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salvador-navarro.com

lunes, agosto 23, 2010

Truenos

En los años de esta década que termina en que estuve trabajando en Francia, hubo una tarde de invierno lluviosa en que mi jefe me convocó para una misión importante. Uno de los principales proveedores de Renault había cometido un serio error de calidad, provocando una crisis de grandes proporciones en el montaje de un determinado tipo de motores que ponía en peligro el montaje de nuestros vehículos. Ese fabricante estaba en México y mi empresa había decidido enviarme durante un período de tres meses allí para auditarles y construir las bases para evitar ese tipo de incidentes en el futuro.

Mi jefe, francés, me lo decía con nervios, incapaz de anticipar mi reacción. Yo puse cara de preocupación de cintura para arriba, la que yo mostraba por encima de la mesa, mientras mis piernas se movían locas por debajo no pudiendo controlar mi felicidad por la experiencia que me proponían y la confianza que depositaban en mí.

-¿En qué ciudad de México? -pregunté, serio.

-En Torreón.

Jamás lo había oído: Torreón. En pleno desierto del norte, en el estado de Coahuila colindando con el de Durango. Ciudad fundada en los albores del siglo XX.

Esa noche llamé a mi padre a Sevilla, nervioso de felicidad y responsabilidad.

-Papá, me destinan unos meses a México.

Le conté por encima en qué consistía la misión y él, henchido de orgullo, me preguntó.

-Pero, ¿a qué parte de México?

-A Truenos -contesté, traicionado por los nervios y la poca memoria.

Durante mucho tiempo he mezclado ese Truenos imaginario con el Torreón real. Allí descubrí la hospitalidad mexicana. No creo que vaya a conocer en el resto de mi vida un pueblo más cariñoso, acogedor, entregado. Hice grandes amigos, con los que aún me mensajeo por internet.

Ahora me cuentan que esa ciudad en la que yo tanto aprendí, humana y profesionalmente, tranquila para pasear en aquella época de 2003, donde tomábamos cerveza y arracheras en restaurantes de grandes patios blancos al aire libre, ese Torreón que yo tengo entre mis mejores recuerdos se ha convertido en territorio golpeado por el narcotráfico salvaje e impío.

Mi amigo Ricardo me dice, desde allá, que nada es lo que era. Que ya no podríamos ir tranquilos a pedir canciones apuntadas en servilletas al 'Señor Tequila', ni asomarnos al parque donde unos jardines producen eco, ni al mercado los domingos porque allá, en mi querido Torreón, los truenos no son imaginarios.

viernes, agosto 20, 2010

Rencor

No soy de las personas que perdonen con facilidad, y no sé hasta qué punto es un defecto o una cuestión de coherencia. Ni si querría ser de otro modo, la mayoría de las veces sí. Olvidar las actitudes degradantes hacia mí o hacia los míos, o hacia mis principios, la ética o el ser humano es una misión complicada.

Tal vez, llegados a una edad, justifiquemos nuestros errores como virtudes porque no somos capaces de deshacernos de ellos.

El verano de mis diecinueve años, mi madre recién muerta, la terrible carrera de ingenieros recién comenzada y una crisis existencial tremebunda, nos fuimos a pasar un fin de semana a Matalascañas, a casa de mi tía Elo. La única hermana de mi madre. Íbamos mi padre, mi hermano David y yo, un poco perdidos tras llevar toda la vida veraneando, la familia unida, en la playa de La Antilla.

En un momento dado, mi hermano se tiró en un sofá de esa casa de verano. El marido de mi tía, entonces, le gritó como un energúmeno que quitará 'las pezuñas' del sofá.

De un golpe, me acordé de tantos años aguantando sus ronquidos en mi habitación infantil, cuando dormía en la litera en sus frecuentes visitas a Sevilla como novio de mi tía. Me acordé de cómo mi madre se comportó con él de forma exquisita durante muchísimos años. De todos los veranos que le hacía un hueco en nuestro chalet para pasar semanas con nosotros. De lo generosa que había sido mi familia con este hombre.

Yo me enfrenté a él, le dije con todo el cuerpo temblándome de rabia, que no volviese a hablar así a mi hermano pequeño. Que pronto olvidaba todo lo que mi madre había hecho por él. Mi tía Elo me apartó y yo le dije a mi padre que quería irme de allí.

Nos quedamos.

A las dos horas mi hermano David estaba jugando al fútbol con él en la arena y yo, en cambio, sigo recordando con rencor ese episodio.

Ahora sé que la vida le trata mal en forma de enfermedad. Deseo de corazón, por él y sobre todo por mi tía y mis primos, que las cosas vayan a mejor.

Del mismo modo que sé que se debe ser más feliz jugando al fútbol dos horas después.

Tendré que ir practicando.

jueves, agosto 19, 2010

Lo que no conozco

Me gusta leer a Paul Auster en inglés. Y disfruto con un diccionario al lado anotando la traducción de una palabra por página. Tore up es romper, to sob es sollozar... Y apuntarlas en un archivo Excel para repasarlas frecuencialmente. Me gusta visitar los lugares que describe Auster, recorrer los barrios de Brooklyn y llegar con él, a través de uno de sus personajes, a un poeta de la época de Dante Aligheri, e investigar esa época, la del medievo italiano para, a partir de ahí, atravesar el Atlántico y los siglos en busca de otras mentalidades en un mundo que aún era plano, para poder entonces admirar la determinación del hombre por buscar la redondez, al ver el horizonte finito y la luna rota por una sombra de una tierra circular.

Aprender de lo desconocido es encontrar una mecha sin final para apreciar la vida. No encuentro motivos mucho más fuertes, salvando el amor y el sexo, para sentirse vivo en plenitud.

Recorrer el mundo con los ojos abiertos, la humildad por bandera y la inocencia necesaria para asombrarse ante un nuevo verbo en inglés, una explicación diferente del funcionamiento de un motor de combustión de tres cilindros o acerca de las terapias para tratar a personas bipolares.

Pensar que hay tantos paisajes por descubrir, tantas conversaciones pendientes, escritores desconocidos que nos deslumbrarán, situaciones históricas que, quizás, cambiarán el mundo.

Leyendo a Auster...

martes, agosto 17, 2010

Cutre

Muy a mi pesar, este veraneo a punto de acabar en tierras conileñas confirma algo que me duele reconocer. El turismo medio español, el veraneante que se pasea por sus playas y se tuesta al sol es fundamentalmente cutre. En su forma de hablar a gritos, en los modales, en la vestimenta, en la educación social.

Junto al bloque donde está mi apartamento hay todo tipo de contenedores: para plástico, vidrio, papel, ropa para tirar y basura genérica. Por no desplazarse unos metros, el contenedor más cercano a la vivienda, el de papeles, está rodeado de una montaña de bolsas de basura, todo por no andar unos metros más.

Las playas parecen el 'far west'. Tira la cajetilla del tabajo, las colillas y deja las botellas de plástico, que ya vendrá quien las recoja.

Tumbarse un rato tras un baño es una odisea. Los gritos a los niños como si estuvieran en el patio de su casa, sin pensar que hay gente que trata de relajarse estos días de verano y oír el rumor de las olas. '¡¡¡Vanessaaaaaaaaaaa, tráeme un botellín del chiringito!!!'. Que sus niños te echen arena encima o te den balonazos es parte de la tradición, que tú no quieras oír sus conversaciones futboleras lo deben encontrar un sinsentido.

Los veraneantes españoles, salvo excepciones, están habituados a hablar a voz en grito aunque sean las dos o las cuatro de la mañana, aunque pueda haber gente durmiendo y enfrentando el calor con las ventanas abiertas.

Entiendo que la situación económico-social del país está complicada, que el esfuerzo que hacen muchas familias por conseguir unos días de descanso es totalmente merecido. Y que deben de disfrutarlos a manos llenas.

Pero eso no quita para que yo ande todos los días varios kilómetros de playa salvaje para llegar a un lugar donde poder bañarme y olvidarme de lo cutre que es el veraneante medio de nuestro país.

domingo, agosto 15, 2010

La mezcla

Una de las cualidades más sanas que tiene todo veraneo es la mezcla.

Estas vacaciones nos están permitiendo estar con gente de media España, y Europa.

Estar en una cafetería, tumbado en la playa, tomando una copa o paseando e ir oyendo otros acentos. Con el relax propio de estos días sin estrés que justifiquen prisas, andamos predispuestos a entablar conversaciones con personas que no se cruzarían de otra forma en nuestra rutina diaria.

Poder escuchar de boca de un zaragozano cómo van las cosas por su ciudad, o que un francés de Toulouse te explique en qué consiste su trabajo, oír los cánticos de un grupo de catalanes celebrando un cumpleaños.

Es el momento también de ofrecer, a los que nos quedamos en nuestra tierra, toda nuestra disposición a compartirla, mostrar cómo somos sin maniqueísmos ni topicazos.

Veraneos como turmix en que tomas a la población y la revoleas de un lado a otro, para que se toquen, se escuchen, se rían juntos. Darnos cuenta que el mundo es grande, nuestros pueblos pequeños y no tienen sentido los pequeños localismos de creerse más o mejor que otros.

A mí me gusta la mezcla. Cuanta más, mejor. Más sanos seremos.

jueves, agosto 12, 2010

Coacciones

Pocas cosas me revientan más que la falta de libertad, pero no hablando de ello como concepto abstracto y alejado de nosotros, sino cuando se traduce en una realidad física y, sobre todo, cuando se excusa basándose en otras 'verdades' que suelen tener mucho que ver con religiones, dictaduras o nacionalismos de mira estrecha.

Es una coacción enorme la que provoca el mundo extremo islámico sobre el libre pensamiento. A mí mismo, aún siendo leído por pocas personas, me da pánico pensar en las consecuencias de una crítica a esas yihads o fatuas que condenan al que piensa distinto. Juegan con el miedo para imponer un pensamiento único. Ahora nos llegan ecos de lapidaciones a mujeres por el hecho de llevar una vida sexual independiente, antes nos llegaron condenas a escritores o a dibujantes. Es indignante pensar en dirigentes como Ahmadineyah, el dictador iraní que 'ganó' unas elecciones fraudulentas, que utiliza con esa risa socarrona soflamas negacionistas del holocausto para justificarse ante un pueblo narcotizado por informaciones que sólo llegan de un bando. Como su amigo Hugo Chávez, otro impresentable que cierra las televisiones y periódicos que no comulgan con su populismo cateto, trasnochado, apoyado en argumentos interesados en que la culpa, siempre, es del otro, llámese Colombia, el Capital o los yanquis. No de él, que gestiona el país como una finca.

En menor grado, pero no por ello más aceptable, hemos vivido y vivimos los últimos decenios en regiones, nacionalidades o naciones de España (no tengo problemas en llamarlas de acuerdo a esas tres distintas acepciones, porque entiendo que cada cuál la pueda sentir a su manera) que sufrieron enormemente en el pasado una falta de libertad para hablar su lengua, proteger su autogobierno o mantener su cultura. Hablo, efectivamente, de Euskadi y Cataluña. De la coacción que supone para cualquier ciudadano que no se sienta nacionalista expresarse en libertad. No lo puede hacer aún más si vive en una pequeña población guipuzcoana donde el único discurso es el del odio a lo español. Ni siquiera en temas tan banales como el fútbol. En este último Mundial, las calles del País Vasco estaban desiertas pero los gritos de gol de la selección se cantaban con las ventanas cerradas y con sordina, porque nunca se sabe qué pueda pensar, o a quién conocer, el vecino...

En el caso catalán el sibilinismo nacionalista es aún mayor. Es cierto que las encuestas hablan de un 20-25% de independentistas. Pero eso implica un 75-80% que no lo son. En cambio, el patio de vecinos está tomado por los que forman la minoría. Volvamos con el fútbol. En un país, como el catalán, donde más del 50% de la población se siente tan catalana como española, ¿por qué no se ve una sola bandera de nuestro país en el campo del Barça?, ¿hay libertad real para hacerlo o te juegas el tipo? Todo está tamizado por el pedigrí del buen nacionalista. A mí las banderas me traen al pairo, pero un chaval que vaya al fútbol en ese ambiente sólo ve un sentimiento permitido. Y Cataluña es más grande que eso.

Cuando desde pequeño el discurso correcto que oyes es el del odio, salvo que uno tenga mucho valor, convicciones fuertes y ganas de complicarse la vida, el discurso contrario queda diluido y arrinconado.

Es como cuando un homosexual lleva toda la vida oyendo chistes homófobos y ridiculizaciones de su condición, ¿quién es el valiente que se manifiesta tal como es?, o aún más, ¿quién se atreve a defenderlos sin que le acusen de 'mariquita'? Afortunadamente, en este campo, la sociedad va avanzando gracias a leyes que protegen al que es minoría. Del mismo modo que Patxi López ha hecho mucho bien luchando contra la ignominia de permitir cartelería de asesinos por las calles vascas.

Yo quiero una cultura islámica justa, abierta, como la que se dio en sus orígenes. Quiero una España abierta, plurilingüe, en que Cataluña y Euskadi sean lo que quieran ser, pero sin coacciones.

martes, agosto 10, 2010

Paisaje nocturno

Salvo los domingos, todos los días de estas vacaciones de verano estoy consiguiendo tener la fuerza para buscar las zapatillas de deportes y lanzarme, a eso de las nueve de la noche, cuando el sol cae, a correr por la playa casi desierta que une Conil con el Palmar.

En ese trayecto me cruzo de frente con veraneantes que contemplan embelesados la puesta de sol que se proyecta justo tras de mí.

Sé de una nueva novela de Murakami en que se canta al hecho de correr. La mezcla de esfuerzo, soledad y contacto con la naturaleza que supone correr.

Bañarse, agotado por el esfuerzo, con Venus ya en el horizonte del Atlántico y la luz rosada del anochecer es descubrir la belleza de la vida. En esas horas, el mar es perfecto, las olas se mueven ralentizadas, más espesas.

A todo el placer hay que sumar la felicidad de tener a mi amor esperándome para llevarme de vuelta a casa.

De retorno en el coche, con las ventanillas abiertas y contemplando el paisaje de los acantilados de Roche al fondo y el faro de Conil ya girando luminoso, me planteo qué maravillas hubiera hecho Monet con este escenario tan cambiante, desde el amanecer hasta el ocaso.

Tenía un amigo catalán, Rafa, que vivía en La Molina y, extasiado ante la montaña, decía que no cambiaba una sola de ellas por todas las ciudades del mundo.

¿La catedral de Rouen o las playas del Atlántico?

Me niego a tomar partido.

sábado, agosto 07, 2010

Zapatazos

Desayunando esta mañana en Conil, unos zapatazos me sacaron de la lectura del periódico. Un chaval bajaba hacia la playa haciendo que hacía footing. No se podía correr peor. Desgarbado, sus zancadas eran tan patosas que lo único que podía era estar destrozándose los pies.

No tardaron en venir recuerdos de mi primer día en el Labradores, cuando gracias a mi tío Yiyi me apunté en un club de Remo.

Yo tenía trece años y era un chaval flacucho que el único deporte que había hecho era el que nos impusiera el profesor de gimnasia del cole.

Se me hizo un mundo, por pereza y timidez, presentarme ese primer día a los entrenamientos, sin saber que estaba dando un paso valiente, transcendental en mi vida, por lo que suponía salir de casa, crearme un nuevo grupo de amigos fuera del colegio de curas, comenzar a amar el deporte, disciplinarme en algo diferente a los estudios y competir por una causa noble como es defender a tu club.

El entrenador por antonomasia era Anchoa; un gigantón, más por entonces desde mi óptica y estatura de casi adolescente, con barba de ayatolah, mala leche y corazón enorme que nos hacía trabajar como si fuésemos a las Olimpíadas (de hecho, alguno llegó en el futuro a hacerlo).

El primer entrenamiento de todos, en los muchos años que estuve haciendo remo, fue ir corriendo al campo del Betis desde el 'Labra'. A los cinco minutos de empezar, cuando cruzábamos el puente hacia la Palmera, el Anchoa pegó un grito ensordecedor:

¡¡¡Bore, deja de dar zapatazos!!!

Me impactó tanto ese grito que el recorrido se me hizo eterno, retorciendo los pies de forma que no sonaran en su contacto con el asfalto.

Estos días de playa, con cuarenta y dos tacos, hago todos los días sin excepción mi carrera de Conil a El Palmar, con baño final en el mar cuando ya se ve Venus en el crepúsculo.

La semana pasada estuvieron aquí Marta y Miguel, mis profesores de pilates, grandes deportistas y mejores amigos. Se fueron a ver la puesta de sol justo allí donde yo acabo mi recorrido diario. Cuando llegué acalorado de mi carrera Marta me dijo, para mi satisfacción personal:

¡Qué buen estilo tienes corriendo, Salva!

Jeje.

martes, agosto 03, 2010

Lo sobrio

Lo austero.

Sé que cada persona es un mundo y que cada uno de nosotros encuentra su camino por direcciones diferentes hacia la zanahoria eterna de la felicidad.

En mi caso, yo encuentro el sendero hacia la satisfacción personal en lo sobrio, lo poco adornado ni barroco. Hablo de la superficie y el contenido, de las actitudes ante la vida y de la vivienda en la que habito, de los libros que leo, los paisajes que me gustan, incluso del diseño de este mismo blog.

Prefiero lo austero, sin renunciar a nada. Tener el alma despejada.

Tengo la teoría, seguramente desacertada, que quien tiene las paredes de su casa llena de cuadros, adornos, cachivaches, fotos, medallas, jarrones y santos, así tiene su vida. Empetada de muchos elementos no prioritarios.

Yo busco lo blanco, la luz.

Cuando estoy con un amigo, me gusta estar con él, no reunir a diecisiete con quien resulta dificultoso relacionarse. Si estoy leyendo, estoy leyendo... no quiero mantener conversaciones paralelas.

No encuentro más placer que un paseo, sólo o acompañado, por la playa. Sin necesidad de cubrir el silencio con palabras que rellenen artificialmente el espacio. Sentir las olas del mar.

Me gustan las caricias dadas con calma, una tarde entera.

Yo lo llamo sobriedad.

domingo, agosto 01, 2010

Portazos

Hace pocos días terminé una cena de forma abrupta, con un portazo, con una persona amiga que me importa mucho.

Torpes los dos, cada uno escudándonos en nuestras razones, dolores y frases dichas.

No hay nada más inquietante en una relación de amistad que la falta de bases sólidas que den estabilidad, porque eso es precisamente lo que la define. La amistad es, por encima de todo, seguridad, estabilidad.

Son tantos años, que se cuentan en decenas, que da rabia admitir que no nos entendemos, que algo falla.

Cuando, además, uno tiene la seguridad, quizás equivocada, de tener la razón (que nunca nadie tiene del todo) es más difícil dar el paso de reabrir puertas.

Es doloroso pensar que una persona que te importa mucho, a la que no le deseas otra cosa que lo mejor que le pueda ofrecer la vida, puede quedar para siempre al margen de tu aventura vital.

Aunque nunca se puede renunciar a futuras oportunidades, son dos tropiezos graves ya, algo falla y, aún así, le mando el más sentido de mis besos a la princesa de los colchones.

viernes, julio 30, 2010

Al acecho

Cuando estamos de vacaciones, venimos de períodos tan marcados por el dominio de la rigidez del tiempo que nuestro cuerpo parece querer someterse a normas que le lleven a rutinas nuevas, tratando de sortear cobarde la libertad de no tener que acoplarse a ritmos contados en minutos.

A Conil me he traído ganas de estar con mi pareja, libros por leer, tiempo para correr por la playa y pasearla, para tirarme al mediodía, sed de cervezas y gintónics con pepino, horas para jugar con Iván, folios en blanco para escribir, monedas para comprar periódicos, ratos con mi padre y charlas con Marian en La Sal, amigos por recibir en nuestro pequeño apartamento siempre dispuesto.

Sin embargo, acecha el ansia de no desaprovechar el tiempo. Ataca sin piedad cuando te levantas tarde, o al pasar toda una mañana en casa, o si las novelas que te has traído no avanzan, o no te gustan, o algún día no te apetece correr.

Sorteo con relativo éxito ese remordimiento escondido, dañino, medíocre que trata de condicionar mínimamente este tiempo merecido de no hacer nada que no apetezca. Ataca, eso sí, con argumentos bien construidos: todo el año currando para esto, tienes que disfrutarlo, el tiempo es limitado, aprovecha, no te duermas, no llegues tarde, sigue leyendo, llama a Cristina, llama a David, no dejes de ver cine, ni de visitar Tánger, ni de hacerte una paella a la semana...

Es un placer salir casi indemne de esa lucha y entender que la norma en estos días es no tener reglas.

Liberar pulmones y respirar.

miércoles, julio 28, 2010

Observación

La primera vez que fui consciente del placer que provocaba observar a los otros llegó muy lejos de aquí, en el tiempo y en el espacio. Tenía 21 o 22 años, viajaba haciendo interrail por toda Europa, con mucha ilusión, poco dinero y la mochila llena de conservas.

Estábamos en la estación de ferrocarril de Estocolmo, a punto de tomar el tren que nos llevaría al norte del país, contorneando el mar Báltico para llegar a Helsinki. Derrotados y hambrientos, sentados en el suelo apoyados en unas taquillas a lo largo de un ancho pasillo donde la gente caminaba deprisa, con maletas, agarrados de la mano, dándose besos, rebuscando un olvido de última hora en el equipaje, me sentí transparente. Yo podría perfectamente no estar ahí, de hecho era lo estadísticamente razonable, que un sevillanito veinteañero no estuviera observando a tanto nórdico pulular en su cotidianeidad de viajes ferroviarios.

Recuerdo horas allí, en silencio, mirando a lo más próximo.

Me gusta mirar a las personas, estudiarlas, tratar de adivinar qué esconden bajo sus conversaciones, sus miradas o sus prisas. No tengo memoria para vestidos o coches, pero sí la tengo para las personas y las ciudades. A cada cuál le funciona el almacén de los recuerdos de una determinada forma, y yo debo tener tan pocos megabytes en mi cabeza que selecciono de forma natural.

Observar es una actitud. Dejarse llevar por los movimientos en los demás, sus conversaciones, sus gestos.

Aprender del mundo mirándolo.

lunes, julio 26, 2010

Verano

Tirado en la arena estos primeros días de vacaciones, vienen frecuentes las imágenes de playas pasadas, calores similares.

Hubo un tiempo de mi pasado en que huí de los días largos de arena, mar y chiringuitos; recorriendo Europa, visitando España o manteniendo el campamento base de Sevilla con escapadas puntuales.

Venir durante un largo período de tiempo al dolce far niente playero es volver a la infancia, al descubrimiento de la amistad, del amor, del sexo...

Sé que pertenezco al selecto club de los privilegiados que tuvimos una niñez feliz, con veranos de tres meses eternos junto al mar.

Esos tiempos de sol que aprovechábamos para hacer pandilla y descubrir el mundo.

De entonces tengo recuerdos de grandes siestas, de pasar las mañanas leyendo el periódico y comenzar a leer a los clásicos de mis años juveniles, Delibes, los Cinco o esa gran batalla de Trafalgar de Galdós.

Era vida familiar, en que se descubrían de los padres y hermanos facetas impensables en las épocas de ciudad, cuando los ritmos y horarios constreñían el desenvolvimiento en total libertad.

Volver al verano es recuperar la inocencia, sentir que de nuevo el tiempo es nuestro y controlamos del todo nuestra vida.

jueves, julio 22, 2010

Puntos negros

Gran defensor de la Sanidad Pública, en los últimos tiempos me he visto obligado a hacer un uso de ella al que no estaba acostumbrado; en la mayor parte de los casos por achaques propios de un cuarentón que siempre presumió de una salud de hierro.

La ultima ocasión ha sido hace unos días. Acostumbrado a leer tumbado en la playa durante horas, incluso cuando el invierno lo permite, hace menos de un año que comencé a incomodarme con un puntillo negro, móvil, vítreo, licuoso y poco definido que campaba a sus anchas entre las letras de mis libros, llegando a invadir hasta el espacio visual rojizo de mis ojos cerrados frente al sol.

La hipocondría es el peor de los inventos. Imaginaba a los puntos negros reproduciéndose inmisericordes por todo mi ojo derecho antes de lanzarse a la conquista del izquierdo.

La inquietud se acrecentó cuando la médico de guardia me dio cita, sin dudas y con premura, con el oftalmólogo.

Un par de semanas, un colirio anestésico y un aparato metálico sacado de otra época más tarde, el especialista ocular me dijo que no había nada de qué preocuparse, que tomando diariamente unas pastillas de vitaminas específicas para el humor vítreo, éste recompondría nuevamente la figura.

'Y cuando el punto negro vuelva a salir, que lo hará, de nuevo un mes con estas pastillas'.

La vida se irá presentando así, con la desfachatez de quien comienza a tener goteras sin temblarle el pulso. La actitud más inteligente estará, sin dudarlo, en saber ir madurando en compañía de los puntos negros y sus secuaces.

sábado, julio 17, 2010

Memoria

Esta semana pasada tuve la oportunidad de reencontrarme con un viejo amigo de la época lejana en que pasamos de adolescentes a adultos.

Un email de la que fue mi promoción del colegio para reunirnos en el XXV aniversario nos sirvió para rebuscar entre los destinatarios y contactar.

Tras pasarnos los teléfonos y morirnos de risa escuchando nuestras voces surgidas del túnel del tiempo, quedamos en un café de la Avenida.

A través de él recordé lo que no conseguía traer a mi mente, ¿en qué momento habíamos dejado de vernos? En un camping de las afueras de París, ésa era la respuesta y me la dio él. Recorrimos Europa con interrail y yo me quedé unos días más en mi ya por entonces adorada capital francesa. Teníamos poco más de veinte años.

Por entonces él se había echado novia, su actual mujer, era verano, cada cuál fue tirando para un lado y no nos volvimos a ver.

A mí, de él, me venían imágenes menos elaboradas. Lo recordaba con su seat ibiza rojo y escuchando música británica: Lloyd Cole, Prefab Sprout, Lisa Stansfield... Me acordaba de la calle donde vivía, que estudiaba Derecho y que me llevaba bien con él.

En cambio, a mí me preguntaba cosas concretas que me hacían volver a tiempos pasados de forma vertiginosa, porque quizás la memoria está en los detalles y cada persona tiene organizada su cabeza de forma distinta, ordenando la información según sus neuronas estén configuradas o su manera de ser sea más sensible, compleja, práctica o selectiva.

Fue un verdadero shock en positivo.

Poco cambiado en lo físico a pesar de los veinte años pasados, me transmitía lo que tal vez viera él reflejado en mí como un espejo: los desengaños vividos y la paz interior de quien no se mueve ya por tonterías.

Quiero pensar que los años que pasan por mí no quedan en el olvido, a pesar de que a veces necesite un catalizador en forma de detalle para sacarlos a la luz. Me gustaría creer que no han desaparecido para siempre las conversaciones, excursiones, borracheras de juventud, peleas y abrazos.

Entiendo que yo los almaceno de forma más caótica que el resto, pero que están ahí; que mis vivencias se acumulan para hacerme con el tiempo una persona mejor, más llena, aunque mi memoria sea perezosa para alimentar mi día a día.

Quiero creer que, cuando acuda a ella, me responderá con todo lo vivido.

miércoles, julio 14, 2010

Lenguas de fuego

No era, pienso, un espíritu cotilla el que me hacía imaginar en mi época de estudiante de bachillerato que, sobre el resto de los alumnos y alumnas que compartíamos la clase se apareciera una lengua de fuego encima de las cabezas que sólo yo pudiera ver acto seguido al lanzamiento de una pregunta tan sólo imaginada por mí. 

¿Cuántos tienen padres divorciados? Y la lengua de fuego se levantaría sobre dos, tres o doce de mis compañeros ¿A cuántos se les ha muerto un familiar cercano? Entonces comprendería mejor el dolor de algunos ¿Quiénes han dejado de ser vírgenes? ¿Cuántos son homosexuales? ¿Quién tiene una familia arruinada? ¿Quién tiene una enfermedad grave? ¿Cuáles de ellos trabajan para pagarse sus estudios?... 

Sí, yo era tímido en mi época juvenil. Y sí, tenía muchas dudas sobre mi lugar en el mundo. ¿Hasta qué punto mi familia, mis circunstancias, mis emociones eran normales? 

Las lenguas de fuego no aparecían y eso me enseñaba que la vida había que trabajársela, que era necesario indagar, conectar, no recluirse, compartir palmeras de chocolate en los recreos para escuchar, aceptar invitaciones a fines de semana en el campo de amigos que a lo mejor me daba terror visitar, huir del calor de mi habitación, mis libros, mi familia. 

Tengo la enorme fortuna de tener dos hermanas mayores, emprendedoras, lanzadas, divertidas y conectadas con el mundo real que se preocuparon sin forzarlo de hacerme cómplice de ellas, de la estupidez de ser un tímido enfermizo. Con ellas viví las primeras borracheras, pero también conocí a gente de edades diferentes con las que congenié, ellas me dieron mis primeros trabajos vendiendo tiquets en festivales de música o tras la barra de un bar y con ello la posibilidad de descubrir a una mujer que trabajaba en Galerías Preciados y vivía con un chufla, a una enfermera que trabajaba en una UCI y a pesar de ello reía a boca llena, a tipos buscavidas que trapicheaban con lo que fuera necesario para sacarse pelas, a imbéciles taciturnos, a profesores de universidad, a limpiadoras, recepcionistas y arquitectos. 

Curé mi timidez a base de no encerrarme en casa obedeciendo a la inercia de un tipo introspectivo, convirtiéndome en un ser mucho más válido al renunciar a enfocar mi vida en una sola dirección. Mis hermanas me sacaron del mundo imaginario de las lenguas de Pentecostés.

lunes, julio 12, 2010

Coherencia

Con 42 años ya cumplidos, si hay algún comentario sobre mi persona que me agrade es el de ser coherente, a pesar de las contradicciones a que a veces la vida nos empuja.

De la misma forma, valoro enormemente esa cualidad en los demás.

En el día a día y en los proyectos de vida, un amigo o familiar que se vea venir es una garantía de estabilidad para uno mismo.

Vamos conformando nuestra personalidad sin percatarnos, a base de encuentros y desencuentros, topándonos con gentes, situaciones, sorpresas que nos ponen a prueba, coartándonos o no, en el trayecto emocionante que es el vivir.

Dar giros en redondo despista.

No me gusta hacer nudismo en la playa, me asusto con facilidad, adoro el chocolate blanco, soy reservado con mi intimidad, me gusta el Betis, Paul Auster y visitar París con frecuencia, me considero agnóstico, de izquierdas y puntual, con fuerza de voluntad, nada frívolo y amante de las cenas largas. Soy, mal que me pese, rencoroso y susceptible, siempre en lucha por corregir esos defectos en mí. Obsesivo con las normas de educación o intolerante con el maleducado, doy importancia al saber estar como principio de comportamiento.

Quiero ser coherente, potenciando mis virtudes e intentando ir, poco a poco, dejando atrás lo que detesto en mí.

viernes, julio 09, 2010

Pijos

No he de negar que durante gran parte de mi vida he rozado, coqueteado, detestado, ahuyentado, asumido, desconfiado, relatado respecto al mundo pijo.

¿Pero qué es ser pijo?

Es un buen ejercicio de reflexión tratar de definir palabras como éstas, de tan variopinta explicación dependiendo de quien la piense.

Yo he mantenido durante mucho tiempo como base de lo que es ser pijo el hecho del estricto respecto de la vida prevista. Me explico. Había una coincidencia entre las personas así consideradas, de mi entorno, y sus meriendas de las cinco, su ropa previsible, sus domingos en misa o la actitud sorprendida de ojos abiertos ante los descubrimientos del mundo.

¿Implica ser pijo tener dinero? Digamos que ayuda a mantener esa vida de rutinas, ¿implica ser rancio? No, pero existen factores en el hecho de serlo que pueden hacer tender a la persona a no 'ventilar' su vida con la aceptación de lo distinto, lo sorpresivo y perverso, ¿es falso el pijo? tanto cuanto no sepa luchar contra sus principios cuando la realidad los desmiente, ¿es de derechas? tiene más tendencia a serlo desde el momento que aceptamos que el pijo defiende su vida de siempre y, por tanto, es conservador, ¿es sibarita? ahí actúa mi experiencia para decirme que sin ser condición necesaria ni suficiente, sí hay mucho de ello.

Construir una definición con todos estos argumentos, siempre personales, resulta complejo.

El caso es que, dependiendo de quien me valore, yo mismo puedo ser descrito como tal. Y me horroriza. ¿Qué parte de mí es pija? Tal vez ayudan mis estudios y mi puesto profesional, no tanto por todo ello en sí sino por el círculo social en que en cierta forma me ha asentado. Mi nómina tampoco es baladí respecto al mundo mileurista en el que me muevo y, si asumimos que el concepto dinero ayuda, entonces tengo más probabilidades que otros. Soy, también, una persona con un gusto particular por la belleza entendida como un amor al arte, al buen vivir. Soy, mal que me pese, sibarita.

¿Me libero de serlo por considerarme de izquierdas? Ojalá. ¿Soy el anti-pijo por no estar enganchado a las tradiciones de mi tierra? Quizás. ¿Mi vida sin hijos me hace saltar por encima de cualquier manual de hombre pijo? No sé.

¿Son los pijos insoportables?

En una gran parte, sí.

¿Son los pijos más educados que la media de masa humana?

A veces defiendo esa postura, a veces no. Luego no puede entrar como argumento.

¿Qué me hace escribir de ellos?

La recurrencia con la que se utiliza este término en nuestra sociedad. Tal vez cada cuál a su manera, mirando en positivo o negativo. Hay quien se vanagloria de serlo.

Yo conozco pijos y pijas encantadores, habituados a llevar una sonrisa, nada perezosos a la hora de abrazarte. Entre ellos hay mucha gente de la que te puedes fiar por encima de todo, quizás porque si los elegiste como amigos hace mucho tiempo, y si al tomarlos como tales acertaste, sabes que son personas hechas para no cambiar. Y si te quieren, te quieren...

lunes, julio 05, 2010

Nuevos parias

Con mi paga extra ando quitándome tarjetas visas con las que en tiempos pasados tuve que enredarme, por historias queridas o no evitables que me hicieron necesitar más dinero del que tenía.

Las empresas financieras, más cutres de lo que uno pueda imaginar, hacen tres mil jugarretas para intentar llevarse el máximo dinero de un cliente que está a punto de abandonarles, de dejar de pagarles intereses supersónicos por un dinero prestado con letras pequeñas inacabables.

Cuando hacen barbaridades con tu cuenta, te cobran recargos injustificables, te doblan los pagos por si cuela y te cargan de comisiones un día antes de darte de baja entonces el perjudicado, en este caso yo, llama como una fiera al número que te dan como de 'atención al cliente' y, después de hacerte esperar ratos eternos en que te cobran hasta por respirar, saltas como un energúmeno contra la pobre persona, sudamericana o no, chico o chica que atiende el teléfono.

Ellos tienen un listado de preguntas para hacerte desesperar, acabando tan excitado que...

Pobres parias utilizados por empresarios sin escrúpulos que tienen la poca vergüenza de no dar la cara para sacar todo el dinero posible de la desesperación de quien pasa por situaciones económicas delicadas.

En toda esta historia yo me siento un privilegiado, que ha tenido la suerte de trabajar en una empresa seria que ha sabido sortear, con dificultad, la crisis.

Me prometo no levantar más la voz a esos telefonistas pacientes que soportan, estoicos, la rabia de los estafados que no pueden expresar sus frustraciones a los impresentables de corbata y chaqueta que se ríen de nosotros, y de sus empleados-parias.

jueves, julio 01, 2010

Alemán

Me produce una gran satisfacción personal explicar, cuando alguien se interesa acerca de mi dominio del francés, que aprendí el idioma de Molière a través de Planeta Agostini.

96 fascículos semanales que yo estuve comprando con mis ahorros de adolescente durante dos años. Venían con su cassette.

Écoutez - Répétez - Écoutez - Répétez...

Yo escuchaba encerrado en mi habitación y repetía las veces que hiciera falta. Con lápiz y goma hacía todos los ejercicios, corrigiendo continuamente los mismos errores.

Mi trabajo y, sobre todo, mis 3 años en Francia me hicieron afinar una lengua de la que sólo sabía lo que mis lecciones de kiosco de prensa me enseñaban.

Animado por mi éxito y mi fuerza de voluntad me dispuse a comprar los 96 fascículos de alemán.

No tuve, en este caso, la constancia para bajar 96 semanas a por el ejemplar correspondiente, quizás por entonces empezaba a descubrir el mundo y mi escaso dinero prefería gastarlo en copas los fines de semana. Cualquier cosa que diga será, en cualquier caso, producto de mi invención.

Aún así, a través de mi amigo Pepe, conseguí dar con alguien que vendía esas 96 lecciones ya encuadernadas en grandes tomos. Hice un trueque (no recuerdo tampoco a cambio de qué) y me hice con el curso completo de alemán.

Lo empecé varias veces y en distintas épocas. Pero no pasaba del 'wie gehts dir?'.

He utilizado esos tomos de pie para reforzar las patas de mi cama, han viajado conmigo a París, los he colocado en todas las estanterías que he tenido en mi casa familiar y en mi vida adulta independiente.

Tantos años después de hacerme con el primer episodio de ese curso, hace no mucho, decidí que no.

Renunciar a proyectos no es sentirse menos vivo, sino comprender la verdadera naturaleza del vivir. Comprender que toda una vida no da para leer toda la literatura universal y que, con el paso de los años, hay que priorizar no es una derrota.

Ahora sé que no tengo el tiempo ni la ilusión de aprender alemán. Sé, sin embargo, apreciar la relectura de una novela sin angustiarme por pensar que eso me impedirá leer otras desconocidas. Sé que no viviré mil vidas ni integraré a más de cinco personas importantes en mi círculo más íntimo.

Pero, a estas alturas de mi vida, no me causa desazón.