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martes, julio 29, 2025

300

Apenas estuvimos un rato, la música sonaba altísima, proyectaban un partido de béisbol y Pablo me explicaba las reglas.

Nos costó llegar a ese barecillo de Tokio, en pleno barrio de Ginza, y nos echó para atrás comprobar que dejaban fumar dentro, algo impensable hoy en día.

El caso es que nos pedimos un gintónic. Y dos. El caso es que escuchaba las explicaciones sobre el bateador y el que corría tras la pelota, sin entender ni angustiarme por no entender. Yo ejercía de periscopio asomado a las cabecillas de japonesitos que bailaban rock.

No sé por qué, de vez en cuando vuelvo al 300, ese pub japonés lleno de humo, y me recuerdo absolutamente feliz.

Tenemos todo el derecho del mundo a idealizar nuestro pasado. A agarrarnos a él. A manosearlo.

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