en mis desayunos de fin de semana, donde tanta fiesta hago a un periódico de papel mientras tomos unas tostadas en casa o en alguna de mis cafeterías preferidas del centro, he ido pasando de leer dos diarios, uno sevillano y otro nacional, a quedarme con un solo ejemplar de El País.

En mi modesta opinión la prensa sevillana va a rebufo de las inquietudes más básicas de la población menos inquieta. Que la población quiere fútbol, toma fútbol. Que el pueblo quiere hermandades de Semana Santa, ración doble todo el año. Que a los sevillanos les gusta saber cuántas farolas hay rotas semanalmente, ahí tenéis vuestro informe.

Es una caricatura, sí.

Una misión que no debe olvidar el periodismo, entiendo, es la de crear opinión e incluso provocar una evolución de ésta a partir de informaciones contrastadas, complejas y tendentes a no solo informar, sino formar.

Prefiero mil veces saber cómo transcurren los acontecimientos en una Siria que se desangra o los últimos avances en investigación médica en Estados Unidos que no el parte diario de besamanos en las iglesias sevillanas.

Pero no habría que ir muy lejos para que yo volviera a caer en las redes de la prensa de mi ciudad. Bastaría con que me provocasen contándome historias de la Sevilla real con la profundidad que nos merecemos o artículos de opinión de cómo va el mundo, del que no somos ombligo, con el punto de vista de nuestro carácter andaluz.

Llevo años observando la sonrisa casi nunca correspondida de los negros que abarrotan las principales avenidas del extrarradio de la ciudad vendiendo clínex. Son personas que habitan a mi lado, que no creo que puedan vivir de esa miseria. Quiero saber quiénes los organizan, qué comen, dónde duermen, de qué países vienen, cuánto tiempo se quedan de media, cuántos se integran, cuántos regresan. Quiero saber si se casan con gente del lugar, cuáles son sus sueños, hasta qué puntos están atendidos sanitariamente, qué es de sus familias.

A cambio encuentro, más veces de lo que mi estómago es capaz de soportar, fotos de señoras aristocráticas con pelo de peluquería vendiendo muebles antiguos en rastrillos benéficos.

Periodismo de investigación, moderno, no entrevistas hechas con rejillas del siglo pasado.

Necesito riesgo, aventura, inconformismo, innovación, propuestas, provocación... pero la encuentro en otros periódicos que no son andaluces.

La pena es que sé que todo es ponerse y romper.

martes, enero 01, 2013

2013

El único pero que le pongo a las celebraciones en que festejamos el paso del tiempo es precisamente eso, admitir con contundencia que el tiempo vuela.

Estas uvas las he tomado en un ambiente tan agradable, tranquilo y relajado como nunca hasta ahora, en una casa en mitad de la nada entre Tarifa y Algeciras, que me ha dado lugar a trasladarme a las antiguas campanadas en casa de mi abuela, cuando mis tíos y primos lo inundaban todo y uno no era más que un niño o adolescente perdido entre tantos.

El haber disfrutado de los cubatas posteriores sentado en el sofá, oyendo buena música y charlando a ratos me ha permitido recordar la gente pasada, sobre todo la que ya nunca más estará, sin amargura, con emoción.

La evolución de los afectos en mi familia, mis complejos infantiles, el despertar al sexo, las temporadas de remo, la aparición del amor, la muerte de mi madre, el cambio del colegio por la universidad, los viajes por Europa, el paso de la universidad a Renault, mi primer clío, mi piso céntrico de Sevilla, la primera novela, mis años en París, el nacimiento de Iván, mi mégane, el descubrimiento de Nueva York, el encuentro del verdadero amor, el apartamento de Conil, los viajes por medio mundo, las alegrías de mi última novela, el proyecto eterno de su película...

Y todo este tiempo rodeado de gente fiel y de otra que fue yendo y viniendo.

Con lo que a mí me gusta disfrutarla y plantearle nuevos retos, las uvas sólo me fastidian por recordarme que la vida es finita.

viernes, diciembre 28, 2012

Mezcla

Mañana es el cumple de Iván y, como le había prometido, nos hemos ido los dos a comprar su regalo: las botas de Messi.

En el camino hacia el centro empezó a hacerme el repaso de los amigos que irán a la fiesta de mañana: Pablo, Abilio, Álex... y dos nombres que yo no terminaba de controlar.

-¿Esos son tus amigos que tienen una madre japonesa, Iván?

-Sí. Pero son de aquí, porque el padre es español.

Entonces le comenté lo bonita que era la mezcla.

-Fíjate que siempre que se juntan dos personas de distinta raza tienen hijos que tienen un poco de los dos, y eso es muy bonito. Que la gente diferente se junte y vayamos mezclándonos entre todos.

-Pues esos dos tienen toda la cara japonesa -sentenció él, dudando de mi razonamiento.

Seguíamos camino de la compra cuando a él se le encendió la luz:

-Pero es verdad, porque tienen toda la cara japonesa, pero han salido hablando español.

miércoles, diciembre 26, 2012

Catedral

Los franceses llaman 'flâner' al pasearse sin rumbo, sin prisas, sin objetivo.

Aprovechar los días de descanso con que se nos regala en períodos de vacaciones me permite hacer eso, disfrutar de las mañanas frescas y luminosas de Sevilla para pateármela sin otra expectativa que ésa (me niego a dejar de utilizar las tildes en los pronombres demostrativos por mucho que lo prescriba la RAE).

Nos habíamos levantado pronto para llevar mi novela al registro, de horarios imposibles para quienes trabajamos, y nos convencimos para ir caminando con tranquilidad hacia la Catedral.

Es uno de esos lugares a los que siempre voy con algún francés, o un madrileño, o un japonés. Visita rápida para continuar por los Alcázares, Archivo de Indias, Barrio Santa Cruz... explicando con precisión las informaciones relevantes que deberían retener de su visita a mi ciudad.

Hacía una eternidad que no la visitaba, la Catedral, para mí mismo. Esa mole inmensa de siete naves construida hace más de quinientos años. Poder pararme en cada capilla, casi cincuenta, que podrían ser perfectamente la iglesia mayor de cualquier pueblo, leer la historia de sus arquitectos: flamencos, portugueses, franceses, alemanes, castellanos, andaluces... Admirar cuadros, frescos y esculturas de los grandes de todas las épocas, oler, tocas las piedras, escuchar cómo suenan las conversaciones en su interior, imaginar la vida allí, tan desprovista de elementos perecederos que dificulten situarse en un determinado tiempo.

Nos unimos a un grupo de turistas gallegos en el Altar Mayor, donde la guía, extrovertida e ingeniosa, contó como las figuras de ese inmenso retablo se iban construyendo cada vez más grandes para poder explicar toda la vida de Jesús sin tener la sensación que las imágenes se fueran haciendo más pequeñas conforme subiésemos la mirada hasta los veinte metros de altura a los que llega.

Los seguí, como un turista gallego más, para que me explicara los detalles de la tumba de Colón o quién era el protagonista, orondo y gigante, del fresco inmenso de uno de los laterales del crucero principal. Era San Cristóbal, al que se ruega contra la muerte repentina.

Paseé por el Patio de los Naranjos, testigo mudo del esplendoroso pasado árabe de la ciudad, desde el que se observa una Giralda imponente, símbolo de dos religiones unidas en piedra durante siglos.

Horas en la Catedral para disfrute propio, calmado y sanador.

sábado, diciembre 22, 2012

Teoría

Una de las principales muestras de la debilidad humana se manifiesta en el importante salto existente, muy a nuestro pesar, entre nuestros principios y nuestros actos.

La bondad, como tal, es fácil definirla; los actos buenos y generosos son identificables, podemos reconocerlos, aplaudirlos y apuntarlos en nuestro listado inconsciente de modelos a seguir.

Es incontestable el beneficio que supone reciclar, pero qué lejos queda el contenedor de vidrios.

Sé cómo de importante es sostener el ánimo de amigos despistados, pero he dejado a muchos a un lado, con los años, por no aguantar su tristeza, su debilidad o sus jodidas imperfecciones, tan humanas.

Critico con convencimiento actuaciones frívolas que luego repito, identifico comentarios estúpidos que, sin darme cuenta, acaban resbalándose de entre mis labios.

Es fácil banalizar la importancia del dinero cuando se tiene y jode dedicarle más tiempo del preciso a pensar en él, resulta natural criticar a quien se salta un semáforo al tiempo que se grita como un energúmeno ante un conductor despistado. Aconsejar acerca del desamor es sencillo cuando no se tiene el alma desgarrada, ver la soledad de lejos es incluso hermoso cuando se tiene una mano siempre cerca.

Nos sentimos incomprendidos por minucias que nos hacen creernos centros del universo mientras soslayamos situaciones personales dramáticas de gente que viven sus miserias, más cerca de lo que desearíamos, en silencio.

Me quejo de egoísmos de los que acabo siendo protagonista.

lunes, diciembre 17, 2012

Huyendo de mí

Hace años comencé a escribir mi última historia de ficción, hace pocos meses la finalicé.

Quiero ir con calma, hacerlo todo bien para llegar a redondear una obra honesta, emotiva y divertida, fácil de leer pero compleja, actual aun tratando conflictos humanos que pudiesen ser entendidos en cualquier época y lugar.

Imaginé hasta dónde podía llegar el amor, el real entre amantes ya disfrutado durante años, sincero pero barnizado por innumerables actores externos que lo pulen, lo retuercen, dimensionándolo con otras formas distintas a las originales.

Quería analizar, a partir de una pareja inventada, cómo actuaría uno de ellos cuando la otra persona le abriera de par en par las puertas a otros amores de juventud.

Creada la trama mis personajes se rebelaron, ningún humano -me decían con sus reacciones- es capaz de tanta generosidad, nadie ama tanto como para entregar a otra persona el objeto de su deseo por buscarle la felicidad total, aun sintiendo que no tenga la energía suficiente para mantener encendida con la misma potencia la llama de su relación.

Surgieron dudas en aquella persona que ofrecía, surgieron dudas en aquél a quien le presentaban otros caminos y, como siempre ocurre, se cruzaron otros motivos, circunstancias imprevistas, informaciones que uno no conoce del otro hasta que no lo pone a prueba. El antiguo amor de juventud ya no era el mismo ser humano, ni podía hacerse cómplice de una estrategia sin conocerla.

A quien diseñó esa estrategia se le escapó que la vida siempre puede ofrecer sorpresas más grandes de las intuidas y una muerte amiga vino a sacudir todos los resortes inimaginados cuando se veía sólo la propia realidad de un plan construido, a pesar de las buenas intenciones, de manera artificial.

Creemos en el control de nuestros actos, pero la bola del mundo rueda mucho más firme y mis personajes, aturdidos, se dejaban guiar por el temor a haber perdido una estabilidad que nunca deja de ser una quimera.

El círculo no podía cerrarse, porque las historias humanas no son circulares ni tienen sentido completo en sí.

Alguien abre la puerta por amor y no sabe hasta qué punto uno es pequeño cuando pierde las coordenadas del ser amado.

Y el ser amado, empujado a ponerse a prueba sin saberlo, soltado de los hilos que le unen a su relación afectiva de siempre, comienza a huir hacia adelante queriendo encontrar el camino de vuelta hacia un tiempo anterior del que no sabe cómo ha salido.

Dos seres humanos, repletos de buenas intenciones, se perdían en dos dinámicas perversas confundidos por el creer conocer al otro.

La historia estaba escrita.

Tocaba el momento de colocarle un título y registrarla. Hoy ha sido ese día y el título no podía ser otro, tanto para la que organiza la estrategia como para el que participa en ella sin saberlo:

Huyendo de mí.

jueves, diciembre 13, 2012

Madrid

Cada vez que vengo a esta ciudad tengo sensaciones duales que oscilan entre el desencuentro y la pasión.

No resulta hospitalaria en sus formas, llena de cuestas y enormes edificios, para un sevillano acostumbrado a la planicie de una ciudad de dimensiones controlables. No me resulta armoniosa Madrid, aunque tenga retales construidos por avenidas amplias que me la hacen deslumbrante.

Madrid es más dura que ciudades de su tamaño, es menos homogénea que otras, más caótica. Está hecha a partir de costuras rotas y remendadas demasiado rápido y demasiadas veces.

Sin embargo Madrid es mía.

Tengo la certeza de que es mía. Dura y caótica, pura España. Cutre, cultivada, provocadora, ruidosa, perversa y castiza, donde un andaluz o un asturiano se encuentran por igual en territorio neutro y al mismo tiempo en casa.

Preferiría para mi país la belleza arrebatadora de París, el tremendo pasado de Roma, el cosmopolitismo inmenso de Londres, la vanguardia infinita de Berlín, Tokio o Nueva York, sin embargo Madrid es mía.

Mi dolor y mi esperanza, divertida como pocas, cateta, hospitalaria, chula, moderna, soez y embaucadora de cultura universal. Pura España.

lunes, diciembre 10, 2012

Autopista

No llevaba ni un mes viviendo en Francia cuando me encomendaron impartir cursos de determinados útiles de resolución y análisis de problemas a grupos de técnicos en las distintas fábricas que el grupo Renault tiene por el norte del país.

Mi primer destino fue una pequeña factoría que produce motores no muy lejos de Lille.

La jornada era muy dinámica. Había una parte teórica de introducción pero la mayor parte del curso se realizaba a partir de ejemplos prácticos para los que yo había traído todo el material.

No llevaba una hora en el atril explicando en qué consistía el curso cuando noté que comenzaban a reírse de mi acento. No quise dar importancia y seguí para adelante. El grupo era más numeroso de lo previsto, por lo que tragué aire y tomé fuerzas para llegar hasta el final sin dar mayor importancia.

Una vez que comenzaron los ejercicios la situación se hizo más fluida. En el tête à tête era más difícil que me faltasen al respeto. Creí haberme ganado a los alumnos, alguno de los cuales tenía edad para haber sido mi padre.

En la hora final de conclusiones, conmigo de nuevo en el estrado, comenzaron de nuevo las risas.

Enfilé la autopista hacia París dando puñetazos al volante por no haberlos puesto en su sitio, pero se me hizo en su momento una barrera infranqueable mostrar mi enfado en un francés que por entonces no me permitía mostrar cómo me hervía la sangre.

Volví a dar muchos cursos durante años. Nunca volví a dar golpetazos al volante.

viernes, diciembre 07, 2012

Involución

En nombre de la crisis se está produciendo un fenómeno terrible en gran parte del mundo civilizado, pero de forma especialmente virulenta en España.

A los recortes económicos con el único objetivo de alcanzar el déficit se unen otros que no tienen nada que ver con este objetivo y sí con uno mucho más concreto, volver a tiempos clasistas en que el poder recaiga sin dudas en aquél que posea el dinero y el que abrace la religión católica. No tenemos más que analizar los pasos dados por dos ministros tan retrógrados como Wert y Gallardón, que en pocos meses se quieren cargar derechos conseguidos durante varias generaciones de democracia española. Se apunta contra la laicidad en la escuela, contra el derecho de la mujer a un aborto digno o se subleva a regiones con políticas no consensuadas que atacan a sus lenguas para enfrentarnos a unos españoles con otros, con palabras gruesas, altaneras y chulescas que pretenden hablar en nombre de un pueblo español del que yo no me siento parte.

A todo ello se unen medidas realmente perversas, como la de amenazar con quitar el sueldo a los políticos electos, con un deformado mensaje populista, para que quien acabe optando a gobernarnos sea aquél que viva de las rentas y pueda permitirse jugar a elaborar presupuestos como quien juega a los clicks de famóbil.

Todo vale contra el déficit, incumpliendo su programa en cada una de sus medidas: eliminación de becas, copago (repago) sanitario, eliminación de pagas extras, congelación de las pensiones, subidas de impuestos, expulsión de inmigrantes del sistema de salud, introducción de tasas judiciales hasta para registrar el nacimiento de un crío... Pero sin atacar otros frentes que pudiesen hacernos llegar a ese déficit con otras armas más honestas, como las de conseguir imposiciones efectivas a las transacciones financieras y especulativas, penalizar con impuestos significativos a las grandes fortunas que esconden sus riquezas en productos complejos (como las SICAB) y, sobre todo, luchando por crear empleo.

No veo una política industrial que intente apoyar aquello en lo que somos fuertes. Somos muy buenos en energías renovables, en industria aerospacial, en la turística, en la editorial, la automovilística, la investigación médica, la del diseño textil, la de construcción ferroviaria o la agrícola y ganadera. Tenemos una lengua hablada en medio mundo y multinacionales expandidas por todo el planeta que son orgullo de un buen hacer. ¿Por qué no apoyamos a estos sectores? Con medidas inteligentes de desgravaciones, asesoramiento, ayudas a la contratación, encuentros internacionales. ¡Qué bueno sería convencer a cada una de las multinacionales de nuestro país para que contratara, al menos, a un españolito en cada lugar del mundo donde tuviesen una tienda, estudio, oficina bancaria o tajo de obra! Serían decenas de miles, llevarían con ellos nuestra lengua y la imagen de sociedad dinámica y volverían con un currículum mucho más rico.

Aunque fuesen planes no suficientemente productivos, hay que lanzar al menos ideas en positivo de que las cosas pueden cambiar y de que el gobierno se preocupa no sólo de retirar dinero y prestaciones a los ciudadanos, sino que también piensa en nosotros como su principal preocupación, poniéndonos en lugar de los mercados.

¡Hay que construir ilusiones!

Cada idea emprendedora tendría que tener un apoyo inmediato de la administración pública, no ncecesariamente económica, aunque sea para sacar adelante una de cada diez que se propongan. Para eso queremos a los políticos que nos gobiernan, para que ayude al pueblo que los eligió, lo escuche y facilite las cosas.

¿Para cuándo el enlace directo entre institutos de formación profesional y empresas?, ¿para cuándo dejamos el que nuestras universidades sean modelos de gestión pública a la escucha del mercado laboral?, ¿hasta dónde hay que llegar para que se facilite la creación de empresas en una ventanilla única?

Para conseguir que un país se levante hay que elaborar un mensaje alentador a base de proyectos. Y este gobierno no tiene ninguno. Sólo recaudar dinero olfateando entre la miseria.

lunes, diciembre 03, 2012

Einstein

Hay noticias que cabrean, otras que alegran, pero hay algunas que despistan.

A mí me jode enterarme que el cerebro de Einstein era especialmente grande y con más nudos neuronales que uno de andar por casa. Hablo en pasado no sólo porque ese órgano tan reputado esté ya muerto, sino porque se encargaron hace décadas de descomponerlo en múltiples trozos para ser analizado en distintos laboratorios repartidos por todo el mundo.

Y me mosquea porque es una noticia desalentadora, ya que aunque sea razonable pensar que la inteligencia no sea un don con el que todo el mundo nace, sí que en cierta forma tenemos la esperanza de que el esfuerzo sea un factor a tener en cuenta cuando pensamos en la preparación de una persona sabia.

Que Einstein tuviera un cerebro fuera de lo normal desde pequeñillo lo pone a la altura de Rocco Siffredi, aunque estemos hablando de otro miembro del cuerpo como base de una vida exitosa.

Romper la alianza entre el empeño por aprender y la sabiduría desmotiva, aunque a mi edad ya no confíe en llegar mucho más lejos, pero sí es cierto que me gusta idealizar la capacidad de una persona para hacerse a sí misma.

Ese estudio pone tan en carne viva la relación entre lo físico y lo mental, algo que no dudo que sea cierto, que viene a resultar contradictorio como análisis.

El hombre, alcanzando las mayores cotas de inteligencia en sus experimentaciones viene a demostrar que una inteligencia excepcional no es más que un puñado de surcos y crestas en lóbulos craneales mejor formados que la media.

El científico sublime descubre la propia pequeñez y arbitrariedad de su extrema inteligencia. Al asomarse al microscopio de su cerebro atraviesa el abismo de sentir que todo lo que sabe no es más que producto de un afortunado cruce de cromosomas del que es complicado presumir.

Seguro que habrá muchos cerebros de la calidad del de Einstein viajando por el mundo desaprovechados, pero también es cierto que muchos sacrificados pensadores nunca llegarían a confirmar su propia grandeza al no haber nacido bien dotados.

Y quizás Rocco Siffredi se lo haya pasado mejor en vida con sus atributos que Einstein con los suyos.

O no.

jueves, noviembre 29, 2012

Peajes

A los políticos se les pueden excusar los errores, faltaría más. Incluso en los tiempos convulsos que corren se entiende aún más complicado gobernar. Nos enfrentamos a escenarios tan nuevos que resulta difícil aplicar medidas estándares, ensayadas. Todo es nuevo y cada día parece peor que el anterior.

La dificultad de su misión no les puede privar de la crítica por los pasos mal dados; ellos decidieron en su momento aportar soluciones y deben hacerse responsables del efecto que sus medidas provocan.

Ahora paso unos días en Portugal, buen ejemplo de gestión atolondrada de la miseria que asuela al sur de Europa.

El gobierno de Passos Coelho decidió hace años imponer peaje en la autopista que recorre todo el Algarve desde la frontera española. No importaba que esa obra se hiciera con financiación de fondos europeos o que implicase crear un muro económico entre dos regiones que llevan poco tiempo haciéndose permeables tras siglos de incomunicación. Todo por obtener más euros con la corta mirada que implica no pensar en la pérdida de turismo que eso conlleva, y aún a sabiendas de que éste es la principal fuente de ingresos, con diferencia, de esta región sureña.

La caída del tráfico ha superado el cincuenta por ciento en esta autopista, algo que podía preverse. Lo que cabría exigirle a esos gobernantes es que hubieran pensado que esa carretera llevaba también al centro del Algarve, desde donde partía la A2 que conduce a Lisboa, de peaje desde que se construyese. Pues bien, la bajada de tráfico en el trayecto del Algarve ha provocado, como efecto dominó, una menor utilización de la autopista a Lisboa. Haciendo la suma, se encuentran con la sorpresa de que la operación ha generado, en su conjunto, una pérdida de 29 millones de euros respecto a lo que ya recaudaban antes de imponer una tasa que penaba a la población del Algarve, a sus comercios, al turismo que le visitaba y a las relaciones fraternales con su vecino español.

Políticos que nos hacen más pobres, más miedosos y recortan nuestros sueños.

sábado, noviembre 24, 2012

Belleza

En su más amplio sentido, la belleza resulta un motor potente de vitalidad.

Es, entiendo, una cualidad estrictamente humana ésta de valorar la belleza en sí.

El hombre podría optar por construir edificios con el fin básico de habitarlos, puentes para atravesar ríos o ropa para protegerse del frío, sin embargo existen Venecias con puentes Rialtos y disfraces exquisitos por el puro vano placer de provocar armonía en nuestras retinas.

A mí se me pasan las horas delante del ordenador contemplando extractos de óperas que investigo por youtube. La magnificencia de una Madama Butterfly esperando el barco de su amor mientras suena el coro a boca chiusa de Puccini provoca en mí tal emoción que da, de por sí y sin más razones, sentido a mi vida.

Y la belleza no construida por el hombre: una cordillera andina, una playa de arena fina al atardecer, la visión de un cielo estrellado en una noche sin luces en medio de ninguna parte. ¡Cómo no sentirse vivo simplemente de observar!

La más pura, cristalina y perversa de las bellezas nos la proporciona, sin embargo, el propio cuerpo humano. El cuerpo y la cara que nos embelesa, nos seduce, condiciona y revuelca por el simple hecho de su simetría, sus formas y colores.

Juntar belleza y ser humano es mezclar ingredientes que se buscan y autodestruyen.

Cuando sientes el secuestro de la belleza humana, del hombre y la mujer, estás perdido y no eres capaz de discernir qué parte de ella mueve el mundo, qué parte de ella es sana y cuál es pérfida porque tras de esa belleza ya no hay un puente, una montaña o una melodía, sino el mismo ser que ha inventado el propio concepto de lo hermoso.

lunes, noviembre 19, 2012

Bálsamo

A veces no creemos lo suficiente en la fuerza de las palabras. Convivimos con gente a la que apreciamos y pensamos que tienen la cabeza tan sólo en su mundo, viviendo al ritmo endiablado de nuestros días sin imaginar que una palabra de cariño, mezclada hábilmente entre otras tantas, puede tener un efecto brutal.

Lo practico a menudo y da muy buenos resultados. Le dices a tu pareja qué bien le queda una camisa o unos pantalones y, aunque se ría quitando importancia, acabarás viéndo cómo se pone esa camisa o pantalones muchos más días de lo que tendría pensado. Si, de pronto, te gusta como una persona pronuncia una palabra, ¡díselo! Puede parecer una tontería, pero seguro que cuando utilice esa palabra se acordará de ti y le producirá un cierto cosquilleo algún día recordar que se lo dijiste.

Se me viene a la mente mi época universitaria, cuando Mariángeles un día me dijo que le encantaba observarme estudiar por mi capacidad de embobarme delante de un libro. Yo me reí, pero esa frase quedó grabada a fuego y, a veces, cuando estoy con mi mesa llena de papeles me acuerdo de ella y me sonrojo.

Ver con ojos alegres y buscar el punto de luz en los otros como gimnasia para hacer remover los mecanismos que consiguen reconocerse a uno mismo como alguien de interés es una práctica sanísima, aunque sea por la forma de pronunciar la letra 'ese', por la manera de bizquear o de colocar los labios a la hora de soplar la sopa caliente.

Tengo amigos que son especialmente secos, pero recuperables, a los que intento encontrar el punto de ingenuidad, frivolidad o humor tonto para hacerles ver que pueden ser graciosos.

Si alguien a quien quieres tiene un complejo de gordura tienes tres opciones: recordárselo, evitar el tema o animarle con comentarios que no tienen por qué ser siempre sinceros. A un amigo al que se le va la vida haciendo dietas, haz por decirle como quien no quiere la cosa que lo ves más delgado, aunque ni siquiera te hayas fijado en su tipo. Lo integrará, aún refunfuñando, en su batalla eterna contra sus complejos.

Lo más complicado es saber introducir ese piropo sin que se note, convirtiéndose así en un guiño camuflado, como los anuncios prohibidos en que se metían fotogramas de coca-cola, invisibles al ojo humano, para hacerte sentir la necesidad de beberla.

Ves el punto a resaltar, lo introduces en cualquier conversación o situación en que no venga a cuento y te dedicas a disfrutar pensando en el bálsamo que esa palabra seguro ha producido.

(Es una estrategia para hacerte querer)

viernes, noviembre 16, 2012

Imprevisible

La clave para entender la vida es asumir que es imprevisible, sin embargo solemos basar nuestra búsqueda de la felicidad en la obtención de la estabilidad: Mantener lo que funciona para que todo fluya.

La vida, lo queramos o no, fluye como quiere, por donde quiere y al ritmo que le da la gana. Ponerle diques para encauzarla es humano, pero fallido como estrategia.

Los imprevistos que nos asaltan y desesperan deben convertirse en nuestros aliados, es la forma más inteligente de disfrutar de la existencia; teoría que sustento en base, entre otras cosas, a lo vivido. La gente más rígida en su concepción del mundo que conozco tiene tendencia a sufrir mucho más.

Nos viene muy bien ser un poco desastres, desordenados, impulsivos, transigentes con lo inesperado, trabajando nuestra capacidad de reírnos del mundo más que la habilidad por contenerlo.

Estas reflexiones no vienen a construir más que una teoría contradictoria: intentar encerrar en un puñado de frases una realidad indefinible como es la existencia.

En mi fuero interno tengo claro, en todo caso, que quiero ser una persona frugal que se deje llevar por las olas que nos llevan de aquí allá, dando paladas grandes en busca de objetivos, sí, pero sabiendo que mis brazos nunca podrán contra la fuerza de la corriente. 

lunes, noviembre 12, 2012

Islas

Dos países inmensos, con sus pueblos milenarios detrás, se enfrentan por unas pequeñas islas situadas a medio camino entre los dos.

Los chinos, con la memoria aún diáfana de los crímenes cometidos el siglo pasado por el imperio japonés, se han lanzado en multitud a protestar contra todo rastro nipón en su territorio, bien visible en multitud de empresas del país del Sol naciente que desembarcaron en China buscando su mano de obra barata y el enorme mercado que representan los mil y pico millones de habitantes del país más populoso del mundo.

Entre las firmas boicoteadas está Nissan, constructor automóvil que tiene en Cantón una de sus principales factorías. Allí se fabrican vehículos de gama media con gran aceptación entre los chinos.

Nissan, aliado con la multinacional Renault, encuentra mucho más económico importar motores diésel y cajas de cambio manuales al constructor europeo, especialista en esas tecnologías; desde Europa, por tanto, salen barcos repletos de esos conjuntos mecánicos que equipan los coches japoneses que compran los chinos.

En el norte de la ciudad de Sevilla, Renault tiene una fábrica enorme, que produce desde hace cincuenta años cajas de cambio para todo el mercado europeo. Hace un decenio, con la Alianza establecida entre unos y otros, en mi factoría nos encontramos con la agradable sorpresa de comenzar a exportar a otros continentes.

Hoy, unas islas deshabitadas provocan una reacción visceral de los chinos contra los japoneses que provoca un descenso espectacular en la venta de los Nissan Micra y lleva a que, por obra del inmisericorde mercado mundial, no se les renueve el contrato a unas decenas de jóvenes sevillanos ante la caída de los pedidos.

Afortunadamente nuestros clientes ya se reparten por cuatro continentes y esto no será más que un pequeño tropezón, pero asusta pensar cómo unas islas deshabitadas perdidas en medio de la nada nos alertan de lo interconectado que está el mundo.

jueves, noviembre 08, 2012

Claxon

Iba en moto al trabajo tras el almuerzo.

Al llegar a la rotonda del Puente del Alamillo, justo a mi lado se abre la puerta del copiloto de un coche que esperaba junto a mí, en el semáforo en rojo. Salió una mujer de mediana edad, pequeña y delgada, de pómulos marcados, pelo teñido, corto, con una sonrisa que contrarrestaba una cierta minusvalía que no acerté a definir. Su fealdad, y posibles complejos, la ensombrecía su sonrisa.

Bajó con dificultad del coche, yo me hice a un lado.

Impecablemente vestida, coqueta, llevaba unos pantalones amplios, rojos, a juego con un fular que colgaba de su hombro derecho; pantalones que quizás trataban de disimular una cojera seguramente vitalicia. Andaba de forma asimétrica, con esfuerzo, digna, a pasos muy cortos. Tan cortos que los dos o tres segundos que tardó en llegar a la acera se me hicieron eternos, con toda una manada de coches con motores rugiendo esperando la luz verde.

La seguí con la mirada mientras rodeaba, al mismo ritmo alegre de pasos minúsculos, el carril-bici.

Vi cómo el fular se le resbalaba sin que ella se diese cuenta.

Fue caer el fular y, al unísono, una jauría de cláxones comenzó a sonar para avisarla.

Ese instante de humanidad arrolladora, emotiva y solidaria, es de los que se harán eternos en la memoria de los que hicimos sonar el claxon.

martes, noviembre 06, 2012

Piedras

Trataron de impedir en los años ochenta la ley que posibilitaba el divorcio a los matrimonios que fracasaban, se organizaron utilizando argumentos religiosos para impedir la ley que regulaba el acceso a un aborto que protegiera a la mujer de hacer frente a una interrupción del embarazo fuera de la clandestinidad, sacaron banderas de España para insultar a los homosexuales cuando se les concedió el derecho a contraer matrimonio.

Y han luchado con todas sus fuerzas para poner piedras en el camino.

El sentido común y la evolución natural de la sociedad española ha ido abriendo camino al andar, quitando las piedras con las que nos querían retener en tiempos que no volverán, épocas pasadas en que todo se evaluaba en forma de pecados y condenas.

Hoy es un día feliz. El Tribunal Constitucional sentencia que las personas tienen derecho a elegir con quien firmar un compromiso vital, que les proteja y dignifique, independientemente de su identidad sexual.

Es una ley que no obliga a los homosexuales a casarse, como la del aborto no inducía a abortar ni la del divorcio fomentaba las separaciones.

Es sencillamente la proclamación solemne de que todos somos iguales, quitando etiquetas de persona más o menos válida según con quien te acuestes.

Han sido miles de años de historia del ser humano sometiendo al ostracismo y la vergüenza a aquéllos que sienten diferente, condenándolos a relaciones ocultas, a vidas dobles y justificaciones perversas.

Una ley no cambia la mentalidad de una sociedad, pero en este caso dignifica y hace justicia a ese porcentaje importante de la población que en todas las épocas pasadas, sin importar razas, naciones o creencias, ha sufrido la burla, el menosprecio y la falta de comprensión.

Días como hoy sí me siento orgulloso de ser ciudadano español.

lunes, noviembre 05, 2012

Dolor

En un almuerzo de trabajo, un compañero que venía de enterrar, pocos días antes, a su hermana tras sufrir un cáncer terminal, razonaba en términos duros a la vez que sensatos: Llegados a una edad tenemos que aprender a vivir con el dolor.

En su caso se refería al dolor físico, porque hablábamos de malas posturas en el trabajo y molestias cervicales, pero sus palabras traslucían un sentido más amplio de lo que entendemos por dolencias, más allá de definiciones.

Hablar de determinados temas puede resultar desagradable, pero ocultar la realidad a veces consume nuestro interior más que hacer frente a nuestros miedos.

Con los años vamos comprendiendo tanto la fragilidad de nuestro cuerpo, transparentando achaques más o menos asumibles que irán yendo a más, como la desazón que van produciendo en nosotros los sinsabores y padeceres de la gente que queremos, de nosotros mismos.

Asumir vivir con el dolor, cuando éste es ineludible, es una forma de combatirlo.

No entendí su teoría como una llamada a la derrota ni una bajada de brazos, sino como una forma inteligente para ser menos frágil, acrecentando nuestra capacidad para disfrutar de nuestra vida.

Es humano sufrir y humano reconocerlo.

Si cuando nos vamos a dar un porrazo colocamos el cuerpo en buena posición y relajamos músculos tal vez sea menor el destrozo que si queremos ignorar los golpes mirando hacia otro lado.

Vivir es, mal que nos pese, adaptarse.

sábado, noviembre 03, 2012

SMS

Soy de las personas a las que les quema el teléfono en los oídos.

Celoso de mi intimidad y hasta cierto punto asocial en lo que se refiere a la selección de los momentos, me resulta tremendamente invasivo el hecho mayoritariamente consentido de la utilización del teléfono móvil como tal, como generador de llamadas a las que alguien debe dar respuesta al otro lado, sobre todo cuando es por el simple hecho de charlar.

Me gustan las conversaciones frente a frente.

Recuerdo como si fuera ayer la primera sensación impactante que suponía la posesión de ese aparato. Iba paseando, a solas, por las playas vírgenes de la costa de Cádiz, aquéllas en las que uno puede llegar casi a perderse de todo edificio y seña de civilización. Recibí una llamada de mi amiga Bárbara y le hice partícipe de mi emoción. Podía acompañarme en ese paseo playero compartiendo durante un rato nuestras historias.

Era mágico y, como todo gran avance de la tecnología, me imponía un respeto enorme por lo que suponía de progreso, de cambio en nuestras costumbres.

Todo paso adelante implica, sin embargo, desprenderse de otras libertades. A día de hoy recibes llamadas en cualquier sitio, sabes quién ha intentado contactar contigo y debes buscar explicaciones, a veces falsas, para justificar el no haber respondido o devuelto la llamada. Es más, si respondes te puedes ver abocado a hablar de trabajo en una cena romántica, de enfados familiares en una reunión de trabajo o de viajes al Caribe en un atasco de tráfico.

Y muchas veces hablar por hablar de nada.

Soy arisco para el móvil en su función de teléfono porque invade mis tiempos, mis silencios y me obliga a retratar mi realidad sin yo quererlo.

Los mensajes, en cambio, son la cara amable, a mi parecer, de este invento, tan reciente a pesar de que parezca que haya existido durante toda nuestra vida.

Enviar un SMS es más educado, limpio, respetuoso. Es un decir 'pienso en ti', 'aquí estoy yo', 'tómate tu tiempo'.

Si antes recibía pocas llamadas... ahora recibiré ninguna.

jueves, noviembre 01, 2012

Inocencia

Las veces que mi sobrino Iván se queda a dormir a casa son un disfrute. Se coloca en medio de la cama como un señor mayor, toma todos los mandos de la tele y le entra una risa histérica de felicidad debajo del edredón comentando cada personaje de cada serie como un gran entendido.

A su desayuno siempre llego tarde, porque los días que se queda en casa son fines de semana en que soy incapaz de abrir los ojos cuando él empieza a moverse impaciente en la cama.

Las mañanas, plenas de lucidez, son el momento en que comienza a realizar las preguntas más delicadas, casi todas versan sobre la naturaleza humana, mi vida sentimental o movidas familiares acompañadas de otras tantas sobre cada paso que doy por la casa, cada libro de la estantería o cacharro que encuentra por el camino.

A mí, desacostumbrado al placer que supone no tener hijos, me sobrepasa a veces esa capacidad inocente de ver el mundo con la mirada limpia de quien no tiene maldad ni se conforma con respuestas indirectas.

Lo que más sorprende, sin duda, es su capacidad de sorpresa y la asunción de verdades que, inconscientemente, no está interesado en investigar de lleno.

Me contaba Raquel, hace unos meses, como se levantaba nervioso tras colocar su penúltimo diente bajo la almohada el día anterior. Tras descubrir los billetes de cinco euros con mi hermana todavía dormida, la despertó excitado para contarle la gran noticia, acompañando su alegría con toda una sarta de preguntas al aire: ¿cómo puede entrar el ratón aquí con la casa cerrada?, ¿cómo puede averiguar que ayer se me cayó el diente?, ¿cómo ha podido levantar la almohada sin yo despertarme?

Observas sus ojos grandes contándote con detalle cada fase de sus juegos de la wii con la misma expresión con la que luego te pregunta acerca de tu vida sentimental.

Bendita inocencia que los malditos maduros sabemos que tiene fecha de caducidad.

lunes, octubre 29, 2012

Categorías

No hay que mirar atrás, se dice.

El ser humano tiende a clasificar todo en categorías, incluso los placeres, las emociones y los dolores.

La felicidad se relaciona con proyectos por realizar, esa línea roja que nos colocamos delante y a partir de la cual todo será más luminoso, la vida por fin tendrá sentido y comeremos perdices. El problema es que llega el día en que atravesamos la línea y no suenan campanas en el cielo, sino que nos construimos otras metas que nos hagan disfrutar del camino hasta rematar alguno más de nuestros sueños.

Esa parece ser la felicidad buena, de categoría A. Mirar siempre al futuro, lo pasado pasado está. Es, nos dicen, nos decimos, de persona inteligente enfocar todo nuestros sueños al futuro, a lo que seremos, a lo que dirán.

Disfrutar del momento es demasiado simple, pasajero, tonto, de hippies o colgados, de perezosos o personas sin ambición. Felicidad de pocas miras, de categoría B.

La peor, en nuestros tiempos acelerados, es la categoría C en el cómputo de los disfrutes. Porque ¡qué triste es regodearse en los recuerdos! Es de viejos, de melancólicos y fracasados.

Sin embargo yo reivindico el placer del recuerdo. Almacenarlos con la mayor precisión posible, diáfanos, cerrar los ojos y recordar el primer sexo, las carcajadas en la playa jugando a las cartas, la lectura de 1984 tumbado en la playa junto a Mariló, las sucesivas declaraciones de amor, las borracheras imposibles cantando a lo María Bethania, el detalle de cada hora y cada paseo por las calles de Nueva York, las cenas de amor, los guiños de tu jefe diciendo que está encantado contigo, el abrazo de mi padre al contratarme la Renault, el primer beso a mi sobrino Iván, recién salido del ascensor del hospital en brazos de mi hermana Raquel, el paseo con Fran por Villaluenga en fin de año, las charlas sobre Saramago con Mariángeles paseando por Conil, las risas de Montse, la vueltas en vespa con Bárbara en busca de uno de sus novios, los chistes absurdos de mi hermano David en la Barqueta, el día que conocí París, aquél en que me llamaron desde un concurso literario, cuando vi en las listas que aprobé la Mecánica de fluidos, el disfrute de mi primera noche en esta casa que es ahora mía, los besos de mi madre al irme a dormir...

Volar con solo un cerrar de ojos, sin más necesidad que una cama y ausencia de luz, con música tranquila...

¿Quién me dice que los recuerdos son felicidad de baja calidad?, ¿quién me demuestra que es un sucedáneo de la real?

Cruzar muchas líneas rojas nos permite acumularlas para, cuando llega al momento, otearlas desde lejos sin avergonzarnos por mirar atrás.

lunes, octubre 22, 2012

Pasión

Trato de hacer de la empatía una de mis cualidades, porque instintivamente lo siento así y porque egoístamente creo que me irá mejor en la vida sabiéndome poner en la piel de los demás.

A pesar de mi querencia por la reflexión y mis horas ensimismado con la lectura o la escritura, sé que estoy en el mundo. Me gusta la calle, escuchar a los demás, observar a mi alrededor y a lo lejos; me gusta involucrarme.

Tener empatía y estar en el mundo me permiten, entiendo, opinar sobre determinadas cuestiones que requieren de esos dos condicionantes para posicionarse con criterio.

Me subleva la gente desapasionada en el trabajo. Sé que hay mil excusas para defender esa desgana, que van desde el salario, las condiciones laborales o los problemas familiares que uno pueda tener en casa; se puede justificar la escasa motivación de las tareas diarias, el jefe insoportable que te ha tocado padecer o la ansiedad de no llegar nunca a alcanzar los objetivos que se te marcan.

Aún así, sin justificar la manida frase de los tiempos que corren, me desespera la falta de profesionalidad en el personal, la escasa inteligencia que muestran al activar los mecanismos propios para estar amargado, y amargando, durante las cuatro, ocho y diez horas que dure su jornada de trabajo.

A veces parece que hay que encomiar al que te atiende en un bar con una sonrisa, al recepcionista que te explica con energía los servicios de un hotel, al taxista que te trata con respeto, al operario de una fábrica que se desenvuelve con soltura para mantener impecable sus máquinas, al directivo de la empresa que defiende con pasión sus objetivos o a su equipo, al monitor de gimnasio que no está ensimismado en su móvil sin preocuparse porque los clientes se puedan destrozar la columna levantando pesos para los que no están preparados.

Es, más que nada, torpe. No buscarse estrategias para hacer de tu trabajo algo atractivo es poco inteligente y dañino. Hay que luchar por hacer de nuestro espacio laboral un lugar digno y eso, por muchas excusas que queramos buscar, está básicamente en nosotros conseguirlo.

Evolucionar, además, es en gran medida resultado de esa disposición personal a luchar por nuestro empleo. El progreso está, mucho más de lo que podamos pensar, en nuestra capacidad para superarnos día a día.

La dejadez, la improvisación, la crítica al compañero, el recurso a la mala gestión del jefe, de los otros, de la empresa son los mayores enemigos de nosotros en tanto que trabajadores.

Hagámoslo aunque sea por homenaje a quienes no tienen posibilidad de ejercerlo.

miércoles, octubre 17, 2012

Lento

Cada vez me voy pareciendo más a mis héroes anónimos, a los Paolos y Beas que un día se cruzaron por mi vida mostrándome que los tiempos pueden medirse sin relojes.

A cada trecho más consciente de las agradables sensaciones neuronales que produce ir lento en los hábitos tontos que menospreciamos a diario, buscando sin forzarlo mi propia naturaleza animal en la eternidad de los instantes.

No sé si llegaré a levitar como Paolo, pero sí es cierto que voy reivindicando para mí la querencia por lo pausado en mi lucha no necesariamente perdida contra lo inminente.

Establezco técnicas que me hacen ralentizar mi devenir diario para no convertirme en rehén de un estrés al que gané hace años una batalla que quisiera fuese definitiva.

La técnica del calcetín, por ejemplo, es muy potente.

Todas las mañanas, con la ciudad aún dormida y la noche oscura, llega el momento en que me coloco los calcetines tras la ducha. Como perro de Pavlov, simplemente la postura de las piernas cruzadas para colocármelos me lleva a provocar los movimientos lentos, a saborear el rito diario de vestirme los pies al que dedico toda mi atención, abstraído de todo lo que tenga que venir y vendrá.

Nos pasamos la vida calculando por adelantado nuestras acciones, poniendo caras a conversaciones aún no mantenidas, respirando rápido por discusiones que tal vez vendrán, amargándonos por problemas que, cuando lleguen, ya sabremos combatirlos.

Pasamos la vida deprisa sin ser conscientes de la felicidad que supone gastar todos los sentidos cada mañana en disfrutar de una puesta de calcetines.

Lenta.

jueves, octubre 11, 2012

Españolizar

Españolizar debe ser de españolazos.

Verbo inventado con agresividad, chulería y pocas luces. Agresivo por lo que implica de sometimiento, chulesco por la prepotencia que refleja y pocas luces porque conjugándolo se consigue justo el efecto contrario del pretendido objetivo.

Olvidémonos de los alumnos catalanes y apliquémonoslo a, por ejemplo, los ciudadanos andaluces. A mí mismo. Que alguien venga a españolizarme me produce un repeluco brutal.

Las patrias, si se quieren querer, deben ofrecerse como espacios de fraternidad en los que uno se sienta como en casa.

Suena a evangelizar, a tratar de convencer de verdades absolutas que no existen cuando se habla de pertenencias personales, subjetivas, a un colectivo u otro.

Españolizar es sinónimo de separarnos más, de no entender nada ni querer ponerse en la piel del otro con quien quieres convivir.

Cada frase de este ministro soberbio, que está convirtiendo la educación en una prestación de lujo, produce más vergüenza.

Con estos discursos envenenados de esencias no hace más que jugar a favor de aquéllos que nos odian, dándole razones para creer que todos los españolitos (por contraposición a los españolazos) somos igual de intransigentes.

A España no se la quiere por cojones, señor ministro. A España se la quiere porque hemos nacido aquí, como queremos a la familia en la que nos hemos criado. Son colectivos que no elegimos pero a los que tomamos cariño por el simple hecho de haber vivido nuestra vida con ellos, en ellos.

Mi España no es la suya, señor Wert, ni la Cataluña que yo admiro es la del señor Mas.

Déjense de españolizar ni catalanizar, dejen a la gente que elija cómo se quiera sentir.

La mejor forma de atraer a alguien es abriendo puertas, no poniendo rejas.


miércoles, octubre 10, 2012

Ego

Cada vez estoy más convencido que el progreso humano, en lo social y en lo personal, debe venir de la mano de la autocrítica.

El hombre es especialista en ver fuera de sí todas las causas de sus males. El Universo entero está conjurado contra cada uno de nosotros haciéndonos la vida imposible. Pecamos precisamente de exceso de ego, de creernos el centro de la Galaxia a base de tomarnos en serio nuestras propias mentiras.

No hay nada más sano que la visión interior, la autocrítica, tratando de encontrar en nosotros qué hay de perfeccionable, cuánto de miedos irracionales y de orgullo mal entendido. La humildad es la mejor de las medicinas, la palanca perfecta para evolucionar.

Uno gana en credibilidad cuando es capaz de mostrar sus carencias sin tapujos; actitud contagiosa, por otro lado. Cuando abres el corazón a una persona de bien, ésta tiende a mimetizar el comportamiento y a rebuscar en sus entrañas lo mejor de sí mismo.

La humildad, sin embargo, no debe estar reñida con la ambición de progresar ni impide la consecución de proyectos difíciles.

Lo veo tan claro que a veces me desespera la incapacidad que demuestran los pueblos para entenderse, a base de pensar que el mal y la podredumbre están en el otro.

La falta de humildad implica falta de sensibilidad y, por tanto, radicalismo. Cuando uno se cree en la posesión de la verdad es incapaz de entender al otro, se atrinchera en su propio adoctrinamiento y dispara con fuego a quien quiera entrar a discutir sus argumentos.

En este momento convulso que vive España, mi querido país, se acentúan esas actitudes soberbias: Nadie quiere comprender al otro, todos los males se han creado contra cada uno de nosotros, centros minúsculos de grandes universos inventados.

viernes, octubre 05, 2012

Ceuta

Hay un juego, divertido y arriesgado al mismo tiempo, que consiste en simular lo que no eres para defender una idea.

Es necesario reaccionar rápido para cortar la jugada y pedir disculpas, si fuese necesario, en caso de que la estrategia derrape, porque no va más allá de la provocación bienintencionada.

Veamos, alguien que no te conoce lo suficiente empieza a echar espuma por la boca hablando de los catalanes, entonces intervienes con humildad para decir:

-Perdona que te interrumpa, es que soy catalán.

La reacción inmediata de aquel que argumenta suele ser de sofoco, seguido de alguna disculpa. Si inmediatamente corriges:

-Era broma, perdona.

Te lanza rayos entonces con la mirada, pero de golpe las bases de su discurso se les vienen abajo.

Esa persona, evidentemente, no puede ser un amigo íntimo que sepa de tu vida, familia, pensamiento político y procedencia. De ahí lo arriesgado del juego.

Tiene muchas modalidades, pero suele resultar muy efectiva. Vale para combatir los ataques a otras nacionalidades (mi padre es francés),  a otras ideas políticas (soy militante comunista), a diferentes tendencias sexuales (en mi casa todos somos gays),  o a enfermedades malditas (tengo SIDA desde hace veinte años), a religiones vilipendiadas (yo me convertí al islam), a ataques fascistas (mi pareja es sudaca), argumentos falaces (soy transexual), clasistas (soy barrendero), generalistas (mi hermano es guardia civil) o xenófobos (mi familia es gitana).

La gente con mente estrecha suele estar poco viajada, su círculo de amistades es normal que sea reducido y homogéneo, acostumbran a asustarse con historias que no han tenido el coraje de experimentar y critican con acidez sus propias frustraciones.

Lo ideal es cuando esa jugada surge de forma auténtica, que es cuando da todo su fruto.

Recuerdo una noche en la Alameda con, entre otros, mi amigo Helio. Llegó un chaval acelerado, no sé amigo de quien era. Sin saber de nosotros más que el hecho de tener alguna amistad en común, comenzó a explicarnos su día de trabajo. El chaval era escaparatista y venía de currar en Ceuta.

-No he visto una ciudad más fea, llena de moros, sucia, ruidosa. No hay un sitio donde tomarse nada tranquilo, la gente es cateta, visten mal. Son antipáticos...

Mi amigo Helio, ceutí y tranquilo como él solo, le interrumpió.

-Yo soy de Ceuta.

El tipo frenó en seco y, al menos, reaccionó con inteligencia.

-¡¡¡Pero el centro de Ceuta es maravilloso!!!

lunes, octubre 01, 2012

Oponer

Pocas cosas más enriquecedoras existen para tu desarrollo como persona que enfrentar tus pensamientos a gente que no comparte tus mismas ideas y tiene argumentos tan bien construidos como los puedas tener tú.

Soy partidario de defender con vehemencia aquello en lo que creo, me siento orgulloso de mantenerme coherente a lo largo de mi vida en las líneas básicas de mi pensamiento, siempre afinadas con la madurez que da el paso del tiempo, huyo de la gente híbrida que adapta el discurso, si lo tiene, a las circunstancias y valoro, cada día más, aquellos que defienden con pasión ideas no necesariamente entendibles por mí, dentro de los límites que el respeto a los principios básicos del ser humano impone.

El placer de charlar con un buen oponente, en un ejercicio apasionadamente estéril por ambas partes en que tratas de convencerlo de tus propias verdades, te hace más tolerante, menos bocazas, más humilde.

La radicalidad de tus argumentos nunca pueden sobrepasar la línea de la descalificación del otro por el simple hecho de pensar de otro modo, y ése es el principal defecto que tienen, a mi entender, los jóvenes que no han vivido lo suficiente como para saber que el mundo está lleno de colores.

A mí nadie me sacará de mi visión política de izquierdas ni de mi creencia en la posibilidad de una España plural donde se respete por igual a sus pueblos ni de la inutilidad de una iglesia católica que considero desfasada; nadie me hará entusiasmarme con estrategias capitalistas neoliberales ni aplaudiré discursos basados en la supresión de derechos sociales adquiridos con esfuerzo ni entenderé a aquéllos que quieran imponer la caridad sobre la solidaridad.

A quien nunca querré como interlocutor será al xenófobo, al violento, al homófobo, al fascista, al embustero, al corrupto, al que justifique terrorismos, al que condene otras religiones, a quien desprecie por no pensar como él.