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lunes, junio 28, 2010

Alegría de vivir

No siempre somos conscientes ni sabemos valorar a las personas que tenemos alrededor. Y me refiero en este caso a aquéllos que infunden una energía continua, una sonrisa eterna y ganas de vivir.

A través de mi pareja tuve la suerte de conocer a Isaac, un gaditano nacido en Cataluña, o un catalán de San Fernando, explosivo, vividor, entregado y fiel.

En esta vida complicada, de la que somos expertos en complicárnosla aún más, encontrar quien siempre responda a una llamada es ya un motivo pleno de satisfacción, pero aún lo es más cuando tras esa respuesta se encuentra un talante sonriente.

Como suele ocurrir con las personas buenas, tras la fachada de sonrisa fácilmente visible aparecen con el tiempo valores mucho más consolidados. La generosidad es una de estas virtudes en él, material y humana. Y la generosidad suele venir acompañada de un corazón noble.

Isaac ha sabido cuidar de los suyos sin pregonarlo, convirtiéndose en el centro de su familia, en base sólida, raíz fuerte donde agarrarse.

Pocas veces, tras esa sonrisa, ha dejado escapar un mal día ni un gesto desabrido; aunque los que lo conocemos sabemos interpretar entre líneas sus inquietudes y miedos.

Tener personas como Isaac al lado produce un reconfortante placer. El de saber que tienes como amigo a alguien que nunca te va a fallar.

viernes, junio 25, 2010

Claret

Nací en una familia de clase media, éramos cuatro hermanos y nos matricularon desde parvulario en colegios religiosos, de curas, el Claret, David y yo, y de monjas, las Irlandesas, Mónica y Raquel.

En todo ello influirían dos hechos, la cercanía de los 'coles' a nuestro barrio y la religiosidad de mi madre.

En cualquier caso significaba por entonces un importante desembolso económico. Cuando llegué al Bachillerato mis padres me propusieron ir a un Instituto Público, que además era conocido por su calidad educativa, el Herrera. Yo me negué en redondo. En el Claret tenía a mis amigos del alma y suponía un drama dejarlo todo y empezar de cero, en esa época de la vida en que todo se magnifica.

El caso es que poco a poco me daba cuenta que mi mentalidad no casaba con unos compañeros que venían de familias muy de derechas, pronto decidí que no creía en Dios y mi mundo futuro no podía ser ése.

El paso del tiempo me demostró que, efectivamente, mi visión de la vida no coincide en absoluto con la que se me adoctrinó por entonces.

Recuerdo, incluso, la tristeza con la que muchos vivieron la derrota de Tejero en el famoso Golpe de Estado del 23-F.

Ahora me tengo claramente por una persona alejada de dogmas, de banderas, patrias y hermandades religiosas.

Sin embargo, hace algo más de un mes recibí un correo de la que fue mi promoción del Claret. Hace la friolera de 25 años que terminamos los estudios y proponían un encuentro para volver a vernos.

Ese correo me sirvió para volver a contactar con antiguos 'compas' de los que sí guardaba buen recuerdo: Jose, ahora médico en Badajoz, Gonzalo, arquitecto, Enrique, trabajando en una compañía de seguros y con dos niños, Francis, con el que quedé en tomarme una cerveza en unos días y que me contará si terminó definitivamente su carrera de abogado.

Tuve claro desde el principio que no iba a ir, pero eso no impedía un remover de tripas imaginando esa escena de verlos tanto tiempo después.

El encuentro, por lo que sé, fue un éxito rotundo. Yo no estuve.

Sé que los años no tienen vuelta atrás, que nadie arrancará mis años de infancia y adolescencia en el Claret, que ni siquiera quiero que lo hagan, porque esa experiencia conforma lo que hoy soy.

Me emociono en la distancia viendo fotos colgadas en redes sociales de esos niños que fuimos en épocas que, por encima de todo, fueron dulces.

lunes, junio 21, 2010

Pena de morir

Saliendo del trabajo el viernes, con toda la alegría del comienzo del fin de semana, camino de una cerveza fresquita con la familia y con un sol luminoso alegrando el mediodía, la radio me anunció la muerte de un ser querido. Había fallecido un hombre bueno. José Saramago.

De él sé más de su persona que de su obra, de la que quedé impactado por 'Ensayo sobre la ceguera'. En cambio, cada declaración suya, cada cita que leía de él era una lección de humanidad.

Su continuo recuerdo a las muertes por hambre en el mundo, una cada cuatro minutos, decía, su desprecio a los especuladores, a los corruptos, su amor a las cosas sencillas.

'Si tuviera la oportunidad' -decía en un extracto radiofónico de ese mediodía de viernes que se volvió triste-, 'si tuviera la oportunidad, pediría vivir, vivirlo todo, desde el principio, incluidos los dolores y la amargura de la vida. Pediría vivir'.

Duele que un hombre con un espíritu tan noble, sin dobleces, tan comprometido con su sociedad, sea vilipendiado el día de su muerte por la iglesia católica. ¿Duele o satisface?. Pensándolo bien quizás me satisfaga saber que esta iglesia que conocemos vaya quedando tan atrás. Saramago no podía ser feliz pensando en las muertes de cada cuatro minutos, en el desasosiego de los desamparados... mientras la iglesia, la oficial, burocrática e insensible, se preocupa de criticar a este hombre íntegro al morir.

Yo estoy contigo, Saramago, aunque no estés. Aunque tu materia ya no sea más que cenizas y tú pensases que a esta hora ya eres nada, la Nada con mayúsculas.

Personas como tú dan sentido a esta vida inentendible, porque con tu palabra y sensibilidad hiciste lo posible por descifrar las claves, por dar coherencia al comportamiento humano y trazar un camino.

No olvidaré la frase que nos transmitiste, dicha por tu querida abuela allá en el pueblo cuando ella veía la vida escapársele con noventa años:

'La vida es tan hermosa. ¡Qué pena de morir!'

sábado, junio 19, 2010

Palabras terapéuticas

El otro día por poco me atropella un motorista, en un gesto imprudente por su parte, al girar una esquina por el centro de Sevilla mientras paseaba.

Mi primer impulso fue mandarlo a freír gárgaras. Pero el chaval se frenó y me pidió perdón.

Es impactante como una palabra dicha en el momento oportuno produce un efecto inmediato de relajación ante un arrebato de ira.

De la misma forma desarma, en otras circunstancias, un gracias. Recuerdo haberme enfrentado a situaciones comprometidas en que, por parte de alguien cercano, se me pedían favores difíciles de conceder. O porque era dinero cuando no tenía, o porque implicaba renunciar a planes ya programados, o porque suponía acudir a lugares no del todo deseados.

Aún así, cuando el esfuerzo estaba hecho, un gracias era suficiente moneda de pago. Cuestan muy poco, apenas medio segundo cronometrado y un movimiento de boca que no supone esfuerzo.

Perdón y gracias.

domingo, junio 13, 2010

Frivolidad

Hay una canción de Fangoria que acaba diciendo '¡Viva lo superficial!', y hay veces, no demasiadas, en que pienso que la clave del saber vivir está ahí.

No lo pienso porque sea una persona infeliz, ni porque carezca de sentido del humor, ni por tener una visión trágica del sentido de la vida. Creo.

Lo pienso, en esos momentos de debilidad, porque entiendo la frivolidad como virtud. Y de esa virtud carezco.

Rechazo comparar frivolidad con divertimento, del mismo modo que me declaro absolutamente una persona no aburrida, por muy poco frívolo que sea.

Pero la escasez de esa virtud, que sin duda lo es tener un componente notorio de frivolidad, hace que me resulte atractivísima la gente que sí posee esa capacidad para reírse del mundo, de sí mismos, para no tragar saliva con comentarios en apariencia hirientes.

Tal vez sea una de las razones, sin duda no una razón principal, por las que estoy con mi pareja, por esa enorme capacidad de reírse a carcajada limpia. Tan sana, tan abierta, una risa tan de dentro, sin complejos ni miramientos.

El otro día lo hablaba con Nuria, una mujer hecha y derecha, guapísima, culta, con una vida estable y devoción por su familia, pero que no tiene tapujos para hablar de... para hablar del mundo y reírse de él.

No hay mejor antídoto contra la susceptibilidad que tener un alto componente frívolo.

Siempre hay que estar dispuesto a aprender lecciones.

¡Viva la frivolidad!

sábado, junio 12, 2010

El móvil

Recuerdo haber visto el primer móvil a Rafael Abascal, antiguo novio de mi hermana Raquel, organizador, por entonces, de conciertos. Tenía autonomía de minutos, dimensiones de casi caja de zapatos y una batería pesadísima.

Mi primer móvil lo recibí en el trabajo. Era una forma de tenernos localizados entre tantas máquinas y líneas de producción. Supuso, sin duda, un impulso a la productividad, con horas perdidas en transmitir informaciones importantes en un ambiente industrial donde el minuto siempre cuenta.

La sensación más impactante la recibí cuando, hace tantos años, paseando por las playas de Cádiz, en una zona alejada de toda población, mi amiga Bárbara me llamó. ¿Me gustaba esa sensación? De pronto veía que el mundo se hacía extrañamente abarcable, ya imaginaba chips en los brazos para tenernos a todos localizados.

Fui de los reacios a cargar con él si no fuese imprescindible, pero poco a poco fui entrando en la dinámica de llevarlo siempre conmigo.

En un viaje de fin de año que pasamos varios amigos por la Sierra de Cádiz, nos hicimos una buena escalada para llegar al cerro de los Buitres, muy cerca de Ubrique. En todo lo alto de ese risco, sin huellas de civilización por ningún lado, hubo un momento que había más gente hablando por el móvil que en silencio.

Ayer estuve en una boda y decidí dejarlo en casa, pero mis manos rebuscaron en los bolsillos toda la noche, sin esperar llamada ni desear contactar con nadie, porque todo mi interés en ese momento estaba en disfrutar de mis amigos.

Intento, a pesar de todo, no llamar por llamar para no tener nada que decir; aunque entiendo que es un artefacto muy útil, quizás engañosamente, para calmar un poco la soledad de quienes no la han elegido.

viernes, junio 11, 2010

Escribir

Ayer tuve la oportunidad de pasar un día feliz, redondo.

El día tenía todas las papeletas para ofrecerme esa posibilidad de satisfacción personal: culminaba, aunque ahora empiece lo más duro, la trayectoria comenzada hace más de dos años con la presentación en sociedad de mi quinta novela; lo hacía, además, rodeado de gente que me aportaba tanto cariño que me desbordaba; y, por si fuese poco, me acompañaban en el acto en sí de presentar el nacimiento de la criatura tres personas entregadas con la historia.

Un rato antes, tomándome un batido de chocolate en casa mientras hacía tiempo para enfrentarme a entrevistas y al acto de la presentación en sí, me pregunté por qué.

¿Qué me aporta escribir?, ¿hasta qué punto quiero conectar con potenciales lectores?, ¿qué quiero contar?, ¿por qué meterme en estos embrollos?

Una de las respuestas la podría encontrar sin duda en la calurosa acogida que me ofrecieron un rato después, pero yo trataba de encontrar una explicación más íntima.

¿Por qué el escribir?

Hay muchas teorías sobre el acto de la escritura, que van desde la inseguridad y la necesidad de autoafirmarse a sobrevaloraciones del ego, pasando por todas las etapas intermedias, que incluyen la humildad de tratar de compartir una visión del mundo o la necesidad casi terapéutica de comunicar para quien no es ducho en otros mecanismos más simples y directos.

Pero en mi caso, ¿cuál es mi motivo?

Mi primera respuesta vendría dada por la posibilidad de estructurar mi interior que me ofrece la escritura. Cuando trato de imaginar bien una larga historia compleja, o bien una frase corta dentro de un párrafo concreto, me obligo a mover fichas que de otro modo, sin un bolígrafo o un ordenador, no estarían disponibles. La inmediatez de las conversaciones o la abstracción de los pensamientos se pierden en el tiempo y se difuminan en nuestra memoria. Tratar de atraparlo en un papel es una forma de asentar teorías, instintos, sensaciones. Es, en mi caso, mi manera de abarcar mi mundo.

La segunda explicación tendría que ver con el hecho de compartir el resultado de esos escritos. ¿Cuánto hay de vanidad? No lo sé, ¿qué parte de inseguridad?, ¿hay algo de búsqueda de afecto?

Es aquí donde encuentro más dudas para responder, porque quizás haya un poco de todo.

¿Qué me hace inventar una historia, toda una maraña de personajes y enfrentarlos a conflictos cruzados?

En el largo recorrido de la humanidad a través de los tiempos siempre ha habido contadores de historias.

Es entonces cuando encuentro la respuesta.

Escribo porque hay personas ávidas de leer, de conocer el mundo desde otros ojos, con otros colores y distinto corazón.

Yo, como lector, me doy entonces la respuesta al yo escritor.

lunes, junio 07, 2010

Mentir con sinceridad

-Mañana nos tomamos un café y me lo cuentas.

Y te quedas esperando a que te coja el teléfono al día siguiente para el café.

-Este jueves organizo una cena en casa. Os venís vosotros y os traéis a quien os apetezca. No traigáis vino, ni postre, me basta con vuestra presencia.

Pero desde el miércoles no da señales de vida el organizador de cenas.

-Este verano nos pasamos a visitaros a vuestro apartamento.

¿Quién venía a vernos que nunca vino?

-Me voy a Alicante esta semana, vuelvo el jueves. El jueves te llamo.

El jueves me llamas... querrás decir que a partir del jueves ya estás en Sevilla.

-Eres un tío muy especial. Contigo se puede hablar de cualquier cosa, estás en el mundo, nunca fallas. De mí, lo que necesites.

Me cuelga el teléfono y no devuelve la llamada.

-¡Me siento tan sola!, necesitaría pasar un fin de semana contigo en la playa.

Sí, ok, lo entiendo, has ligado, no, no te preocupes. Estoy bien en la playa a solas.

-Eres encantador.

¿Quién?, ¿yo?, ¿quién anda por ahí?...

-Te prometo que...

Miénteme con total sinceridad, que yo sigo aquí. No sé por cuánto tiempo.

sábado, junio 05, 2010

El ojo del huracán

Hay veces en la vida de uno que hay que saber encontrar el momento para decir lo importante que es para nosotros la persona amada.

Recuerdo una película de primera sesión, cuando sólo había dos cadenas y nos quedábamos en el salón viendo la película que ponían los sábados después de comer. No le sé poner el nombre a la película. La recuerdo en blanco y negro. En una de las escenas finales, con un pequeño barco ingobernable en medio de un gran huracán, la mujer se acerca a su marido, desesperado por controlar la nave, y le pide que le diga que la quiere. El marido, agresivo, la aparta. 'No es momento para eso'.

Mi padre, desde el sofá, gritó en alto: 'si no se lo dices ahora, ¿cuándo se lo vas a decir?'

El barco se hundía.

El 99,99% de las veces no hay ningún barco hundiéndose, pero sí señales que hacen recomendable pedir un gesto de amor o darlo.

Estas necesidades no entienden de amores consolidados o cogidos con alfileres. Se necesitarán con mayor o menor frecuencia, pero las muestras de amor hay que darlas, de forma directa, mirando a los ojos y acariciando.

Te quiero.

viernes, junio 04, 2010

Todo está dentro

Esta frase se la escuché hace poco a 'La Mala Rodríguez', imagino que ante la pregunta del origen de la temática de sus canciones. La rapera, muy gestual, se tocaba las sienes, el pelo para decir que todo lo que nos preocupa, nos aterra, atrae o condiciona está dentro de nosotros mismos.

Dejando a un lado la espiritualidad o no, el alma o el cerebro, no puedo estar más de acuerdo con ella. Todo está en nuestro interior.

Las relaciones humanas, las crisis económicas, los enfados familiares, los enamoramientos... todo parte de nuestro interior.

Pasan cosas porque así las interpretamos individualmente cada uno de nosotros.

Paisajes hermosos lo son porque así lo hemos decidido desde nuestro prisma humano.

Vamos transmitiéndonos códigos aprendidos a través de la educación, el contacto, la amistad, la lectura.

La realidad, en cambio, es una, íntima, para cada ser humano.

Pasamos la mayor del tiempo cada uno con nosotros mismos. Mirándonos al espejo cada despertar vamos viendo ese cuerpo que nos acompaña desde siempre, en coche para ir al trabajo vamos dándole vueltas a nuestras preocupaciones, paseando hacemos proyectos de vida, cocinando, de pronto, nos acordamos de nuestros días de infancia en la playa. Acostados en la cama, cualquier noche nos despertamos adormilados para mirar el techo y pensar en algún ser querido. Tomándonos una copa con un gran amigo, por dentro estamos pensando en qué mal o qué bien está orientando su vida.

Comunicamos una mínima parte de todo el tiempo que pasamos por la vida.

Si valorásemos en su justo término ese placer que supone establecer cauces con otros seres a los que queremos, seríamos un poco más felices.

Recibimos y emitimos señales, llegamos incluso a momentos de felicidad extrema que no cambiaríamos por nada.

Pero no dejamos de ser seres únicos e indivisibles, con ricos mundos interiores, que todo lo importante lo filtran en su interior, íntimo, difícil de compartir.

Sí, todo está dentro. Asumirlo es una buena terapia para querer más y mejor.

martes, junio 01, 2010

Horas de más

En los tiempos que corren, este mes mi fábrica ha contratado a 70 nuevos operarios.

Hace unas semanas, pude leer en El Correo de Andalucía una entrevista a José Domínguez Abascal, un antiguo profesor de la Escuela de Ingenieros que actualmente trabaja como directivo para Abengoa, empresa líder en energías renovables en nuestra ciudad, creadora de puestos de trabajo de calidad y fuente de ingresos destacadísima para nuestra sociedad.

En esa entrevista, Abascal hacía un canto a la responsabilidad del directivo para luchar por proyectos, por aumentar la productividad, por potenciar la calidad en el trabajo al mismo tiempo que definía como muy hermoso su oficio.

En mi empresa hay determinados miembros del equipo de Dirección, y pienso especialmente en una persona, que echan más horas en la fábrica de las asumibles por cualquier persona que quiera conciliar un mínimo de vida familiar. A las seis ya está trabajando, come allí y no se va antes de las ocho de la tarde.

No lo envidio ni considero que ésas sean formas de llevar una vida, pero en cambio sé apreciar la importancia que tiene el sacrificio de esa persona para que 70 jóvenes sevillanos firmen el que seguramente sea su primer contrato laboral.

Detrás de cada trabajador que transporta piezas de un lado a otro, que gestiona un almacenillo, que repara motores o que limpia los pasillos de una fábrica de caja de cambios hay un esfuerzo abnegado de personas como ésta que, para más inri, no pierde nunca la sonrisa de la boca ni las ganas de ayudarte cuando le pides consejo.

Sé que gracias a él, entre otros, Renault concedió la fabricación de una modernísima caja de cambios a la factoría de Sevilla. Esto viene a suponer entre 300 y 400 empleos estables en una ciudad que está atrasada en términos productivos. Las cuatro mil cajas de cambio diarias que producimos equipan a cuatro mil coches diarios, que se venden mayoritariamente en el extranjero.

Es una corriente de dinero fresco que entra en casas de familias trabajadoras de forma casi directa.

Observo a este hombre interesarse por cada tema con la misma ilusión del primer día y me digo que no le envidio, ni considero que su vida sea un modelo en el que proyectarse... pero valoro lo que él aporta, con alegría, a nuestra sociedad más cercana.

domingo, mayo 30, 2010

Gente rara

El pasado viernes tuve el honor de participar como invitado en una mesa redonda para hablar de 'Manhattan por el retrovisor', un muy recomendable libro de relatos de José Luis Ordóñez.

En la tertulia, otro de los invitados, José Carlos Carmona, estuvo impecable cuando comenzó a hablar sobre Nueva York.

'Admiro Nueva York por ser una ciudad que concentra en tan pocos metros cuadrados tantos millones de personas'.

El razonamiento lo continuaba apoyando en que, por pura estadística y por la historia reciente de la ciudad, Nueva York está llena de gente rara.

Gente rara que te aporta precisamente la diferencia.

En Sevilla, decía, la gente es demasiado igual, somos bastante similares entre nosotros. Cada persona es un mundo, sí, pero hay demasiados lazos que nos unen, tradiciones que nos encorsetan en cierto modo.

Pero Nueva York tiene todo tipo de seres humanos. Decía que, en uno de sus últimos viajes, en la barra de un bar, había conocido a un tipo que trabajaba como Jefe de Marketing de una empresa de caballos de pura sangre. Él, como director de orquesta (otro raro...) estuvo planteándole una sinfonía para caballos.

Encuentras gente para compartirlo todo, porque siempre hay alguien con inquietudes similares a las tuyas, que te va abriendo puertas a otras personas y territorios que necesariamente enriquecen.

Coincido con él. Quiero, a mi alrededor, tanta gente rara como sea posible.

viernes, mayo 28, 2010

Los años de Iván

Hace ya algún tiempo asumí que mis circunstancias han complicado al infinito mi sueño de ser padre.

Creo, por otro lado, que tengo la cabeza suficientemente bien centrada para no confundir sentimientos ni llevar mi vida a equívocos.

Iván es mi sobrino. Mi único sobrino. Seguramente el único que vaya a tener. Mi amor por él es total, desinteresado, irrenunciable, pero sé que no es mi hijo.

Aunque creo en el hombre y tengo la confianza en que el sentido común irá llevándonos en generaciones venideras por senderos más civilizados, que se sabrá dar la vuelta al cambio climático, que se reconducirán los conflictos con países radicales y la economía acabará siendo, por pura supervivencia del género humano, algo menos descontrolado, más regulado, a pesar de todo, me preocupan los años que le esperan a Iván.

No sé hasta dónde vamos a caer, qué posibilidades se le irán cerrando en esta caída a su generación, que se columpia en parques urbanos ajenos al desempleo, a los créditos sin conceder, a los fracasos gubernamentales y a las amenazas de que el sistema rompa sus costuras y se desborde la miseria en lugares incapaces de asumir tanta inseguridad.

Es en estos tiempos cuando los mayores están diseñando su futuro, sus universidades, sus bancos, sus medios de transporte, las relaciones humanas de mediados del siglo XXI, cuando él sea un hombre hecho y derecho que se paseará por no sé qué parques ni qué ciudades, tal vez pensando cómo pudo todo quedar así, cuando él se balanceaba feliz en columpios que no hacían presagiar esos nubarrones.

Quiero pensar que un día Iván, con hijos o sin ellos, con trabajo o sin él, enamorado, desengañado o solitario, de izquierdas, apolítico, de derechas, ingeniero o futbolista, pintor o periodista, albañil, taxista o cantante de rock, no maldiga el haber tenido que padecer la cortedad mental de una generación perdida en egoísmos insanos, la de aquellos que nacimos a finales del siglo XX, la de los que un día nos creímos vivir en un mundo donde tener casas, buenos coches y móviles de última generación era algo que venía dado de por sí... caído del cielo.

lunes, mayo 24, 2010

Nocilla

La muerte de mi abuela materna fue la primera que viví y entendí como natural.

Era muy mayor, aunque no exageradamente, y murió imagino que de vieja. De esas cosas uno no quiere nunca preguntar mucho. Visité con mis hermanos su lecho de muerte poco antes del fallecimiento, en una habitación casi a oscuras, cuidada por sus hijos. No calculo qué edad podría tener yo, precisamente porque es la primera muerte, después de otras más traumáticas, injustas y cercanas, que ocurría porque la vida es así, porque tenía que ocurrir.

No es que mi relación con mi abuela Salud hubiera sido distante, todo lo contrario. Si algún recuerdo comparto con mis hermanos de nuestra infancia está asociado a las noches de los viernes, cuando mis padres se daban un respiro de sus cuatro hijos y nos dejaban con la abuela. Ella nos hacía la cena, casi siempre tortilla de patatas, nos ponía el programa de turno, cuando sólo había VHF y UHF, sin dejarnos escuchar nada porque siempre estaba contando chistes. Ella se moría de risa contándolos y nosotros viéndola a ella reír, sacándose el pañuelo del sujetador y secándose las lágrimas.

No nos dejaba dormir. Nos invitaba siempre a quedarnos a ver las películas de dos rombos, que ella siempre justificaba diciendo que eran de policías. Luego ella quedaba dormida y nosotros, con ojos como platos, nos tragábamos cualquier cosa por la que mi madre le hubiera echado una buena bronca.

Empezada la película, siempre sacaba el TP de debajo de su sofá, y nos leía entero el argumento.

El más remolón para dormir era yo, y recuerdo ver películas de terror (no olvidaré ‘El hombre de los rayos X’) agarrado a sus faldas pidiéndole que la apagara a gritos, y suplicándole dos minutos más tarde que la volviera a poner.

Recordaremos momentos de por vida, como cuando mi tío Jesús Mª nos hizo unos huevos fritos insufribles y yo empecé a decir, con cinco o seis años, que a mi huevo frito le faltaba un tornillo. Más nos reíamos nosotros, más se enfadaba él.

De mi abuela recuerdo los churros por la mañana, cuando descolgaba por la terraza un cesto con el dinero en una bolsa de trapo, para que el churrero lo cargara, o su obsesión por mirar el parte del tiempo, cuando en realidad nunca salía de casa, o su admiración-casi-enamoramiento por Don Carlos, su médico de toda la vida.

Ella vio morir a mi madre, su hija mayor, a May, otro de sus hijos… Había quedado viuda relativamente joven.

No le vi, en cambio, soltar una lágrima por nadie. Ni sentí gran dolor en ella con la muerte de sus hijos; quizás no tenía yo capacidad por entonces para ponerme en su piel, pero algo me hacía pensar que ella era en cierta forma egoísta, que no quería complicaciones. Cuando uno retiene esas sensaciones primitivas, tal vez haya algo de verdad. Tal vez no.

Fue una persona especial, divertida, enclaustrada en su casa, religiosa extrema, siempre con el rosario en la mano.

Ella murió porque tenía que morir, seguro rezando alguna plegaria fue apagándose poco a poco, y a mí me pareció normal, como el día que me enseñó el rosario que le había traído mi tío Jose de Guatemala, hecho de topacio o no sé qué piedra marrón. Ella me dijo, ven, huélelo, mira qué rico, ¿a qué te huele?

A nocilla, contesté.

Esa era mi relación de generaciones tan lejanas con mi abuela Salud: ella rezaba un rosario que a mí me olía a nocilla.

sábado, mayo 22, 2010

Silencios

Golpetea el levante contra la ventana de mi dormitorio de Conil.

La escena de mis de recuerdos tiene a Bárbara de copiloto en mi antiguo clío, llevándola a su casa de Los Remedios. Día soleado. Ella apoya los pies descalzos en el tablero de bordo del coche y mira por la ventana, callada. No imagino imagen más hermosa del silencio, cuando dos amigos se acompañan sin tener que justificar el tiempo juntos con conversaciones innecesarias.

Pocas personas con las que haya llegado a esa extrema confianza de comunicación sin palabras.

Esta mañana, en el trabajo, tuve que sustituir a mi jefe en una reunión 'importante'. En las pausas la gente me hablaba por rellenar el silencio de vaguedades, tal vez por temor a verme aislado.

Silencios cómplices, silencios compasivos.

Cuando decidí irme a vivir, solo, a París, pensé en tardes eternas en que el techo se me caería encima, sin nadie al lado y el terror de sentirme náufrago. Ninguna terapia, en cambio, pudo hacerme mejor bien que esas tardes de soledad francesas.

No soporto la gente que no escucha, que se impacienta por interrumpirte para decirte que él más, que él mejor, que él más lejos...

Vivir es escuchar silencios, dejarte llevar por los golpeteeos del levante sobre tu ventana.

martes, mayo 18, 2010

Debilidades

El día a día nos exige tanto, que a veces perdemos el norte. No hay nada menos enriquecedor que actuar como un autómata apaga-despertadores cada mañana con la única ilusión de esperar que, para los que tenemos suerte de tenerla, la jornada laboral acabe. Hacer la compra de cada día, ver el programa de televisión de turno y leer las patochadas que más de uno de nuestros amigos habrá escrito en facebook.

En nuestros reconcomes diarios siempre tenemos la respuesta guardada en una caja de fácil apertura con resorte ante la pregunta de cómo nos va la vida: 'Estoy bien, gracias'.

En las relaciones humanas se valora lo fuerte, lo estable. Tiende uno a refugiarse al calorcito de la gente que no da problemas, que camina firme, siempre con proyectos y sonrisas que repartir.

Nos dejamos llevar por quienes nos dan seguridad y forzamos cimentar bien la nuestra, para no crear equívocos que nos hagan seres vulnerables, menos atractivos a la luz cegadora de los infinitos ojos que nos miran.

Una relación de amor total, en la que dejemos por el suelo de nuestra habitación corazas, máscaras, poses de controladores de la realidad compartida, nos debería llevar alguna noche, muchas noches, casi todas, a poder decirnos con total sinceridad lo que un día escribiese Kundera:

Quiero que seas débil. Quiero que seas tan débil como yo.

domingo, mayo 16, 2010

Otros argumentos

En una brillante conferencia de Obama en la universidad pública de Michigan, éste ha lanzado un mensaje fuerte a los recién licenciados animándoles a diversificar sus fuentes de información para hacerse más íntegros, tolerantes con el otro y, por qué no, para defender con mejores argumentos las posiciones propias.

Como lector fiel de El País, con cuya línea editorial me identifico en muchas ocasiones, creo en ese ejercicio de leer otros desarrollos intelectuales que me puedan llevar a entender el porqué gente muy cercana piensa de forma tan diferente.

Pasó, afortunadamente, el tiempo de la distinción casi omnipresente entre fachas y marxistas.

Todo se puede discutir, aunque las tripas a veces se te revuelvan con argumentos basados en, al entender de uno, verdades parciales o axiomas que sabemos inexistentes.

Descalificar sin escuchar es mucho menos inteligente que rebatir habiéndote interesado por los razonamientos de tu interlocutor.

Leo El País del mismo modo que salgo de cervezas con los amigos que elegí, porque me siento mejor en mi piel. Eso no impide que entre mis favoritos de internet también estén otros diarios, no sólo españoles.

Me gusta, lo reconozco, polemizar con quien piensa distinto, con la pasión de creer en la fortaleza de mis reflexiones, pero siempre dispuesto a integrar otras formas de ver el mundo.

jueves, mayo 13, 2010

Tres decisiones

Un solo día es un escenario perfecto para enfrentarse a múltiples conflictos, simples y rutinarios en su mayor parte. Hay que optar, por dar un beso a tu pareja al levantarte o no, por ducharte con agua caliente o no, por tomarte una pastilla para la espalda o no, por llegar antes o después al trabajo, por tomarte el café con tal o cual compañero, por no tomar café, por seguir con la dieta, por zamparte una palmera de chocolate, por no responder al mensaje de tu padre, por llamarlo, por ir al gimnasio o no, por enviar una señal de amor a media mañana a tu media naranja, por ir a comer a casa o no...

La vida es un escenario de caminos que se cruzan y de historias que nos comprometen.

En cada cual está ir tomando por senderos que necesariamente dejan de lado otros, que ya no se presentarán de nuevo, o no en las mismas condiciones.

Hay quien, escogiendo su ruta, llega a zonas escarpadas, desérticas, insufribles, de las que no encuentra la salida.

Son mayoría las personas que toman por caminos de linealidad, dejándose llevar por el sentido común y los buenos sentimientos, allí donde nos encontramos apretaditos y acompañados...

Pero grandes cruces hay tres. La vida no te reta con más de tres conflictos de peso en los que tienes que decidir qué quieres ser.

No nos engañemos, las decisiones que marcan nuestras vidas no son infinitas por muchos senderos que visitemos.

La vida nos pone a prueba a diario, pero pienso que solo hay tres grandes decisiones a tomar. En ellas, siempre tienen una fuerza brutal la familia, el dinero, el amor, la salud, la amistad o la vida laboral.

Cuando llegan, se pone a prueba nuestra calidad humana.

Cuando llegan, nos retratamos.

lunes, mayo 10, 2010

Querer gustar

A veces lo confundimos con vanidad, pero fácilmente podemos pasar al extremo de la falta de autoestima, cuando hablamos de la gente que hace lo imposible por caer bien, por resultar agradable a todo el mundo, por gustar como persona.

Me reconozco cercano a ese colectivo de seres humanos, con lo trabajosas que suponen esas estrategias inconscientes de estar a bien con gran parte de la humanidad que te rodea.

Sé, conscientemente, que soy una persona que cae bien y transmite confianza. Eso no es fruto del azar, ni de ser un tío más o menos bueno (que también tendrá algo que ver). Es proceloso el camino para llegar ahí y viene desde muy lejos en el tiempo. ¿Que en su origen existieron inseguridades?, seguro. ¿Falta de carácter?, quizás al principio.

Tratar de mostrar tu mejor cara a personas muy diferentes implicaría, además, cierta hipocresía. No se puede estar a las buenas con gente de modos de vida radicalmente opuestos y visiones contradictorias. ¿O sí?

Mi experiencia personal me dice que sí, que es posible.

Con el tiempo, es cierto, vas dejando de lado a aquellos que te resultan insoportables, a los que, para ti, son insulsos, a los desagradables en el trato, a los falsos, a los lamentatodo, a los poco fiables, a los insensibles.

El paso de la vida puede convertirse, si se ejerce bien, en un filtro perfecto.

Cuando tenía quince años sé que era un tío muy querido en clase, entre mis compañeros del club de remo, entre mis primos. Pero yo no era feliz.

Ahora, caigo bien a los que me rodean, pero los que me rodean son cada vez más elegidos por mí.

Llegado un momento, no estás por la labor de aguantar tonterías.

Yo sigo queriendo mostrar mi mejor cara, de forma sincera. Ofrecer lo mejor de mí siempre que pueda y querer de corazón.

¿Se es menos auténtico? Pienso que no tiene nada que ver. Uno tiene que quererse a sí mismo para ofrecer lo mejor a los demás, pero no comulgo con esa cultura extendida del tener un ego súper potenciado, un súper yo. Yo, yo y después yo para poder sobrevivir...

Es trabajoso, pero es mi estrategia vital.

jueves, mayo 06, 2010

Perder una tarde

Los encuentros con amigos que te conocen y te quieren siempre aportan aire fresco.

Ayer cenamos en casa con Bárbara, tal vez mi amiga más lejana en el tiempo, a la que me siento tan unido a pesar de no vernos a menudo, incluso viviendo a dos manzanas.

Nos tuvimos que reír con ella porque venía graciosa, con dos o tres copas de vino blanco de más y una historia de ligoteo que contarnos.

Nos relató su último viaje para entrevistar a Antonio Banderas en Cancún, sus nuevos cometidos en Canal Sur, su amistad con personas incompatibles conmigo, encuentros y desencuentros con gente de su época cordobesa, la incapacidad de sentirse atraída por un amigo común a pesar de caérsele la baba con él…

Cuando yo hablé ya llevaba unos cuantos vinos encima y le expliqué no entender por qué, a pesar de mi estado actual, feliz a todas luces, contento con mi vida personal, ilusionado en el trabajo, con una novela a punto de publicar, con mi familia más cercana que nunca y mi padre en plena forma, cómo a pesar de todo no consigo vencer ese estrés que me hace estar siempre en tensión, con la cabeza por delante del cuerpo, sin encontrar la clave para aminorar el ritmo de mi respiración.

‘El problema’, me dijo Bárbara, ‘es que hasta tu ocio lo programas’.

Cierto es. Y me duele.

‘Descubre lo reconfortante que es perder una tarde’.

Perder una tarde. Dejar a un lado mi curso de páginas web, mis sesiones de gimnasio, los intercambios para practicar inglés, las actualizaciones del blog, la escritura de mi próxima novela, los cafés de media tarde con amigos, las tertulias literarias, las ‘obligaciones’ de ver los noticieros en francés, en inglés…

Perder una tarde.

Nada va más contra mi filosofía vital que aturullarme en proyectos que no soy capaz de seguir, pero siempre ando enredado.

Bárbara me recomienda tardes perdidas y sé que tiene razón. Tardes en blanco tumbado en el sofá, con el móvil apagado y algo de música, para que de nuevo mi cuerpo se ponga al ritmo de mi cabeza y retome el ciclo del respirar sin darme cuenta.