Entrar en batallas que tú no quieres provocar es darle la razón al marrullero, para acabar noqueado por quien está dispuesto siempre a avanzar a golpetazos. Lo mejor es hacerle ver que sus malas artes no te provocan rechazo, ni entusiasmo. Concentrarte en tomar café con quienes sí trabajan de buena fe.
Cuando lo haces, despistas al enemigo, porque descubre que su pistola se ha vuelto de agua.
Hubo una política que le vino a decir a Winston Churchill.
—Si yo fuera su mujer, le pondría veneno en el té.
A lo que él, grandioso, respondió.
—Si usted fuera mi mujer, yo me lo bebería.
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