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salvador-navarro.com

viernes, agosto 27, 2010

Ternura

Este fin de semana he llevado a mi padre a la playa, como tantos otros.

Era media tarde de viernes, oíamos la radio y, en un momento dado, giré la mirada y le vi dando una cabezada, intentando luchar por no quedar dormido. Fue una ráfaga de menos de un segundo. ¡Lo vi tan mayor!

Esa misma noche, ya en Conil, mi amigo David nos hizo una foto a los dos mientras veíamos la pantalla grande de una retransmisión deportiva. Perfil de padre e hijo. La foto no tenía desperdicio. Era yo y mi futuro, él y su pasado. La misma nariz grande, el mismo poco pelo, idéntica postura.

Sigue siendo tan seductor como siempre, elegante y buen conversador. A pesar de las operaciones a corazón abierto continúa con su rutina de cervezas de mediodía y sus tardes rodeado de libros de historia, gran parte de ellas solo en su casa, la que fue nuestra durante tantos años de infancia, adolescencia y juventud. La que nos sirvió de nido para crecer en un ambiente espléndido, roto de cuajo por la muerte cruel y lenta de mi madre.

Siempre tendré en mi cabeza su llanto calmado, con las manos de su mujer en el lecho de muerte, mientras se apagaba en un último suspiro y cómo él le decía suave... 'mi rubia, mi rubia...'

No sé cómo podía estirar tanto su sueldo de perito agrícola para haber conseguido darnos siempre lo que necesitábamos, incluso más. Veraneos de tres meses en la playa, estudios universitarios.

Los años últimos van llegando y no sé cómo de fría se siente la llegada del final, ni qué pasa por su cabeza cuando el corazón le flaquea y le obliga a meterse bajo la lengua una pastilla contra los infartos.

A mi padre sus hijos le hemos hecho más abierto en su visión de la vida, él nos ha educado a ser personas respetuosas.

No olvido los abrazos, escasos sí, pero sentidos, que me ha dado en los momentos críticos.

Es tan reconfortante saber que tienes a alguien tan incondicional a tu lado como desasosegante admitir que sin él ya no habrá más ángeles de la guarda con nosotros.

Miré al lado, lo vi dar cabezadas y me produjo una inmensa ternura.

Materia

Entre los recuerdos de mi infancia está el armario sin fondo de la habitación de mi abuela.

Como en los cuentos de hadas, este armario poseía cualidades mágicas. Allí entraba mi abuela (sí, casi entraba de cuerpo entero) y sacaba cualquier cosa. Rebuscaba sin dejarte mirar, y aparecía con caramelos, con un regalo, un libro, fotos, galletas, periódicos, un reloj de su infancia, un juguete de antes de la guerra...

Había noches en que mis padres nos dejaban allí para dormir mientras ellos se iban de cena y, como yo era el más noctámbulo de mis hermanos, acababa durmiendo en su gran cama.

Cuando abría el ropero a mí me daba pánico y excitación. ¿Qué sacaría esta vez de ese agujero negro?

Conozco a mucha gente como mi abuela, incapaz de tirar nada a la basura, recogiendo cada pizca de materia de sus recuerdos.

Yo, en cambio, soy especialista en tirar, en no coger cariño a lo material. Hacer limpieza y retirar todo lo que significa pasado. No por temor a nada, ni como protección inconsciente, creo, a que ataquen fantasmas venidos de otros tiempos.

Un coche, una casa, un reloj, una camiseta... no son más que materia.

Mi memoria no es especialmente rica ni detallista, pero prefiero jugar con mis emociones y el pequeño almacén de mis neuronas. No quiero enfrentar las pelusas de objetos venidos de otras vidas, mías, sí, pero que ya quedaron atrás.

lunes, agosto 23, 2010

Truenos

En los años de esta década que termina en que estuve trabajando en Francia, hubo una tarde de invierno lluviosa en que mi jefe me convocó para una misión importante. Uno de los principales proveedores de Renault había cometido un serio error de calidad, provocando una crisis de grandes proporciones en el montaje de un determinado tipo de motores que ponía en peligro el montaje de nuestros vehículos. Ese fabricante estaba en México y mi empresa había decidido enviarme durante un período de tres meses allí para auditarles y construir las bases para evitar ese tipo de incidentes en el futuro.

Mi jefe, francés, me lo decía con nervios, incapaz de anticipar mi reacción. Yo puse cara de preocupación de cintura para arriba, la que yo mostraba por encima de la mesa, mientras mis piernas se movían locas por debajo no pudiendo controlar mi felicidad por la experiencia que me proponían y la confianza que depositaban en mí.

-¿En qué ciudad de México? -pregunté, serio.

-En Torreón.

Jamás lo había oído: Torreón. En pleno desierto del norte, en el estado de Coahuila colindando con el de Durango. Ciudad fundada en los albores del siglo XX.

Esa noche llamé a mi padre a Sevilla, nervioso de felicidad y responsabilidad.

-Papá, me destinan unos meses a México.

Le conté por encima en qué consistía la misión y él, henchido de orgullo, me preguntó.

-Pero, ¿a qué parte de México?

-A Truenos -contesté, traicionado por los nervios y la poca memoria.

Durante mucho tiempo he mezclado ese Truenos imaginario con el Torreón real. Allí descubrí la hospitalidad mexicana. No creo que vaya a conocer en el resto de mi vida un pueblo más cariñoso, acogedor, entregado. Hice grandes amigos, con los que aún me mensajeo por internet.

Ahora me cuentan que esa ciudad en la que yo tanto aprendí, humana y profesionalmente, tranquila para pasear en aquella época de 2003, donde tomábamos cerveza y arracheras en restaurantes de grandes patios blancos al aire libre, ese Torreón que yo tengo entre mis mejores recuerdos se ha convertido en territorio golpeado por el narcotráfico salvaje e impío.

Mi amigo Ricardo me dice, desde allá, que nada es lo que era. Que ya no podríamos ir tranquilos a pedir canciones apuntadas en servilletas al 'Señor Tequila', ni asomarnos al parque donde unos jardines producen eco, ni al mercado los domingos porque allá, en mi querido Torreón, los truenos no son imaginarios.

viernes, agosto 20, 2010

Rencor

No soy de las personas que perdonen con facilidad, y no sé hasta qué punto es un defecto o una cuestión de coherencia. Ni si querría ser de otro modo, la mayoría de las veces sí. Olvidar las actitudes degradantes hacia mí o hacia los míos, o hacia mis principios, la ética o el ser humano es una misión complicada.

Tal vez, llegados a una edad, justifiquemos nuestros errores como virtudes porque no somos capaces de deshacernos de ellos.

El verano de mis diecinueve años, mi madre recién muerta, la terrible carrera de ingenieros recién comenzada y una crisis existencial tremebunda, nos fuimos a pasar un fin de semana a Matalascañas, a casa de mi tía Elo. La única hermana de mi madre. Íbamos mi padre, mi hermano David y yo, un poco perdidos tras llevar toda la vida veraneando, la familia unida, en la playa de La Antilla.

En un momento dado, mi hermano se tiró en un sofá de esa casa de verano. El marido de mi tía, entonces, le gritó como un energúmeno que quitará 'las pezuñas' del sofá.

De un golpe, me acordé de tantos años aguantando sus ronquidos en mi habitación infantil, cuando dormía en la litera en sus frecuentes visitas a Sevilla como novio de mi tía. Me acordé de cómo mi madre se comportó con él de forma exquisita durante muchísimos años. De todos los veranos que le hacía un hueco en nuestro chalet para pasar semanas con nosotros. De lo generosa que había sido mi familia con este hombre.

Yo me enfrenté a él, le dije con todo el cuerpo temblándome de rabia, que no volviese a hablar así a mi hermano pequeño. Que pronto olvidaba todo lo que mi madre había hecho por él. Mi tía Elo me apartó y yo le dije a mi padre que quería irme de allí.

Nos quedamos.

A las dos horas mi hermano David estaba jugando al fútbol con él en la arena y yo, en cambio, sigo recordando con rencor ese episodio.

Ahora sé que la vida le trata mal en forma de enfermedad. Deseo de corazón, por él y sobre todo por mi tía y mis primos, que las cosas vayan a mejor.

Del mismo modo que sé que se debe ser más feliz jugando al fútbol dos horas después.

Tendré que ir practicando.

jueves, agosto 19, 2010

Lo que no conozco

Me gusta leer a Paul Auster en inglés. Y disfruto con un diccionario al lado anotando la traducción de una palabra por página. Tore up es romper, to sob es sollozar... Y apuntarlas en un archivo Excel para repasarlas frecuencialmente. Me gusta visitar los lugares que describe Auster, recorrer los barrios de Brooklyn y llegar con él, a través de uno de sus personajes, a un poeta de la época de Dante Aligheri, e investigar esa época, la del medievo italiano para, a partir de ahí, atravesar el Atlántico y los siglos en busca de otras mentalidades en un mundo que aún era plano, para poder entonces admirar la determinación del hombre por buscar la redondez, al ver el horizonte finito y la luna rota por una sombra de una tierra circular.

Aprender de lo desconocido es encontrar una mecha sin final para apreciar la vida. No encuentro motivos mucho más fuertes, salvando el amor y el sexo, para sentirse vivo en plenitud.

Recorrer el mundo con los ojos abiertos, la humildad por bandera y la inocencia necesaria para asombrarse ante un nuevo verbo en inglés, una explicación diferente del funcionamiento de un motor de combustión de tres cilindros o acerca de las terapias para tratar a personas bipolares.

Pensar que hay tantos paisajes por descubrir, tantas conversaciones pendientes, escritores desconocidos que nos deslumbrarán, situaciones históricas que, quizás, cambiarán el mundo.

Leyendo a Auster...

martes, agosto 17, 2010

Cutre

Muy a mi pesar, este veraneo a punto de acabar en tierras conileñas confirma algo que me duele reconocer. El turismo medio español, el veraneante que se pasea por sus playas y se tuesta al sol es fundamentalmente cutre. En su forma de hablar a gritos, en los modales, en la vestimenta, en la educación social.

Junto al bloque donde está mi apartamento hay todo tipo de contenedores: para plástico, vidrio, papel, ropa para tirar y basura genérica. Por no desplazarse unos metros, el contenedor más cercano a la vivienda, el de papeles, está rodeado de una montaña de bolsas de basura, todo por no andar unos metros más.

Las playas parecen el 'far west'. Tira la cajetilla del tabajo, las colillas y deja las botellas de plástico, que ya vendrá quien las recoja.

Tumbarse un rato tras un baño es una odisea. Los gritos a los niños como si estuvieran en el patio de su casa, sin pensar que hay gente que trata de relajarse estos días de verano y oír el rumor de las olas. '¡¡¡Vanessaaaaaaaaaaa, tráeme un botellín del chiringito!!!'. Que sus niños te echen arena encima o te den balonazos es parte de la tradición, que tú no quieras oír sus conversaciones futboleras lo deben encontrar un sinsentido.

Los veraneantes españoles, salvo excepciones, están habituados a hablar a voz en grito aunque sean las dos o las cuatro de la mañana, aunque pueda haber gente durmiendo y enfrentando el calor con las ventanas abiertas.

Entiendo que la situación económico-social del país está complicada, que el esfuerzo que hacen muchas familias por conseguir unos días de descanso es totalmente merecido. Y que deben de disfrutarlos a manos llenas.

Pero eso no quita para que yo ande todos los días varios kilómetros de playa salvaje para llegar a un lugar donde poder bañarme y olvidarme de lo cutre que es el veraneante medio de nuestro país.

domingo, agosto 15, 2010

La mezcla

Una de las cualidades más sanas que tiene todo veraneo es la mezcla.

Estas vacaciones nos están permitiendo estar con gente de media España, y Europa.

Estar en una cafetería, tumbado en la playa, tomando una copa o paseando e ir oyendo otros acentos. Con el relax propio de estos días sin estrés que justifiquen prisas, andamos predispuestos a entablar conversaciones con personas que no se cruzarían de otra forma en nuestra rutina diaria.

Poder escuchar de boca de un zaragozano cómo van las cosas por su ciudad, o que un francés de Toulouse te explique en qué consiste su trabajo, oír los cánticos de un grupo de catalanes celebrando un cumpleaños.

Es el momento también de ofrecer, a los que nos quedamos en nuestra tierra, toda nuestra disposición a compartirla, mostrar cómo somos sin maniqueísmos ni topicazos.

Veraneos como turmix en que tomas a la población y la revoleas de un lado a otro, para que se toquen, se escuchen, se rían juntos. Darnos cuenta que el mundo es grande, nuestros pueblos pequeños y no tienen sentido los pequeños localismos de creerse más o mejor que otros.

A mí me gusta la mezcla. Cuanta más, mejor. Más sanos seremos.

jueves, agosto 12, 2010

Coacciones

Pocas cosas me revientan más que la falta de libertad, pero no hablando de ello como concepto abstracto y alejado de nosotros, sino cuando se traduce en una realidad física y, sobre todo, cuando se excusa basándose en otras 'verdades' que suelen tener mucho que ver con religiones, dictaduras o nacionalismos de mira estrecha.

Es una coacción enorme la que provoca el mundo extremo islámico sobre el libre pensamiento. A mí mismo, aún siendo leído por pocas personas, me da pánico pensar en las consecuencias de una crítica a esas yihads o fatuas que condenan al que piensa distinto. Juegan con el miedo para imponer un pensamiento único. Ahora nos llegan ecos de lapidaciones a mujeres por el hecho de llevar una vida sexual independiente, antes nos llegaron condenas a escritores o a dibujantes. Es indignante pensar en dirigentes como Ahmadineyah, el dictador iraní que 'ganó' unas elecciones fraudulentas, que utiliza con esa risa socarrona soflamas negacionistas del holocausto para justificarse ante un pueblo narcotizado por informaciones que sólo llegan de un bando. Como su amigo Hugo Chávez, otro impresentable que cierra las televisiones y periódicos que no comulgan con su populismo cateto, trasnochado, apoyado en argumentos interesados en que la culpa, siempre, es del otro, llámese Colombia, el Capital o los yanquis. No de él, que gestiona el país como una finca.

En menor grado, pero no por ello más aceptable, hemos vivido y vivimos los últimos decenios en regiones, nacionalidades o naciones de España (no tengo problemas en llamarlas de acuerdo a esas tres distintas acepciones, porque entiendo que cada cuál la pueda sentir a su manera) que sufrieron enormemente en el pasado una falta de libertad para hablar su lengua, proteger su autogobierno o mantener su cultura. Hablo, efectivamente, de Euskadi y Cataluña. De la coacción que supone para cualquier ciudadano que no se sienta nacionalista expresarse en libertad. No lo puede hacer aún más si vive en una pequeña población guipuzcoana donde el único discurso es el del odio a lo español. Ni siquiera en temas tan banales como el fútbol. En este último Mundial, las calles del País Vasco estaban desiertas pero los gritos de gol de la selección se cantaban con las ventanas cerradas y con sordina, porque nunca se sabe qué pueda pensar, o a quién conocer, el vecino...

En el caso catalán el sibilinismo nacionalista es aún mayor. Es cierto que las encuestas hablan de un 20-25% de independentistas. Pero eso implica un 75-80% que no lo son. En cambio, el patio de vecinos está tomado por los que forman la minoría. Volvamos con el fútbol. En un país, como el catalán, donde más del 50% de la población se siente tan catalana como española, ¿por qué no se ve una sola bandera de nuestro país en el campo del Barça?, ¿hay libertad real para hacerlo o te juegas el tipo? Todo está tamizado por el pedigrí del buen nacionalista. A mí las banderas me traen al pairo, pero un chaval que vaya al fútbol en ese ambiente sólo ve un sentimiento permitido. Y Cataluña es más grande que eso.

Cuando desde pequeño el discurso correcto que oyes es el del odio, salvo que uno tenga mucho valor, convicciones fuertes y ganas de complicarse la vida, el discurso contrario queda diluido y arrinconado.

Es como cuando un homosexual lleva toda la vida oyendo chistes homófobos y ridiculizaciones de su condición, ¿quién es el valiente que se manifiesta tal como es?, o aún más, ¿quién se atreve a defenderlos sin que le acusen de 'mariquita'? Afortunadamente, en este campo, la sociedad va avanzando gracias a leyes que protegen al que es minoría. Del mismo modo que Patxi López ha hecho mucho bien luchando contra la ignominia de permitir cartelería de asesinos por las calles vascas.

Yo quiero una cultura islámica justa, abierta, como la que se dio en sus orígenes. Quiero una España abierta, plurilingüe, en que Cataluña y Euskadi sean lo que quieran ser, pero sin coacciones.

martes, agosto 10, 2010

Paisaje nocturno

Salvo los domingos, todos los días de estas vacaciones de verano estoy consiguiendo tener la fuerza para buscar las zapatillas de deportes y lanzarme, a eso de las nueve de la noche, cuando el sol cae, a correr por la playa casi desierta que une Conil con el Palmar.

En ese trayecto me cruzo de frente con veraneantes que contemplan embelesados la puesta de sol que se proyecta justo tras de mí.

Sé de una nueva novela de Murakami en que se canta al hecho de correr. La mezcla de esfuerzo, soledad y contacto con la naturaleza que supone correr.

Bañarse, agotado por el esfuerzo, con Venus ya en el horizonte del Atlántico y la luz rosada del anochecer es descubrir la belleza de la vida. En esas horas, el mar es perfecto, las olas se mueven ralentizadas, más espesas.

A todo el placer hay que sumar la felicidad de tener a mi amor esperándome para llevarme de vuelta a casa.

De retorno en el coche, con las ventanillas abiertas y contemplando el paisaje de los acantilados de Roche al fondo y el faro de Conil ya girando luminoso, me planteo qué maravillas hubiera hecho Monet con este escenario tan cambiante, desde el amanecer hasta el ocaso.

Tenía un amigo catalán, Rafa, que vivía en La Molina y, extasiado ante la montaña, decía que no cambiaba una sola de ellas por todas las ciudades del mundo.

¿La catedral de Rouen o las playas del Atlántico?

Me niego a tomar partido.

sábado, agosto 07, 2010

Zapatazos

Desayunando esta mañana en Conil, unos zapatazos me sacaron de la lectura del periódico. Un chaval bajaba hacia la playa haciendo que hacía footing. No se podía correr peor. Desgarbado, sus zancadas eran tan patosas que lo único que podía era estar destrozándose los pies.

No tardaron en venir recuerdos de mi primer día en el Labradores, cuando gracias a mi tío Yiyi me apunté en un club de Remo.

Yo tenía trece años y era un chaval flacucho que el único deporte que había hecho era el que nos impusiera el profesor de gimnasia del cole.

Se me hizo un mundo, por pereza y timidez, presentarme ese primer día a los entrenamientos, sin saber que estaba dando un paso valiente, transcendental en mi vida, por lo que suponía salir de casa, crearme un nuevo grupo de amigos fuera del colegio de curas, comenzar a amar el deporte, disciplinarme en algo diferente a los estudios y competir por una causa noble como es defender a tu club.

El entrenador por antonomasia era Anchoa; un gigantón, más por entonces desde mi óptica y estatura de casi adolescente, con barba de ayatolah, mala leche y corazón enorme que nos hacía trabajar como si fuésemos a las Olimpíadas (de hecho, alguno llegó en el futuro a hacerlo).

El primer entrenamiento de todos, en los muchos años que estuve haciendo remo, fue ir corriendo al campo del Betis desde el 'Labra'. A los cinco minutos de empezar, cuando cruzábamos el puente hacia la Palmera, el Anchoa pegó un grito ensordecedor:

¡¡¡Bore, deja de dar zapatazos!!!

Me impactó tanto ese grito que el recorrido se me hizo eterno, retorciendo los pies de forma que no sonaran en su contacto con el asfalto.

Estos días de playa, con cuarenta y dos tacos, hago todos los días sin excepción mi carrera de Conil a El Palmar, con baño final en el mar cuando ya se ve Venus en el crepúsculo.

La semana pasada estuvieron aquí Marta y Miguel, mis profesores de pilates, grandes deportistas y mejores amigos. Se fueron a ver la puesta de sol justo allí donde yo acabo mi recorrido diario. Cuando llegué acalorado de mi carrera Marta me dijo, para mi satisfacción personal:

¡Qué buen estilo tienes corriendo, Salva!

Jeje.

martes, agosto 03, 2010

Lo sobrio

Lo austero.

Sé que cada persona es un mundo y que cada uno de nosotros encuentra su camino por direcciones diferentes hacia la zanahoria eterna de la felicidad.

En mi caso, yo encuentro el sendero hacia la satisfacción personal en lo sobrio, lo poco adornado ni barroco. Hablo de la superficie y el contenido, de las actitudes ante la vida y de la vivienda en la que habito, de los libros que leo, los paisajes que me gustan, incluso del diseño de este mismo blog.

Prefiero lo austero, sin renunciar a nada. Tener el alma despejada.

Tengo la teoría, seguramente desacertada, que quien tiene las paredes de su casa llena de cuadros, adornos, cachivaches, fotos, medallas, jarrones y santos, así tiene su vida. Empetada de muchos elementos no prioritarios.

Yo busco lo blanco, la luz.

Cuando estoy con un amigo, me gusta estar con él, no reunir a diecisiete con quien resulta dificultoso relacionarse. Si estoy leyendo, estoy leyendo... no quiero mantener conversaciones paralelas.

No encuentro más placer que un paseo, sólo o acompañado, por la playa. Sin necesidad de cubrir el silencio con palabras que rellenen artificialmente el espacio. Sentir las olas del mar.

Me gustan las caricias dadas con calma, una tarde entera.

Yo lo llamo sobriedad.

domingo, agosto 01, 2010

Portazos

Hace pocos días terminé una cena de forma abrupta, con un portazo, con una persona amiga que me importa mucho.

Torpes los dos, cada uno escudándonos en nuestras razones, dolores y frases dichas.

No hay nada más inquietante en una relación de amistad que la falta de bases sólidas que den estabilidad, porque eso es precisamente lo que la define. La amistad es, por encima de todo, seguridad, estabilidad.

Son tantos años, que se cuentan en decenas, que da rabia admitir que no nos entendemos, que algo falla.

Cuando, además, uno tiene la seguridad, quizás equivocada, de tener la razón (que nunca nadie tiene del todo) es más difícil dar el paso de reabrir puertas.

Es doloroso pensar que una persona que te importa mucho, a la que no le deseas otra cosa que lo mejor que le pueda ofrecer la vida, puede quedar para siempre al margen de tu aventura vital.

Aunque nunca se puede renunciar a futuras oportunidades, son dos tropiezos graves ya, algo falla y, aún así, le mando el más sentido de mis besos a la princesa de los colchones.

viernes, julio 30, 2010

Al acecho

Cuando estamos de vacaciones, venimos de períodos tan marcados por el dominio de la rigidez del tiempo que nuestro cuerpo parece querer someterse a normas que le lleven a rutinas nuevas, tratando de sortear cobarde la libertad de no tener que acoplarse a ritmos contados en minutos.

A Conil me he traído ganas de estar con mi pareja, libros por leer, tiempo para correr por la playa y pasearla, para tirarme al mediodía, sed de cervezas y gintónics con pepino, horas para jugar con Iván, folios en blanco para escribir, monedas para comprar periódicos, ratos con mi padre y charlas con Marian en La Sal, amigos por recibir en nuestro pequeño apartamento siempre dispuesto.

Sin embargo, acecha el ansia de no desaprovechar el tiempo. Ataca sin piedad cuando te levantas tarde, o al pasar toda una mañana en casa, o si las novelas que te has traído no avanzan, o no te gustan, o algún día no te apetece correr.

Sorteo con relativo éxito ese remordimiento escondido, dañino, medíocre que trata de condicionar mínimamente este tiempo merecido de no hacer nada que no apetezca. Ataca, eso sí, con argumentos bien construidos: todo el año currando para esto, tienes que disfrutarlo, el tiempo es limitado, aprovecha, no te duermas, no llegues tarde, sigue leyendo, llama a Cristina, llama a David, no dejes de ver cine, ni de visitar Tánger, ni de hacerte una paella a la semana...

Es un placer salir casi indemne de esa lucha y entender que la norma en estos días es no tener reglas.

Liberar pulmones y respirar.

miércoles, julio 28, 2010

Observación

La primera vez que fui consciente del placer que provocaba observar a los otros llegó muy lejos de aquí, en el tiempo y en el espacio. Tenía 21 o 22 años, viajaba haciendo interrail por toda Europa, con mucha ilusión, poco dinero y la mochila llena de conservas.

Estábamos en la estación de ferrocarril de Estocolmo, a punto de tomar el tren que nos llevaría al norte del país, contorneando el mar Báltico para llegar a Helsinki. Derrotados y hambrientos, sentados en el suelo apoyados en unas taquillas a lo largo de un ancho pasillo donde la gente caminaba deprisa, con maletas, agarrados de la mano, dándose besos, rebuscando un olvido de última hora en el equipaje, me sentí transparente. Yo podría perfectamente no estar ahí, de hecho era lo estadísticamente razonable, que un sevillanito veinteañero no estuviera observando a tanto nórdico pulular en su cotidianeidad de viajes ferroviarios.

Recuerdo horas allí, en silencio, mirando a lo más próximo.

Me gusta mirar a las personas, estudiarlas, tratar de adivinar qué esconden bajo sus conversaciones, sus miradas o sus prisas. No tengo memoria para vestidos o coches, pero sí la tengo para las personas y las ciudades. A cada cuál le funciona el almacén de los recuerdos de una determinada forma, y yo debo tener tan pocos megabytes en mi cabeza que selecciono de forma natural.

Observar es una actitud. Dejarse llevar por los movimientos en los demás, sus conversaciones, sus gestos.

Aprender del mundo mirándolo.

lunes, julio 26, 2010

Verano

Tirado en la arena estos primeros días de vacaciones, vienen frecuentes las imágenes de playas pasadas, calores similares.

Hubo un tiempo de mi pasado en que huí de los días largos de arena, mar y chiringuitos; recorriendo Europa, visitando España o manteniendo el campamento base de Sevilla con escapadas puntuales.

Venir durante un largo período de tiempo al dolce far niente playero es volver a la infancia, al descubrimiento de la amistad, del amor, del sexo...

Sé que pertenezco al selecto club de los privilegiados que tuvimos una niñez feliz, con veranos de tres meses eternos junto al mar.

Esos tiempos de sol que aprovechábamos para hacer pandilla y descubrir el mundo.

De entonces tengo recuerdos de grandes siestas, de pasar las mañanas leyendo el periódico y comenzar a leer a los clásicos de mis años juveniles, Delibes, los Cinco o esa gran batalla de Trafalgar de Galdós.

Era vida familiar, en que se descubrían de los padres y hermanos facetas impensables en las épocas de ciudad, cuando los ritmos y horarios constreñían el desenvolvimiento en total libertad.

Volver al verano es recuperar la inocencia, sentir que de nuevo el tiempo es nuestro y controlamos del todo nuestra vida.

jueves, julio 22, 2010

Puntos negros

Gran defensor de la Sanidad Pública, en los últimos tiempos me he visto obligado a hacer un uso de ella al que no estaba acostumbrado; en la mayor parte de los casos por achaques propios de un cuarentón que siempre presumió de una salud de hierro.

La ultima ocasión ha sido hace unos días. Acostumbrado a leer tumbado en la playa durante horas, incluso cuando el invierno lo permite, hace menos de un año que comencé a incomodarme con un puntillo negro, móvil, vítreo, licuoso y poco definido que campaba a sus anchas entre las letras de mis libros, llegando a invadir hasta el espacio visual rojizo de mis ojos cerrados frente al sol.

La hipocondría es el peor de los inventos. Imaginaba a los puntos negros reproduciéndose inmisericordes por todo mi ojo derecho antes de lanzarse a la conquista del izquierdo.

La inquietud se acrecentó cuando la médico de guardia me dio cita, sin dudas y con premura, con el oftalmólogo.

Un par de semanas, un colirio anestésico y un aparato metálico sacado de otra época más tarde, el especialista ocular me dijo que no había nada de qué preocuparse, que tomando diariamente unas pastillas de vitaminas específicas para el humor vítreo, éste recompondría nuevamente la figura.

'Y cuando el punto negro vuelva a salir, que lo hará, de nuevo un mes con estas pastillas'.

La vida se irá presentando así, con la desfachatez de quien comienza a tener goteras sin temblarle el pulso. La actitud más inteligente estará, sin dudarlo, en saber ir madurando en compañía de los puntos negros y sus secuaces.

sábado, julio 17, 2010

Memoria

Esta semana pasada tuve la oportunidad de reencontrarme con un viejo amigo de la época lejana en que pasamos de adolescentes a adultos.

Un email de la que fue mi promoción del colegio para reunirnos en el XXV aniversario nos sirvió para rebuscar entre los destinatarios y contactar.

Tras pasarnos los teléfonos y morirnos de risa escuchando nuestras voces surgidas del túnel del tiempo, quedamos en un café de la Avenida.

A través de él recordé lo que no conseguía traer a mi mente, ¿en qué momento habíamos dejado de vernos? En un camping de las afueras de París, ésa era la respuesta y me la dio él. Recorrimos Europa con interrail y yo me quedé unos días más en mi ya por entonces adorada capital francesa. Teníamos poco más de veinte años.

Por entonces él se había echado novia, su actual mujer, era verano, cada cuál fue tirando para un lado y no nos volvimos a ver.

A mí, de él, me venían imágenes menos elaboradas. Lo recordaba con su seat ibiza rojo y escuchando música británica: Lloyd Cole, Prefab Sprout, Lisa Stansfield... Me acordaba de la calle donde vivía, que estudiaba Derecho y que me llevaba bien con él.

En cambio, a mí me preguntaba cosas concretas que me hacían volver a tiempos pasados de forma vertiginosa, porque quizás la memoria está en los detalles y cada persona tiene organizada su cabeza de forma distinta, ordenando la información según sus neuronas estén configuradas o su manera de ser sea más sensible, compleja, práctica o selectiva.

Fue un verdadero shock en positivo.

Poco cambiado en lo físico a pesar de los veinte años pasados, me transmitía lo que tal vez viera él reflejado en mí como un espejo: los desengaños vividos y la paz interior de quien no se mueve ya por tonterías.

Quiero pensar que los años que pasan por mí no quedan en el olvido, a pesar de que a veces necesite un catalizador en forma de detalle para sacarlos a la luz. Me gustaría creer que no han desaparecido para siempre las conversaciones, excursiones, borracheras de juventud, peleas y abrazos.

Entiendo que yo los almaceno de forma más caótica que el resto, pero que están ahí; que mis vivencias se acumulan para hacerme con el tiempo una persona mejor, más llena, aunque mi memoria sea perezosa para alimentar mi día a día.

Quiero creer que, cuando acuda a ella, me responderá con todo lo vivido.

miércoles, julio 14, 2010

Lenguas de fuego

No era, pienso, un espíritu cotilla el que me hacía imaginar en mi época de estudiante de bachillerato que, sobre el resto de los alumnos y alumnas que compartíamos la clase se apareciera una lengua de fuego encima de las cabezas que sólo yo pudiera ver acto seguido al lanzamiento de una pregunta tan sólo imaginada por mí. 

¿Cuántos tienen padres divorciados? Y la lengua de fuego se levantaría sobre dos, tres o doce de mis compañeros ¿A cuántos se les ha muerto un familiar cercano? Entonces comprendería mejor el dolor de algunos ¿Quiénes han dejado de ser vírgenes? ¿Cuántos son homosexuales? ¿Quién tiene una familia arruinada? ¿Quién tiene una enfermedad grave? ¿Cuáles de ellos trabajan para pagarse sus estudios?... 

Sí, yo era tímido en mi época juvenil. Y sí, tenía muchas dudas sobre mi lugar en el mundo. ¿Hasta qué punto mi familia, mis circunstancias, mis emociones eran normales? 

Las lenguas de fuego no aparecían y eso me enseñaba que la vida había que trabajársela, que era necesario indagar, conectar, no recluirse, compartir palmeras de chocolate en los recreos para escuchar, aceptar invitaciones a fines de semana en el campo de amigos que a lo mejor me daba terror visitar, huir del calor de mi habitación, mis libros, mi familia. 

Tengo la enorme fortuna de tener dos hermanas mayores, emprendedoras, lanzadas, divertidas y conectadas con el mundo real que se preocuparon sin forzarlo de hacerme cómplice de ellas, de la estupidez de ser un tímido enfermizo. Con ellas viví las primeras borracheras, pero también conocí a gente de edades diferentes con las que congenié, ellas me dieron mis primeros trabajos vendiendo tiquets en festivales de música o tras la barra de un bar y con ello la posibilidad de descubrir a una mujer que trabajaba en Galerías Preciados y vivía con un chufla, a una enfermera que trabajaba en una UCI y a pesar de ello reía a boca llena, a tipos buscavidas que trapicheaban con lo que fuera necesario para sacarse pelas, a imbéciles taciturnos, a profesores de universidad, a limpiadoras, recepcionistas y arquitectos. 

Curé mi timidez a base de no encerrarme en casa obedeciendo a la inercia de un tipo introspectivo, convirtiéndome en un ser mucho más válido al renunciar a enfocar mi vida en una sola dirección. Mis hermanas me sacaron del mundo imaginario de las lenguas de Pentecostés.

lunes, julio 12, 2010

Coherencia

Con 42 años ya cumplidos, si hay algún comentario sobre mi persona que me agrade es el de ser coherente, a pesar de las contradicciones a que a veces la vida nos empuja.

De la misma forma, valoro enormemente esa cualidad en los demás.

En el día a día y en los proyectos de vida, un amigo o familiar que se vea venir es una garantía de estabilidad para uno mismo.

Vamos conformando nuestra personalidad sin percatarnos, a base de encuentros y desencuentros, topándonos con gentes, situaciones, sorpresas que nos ponen a prueba, coartándonos o no, en el trayecto emocionante que es el vivir.

Dar giros en redondo despista.

No me gusta hacer nudismo en la playa, me asusto con facilidad, adoro el chocolate blanco, soy reservado con mi intimidad, me gusta el Betis, Paul Auster y visitar París con frecuencia, me considero agnóstico, de izquierdas y puntual, con fuerza de voluntad, nada frívolo y amante de las cenas largas. Soy, mal que me pese, rencoroso y susceptible, siempre en lucha por corregir esos defectos en mí. Obsesivo con las normas de educación o intolerante con el maleducado, doy importancia al saber estar como principio de comportamiento.

Quiero ser coherente, potenciando mis virtudes e intentando ir, poco a poco, dejando atrás lo que detesto en mí.

viernes, julio 09, 2010

Pijos

No he de negar que durante gran parte de mi vida he rozado, coqueteado, detestado, ahuyentado, asumido, desconfiado, relatado respecto al mundo pijo.

¿Pero qué es ser pijo?

Es un buen ejercicio de reflexión tratar de definir palabras como éstas, de tan variopinta explicación dependiendo de quien la piense.

Yo he mantenido durante mucho tiempo como base de lo que es ser pijo el hecho del estricto respecto de la vida prevista. Me explico. Había una coincidencia entre las personas así consideradas, de mi entorno, y sus meriendas de las cinco, su ropa previsible, sus domingos en misa o la actitud sorprendida de ojos abiertos ante los descubrimientos del mundo.

¿Implica ser pijo tener dinero? Digamos que ayuda a mantener esa vida de rutinas, ¿implica ser rancio? No, pero existen factores en el hecho de serlo que pueden hacer tender a la persona a no 'ventilar' su vida con la aceptación de lo distinto, lo sorpresivo y perverso, ¿es falso el pijo? tanto cuanto no sepa luchar contra sus principios cuando la realidad los desmiente, ¿es de derechas? tiene más tendencia a serlo desde el momento que aceptamos que el pijo defiende su vida de siempre y, por tanto, es conservador, ¿es sibarita? ahí actúa mi experiencia para decirme que sin ser condición necesaria ni suficiente, sí hay mucho de ello.

Construir una definición con todos estos argumentos, siempre personales, resulta complejo.

El caso es que, dependiendo de quien me valore, yo mismo puedo ser descrito como tal. Y me horroriza. ¿Qué parte de mí es pija? Tal vez ayudan mis estudios y mi puesto profesional, no tanto por todo ello en sí sino por el círculo social en que en cierta forma me ha asentado. Mi nómina tampoco es baladí respecto al mundo mileurista en el que me muevo y, si asumimos que el concepto dinero ayuda, entonces tengo más probabilidades que otros. Soy, también, una persona con un gusto particular por la belleza entendida como un amor al arte, al buen vivir. Soy, mal que me pese, sibarita.

¿Me libero de serlo por considerarme de izquierdas? Ojalá. ¿Soy el anti-pijo por no estar enganchado a las tradiciones de mi tierra? Quizás. ¿Mi vida sin hijos me hace saltar por encima de cualquier manual de hombre pijo? No sé.

¿Son los pijos insoportables?

En una gran parte, sí.

¿Son los pijos más educados que la media de masa humana?

A veces defiendo esa postura, a veces no. Luego no puede entrar como argumento.

¿Qué me hace escribir de ellos?

La recurrencia con la que se utiliza este término en nuestra sociedad. Tal vez cada cuál a su manera, mirando en positivo o negativo. Hay quien se vanagloria de serlo.

Yo conozco pijos y pijas encantadores, habituados a llevar una sonrisa, nada perezosos a la hora de abrazarte. Entre ellos hay mucha gente de la que te puedes fiar por encima de todo, quizás porque si los elegiste como amigos hace mucho tiempo, y si al tomarlos como tales acertaste, sabes que son personas hechas para no cambiar. Y si te quieren, te quieren...

lunes, julio 05, 2010

Nuevos parias

Con mi paga extra ando quitándome tarjetas visas con las que en tiempos pasados tuve que enredarme, por historias queridas o no evitables que me hicieron necesitar más dinero del que tenía.

Las empresas financieras, más cutres de lo que uno pueda imaginar, hacen tres mil jugarretas para intentar llevarse el máximo dinero de un cliente que está a punto de abandonarles, de dejar de pagarles intereses supersónicos por un dinero prestado con letras pequeñas inacabables.

Cuando hacen barbaridades con tu cuenta, te cobran recargos injustificables, te doblan los pagos por si cuela y te cargan de comisiones un día antes de darte de baja entonces el perjudicado, en este caso yo, llama como una fiera al número que te dan como de 'atención al cliente' y, después de hacerte esperar ratos eternos en que te cobran hasta por respirar, saltas como un energúmeno contra la pobre persona, sudamericana o no, chico o chica que atiende el teléfono.

Ellos tienen un listado de preguntas para hacerte desesperar, acabando tan excitado que...

Pobres parias utilizados por empresarios sin escrúpulos que tienen la poca vergüenza de no dar la cara para sacar todo el dinero posible de la desesperación de quien pasa por situaciones económicas delicadas.

En toda esta historia yo me siento un privilegiado, que ha tenido la suerte de trabajar en una empresa seria que ha sabido sortear, con dificultad, la crisis.

Me prometo no levantar más la voz a esos telefonistas pacientes que soportan, estoicos, la rabia de los estafados que no pueden expresar sus frustraciones a los impresentables de corbata y chaqueta que se ríen de nosotros, y de sus empleados-parias.

jueves, julio 01, 2010

Alemán

Me produce una gran satisfacción personal explicar, cuando alguien se interesa acerca de mi dominio del francés, que aprendí el idioma de Molière a través de Planeta Agostini.

96 fascículos semanales que yo estuve comprando con mis ahorros de adolescente durante dos años. Venían con su cassette.

Écoutez - Répétez - Écoutez - Répétez...

Yo escuchaba encerrado en mi habitación y repetía las veces que hiciera falta. Con lápiz y goma hacía todos los ejercicios, corrigiendo continuamente los mismos errores.

Mi trabajo y, sobre todo, mis 3 años en Francia me hicieron afinar una lengua de la que sólo sabía lo que mis lecciones de kiosco de prensa me enseñaban.

Animado por mi éxito y mi fuerza de voluntad me dispuse a comprar los 96 fascículos de alemán.

No tuve, en este caso, la constancia para bajar 96 semanas a por el ejemplar correspondiente, quizás por entonces empezaba a descubrir el mundo y mi escaso dinero prefería gastarlo en copas los fines de semana. Cualquier cosa que diga será, en cualquier caso, producto de mi invención.

Aún así, a través de mi amigo Pepe, conseguí dar con alguien que vendía esas 96 lecciones ya encuadernadas en grandes tomos. Hice un trueque (no recuerdo tampoco a cambio de qué) y me hice con el curso completo de alemán.

Lo empecé varias veces y en distintas épocas. Pero no pasaba del 'wie gehts dir?'.

He utilizado esos tomos de pie para reforzar las patas de mi cama, han viajado conmigo a París, los he colocado en todas las estanterías que he tenido en mi casa familiar y en mi vida adulta independiente.

Tantos años después de hacerme con el primer episodio de ese curso, hace no mucho, decidí que no.

Renunciar a proyectos no es sentirse menos vivo, sino comprender la verdadera naturaleza del vivir. Comprender que toda una vida no da para leer toda la literatura universal y que, con el paso de los años, hay que priorizar no es una derrota.

Ahora sé que no tengo el tiempo ni la ilusión de aprender alemán. Sé, sin embargo, apreciar la relectura de una novela sin angustiarme por pensar que eso me impedirá leer otras desconocidas. Sé que no viviré mil vidas ni integraré a más de cinco personas importantes en mi círculo más íntimo.

Pero, a estas alturas de mi vida, no me causa desazón.

lunes, junio 28, 2010

Alegría de vivir

No siempre somos conscientes ni sabemos valorar a las personas que tenemos alrededor. Y me refiero en este caso a aquéllos que infunden una energía continua, una sonrisa eterna y ganas de vivir.

A través de mi pareja tuve la suerte de conocer a Isaac, un gaditano nacido en Cataluña, o un catalán de San Fernando, explosivo, vividor, entregado y fiel.

En esta vida complicada, de la que somos expertos en complicárnosla aún más, encontrar quien siempre responda a una llamada es ya un motivo pleno de satisfacción, pero aún lo es más cuando tras esa respuesta se encuentra un talante sonriente.

Como suele ocurrir con las personas buenas, tras la fachada de sonrisa fácilmente visible aparecen con el tiempo valores mucho más consolidados. La generosidad es una de estas virtudes en él, material y humana. Y la generosidad suele venir acompañada de un corazón noble.

Isaac ha sabido cuidar de los suyos sin pregonarlo, convirtiéndose en el centro de su familia, en base sólida, raíz fuerte donde agarrarse.

Pocas veces, tras esa sonrisa, ha dejado escapar un mal día ni un gesto desabrido; aunque los que lo conocemos sabemos interpretar entre líneas sus inquietudes y miedos.

Tener personas como Isaac al lado produce un reconfortante placer. El de saber que tienes como amigo a alguien que nunca te va a fallar.

viernes, junio 25, 2010

Claret

Nací en una familia de clase media, éramos cuatro hermanos y nos matricularon desde parvulario en colegios religiosos, de curas, el Claret, David y yo, y de monjas, las Irlandesas, Mónica y Raquel.

En todo ello influirían dos hechos, la cercanía de los 'coles' a nuestro barrio y la religiosidad de mi madre.

En cualquier caso significaba por entonces un importante desembolso económico. Cuando llegué al Bachillerato mis padres me propusieron ir a un Instituto Público, que además era conocido por su calidad educativa, el Herrera. Yo me negué en redondo. En el Claret tenía a mis amigos del alma y suponía un drama dejarlo todo y empezar de cero, en esa época de la vida en que todo se magnifica.

El caso es que poco a poco me daba cuenta que mi mentalidad no casaba con unos compañeros que venían de familias muy de derechas, pronto decidí que no creía en Dios y mi mundo futuro no podía ser ése.

El paso del tiempo me demostró que, efectivamente, mi visión de la vida no coincide en absoluto con la que se me adoctrinó por entonces.

Recuerdo, incluso, la tristeza con la que muchos vivieron la derrota de Tejero en el famoso Golpe de Estado del 23-F.

Ahora me tengo claramente por una persona alejada de dogmas, de banderas, patrias y hermandades religiosas.

Sin embargo, hace algo más de un mes recibí un correo de la que fue mi promoción del Claret. Hace la friolera de 25 años que terminamos los estudios y proponían un encuentro para volver a vernos.

Ese correo me sirvió para volver a contactar con antiguos 'compas' de los que sí guardaba buen recuerdo: Jose, ahora médico en Badajoz, Gonzalo, arquitecto, Enrique, trabajando en una compañía de seguros y con dos niños, Francis, con el que quedé en tomarme una cerveza en unos días y que me contará si terminó definitivamente su carrera de abogado.

Tuve claro desde el principio que no iba a ir, pero eso no impedía un remover de tripas imaginando esa escena de verlos tanto tiempo después.

El encuentro, por lo que sé, fue un éxito rotundo. Yo no estuve.

Sé que los años no tienen vuelta atrás, que nadie arrancará mis años de infancia y adolescencia en el Claret, que ni siquiera quiero que lo hagan, porque esa experiencia conforma lo que hoy soy.

Me emociono en la distancia viendo fotos colgadas en redes sociales de esos niños que fuimos en épocas que, por encima de todo, fueron dulces.

lunes, junio 21, 2010

Pena de morir

Saliendo del trabajo el viernes, con toda la alegría del comienzo del fin de semana, camino de una cerveza fresquita con la familia y con un sol luminoso alegrando el mediodía, la radio me anunció la muerte de un ser querido. Había fallecido un hombre bueno. José Saramago.

De él sé más de su persona que de su obra, de la que quedé impactado por 'Ensayo sobre la ceguera'. En cambio, cada declaración suya, cada cita que leía de él era una lección de humanidad.

Su continuo recuerdo a las muertes por hambre en el mundo, una cada cuatro minutos, decía, su desprecio a los especuladores, a los corruptos, su amor a las cosas sencillas.

'Si tuviera la oportunidad' -decía en un extracto radiofónico de ese mediodía de viernes que se volvió triste-, 'si tuviera la oportunidad, pediría vivir, vivirlo todo, desde el principio, incluidos los dolores y la amargura de la vida. Pediría vivir'.

Duele que un hombre con un espíritu tan noble, sin dobleces, tan comprometido con su sociedad, sea vilipendiado el día de su muerte por la iglesia católica. ¿Duele o satisface?. Pensándolo bien quizás me satisfaga saber que esta iglesia que conocemos vaya quedando tan atrás. Saramago no podía ser feliz pensando en las muertes de cada cuatro minutos, en el desasosiego de los desamparados... mientras la iglesia, la oficial, burocrática e insensible, se preocupa de criticar a este hombre íntegro al morir.

Yo estoy contigo, Saramago, aunque no estés. Aunque tu materia ya no sea más que cenizas y tú pensases que a esta hora ya eres nada, la Nada con mayúsculas.

Personas como tú dan sentido a esta vida inentendible, porque con tu palabra y sensibilidad hiciste lo posible por descifrar las claves, por dar coherencia al comportamiento humano y trazar un camino.

No olvidaré la frase que nos transmitiste, dicha por tu querida abuela allá en el pueblo cuando ella veía la vida escapársele con noventa años:

'La vida es tan hermosa. ¡Qué pena de morir!'

sábado, junio 19, 2010

Palabras terapéuticas

El otro día por poco me atropella un motorista, en un gesto imprudente por su parte, al girar una esquina por el centro de Sevilla mientras paseaba.

Mi primer impulso fue mandarlo a freír gárgaras. Pero el chaval se frenó y me pidió perdón.

Es impactante como una palabra dicha en el momento oportuno produce un efecto inmediato de relajación ante un arrebato de ira.

De la misma forma desarma, en otras circunstancias, un gracias. Recuerdo haberme enfrentado a situaciones comprometidas en que, por parte de alguien cercano, se me pedían favores difíciles de conceder. O porque era dinero cuando no tenía, o porque implicaba renunciar a planes ya programados, o porque suponía acudir a lugares no del todo deseados.

Aún así, cuando el esfuerzo estaba hecho, un gracias era suficiente moneda de pago. Cuestan muy poco, apenas medio segundo cronometrado y un movimiento de boca que no supone esfuerzo.

Perdón y gracias.

domingo, junio 13, 2010

Frivolidad

Hay una canción de Fangoria que acaba diciendo '¡Viva lo superficial!', y hay veces, no demasiadas, en que pienso que la clave del saber vivir está ahí.

No lo pienso porque sea una persona infeliz, ni porque carezca de sentido del humor, ni por tener una visión trágica del sentido de la vida. Creo.

Lo pienso, en esos momentos de debilidad, porque entiendo la frivolidad como virtud. Y de esa virtud carezco.

Rechazo comparar frivolidad con divertimento, del mismo modo que me declaro absolutamente una persona no aburrida, por muy poco frívolo que sea.

Pero la escasez de esa virtud, que sin duda lo es tener un componente notorio de frivolidad, hace que me resulte atractivísima la gente que sí posee esa capacidad para reírse del mundo, de sí mismos, para no tragar saliva con comentarios en apariencia hirientes.

Tal vez sea una de las razones, sin duda no una razón principal, por las que estoy con mi pareja, por esa enorme capacidad de reírse a carcajada limpia. Tan sana, tan abierta, una risa tan de dentro, sin complejos ni miramientos.

El otro día lo hablaba con Nuria, una mujer hecha y derecha, guapísima, culta, con una vida estable y devoción por su familia, pero que no tiene tapujos para hablar de... para hablar del mundo y reírse de él.

No hay mejor antídoto contra la susceptibilidad que tener un alto componente frívolo.

Siempre hay que estar dispuesto a aprender lecciones.

¡Viva la frivolidad!

sábado, junio 12, 2010

El móvil

Recuerdo haber visto el primer móvil a Rafael Abascal, antiguo novio de mi hermana Raquel, organizador, por entonces, de conciertos. Tenía autonomía de minutos, dimensiones de casi caja de zapatos y una batería pesadísima.

Mi primer móvil lo recibí en el trabajo. Era una forma de tenernos localizados entre tantas máquinas y líneas de producción. Supuso, sin duda, un impulso a la productividad, con horas perdidas en transmitir informaciones importantes en un ambiente industrial donde el minuto siempre cuenta.

La sensación más impactante la recibí cuando, hace tantos años, paseando por las playas de Cádiz, en una zona alejada de toda población, mi amiga Bárbara me llamó. ¿Me gustaba esa sensación? De pronto veía que el mundo se hacía extrañamente abarcable, ya imaginaba chips en los brazos para tenernos a todos localizados.

Fui de los reacios a cargar con él si no fuese imprescindible, pero poco a poco fui entrando en la dinámica de llevarlo siempre conmigo.

En un viaje de fin de año que pasamos varios amigos por la Sierra de Cádiz, nos hicimos una buena escalada para llegar al cerro de los Buitres, muy cerca de Ubrique. En todo lo alto de ese risco, sin huellas de civilización por ningún lado, hubo un momento que había más gente hablando por el móvil que en silencio.

Ayer estuve en una boda y decidí dejarlo en casa, pero mis manos rebuscaron en los bolsillos toda la noche, sin esperar llamada ni desear contactar con nadie, porque todo mi interés en ese momento estaba en disfrutar de mis amigos.

Intento, a pesar de todo, no llamar por llamar para no tener nada que decir; aunque entiendo que es un artefacto muy útil, quizás engañosamente, para calmar un poco la soledad de quienes no la han elegido.

viernes, junio 11, 2010

Escribir

Ayer tuve la oportunidad de pasar un día feliz, redondo.

El día tenía todas las papeletas para ofrecerme esa posibilidad de satisfacción personal: culminaba, aunque ahora empiece lo más duro, la trayectoria comenzada hace más de dos años con la presentación en sociedad de mi quinta novela; lo hacía, además, rodeado de gente que me aportaba tanto cariño que me desbordaba; y, por si fuese poco, me acompañaban en el acto en sí de presentar el nacimiento de la criatura tres personas entregadas con la historia.

Un rato antes, tomándome un batido de chocolate en casa mientras hacía tiempo para enfrentarme a entrevistas y al acto de la presentación en sí, me pregunté por qué.

¿Qué me aporta escribir?, ¿hasta qué punto quiero conectar con potenciales lectores?, ¿qué quiero contar?, ¿por qué meterme en estos embrollos?

Una de las respuestas la podría encontrar sin duda en la calurosa acogida que me ofrecieron un rato después, pero yo trataba de encontrar una explicación más íntima.

¿Por qué el escribir?

Hay muchas teorías sobre el acto de la escritura, que van desde la inseguridad y la necesidad de autoafirmarse a sobrevaloraciones del ego, pasando por todas las etapas intermedias, que incluyen la humildad de tratar de compartir una visión del mundo o la necesidad casi terapéutica de comunicar para quien no es ducho en otros mecanismos más simples y directos.

Pero en mi caso, ¿cuál es mi motivo?

Mi primera respuesta vendría dada por la posibilidad de estructurar mi interior que me ofrece la escritura. Cuando trato de imaginar bien una larga historia compleja, o bien una frase corta dentro de un párrafo concreto, me obligo a mover fichas que de otro modo, sin un bolígrafo o un ordenador, no estarían disponibles. La inmediatez de las conversaciones o la abstracción de los pensamientos se pierden en el tiempo y se difuminan en nuestra memoria. Tratar de atraparlo en un papel es una forma de asentar teorías, instintos, sensaciones. Es, en mi caso, mi manera de abarcar mi mundo.

La segunda explicación tendría que ver con el hecho de compartir el resultado de esos escritos. ¿Cuánto hay de vanidad? No lo sé, ¿qué parte de inseguridad?, ¿hay algo de búsqueda de afecto?

Es aquí donde encuentro más dudas para responder, porque quizás haya un poco de todo.

¿Qué me hace inventar una historia, toda una maraña de personajes y enfrentarlos a conflictos cruzados?

En el largo recorrido de la humanidad a través de los tiempos siempre ha habido contadores de historias.

Es entonces cuando encuentro la respuesta.

Escribo porque hay personas ávidas de leer, de conocer el mundo desde otros ojos, con otros colores y distinto corazón.

Yo, como lector, me doy entonces la respuesta al yo escritor.

lunes, junio 07, 2010

Mentir con sinceridad

-Mañana nos tomamos un café y me lo cuentas.

Y te quedas esperando a que te coja el teléfono al día siguiente para el café.

-Este jueves organizo una cena en casa. Os venís vosotros y os traéis a quien os apetezca. No traigáis vino, ni postre, me basta con vuestra presencia.

Pero desde el miércoles no da señales de vida el organizador de cenas.

-Este verano nos pasamos a visitaros a vuestro apartamento.

¿Quién venía a vernos que nunca vino?

-Me voy a Alicante esta semana, vuelvo el jueves. El jueves te llamo.

El jueves me llamas... querrás decir que a partir del jueves ya estás en Sevilla.

-Eres un tío muy especial. Contigo se puede hablar de cualquier cosa, estás en el mundo, nunca fallas. De mí, lo que necesites.

Me cuelga el teléfono y no devuelve la llamada.

-¡Me siento tan sola!, necesitaría pasar un fin de semana contigo en la playa.

Sí, ok, lo entiendo, has ligado, no, no te preocupes. Estoy bien en la playa a solas.

-Eres encantador.

¿Quién?, ¿yo?, ¿quién anda por ahí?...

-Te prometo que...

Miénteme con total sinceridad, que yo sigo aquí. No sé por cuánto tiempo.

sábado, junio 05, 2010

El ojo del huracán

Hay veces en la vida de uno que hay que saber encontrar el momento para decir lo importante que es para nosotros la persona amada.

Recuerdo una película de primera sesión, cuando sólo había dos cadenas y nos quedábamos en el salón viendo la película que ponían los sábados después de comer. No le sé poner el nombre a la película. La recuerdo en blanco y negro. En una de las escenas finales, con un pequeño barco ingobernable en medio de un gran huracán, la mujer se acerca a su marido, desesperado por controlar la nave, y le pide que le diga que la quiere. El marido, agresivo, la aparta. 'No es momento para eso'.

Mi padre, desde el sofá, gritó en alto: 'si no se lo dices ahora, ¿cuándo se lo vas a decir?'

El barco se hundía.

El 99,99% de las veces no hay ningún barco hundiéndose, pero sí señales que hacen recomendable pedir un gesto de amor o darlo.

Estas necesidades no entienden de amores consolidados o cogidos con alfileres. Se necesitarán con mayor o menor frecuencia, pero las muestras de amor hay que darlas, de forma directa, mirando a los ojos y acariciando.

Te quiero.

viernes, junio 04, 2010

Todo está dentro

Esta frase se la escuché hace poco a 'La Mala Rodríguez', imagino que ante la pregunta del origen de la temática de sus canciones. La rapera, muy gestual, se tocaba las sienes, el pelo para decir que todo lo que nos preocupa, nos aterra, atrae o condiciona está dentro de nosotros mismos.

Dejando a un lado la espiritualidad o no, el alma o el cerebro, no puedo estar más de acuerdo con ella. Todo está en nuestro interior.

Las relaciones humanas, las crisis económicas, los enfados familiares, los enamoramientos... todo parte de nuestro interior.

Pasan cosas porque así las interpretamos individualmente cada uno de nosotros.

Paisajes hermosos lo son porque así lo hemos decidido desde nuestro prisma humano.

Vamos transmitiéndonos códigos aprendidos a través de la educación, el contacto, la amistad, la lectura.

La realidad, en cambio, es una, íntima, para cada ser humano.

Pasamos la mayor del tiempo cada uno con nosotros mismos. Mirándonos al espejo cada despertar vamos viendo ese cuerpo que nos acompaña desde siempre, en coche para ir al trabajo vamos dándole vueltas a nuestras preocupaciones, paseando hacemos proyectos de vida, cocinando, de pronto, nos acordamos de nuestros días de infancia en la playa. Acostados en la cama, cualquier noche nos despertamos adormilados para mirar el techo y pensar en algún ser querido. Tomándonos una copa con un gran amigo, por dentro estamos pensando en qué mal o qué bien está orientando su vida.

Comunicamos una mínima parte de todo el tiempo que pasamos por la vida.

Si valorásemos en su justo término ese placer que supone establecer cauces con otros seres a los que queremos, seríamos un poco más felices.

Recibimos y emitimos señales, llegamos incluso a momentos de felicidad extrema que no cambiaríamos por nada.

Pero no dejamos de ser seres únicos e indivisibles, con ricos mundos interiores, que todo lo importante lo filtran en su interior, íntimo, difícil de compartir.

Sí, todo está dentro. Asumirlo es una buena terapia para querer más y mejor.

martes, junio 01, 2010

Horas de más

En los tiempos que corren, este mes mi fábrica ha contratado a 70 nuevos operarios.

Hace unas semanas, pude leer en El Correo de Andalucía una entrevista a José Domínguez Abascal, un antiguo profesor de la Escuela de Ingenieros que actualmente trabaja como directivo para Abengoa, empresa líder en energías renovables en nuestra ciudad, creadora de puestos de trabajo de calidad y fuente de ingresos destacadísima para nuestra sociedad.

En esa entrevista, Abascal hacía un canto a la responsabilidad del directivo para luchar por proyectos, por aumentar la productividad, por potenciar la calidad en el trabajo al mismo tiempo que definía como muy hermoso su oficio.

En mi empresa hay determinados miembros del equipo de Dirección, y pienso especialmente en una persona, que echan más horas en la fábrica de las asumibles por cualquier persona que quiera conciliar un mínimo de vida familiar. A las seis ya está trabajando, come allí y no se va antes de las ocho de la tarde.

No lo envidio ni considero que ésas sean formas de llevar una vida, pero en cambio sé apreciar la importancia que tiene el sacrificio de esa persona para que 70 jóvenes sevillanos firmen el que seguramente sea su primer contrato laboral.

Detrás de cada trabajador que transporta piezas de un lado a otro, que gestiona un almacenillo, que repara motores o que limpia los pasillos de una fábrica de caja de cambios hay un esfuerzo abnegado de personas como ésta que, para más inri, no pierde nunca la sonrisa de la boca ni las ganas de ayudarte cuando le pides consejo.

Sé que gracias a él, entre otros, Renault concedió la fabricación de una modernísima caja de cambios a la factoría de Sevilla. Esto viene a suponer entre 300 y 400 empleos estables en una ciudad que está atrasada en términos productivos. Las cuatro mil cajas de cambio diarias que producimos equipan a cuatro mil coches diarios, que se venden mayoritariamente en el extranjero.

Es una corriente de dinero fresco que entra en casas de familias trabajadoras de forma casi directa.

Observo a este hombre interesarse por cada tema con la misma ilusión del primer día y me digo que no le envidio, ni considero que su vida sea un modelo en el que proyectarse... pero valoro lo que él aporta, con alegría, a nuestra sociedad más cercana.

domingo, mayo 30, 2010

Gente rara

El pasado viernes tuve el honor de participar como invitado en una mesa redonda para hablar de 'Manhattan por el retrovisor', un muy recomendable libro de relatos de José Luis Ordóñez.

En la tertulia, otro de los invitados, José Carlos Carmona, estuvo impecable cuando comenzó a hablar sobre Nueva York.

'Admiro Nueva York por ser una ciudad que concentra en tan pocos metros cuadrados tantos millones de personas'.

El razonamiento lo continuaba apoyando en que, por pura estadística y por la historia reciente de la ciudad, Nueva York está llena de gente rara.

Gente rara que te aporta precisamente la diferencia.

En Sevilla, decía, la gente es demasiado igual, somos bastante similares entre nosotros. Cada persona es un mundo, sí, pero hay demasiados lazos que nos unen, tradiciones que nos encorsetan en cierto modo.

Pero Nueva York tiene todo tipo de seres humanos. Decía que, en uno de sus últimos viajes, en la barra de un bar, había conocido a un tipo que trabajaba como Jefe de Marketing de una empresa de caballos de pura sangre. Él, como director de orquesta (otro raro...) estuvo planteándole una sinfonía para caballos.

Encuentras gente para compartirlo todo, porque siempre hay alguien con inquietudes similares a las tuyas, que te va abriendo puertas a otras personas y territorios que necesariamente enriquecen.

Coincido con él. Quiero, a mi alrededor, tanta gente rara como sea posible.

viernes, mayo 28, 2010

Los años de Iván

Hace ya algún tiempo asumí que mis circunstancias han complicado al infinito mi sueño de ser padre.

Creo, por otro lado, que tengo la cabeza suficientemente bien centrada para no confundir sentimientos ni llevar mi vida a equívocos.

Iván es mi sobrino. Mi único sobrino. Seguramente el único que vaya a tener. Mi amor por él es total, desinteresado, irrenunciable, pero sé que no es mi hijo.

Aunque creo en el hombre y tengo la confianza en que el sentido común irá llevándonos en generaciones venideras por senderos más civilizados, que se sabrá dar la vuelta al cambio climático, que se reconducirán los conflictos con países radicales y la economía acabará siendo, por pura supervivencia del género humano, algo menos descontrolado, más regulado, a pesar de todo, me preocupan los años que le esperan a Iván.

No sé hasta dónde vamos a caer, qué posibilidades se le irán cerrando en esta caída a su generación, que se columpia en parques urbanos ajenos al desempleo, a los créditos sin conceder, a los fracasos gubernamentales y a las amenazas de que el sistema rompa sus costuras y se desborde la miseria en lugares incapaces de asumir tanta inseguridad.

Es en estos tiempos cuando los mayores están diseñando su futuro, sus universidades, sus bancos, sus medios de transporte, las relaciones humanas de mediados del siglo XXI, cuando él sea un hombre hecho y derecho que se paseará por no sé qué parques ni qué ciudades, tal vez pensando cómo pudo todo quedar así, cuando él se balanceaba feliz en columpios que no hacían presagiar esos nubarrones.

Quiero pensar que un día Iván, con hijos o sin ellos, con trabajo o sin él, enamorado, desengañado o solitario, de izquierdas, apolítico, de derechas, ingeniero o futbolista, pintor o periodista, albañil, taxista o cantante de rock, no maldiga el haber tenido que padecer la cortedad mental de una generación perdida en egoísmos insanos, la de aquellos que nacimos a finales del siglo XX, la de los que un día nos creímos vivir en un mundo donde tener casas, buenos coches y móviles de última generación era algo que venía dado de por sí... caído del cielo.

lunes, mayo 24, 2010

Nocilla

La muerte de mi abuela materna fue la primera que viví y entendí como natural.

Era muy mayor, aunque no exageradamente, y murió imagino que de vieja. De esas cosas uno no quiere nunca preguntar mucho. Visité con mis hermanos su lecho de muerte poco antes del fallecimiento, en una habitación casi a oscuras, cuidada por sus hijos. No calculo qué edad podría tener yo, precisamente porque es la primera muerte, después de otras más traumáticas, injustas y cercanas, que ocurría porque la vida es así, porque tenía que ocurrir.

No es que mi relación con mi abuela Salud hubiera sido distante, todo lo contrario. Si algún recuerdo comparto con mis hermanos de nuestra infancia está asociado a las noches de los viernes, cuando mis padres se daban un respiro de sus cuatro hijos y nos dejaban con la abuela. Ella nos hacía la cena, casi siempre tortilla de patatas, nos ponía el programa de turno, cuando sólo había VHF y UHF, sin dejarnos escuchar nada porque siempre estaba contando chistes. Ella se moría de risa contándolos y nosotros viéndola a ella reír, sacándose el pañuelo del sujetador y secándose las lágrimas.

No nos dejaba dormir. Nos invitaba siempre a quedarnos a ver las películas de dos rombos, que ella siempre justificaba diciendo que eran de policías. Luego ella quedaba dormida y nosotros, con ojos como platos, nos tragábamos cualquier cosa por la que mi madre le hubiera echado una buena bronca.

Empezada la película, siempre sacaba el TP de debajo de su sofá, y nos leía entero el argumento.

El más remolón para dormir era yo, y recuerdo ver películas de terror (no olvidaré ‘El hombre de los rayos X’) agarrado a sus faldas pidiéndole que la apagara a gritos, y suplicándole dos minutos más tarde que la volviera a poner.

Recordaremos momentos de por vida, como cuando mi tío Jesús Mª nos hizo unos huevos fritos insufribles y yo empecé a decir, con cinco o seis años, que a mi huevo frito le faltaba un tornillo. Más nos reíamos nosotros, más se enfadaba él.

De mi abuela recuerdo los churros por la mañana, cuando descolgaba por la terraza un cesto con el dinero en una bolsa de trapo, para que el churrero lo cargara, o su obsesión por mirar el parte del tiempo, cuando en realidad nunca salía de casa, o su admiración-casi-enamoramiento por Don Carlos, su médico de toda la vida.

Ella vio morir a mi madre, su hija mayor, a May, otro de sus hijos… Había quedado viuda relativamente joven.

No le vi, en cambio, soltar una lágrima por nadie. Ni sentí gran dolor en ella con la muerte de sus hijos; quizás no tenía yo capacidad por entonces para ponerme en su piel, pero algo me hacía pensar que ella era en cierta forma egoísta, que no quería complicaciones. Cuando uno retiene esas sensaciones primitivas, tal vez haya algo de verdad. Tal vez no.

Fue una persona especial, divertida, enclaustrada en su casa, religiosa extrema, siempre con el rosario en la mano.

Ella murió porque tenía que morir, seguro rezando alguna plegaria fue apagándose poco a poco, y a mí me pareció normal, como el día que me enseñó el rosario que le había traído mi tío Jose de Guatemala, hecho de topacio o no sé qué piedra marrón. Ella me dijo, ven, huélelo, mira qué rico, ¿a qué te huele?

A nocilla, contesté.

Esa era mi relación de generaciones tan lejanas con mi abuela Salud: ella rezaba un rosario que a mí me olía a nocilla.

sábado, mayo 22, 2010

Silencios

Golpetea el levante contra la ventana de mi dormitorio de Conil.

La escena de mis de recuerdos tiene a Bárbara de copiloto en mi antiguo clío, llevándola a su casa de Los Remedios. Día soleado. Ella apoya los pies descalzos en el tablero de bordo del coche y mira por la ventana, callada. No imagino imagen más hermosa del silencio, cuando dos amigos se acompañan sin tener que justificar el tiempo juntos con conversaciones innecesarias.

Pocas personas con las que haya llegado a esa extrema confianza de comunicación sin palabras.

Esta mañana, en el trabajo, tuve que sustituir a mi jefe en una reunión 'importante'. En las pausas la gente me hablaba por rellenar el silencio de vaguedades, tal vez por temor a verme aislado.

Silencios cómplices, silencios compasivos.

Cuando decidí irme a vivir, solo, a París, pensé en tardes eternas en que el techo se me caería encima, sin nadie al lado y el terror de sentirme náufrago. Ninguna terapia, en cambio, pudo hacerme mejor bien que esas tardes de soledad francesas.

No soporto la gente que no escucha, que se impacienta por interrumpirte para decirte que él más, que él mejor, que él más lejos...

Vivir es escuchar silencios, dejarte llevar por los golpeteeos del levante sobre tu ventana.

martes, mayo 18, 2010

Debilidades

El día a día nos exige tanto, que a veces perdemos el norte. No hay nada menos enriquecedor que actuar como un autómata apaga-despertadores cada mañana con la única ilusión de esperar que, para los que tenemos suerte de tenerla, la jornada laboral acabe. Hacer la compra de cada día, ver el programa de televisión de turno y leer las patochadas que más de uno de nuestros amigos habrá escrito en facebook.

En nuestros reconcomes diarios siempre tenemos la respuesta guardada en una caja de fácil apertura con resorte ante la pregunta de cómo nos va la vida: 'Estoy bien, gracias'.

En las relaciones humanas se valora lo fuerte, lo estable. Tiende uno a refugiarse al calorcito de la gente que no da problemas, que camina firme, siempre con proyectos y sonrisas que repartir.

Nos dejamos llevar por quienes nos dan seguridad y forzamos cimentar bien la nuestra, para no crear equívocos que nos hagan seres vulnerables, menos atractivos a la luz cegadora de los infinitos ojos que nos miran.

Una relación de amor total, en la que dejemos por el suelo de nuestra habitación corazas, máscaras, poses de controladores de la realidad compartida, nos debería llevar alguna noche, muchas noches, casi todas, a poder decirnos con total sinceridad lo que un día escribiese Kundera:

Quiero que seas débil. Quiero que seas tan débil como yo.

domingo, mayo 16, 2010

Otros argumentos

En una brillante conferencia de Obama en la universidad pública de Michigan, éste ha lanzado un mensaje fuerte a los recién licenciados animándoles a diversificar sus fuentes de información para hacerse más íntegros, tolerantes con el otro y, por qué no, para defender con mejores argumentos las posiciones propias.

Como lector fiel de El País, con cuya línea editorial me identifico en muchas ocasiones, creo en ese ejercicio de leer otros desarrollos intelectuales que me puedan llevar a entender el porqué gente muy cercana piensa de forma tan diferente.

Pasó, afortunadamente, el tiempo de la distinción casi omnipresente entre fachas y marxistas.

Todo se puede discutir, aunque las tripas a veces se te revuelvan con argumentos basados en, al entender de uno, verdades parciales o axiomas que sabemos inexistentes.

Descalificar sin escuchar es mucho menos inteligente que rebatir habiéndote interesado por los razonamientos de tu interlocutor.

Leo El País del mismo modo que salgo de cervezas con los amigos que elegí, porque me siento mejor en mi piel. Eso no impide que entre mis favoritos de internet también estén otros diarios, no sólo españoles.

Me gusta, lo reconozco, polemizar con quien piensa distinto, con la pasión de creer en la fortaleza de mis reflexiones, pero siempre dispuesto a integrar otras formas de ver el mundo.

jueves, mayo 13, 2010

Tres decisiones

Un solo día es un escenario perfecto para enfrentarse a múltiples conflictos, simples y rutinarios en su mayor parte. Hay que optar, por dar un beso a tu pareja al levantarte o no, por ducharte con agua caliente o no, por tomarte una pastilla para la espalda o no, por llegar antes o después al trabajo, por tomarte el café con tal o cual compañero, por no tomar café, por seguir con la dieta, por zamparte una palmera de chocolate, por no responder al mensaje de tu padre, por llamarlo, por ir al gimnasio o no, por enviar una señal de amor a media mañana a tu media naranja, por ir a comer a casa o no...

La vida es un escenario de caminos que se cruzan y de historias que nos comprometen.

En cada cual está ir tomando por senderos que necesariamente dejan de lado otros, que ya no se presentarán de nuevo, o no en las mismas condiciones.

Hay quien, escogiendo su ruta, llega a zonas escarpadas, desérticas, insufribles, de las que no encuentra la salida.

Son mayoría las personas que toman por caminos de linealidad, dejándose llevar por el sentido común y los buenos sentimientos, allí donde nos encontramos apretaditos y acompañados...

Pero grandes cruces hay tres. La vida no te reta con más de tres conflictos de peso en los que tienes que decidir qué quieres ser.

No nos engañemos, las decisiones que marcan nuestras vidas no son infinitas por muchos senderos que visitemos.

La vida nos pone a prueba a diario, pero pienso que solo hay tres grandes decisiones a tomar. En ellas, siempre tienen una fuerza brutal la familia, el dinero, el amor, la salud, la amistad o la vida laboral.

Cuando llegan, se pone a prueba nuestra calidad humana.

Cuando llegan, nos retratamos.

lunes, mayo 10, 2010

Querer gustar

A veces lo confundimos con vanidad, pero fácilmente podemos pasar al extremo de la falta de autoestima, cuando hablamos de la gente que hace lo imposible por caer bien, por resultar agradable a todo el mundo, por gustar como persona.

Me reconozco cercano a ese colectivo de seres humanos, con lo trabajosas que suponen esas estrategias inconscientes de estar a bien con gran parte de la humanidad que te rodea.

Sé, conscientemente, que soy una persona que cae bien y transmite confianza. Eso no es fruto del azar, ni de ser un tío más o menos bueno (que también tendrá algo que ver). Es proceloso el camino para llegar ahí y viene desde muy lejos en el tiempo. ¿Que en su origen existieron inseguridades?, seguro. ¿Falta de carácter?, quizás al principio.

Tratar de mostrar tu mejor cara a personas muy diferentes implicaría, además, cierta hipocresía. No se puede estar a las buenas con gente de modos de vida radicalmente opuestos y visiones contradictorias. ¿O sí?

Mi experiencia personal me dice que sí, que es posible.

Con el tiempo, es cierto, vas dejando de lado a aquellos que te resultan insoportables, a los que, para ti, son insulsos, a los desagradables en el trato, a los falsos, a los lamentatodo, a los poco fiables, a los insensibles.

El paso de la vida puede convertirse, si se ejerce bien, en un filtro perfecto.

Cuando tenía quince años sé que era un tío muy querido en clase, entre mis compañeros del club de remo, entre mis primos. Pero yo no era feliz.

Ahora, caigo bien a los que me rodean, pero los que me rodean son cada vez más elegidos por mí.

Llegado un momento, no estás por la labor de aguantar tonterías.

Yo sigo queriendo mostrar mi mejor cara, de forma sincera. Ofrecer lo mejor de mí siempre que pueda y querer de corazón.

¿Se es menos auténtico? Pienso que no tiene nada que ver. Uno tiene que quererse a sí mismo para ofrecer lo mejor a los demás, pero no comulgo con esa cultura extendida del tener un ego súper potenciado, un súper yo. Yo, yo y después yo para poder sobrevivir...

Es trabajoso, pero es mi estrategia vital.

jueves, mayo 06, 2010

Perder una tarde

Los encuentros con amigos que te conocen y te quieren siempre aportan aire fresco.

Ayer cenamos en casa con Bárbara, tal vez mi amiga más lejana en el tiempo, a la que me siento tan unido a pesar de no vernos a menudo, incluso viviendo a dos manzanas.

Nos tuvimos que reír con ella porque venía graciosa, con dos o tres copas de vino blanco de más y una historia de ligoteo que contarnos.

Nos relató su último viaje para entrevistar a Antonio Banderas en Cancún, sus nuevos cometidos en Canal Sur, su amistad con personas incompatibles conmigo, encuentros y desencuentros con gente de su época cordobesa, la incapacidad de sentirse atraída por un amigo común a pesar de caérsele la baba con él…

Cuando yo hablé ya llevaba unos cuantos vinos encima y le expliqué no entender por qué, a pesar de mi estado actual, feliz a todas luces, contento con mi vida personal, ilusionado en el trabajo, con una novela a punto de publicar, con mi familia más cercana que nunca y mi padre en plena forma, cómo a pesar de todo no consigo vencer ese estrés que me hace estar siempre en tensión, con la cabeza por delante del cuerpo, sin encontrar la clave para aminorar el ritmo de mi respiración.

‘El problema’, me dijo Bárbara, ‘es que hasta tu ocio lo programas’.

Cierto es. Y me duele.

‘Descubre lo reconfortante que es perder una tarde’.

Perder una tarde. Dejar a un lado mi curso de páginas web, mis sesiones de gimnasio, los intercambios para practicar inglés, las actualizaciones del blog, la escritura de mi próxima novela, los cafés de media tarde con amigos, las tertulias literarias, las ‘obligaciones’ de ver los noticieros en francés, en inglés…

Perder una tarde.

Nada va más contra mi filosofía vital que aturullarme en proyectos que no soy capaz de seguir, pero siempre ando enredado.

Bárbara me recomienda tardes perdidas y sé que tiene razón. Tardes en blanco tumbado en el sofá, con el móvil apagado y algo de música, para que de nuevo mi cuerpo se ponga al ritmo de mi cabeza y retome el ciclo del respirar sin darme cuenta.

miércoles, mayo 05, 2010

Populismo

En estos tiempos críticos que corren suelen salir a flote muchos populistas.

Populista, para mí, es todo aquél que utilizando la ignorancia, la debilidad, el desespero o los peores instintos de aquéllos a quienes se dirige, falsea la información a su medida, o la exagera, o explica sólo la parte del melón que sus oyentes quieren escuchar.

En política, desgraciadamente, el populismo es bien visible. No sólo hay que buscar a los Castro, a Hugo Chávez o a Evo Morales. Lo hemos visto en la campaña americana de Sarah Palin o en las de los partidos xenófobos centroeuropeos. En nuestro país, si bien siempre hay y habrá, porque es consustancial a la política, aún estamos lejos de esos ejemplos, salvo en determinados ayuntamientos o entidades locales donde es más fácil confundir con argumentos espúreos.

Mi miedo al populismo, en cambio, no se ciñe a la política, sino que hago un paralelismo con la actitud que mucha gente a pie de calle, ciudadanos a secas, gente cercana, utiliza a diario.

Me sublevan las dialécticas ensuciadas por medias verdades, y hay especialistas en este género que nos rodean a diario, cruzándose por nuestro camino. Personas que no son coherentes en sus actitudes con lo que pregonan, que ponen el grito en el cielo por razones vanas y son unos impresentables en su vida diaria.

Recuerdo nombres y apellidos de hombres y mujeres que han pasado a mi lado, se han sentado en mi casa, me han invitado a copas, hemos paseado juntos y que, desgraciadamente, no valen un pimiento.

Personas dañinas que te cuentan lo que quieres oír, que te dan abrazos de oso, que acoplan una sonrisa diferente, siempre falsa, esa sonrisa que derrite a la persona que enfrenta. Gentes que te dan palmadas en la espalda pero que no harían nada por ti en las malas.

¡Ha pasado tanta gente así por mi vida!

No es fácil encontrar seres humanos sanos, coherentes, que mantengan el mismo discurso siempre, que los veas venir.

En mi círculo más íntimo intento incluir sólo a aquellos que sé que no tienen caretas populistas con que conquistar, no ya mi voto, sino mi amistad.

De ellos siempre presumiré.

lunes, mayo 03, 2010

Decir que no

Hace mucho tiempo abrí una reflexión con el título contrario, 'Decir que sí'.

En aquel momento trataba de ahondar en la importancia que concedo a ir de cara por la vida, no dejando pasar oportunidades que no volverán, dejando a un lado el miedo al fracaso, al qué dirán, al cambio.

Ahora, sin embargo, pienso en todas aquellas personas que tengo a mi lado y me han enseñado (aún estoy aprendiendo) a decir que no, con una sonrisa.

Enfrento en este caso otro tipo de retos, son los referidos a los compromisos.

¡Qué difícil es decir que no cuando pones en juego tu imagen!

Ahí está la clave precisamente. Pensar que por no saber negarte a una cena que te resultará infumable, a una excursión de amigos en que no te sentirás cómodo, a asistir a un concierto que no te apetece, a participar en una tertulia que piensas que no te aportará nada, contribuir a una asociación en la que no crees... vas a ser peor amigo, hermano o colega.

Tengo un ejemplo claro. Mi amiga Cristina. Es una mujer coherente, una persona excepcional. No tengo ninguna duda acerca de mi amistad con ella. Sana, adulta, sin trabas, sin obligaciones ni reproches.

Cristina me ha enseñado durante años a decir que no y a encontrar en esa postura una forma de reafirmación personal en positivo. En positivo para quien sabe decir no y para quien recibe la negativa.

He aprendido decir no al último gintónic cuando realmente me apetece irme a dormir, a rechazar un mediodía de carnes a la brasa en una venta del Aljarafe por un paseo por el centro de Sevilla a mi aire, a participar en antologías de relatos que no me apetece escribir, a afianzar amistades que sé que no tienen futuro.

Diciendo no a lo que tu cuerpo rechaza, a pesar de que violentes momentáneamente al otro, te haces más auténtico, con más posibilidades de ser apreciado por lo que eres y no por lo que los demás crees que deberías ser. Haciéndolo bien, además, el otro retiene esa actitud positiva de rechazo.

Siempre que lo consideres oportuno, un 'no' sonriente y, si es necesario, cariñoso.

Los 'no' rotundos son venenosos.

viernes, abril 30, 2010

Inmovilismo

Sé que en todas las épocas, ciudades y sociedades existen y existirán grupos de personas que lucharán con todas sus fuerzas por mantener las cosas 'como toda la vida' han estado.

En mi propia fábrica, donde llevo década y media trabajando, tengo bien identificado a los fatalistas. 'Hay cosas que son inarreglabes porque siempre han estado así'. Es el mayor freno para progresar, desde el momento que consideramos que hay cosas que no tienen arreglo.

Hay un gran filósofo alemán, Erich Fromm, que los clasificó como necrófilos. Amantes de la muerte.

Son las personas que se alegran, inconscientemente, del mal de los demás; eso les consuela de sus propias miserias. Si alguien es guapo, 'el tiempo lo estropeará', si alguien es buena gente, 'las miserias de la vida lo pondrán en su lugar', si alguien es emprendedor, 'acabará desengañado con el mundo', si te ven feliz 'ya te llegará el momento de sufrir'.

Es esa parte enferma de nuestra sociedad que se escandaliza porque se aumenten los derechos sociales ('¡qué horror, ver a dos hombres besándose!', '¡los inmigrantes se están llevando nuestro empleo!).

Ese peso pesado con el que arrastramos que tiene forma de iglesia católica burocrática, de grupos falangistas que no quieren hacer justicia con el pasado, de asociaciones que sólo se movilizan para escupir encima de los 'diferentes'.

Se movilizan contra el aborto pero echan la vista a un lado al conocer que el cura del pueblo se aprovechaba de los niños del colegio... 'eso siempre ha sido así'.

Niegan el cambio climático porque 'el tiempo siempre ha estado loco'.

Frente a los necrófilos, los biófilos: esa gente fantástica de la que me rodeo, vital, con ganas de cambiar las cosas, aunque las inercias nos hagan pensar, equivocadamente, que otro mundo mejor no es posible.

miércoles, abril 28, 2010

¡Hay noches tan perfectas!

En que uno siente que todo tiene sentido.

Hay momentos en la vida tan plenos que uno cree haber encontrado el Gran Secreto de la existencia.

Miradas desde fuera, hacia adentro, de seres amados, de ti hacia tu amor; hay carcajadas tan sanas que no te explicas las complicaciones del vivir.

Un día recibes un chaparrón de cariño y comprendes la inmensidad de la Vida.

¿Por qué, en cambio, los hacemos tan fugaces, así de caros, rebuscados, esos encuentros con nuestro interior, la comunicación honesta con la persona amada?

El ser humano holgazanea la caricia, penetra en laberintos teniendo frente a sí la línea recta, el paisaje sereno de lo que son las claves del saber vivir.

Anoche, tras una cena espléndida de carne traída de San Sebastián, mi gran amor me escribió un mensaje para decirme lo alegre que le hacía vivir conmigo.

Benedetti lo decía: en el Amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas; en el no amor todo es ridiculo y cursi y obsceno.

lunes, abril 26, 2010

El hombre de Flores

No hace mucho aparecieron nuevas informaciones en la prensa sobre el hombre de la isla de Flores. Retuve dos datos: se trataba efectivamente de un hombre (en cuanto ser bípedo dotado de raciocinio) y tenía características que le hacían diferente en aspectos principales del hombre actual (su cerebro diminuto implicaría un nivel intelectual menor).

Por circunstancias, ese ser humano desapareció.

Mi cabeza se pone a imaginar y piensa qué hubiera sido del mundo actual con el hombre de Flores presente. Suponer que, en uno de los múltiples viajes de los 'descubridores', hubieran llegado a esa isla y se hubiesen encontrado con esa tribu.

¿Hasta dónde habría llegado el circo?

Si ya se hicieron masacres, se esclavizó, sometiendo a ultrajes a otras razas por el hecho de ser de piel diferente, ¿qué hubiera hecho el hombre actual con uno de metro veinte que tuviera un coeficiente intelectual de 10 frente a 100?

Viviendo el mundo que vivimos en que se desprecia al inmigrante como peligroso por no tener papeles, sin tener la mínima empatía para ponerse en lugar del otro ni pensar en la suerte de haber nacido en un primer mundo privilegiado, donde hemos tenido acceso a la educación, al sustento básico y al caprichoso, un mundo en que, al parecer, molesta el diferente porque implica preocupación, inseguridad, temor, desconfianza, viviendo en este mundo construido a base de luchas insanas, ¿en qué lugar nos habría dejado ese pequeño ser humano?

¿Dónde hubiésemos metido a ese hombre de Flores en una sociedad que reparte panfletos denostando a los rumanos, a los 'moros', a los 'sudacas'?

Tal vez, en cambio, ese hombre pequeñito nos hubiera servido como espejo para darnos cuenta de lo que no somos. Quizás, siendo optimistas, hubiésemos visto reflejado en ellos nuestra debilidad y ese reflejo de hombre mínimo que tendríamos frente a nosotros nos hubiese llevado a cuidar más de ellos, y cuidándoles hubiésemos sido más respetuosos con el hábitat que compartimos.

En ese cuento de hadas de mi imaginación, el hombre de Flores sería nuestro ángel redentor, porque veríamos en él nuestras limitaciones, hasta qué punto estamos condicionados por nuestra naturaleza.

Si, ojalá, ese hombre indefenso hubiese pervivido, tendríamos una escala en la que compararnos y nuestra idiotez como grupo se relativizaría. Entenderíamos qué es importante y lo que no, porque tal vez ese hombre pequeño de mentalidad corta sería feliz disfrutando de las pequeñas cosas.

sábado, abril 24, 2010

Susceptible

Con el paso de los años se ha ido diluyendo afortunadamente en mí esa tendencia a tomar cualquier comentario como un ataque más o menos despiadado a mi persona. Haber tenido tantos complejos en la infancia contribuía a ello. No tenía piernas sino palillos de dientes, bizqueaba de un ojo y eso me obligaba a llevar un parche para hacer trabajar a ese ojo vago, era el más pequeño, en dimensiones, de la clase, jugaba al fútbol como un pato en las horas de recreo, era tímido hasta decir basta.

Mi susceptibilidad se convirtió en coraza; como el mundo mundial me atacaba y tenía tendencia a ridiculizarme, yo me defendía; y lo hacía con la mejor de las armas que encontré: la inteligencia, la seriedad, el distanciamiento. Haciéndome respetar.

Cuando con 13 años me llevaron en autobús a mi primer campeonato de España de remo, en Mequinenza, yo sufrí lo indecible viendo como los mayores denigraban a los novatos, bajándole los pantalones, dándoles collejas, riéndose a carcajada limpia de sus voces aún de imberbes. Recuerdo que, cuando pararon a echar gasolina, me acerqué al Jefe de la banda y le dije que ni se les pasara por la cabeza hacer nada conmigo. No lo hicieron y yo tardé muchos años en abadonar las pesadillas de ese autobús.

La madurez te aleja de esos períodos de hipersensibilidad en que uno va formando su carácter y eligiendo a los primeros amigos.

Los residuos de susceptibilidad que queden en mí me desagradan, aunque en tiempos me hicieran bien. Ahora, con 42 tacos, me siento fuerte para defenderme, para aceptar las críticas razonadas y para entender que el mundo, por fortuna, no gira a mi alrededor.

sábado, abril 17, 2010

La bufanda morada

Yendo al cine en un pueblo de Cádiz hace pocos días vi, desde mi puesto de copiloto en el coche, a una chica joven, vestida para salir, con medias y un vestido violeta, a la que se le caía la bufanda por la acera solitaria. Pedí frenar para avisarla cuando me di cuenta que era un paquete de patatas vacío. Ella seguía hacia adelante, chupándose los dedos aceitosos y yo me arrepentí justo después de no haberla avisado por su 'bufanda' caída. La vergüenza hubiera sido mayor, o no; con ese caldo de cultivo lo mismo me llama 'cabrón' y nos tira una piedra a la luna trasera del coche.

No hace mucho, saliendo de cenar de noche, tomamos un taxi. Dimos las buenas noches antes de indicar la dirección de casa. La respuesta, ninguna. A mí, entonces, me dio por protestar. Le pregunté si no iba a devolvernos el saludo y el hombre, mayor y malhumorado, calló. Como el trayecto era largo y la tensión alta, quiso sacar conversación con el argumento del parte meteorológico. A mí no me sirvió como atenuante y le pedí un poco más de educación.

Presumimos de país, de ciudad, 'aquí se vive mejor que en ningún sitio' y de simpatía. No digo que no. Afortunadamente, en mi vida diaria, no trato con gente ensucia-ciudades ni retira-saludos, incluso se puede pensar que soy demasiado tiquismiquis, que hay cosas más importantes de las que preocuparse.

Yo tengo suficiente tiempo para reflexionar sobre lo más importante y lo que no.

El civismo es una muestra del nivel humano de nuestra sociedad.

martes, abril 13, 2010

Repetir

En uno de mis nuevos viajes a París, y a pesar de mi montaña de libros por leer, he tomado para mis horas de aeropuertos, aviones, cafés y habitaciones de hotel a 'Carol', una novela de Patricia Highsmith de la que guardo un feliz recuerdo y, sin embargo, no pongo en pie.

Sé que es la historia de amor entre dos mujeres de edades lejanas en el Estados Unidos de la posguerra, recuerdo que las dos tenían un compañero en sus vidas que no les hacían necesariamente infelices; pero olvidé las sutilezas, los encuentros que les hicieron abandonar su vida previsible para arriesgar por otra más auténtica, menos sencilla, en una America puritana.

Llegaré, en pocas páginas, a viajar con ellas recorriendo Estados Unidos, en coche, sin rumbo fijo, escapando.

Milan Kundera decía en 'La insoportable levedad del ser': El tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir.

Sin quererlo, siempre me he negado el placer de repetir. Tal vez el ansia de descubrir nuevas historias, mundos desconocidos, la eterna provocación, dejando a un lado las 'Carols' que un día me enseñaron a amar paisajes que no tengo por qué enterrar.

¿Será la puñetera madurez?

domingo, abril 11, 2010

Arrastrarse

Hablo desde mi experiencia personal, ya lejana, en que unos cuentos revolcones sentimentales me llevaron a plantearme qué es lo que hace que, dejando a un lado las premisas imprescindibles de la atracción física y personal, una relación de amor muera a las primeras de cambio.

Eso sí, el tema me lo planteo a día de hoy no por mí, felizmente enamorado y correspondido, sino por gente a la que quiero, cercana, que no termina de encauzar una vida en pareja, que se obsesionan con ello, creyendo equivocadamente que una vez atravesada esa línea la felicidad aparece con luces de neón.

Mi principal teoría, casi que única, tiene que ver con la estrategia, sí, estrategia, de no arrastrarse.

El ser humano es, generalmente, tan vanidoso que confunde el que alguien muestre un fuerte interés por ti con una batalla ganada. Entiende que recibir dos mensajes diaros de móvil es tener a la persona en la palma de la mano.

Por eso yo recomiendo mesura. A pesar de que el estómago se te revuelva pensando en la persona amada que acabas de descubrir, por muy hermoso que sea el sexo con ella, o las caricias, aunque creas ver brillo en sus ojos cuando compartes una cerveza, o proyecta contigo planes que sólo son creíbles en alguien que pierde el alma por ti.

Mesura para mostrarte poco a poco, para hacer ver la realidad, que tu vida es completa, que tienes grandes inquietudes, que se colman en gran parte con tus amigos, familia, compañeros de trabajo.

Es duro, pero cuando te echas en los brazos de aquella persona con quien, en el fondo de tu corazón, deseas compartir tu vida, estás desprotegiéndote de su vanidad, arma peligrosísima cuando las bases aún no son sólidas.

Amor sí, pasión toda, pero sin desesperación, sin prisas.

Si el ser humano fuera más sano no serían necesarias estrategias... pero se sufre mucho.