Celebrábamos un bautizo y él se me acercó:
─Borete, estás muy delgado. Te convendría hacer deporte, socializar, no estar todo el día encerrado en casa haciendo deberes.
Yo lo miraría con mezcla de pánico y súplica. Pánico por lo que pudiera proponerme, súplica por que me lo propusiera. Necesitaba que alguien me sacara de mi agujero.
A la semana siguiente ya estaba entrenando, ¡todas las tardes!, en un club de remo. Anchoa, íntimo de mi tío, sabía qué hacer conmigo.
Tenía que coger un autobús, plantarme allí, sufrir lo más grande con ejercicios espartanos que no había practicado nunca.
Estaba naciendo otra persona en mí.
Mi tío Yiyi, ¡cómo lo echo de menos!, me salvó.
No hay comentarios:
Publicar un comentario