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miércoles, julio 31, 2013

Hormigas

Haciendo transbordo ayer por la tarde en la aparentemente caótica estación de cercanías de Chatelet-Les Halles, sucumbiendo a los olores nauseabundos que la caracterizan, más aún en pleno verano parisino, húmedo y caluroso, me vi como una hormiga más de un lugar cualquiera.

Por siempre orgulloso de haber vivido tres magníficos años de mi paso de la juventud a la madurez en esa ciudad de ensueño, cada vez tengo más clara mi voluntad de no sentirme hormiga, de no correr detrás de metros que no tengo prisas por coger, de no martillear con mis zapatos la alfombrilla del coche en atascos interminables, de no recibir como respuestas caras enfurruñadas en cualquier bar, de no medir con angustia las horas de relax para no perder tanta oferta imperdonable que, tú mismo te dices, no se puede dejar pasar.

sábado, julio 27, 2013

Orangután

Tengo claro que pasarán generaciones antes de que determinados países lleguen a garantizar un mínimo respeto por los derechos del hombre, pero apena enormemente que un país cuna de civilizaciones, perteneciente a la Unión Europea, permita que queden en anécdota los insultos de un senador hacia una ministra, por el hecho de ser negra, llamándola orangután.

La única lección en toda esta historia la da ella, Cécile Kyenge, manteniendo su dignidad sin perder los papeles, haciendo caso omiso a la degradación pretendida y continuando con su trabajo, muy a pesar de la escasa reacción de un pueblo italiano poco dado a dar muestras de una mínima conciencia social respecto a asuntos sociales donde las minorías ven conculcados sus derechos.

Nacer en Italia, en pleno siglo XXI, siendo negro u homosexual, más aún siendo mujer, es una garantía para ser ultrajado sin remedio durante todo lo que dure tu existencia, a no ser que los poderes públicos, emanados del pueblo, algún día desautoricen voces como las del senador.

En países como España también se discrimina, no me caigo de un guindo, pero la ejemplaridad de las instituciones públicas ayuda a dar consuelo al ultrajado.

lunes, julio 22, 2013

Baguette

De mis tiempos parisinos, cuando bajaba a la boulangerie justo bajo mi casa, en la esquina entre la rue Saint-Jacques y el Boulevard Port-Royal, la secuencia venía a ser más o menos la siguiente para comprar un baguette (recién hecho, de los que se deshacen en la boca):

–– Bonjour Monsieur

–– Ça va?

–– Qu'est-ce que vous désirez?

–– Une baguette

–– Voilà Monsieur, quoi d'autre?

–– C'est tout!

–– Parfait

–– Merci

–– Je vous souhaite une bonne journée

–– Moi aussi

–– Au revoir

–– Au revoir

La mujer, pelirroja de pelo corto y ojos azules, más bien gordita, nunca te miraba a los ojos y te deseaba una jornada perfecta poniendo cara de sabueso y pendiente más del siguiente en la cola que de uno mismo, que se sentía transparente entre tantos halagos.

Cuando, en Sevilla, bajo a comprar el pan veo como una chavala le dice al tendero:

–– Un bollo

–– Toma

Los holas, gracias y buenos días, no siempre pero a menudo, están en la mirada.

miércoles, julio 17, 2013

Olas

Decía Carmen Martín Gaite que el sexo son como dos olas que se funden, hay veces que lo hacen en la cumbre de cada una de ellas y el resultado es espectacular, pero no es fácil que siempre ocurra ese milagro de compenetración brutal.

Con las relaciones personales ocurre lo mismo, somos olas individuales, con nuestros ritmos particulares, no siempre coincidentes con las subidas y velocidades del resto de olas que nos rodean en la inmensa planitud del mar.

Hay momentos en que te acuerdas con enorme emoción de alguien que es, o fue, importante en tu vida. En algunas ocasiones, cuando llegan esos instantes, haces por recuperar el contacto, con una llamada, un mensaje, una cita... Pero la ola de esa persona, muchas veces, está en otras cosas, tal vez apaciguada o mirando hacia otro lado, divirtiéndose con otras tantas o con ganas de latitudes nuevas.

Hay días en que recibes guiños directísimos de gente a quien bien quieres pero con la que esa noche no te apetece una cena, o compartir una confidencia o reírte con una charla nocturna por teléfono, sin considerar, porque tal vez no haya que hacerlo, que cuanto menos chocan dos olas menos fuerza encuentran para volver a reencontrarse..

Nos buscamos y nos escabullimos como olas. Yo te busco, tú te vas, él me añora, ella se fue, están por ti, tú estás en tu mundo. Olas que rompen diferente, que se cruzan en diágonal o chocan de frente, olas que se alejan definitivamente hacia horizontes inabarcables, olas que no hacen más que rebotar contra la misma roca, olas que no salen de su estanque tranquilo. Olas que se ven, que se gustan, que se ignoran... Pero qué bonito cuando rompes de lleno contra otra en plena cumbre.

sábado, julio 13, 2013

Inteligencia

Me mosquean las personas inteligentes y pesimistas.

Hay razones sobradas para justificar que el mundo no funciona, para desconfiar de la naturaleza humana a partir de ejemplos concretos que podrían configurar un escenario estadístico irreprochable para confirmar que no hay futuro.

La grandeza de nuestra existencia es precisamente la de que podemos encontrar igual número de argumentos para rebatir esa idea, con experiencias concretas, cercanas o de telediario, que nos invitan a pensar en un mejor porvenir para el ser humano.

El principal objetivo de una persona inteligente debiera ser la búsqueda de la felicidad, porque no es inteligente aquél que se martiriza explicando el sinsentido de las cosas, ya que habría perdido el principal argumento para justificar sus ansias de saber: su propia motivación personal para crecer como persona.

¿Qué nos queda si no luchamos por encontrar siempre la luz al final del túnel?

A pesar del enorme atractivo que supone para mí una persona astuta, perspicaz, lista y capaz, prefiero mil veces a una persona simple optimista que a un lumbreras peleado con la vida.

lunes, julio 08, 2013

Fantasía

Un día entendí la capacidad real de creer en la ficción que representa el cine, pero cuando quise contárselo a un amigo la idea se me fue de la cabeza.

El principal problema para la gente no amante de las artes es su incapacidad para adentrarse en mundos que no les sean tangibles.

Suele coincidir, es mi percepción, con aquéllos que tienen más dificultad para empatizar con el resto del mundo, que tienen un punto de sensibilidad menos desarrollado.

La clave, que olvidé, para dejarte arrastrar por la ficción, los mundos inventados, al ver una película o disfrutar de un libro, está en pensar que esa historia se gestó en la mente de una persona real, humana y defectuosa como aquélla que disfruta con la obra.

Yo no entiendo mi vida sin ese pasado, inexistente en mí, creado a partir de imágenes robadas de creadores que quisieron situarla en mi biblioteca de recuerdos prestados.

Fantasear con la adrenalina de una situación límite en la que no te juegas la vida te ofrece la posibilidad de experimentar en un banco de pruebas inofensivo tu destreza para enfrentarte al mundo, como un piloto de vuelos comerciales se entrena continuamente, en espacios bien anclados a la tierra, ante contingencias en el cielo que, afortunadamente, casi nunca llegarán.

miércoles, julio 03, 2013

Roto

Durante las eternas vacaciones de verano de mi infancia, en La Antilla, fui tejiendo un mundo de amigos paralelo al de la ciudad. En algunos casos, éste fue enlazando con mi vida en Sevilla conforme fui creciendo, pero la mayor parte de los miembros de esa pandilla quedaban relegados de año en año al puro contacto veraniego. Estaba la pandilla de los grandes -la de mis hermanas-, mi pandilla y la de los pequeños, la de mi hermano David.

De esos años, felices por definición, se tienen recuerdos que asustan de tan diáfanos, imborrables tal vez por ser períodos de dolce far niente en que uno nacía al descubrimiento del propio cuerpo, al nacimiento de la amistad, del sexo, indefenso ante los primeros enamoramientos, brutales.

Una de las personas que recuerdo, de la pandilla de los mayores, era una niña grande de andares torpes con un labio roto, circunstancia que le impedía, yo pensaba, relacionarse de igual a igual con los demás. Brusca en sus gestos, tal vez defensivos, inteligente, protectora de sus hermanos pequeños y adorable en su interior, le perdí la pista hace años-luz.

Hace unas semanas vino una mujer a auditarnos a la fábrica, una mujer de unos cincuenta años, enormemente preparada, con el mismo labio roto que aquélla de mi infancia.

Cuando los días de auditoría pasaron y se tuvo que subir al estrado para transmitir las conclusiones finales a un salón de actos repleto, todos estuvimos más o menos impactados por su físico especial, por sus gestos instintivos para taparse con las manos, agachar o girar la cabeza, intentando hacer desviar la atención a lo que realmente era el centro de ese encuentro, el resultado de varios días de trabajo inspeccionando nuestra fábrica.

A mí, viéndola triunfante, me embargaba la emoción de comprobar cómo esa mujer, impecablemente vestida, intelectualmente brillante y capacitada por la experiencia combatía los complejos que todos tenemos de nosotros mismos con una exposición clara, concisa y profesional que se convertía en un canto de libertad.

Admirar la fuerza de quien gana batallas, a pesar de todo, no nos puede hacer olvidar que hay quien no sabe, puede o tiene fuerzas para abandonar su cueva de introversión.

martes, junio 25, 2013

Dispersos

Son muchas las ocasiones, imagino, en que confundimos evoluciones en nuestro propio ser con cambios en la sociedad a la que pertenecemos, porque es claro que hay un influjo real en nuestra percepción del mundo exterior provocado por la naturaleza propia, el estado de ánimo de uno, la madurez alcanzada.

Hay certidumbres, sin embargo, que confirman que este mundo al que pertenecemos se mueve más rápido de lo que lo haya hecho en ninguna época pasada.

Una de ellas, a mi entender, viene precipitándose a un ritmo endiablado y parejo al de las nuevas tecnologías, que nos hace seres dispersos, emocionalmente más frágiles, en esencia menos reflexivos, o asentados, sobre lo que somos.

Estos avances nos hacen más libres, sí, desde el momento en que nos asomamos al mundo desde una inmensa ventana que nos permite elegir, centrar el foco donde nos interesa, localizar esto o aquello que nos motiva, cosmopolitizarnos, descubrir nuestra pequeñez.

Lo que sí es cierto es que cambiamos rápido la forma de relacionarnos y, algunos, comenzamos a echar de menos conversaciones largas sin un móvil de cuarta generación recordándonos que tal vez haya un email sin leer, que el paisaje por el que caminamos lo tendríamos que enviar a nuestro grupo de wasap, que quizás haya subido la prima de riesgo en las últimas horas, que, a lo mejor, alguien ha puesto algún me gusta en mi facebook.

El ser humano, frágil, tendrá que reeducarse a un ritmo acelerado para combatir esa taquicardia tecnológica que le dispersa.

sábado, junio 22, 2013

Lección

Hace años me embarqué en un proyecto cuya luz está tardando mucho más de lo previsto en verse.

Impliqué a mucha gente utilizando mi credibilidad como persona, comprometí fechas confiando en mi capacidad resolutiva y adelanté resultados movido por la hermosura de la obra que estábamos construyendo.

Las personas, sin embargo, a veces te sorprenden con fuerza, y no supe calibrarlo hasta estar metido hasta la colcha en compromisos incumplidos cuya dimensión no supe calibrar.

Estos años, en todo lo que a este proceso se refiere, están poniendo a prueba mi capacidad de manejar una situación compleja en la que tengo que proteger, por encima de todo, la buena conclusión de esta aventura para no defraudar a todos los que creyeron en ella, invirtieron, curraron gratis o se implicaron de forma altruista, con lo que implica todo ello de tener que tragar sapos ajenos.

Saber ponderar el equilibrio para no descarrilar esta empresa aun poniendo en juego mi credibilidad, capacidad resolutiva y pasión por la creación.

Mis más sinceras disculpas, desde el fondo de mi corazón, a todos aquéllos que creyeron en mí y se sienten defraudados. Mi silencio, sin embargo, es la única forma, dolorosa, que encuentro para conseguir que ese impactante proyecto al que un día dimos salida llegue a ser un éxito descomunal.

Es una lección de vida, para mí, el enfrentarme a una situación tan incómoda y hacerlo desde dentro, sin poder hacer cambiar el rumbo por ser esclavo de otros navegantes que no me permiten tomar el timón en aguas que me son, necesariamente, desconocidas.

Mi agradecimiento será eterno hacia aquéllos que supieron creer en mí.

No les defraudaré.

lunes, junio 17, 2013

Pequeño

Para mi padre siempre será su ojo derecho, seguramente por razones sanas que no nos causan celos al resto de los hermanos.

A nosotros tres nos tiene por fuertes, pero a su hijo pequeño siempre lo vio como el más vulnerable, ese niño rubio, huérfano de madre con trece años, que escuchó de su muerte en la planta baja del hospital, estudiante rebelde en una familia que necesariamente se disgregaba por la fuerza centrífuga que causó perder el centro maternal que lo enlazaba todo.

David atravesó todas las fases, y lo seguirá haciendo, en su lucha visceral por encontrar su lugar en el mundo, con una fortaleza para vivir su soledad por la que no hubiésemos dado un duro hace veinte años.

Ahora nos visita tras meses recluido en su paraíso del Palmar para reencontrarse con su padre, viejo, débil y emocionado de volver a dar un abrazo a su hijo del alma, el que heredó su mismo despiste, la forma de hablar y cada uno de sus gestos.

Y yo observo sus miradas esquivas con la emoción de saberme irremediablemente unido a ellos.

Mi padre, ley de vida, piensa cada día un buen rato en su final y sé que tiene un apartado de sus pensamientos para cada uno de nosotros, aunque no nos molesta saber que su principal sueño es imaginar que David continúe en esa senda cada día más sólida hacia una madurez equilibrada de hombre autosuficiente, bueno y sonriente.

Sus tres hermanos estarán ahí, para cuidarlo, cuando no sepa verse fuerte.

sábado, junio 15, 2013

Escarabajos

Vistos desde el cielo, los sevillanos debemos parecer escarabajos en estos períodos en que el cielo se eterniza en azul y el sol cae de plano.

Todo el que no es de aquí nos compadece.

Hay días duros, sí, en que el tema de conversación no es otro, horas en las que dar un paseo largo por la ciudad se antoja imposible, noches de insomnio sin aire acondicionado.

Yo, sin embargo, reivindico mi condición de escarabajo; las noches jaleosas de veladores repletos en que salimos de nuestras guaridas, el sonido de las golondrinas tras las ventanas, las siestas interminables con la casa a oscuras, los paseos en moto por la ciudad e incluso las calles desiertas de mediodía.

Somos hijos del sol, y eso nos marca.

martes, junio 11, 2013

Lunas

Me había levantado tempranísimo como penitencia por elegir dormir en el centro de París y no tener que hacerlo en un hotel de carretera cercano a la fábrica donde tenía que trabajar al día siguiente.

A pesar de ser verano hacía frío. amanecía antes de que ningún despertador sonara en la ciudad y aún no habían abierto el restaurante para el desayuno junto a la recepción.

La cena del día anterior y las copas de confidencia con Guillaume me hacían tener la cabeza embotada buscando la plaza del coche de alquiler en el garaje.

¡Qué bonito es París a esas horas fantasmas de madrugada luminosa en que parece vacía!

Llevaba tiempo preparando la visita, había temas duros que tratar y el mareo no se me quitaba, rodeando una casi desierta rotonda del Arco del Triunfo con el estómago revuelto.

No había motivos para sentirme tan aturdido por la suave luz sin fuerza del sol de verano norteño, pero el cuerpo me pedía echarme a un lado de la carretera, una vez fuera de la ciudad, para recuperar el equilibrio.

Llegando a la fábrica ya tenía todos los argumentos estructurados para explicar que tendría que escaparme antes, no me encontraba bien. Los ojos se me nublaban y conducir se me hacía complicado, con los coches sobrepasando mi ritmo cansino.

Cuando me acerqué a la barrera de seguridad de la factoría que visitaba, el vigilante me miró con gesto extraño. Debía tener mala cara, se salió de la garita y me preguntó si estaba bien, señalándome la cara.

Yo me toqué, me tropecé con mis propias gafas de sol, que olvidaba llevar y comprobé, avergonzado, cómo había recorrido cincuenta kilómetros mareantes como un pirata del siglo XXI, sin imaginar dónde ni cuándo podría haber perdido uno de los dos cristales tintados.

sábado, junio 08, 2013

Tapas

En los tres años que estuve trabajando en Francia tuve la suerte de encontrar a Brigitte, asistente personal del que fuese mi jefe.

Cuando éste se fue, al poco tiempo de llegar yo, le dijo a Brigitte que me cuidara como si fuese su hijo, y doy fe que así lo hizo, siempre atenta, cariñosa y servicial.

Desde que, a las pocas semanas de yo llegar, nos cruzamos en un restaurante cercano al trabajo, escaqueándonos de la comida de rancho de la empresa, decidimos comer todos los mediodías juntos, bien en el Terminus, ¡ensalada de nueces y entrecotte!, bien en su casa, ¡esa ensalada de endivias y el kir de cerezas!, en mediodías inolvidables en que me fue presentando a su familia, sus vecinos, sus amigos...

Fue, sin embargo, la única aliada que conseguí en esos tiempos en el trabajo, y me considero un ser bastante social, dispuesto siempre a conocer gente, a dejarme aconsejar. Pero no, ni una triste cerveza a la salida del trabajo.

Con el tiempo, me ofrecieron la vuelta a Sevilla para colaborar en el arranque de un nuevo proyecto. Muchos de los compañeros que tuve en Francia fueron viniendo a mi ciudad para desarrollar tareas asociadas a esas nuevas líneas de producción.

Recuerdo, en esa época de mudanza y reasentamiento en mi casa, entre los míos, volviendo a la sana costumbre de mis cervezas liberadoras, las charlas de café y la vida fácil que caracteriza a mi tierra, recuerdo, digo, la llegada de estos compañeros a Sevilla.

Bueno, Salva, ¿y dónde nos vas a llevar de tapas?

¿De tapas? 

Llevaban años sentándose a mi lado, sabiendo que vivía solo en París y en ningún momento se les ocurrió ni siquiera preguntarme si necesitaba algo, si me iba bien, si me apetecía una cerveza.

Afortunadamente supe encontrar la vía para establecer relaciones sanas de amistad con gente encantadora en París, fuera del curro, que aún mantengo y mantendré.

¿Tapas? Yo no salgo entre semana.




lunes, junio 03, 2013

Disfrute

Puede resultar odiosa, o impecable, mi siguiente reflexión para quienes están en paro o padecen un trabajo mal remunerado, tedioso o degradante, que haberlos los hay, y no pocos.

Es una base de comportamiento para mí, afortunado de tener un trabajo creativo, reconocido y bien remunerado, considerar a éste como una herramienta de disfrute.

Más que nada por pura inteligencia emocional, ya que si echo tantas horas en mi fábrica estaría creando a una persona amargada si viese mi empleo como una prisión, pero por encima de todo por una cuestión de salud mental: No encontrar los artificios, claves o trucos para hacer de mis tareas diarias una actividad atractiva sería limitar mi crecimiento como persona.

En casi cualquier trabajo hay interacción con otros compañeros, dinámicas en equipo y objetivos que cumplir, siempre que la empresa o el servicio público tenga unos mínimos de robustez. Esas reglas básicas forman una base sólida para construir un día a día en el que poner a prueba tu capacidad de evolución, de conexión con el resto y de pequeñas victorias parciales. Plantearse solucionar para siempre un tema cada día es un estímulo perfecto.

Hacer bien mi faena, además, implica construir una sociedad más fuerte. Así de simple. Si el negocio para el que trabajo funciona, yo soy más libre desde el momento en que mi futuro personal está más despejado y, con él, el de la colectividad en la que me muevo. No entender que mi colaboración con mi empresa es importante es un fallo de base. Los equipos no son nada sin cada uno de sus componentes.

Para conseguir todo esto, implicación, trabajo en equipo y crecimiento personal, no hay mejor arma que el humor. La clave de una persona productiva en su trabajo está ahí, en el espíritu alegre a la hora de emprender las tareas.

Se puede entender un cabreo gordo a nivel laboral por una y mil causas, pero yo desconfío de aquél que se coloca la careta de mal humor como armadura para el trabajo.

Se es mucho más efectivo cuando uno da la importancia justa a las cosas, no se dramatiza cada error y se tiene el espíritu abierto para aprender del que lo hace bien.

Los mejores compañeros que he tenido en mi carrera profesional han sido, siempre y sin excepción, gente con un amplio sentido del humor.

martes, mayo 28, 2013

Venecia

Aproveché un viaje de trabajo a Eslovenia, en el que la combinación más sencilla para llegar era aterrizar en Venecia, para desviarme de la ruta con el coche de alquiler y plantarme en la isla donde se asienta la ciudad. Recorrí la autovía que la comunica con tierra sin saber hasta dónde podían llegar los coches y aparqué en un terreno vigilado por un tipo extraño que solicitaba las llaves para admitir depositarlo allí.

Con el miedo de no saber si estaba cometiendo una estupidez, decidí asomarme unos minutos para hacerme una idea de cómo de real era esa imagen que todos tenemos integrada desde siempre y volver rápidamente a por el coche.

Pero llegué a la Piazzale Roma, me fui asomando a los embarcaderos que se adivinaban de los vaporettos y me encontré con la visión imperecedera del Gran Canal azul turquesa de ese día de invierno soleado.

Entonces, como una atracción perversa, me fui adentrando en ella a la carrera, sin imaginar sus dimensiones ni recovecos. Desapareció el hambre de mediodía y la preocupación por el coche, atravesé el puente de Scalzi y pateé a ritmo endiablado una calle peatonal donde todo parecía preparado para mí hasta llegar a Campo de San Geremia.

Con el tiempo y los numerosos retornos a esa ciudad mágica fui integrando en mi memoria, corta para lo que no me interesa, el recorrido íntegro de ese viaje iniciático.

Camino del Ghetto empecé a tropezarme con canales a los que tenía que encontrar su puente e indicaciones constantes en amarillo insinuándome el Puente de Rialto, el Arsenale, la Plaza de San Marco, la Academia, sorteando iglesias de piedra, escuelas de arte y pequeñas tabernas que parecían no poder estar situadas en mejor disposición.

El tiempo corría en mi contra y mi decisión era firme, alcanzar a ver el Ponte Rialto antes de volver. Seguí la Strada Nuova hasta coronarlo y me extasié ante el espectáculo de ver el Gran Canal en su esplendor.

Que el hombre hubiese ideado, y edificado, algo tan hermoso desde tanto tiempo atrás debía de ser una demostración, integré, de esperanza en el ser humano, en la suprema búsqueda de la armonía.

Aceleré para asomarme, aunque fuera un segundo, a la Plaza de San Marco, sin imaginar la complejidad del laberinto de sus calles.

Si hice una pausa fue allí, en la gran esplanada de la plaza, asomándome a la desembocadura del Canal Grande, admirando el Campanile, el Palazzo Ducale y, por encima de todo, la basílica bizantina con sus cúpulas, dorados y caballos.

La vuelta por San Polo fue una carrera con los sentidos a flor de piel, fotografiando con el móvil por el puro ansia de retener, esquivando turistas por callejuelas y saboreando un trozo de pizza comprada aprisa y corriendo en una trattoria.

Ya todo era seguir los carteles que indicaban Piazzale Roma. Allí estaba mi coche, mis llaves y un viaje hacia Eslovenia cargado de emoción.

La belleza lo había invadido todo.

domingo, mayo 26, 2013

Infiel

Hay algo de lo que no cabe duda: cuando alguien comete una infidelidad hacia la persona amada, o desamada, la culpa es de quien traiciona a su pareja. Por jugar sucio, por no tener el valor de decirlo a quien comparte su vida o por querer organizar su vida emocional a varias bandas, con la cobardía que supone no renunciar.

Existe, a pesar de todo, una figura que me resulta especialmente antipática y que suele salir de rositas en todos estos tinglados, aquélla que, a sabiendas de que una persona está comprometida, mantiene una relación y la alimenta.

Esa persona está protegida por la ética tradicional: quien comete el 'pecado' es la otra parte. Incluso se le puede reconocer, según el caso, su valor terapéutico como sanador de relaciones que ya estaban muertas o viciadas.

Para mí, sin embargo, es como llevar a un amigo que quiere hacer dieta a una pastelería. 'Yo no te digo que comas, pero yo me ventilo las bandejas de palos de nata de dos en dos'.

Si realmente se quiere a otra persona, o hay una atracción sexual indomable, resulta perverso meterse por medio de una relación para conseguirla. Lo sano, pura quimera la mayoría de las veces, es plantear como condición la ruptura de compromisos de la otra parte antes de aceptar uno propio. Ahí sí se tendrá que ver el grado de sinceridad, fortaleza y honestidad de la persona que ansía una nueva historia.

Es difícil, cuando uno lleva años de compromiso y vida en común, sentir las mariposas por el estómago en cada momento del día, ni tener siempre ganas de llevársela a la cama. Hay días, incluso, en que querrías escaparte a una isla lejana y empezar de nuevo. Si en esos días, y en esos momentos, se cruza por tu vida una de esas personas especializadas en enseñar la pata del paraíso total, hay quien puede comenzar a ennegrecer su futuro por querer comerse una bandeja de palos de nata a escondidas.

Qué poco está preparado el ser humano para decir 'esto se ha acabado' a la persona que un día amó, qué complicado es actuar con sensatez y respeto hacia el otro.

Agenciarse un nuevo amor antes de dejar al otro es perverso y cobarde, pero, aún así, no disculpo a aquellas personas que sirven de puente, las que juegan con la ventaja de sólo tener que ofrecer la parte hermosa para atraer al redil de las traiciones a quien, si las cosas se le plantearan en términos globales, quizás nunca tomaría la mano espolvoreada de blanco que le ofrece una vida nueva.

domingo, mayo 19, 2013

Rocío

Resulta sencillo criticar al otro, pero la crítica propia casi siempre se toma como agresión.

Echo en falta en los medios andaluces una visión crítica con determinados fenómenos asociados a nuestra cultura.

La romería del Rocío, por ejemplo.

Desde el respeto, todo se puede analizar y todo es opinable, de ahí que me resulte extraño que no haya una mirada crítica hacia esta tradición centenaria de la Andalucía más occidental.

Quizás porque haya miedo a que a uno se le tache de menos andaluz, de amargado, cascarrabias o bicho raro, el caso es que en la prensa andaluza, incluso diría que a nivel nacional, no se trata este fenómeno desde un punto de vista analítico.

Lo escribe quien tiene amigos, pocos, a quienes el Rocío les parece una de las experiencias personales cumbres cada año.

Mezclar fiesta y religión no es algo nuevo ni el Rocío deja de ser una romería entre miles que existen en nuestra geografía, sin embargo resulta poco edificante ese espectáculo de vivas a la Blanca Paloma estando hasta las trancas de alcohol.

Los lunes de Pentecostés prefiero ni encender el telediario, porque no me enorgullezco del espectáculo que todas las televisiones ofrecen del salto de la reja. Empujones, fanatismo, gritos exaltados y música por sevillanas.

Es suficiente, para algunos como yo, tomar un poco de distancia para comprobar el espectáculo dantesco que supone esta tradición.

¿Es cultura? Seguramente sí. ¿Es reprobable? Seguro que no. ¿Tiene derecho la gente a divertirse y olvidarse del drama diario que para algunos supone mantener una vida digna? Y tanto que sí.

No digo lo contrario, cada cual es libre de ejercer sus tradiciones, cantarlas a las cuatro vientos y apoyarlas con todas sus fuerzas.

Pero también tengo yo derecho a compartir mis impresiones, nada positivas, acerca de lo que representa esta tradición, a mi entender caduca, altiva, desfasada, excesiva, poco ejemplar, vanidosa y vacía.

No dudo de que haya quien la viva con intensidad espiritual, ni de la capacidad de muchos para soslayar la parte religiosa y entregarse al cachondeo; y de sobra está pensar que cada uno hace con su cuerpo lo que quiere.

Simplemente manifiesto mi extrañeza porque no haya una parte de la opinión pública crítica, mi sentimiento de turbación al contemplar las imágenes, la convicción de que es una publicidad pésima para mi tierra y mi ilusión de que con el tiempo, dentro de algunos siglos, seamos un poco menos folclóricos y algo más civilizados sin perder nuestro espíritu alegre, vividor y luminoso.

lunes, mayo 13, 2013

Pequeño

Una de las consecuencias de cumplir años, no la más evidente, es el empequeñecimiento del hombre.

Cuando naces a la vida te sientes como una caracola hermosa en la arena de la playa, el mundo soleado se abre ante ti y estás en el centro.

Todo tiene sentido en los años de la adolescencia y juventud, te rebelas contra lo establecido porque la sociedad es fundamentalmente injusta y crees en el poder del cambio de las cosas.

Uno se siente, en esos años, fuerte en su propio cuerpo, que se bate sin problemas con el día a día, le echen lo que le echen.

Con las canas va llegando la asunción de la impotencia para cambiar las cosas, empiezas a entender que tu cuerpo es tu casa, pero también tu cárcel y te das cuenta de la importancia que tiene el que éste funcione bien para ser una persona medianamente feliz.

Comprendes, cada año que pasa, lo diminuto que eres en proporción al inmenso mundo en que naciste, te apercibes de que eres imprescindible para muy poca gente y que el entorno que te rodea, tu ciudad, tu país, tu empresa son demasiado grandes como para que tú representes gran cosa.

Empiezas a entender, porque lo has experimentado, que la vida es un suspiro y tú un grano de arena más en la playa de las caracolas.

La grandeza es entenderlo y disfrutarlo, haber participado en el juego y tener ganas de seguir haciéndolo.

Pequeño.

lunes, mayo 06, 2013

Cocoon

Puede hacer diez años, no demasiados, el día en que nos invitaron a una fiesta de cincuentañeros. Amigos de amigos, ya se sabe. Una casa preciosa, en pleno barrio de San Bartolomé, que con el tiempo memoricé para integrarla en mi última novela.

No había reglas. Entrabas, te movías por la casa a tu antojo, te ibas autopresentando y lo mismo te subías a la azotea a charlar con un whisky en la mano, que te bajabas a la cocina a ayudar a preparar el picoteo de una jornada sin fin, que te metías en el salón, con su penumbra, a escuchar música y ver la gente bastante pasada yendo de un lugar a otro.

A mí me impactó.

La gente tenía la edad que representaba, la mayoría se conservaba mal y me dio la sensación, equivocada, de que jugaban a ser más jóvenes.

Ni jugaban ni necesitaban aparentar nada. Estaban felices de pasar toda una jornada de sábado entre alcohol, otras sustancias y piscolabis diversos.

El único pecado, cara a mí, es que representaban lo que yo iba a ser en el futuro.

Por el tipo de ambiente, por las conversaciones, la anarquía y la facilidad conversadora yo los observaba viéndome a mí con quince o veinte años más, y me dolían las carnes flojas, las grandes barrigas, las ojeras, las canas, el no cuidarse, el ser sencillamente ellos, sin florituras.

Con el tiempo, sin embargo, esa fiesta interminable vuelve una y otra vez a mí como un gran sueño, delicioso, en el que me meto, transito y me sitúo como uno más, sin saber que hay otros ojos que me observan.

Mi naturaleza es asustadiza y sabia, no le queda otra.

miércoles, mayo 01, 2013

Crecimiento

Dice Rubalcaba que no se le puede pedir paciencia al pueblo por parte del Gobierno, sino que hay que tomar medidas urgentes para abandonar la austeridad y aplicar políticas de crecimiento.

Yo le escucho y esa música me suena artificial, falsa y facilona.

A los que somos de izquierdas convencidos como yo y queremos una política que pivote alrededor del ser humano y no de los mercados, nos cuesta no sentir el chirrido que provocan argumentos tan poco sólidos.

¿Qué es aplicar políticas de crecimiento?

Yo, que leo la prensa diariamente, de distintas tendencias y países, no sé en qué se concreta esa frase genérica.

Si algún día quieren recuperar el poder tendrán que hablar con claridad, enumerar del 1 al 10 las principales acciones a aplicar y una proyección económica del coste y los resultados que cada una de ellas llevarían asociadas.

Aplicar políticas de crecimiento, ¿es aumentar las obras públicas? ¿Es reducir impuestos para que aumente el consumo? ¿Es trasvasar los gastos de Defensa a gastos en I+D? ¿Es incentivar la contratación laboral con deducciones fiscales? ¿Es plantarse frente a la Unión Europea y pedir un déficit del 10%?

No somos tontos.

Si se ataca al gobierno por la austeridad a ultranza hay que poner encima de la mesa con datos y medidas concretas las políticas que uno aplicaría para conseguir el crecimiento económico.

Necesitamos una izquierda firme, creíble, austera y currante que ponga sobre el tapete medidas imaginativas que nos lleven a apostar por ella.

Aumentar gastos o reducir impuestos conlleva un aumento del déficit y, en las circunstancias actuales, esto implica una subida de la prima de riesgo y una financiación imposible para un país que necesita crédito para poder pagar una deuda inmensa.

Háblennos claro, porque hay medidas que se pueden tomar, pero hay que tener el valor de proponerlas. Se pueden gravar las grandes fortunas, se pueden paralizar obras públicas prescindibles, se pueden reducir gastos militares, se puede fomentar la investigación en colaboración con las grandes empresas, acordar reducciones de jornada para repartir la oferta laboral.

Se pueden hacer muchas cosas, pero necesitamos oírlas en detalle, saber hacia dónde nos llevan y cuánto cuestan.

Porque si no las oímos podemos pensar que la chistera está hueca.

Y necesitamos pensar que una política alternativa a los estragos de Rajoy es posible.