Apenas estuvimos un rato, la música sonaba altísima, proyectaban un partido de béisbol y Pablo me explicaba las reglas.
Nos costó llegar a ese barecillo de Tokio, en pleno barrio de Ginza, y nos echó para atrás comprobar que dejaban fumar dentro, algo impensable hoy en día.
El caso es que nos pedimos un gintónic. Y dos. El caso es que escuchaba las explicaciones sobre el bateador y el que corría tras la pelota, sin entender ni angustiarme por no entender. Yo ejercía de periscopio asomado a las cabecillas de japonesitos que bailaban rock.
No sé por qué, de vez en cuando vuelvo al 300, ese pub japonés lleno de humo, y me recuerdo absolutamente feliz.
Tenemos todo el derecho del mundo a idealizar nuestro pasado. A agarrarnos a él. A manosearlo.
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