A veces me planteo qué grado de libertad tiene una persona para no estar todo el día malhumorado.
Cuánto de su malhumor no ha nacido con él.
Ocurre, al revés, cuando alguien alaba determinada cualidad en mí, ¿hasta qué punto tengo mérito yo y no me venía dado?
Mi esperanza es que haya mucho de nosotros en ser quienes somos, aunque tengo medianamente claro que no todos nacemos con las mismas herramientas para construir un proyecto de vida sano.
Es fácil decir que alguien es un amargado, sin molestarnos en averiguar qué hay de irreversible en su amargura.
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