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lunes, junio 06, 2011

Tres cuartas partes

Hay un comentario casi común entre todos los que hemos tenido la suerte de visitar la India, y tiene que ver con el impacto que produce encontrarse en un lugar donde la miseria es tan palpable.

Para un occidental resulta muy duro ver a chavalillos ir al colegio descalzos mientras cae una tromba de agua constante. O ver a otros que, en un día laborable y en horario escolar, te imploran una limosna con una sonrisa a la puerta de un templo hindú.

En una cura de humildad incluso agresiva para los que damos por supuestos muchos básicos, porque así los hemos vivido desde pequeños, atravesar una calle de cualquiera de sus ciudades es impactante.

No encontré a los indios como ciudadanos especialmente simpáticos, ni me resultó una sociedad motivada. Cuando la comparan con China pienso que están a años luz, sobre todo porque tuve la oportunidad de visitar los dos países con pocos días de diferencia.

Me resultó el país de la desesperanza, por mucho que se le nombre como una potencia emergente. Que lo será. Pero tardará decenios en convertirse en una sociedad justa, porque la miseria es ley de vida.

Hay, excepcionalmente, quien viene de la India maravillado. Yo los envidio, porque no tengo la calidad humana suficiente como para sentir que algún día pudiera irme allí a ayudarles, a compartir sus carencias, a pasearme esas calles sucias descalzo.

Paseando por Chennai con mi amigo Pablo, apesadumbrados por lo visto, comentábamos que los raros éramos nosotros.

No hace falta hacer muchas cuentas para comprender que a tres cuartas partes de la humanidad no les resultaría desasosegante ese paseo por las calles de Chennai.

sábado, junio 04, 2011

Náuticos

Iba con mi hermana Raquel y mi sobrino Iván a un tema de papeleo a Los Remedios. Dejamos el coche en el parking de Plaza de Cuba y salimos a la calle.

Cuando la luz del exterior nos cegó, Raquel y yo tuvimos la misma visión de retroceso en el tiempo. A la época de Mecano y de nuestros veraneos en La Antilla.

Una pandilla de adolescentes, sentados en el muro de salida del parking, con sus pantalones de pinza, con el cinturón con la bandera de España, sin llegarle por supuesto a cubrir los tobillos, a lo Aznar, el pelo bien engominado hacia atrás, camisas de raya que pareciese que hubiesen comprado en serie, el jersey atado a la cintura y los náuticos azules en los pies.

No puede ser verdad.

Pero lo era, definitivamente no habíamos viajado en el tiempo ni estábamos soñando.

Hay núcleos de nuestra sociedad, y en Sevilla mal que me pese son núcleos amplios, a los que pensar en el progreso y el cambio les produce urticaria. Visten a sus niños como los vestían a ellos treinta años atrás.

Yo vivo en una burbuja, que se llama la Alameda, barrio abierto, donde se ven nuevas tendencias, se abren negocios arriesgados, hay una amplia vida cultural y mentalidad cosmopolita. Sé que Sevilla no es la Alameda, pero también.

Afortunadamente, para mí, la modernidad se va abriendo paso sin posible vuelta atrás en esta ciudad a la que quiero tanto, porque es imposible ser inmune a los cambios en las relaciones sociales, en las modas y los hábitos. Porque Sevilla tiene la virtud de estar muy viva.

De vez en cuando, sin embargo, subes las escaleras de un parking y te dices... ¿y si el intruso soy yo?

miércoles, junio 01, 2011

La patria

Me indigna que Angela Merkel, la presidenta alemana que nos pone deberes, en cada ocasión que se le ofrece, sobre cuándo nos tenemos que jubilar, cuántas vacaciones tenemos que tener y cuánto salario público tenemos que recortar, ahora decida cargarse sin vacilación la agricultura almeriense por un virus que seguramente tenga su origen en algún lugar mal higienizado de su querida Hamburgo.

Y creo que tenemos la razón, los españoles, en indignarnos.

Pero, ¿hasta qué punto no lo hacemos por el hecho de ser españoles los pepinos?

Es peligroso sustanciar la defensa de un argumento en las fronteras. ¿Estaríamos dispuestos a admitir que los pepinos estén contaminados en el caso de que realmente lo estuvieran?

Sí, sí. Sé que no lo están y me toca el alma que estos alemanes hipercivilizados sigan destrozando nuestra economía. Pero, al mismo tiempo, razono que no se puede utilizar la patria como defensa.

Quiero a mi país. Sé que la industria agroalimentaria almeriense, avanzada, profesionalizada, permite disfrutar a los ciudadanos europeos de una riqueza culinaria infinita durante todos los meses del año.

Pero, a pesar de todo, me planteo que la patria nunca debe ser un argumento.

¿Se lo plantea también Angela Merkel?

sábado, mayo 28, 2011

Progreso

Viendo el mapa del mundo y analizando la historia del hombre, hay una relación no casual entre mal clima y civilización.

En trópicos donde la media es de 25 grados todo el año y uno puede ir descalzo por playas de arena en pleno invierno, es más difícil crear necesidades de inventar.

Las creaciones humanas son producto de necesidades básicas, pero también de confort y ocio.

Vivir en Bruselas o Estocolmo sería durísimo si se hiciese a la intemperie. Hay que recluirse al calor de casas confortables que, por serlo, parapetan a las personas del contacto social y la alegría de vivir de quien a esa misma hora en que ellos leen una novela pueden estar charlando bajo las estrellas con los amigos de siempre.

¿Cómo potenciar la educación o la investigación en la República Dominicana o Tahití?

Mostrarles la riqueza que supone el saber.

¿Qué hacen un gran porcentaje de alemanes cuando toman su merecida jubilación?

Buscar esas playas que le permitan, ya con achaques y la piel arrugada como una pasa, vivir la vida que otros viven por siempre mientras ellos corrían bajo la nieve de casa a la universidad y de ésta al trabajo.

¿Qué mundo queremos?, ¿cómo equilibrarlo y hacerlo más justo?

Es tentador nacer en una sociedad con tantas preguntas sin respuestas.

viernes, mayo 27, 2011

Elitista

Un compañero del trabajo al que aprecio sinceramente, y por tanto aprecio sus comentarios, me comentó el otro día que mi blog estaba desviándose hacia un tono elitista. Por mi insistencia en hablar de la gente interesante frente a la simple, por la importancia que doy a la cultura y la educación y, seguro, por algún comentario desafortunado entre tantas palabras escritas.


Cuando alguien te dice algo así, alguna razón lleva.


Sí, quizás sea elitista, aunque me duela reconocerlo.


Es cierto que tengo capacidad, como todo ser humano, de elegir mis compañías. Nadie busca la infelicidad a sabiendas, por lo que todos nos dirigimos hacia el terreno vital en que sentirnos más cómodos. A mí la vida se me ofrece como algo tan rotundo que no quiero desperdiciar una ocasión de avanzar, y considero que sólo avanzo cuando aprendo, y aprendo rodeándome de gente que me aporte.


Me gusta escuchar a quien tiene mensajes que transmitir y valoro las críticas cuando están expresadas con corazón.

miércoles, mayo 25, 2011

El Fugas

No sé de cuántas maneras me han llamado ya, pero esta pasada feria me han bautizado como El Fugas.

Será la edad, pero es cierto que soy, siempre, el primero en irme a casa cuando de salir por la noche se trata. Llega un momento concreto, tras la cena y mientras tomamos alguna copa, en que la felicidad para mí es irme a dormir.

Desde que viví en Francia tomé una afición especial a las cenas largas, en las que se charla de todo, tienes las orejas abiertas a que te cuenten y disfrutas de un buen vino. No hay cosa que me guste más que cenar pausadamente con mi pareja, con los amigos o la familia.

La afición española al cubateo nocturno, sin embargo, se me hace cansina. Cuando tengo el gintónic en la mano y veo que se lanzan a por la siguiente ronda, mi cuerpo no se deja seducir por el alcohol sino que me pide descanso. Un viejo, vaya.

Disfruto tanto con las mañanas de los fines de semana que me da pereza sólo el pensar en desperdiciarla por una mala resaca.

La gente que me quiere me va conociendo y sabe, eso espero, que cuando digo me voy no estoy diciendo subliminalmente que no esté feliz con ellos, sino que mis tiempos son diferentes.

Soy tan afortunado de tener a mi alrededor a gente que me quiere tanto, que necesito explicarles esto, que El Fugas se vaya a dormir no implica que El Fugas no se divierta.

lunes, mayo 23, 2011

Plásticos

La avaricia del hombre, omnipresente, se manifiesta mucho más rotunda cuando las cosas se le facilitan: siendo anónima y colectiva.

Me gustaría tener la capacidad intelectual para ver claro hasta qué punto somos marionetas.

Una cultura extendida en España nos ha educado a comprar nuestra vivienda. Parece que vivir de alquiler es tirar el dinero, y yo soy el primero que ha caído en esas redes envenenadoras.

El producto de todo esto ha sido por un lado tenernos lastrados con hipotecas que se comen un porcentaje enorme de nuestro sueldo, que puede llegar a ser escandaloso cuando los jefes monetarios suben los tipos de interés, y por otro lado un país que ha vivido ensimismado en unos crecimientos enormes a costa de ver cómo el oficio más soñado por los adolescentes era ser albañil o fontanero. Se llevaban los billetes calentitos a casa y estudiar se convertía en un sacrificio de torpes.

Desde fuera se nos veía como un pequeño país de nuevos ricos que iban directos al desolladero. Mientras todo era Jauja, esos anónimos invisibles acaparadores ponían su dinero aquí para alimentar más a la bestia. Más visas, más préstamos, más inversión en deuda española, que se crean estos pobrecitos que son algo mientras, como los albañiles de entonces pero no tan ingenuos, se llevaban con avaricia el maná que brotaba de nuestra tierra infestada de apartamentos en las costas y de inmigrantes latinos recogiendo la mierda que nosotros, con aires de grandeza, nos negábamos a recoger.

Ahora esa mano negra a la que llaman 'los mercados' se ha cansado de jugar en este tablero de monopoly llamado España. Ya nos han dejado secos y buscan sangre fresca. Y se ríen diciendo, ¡que trabajen más horas! o no te compro deuda, ¡que se jubilen más tarde! o no te presto dinero, ¡que ganen menos! para nosotros ganar más.

'Los mercados', ese anónimo (y muy humano, no son maquinitas) y colectivo depredador, va buscando dónde especular más.

Cuando llega una catástrofe de la naturaleza es cuando más disfrutan 'los mercados', entonces observan el panorama y cuenta los muertos para así, olfateando, decidir invertir en empresas especializadas en bolsas de plástico en las que envolver los cadáveres.

viernes, mayo 20, 2011

Votar

Siempre me ha podido el exceso de responsabilidad, incluso para las acciones colectivas.
Estamos presenciando estos días con atención el movimiento ciudadano de indignación que recorre las ciudades españolas. Se echaba de menos en nuestro país un espíritu más combativo ante las inquietudes sociales que nos acechan. Mi miedo, respecto a esta iniciativa ciudadana, es que acabe derivando en un impulso anárquico hacia imposibles.
Sería, en cambio, un triunfo el hecho de que este malestar general se tradujese en propuestas concretas, realizables; conseguir dar un salto de higiene colectiva en que España salga de su adormecimiento y tome medidas concretas que la canalicen hacia una sociedad más sana.
Concreto sería que se impidiese, por ley, que imputados en juicios por corrupción o financiación irregular se pudiesen presentar a las elecciones.
O que el voto fuese proporcional. No es normal que partidos con 2 millones de electores tengan 2 diputados y otros con apenas medio millón puedan llegar a los 8.
O que se introdujese un impuesto a las grandes fortunas proporcional al que pagamos los asalariados.
O que se limitase, por ley, el salario máximo. No es normal que el Banco de Santander niegue créditos de veinte mil euros a un negocio y su Presidente cobre primas de cinco millones de euros.
O que toda transacción especulativa se fiscalice. Es cuestión de definir las reglas.
Necesitamos unos Servicios Públicos de Empleo eficaces, profesionalizados, que consigan organizar con precisión las potencialidades de una masa social en paro más preparada que nunca en nuestra historia de todos los tiempos.
Hay que conseguir redefinir por consenso una sistema educativo impecable, en que los alumnos no sean meros oyentes sino que se les forme en base a proyectos colectivos en que tengan que construir, argumentar, planificar, comparar. Que se les enseñe desde pequeños a razonar y no a memorizar.
Sería un éxito que este movimiento ciudadano nos llevara a plantearnos qué cosas concretas tenemos que cambiar para ser una sociedad más justa.
Pero el domingo hay que votar. No hay que dejar de votar porque éste es, hasta que no lo consigamos cambiar, el sistema más sano, el que nos hemos dado los españoles en estos treinta años de democracia que han sido, sin duda, los años de mayor progreso de la historia de siempre de nuestro país.

martes, mayo 17, 2011

Lille

A determinados sitios no llega uno si no es con algún argumento específico.

Mi relación con Lille no sería tal si no trabajase en Renault, donde no trabajaría si no hubiese decidido estudiar Ingeniería ni leyese el País, y seguramente no habría elegido Ingeniería si no lo hubiesen hecho mis amigos de bachillerato.

Lille es fría y elegante. La gente del norte de Francia es simpática a pesar de los elementos.

No conozco días soleados en esta ciudad en la que ayer disfruté de una cena a solas con vino de Burdeos.

Nunca estuve acompañado en Lille.

Es un punto la soledad. Ver desde un cristal de un restaurante la gente pasar. Sentirte invisible. No tener que hablar más que contigo mismo.

A la gente le asusta la soledad.

La soledad es bonita en Lille porque la gente te sonríe cuando te ven beber vino y escribir, a solas, en una servilleta.

La gente de Lille no es parisina.

El teatro de la ópera es espectacular, todo en piedra, pero más lo es el antiguo palacio de la Bolsa.

Lille es como La Coruña. La visitas en medio día pero, al igual que La Coruña, es una ciudad agradable para vivir, manejable, triste y lluviosa.

Por Lille luchó el Rey Sol durante años.

La gente en Lille es mayoritariamente rubia.

Lille ha sido invadida varias veces, por pueblos distintos, y ese fulanismo la hace coqueta.

No me gustan las ciudades que presumen de ser vírgenes.

Me gusta estar en sitios donde no soy nadie.

Si es que soy alguien en algún sitio.

Lille se pronuncia 'Lil'.

sábado, mayo 14, 2011

5 euros

Con el coche echando humo, mi hermana Raquel llegó a duras penas a subir el túnel de Arjona para estacionarlo, como pudo, en un carril de la calle Torneo. Me llamó para que le echase un cable mientras salía corriendo a recoger a Iván al cole a la salida de clase.

Problemas de correas de distribución. Un dineral.

Mientras esperábamos a la grúa le propuse al enano ir a tomar algo al McDonald’s y él, entusiasmado, saltó gritando que sí.

Raquel le dio 5 euros que, inmediatamente, él me dio a mí. En el centro comercial saqué 50 euros de un cajero, con ayuda de Iván, por si las moscas.

Sus nuggets, el zumo de naranja y dos cervezas, para Raquel y para mí, fueron 8 euros en total. Pagué con los 50 euros.

Volvimos a la plaza de Armas y, con un ataque de alergia de impresión, nos tomamos las cervezas e Iván los nuggets mientras esperábamos.

Cuando ya la grúa había montado el coche, acercándolos a su casa, mi sobrino me preguntó, con toda la inocencia de sus ocho años, aprovechando que Raquel hablaba por teléfono y poniendo en práctica el notable que acaba de sacar en matemáticas:

`¿Con qué billete has pagado en el McDonald’s?

‘Con el de 50’, contesté.

‘Entonces devuélvele los 5 euros a mi madre’.

‘¿Quién se ha comido los nuggets?’

‘Yo’

‘Pues entonces me quedo yo con los 5 euros’

El se quedó mosqueado con el razonamiento y, cuando Raquel colgó, le expliqué su teoría. Los dos nos moríamos de risa pero él seguía con la cara de mosqueo.

Con un platazo de lentejas por delante decidí darle de nuevo el billete.

Raquel me escribió más tarde un mensaje. Iván lo iba a utilizar para una excursión con el cole.

lunes, mayo 09, 2011

Aprensión

A pesar de que vivimos en el período más seguro a nivel médico en el mundo occidental, es tanta la información recibida y la fragilidad psicológica de nuestras defensas que, irremediablemente para una gran parte de la población, uno de los grandes males de nuestro tiempo es la aprensión.

Escuchamos de tal vecino que le han extraído un trozo del intestino para hacerle una biopsia, que tal artista tiene una degeneración osea, que cierto político padece alzheimer, que nuestro primo tiene una cardiopatía con veinte años... que nos volvemos seres asustados ante lo que nos pueda llegar.

Yo mismo he sido especialista en padecer los mismos síntomas que la última enfermedad que me haya impactado. Encuentro ganglios, moratones o crujidos de huesos donde no hay más que obsesión por pensar que soy el siguiente en caer. Sobre todo recuerdo esa época negra en mi adolescencia y juventud, pero aún hoy tiendo a magnificar cualquier dolor en el costado.

Cuando las personas eran pasto de una medicina primitiva, invasiva y experimental seguro que ese abismo hacia el dolor no era tan profundo como lo es ahora. El no conocer penurias, epidemias o hambrunas nos hace ser más indefensos ante la fragilidad innata al cuerpo humano.

Y es complejo el cerebro para hacerse entender con razonamientos estadísticos o científicos cuando éste se ha emperrado en traducir esa dificultad para tragar en un tumor en la laringe. Un poco como el temor a volar. Ya te pueden explicar con argumentos bien construidos que es más fácil que te toque el gordo de lotería que, cuando una turbulencia te sube el estómago a la garganta, comienzas a gritarte por dentro que por qué a ti.

Si pensáramos que el final llegará cuando llegue y dedicásemos, los hipocondríacos, menos tiempo a inventar enfermedades, seguro que seríamos menos propensos a padecerlas y, sobre todo, a perder un tiempo más aprovechable en disfrutar de un cuerpo que, a día de hoy, está como un rey.

viernes, mayo 06, 2011

Dilema

Cuando ayer noche llegué a casa sabía que me iba a enfrentar a una noticia con la que, ocurriese lo que ocurriese, me iba a sentir confuso.

Anoche el Tribunal Constitucional avaló las listas electorales de Bildu, el complejo independentista de la izquierda vasca.

Una de las personas a quien más aprecio, por su generosidad y afecto, es un vasco claramente independentista al que la palabra España le repele y con quien nunca estaré de acuerdo en cuestiones políticas, pero al que respeto profundamente.

Es de todo punto ilógico que no todas las opciones políticas democráticas puedan ser votadas en nuestro país, incluidas aquéllas que reniegan del propio país y su derecho a existir como tal. No hay nada más sano que permitir a cada persona decir cómo quiere que su sociedad esté organizada y cuál es su territorio.

Mi gran dilema viene por el hecho de encontrar en esas candidaturas rostros como el de la alcaldesa de Hernani, que jaleó a los etarras que mataron en Barajas a dos ecuatorianos.

Es demasiado el tiempo que se llevan riendo de nuestros muertos y aplaudiendo salvajadas como para creer su conversión en demócratas sin pistolas.

En Aralar veo una opción limpia de vía independentista, un sentimiento compartido por un porcentaje considerable de la población vasca.

Con esta validación del Constitucional oiremos exabruptos contra nuestro país venidos de los candidatos de Bildu, pero ahí debe estar la grandeza de nuestra democracia, en dejar que quienes no quieren pertenecer a nuestra sociedad y entiendan que su futuro está tras otras fronteras, también tengan derecho a decidirlo.


miércoles, mayo 04, 2011

Elisa

De diecinueve años, francesa y familia de nuestro amigo Txema, Elisa dijo sí a la primera cuando su tío le propuso venir a la Feria de Sevilla de este año. Estábamos en París en pleno invierno y era la primera vez que se encontraba con él.

Diciendo entender más español del que entiende pronto comprendió, nada más aterrizar el domingo, que estaba entrando en una ciudad compleja.

Charlar, beber, reír, comer y tocar palmas en un círculo infinito es difícil de entender hasta para un nativo de estas tierras si no fuese porque nos han educado, desde pequeños, a disfrutar del colorido de una semana festiva en una ciudad artificial.

Cuando lo ves desde otros ojos, de otra generación y otro país, comprendes la extrañeza e incluso el bloqueo que puede provocarse.

La mañana del martes llamó a su madre y no paró de llorar. Querría irse seguramente a París en el primer avión de vuelta.

Estuvimos todo el día pendiente de ella. Durante la comida trataba de explicarle en francés las claves de esta fiesta que empezó como agrícola y ganadera y terminó siendo lo que es hoy, un puro canto al placer de vivir en esta vida tan dura a veces. A todo respondía con monosílabos.

La tarde se fue completando con amigos que cruzábamos, casetas a las que nos invitaban, conocidos a los que sueles ver sólo en Feria. Le presenté a mi amigo Manuel, el director de cine. Éste venía con Nicole, una pintora neoyorquina recién venida a Sevilla para instalarse. Se nos unieron periodistas en la caseta de la cadena Ser, llegó Carmen, la chica que interpretará a Gloria en la película, luego mi amigo Santi, que nos presentó a sus padres, luego aparecieron unos americanos que conocimos días antes. Pasamos de los rebujitos al jamón y del jamón a las tortillas. Tuve conversaciones trascendentes, las que se tienen cuando el alcohol te suelta la lengua y dices cosas que tal vez no debieras. Bailé, bromeé con Badi, nuestra querida amiga marroquí y con Félix, un colega escritor que nos invitó a cenar la semana próxima. Esperamos a que a Ángeles Verano le hicieran un reportaje en televisión, nos acercamos a la caseta de mi amigo David, donde pude hablar del Betis con un vigués con veinte años de carnet del Celta, o con su amigo Toño, riojano criador de vinos.

Cuando habían pasado quince o veinte horas de sus llantos adolescentes, Elisa estaba bailando, o intentándolo, unas rumbitas con Badi.

lunes, mayo 02, 2011

Carcas

Sí, tiene una connotación peyorativa su simple pronunciación: Carca.

Para entender a estas personas que están contra el mundo, intento ponerme en su interior. Y lo que veo son miedos y complejos.

Van despotricando contra todo lo que implique progreso porque les asusta pensar en otras vidas posibles.

Tratan de retener al máximo las rutinas de siempre, por muy infelices que les hagan, porque reteniendo lo anterior vivirán en un mundo donde el azar, deben pensar, tome menos fuerza y, por ende, estarán a salvo de agresiones a su esfera de cristal.

La merienda a las seis, la vajilla para los domingos y la ciudad de siempre. No quieren obras que destruyan, porque todo lo que sea cambio es destrucción. Si peatonalizan una calle con tráfico rodado es un crimen, porque ellos siempre han circulado por ahí con el coche, si se aprueban leyes sociales, a favor de minorías marginadas desde siempre, están impulsadas por el demonio.

Y son seres acomplejados, que luchan contra la alegría de la gente que sí sabe entender la vida como imperfecta, que tratan de cambiar las cosas, desmitificarlas, adaptarse y no dogmatizar. Porque nada en esta vida es para siempre, ni hay barreras ante las que nos tengamos que parar.

El carca sufre desde su atalaya, acobardado por un mundo cambiante, y despotrica, blasfema y se revuelve en sí mismo. Compra la prensa que le da la razón, se asoman a las pantallas de televisiones cómplices, donde van cociendo políticos en la gran hoguera de la purificación, donde también meten a mujeres valerosas, a ser posible divorciadas y felices, homosexuales bienpensantes o escritores irreverentes.

Desde su púlpito se asoman, santiguándose, a las vallas de las obras de las ciudades para decir: Estos infieles nos destrozan nuestro pasado.

domingo, mayo 01, 2011

Sábato

Afortunadamente aprendí a no encender la tele como hábito hace mucho tiempo.

Parecía que fuese inconcebible no hacer ese gesto al entrar en casa. Tomar el mando y conectar la televisión, como si el silencio de la casa asustase y ese sonido tranquilizase nuestras rutinas acompañándonos en nuestra intimidad.

Es de una purificación enorme tener la televisión como un objeto más, no necesario sino elegible entre otras muchas opciones. Saber entender el hogar como un espacio sin ruidos ni sonidos innecesarios.

El otro día, haciendo tiempo para ir al baño, encendí la tele. Aparecía un programa de aparente debate entre ‘corraleros’ que se gritaban acerca de no sé qué novio de no se qué famosa. Decían tales barbaridades que me quedé absorto, abducido. Cuernos, operaciones de estética, hijos repudiados y exclusivas de revistas del corazón.

Cuando la ducha quedó libre mi pareja se acercó, me quitó el mando a distancia, apagó la tele y me dijo:

‘Venga, vete a la ducha’.

Con mucha agua caliente, casi hirviendo, me planteaba hasta qué punto hay gente vulnerable a que trafiquen con sus más bajos instintos.

Anoche murió Ernesto Sábato y yo me pregunto ¿qué porcentaje de la población española conoce la trayectoria de este hombre íntegro?

jueves, abril 28, 2011

Iphonitis

Reconozco que caí rendido cuando me lo enseñaron en un centro comercial gaditano. Me quedé prendido del 'iphone'. Esa debilidad tenemos los humanos y esa capacidad tienen las grandes compañías para llevarnos por caminos imprevistos.

Tengo ya un historial de dos años de fotos hechas con ese móvil, que me dedico a revisar de forma rápida en tiempos muertos. Anoto cada cena, viaje, cada ocasión especial en su agenda. Oigo música paseando por la playa, veo qué tiempo hará mañana, escribo emails, anoto ideas para el blog, me organizo las tareas, juego a sudokus, me sirve para situarme en el mapa en lugares desconocidos, me llegan mensajes de facebook, grabo impresiones sonoras cuando me llegan a la mente, vigilo al euribor, anoto mis gastos, consulto horarios de vuelos... y se lo dejo a mi sobrino Iván para que juegue inyectando a unas bacterias que se mueren de risa o hablándole a un gato que te imita. Y disfruto como un enano viéndolo reír.

Sí, atrapado como muchos, que ahora tienen el 'iphone 4' y se ríen de mi viejo 'iphone 3'.

Hay momentos en que, cenando en algún restaurante, estamos cuatro personas entretenidas con nuestros móviles intergalácticos, sin hablar entre nosotros.

Hay veces en que, como una rutina de drogadicto, vamos encendiéndolo continuamente en busca de mensajes que no llegan o informaciones que no nos importan.

Caí rendido al 'iphone', pero espero que la enfermedad no sea grave (aunque sólo sea el 'iphone 3').

domingo, abril 24, 2011

185.024

Una de mis más grandes frustraciones al pensar en la muerte es la imposibilidad de cubrir mi curiosidad respecto al futuro del género humano.

Es consuelo de tontos pensar que ningún otro ser humano coetáneo a nosotros será capaz de conocer con certeza qué pasará cuando los milenios avancen en ese inexorable caminar del tiempo hacia adelante.

Sé que estamos viviendo en estos últimos siglos avances en conocimiento, industria, tecnología o política que no tienen parangón con otras épocas de la historia. Todo va acelerado y esa explosión de cambios acrecienta mi curiosidad por el porvenir.

Cada vez estamos más globalizados y, supongo, pasadas decenas de miles de años habrá una sola raza, todos estaremos mezclados tras todas las combinaciones posibles cuando las fronteras comiencen a diluirse sin remedio, siendo las distancias geográficas una quimera.

Sería un único ser humano con ojos orientalizados y piel más marrón que la mayoritaria en el mundo occidental. Una sola raza humana.

Seremos, deduzco, una sola nación. Los organismos internacionales deberían ser cada vez más potentes. Empezaremos por una moneda única mundial, quizás para el 2.500 y de ahí, poco a poco, llegaremos a un único estado democrático. Sería maravilloso.

Las religiones, si para entonces existen, se fundirán en una, mucho más cercana al animismo japonés que al cristianismo que nos es más cercano. Basada en la espiritualidad de un hombre que se dará el valor justo y no tendrá remilgos en asumir su falta de certitudes.

Me aturde pensar en la superpoblación. ¿Habrá chavales jugando tras un balón en playas desiertas en el 185.024?, ¿habrá besos de amor?, ¿cenas de amigos?, ¿familias unidas con padres reconocidos?

¿Habrá el mismo miedo a la muerte?

Desde el 185.024 se verá el 2.011 como un número prehistórico y, tal vez, la única noticia de este siglo que vivimos sea que hubo un primer presidente negro del extinto imperio norteamericano, imperio que precedió al chino...

Y habrá seguro en el 185.024 quien se plantee qué rápido va el tiempo, que se diga qué será del hombre más allá del 300.000.

Ojalá exista alguien por entonces que pueda plantearse un mundo mejor.

miércoles, abril 20, 2011

Huida

Decía Luis García Berlanga que, cada vez que había Fallas en su tierra, huía de Valencia. Pero, al mismo tiempo, echaba de menos no estar allí.

Mi madre, muy creyente, me llevaba a ver las procesiones cuando pequeño. Me emocionaba viéndola llorar a lágrima viva viendo pasar el palio de la Macarena. Ella me lo contaba muy fácil.

'Mira, mira cómo vienen meciéndola, mira cómo le tocan música para quitarle el dolor. Todos los años viene con su gran manto para arrastrar con él todas nuestras penas'.

El paso llegaba, ella se quedaba paralizada, me agarraba y se iba ese cortejo de duelo, dejando lleno de plañideras sevillanas el recorrido a su paso.

Siendo chaval me hice hermano de la Soledad de San Lorenzo. No podían procesionar mujeres por entonces y yo, el primer varón de su mejor amigo, era lo más parecido que tenía Pedro a un hijo. Fueron muchos años llegando puntual a la cita de cada sábado santo. Desfilando descalzo, primero con cirio, luego con cruz.

Hasta que la fe se me fue. Se me fue por completo.

Hay quien es tan tradicional que, incluso no creyendo, acompaña cada año a su hermandad camino de la catedral.

Yo no sé.

Me gusta enseñar la Semana Santa a mis amigos de fuera. Lo sé explicar todo, desde las imágenes a las sensaciones, y creo saber resumir la belleza de cada momento.

Hubo un tiempo en que, casi a escondidas, veía la Madrugá recordando los arrechuchos de mi madre, o me acercaba a la Plaza de San Lorenzo a ver recogerse a mi Soledad.

Hoy, como Berlanga de su ciudad, me voy de Sevilla a disfrutar de mi merecido puente de vacaciones. Me esperan Portugal y los míos.

domingo, abril 17, 2011

Lebrija

Como tantos otros fines de semana, hoy subía la autopista de Cádiz volviendo desde Conil. Conduciendo se hace difícil, pero como copiloto resulta sencillo distinguir la silueta de Lebrija en el horizonte, dejándola a la izquierda, en pleno valle del Guadalquivir, entre las marismas de arroz donde nos llevaba mi padre a David y a mí cuando pequeños para visitar las fincas en que trabajaba como perito agrícola, enseñándonos los aviones que fumigaban o las serpientes de agua que vivían en los arroyos.

Definitivamente no soy de campo.

Nunca estuve de manera consciente en Lebrija. Tal vez por aquella época alguna vez mi padre nos llevara.

No hay vez que pase y diga, la próxima vez me desvío y la visito. Sin prisas. Tiene que ser un pueblo grande, de fachadas encaladas y plazas con gente paseando tranquila.

Pero siempre queda en el olvido.

He estado en cuatro continentes y visitado decenas de países de todas religiones y culturas, pero no he pisado la tierra del mayor gramático en lengua castellana. No creo que se tardara mucho más de media hora en llegar desde mi casa, sin embargo tengo 43 tacos y sigo sin conocerla.

Sería una metáfora fácil decir que muchas vidas se desarrollan así, yendo lejos y no integrando lo cercano.

viernes, abril 15, 2011

El punto rojo

Hice la mili tan tarde y tan cerca de su supresión que todo me parecía ridículo.

Tenía 25 años, la carrera terminada y estaba rodeado de chavalitos adolescentes que me sacaban de mi abstracción universitaria, dándome de bruces con la verdadera realidad del país de esos años noventa.

Me lo tomé, en cualquier caso, con el mejor ánimo posible. No quedaba otra. Tuve la suerte de que me tocó 'Caballería' y el cuartel estaba a un par de kilómetros de mi casa.

La instrucción fue terrible. Nos trataban como a ganado. Te levantaban a grito pelado a las siete de la mañana y pretendían que te vistieras en quince segundos, dejando la cama hecha. Luego a correr, algo que al menos se me daba bien, por caminos empedrados. Ahí era un crimen ser 'gordito' porque los sargentos chusqueros molían a insultos a los rezagados.

Una mañana, tras la carrera, decidieron hacer pruebas de camuflaje.

En medio de un descampado a las afueras de Sevilla, el sargento nos explicó con desgana en qué consistía esa técnica, con frases básicas.

'Desde que suene el silbato os doy treinta segundos para desaparecer de mi vista. ¡A quien yo divise me lo cargo!'.

Sonó el silbato.

Salí corriendo como un descosido con mis botas de cuero y el uniforme verde. Pero tardé cinco segundos en darme cuenta que era casi el único que se dirigía en esa dirección. Me quedaban veinticinco segundos para rectificar o buscarme la vida camuflándome en solitario.

Me encontré con una especie de basurero de cartones y allí me metí. Tenía a un recluta compañero que se tumbó con cara de terror entre la basura. Yo, con la respiración entrecortada, cogí una caja de cartón y me la coloqué encima.

Sonó el silbato.

'¡Gilipollas!' -gritaba el sargento mirando hacia nuestro escondite.

'¡Capullo!' -y parecía que se dirigía a mí.

'¡Ven para acá!'

El sargento caminaba hacia nosotros y yo permanecía quieto. Me giré para ver al que tenía a mi lado y el sargento continuó:

'¡Ése que se mueve!, ¡el del cartón!'

Los nervios me hicieron recular un poco.

'¡Eres el ejemplo del perfecto imbécil al que se cargan primero!'

Yo tragaba saliva hasta que me di cuenta que el perfecto imbécil era yo.

Mi caja de cartón era de detergentes 'El punto rojo'. Su logotipo daba buena cuenta de la marca. Y eso es lo que había en medio del descampado: Un punto rojo moviéndose en el horizonte.

martes, abril 12, 2011

Aparato

Sé con certeza que nunca votaré a la derecha.

Quien esto lea puede pensar de mí como un radical o, todo lo contrario, como una persona coherente.

Habrá quien rebatiría que, en estos tiempos que corren, no hay derechas ni izquierdas. Quien opinaría que la democracia es la alternancia, que hay que ser más flexibles, dar oportunidad a todos. A algunos les puedo defraudar por esa frase contundente, otros se pueden sentir cómplices. La mayoría, seguro, indiferentes.

Pero yo sé que nunca votaré a partidos conservadores.

Entiendo que la democracia es libertad, sucesión de distintos partidos políticos y enfrentamiento de ideas. Pero no seré yo quien haga bascular las papeletas a opciones que jamás compartiré.

Jamás, nunca... sin embargo, me cuesta sentirme representado por nadie en el plano del socialismo. Más específicamente del socialismo andaluz.

Sí, es una quimera conseguir sintonizar con un partido de masas que tiene que transmitir un mensaje coherente a millones de electores. Vale. Lo admito.

Pero resulta muy duro, especialmente para aquellos que creemos en las políticas sociales, en el reparto de la riqueza, en la importancia del Estado como equilibrador de la injusticia de nuestra sociedad egoísta, en el laicismo pleno, en una fuerte Sanidad o Educación Pública, en la regulación de los mercados o en los incentivos a la mujer, al discapacitado, al inmigrante... resulta duro, digo, pensar que nos sentimos profundamente dolidos por unos políticos que no están a la altura de la situación.

No hablo de Arenas, Zoido, Rajoy o Rita Barberá... Yo no estoy en ese campo. Hablo de la vergüenza que me produce que se hayan repartido millones de euros a personas que no tenían nada que ver con las empresas a las que se concedían ayudas públicas.

El pasado fin de semana leía una entrevista al Presidente de la Junta. Se exoneraba de toda responsabilidad. 'Yo no sabía nada de los ERE's'.

Por mucho menos, en cualquier empresa, asociación o fundación decente se dimite.

Si usted no sabía que se estaban yendo millones de euros de las arcas andaluzas a estafadores sin control, es que usted no vale para el cargo. Si lo sabía, usted tendrá que dar explicaciones a la Justicia.

El Partido Socialista no ofrece más que puro 'aparato' sin la más mínima sensibilidad social. Siempre las mismas caras. Incluso las nuevas que aparecen, como la portavoz Susana Díaz, no son más que el reflejo de una política dogmática.

¿Para cuándo aire nuevo?

Queremos políticos honestos que nos hagan creer que, desde la izquierda, otro mundo es posible.


domingo, abril 10, 2011

Necrofilia

Tuve la suerte de encontrarme con un hombre culto, ya casi anciano, que me pasó un título de Erich Fromm: 'El corazón del hombre'.

Muchas son las veces en que la amplitud de miras o el acervo cultural vienen dados a partir de unas cañas de un día relajado cualquiera.

En este ensayo, el filósofo alemán hace una distinción entre las personas biófilas y las necrófilas, como dos extremos entre los que nos situamos el conjunto de los seres humanos.

Pero, ¿qué es ser necrófilo para Fromm? No es una atracción sexual por los cadáveres, ni siquiera es un sentimiento evidente de fascinación por la muerte.

Es algo mucho más sutil y consistiría en la capacidad que tienen ciertas personas, en mayor o menor grado todos, por materializar la vida. Por buscar nuestra felicidad en las rutinas, odiar la evolución, el progreso, oponerse al afecto. Alegrarse en lo más profundo con los fracasos del hombre, el genérico y el individual.

Necrófilos porque quieren atrapar la 'Vida' y paralizarla, adormecerla, narcotizarla.

Aquéllos que te recuerdan que todos acabaremos siendo ceniza, que quien sube acabará bajando, que se desesperan, tal vez sin saberlo, cuando ven sonrisas amplias. Porque su condición humana les impide reír a pulmón abierto.

Carcas en lo social y analfabetos en lo afectivo.

Desgraciadamente, todos tenemos una parte de nosotros necrofilizada. Pero eso no es un problema si lo sabemos y luchamos contra ello.

El dolor es tener gente cercana consumida en ese afán de materializar lo humano, darle nombre y no querer, en lo más profundo, que los mortales sepamos, aunque sea por un instante, disfrutar de esta 'Vida' que, en cuanto nos descuidemos, se nos va.

jueves, abril 07, 2011

Soez

Me cuentan una escena real. Hall de una sala de cine y una mujer que deja allí a sus dos hijas pequeñas en la puerta tras sacarle entradas para ver la última de Torrente.

Quizás esta escena resuma muchos males de nuestra sociedad actual: Las prisas, el desconocimiento de la realidad, la mala educación y el gusto por lo soez.

Seguramente esa señora dejó a sus pequeñas en el cine creyendo que iban a ver una comedia simpática a lo Mortadelo y Filemón.

No me considero un tipo cerrado, pero sé que jamás iría a ver a este Torrente de tres dimensiones. Estoy en el mundo para saber que esa película integra los ingredientes más cualificados del mal gusto, de la ordinariez.

Éste es también el país en el que vivimos. Éste donde una película que protagoniza el hijo de Isabel Pantoja hace diecisiete millones de euros en quince días. De humor escatológico, apariciones de Belén Esteban y risotada hueca.

Tanto derecho tiene la gente a acudir a las salas para ver esa bazofia como yo para criticar el pertenecer a una sociedad tan falta de buen gusto.

El cine es y debe ser diversión, claro que sí, y la frivolidad es un componente necesario en esta dura vida que nos toca afrontar, ¡cómo no!

No soy un puritano para arrugarse por propuestas diferentes.

Tan sólo leo las cifras, me imagino a las dos niñas riendo a carcajada limpia en esa sala de cine y me digo que yo no me siento de aquí.

lunes, abril 04, 2011

Desde dentro

Crear es una emoción que da cuerda al corazón.

En su más amplio sentido, en el de construir de la nada, de uno mismo, satisfacer el propio ego, poner a pruebas las capacidades que uno seguro tiene para demostrarte tu lugar en el mundo.

Cuando la tarde de los jueves llega a casa Manuel y nos ponemos un té, mientras nos contamos los proyectos que hemos ido almacenando en nuestra memoria para poner en pie cada una de las escenas de la película que nos traemos entre manos, confirmo la felicidad que produce la creatividad.

Yo le hablo de una escena de Natalie Portman en Closer, él de otra de Robert de Niro en Toro Salvaje. Yo le propongo hablar con una amiga soprano para darle música a una escena aérea que él ha pensado sobre las tierras de Cádiz. Nos planteamos cómo dar vida al dolor del desamor en una joven de 23 años, cómo de rápido se movería la cámara, cómo se miraría ella al espejo. Con tarjetas pegadas en un corcho vamos endulzando con escenas luminosas una historia de dolor, mientras trazamos líneas de conexión entre los pacientes de una consulta de psicoanálisis que, contando sus traumas, destapan los desasosiegos de la terapeuta.

Y de vez en cuando paramos, saco unas magdalenas, o un vino blanco, o un gintónic... y nos decimos que ésta será nuestra gran película, que vamos a conseguir momentos inolvidables.

Que queremos enseñar una Sevilla fuera de tópicos, que se debe mantener constante la melancolía de ese 'no saber perder' al ser amado, que tenemos que conseguir actores que sean una piña.

Que tenemos todo el tiempo del mundo para crear una obra desde la pasión de dos personas que saben del placer de buscar en su interior algo que aún no existe.

sábado, abril 02, 2011

Vientos

A la gente compleja a veces no tienes toda una vida para terminar de conocerla, incluso tras compartir miles de horas, anécdotas, viajes o cenas. 

A la gente simple se la ve venir. 

Hay algo que me disgusta de cierto personal cercano, conocidos a los que aprecio en cierta medida pero que tienen la cualidad negativa de ofrecer una cara distinta según sople el viento. No se puede ser del Betis y del Sevilla, no puede uno ir de persona con mente abierta y lanzar exabruptos contra el matrimonio homosexual, no puedes presentar a cada uno de tus amigos como el principal, el mejor y el más fiel, ni decir el lunes que lo que más te gusta es el cine francés, y al día siguiente el americano. 

Es difícil confiar en gente que te dice lo que tú quieres oír. 

Se confunde bondad y calidad humana con abrazos de oso. Nos definimos por cómo pensamos y por cómo no lo hacemos, por con quién estamos y por aquéllos que cogieron otros caminos a los que renunciamos. 

La complejidad de las personas apasionadas por todo y amigas del universo es simpleza y cobardía.

jueves, marzo 31, 2011

Dientes blancos

Hace siglos que vi un programa en televisión en que un americano de camisa de leñador y dientes blancos, casi fluorescentes, decía lo obvio, que en esta vida no se es feliz sin un proyecto.

Una ilusión.

La gente, cercana o lejana, que se deja ir es porque, sin que haga falta que te lo diga un yanqui de sonrisa colgate, ha roto los hilos básicos con la ilusión de construir un sueño.

En mi caso es básico: Suena el despertador, desagradable, y busco en mi cabeza un proyecto, una motivación.

Afortunadamente siempre hay cosas.

La primera es mi amor. Todo lo que sea pensar en mi pareja y su futuro es sinónimo de felicidad.

La segunda es Iván. Y con Iván mi familia entera.

La próxima novela, la próxima película, nuestro verano cercano en Nueva York, la semana santa en el Algarve, la novela por terminar de Paul Auster, liquidar la próxima Visa de Bankinter, evitar que el alcalde de Sevilla sea el carca de Zoido, pensar en asistir a un concierto de Zazie en París, creer que es posible una Libia libre, que Palestina encuentre su sitio digno en el mundo, soñar con una España con pleno empleo, asistir a una conferencia de Rosa Montero, que Isaac triunfe con su empresa de maniquíes, que mis hermanas logren consolidar su espíritu emprendedor tras tantos años de lucha...

Me sigo despertando con ganas de vivir...

lunes, marzo 28, 2011

Algarroba

Cuando dejé la casa familiar para irme al piso céntrico de la Alameda que terminaré de pagar en veinticinco años, le regalé a mi padre mi viejo ordenador, ya por entonces casi una reliquia.

A mi padre el ordenador le sirve, le servirá cuando aprenda a utilizarlo, como simple máquina de escribir. Especialista en Historia de España, su único interés es poder escribir la vida y obra de todos nuestros reyes, escritores, políticos... No se puede ser más feliz que mi padre haciendo árboles genealógicos de nuestra monarquía.

Contento con el regalo de su hijo, impaciente por aprender, se plantó en el Corte Inglés. Buscó dónde estaban los ordenadores y a algún encargado enchaquetado para preguntarle:

Yo quiero un libro para aprender a utilizar un ordenador.

Al parecer, el dependiente le preguntó:

¿Qué sistema operativo utiliza?, ¿MS-2?, ¿Windows?

Mi padre, altanero y guasón, le respondió:

Como usted siga hablándome así, cojo la puerta y me voy.

De eso hace más de diez años, y sigue escribiendo a mano las biografías reales.

Fue por esa época cuando un compañero de trabajo al que tengo especial cariño, en esos tiempos en que empezaban a instalarnos ordenadores personales corporativos a cada uno, recibió una llamada de un proveedor de San Sebastián. Mi despacho era contiguo al suyo, separándonos un panel de cristal que no llegaba al techo. De pronto, me pega un grito:

¡Salva!

Me asomé por el cristal para preguntarle en qué podía ayudarle. Él, con diez o doce años más que yo, tapó el auricular para preguntarme:

Este hombre me quiere enviar el plano de una pieza por internet.

Y me lo decía como si al proveedor vasco se le hubiese ido la cabeza.

Claro, le respondí, dale tu correo electrónico de Renault.

Me miró con cara de pánico, así que se lo apunté. No había más que poner su nombre, un punto, su apellido y @renault.com.

Se lo dejé encima de la mesa y me quedé esperando el final de la conversación.

Sí, sí, tenemos correo electrónico.

Entonces empezó a deletreárselo. Lo malo fue cuando llegó a mitad de camino:

Eso es... mi apellido y luego... algarroba... renault punto com.

¡¿Algarroba?!

Grité yo.

¡¿Algarroba?!

Gritó él.

No se me olvidará su cara al teléfono.

viernes, marzo 25, 2011

Química

A las personas se las puede clasificar según infinitos criterios, pero uno de los más sencillos sería el que las divide en interesantes y las que no lo son.

Se trata de un criterio subjetivo, pero nadie mejor que uno mismo para saber quién te llama la atención o no. Por sensibilidad, belleza, inteligencia, bondad, cultura, estilo o simpatía.

Para el segundo grupo, el de la gente insulsa, no dedico mucho tiempo.

Para el primero, podría hacer una segunda distinción: con los que hay química y con los que no.

Evidentemente, si no hay química y a mí me parece interesante esa persona, hay un cierto toque de frustración en mí. Y cuando no hay química, poco se puede hacer. Casi todas las estrategias te llevan a reforzar la falta de feeling.

Pienso, por ejemplo, en una periodista con la que suelo coincidir, porque compartimos muchos amigos comunes, con la que me siento transparente. Me dice hola por respeto, pero al mismo tiempo me hace sentir insustancial. Por mucho que participe, dé mi opinión u ofrezca mi mejor sonrisa, no dejo de ser para ella un perteneciente a su segundo grupo, el de los no interesantes.

Como ella, me he cruzado con personas de gran valía a las que no he provocado ninguna sensación, algo dañino para mi vanidad. O tal vez sano.

Cuando tú, como ser humano, provocas nada en otro ser humano, lo mejor es seguir siendo tú. Las relaciones humanas son así. No hay que buscar estrategias. Hay que admitir que, de vez en cuando, somos transparentes.

martes, marzo 22, 2011

Explosión

Habiendo pasado más de media vida en Suiza, en una pequeña ciudad alpina que necesita una pala en pleno invierno para quitar un metro de nieve si quieres sacar el coche, mi tía Maribel siempre ha dicho que en Andalucía no sabemos lo que son las estaciones, saltos radicales de paisajes, del blanco al verde y del verde al marrón de hojas caídas.

Yo debí nacer escarabajo de tanto como me gusta el sol.

No sé qué hay en mí que siempre me hace soñar con noches de verano tomando cervezas en la Alameda. Sinónimo de la alegría de vivir. Tal vez porque mi cuerpo piense que el frío es la muerte.

Viajar te abre los pulmones, los ojos, los sentidos y con ellos la curiosidad, la capacidad de disfrute, la apertura de mente. Es tan tremendo el error de creerse en el centro del mundo como no saber valorar lo que se tiene.

En este día intenso, que pasará para siempre, he ido de un lado a otro como si el mundo se acabase mañana; pero tras tomarme un té con una escritora onubense encantadora he vuelto a casa por esa Alameda que resume mis imágenes de felicidad para toparme, en un callejón y por sorpresa, con una explosión de azahar indecente, enviándome a épocas lejanas y cercanas, a toda una vida de primaveras que vuelven una y otra vez.

Sé que no vivo en el paraíso, pero a veces se parece tanto...

domingo, marzo 20, 2011

Ni el Rey

Con mi hermano David siempre he tenido la relación que define a la unión de dos personas extrañas que se quieren.

El pequeño de la casa, fue el único que quedó fuera de la habitación del hospital donde falleció mi madre.

David nos esperaba, acunado por nuestros familiares, en la planta baja de esa clínica de infausto recuerdo. Tenía quince años. La familia, sin la madre, se desperdigó en dolores y vidas nuevas que se abrían.

Dejó de estudiar, se convirtió en un chaval complicado, desubicado, rebelde.

El verano siguiente a tan dolorosa pérdida, mi padre decidió alquilar un apartamento en nuestra playa de siempre, La Antilla. Mis hermanas ya tenían su propia vida, así que entre semana estábamos a solas mi hermano y yo. Recuerdo que yo no dejaba de estudiar las asignaturas pendientes de mi difícilisimo primer curso de ingeniería mientras David disfrutaba de su pandilla de entonces.

Una noche, mientras yo veía la tele tirado en el sofá de ese apartamento de muebles provenzales, un amigo de mi hermano llamó, excitado, a la puerta. A David y otros dos chavales los habían cogido tirando piedras a unas obras abandonadas del pueblo. A falta de padre, fui yo a rescatarlo. En el cuartelillo de la Guardia Civil estaba los tres niños, acojonados, aguantando los malos modos que por entonces se estilaban.

Yo traté de imponerme calma y pregunté qué delito habían cometido. Me respondieron de forma chulesca. Les dije, con muchos nervios, que los chavales estaban asustados y no merecían ese trato. Uno de los guardias civiles, se abalanzó sobre mí y me rompió la camisa, empujándome contra la pared.

Entonces salió David. Mi hermano cogió a ese hombre y lo levantó como si fuera un muñeco.

¡A mi hermano no lo toca ni el Rey!

jueves, marzo 17, 2011

Saragoza

Puedo entender que Lola Flores hablase mezclando las 'eses' y las 'zetas' en un batiburrillo de no saber dónde ponerlas, porque cuando no se sabe escribir todo es disculpable, pero no es admisible que políticos andaluces se refugien en sus orígenes para justificar un mal hablar.

No hay colores políticos. Desde Celia Villalobos a Diego Valderas pasando por María José Montero, me duelen los oídos al escuchar a paisanos míos utilizar sonidos diferentes para pronunciar la misma consonante.

Saragoza, Zaragosa... No.

De gente que nos represente no podemos permitir que se escuden en su 'andalucismo' para hablar mal.

De andaluces es 'sesear' o 'cecear', pero de personas preparadas no se puede permitir hablar de forma incoherente.

Que se nos escape una 'ese' o una 'ce' en un descuido no es problemático, pero hablar sin criterio sí redunda en nuestra imagen de pueblo descuidado.

Tenemos que luchar por nuestra dignidad y ser un poco más exigentes con nosotros mismos.

Quiero mucho a mi tierra como para no quejarme de la indolencia que supone refugiarse en supuestos dialectos para hablar como analfabetos.

Zaragoza o Saragosa... nunca Saragoza.

martes, marzo 15, 2011

La mochila

No sé cómo uno llega a enredarse tanto contra sus sueños.

Tras haber vivido una época en que todo parecía que podía comprarse, esta generación que ahora se asusta ante las cifras de paro y la involución económica, parece tener un solo objetivo, desembarazarse de lo superfluo, de esa mochila que hemos cargado a nuestras espaldas a base de notarías, visas e hipotecas que coartan nuestra libertad para poder enfrentarnos al mundo con unas fuerzas que no sabemos si tenemos.

A mí me pesa esa mochila que yo mismo he decidido cargar a base de empeñarme en cosas materiales que no sé, ahora, si necesito.

Además de todo ello me debo considerar afortunado por tener un coche, un piso céntrico y medio apartamento en la playa, sin poder protestar por tener hipotecado tres cuartas partes de mi salario y la libertad de elegir radicalmente otro camino en mi vida.

Vamos, sin darnos cuenta, enmarañándonos en una prisión a medida que perdemos la juventud.

Una de mis grandes ilusiones es hacer más ligera esa mochila, que esas visas se vayan esfumando, la hipoteca se haga menos ingobernable y en unos años pueda decir que mi rumbo lo dirijo plenamente yo.

¿Quién tiene el valor en estos tiempos de arriesgar la seguridad de una nómina? Estamos condenados a agradecerla eternamente porque nosotros mismos nos hemos metido en la trampa de no poder ver otro horizonte que el de asumir que estamos comprometidos, de por vida, con nuestro banco.

Amor fatal.

domingo, marzo 13, 2011

Nada que hacer

No hay mayor placer visual que aterrizar un día sin nubes en cualquier lugar del mundo.

Es tan lento ese acercarse a la tierra y el avión ralentiza tanto su velocidad que se puede disfrutar de un espectáculo bestial, inimaginable para la humanidad durante milenios. Ver tu mundo desde el cielo, las personas como hormigas, los ríos como pasillos de agua calma y las ciudades como juguetes de lego.

Hace pocos meses, con mi natural atracción por la geografía, un avión de Japan Airlines aterrizaba en el aeropuerto tokiota de Narita. El día estaba despejado, llegábamos desde Corea y memoricé la ciudad de Chiba en la aproximación a la pista.

Hoy veo una refinería de esa ciudad en llamas, una central nuclear ardiendo y ese Japón tantas veces visitado relamiendo sus heridas.

Hay películas morbosas acerca de catástrofes. Es impactante ver olas arrasar con todo lo que aparece a su paso a una velocidad de vértigo y observar los coches como si fueran clics de famóbil siendo tragados por el mar.

Ayer, al cerrar el telediario, pusieron las imágenes con música de Bach. El dolor era inmenso.

Personas que no son juguetes muriendo ahogadas sin remisión. ¡Cuántas historias anónimas!

El pueblo japonés es fuerte. De peores ha salido.

Ahora sólo pienso en ellos, en su dolor y en su fuerza para recuperar la vida.

No hace mucho me paseaba por las calles de Tokyo, observando con admiración esa cultura milenaria, comprando libros con los que entender su caligrafía, que cada día miro un rato en casa.

Todo lo construido por el ser humano, incluso por el japonés, es nada cuando la naturaleza se rebela. Estructuras de hormigón se vienen abajo con olas de diez metros.

Ante la brutalidad de esta naturaleza que nos hace vivir, no hay nada que hacer.

viernes, marzo 11, 2011

Fácil

Con el tiempo uno aprende a apreciar determinadas características en la gente que le rodea.

A mí me gusta la gente fácil. Sin ser fácil sinónimo de simple. Me gusta la gente compleja, en cuanto a que tenga un mundo interior amplio, pero al mismo tiempo accesible, receptiva, atenta, cercana.

A Santi lo conocí en la biblioteca provincial de Sevilla. Nos habían invitado, junto a Javier Márquez, como autores jóvenes con publicaciones recientes para hablar del difícil mundo editorial.

Tanto él como Concha, su editora, me encandilaron.

Ese día salí pitando de allí porque había quedado, pero memoricé su libro: 'El que no vuela es porque no quiere'. Algún tiempo después lo compre, lo leí. Relatos cortos donde determinadas obsesiones se repetían, con un lenguaje directo, terrible e inocente a la vez. Le escribí gracias a que me hice con el email el día de la charla.

Por entonces vivía en Manchester.

En una de sus visitas a Sevilla quedamos. Volvió a aparecer Concha, su editora, que me habló de su pintura y nos invitó a una exposición hermosa en un bar de Triana donde se confundían dos temas enfrentados, el nacimiento de su hijo (a ella la conocí embarazada) y la muerte en accidente de moto de su hermano.

Santi se fue a vivir a Brasil y a Concha la retuve como contacto irrenunciable en esta Sevilla en la que a veces parece difícil, cada vez menos, encontrar gente que te provoque.

Hace meses apareció de nuevo Santi por Sevilla, al parecer para vivir por una larga temporada.

Santi es de las personas que sabes que te escuchan cuando te tomas una cerveza una noche cualquiera. Es casi imposible que te diga que no cuando apetece dar un paseo, organizar una cena o pegarte una fiesta.

El otro día me contó acerca de su sequía literaria. Tiene ideas buenísimas que no voy a contar a nadie, gente con superpoderes y 'mostros' que nos atacan. Quiero que se lance a escribirlas.

Me gusta la gente fácil.

martes, marzo 08, 2011

Caracuerno

Durante años el perfil que a mi entender reflejaba lo que era un 'caracuerno' se llamaba Xabier Arzalluz. Y estoy lejos de clasificarlo así por su espíritu nacionalista, faltaría más, cada cual es libre de pensar a su manera.

Pero ese hombre era, es, tan desagradable, habla con tanto desprecio y desprende tanto odio en su discurso que lo nombré presidente honorífico del gremio de los 'caracuernos'.

Estos días, con Arzalluz en retirada, estoy pensando destronarle de su corona y pasársela a José Mourinho.

Creo que le gana en estupidez y egocentrismo.

No es suficiente con la tabarra con que los españolitos tenemos que empaparnos del Madrid a todas horas, en todos los medios; además hay que aguantar a este 'caracuerno' que siempre está enfadado con el mundo, con los suyos, con los otros y con quien no ha osado despreciarlo.

Me la refanfinfla la gente tan estúpida, creyente de su propia religión en que la única adoración es uno mismo en su pedestal de arena. Personas que se dan tanta importancia que no son capaces de entender que esta vida es un juego y que tomársela demasiado en serio crea, además de infelicidad, úlcera de estómago.

Si hay que hablar gilipolleces, al menos que se haga con una sonrisa.

Infelices.

sábado, marzo 05, 2011

Amanecer

Admitiendo que todo es física y química en nuestro cerebro, no sé cómo potenciar el proceso que lleva a mis neuronas a hacerme sentir un cosquilleo cerebral ante la contemplación de un amanecer de un día cualquiera.

Mientras me tomo el zumo de naranja y me asomo a la ventana sureña de mi salón, muchas veces, incluso con frío en el exterior, la abro para oler el día que nace y tomar la pausa necesaria antes de entrar en la vorágine devoradora de un nuevo día.

Hay veces que, como espectador privilegiado desde ese mirador, trato de encontrar ese cosquilleo que no viene, esa emoción ante lo básico que me lleva a tiempos pasados, a la esencia de mí mismo y de mi relación pasional con el vivir.

Será que la rutina, nada química, entorpece los chispazos entre neuronas causantes de esa sensación tonta y barata de felicidad total.

Lo bueno es que hay días, mañanas en que te levantas sin pensar en nada, que tomas el mismo zumo, enciendes el tostador con el mismo sueño y, como un reclamo, la ventana te llama para decirte:

Vente para acá, Salva, vente para acá y mira cómo de bonito se ha puesto hoy el sol para ti.

martes, marzo 01, 2011

Producir

Hay un término muy utilizado en Economía y, más concretamente, para explicar los atrasos de España: La productividad.

Se dice, por un lado, que los convenios colectivos que se firman impiden avanzar en este concepto porque independiza los resultados de una empresa de la política salarial de la misma.

Entiendo que una política progresista, y progresista me siento yo, no debería obcecarse en considerar que esa petición es dominio exclusivo del conservadurismo más capitalista.

La virtud tiene que estar precisamente en que los que creemos en la redistribución de la riqueza y las políticas sociales reivindiquemos la palabra productividad.

Porque para repartir riqueza primero hay que crearla.

Olvidémonos de la empresa privada y de España. Vayamos a la Escuela pública en Finlandia. Allí se trabaja y se valora al profesorado en particular, y al centro escolar específicamente, por su rendimiento.

Tenemos que ser pragmáticos y entender que nuestra evolución salarial debe ir unida de algún modo, cuantificable, a los resultados, por un lado de mi trabajo y por otro de los de la empresa, el consorcio o la institución en que yo esté integrado.

No se puede permitir que una parte importante de nuestro funcionariado sea indolente porque tenga integrado que, pase lo que pase, llegará la misma nómina a fin de mes. Ni que un trabajador escaqueado de una multinacional reciba el mismo reconocimiento que el que saca con gallardía sus tareas adelante.

Si queremos una sociedad fuerte, cohesionada y justa tendremos que eliminar determinadas inercias que nos hacen aportar menos de lo que podríamos a su riqueza y, en consecuencia, al bienestar nuestro, de nuestra familia y nuestro entorno.

La izquierda a veces ha equivocado el mensaje pensando que protegía al trabajador y, sin embargo, lo adocenaba.

Establezcamos reglas, justas, que recompensen al que más se moja, desde la más impecable defensa del trabajador.

Seamos inteligentes, entendamos que nuestro futuro está en juego y encontremos fórmulas que nos hagan crear riqueza. No para unos pocos, sino para repartirla a partir de unos impuestos justos y progresivos.

sábado, febrero 26, 2011

Operación Salmorejo

A la semana de haberme mudado a París, tras haber firmado un contrato de entre tres y cinco años de trabajo, me entró un ataque de pánico. ¿Qué he hecho con mi vida? Era pleno enero, apenas había luz del sol, las temperaturas eran gélidas y no conocía a nadie allí. Mi puesto, además, era de nueva creación y había que darle contenido a partir del trabajo con personas de distintas direcciones que me miraban con el recelo con que se suele mirar a un extranjero que viene a ocupar un asiento del que no saben si es merecedor.

Así que, a pesar de no encontrar un vuelo barato, organicé mi primera Operación Salmorejo. Llamé a todos mis amigos sevillanos y los cité en el bar Eslava un viernes por la noche, a sólo una semana de haberme ido, para invitarles a unas cervezas y unas tapas de Salmorejo.

Fue emotivo.

El tiempo fue pasando, yo me fui adaptando a mi nueva ciudad, a sacarle punta a mi trabajo y a soportar mejor el tráfico, el frío y el carácter parisino. Las Operaciones Salmorejo continuaban, pero se espaciaban cada vez más en el tiempo.

Cuando ya íbamos por la novena o décima, apenas venía nadie a tomar esas cervezas. La distancia es el olvido.

Mi apartamento de París, en pleno barrio latino, era anfitrión de múltiples visitas de amigos y familiares que me hacían feliz.

Llegó el día, tres años después, del regreso a Sevilla. Dejaba atrás una experiencia enriquecedora, una ciudad a la que vuelvo muchas veces al año, amigos franceses y una sensación de haber superado con éxito una etapa de mi vida.

En Sevilla me reencontré con menos amigos, los auténticos, los que casi nunca fallaron en mis sucesivas Operaciones Salmorejo.

A menudo me cruzo con los otros, los que me llamaban 'hermano', los que rápidamente se organizaron viajes de quince días a mi piso de París y que no supieron mantener el hilo abierto.

Nos cruzamos, yo les miro a la cara y me susurran, sin sonido, un hola endeble.

Entonces entendí que el viaje había tenido una cualidad más, había filtrado lo auténtico de mi vida emocional.

miércoles, febrero 23, 2011

¿Dónde quedan?

Leí que en Bengasi, en la costa este de Libia, los manifestantes contra el régimen de Gadafi se acercaron a una comisaría para solicitarles unirse al pueblo. Los policías abrieron las puertas y la gente, entusiasmada, entró. Pocos minutos después, con 23 manifestantes ya en el interior, cerraron a cal y canto y los acribillaron con balas en la frente.

Todos somos culpables de haber asumido como normal que existiesen Libias.

Un Diablo vestido de túnica insulta al Islam escupiendo amenazas contra su pueblo, invocando ríos de sangre, bombardeando con la aviación a la patria que dice defender.

La gente, en cambio, sale, grita, se lanza contra la sinrazón de haber aguantado decenios, tal vez milenios de sometimiento a dictadorzuelos de harenes, banquetes y piedras de diamante.

No puedo acostarme estos días sin sentir una doble emoción, la de quien se sabe partícipe de la ruptura del mundo islámico con el fatalismo que suponía tener que asumir vivir en la edad media en plena época digital y el dolor de pensar en los muertos, héroes anónimos que están sacando a sus vecinos, a familiares y conciudadanos anónimos, de la postergación.

Yo sería seguramente el cobarde que miraría la tele horrorizado, maldiciendo a Gadafi, sin tener el valor de salir a la calle para gritarle ¡basta! por el temor egoísta a que una bala me borrara de este mundo.

Sin embargo, pienso en esos 23 valientes de la comisaría de Bengasi y me planteo, ¿dónde quedan esos héroes?

domingo, febrero 20, 2011

Al vuelo

Teníamos hambre, era domingo noche y llevábamos todo el día en la calle.

Nos gusta investigar sitios diferentes y dar oportunidad a todo emprendedor que se lanza a montar un sitio nuevo, sobre todo si éste es original, se escapa de lo de siempre y arriesga.

Le había echado el ojo a esa casa de la Alameda desde hacía mucho tiempo, en la época en que ésta era una zona degradada de Sevilla que se iba reconvirtiendo y a la que yo me decidí venir a vivir.

La restauración del local ha necesitado sin duda de dinero y buen gusto. Varias plantas, tratando de darle a cada una un ambiente. Nos fuimos a la parte alta, la terraza. Hacía buena noche. Varias mesas, más de la mitad ocupada por turistas extranjeros.

¡Perfecto!

El camarero era belga -mi curiosidad hace preguntarlo todo.

Tardó en traernos la cerveza y la carta. Pero era domingo. No había prisa. Nunca debiéramos tenerla.

La carta estaba trabajada. Cada plato, casi dos líneas por cada uno, parecía haber estado redactado por un maître francés.

Tenía ganas de carne.

Cuando llevábamos más de media hora, con la cerveza recién puesta, por fin el belga se acercó.

Me tomaré la presa.

No queda.

Entonces el pato.

Hemos tenido día complicado. Pato acabado.

¿Qué os queda de carne?

Solomillo de buey.

Me encanta el solomillo.

Por medias se acabó la cerveza. Hubo que hacer una bajada para buscar otra. El belga no aparecía. Llegó un grupo justo a nuestro lado. La paciencia pudo con ellos. No llegaron al aperitivo.

¡Pero hacía tan buena noche!

Nos dio tiempo a pensar que comer carne tan tarde podría hacer pesado el sueño. El jaleíllo de la Alameda se iba apagando cuando llegó la ensalada.

A mi pareja le sirvieron su pescado y le pedí, por favor, que comenzara.

Estaba muy bien presentado, en un plato circular inmenso de cristal. La guarnición, escasa, parecía diseñada con pincel. Muy colorida.

Quedábamos solos en la terraza, junto a una pareja de jubilados ingleses, cuando, con el pescado ya más que digerido, llegó mi solomillo. Las tripas crujían.

Venía todo redondo, acompañado de patatas y una salsa morada, impecablemente expuesto en una tabla rectangular, inmensa, de pizarra.

El belga tenía la sonrisa de aquéllos que no se enteran de nada, o que prefieren no pensar que llevábamos dos horas esperando.

Fue a colocarme la tabla de pizarra en la mesa cuando, ¡uuupsss!, el solomillo salió rodando del plato.

Alargué la mano con reflejos que no creía tener para cazarlo al vuelo.

El guiri de la mesa de enfrente se rió de mi destreza.

El belga contuvo el aliento.

Yo me comí, feliz, mi solomillo.

martes, febrero 15, 2011

Frágil

Generalmente el ser humano no es consciente de las oportunidades con las que nace, sino que nos creemos en el derecho de presumir, aun inconscientemente, de valores que muchas veces nos han venido dados.

Si lo vemos a la inversa, despreciamos benevolamente a quien ha nacido con determinados miedos, faltas o carencias.

Creemos que, porque sí, todo el mundo está preparado para afrontar este mundo exigente de locos.

Sin embargo hay gente frágil.

Sí, hay un gran porcentaje de caraduras, indolentes y aprovechados. Desgraciadamente. Y son esas personas con actitudes denigrantes y corruptas las que más hacen daño a las personas que nacieron con menos defensas que el resto.

Yo me considero un tío fuerte, tengo ganas cada día que pasa de comerme el mundo y los proyectos pululan en mi cabeza a un ritmo que dan calambre.

Eso no me quita para saber que tengo mucha gente querida alrededor a las que se les hace una montaña afrontar su futuro, que se ahogan ante la perspectiva de un trabajo incierto o una vida sentimental que no les aporta la felicidad soñada.

A mí esa gente sana, sensible, que nació con genética tendente a ahogarse en un vaso de agua, me hacen plantearme mis propias fuerzas.

No todo consiste en escalar, pisar y criticar al que no puede o no quiere vivir en este mundo de competitividades.

'Quiero que seas frágil, quiero que seas tan frágil como yo'.

sábado, febrero 12, 2011

Pasado

En la biblioteca de mi memoria hay una escena que vuelve a mí a menudo. Mañana veraniega de playa en La Antilla, mi pandilla de entonces tumbada en la arena y risas a carcajada limpia, como sólo se puede reír con ocho o nueve años. Poco importan los motivos de esa felicidad tan sana y despreocupada que no volvería. No de esa forma.

Es teoría comunmente aceptada que el pasado hay que dejarlo atrás. 'La clave de la felicidad está en saber vivir el presente'.

Pero es que todo es presente. No hay futuro ni pasado en nosotros porque lo que existe es todo construcción de los que lo percibimos, interpretamos y disfrutamos.

En mi presente están las palmeras de chocolate que me tomaba con Mariángeles junto a la biblioteca de la Universidad, entre pausa y pausa de estudios.

Me gusta tumbarme una tarde cualquiera con las luces apagadas, en silencio, a solas y disfrutar de lo que he ido siendo.

Construyo terapias no invasivas ni químicas a base de ordenar esa biblioteca imaginaria que me lleva a ir comprendiendo por dónde están las claves de mis sentimientos.

Mi presente es pasearme con mis padres y mis hermanos por la Plaza de América y cerrar los ojos, histérico, aguantando los picotazos de las palomas a las que, aunque haga treinta años, estoy dando de comer ahora.

miércoles, febrero 09, 2011

Conexiones

Soy un convencido de que la vida hay que mirarla con ojos abiertos para entenderla porque, en cuanto te descuidas, te ves en medio de ninguna parte.

Tan cierto como que no hay verdades absolutas ni maneras únicas de interpretar la vida y, por ende, las relaciones humanas, lo es el hecho de que hay determinadas reglas que siempre se cumplen.

Leí hace tiempo a Milan Kundera reflexionar hasta qué punto las relaciones con los demás no son sino una relación de fuerzas entre nosotros, los humanos.

¿Hasta qué punto nuestras acciones hacia el exterior, hacia el otro, son desinteresadas?, ¿cómo de sinceras son las sonrisas, los favores, las invitaciones a cerveza, las llamadas telefónicas, los abrazos?

Si profundizamos en el alma humana seguro que encontramos que hay mucho de cierto en esa reflexión. Aún con buenas intenciones y cariño sincero puede que nuestro subconsciente nos guíe hacia territorios que nos hacen sentirnos más queridos al querer, menos solos al ayudar, más completos al vernos como útiles al otro.

Entrar en esos terrenos, en cambio, no sé si es del todo sano. No quiero analizar hasta qué punto hay soledad, angustia o frustraciones que expliquen el universo de personas que me rodean y dan sentido a mi vida.

Creo que la aproximación más sana es jugar al juego de nuestros instintos y entender la vida como una prueba en positivo. Utilizar todas nuestras actitudes y calidades para interactuar.

En este mundo duro que nos toca vivir, sin haber elegido, tengo claro que hay que cultivar las conexiones. Yo estoy aquí y ofrezco lo que soy. Tú me aportas tus valores. Aprovechémonos mutuamente, utilicémonos sin complejos, con generosidad y las mejores intenciones.

Como dicen los chinos 'todo lo que no se da, se pierde...'

No dejemos que pasen los trenes y, un día, nos encontremos en medio de ninguna parte.

lunes, febrero 07, 2011

Temps pourri

Así autolesionan su orgullo los franceses del norte cuando hablan de la meteorología de su país. 'Tiempo podrido'.

La semana pasada estuvimos unos días intensos en París. El frío era brutal y el viento helado hacía que aún lo pareciese más. Para colmo la primera noche no funcionaba bien la calefacción en el hotel y esa gelidez se colaba por las rendijas de las antiguas ventanas de madera.

Este fin de semana estuvimos en nuestro apartamento de Conil. La mañana, espléndida, me permitió dar un paseo de dos horas bajo un sol primaveral viendo al fondo el perfil de la costa africana.

Respiraba hondo y me sentía pleno.

Recuerdo un amigo, que vivía en el pirineo catalán, que exageraba diciendo preferir un árbol de esas montañas a todas las catedrales del mundo.

Si a mí me dan la oportunidad de vivir de nuevo en París, seguramente diré que sí, que me voy de nuevo para allá, mi amada ciudad. Pero eso no es óbice para que, mientras no lo disfrute, me recree en todo lo que hace de ella una ciudad invivible.

Su tráfico, el mal humor y su 'temps pourri'.

jueves, febrero 03, 2011

Magnolia

Me tomaba un café en el Starbucks de la Campana.

Momento de felicidad. Periódico y café con dulce de chocolate blanco un día de fiesta.

Leo una entrevista a un director de cine, Manuel Benito, ganador de varios premios internacionales de cine con documentales y cortos. 'Grabé mi primera película con 8 años utilizando mis muñecos de Star Wars'.

Vivía en Sevilla.

Busqué por google información acerca suya. Encontré su productora: 'Producciones La Chari' y su email.

'Me llamo Salva, quedé finalista de un premio de novela... y me gustaría invitarte a un café'.

Tardó poco en responder positivamente.

Un café llevó a un gintónic, y el gintónic a otro café... Se fue con mi novela un día, yo con su documental otro. Un martes quedamos para un jueves, otro jueves para un martes.

Mi novela le llevó a Magnolia, una película triunfadora en Cannes en el 2000 de Paul Thomas Anderson, con Julianne Moore y Tom Cruise.

Hace una semana me la dejó. Me acosté tardísimo disfrutándola.

'Esa película presenta la historia como tu novela lo hace'.

Hoy teníamos la cita definitiva. Yo estaba nervioso. Una comida y un chupito de licor de hierbas precedieron a un pequeño conflicto de tráfico antes de aparecer en nuestro habitual lugar de encuentro.

'¿Tenemos peli?'

Le pregunté.

'Sí'

Nos dimos un abrazo.

La semana que viene empezamos.

La vida es eso.

sábado, enero 29, 2011

Fiabilidad

Se me puede pecar de exigente, aunque yo no exija nada sino simplemente razone en voz alta la importancia que doy a ser una persona fiable cuando, sobre todo, de tus amistades se trata.

Todo comenzó con una broma hacia mi amigo David. En una época pasada en que su vida era más 'turbulenta' llegábamos a reírnos por su escasa fiabilidad. Quedar con él era saber que no aparecería.

Entre los intangibles de las relaciones humanas está precisamente la confianza en el otro. Y ésta se va fortaleciendo o destruyendo sin darnos apenas cuenta.

Entiendo que no hay nada más sano que tener la absoluta certeza de que las personas que te importan van a estar ahí. Que si quedan contigo van a aparecer, que si les pides que te echen un cable te lo van a echar. Saber que ante cualquier petición te van a decir, de entrada, que sí.

Porque cuando entre dos personas existe un vínculo de amistad sincero y cabal, sabemos dónde están los límites de nuestras anhelos respecto a ellos.

Es mentalmente muy sano tener certezas sobre tus amigos. Que si has quedado dentro de tres días para ir al cine, allí estará. Que no te va a dejar con la cena tirada en casa. Que si envías un SMS de socorro, él o ella sabrán responderlo como si les fuera la vida en ello.

Si quedas conmigo, antes se cae el mundo...

miércoles, enero 26, 2011

Sonrojo

Estos tiempos actuales te dan la oportunidad de cruzar España de lado a lado para pasar un corto fin de semana en otras tierras por poco menos de 40 euros.

Así lo hicimos el sábado pasado, destino La Coruña.

Tras reventar de pulpo, subir a la Torre de Hércules, sufrir el viento norte procedente del Atlántico o recorrer por la noche la coqueta ciudad vieja, el domingo ya estábamos de vuelta tras una mañana imponente de frío sol gallego.

El aeropuerto coruñés es muy pequeño y, a la hora del embarque, apenas sólo estábamos los viajeros para Sevilla.

Vimos aterrizar el avión a través de las grandes cristaleras y, por la megafonía, descubrimos que ocuparíamos la nave que procedía de Londres.

En la misma sala de embarque estaba la de desembarque. Un policía nacional de barriga prominente y pelo canoso se plantó en la salida de la pasarela del avión, a puerta gayola. Con los brazos cruzados observaba a los pasajeros que regresaban de Inglaterra.

De golpe, ¡qué mala suerte!, un hombre con aspecto indio o paquistaní, bien vestido pero con la piel, mala pata, más oscura de lo normal.

-¡¡¡¿Español?!!!

El turista, acongojado por tal recibimiento, casi levanta las manos. De malos modos, el policía le señala a voz en grito que se aparte del resto de pasajeros. Y con el mismo tono le da un papel y le dice, por supuesto en español, que lo rellene.

Siguió como un bulldog con los brazos cruzados olisqueando por si acaso se le escapaba otra persona que, tal vez, maquillara su piel con polvos blancos.

Qué vergüenza.

domingo, enero 23, 2011

Lujo

Son muchas las experiencias personales que me hacen llegar a la reflexión aparentemente contradictoria de que el lujo es solidario, sano para el desenvolvimiento de la sociedad, beneficioso como equilibrador de nuestro injusto mundo.

Hay listas de multimillonarios que van publicándose cada cierto tiempo. Hay, del mismo modo, gente con mucho dinero a nuestro alrededor, en nuestras ciudades, minoritarias, sí. Gente que no va a ir regalando su capital, ganado limpiamente (o no), heredado, construido de la nada o de la suerte, del empeño, el esfuerzo o la mala leche, de la ambición desmedida o del espíritu emprendedor y currante.

Pero existen y, en su mayoría, como corresponde al ser humano por norma general, no van a compartirlo en beneficio de los que no tienen ni la milésima parte de su capacidad económica.

El capitalismo es ley de vida, desgraciadamente. Seguramente el sistema más justo dentro de la injusticia que significa buscarse la vida y progresar.

El lujo crea muchísimo empleo. Un restaurante con estrellas michelín tiene una cocina con decenas de empleados. Del mismo modo que Ferrari, Prada o Sheraton, que consiguen hacer 'chiribitas' los ojos de quien tienen dinero para gastarlo.

A mí me gusta que en mi ciudad se abran nuevos hoteles de cinco estrellas, que lleguen nuevos restaurantes y boutiques de alto nivel, que se organicen jornadas para discutir del sexo de los ángeles entre sibaritas de los cuatro extremos del globo terráqueo.

Quienes hemos vivido en Francia sabemos que la cosmética o la alta costura crean miles y miles de empleos.

Si la sociedad no ofreciese esos 'alicientes' apetitosos la avaricia haría enterrar mucha riqueza en tumbas de mármol de Carrara mientras el resto de mortales siguiera echando monedas en un tarro para ir quitándose una nueva tarjeta Visa con la que llegar a fin de mes.

Que disfruten de la vida, claro que sí, creando riqueza.

¡Viva el lujo!

jueves, enero 20, 2011

Fanfarrón

Es difícil admitir que un país culto, milenario, luminoso y vital como es Italia esté gobernado por semejante mamarracho, putero, homófobo, prepotente, facha, inculto, desvergonzado, mafioso despreciable.

¿Dónde está la Italia renacentista?

¿En qué lugar se oculta la cuna latina de nuestra civilización?

Parece que tenemos que resignarnos a pensar que ese país va a la deriva, que no hay solución a esa grotesca deriva de parlamento vendido a estrellas de una televisión servil.

¿Qué hace que una sociedad preparada se arrodille ante semejante personaje?

Se le ríen las gracias a este viejo verde que se acuesta con jovencitas menores de edad a las que paga en sobres con la inscripción de 'ayudas familiares'.

Añoro una Italia que no sé si existe. Una Italia que demuestra, una vez sí y otra también, que no es capaz de sacudirse la caspa, que está dominada a partes iguales por Berlusconi y la curia vaticana.

martes, enero 18, 2011

Tiempo y vida

Tuve la suerte de recibir una invitación para asistir, dos personas, a un homenaje a Saramago ayer lunes.

Era en el teatro de la Maestranza. No sabía más.

Invité a todas las personas que pensé interesadas en mi querido escritor portugués. Todo el mundo tenía planes, o pereza, o trabajo, o excusas.

No pensé en mi amor porque creí que no le interesaría un acto de varias horas acerca de un personaje del que no había leído nada.

Habló Paco Lobatón, habló el presidente de la Junta, habló su viuda, Pilar del Río, habló Agustín Almodóvar y Miguel Gonçalves, productor y director respectivamente de la película, 'José y Pilar', que nos proyectaron a continuación.

Dos horas deliciosas de proyección centradas en la vida amorosa, personal e íntima de este pensador, erudito, irreverente y humanísimo Saramago.

El corazón no me cabía en el pecho escuchando la visión del ser humano de esta persona íntegra, honesta, ejemplar.

Su pesimismo vital se relativizaba oyéndole hablar. Su amor por Pilar le hacía entrañable.

La película trazaba un recorrido de 4 años, paralelo a la construcción de su última novela, 'El viaje del Elefante'. Un viaje de Portugal a Austria de un elefante que es regalado a un rey en tiempos pasados y cuyas patas fueron transformadas en un lujoso paragüero por la monarquía austríaca.

Tras una grave enfermedad que estuvo a punto de hacerle morir antes de terminar la novela, José Saramago presenta al mundo su obra recién publicada en la ciudad de Sao Paulo.

Entonces recuerda, delante de un auditorio entregado, una pregunta que le hicieron no mucho tiempo atrás.

'Pero usted, ganador del Premio Nobel, traducido a ciento y pico idiomas, reconocido en todo el mundo... ¿qué ilusiones más le quedan?'

Saramago respondió:

'Tiempo y vida', 'tiempo para vivir mi felicidad junto a Pilar'. 'Vida para vivirla junto a ella'.

Yo acariciaba los muslos de mi amor, henchido de felicidad.

Arrepentido de haber ofrecido esa invitación a nadie más.

lunes, enero 17, 2011

Bosnia-Herzegovina

Acababa de tener una reunión con mi equipo de trabajo en la fábrica, estábamos a un par de horas para comenzar las vacaciones de Navidad y, en la puerta de mi despacho y con gesto casi militar, me di de bruces con un señor mayor, vestido gris de faena, chamarra de trabajar en el exterior y una gorra en la mano.

-¿Señor Salvador?

Lo saludé con una sonrisa, esperando que no hubiese ocurrido ningún 'marrón técnico' a falta de un rato para dejar el trabajo por unos días.

-Verá, soy Walter, el jardinero de la fábrica.

Tenía acento andino, y cara de serlo también. Llevo más de quince años trabajando en la fábrica y no se me había pasado por la cabeza que existiese un jardinero. De hecho, tenía la sensación de ver a ese hombre por vez primera.

-Es que quiero regalar a una hija su novela este día de Navidad y no la encontré en las librerías que busqué.

Me quedé de piedra. No sólo no tenía ni idea de quién era él, que seguramente pasará a mi lado decenas de veces durante el año, sino que además él sabía quien era yo y, aún más, estaba interesado en mi novela.

-Espere un momento. Dígame cómo le puedo localizar.

Llamé urgentemente al editor, me dijo las librerías donde lo tenían en ese momento, con seguridad, en existencias y cogí el coche.

Un rato después busqué a Walter para entregarle el libro.

Entonces él me contó que era de Cuzco y me habló de su ciudad, de su familia allí.

Yo fui contando a colegas de la fábrica lo que me había ocurrido y, como compinchados, todos conocían perfectamente a Walter el jardinero.

Qué desazón estar tan poco atento a las personas que tengo al lado.

Como bien dice quien bien me quiere:

Salva, es como si vivieses en Bosnia-Herzegovina.

viernes, enero 14, 2011

Takiripinti

Takiripinti es la palabra que yo mantengo en el recuerdo, aunque no hay más que mirar en un traductor para comprobar que está deformada por el paso del tiempo.

El viaje en tren entre Haparanda, en la frontera norte con Suecia, y Helsinki había sido largo. Francis y yo llevábamos semanas viajando, muchas latas de conserva entre pecho y espalda, y ésta última medio jodida de tanto dormir en el suelo de los campings. Tendríamos no mucho más de veinte años.

La llegada nocturna a la capital finlandesa fue movida. En el trayecto en tren nos habíamos peleado por alguna tontería y viajábamos cada uno en un vagón. La necesidad hizo que nos uniéramos para buscar un sitio donde dormir.

Él hizo migas con un anciano francés, que se nos encalomó en busca de un sitio donde acampar en las afueras de la ciudad. Tras tomar un autobús llegamos a un sitio fuera de cualquier civilización. El viejo olía a alcohol y a Francis no se le ocurrió otra cosa que ofrecerle nuestra tienda de campaña para compartirla.

Pasé toda la noche oyendo las tripas del viejo y alaridos de perros maltratados, que resultaron ser gaviotas para el urbanita que esto escribe.

Amanecimos, esa mañana de verano nórdico, en un paisaje verde muy cercano al mar.

El viejo desapareció, quizás por mi falta de cariño.

Francis y yo nos duchamos, nos pusimos guapos y nos lanzamos a conquistar Helsinki por vez primera.

Descubrimos una parada de autobús y una chica rubia, Saana, con unos walkman. Le preguntamos cómo llegar a la ciudad y ella se ofreció a acompañarnos.

Me llevé años escribiéndome con Saana. ¿Cómo podría volver a localizarla? ¿Cómo localizar a tanta gente perdida por el camino?

Ella era profesora de francés y eso me permitió chapurrearlo con ella.

El autobús llegó a su última parada y la seguimos por una boca de metro. El vagón se iba llenando conforme nos acercábamos a la ciudad con gente cada vez más rubia y alta. Saana hablaba y hablaba...

En un momento dado, con la charla, ella puso cara de preocupación. ¿Nos habremos pasado de estación? Gente tan alta a nuestro alrededor nos impedía ver en qué lugar estábamos.

'Don't worry, Saana'.

Me escabullí entre la gente cuando el metro paró y memoricé el nombre de la estación. Entré de nuevo en el vagón y le grité.

'¡We are in Takiripinti!'

No se me olvidará la risa colectiva del vagón.

'That is Don't smoke!'

lunes, enero 10, 2011

Ridículo

Se asoman a una pantalla de vídeo, encapuchados y con una boina encima, para perdonarnos una vez más la vida.

Tal vez pensarán que es fácil olvidar al abominable De Juana Chaos y sus veinticinco asesinatos, que borraremos de nuestra memoria a las víctimas de Hipercor, o las matanzas de Zaragoza o Vic, la indescriptible crueldad insoportable que supuso la cuenta atrás de Miguel Ángel Blanco.

Yo tomaba unas copas por el centro de Sevilla a pocos metros de donde, sin piedad y como salvajes, unos pistoleros apuntaron en la nuca de Alberto Jiménez Becerril y su mujer, dejando tres niñas huérfanas. Tal vez oí los disparos como silbidos.

A unos bloques de mi casa, una tarde-noche que volvía del trabajo, me encontré calles cortadas y helicópteros sobrevolando en busca de quienes se habían presentado en la consulta del doctor Cariñanos para plantarle un tiro en la cabeza.

Me considero una persona abierta, dialogante, de izquierdas, defensor de una España federal, en que cada pueblo pueda ir eligiendo su destino. Doy pruebas de mi amor por el País Vasco visitándolo, cultivando mis amistades en esa tierra, vendiendo las maravillas de ese país singular, personalísimo.

Sé que llegará un momento en que la sociedad española, civilizada y democrática como es, tendrá que dar ejemplo de bondad para cerrar esta herida sangrante de criminales que, si no fuese por los 850 muertos a sus espaldas, ¡850 muertos!, darían risa con sus indumentarias ridículas y su pretendido tono solemne que sólo suena a irrisorio.

No hay olvido.

sábado, enero 08, 2011

La parte negra

Cada vez menos, ésa es mi esperanza, pero los españoles de esta generación hemos nacido educados en una cultura excesivamente severa en cuanto a nuestras exigencias personales, donde el sentido del pecado tomaba un cariz de maldición y en el que el tamiz del remordimiento lo impregnaba casi todo en lo que a nuestras conductas de vida respecta.

Ha estado mal visto airear nuestras limitaciones, desconsuelos o complejos. Mostrar debilidades, expresar dudas respecto a nuestro lugar en el mundo.

Se nos educa para ser fuertes sin darnos las herramientas para ello.

Y muchos nacen fuertes, sí, pero por el camino se van quedando muchos, gente cercana, que se encierran en su caparazón de impotencia por no haber tenido los estudios, la pareja, el cuerpo, el trabajo o la gracia al hablar que se esperaba de ellos.

En la soledad nos encontramos a nosotros mismos, y todos tenemos nuestras miserias, sanas de curar en soledad, sí, pero no siempre.

Todos tenemos nuestra parte negra. Vicios, miedos, angustias, complejos y frustraciones que rumiamos en silencio.

Mi futura sociedad deseada será aquélla en que se destapen esas alcantarillas personales que creemos malditas y nos demos cuenta, entonces, que nuestra miseria no lo es tanto ni estamos tan solos en el mundo.

martes, enero 04, 2011

Madina

Mal que me pese a veces, soy un defensor de la clase política.

Lo fácil es la crítica, pero es cierto que los países, regiones, ciudades y organismos internacionales deben ser dirigidos para que el ser humano pueda integrarse, mediante leyes, obligaciones fiscales, derechos sociales.

A la vista de los años de crisis que padecemos, parece que una condición para ser político, independientemente de ideales, es la licenciatura en Económicas. A ser posible con un máster.

Todo es y se reduce a la Economía. Esa ciencia inexacta de la que tanto hemos aprendido a base de ver subir y bajar nuestra hipoteca, ver congelados los salarios, cuando no bajados o, simplemente, tras comprobar cuántos a nuestro alrededor van perdiendo el empleo o cómo la vida se va haciendo más incierta para los más jóvenes.

¿Qué libertades ofrecen los dogmas económicos? ¿Dónde se integrarían ahí los ideales? ¿Deberíamos estar gobernados por tecnócratas que sepan jugar con nuestros impuestos con la precisión de un campeón de tetris?

Eduardo Madina es licenciado en Historia Contemporánea y tiene una pierna menos por una bomba-lapa de ETA.

Es suficiente escucharle para saber que yo quiero políticos que crean en el ser humano.

Y él, inmerso en el aparato del PSOE, de un PSOE que se descalabra, mantiene la dignidad de su discurso a pesar de que a veces, muchas, tendrá que tragar quina ante los vaivenes a los que, seguramente sin remedio en la mayoría de los casos, se ve obligado a someterse su partido.

¿Tenemos que rendirnos a una política dirigida por los 'mercados'?

Yo pienso en Eduardo Madina, en su dignidad y su pasión por la política con mayúsculas.

domingo, enero 02, 2011

EBTG

Dormía una de mis queridas siestas en la cama, en casa de mis padres. Por la habitación donde dormía y la disposición de los objetos, que recuerdo como si fuese ayer, averiguo que ya estaba en época universitaria y mis hermanas habían abandonado el nido familiar.

En medio del sueño se mezcló una canción y quedé tan impactado por esa voz penetrante, la melodía suave, la letra, en lo que podía entender... que conseguí salir del sueño y llegar al final del tema, ya en el mundo de lo real, para anotarlo.

The language of life.

Esa canción llegaba para mí desde Londres y el grupo se llamaba Everything but the girl.

Soy muy pasional, y novelero, y cualquiera que me conoce bien sabe que flipo con el chocolate blanco, leo siempre a Paul Auster, sufro con el Betis y adoro a Everything but the girl (EBTG).

Empecé a comprar todo de ellos, desde el principio de los tiempos. Las letras eran brutales, las canciones, con un toque electrónico, incapaces de no gustar.

Un día, henchido de emoción tras comprar su último disco, me decidí a escribirles como si fuera un quinceañero. Les conté el porqué de mi adicción a ellos en un pobre inglés.

Everything but the girl, 'todo menos la chica'. Se pusieron ese nombre porque su estudio de grabación estaba frente a una tienda que vendía regalos de boda, te vendían 'todo menos la novia'.

Un día llegó mi padre con el correo. 'Niño, tienes una carta de Londres'.

Glups...

Tracey Thorn y Ben Watt me escribían una carta manuscrita para decirme que un día les gustaría venir a mi hermosa ciudad para cantar para mí.

No sé hasta qué punto esa carta influyó en mí, pero es cierto que me impactó enormemente en una época en que yo andaba perdido por la vida. No la carta en sí, no el mensaje, sino el saber que todo era posible.

Que yo existía.

Cuando pienso en acometer nuevos retos siempre pienso en EBTG. No sé si algún día tocarán para mí, pero si sé que si no les hubiese escrito nunca habría recibido esta carta desde Londres. Para mí...

The language of life.