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salvador-navarro.com

viernes, abril 25, 2014

Auxerre


Era una tarde tormentosa de hace diez años y había convencido a Brigitte para que me acompañara al partido de la copa de la Uefa que el Betis jugaba en Auxerre, una ciudad a poco menos de doscientos kilómetros al sur de París.

Ella, siempre dispuesta, me preguntó cuáles eran los colores del Betis y se vistió con todo lo verde que encontró por su siempre desordenada casa para, tras la jornada de trabajo, tomar juntos la A6 camino de esa pequeña ciudad de la Borgoña. Ya esa mañana le había comentado que tenía mal cuerpo y ella, en su papel autoimpuesto de madre adoptiva, se encargó de medicarme antes de emprender la ruta.

En un peaje ya cercano al destino le pedí que se echase a un lado. Abrí la puerta y vomité. Tras un rato de respiración acelerada decidimos dar media vuelta. Me insistió en que me quedara en su casa esa noche para estar pendiente de mí, aunque yo le asegurase que me encontraba mejor.

Tras una siesta larga y tardía, me desperté con el olor de una sopa y la confirmación de una nueva derrota de mi equipo.

'¿Cómo estás?'

Le confirmé que bien. Mucho mejor. Aún así, ella insistió en tomarme la fiebre. Pude comprobar que me había preparado la habitación en la que dormía algunas noches Angeline, su nieta. Incluso rebuscó en busca de pijamas de los tiempos lejanos en que allí vivía un hombre.

Sonó el pitido del termómetro. Yo sabía, con certeza, que no tenía fiebre.

'39' -me dijo con voz inquieta.

Yo sonreí en respuesta a su dulzura, me dejé acompañar, arropar y sentir su presencia cada dos horas en un episodio imborrable que los dos construimos a base de medias verdades para jugar a tiempos olvidados de madre e hijo que se quieren...

lunes, abril 21, 2014

Aragón

Comíamos en casa, la familia al completo, un día soleado tras el colegio, en esos mediodías imborrables de olor a guiso, música de telediario y siestas de sofá con la telenovela de fondo que, más veces de lo imaginado, vienen a la memoria.

Era un anuncio publicitario alentando a visitar Aragón, por sus montañas, sus riquezas artísticas, los deportes acuáticos, el turismo rural. Justo tras terminar, mi hermana Raquel suelta:

-¿Dónde estará Aragón?

Y se quedó tan pancha. Yo, que era un renacuajo, pensé que no podría vivir sin saber dónde estaba Aragón. 'El repelente niño Vicente', que dirían mis hermanas.

No sé qué tiene la Geografía, pero reconozco que me pone, como a ese Luis Cernuda también pequeño que desplegaba los grandes atlas en su patio sevillano de luz insultante de la calle Acetres.

Estudié ingeniería, pero entre las tardes universitarias de café que más recuerdo no hay motores ni ecuaciones diferenciales, sino aquéllas, por ejemplo, en que me retaba, con Elisa y Mariángeles como víctimas, a escribir en una servilleta cincuenta ciudades francesas, o italianas, o inglesas, y narrarles algún episodio o peculiaridad de cada una de ellas.

Tal vez de ahí mis ansias de viajar, de poner colores y caras a esas ciudades perdidas por el mundo que se abrían a mí en cada novela, periódico o película de sobremesa televisiva, sin saber por qué me motiva tanto escuchar a cualquier persona hablar de su pueblo, su país, sus costumbres; algo que, por otro lado, enamora: saber que alguien desconocido atiende con tanta atención las explicaciones acerca del nido propio.

Sí, reconozco que mis sueños están plagados de territorios remotos que no sé cuánto tienen de imaginarios ni cuánto de mí se encuentra en el hecho de soñarlos.

sábado, abril 12, 2014

Aeropuerto

Estoy encantado con mis clases de inglés.

Somos 3 alumnos y 2 profesores, nativos, uno de Londres y el otro un escocés criado en Manchester. Para definir en qué grupo entraba, me propusieron ir de cervezas. Tras tres horas hilarantes de conversación en inglés decidieron inscribirme en el grupo en el que estoy.

Las clases son en su casa, dos horas intensas en las que nos ponen en todo tipo de situaciones sin enredarnos con clases gramaticales. Paso de ser un director de supermercado que ha sido cogido robando en las cajas a través de las cámaras de seguridad, a un concursante que debe convencer a un tribunal de esqueletos con guadaña de que tiene derecho a seguir vivo.

Los dos guiris, eficientes, habladores y un poco flipados, nos preguntan por las cosas que se encuentran en esta Sevilla a la que llegaron hace dos meses a la aventura. Y se dan cuenta de que están con sevillanos atípicos que les explican las rutinas de la ciudad con ojos críticos.

Me chiflan los sevillanos que ejercen ese derecho a ser ciudadanos críticos con su ciudad.

Tuve un amigo, incondicional de lo rompedor, culto y creativo, al que cuando le preguntaban los turistas llegados a Sevilla cuál era su lugar preferido de la ciudad él respondía:

'El aeropuerto. Para salir disparado de esta ciudad cateta y ombliguista'.

Yo no estoy de acuerdo con él, pero me gusta que haya gente que se escape de ese provincianismo extremo, una forma más de nacionalismo rancio, que tienen en ciertas dosis las ciudades que se creen imprescindibles.

El secreto, seguro, está en el lugar medio. Allí donde se consigue construir un entorno atractivo en el día a día sin necesidad de regocijarse en autoalabanzas.

Esta semana Lewey, el londinense, me preguntaba por la Semana Santa. Yo le explicaba cómo se prepara la ciudad, pero en mis ojos se vería que yo no era de los que se integraban en esa estructura preparatoria...

Y entonces él me dijo: 'Creo que me iré a la playa, porque yo ya vi procesiones en Madrid y Bilbao'. Entonces a mí me salió el genio más sevillano de indignación:

'¡No compares!'

jueves, abril 10, 2014

Utopía

La situación que vive nuestro país es terriblemente dura, de ahí que episodios como el que estamos viviendo estos días tras el desalojo de la Corrala la Utopía nos enfrenten de lleno al punto de miseria al que hemos llegado.

Cifras escalofriantes que retratan cientos de miles de desahucios en los últimos años.

Nuestros gobernantes han evitado la posibilidad de la dación en pago, que hubiera permitido hacer menos cruel la vergüenza que supone tener que abandonar el hogar por la imposibilidad de abonar las cuotas inmisericordes de hipotecas que se firmaron en tiempos en que esta pesadilla era imposible de imaginar.

Los sucesos de hoy no son sino un titular más de la indefensión del ciudadano frente al derrumbe de un sistema financiero que ha sido lo primero que se ha buscado salvar. Estaremos endeudados de por vida, como nación de ciudadanos libres, para pagar los desmanes de banqueros sin escrúpulos que aparcaron la ética para hacer la bola cada vez más grande, con cláusulas abusivas, informaciones sesgadas y primas multimillonarias con las que asegurar un futuro insolidario.

Pero la solución al entuerto no puede ser la de pisotear los derechos de quienes no ocuparon viviendas vacías. No se puede promover la ilegalidad a pesar de las utopías. Las doce mil familias sevillanas que están en lista de espera de una vivienda social no tienen derecho a ver como, una vez más, se ríen de ellos.

Quien ocupó la Corrala estaba desesperado, no lo pongo en duda, pero no podemos nunca premiar al que se salta las normas si queremos seguir pensando en una nación futura de ciudadanos libres.

Lo fácil, muchas veces, es injusto.

domingo, abril 06, 2014

Compañía

Salvo si la confianza no es plena, conversar con los amigos acerca de cuestiones transcendentales es enriquecedor, en cuanto a que suelen ser materias que digerimos en solitario una parte importante de nuestras vidas sin tener esa oportunidad de darles salida y compartir nuestros más profundos territorios así como conocer los de los demás.

A mí, que me considero una persona espiritual y agnóstica, reivindicando esa contradicción muy apropiada, a mi entender, para definir la existencia, me gusta dialogar acerca del fenómeno religioso.

Sí, debo admitir que me da un cierto repeluco ese tipo de frases en que te dicen 'yo tengo a dios a mi lado' o 'no sé lo que es la soledad al lado de Cristo'... Porque ni en mi cabeza, ni en mi alma, entra ese concepto de fe.

Tampoco asumo el ideario ateo, porque negar la existencia de dios es igual de aventurero que aceptarla. Es todo cuestión de fe. Y yo, la verdad, soy muy pequeño como para estar convencido de nada.

En una cena en casa que celebramos hace poco, entre amigos de verdad, Nuria, mujer a la que admiro, con la que me río y de la que nunca dejo de aprender, me preguntó desde su esfera cristiana más o menos militante:

-Pero Salva, ¿debe ser más duro para ti vivir sin sentirte acompañado?

La compañía la aclaraba elevando la cabeza al cielo.

Yo reivindico la capacidad de encontrar la plenitud en la tierra sin necesidad de compañías de otras dimensiones. Mi compañía se llama Ética y es ella la que me mueve. El sentido de mi vida lo dan las cosas bien hechas, la evolución en positivo como persona y el amor por los demás.

Sí, el mensaje de ese Cristo que yo no veo por ningún lado, pero que transmitió al mundo, eso sí, que hay una forma cabal de darle sentido a nuestras vidas.

Mi padre, tras una mala racha de salud, me lo decía: 'envidio a esos viejos que creen en otra vida'. Y yo le decía: 'papá, no tienes nada que envidiar'.

Mi padre es el ejemplo de lo que yo entiendo por una existencia coherente: Un hombre bueno.

Si luego hay algo, 'dios dirá....'


domingo, marzo 30, 2014

Muros

Somos animales de costumbres y en esos pequeños detalles rutinarios sabemos vernos felices. Nos dan calorcito, nos conectan con la tierra y ayudan a mantener nuestro equilibrio mental. Es importante, sin embargo, no dejarse seducir por el elixir de la rutina y encontrar palancas que nos hagan evolucionar hacia nuevos hábitos que refresquen el día a día.

A veces esas palancas las proporcionan otros.

Me encanta desayunar en el Vips de República Argentina. Tener un sitio asegurado, la prensa, mesas amplias y un batido de chocolate blanco insuperable son argumentos contra los que no puedo luchar. Hace un mes me dijeron que el local lo cerraban por reforma durante unas semanas.

Me adapté a otros desayunos de fin de semana, hasta que este sábado, cuando calculé que la remodelación habría terminado, volví a ir. Seguramente sea la crisis la que les ha obligado a reducir la superficie a la mitad, pero es cierto que el lugar está más luminoso. De hecho, cuando llegué al fondo del local, el comedor, me gustó la nueva disposición de las mesas, conformada por reservados de grandes muros acolchados separando espacios.

Esa mañana me tuve que mover dos veces. En las mesas de justo al lado hablaban a voz en grito. Traté de concentrarme en la lectura. Hoy he vuelto a acudir. De nuevo la misma situación, esta vez agravada. Un grupo de ejecutivos se habían llevado allí sus portátiles, un domingo por la mañana, para demostrar al resto de los comensales cuántos impuestos pagan, las compras realizadas en los últimos meses y cómo de efectivos son. En la reunión había, incluso, un invitado vía telefónica a volumen máximo.

Al personal le pones un muro, le tapas la cara y pierde el poco de educación que a veces consideras asentado en estos tiempos.

Pena de futuros batidos perdidos para siempre.

miércoles, marzo 26, 2014

Anís

Para un ciudadano como yo, que no ve la tele de forma regular desde hace años, tirarse en el sofá y comenzar a hacer zapping es toda una aventura. No tengo memorizados los canales, no sé qué series hay ni cuáles son los estrenos ni tengo otro hábito que el de los telediarios de las 9 de la noche, siempre que me pillen tranquilo en casa.

Desde ese desconocimiento mío de lo que se cuece en la caja tonta, el otro día fui a dar con un canal llamado 8 TV. Ni sé quién lo gestiona, si es público o privado, de derechas o de izquierdas, ni saberlo me interesa.

El caso es que llegué a él justo en el momento en que avanzaban un reclamo publicitario sobre uno de sus programas. En este pequeño corte aparecía media pantalla con un plató donde un grupo de comentaristas se carcajeaba de un pretendido humorista que ponía voz a las imágenes de la otra media pantalla en la que aparecía el que fuese futbolista del Barcelona, el camerunés Etoo.

Entre risas lo utilizaban como parodia de un anuncio de Anís El Mono, poniendo sonidos de simios en la voz del jugador y enfatizando esa pretendida inferioridad del hombre negro.

Me froté los ojos para comprender que era realidad lo que estaba viendo en pleno 2014.

¿Dónde se denuncia eso? ¿Cómo se puede permitir tal infamia sin que haya consecuencias? ¿Hacia dónde vamos?

martes, marzo 18, 2014

Amor

Somos producto de un encuentro sexual y, en cuanto tomamos conciencia de nuestra naturaleza, comprendemos que el destino inexorable, no negociable, es morir.

Con unas bases tan absurdas de existencia, al ser humano, individual y colectivo, se le exige, además y a todas horas, coherencia y ejemplaridad; pero resulta difícil mantener rodando esta maquinaria de lo absurdo sin contrapesos a una verdad tan rotunda.

Se inventó como argumento de supervivencia la religión, luego vino la ética; intentos loables de amansar a la fiera que todos llevamos dentro, de convencerla de lo inasumible, de persuadirla de que su inteligencia no llegue a descubrir, con trasparencia, en mañanas luminosas de soledad, el sinsentido de la existencia.

Sin embargo el hombre, sabio y consciente de su derrota, encontró el arma más efectiva para vencer cada día al implacable destino pintado en negro:

Un arma llamada amor.

Y funciona.


viernes, marzo 14, 2014

Cuerpo

Hay una asignatura no programada en nuestro sistema educativo cuya inexistencia nos resta un grado importante de bienestar al conjunto de los ciudadanos: el cuerpo.

Es la materia que somos, determina en gran parte nuestra calidad de vida y nos permite, su buen 'mantenimiento', construir una existencia rica y emocionalmente estable. Sin embargo, somos grandes desconocedores de nuestro propio cuerpo, lo que sabemos de él viene dado por habladurías entre nosotros mismos acerca de síntomas, remedios y medicaciones en función de lo que oímos o la experiencia propia, sin grandes bases científicas ni explicaciones sólidas.

Y el desconocimiento muchas veces va unido al miedo, porque magnificamos cualquier indicio de disfuncionamiento: una mancha, un bulto, una tos, un picor, una molestia... Tendiendo en gran parte de los casos a acogernos al diagnóstico más dramático, que solemos vivir con cierta angustia en nuestra soledad de personas analfabetas en cuestiones médicas.

No nos enseñan a cuidarnos desde pequeños, ni a distinguir con exactitud dónde tenemos cada órgano, sus funciones y las reacciones de cada uno de ellos a estímulos, virus, inflamaciones, malas posturas o hábitos inapropiados.

Viajar un poco por Internet en este aspecto es comprobar cómo esos temores son moneda común y buscamos respuestas que nos tranquilicen, porque no es sencillo tener un doctor en casa.

Nos llevamos media vida aprendiendo, afortunadamente, para ser mejores personas, pero el sistema olvida enseñarnos a conocer el maravilloso armazón donde estamos embutidos desde el principio hasta el final de nuestros días: el cuerpo, nuestro gran compañero de viaje.

domingo, marzo 09, 2014

Sopa de pescado

Llevábamos casi quince días de viaje por Europa este pasado verano, a base de trenes, desde París a Copenhague. Un placer de ésos que quedan marcados para siempre. 

Había una etapa que nos hacía especial ilusión: Hamburgo. No por otra cosa menos importante que por el hecho de que nos recibirían unos anfitriones con ganas de mostrarnos su ciudad, y eso es un placer difícil de encontrar cuando se viaja.

Gabi ya nos había localizado un apartamento en el barrio portugués, junto al puerto, donde desquitarnos de pequeñas habitaciones de hotel enmoquetadas de una Europa no tan acostumbrada al turismo. Nos explicó con detalle cómo llegar, qué metro tomar, qué ruta seguir.

Haciendo tiempo para el encuentro nos decidimos a comer. La zona, su calle principal, haciendo honor a su nombre, estaba llena de restaurantes portugueses. Tras quince días de tiempo inestable y comida poco familiar ver locales donde ofrecían platos que estamos acostumbrados a disfrutar en nuestro vecino Algarve, no dudamos.

Entramos por pura intuición en uno grande, de madera, y nos sentamos justo al fondo, cercanos al hueco de la cocina. Pedimos un vinho verde y decidimos lanzarnos a por una sopa de pescado de primero. El tiempo estaba lluvioso, apetecía. 

Sólo el olor al colocarnos el plato por delante nos descolocó. Yo miré la cara de Fran y me puse a comer para evitar que me contagiase con su cara de asco. Me la tomé entera sufriendo un quinario, apartando los trozos de pescado muerto (no podía llamársele de otro modo) y bebiendo mucho vinho verde para apaciguar el sabor saladísimo a agua sucia.

Afortunadamente, o no, ese local tenía wifi. Entramos en el Tryp Advisor cuando ya habían retirado mi plato y la sopa de Fran, a la espera de unos chocos a la plancha que nos daban miedo.

Coincidió que descubrimos en ese momento que el restaurante era el número 1279 entre 1280 restaurantes de Hamburgo.

Y llegaron los chocos.

martes, marzo 04, 2014

Tombuctú

Hablaba de mi predilección por comprar productos de la tierra cuando alguien saltó:

'A mí me da igual si los tomates que compro vienen de Los Palacios o de Tombuctú'

Fundamentaba su idea en la falta de información acerca de dónde iba a ir ese dinero, 'quizás esté mejor empleado el de Tombuctú', o falta de apego a la tierra, 'no me une nada más a una persona anónima de Los Palacios de lo que me une a una de Tombuctú'.

Conversar con alguien que pone en tela de juicio tus principios es muy enriquecedor. A mí, al menos, me motiva que traten de echar por tierra, con respeto y en positivo, mis formas de conducta porque es una manera de meditar hasta qué punto mis razonamientos son acertados o no.

En el fondo, al decir que tengo preferencia por comprar tomates de Los Palacios o Conil, lo que ese hombre estaba criticándome era, no sin argumentos, mi compra a ciegas basada en criterios nacionalistas o provincianos.

Hay dos posibilidades inteligentes ante estas réplicas: o unirte al bando del que argumenta en tu contra o refutar con elementos más sólidos.

¿Por qué prefiero comprar productos de mi tierra?

Porque es mi humilde aportación a construir una sociedad más equilibrada, que sí, no deja de ser la mía, con lo que de comportamiento de tribu eso conlleva. Ante esa crítica me gusta defenderme llevando el razonamiento al extremo: si un familiar mío abre un negocio, hago por gastar en él. Pero éste también puede ser un argumento perverso. ¿Es que puedes comparar a tu ciudad, tu región o tu país con tu familia? Resulta poco convincente, entonces, mi razonamiento.

¿No se resume todo a un puro instinto de supervivencia tribal?

Consumo productos cercanos para favorecer a mi tribu y, de paso, no enriquecer a la otra.

El argumento 'sano' por tanto tiene que admitir un cierto punto de 'sentimentalismo' al abordar este principio, del que no me bajo, de querer consumir de lo cercano, de gastar el dinero en mi tierra.

Pero, ¿no es ése un razonamiento utilizado por el populismo más casposo? ¿No grita eso en sus mítines el Frente Nacional de Marine Le-Pen?

Quiero gastarme el dinero aquí porque en esta parte del mundo donde me tocó vivir hay mucha gente a la que quiero. No hay otra. Debo bajarme del burro y reconocer que en mi razonamiento aparentemente moderno y solidario hay un punto importante de nacionalismo-provincianismo-tribu que no me gusta reconocer.

Es todo un reto para mí encontrar bases más sólidas sobre las que construir esa convicción, tal vez equivocada, de que es positivo gastar tu dinero, en la medida de lo posible, en productos y negocios de tu tierra.

Me jode dudar de mis principios.

miércoles, febrero 26, 2014

1000 años

No sé por qué, pero en este día intenso, uno más, me he sentido muy afectado por la muerte de una persona brillante, como tantas otras, de la que siempre he sabido desde que nací.

No soy amante del flamenco pero, en la escasa hora que he tenido para mí a solas en casa antes de acudir a una cena de trabajo, he vagabundeado por internet buscando saber acerca de Paco de Lucía, mientras hacía sonar 'Entre dos aguas' en un viejo vídeo de Youtube.

Un hombre aún joven que siente que el corazón le falla jugando con sus nietos en una playa de México... Humilde, aparentemente seco, brillante, Paco de Lucía es de esas personas que entra de calladito en nuestro corazón andaluz para profundizar sin grandes alharacas en el orgullo propio de un pueblo que sabe, que debe saber, que somos capaces de hacer las cosas bien.

Me paseé por las páginas de periódicos americanos, franceses e ingleses para confirmar que hablamos de un tipo universal que sedujo a generaciones de melómanos sin soflamas, desde una silla de madera y con el único arma de una guitarra.

Releyendo mensajes en un periódico inglés di con uno que decía 'pasarán cien guerras y mil años, que aún así, cuando a alguien llegue un soplo de su música sentirá una emoción indescriptible'.

Pasarán mil años, habrá cien guerras. Y alguien aún imposible de imaginar compartirá conmigo, polvo del universo por entonces, la emoción que la sensibilidad musical de un tipo de Algeciras, serio y humilde, andaluz universal, coherente, enorme, quiso crear para nosotros.

sábado, febrero 22, 2014

Hola

Los trabajos en grandes empresas privadas llevan implícito un alto nivel de estrés desde el momento en que el empleado tiene un mínimo de responsabilidad. En este siglo XXI este estrés tiene dos nuevos frentes por donde atacar: los SMS y los emails. Un bombardeo continuo que implica saturación de información, requiere respuestas, acumula trabajo y distrae de la ocupación que se ejecute en ese momento.

Se puede decir que eso también ocurre, a otra escala, en la vida personal; del mismo modo que es lógico que las nuevas tecnologías se incorporen al trabajo diario para ganar en productividad. Las empresas tienen como primer objetivo aumentar beneficios para hacerse viables y generadoras de empleo (bueno, esta última intención no sé si está en el ideario de todas las empresas).

Cuando cada mañana llego al trabajo, y empieza la avalancha, son muchas las ocasiones en que me veo lanzando un email, mensajería instantánea o SMS a alguien sin tener el detalle de decir 'hola'.

Mis reflejos, bien entrenados a estas alturas, hacen que rectifique a tiempo la mayoría de las veces, aunque tenga que borrar lo ya escrito para comenzar con un saludo mi relación diaria con esa persona al otro lado del envío.

Esta semana tuve una discusión con un compañero acerca de esta 'cuestión de forma sin trascendencia'. Yo le insistí en la importancia de plantearnos a diario este tipo de comportamientos tan sencillos de respetar. Él me miraba con cara de decepción. 'Ahí no están las claves del rendimiento del personal, Salva'.

A la mañana siguiente esa persona participó en una reunión de trabajo sentado a mi lado. En un momento dado me pidió que leyera un mensaje que estaba a punto de enviar.

Terminaba con un 'gracias' que no sé si era para su destinatario, para mí o para los dos.

lunes, febrero 17, 2014

Armonía

Patría es una pedanía de Vejer enclavada en una zona de montes ondulados, muy verdes, desde la que se ofrecen miradores privilegiados desde los que disfrutar, a varios kilómetros de distancia, de la grandeza azul del Atlántico bañando las extensas playas vírgenes de Conil.

En ese lugar de difícil acceso encontramos hace años un restaurante del mismo nombre, Patría, en mitad de la nada.

Una casa blanca de planta baja, encalada, con una enorme barra abierta y escasa decoración, te recibe. Es un lugar para ir en invierno, precisamente porque el local lo regenta un joven matrimonio danés que sabe bien lo que es proteger un hogar del frío, la lluvia y la humedad.

Hace años que solemos ir allí, siempre de noche y en días en que el clima invita a no salir. Una vez que llegas te dejas llevar por la potente calefacción que empaña las grandes cristaleras que permiten adivinar, a lo lejos, las luces de Conil.

Tienen una carta corta con un cierto toque nórdico que se adivina en las salsas y los ahumados, aprovechando la calidad de los productos de la tierra gaditana.

¡Y son tan amables!

Ella, alta, rubia y de sonrisa perenne, va preguntando en un exquisito español de fuerte acento cómo se desarrolla la cena, y el estar en un lugar perdido ayuda a sentirte en un cuento. Un escenario perfecto para escabullirse de la agresividad del día a día.

Este sábado estábamos tan bien, habíamos degustado con tanto placer cada plato, un aperitivo de remolachas y frutos secos, una crema de zanahorias, mango y canela y un solomillo insuperable de carne retinta en salsa de vino tinto, que cuando Fran pidió una tapa de queso para culminar y nos dimos cuenta de que el queso no había quien se lo comiera... decidí metérmelo en el bolsillo de la chaqueta para dárselo más tarde a los animalillos del bosque y así hacer sentir a nuestra danesa plenamente feliz con sus comensales perfectos.

Hay noches en que la armonía absoluta, organizada a tu favor y sin previo aviso por una conjunción de todos los astros, no la puede estropear un mal queso.

viernes, febrero 14, 2014

Albergue

Hace pocos días me llamó Carmela para vernos, al salir del trabajo, y del tirón la invité a cenar en casa, donde tenía casi todo listo para preparar mi mundialmente famoso lomo con ciruelas. Ella trajo las cebollas.

Sentada frente a nosotros, con su lentitud característica al comer, fuimos preguntándole acerca de su trabajo, tan radicalmente diferente al nuestro, y disfrutamos de sus explicaciones detalladas en las que equilibraba, sin dificultad, la emoción y su profesionalidad.

Trabaja en un centro de día de atención a personas sin hogar.

Un local pequeño donde se acoge a una media de 150 personas diarias, a las que se les ofrece un sofá, un aseo, una tele y en la que organizan actividades en las que ellos puedan sentirse visibles. Los jueves, por ejemplo, Carmela se ocupa de dar unas clases de teatro de las que su principal recompensa es ver que hay alguien que repite.

¿No tienen duchas? -le preguntábamos-. No -nos respondía con cara de resignación.

Nos hablaba de los shocks traumáticos que todos los humanos padecemos a lo largo de nuestra vida, un promedio de tres, y cómo hay personas determinadas a las que las circunstancias les llevan a sufrir siete u ocho de esas experiencias desgarradoras en dos o tres años, período en que llegan a perderlo todo, estabilidad, familia, relaciones, trabajo, dinero y dignidad. Nadie está a salvo. Gente preparada, chavales jóvenes y padres de familia incluidos. Personas que se acercan con miedo a este hogar temporal de habitantes inciertos sin tener capacidad, o humor, de hablar ni relacionarse; seres perdidos que acaban abriéndose a profesionales preparados y sensibles como Carmela, cuya principal misión consiste en escucharlos.

Nos hablaba de la demencia por vivir en la calle, más evidente que la vida en la calle producto de la demencia, y nos negaba que la desesperación les hiciese entrometerse en su vida personal, ni que fueran habituales problemas de violencia o intimidación. 'La policía no suele aparecer'.

Hace unos días, nos contaba, llegó un matrimonio buscando a su hija de veinte años. Allí estaba la joven, de familia 'bien', con problemas de identidad y enganchada a unas drogas para las que no tiene dinero. A pesar del desgarro de sus padres, ella no quiso volver a casa.

Y allí estaba Carmela, mi Carmela, dando consuelo.


viernes, febrero 07, 2014

Manía

Aunque uno sabe que es de poco inteligente, a veces resulta imposible no sentir repulsión ante una carcajada falsa, un tono de voz agudo, una expresión repetitiva determinada o, incluso, unos hábitos específicos cuando de personas concretas se trata.

Admiro, por tanto, a quien tiene la capacidad de no alimentar pensamientos miserables y obvia la presencia en su mundo cercano de gente que le resultaría, de prestar atención a ella, desagradable.

Sé que con el tiempo es una sensación que consigo controlar y que en ningún caso pierdo un minuto de sueño por el tema, pero sí, hay gente a la que le tengo tirria, que me desagrada, que sólo con oírla hablar a pocos metros de distancia me repele.

No creo que se coja manía de buenas a primeras. Suele haber un motivo primero que justifica el daño, algún comentario agresivo o una pequeña traición que provoca el reproche instintivo ante su presencia. De hecho, cuando pienso en esas escasas personas que me mosquean, suelo encontrar la causa de por qué un día comenzaron a resultarme desagradables ciertas nimiedades. El problema más complejo de atacar es cuando no sabes identificar el porqué original de esa repulsa.

Lo que sé, definitivamente, es que es de tontos perder un minuto reflexionando sobre aquéllos que no te aportan nada. Y, como no me considero tonto, escribo esto como conjura para aprender a ser menos talibán y cultivar el sabio arte de ponerme filtros que me protejan de esas carcajadas falsas, voces impostadas, chistes arcaicos, comentarios casposos, miradas perdonavidas, levantamientos de cejas varios, tocamientos de nariz, frases rimbombantes, consejos no pedidos, malos humores perennes y recolocación de genitales continuos de gente muy concreta con la que me cruzo a diario.

Porque si alguien leyera mi cerebro podría pensar que soy excesivamente simple, susceptible, egocéntrico y rencoroso... Y no lo soy (tanto).

domingo, febrero 02, 2014

Lomo

Los principios de año en las grandes empresas suelen ser el momento de recapitular lo trabajado el ejercicio anterior, analizar los resultados y comprometer los objetivos del año próximo; algo que se suele hacer, cada vez más, de forma profesionalizada, sujeta a unos estándares e individualmente, aprovechando ese rato compartido para conversar con tu jefe o los miembros de tu equipo, en un cara a cara, acerca de las dudas, reproches o ilusiones que cada uno pueda tener dentro de su carrera profesional, espacio temporal que ocupa, para los afortunados que tienen trabajo, un porcentaje significativo de su vida personal.

Resulta curioso, independientemente de las peculiaridades de cada uno, lo mucho que se quiere cada uno en esos momentos a puerta cerrada en que cada empleado se enfrenta a su jefe. Son mayoría los que ven su labor como imprescindible y, de forma general, sienten que la empresa no los valora como se merecen.

'Y aquí sigo yo partiéndome el lomo'.

A pesar de la vanidad encerrada en esa expresión y de cierto desprecio que supone hacia el esfuerzo de los compañeros, quizás sea bueno que, tanto a nivel profesional como personal, uno se sienta el centro del universo. Ese creerse indispensable los motiva más que cualquier remuneración extra o palmada de agradecimiento en la espalda. Sentir con total honestidad, aunque no sea cierto, que el mundo gira alrededor de uno.

El problema es cuando esa sensación se envenena con frustraciones personales y envidias que no tienen nada que ver con el entorno del lugar de trabajo. De ahí surge ese cinco o diez por ciento de personas que se dedican a poner palos en las ruedas de colectivos que luchan por sacar negocios sanos adelante.

En los negocios insanos o empresas explotadoras, que siendo muchas son minoría, ese razonamiento es totalmente inválido; porque es en éstas donde se necesitan empleados valientes que sepan poner límite a los abusos.

martes, enero 28, 2014

Betis

Cada vez que alguien que no me conoce lo suficiente descubre mi afición por el Betis la expresión siempre es la misma:

'Nadie lo diría'

Sí, parece necesario justificarse. No suena a muy racional ni intelectual, desde luego, pero quizás por eso me viene bien a mí el perder cierta forma cerebral de ver y analizar las cosas.

Soy del Betis.

Ya antes de bautizarme mi abuelo materno me había sacado el carnet. Juro que yo lo vi cuando pequeño, el carnet, con una foto de recién nacido. Aunque también es probable que sea fruto de mi inventiva o de la excesiva épica con que la familia de mi madre presumía de que el primer nieto varón fuese un bético de pro, sobre todo cuando en el lado opuesto estaba mi familia paterna, sevillista sin ambages.

Visto con distancia puede resultar provinciano y de mentes cortas, porque seguramente lo sea, pero yo ya desde muy pequeño andaba preguntando por cómo iba mi equipo cada domingo, como si me fuera la vida en ello.

Recuerdo ver a mi madre dándome besos emocionada cuando ganamos la Copa del Rey en el 77. ¡Qué felicidad para mis diez años! O los sofocones con cada descenso a Segunda División, en que creía que se acababa el mundo.

Fue con dieciocho años cuando me saqué voluntariamente mi primer carnet; estuve viajando a media España siguiéndolo; compré acciones cuando decían que podía desaparecer; disfruté como un enano cuando ganamos la segunda Copa del Rey y en mis años de 'exilio' en París recuerdo el sufrimiento siguiendo los partidos por Internet, seguramente cantando los goles con cinco minutos de retraso a dos mil kilómetros de distancia .

Porque aunque a algunos les resulte una paparruchada, porque seguramente lo sea, los béticos sabemos que nuestro club es especial: no representa a ninguna ciudad, por muy sevillano que sea, y significa para los que lo seguimos un ideal inmenso de fidelidad reflejado en nuestro lema de quererlo 'manque pierda'.

Ahora que atraviesa una racha negra de turbulencias y se encuentra en sus momentos más bajos es cuando más orgullosos nos sentimos de pertenecer a este gran club.

Mi vida cambiará mucho, en todos los sentidos que se puedan imaginar, pero es seguro que siempre que el Betis esté jugando un partido de fútbol, sea en Primera, Segunda o Regional... una parte de mí estará intranquila, pendiente de él y apoyándolo.

¿Cateto, irracional y provinciano? Seguro.

Pero del Betis.

sábado, enero 25, 2014

Caqui

Los grandes viajes quedan de por vida en la memoria. Tuve la suerte de que mi empresa me solicitase en el 2010 visitar a todos nuestros clientes asiáticos, ¡durante un mes!, para establecer contacto con los distintos interlocutores de los numerosos países a quienes comenzábamos a servir nuestras cajas de cambio.

Lo bueno de los recuerdos, algo que habría que analizar en el subconsciente de cada uno, viene dado por el detalle que se retiene, que no suele coincidir con grandes edificios o monumentos, sino con escenas simples de la vida cotidiana de los lugares visitados.

De Corea viene a mi memoria, muy a menudo y cada vez que asalta ese nombre a mi cabeza, un bar largo y estrecho.

Estaba con Pablo, mi compañero de viaje. Apenas llevábamos unas horas en la ciudad tras un viaje larguísimo de cuatro escalas hasta llegar a Busán. Con el sueño metido en el cuerpo, nos habíamos lanzado a visitar el templo de Beomeosa, en una montaña a las afueras de la ciudad. Templo de impresionante colorido, donde los monjes budistas se cruzaban con los visitantes y las mujeres (no había hombres) rezaban al aire libre en cada 'capilla', en un día de sol perfecto.

Entramos en uno de los edificios de madera y nos encontramos un patio donde los monjes hacían pesas. No nos miraron mal, pero salimos escopetados.

Bajamos en autobús hasta los primeros edificios de la ciudad tras patearlo, y fotografiarlo, durante horas.

Entramos en ese bar, donde una mujer de mediana edad, callada y sonriente,de pelo muy negro y dientes grandes y desordenados, ataviada con delantal, nos invitó a sentarnos.

Sólo estábamos nosotros. Pedimos dos cervezas y Pablo salió a fumar. Yo me quedé en la mesa, mientras veía a la mujer manejándose entre cacerolas como si estuviese sola. De vez en cuando se giraba y me sonreía. La barra, baja, quitaba fronteras entre ella y yo, de modo que parecía que me hubiese colado en su cocina para regresar a una infancia coreana que nunca tuve.

Sin más conversación ni petición de nuestra parte, ella nos preparó un mantel y comenzó a traernos comida. Una sopa muy cargada, una especie de empanadas, algo de carne deshilachada... y una fruta muy dulce. Yo, que no soy de frutas, la disfruté como un crío que descubre un manjar nuevo.

Ya en Sevilla intenté descubrir cuál era esa fruta naranja de ese día en el paraíso. La vi en el Corte Inglés. Me acerqué a ver qué era y compré un kilo para confirmarlo. Su sabor, cada vez que la tomo, me lleva a ese bar lejano de la periferia de Busán.

Mi despiste, intrínseco en mí, me había hecho no reconocer que ese día comí caquis.

martes, enero 21, 2014

Fucking

Era muy temprano por la mañana, fin de semana. Iba por la calle Torneo medio dormido a coger una de las bicis de alquiler para el paseo matutino de desayuno y periódico. De pronto, de entre los matojos, salió un mendigo borracho con ganas de bronca. Para mi sorpresa tenía un perfecto acento británico. Yo, que no llevo bien los sustos, di un bote de pánico cuando me gritó con su mal aliento a la cara:

I hate your fucking country!!!

Cuando me repuse del sobresalto me limité a mirarlo con cara de guasa. ¡Qué ganas podía tener ese hombre envejecido e iracundo de venir a emborracharse y despotricar al mismísimo fucking country!

Lo que no sabía es que tras de mí venía un tipo grande que no se tomó con tanta calma como yo los exabruptos del guiri asaltapaseantes. Cuando éste se lanzó hacia él con la botella de whisky en la mano:

I hate your fucking country!!!

El otro le respondió, indignado, con toda la rabia de un españolito estándar de inglés de parvulario:

Me too!!!


viernes, enero 17, 2014

Camba

Tomándome una copa en un garito de San Sebastián, estas pasadas navidades, tuve la oportunidad de conversar con una mujer que llevaba tiempo viviendo en Euskadi. Cuando llevábamos un rato de charla le pregunté de dónde era, y ella me respondió:

-Soy camba.

Me quedé igual y, ante mi asombro, me comentó que venía de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Lo decía con voz bajita para que nadie la oyese.

Recuerdo mi maravilloso viaje de hace casi veinte años a Bolivia, cómo recorrí el país con mi amigo Leo en su Mitsubishi oyendo casettes de Mocedades. El aterrizaje impresionante en el altiplano; la cena de ceviche en la última planta de un hotel de La Paz viendo las luces de las montañas pobladas como si fueran estrellas, creyendo tocar el cielo; la excursión en barco por el lago Titicaca y la insolación provocada por esa luz sin el filtro de media atmósfera; la visita a las mágicas ruinas de Tihuanaco y su puerta del Sol, construcción milimetrada, de hace siglos, para encuadrar el solsticio; los paseos por los mercados de Cochabamba con sus puestos de chicha; el impresionante trayecto por carretera atravesando los Andes, en que teníamos que parar cada cierto tiempo para asimilar tanta belleza, los perros persiguiendo al coche en carreteras desiertas a las que acudían para calentarse con su panza en el asfalto; la belleza sevillana de Potosí, donde no pensé que pudiera encontrarme tan cercano a mi Andalucía, ciudad altísima en que sentí, literalmente, que me faltaba el aire; la majestuosidad de Sucre, cuna de la independencia americana, blanca de calles diseñadas con tiralíneas; los controles policiales en el Chaparé, verde, frondoso y amazónico, un vergel digno del paraíso; las misiones jesuitas en madera, reflejo hermoso de una cruzada intensa de hombres blancos por transferir una fé lejana; los grupos de mujeres vestidas de morado en peregrinación hacia la catedral de Santa Cruz. Sí, de Santa Cruz de la Sierra, una ciudad moderna con varias rondas de circunvalación y rica por el petróleo.

Y el petróleo trae dinero, y el dinero egoísmo, y el egoísmo te hace pensar que los que no lo tienen son un lastre, y Santa Cruz se convierte en la capital de una región que quiere ser país. El país de los cambas, que dicen muy bajito que son bolivianos para que no les escuche nadie, en esa mediocridad de los nacionalismos que se creen el ombligo del mundo aunque el mundo no sepan ni que existen.

Yo me quedo con una Bolivia entera e integradora, de altiplanos, selvas y llanuras de arena (cambas incluidos). 

martes, enero 14, 2014

Batiburrillo

Sucede que hay momentos, cuando estamos con las defensas bajas, al despertar por las mañanas o en días tontos en que nos atrapa la soledad, en que nuestra mente comienza a girar como una lavadora, sin orden ni concierto, llevándonos a escenarios o pensamientos perversos en que nos acorrala, bloqueando toda salida hacia lugares menos oscuros.

Nuestra mente como enemiga.

Leí a Viggo Mortensen explicar cómo cada mañana, al abrir los ojos, sudaba sus diez o quince segundos de terror ante la muerte.

En instantes como ésos, seguro que fragilizados por un chorreón de sueños incontrolados, despertamos con nuestra cabeza como un batiburrillo dando cornadas a un lado y a otro; momentos, que no todo el mundo sabe controlar, en los cuales no conseguimos centrarnos en nada ni apartarnos de aquellos desasosiegos que nos machacan a traición.

Creo que una de las claves de las personas más felices es el saber escapar de esas loterías que conducen a nuestro más profundo interior a territorios indeseados, el conocer la tecla que hace que sepamos sortear ese mal fario de regodearnos en la miseria propia.

Hay que sudar los miedos como terapia sana, pero sabiendo encontrar el camino hacia nuestra realidad vital en que somos nosotros los que gestionamos el foco de atención del mundo que nos importa.

martes, enero 07, 2014

Toque

No hay persona normal. Si analizamos a cada uno de los que nos rodean, a los políticos, familiares, tenderos, actores, guiris con los que nos cruzamos, amigos, colegas... Si analizamos en profundidad, no hay quien se salve de tener pautas de comportamiento, maneras de pensar o tics que se salen de lo habitual, para lo bueno, lo malo o lo mediocre. Cabe preguntarse qué es la normalidad. Rajoy dice gobernar para la gente 'normal' y a mí, atendiendo a ese reclamo, me apetece enormemente ser un bicho raro.

Dejando aparte este razonamiento ingenuo, sí que es cierto que en este mundo hay un porcentaje pequeño de gente que tiene un 'toque' dado.

Un compañero de trabajo, francés y divertidísimo (no son incompatibles los dos términos), me lo decía referente a otro colega de la fábrica:

* Salva, tú sabes que ese tío tiene un toque.

Y gesticulaba golpeándose la cabeza. Le di la razón, empezamos a enumerar y coincidimos en cuatro o cinco nombres de 'tocados'.

Sí, hay risas desencajadas sin venir a cuento, miradas perdidas en plena conversación, respuestas agresivas a preguntas sin maldad que te hacen comprender que hay más de uno desencajado en lo que a la estructura mental se refiere, sin que por ello se lo tenga que catalogar de nada.

El temor, hablando por hablar, es pensar en el momento en que esa persona, la que deja escapar sus desequilibrios con risas excesivas extemporáneas, explote. Entonces nos dirá que toda su vida ha estado hasta el gorro de aguantarnos a nosotros, los 'normales'.

viernes, enero 03, 2014

Abyecto

Si bien la fuerza del cine, como la de otras artes, toma cuerpo en gran medida a través de su capacidad de divertir, afortunadamente no es la diversión el único aliciente para sentarse delante de una pantalla (preferiblemente grande).

Estas navidades dedicamos una noche a contemplar, nunca mejor dicho en este caso, la propuesta que Steve McQueen nos hacía con su última película: 12 años de esclavitud. Tener en la memoria Shame, su anterior trabajo, nos daba cierta garantía y, aun sabiendo de la dureza del tema central, nos predisponíamos a sumergirnos en los paisajes húmedos de Georgia de mitad del siglo XIX, ¡ésa es la grandeza del cine!, a comprobar con humillación cómo llegó el ser humano a una de sus mayores cotas de envilecimiento en su trato a semejantes durante el largo período de esclavitud legal en los estados del Sur de la joven nación americana.

Sí, son más de dos horas de tensión en la que se nos retrata con delicadeza y sin tapujos, aunque pueda parecer contradictorio, la sinrazón del racismo más despiadado, gracias a la narración de una historia real, que no quedó en el olvido, de un violinista neoyorquino, de color y libre (terrible palabra para hacer referencia a un hombre), que es secuestrado y vendido como un animal a la envilecida sociedad del Sur.

McQueen nos adentra sin maniqueísmos en esa pesadilla de 12 años, en la que incluso ciertos hombres blancos de la época tenían compasión del hombre negro, para removernos las tripas acerca de la condición humana, de dónde están nuestros límites y hasta qué punto una sociedad tan cercana en el tiempo se puede envilecer.

¿Ir al cine para sufrir? No. Yo no voy al cine para sufrir ni siquiera en estos casos, sino para entender mejor el mundo que vivimos, lo que nos queda por progresar pero lo mucho malo que hemos dejado atrás, los errores que no podemos volver a cometer, la inmensidad de dolor y valentía que puede esconder el alma humana.

Y sí, comprender a través de imágenes y diálogos inolvidables, el verdadero significado de la palabra 'abyecto'.

Ir al cine para afrontar de cara nuestro pasado y educarnos así como mejores personas.

viernes, diciembre 27, 2013

Púlpito

Estos días de Navidad son perfectos para pasear sin rumbo, más aún si es con mi sobrino Iván.

Estuvimos ayer por la mañana, con una luz de invierno alucinante, recorriendo las calles adornadas del centro, sin prisas, Raquel, Iván y yo. Los animé a entrar en la iglesia del Salvador, impecable joya barroca restaurada recientemente, que deslumbra por sus dimensiones y los tres grandes altares recargadísimos de oro y angelitos rollizos.

Con ciertos apuros y algo de ayuda, con casi once años, Iván supo definirme lo que vendría a ser el Barroco, no en vano sus profesores comienzan a hablar maravillas de él. En un momento dado puso su atención en los dos grandes púlpitos de mármol rosado del frontal del altar mayor, y me explicó que el pequeño techo circular que los corona servía para hacer rebotar las palabras del cura, de forma que retumbaran con fuerza por todos lados. No sé quién se lo pudo contar, pero aluciné con su explicación y su retentiva.

Entonces yo le pregunté qué decían los curas desde allí con esas voces tan altas que tenían que retumbar, a sabiendas de lo novedoso que es para él entrar en un templo viviendo en una familia tan laica.

Ante su silencio pensativo quise darle pie, gritando bajito:

-¡Pecadores!

Iván, arrancándose, continuó:

-¡Que no valéis ‘pa na’!

jueves, diciembre 26, 2013

TAC

A veces un ejemplo exagerado, muchas veces injusto, sirve para explicar determinadas posiciones. Sin pretensión de molestar a nadie, más en esta ciudad que por mucho menos te puede 'crucificar', me lanzo a contar uno que me viene como anillo al dedo para justificar mi predilección, a mi pesar, de leer la prensa nacional, al ser realmente difícil encontrar opiniones o artículos de calado en los diarios locales.

Si debo establecer un criterio de selección, a lo que más tiempo dedico cuando me siento delante de un periódico es a leer con atención los artículos de opinión, acordes o no con la línea editorial del medio del que se trate. En estas páginas es donde se encuentra, al menos yo, una interpretación elaborada de la actualidad, diseccionada, organizada, comparada, crítica, ácida, irónica, didáctica, reivindicativa o equivocada. Son momentos en que mi 'yo' pensador se enfrenta al de intelectuales, profesionales o sabios que me explican o tratan de convencerme de verdades que nunca son únicas.

En el siguiente escalón de mis inquietudes están los grandes conflictos, que no tienen por qué ser internacionales. Actualmente estamos viviendo en nuestro país determinados enfrentamientos, llámese aborto, Cataluña o la corrupción, que merecen toda mi atención, en cuanto a sujetos sensibles que son en que, si bien mi posición es clara y hay certezas incuestionables, hay múltiples matices que hacen de ellos unos temas polémicos en los que el ser humano se pone a prueba.

La economía, a pesar de mi desconocimiento, me parece un asunto apasionante, por lo que implica de base de nuestro funcionamiento como sociedad; o la cultura, en todas sus grandes manifestaciones; incluso los avances científicos, con los conflictos éticos a los que a veces va asociado.

A un segundo nivel, o tercero, dejaría el capítulo de sucesos y la crónica social o deportiva.

Pero claro, comprando prensa nacional uno acaba desconectándose de la actualidad local de la propia ciudad o comunidad donde reside, salvo que hablemos de Alaya o sucesos desagradables como la muerte de una familia envenenada. Afortunadamente está internet para saciar esa curiosidad.

El otro día, sin embargo, acababa de terminar el desayuno y la lectura de El País, tenía una cita media hora más tarde y, para hacer tiempo, me hice con un diario de la ciudad.

Me pedí un café y abrí al azar el periódico por la mitad. Una foto grande daba paso a una noticia impactante: El día anterior habían sometido a un TAC a la Virgen de Montesión. El equipo médico y el hermano mayor de la cofradía, posando junto al gran aparato, así lo atestiguaban.

viernes, diciembre 20, 2013

Excepción

Recuerdo su voz ronca desde el día en que ingresé en Renault, por lo que puedo presumir de conocer a Pepe Puerto desde hace algo más de diecinueve años.

Hace unos días el director de la fábrica nos comunicó que habían llegado a un acuerdo, Pepe y la empresa, para que nuestro compañero se acogiera a la jubilación anticipada.

Siendo aún tan joven y pasional, se produjo un silencio de varios segundos antes de que asumiéramos el nuevo escenario; porque un nuevo escenario es, para todos los que trabajamos allí, no cruzarnos en nuestro día a día con él.

41 años en la fábrica, empezando desde aprendiz, simultaneando sus estudios universitarios con el trabajo, progresando escalón a escalón, a base de humildad y brillantez, Pepe es el ejemplo de la honestidad profesional que habría que enseñar en los grandes másters en los que gente joven se inscribe con ansias de comerse el mundo.

Fiel a la política de la empresa, respondiendo siempre con resultados, la clave de su éxito profesional ha sido la de anteponer siempre al ser humano como centro de cualquier plan de acción. No conozco a nadie que tenga una mala palabra hacia él, y me resulta imposible encontrar otro nombre, por más que busque, del que pueda decir lo mismo; porque cuando una persona establece sus relaciones, profesionales o personales (poco importa) utilizando como herramientas la transparencia, la escucha, el esfuerzo y la ejemplaridad los resultados llegan solos. Y el más importante de esos logros es el de ser una persona reconocida y unánimemente apreciada. ¿Qué mejor balance puede existir?

En este país lleno de podredumbre e inmersos en una dinámica de sociedad malherida y desencantada, son personas como él las que hacen creer que otro mundo es posible, que la ética debe funcionar como motor de las relaciones humanas, que la mejor forma de hacerse con una vida digna es a base de andar todas las etapas de forma pausada y coherente, sin dar empujones al de al lado ni querer subir a base de trompicones.

A la vuelta de vacaciones encontraremos el vacío de su silla, sí, pero no olvidaremos que nuestra fábrica existe, da empleo y es motivo de orgullo de nuestra sociedad sevillana gracias a personas con nombres y apellidos que, durante décadas y sin una sola salida de tono, lucharon con honestidad.

La única pena es que Pepe Puerto sea la excepción, y no la norma.

miércoles, diciembre 18, 2013

Vidas

El otro día leía a un conocido de Facebook, no tengo 440 amigos, sentenciar con una frase su estado de ánimo:

A veces, la vida cansa

Sí, a veces la vida cansa. Y hay ocasiones en que cansa a menudo. Instantes o períodos en que una enfermedad, una muerte o una mala frase nos tira por tierra nuestra confianza en el mundo. La vida es así, sí. Esa vida sin esperanza es cierta, existe, nos rodea y aparece, a nuestro pesar, de forma descarnada, feroz, azarosa, incontrolable. Es en esos momentos cuando creemos que ahí radica la verdadera naturaleza de nuestra existencia, que nada tiene sentido, que todo caduca, que esto es una broma de mal gusto. Y es cierto.

Sin embargo, llega el día en que cruzas una esquina paseándote la ciudad camino de un tapeo con alguien que te visita y, pensando en el momento supremo del reencuentro, hasta el mínimo remolino de hojas sobre el suelo tiene armonía. Aparecen mañanas en que el simple hecho de quedarte mirando el techo al despertar, pensando en los años por venir, nos produce un tremendo bienestar; y vienen recuerdos concretos al cruzarte con un olor, o una profunda sintonía con un artículo de prensa, con la frase de una novela, o a una mujer se le cae la mochila de su bici y tú recibes un 'gracias' espectacular al recogérsela del suelo. Y es cierto. Esa vida es cierta.

Las dos vidas existen, y son verdaderas. Ninguna más que la otra, porque la una existe gracias a que la otra está ahí.

Nuestro motor vital tendrá más potencia cuanto antes asumamos esa doble certeza y pongamos nuestra energía en estar preparados para capear temporales y disfrutar, ¡deleitarse!, con los días de sol.


sábado, diciembre 14, 2013

Endivias

Hace ya casi diez años desde que comencé a preparar mis maletas de vuelta desde París para reencontrarme de nuevo con mi ciudad.

Como suele ocurrir a menudo, uno se acuerda en más ocasiones de la gente querida de las veces que lo manifiesta, incluso a sabiendas del bien que nos hace a los humanos sentir que estamos en el corazón de los demás.

Llevaba mucho tiempo acordándome de Brigitte, quien atraviesa una época laboral y personal difícil.

La contacté a través de la mensajería de Renault para preguntarle cómo le iban las cosas. Me dio todo tipo de detalles acerca de su situación actual, que no vienen al caso, pero por primera vez se refirió a sí misma como una 'anciana de 68 años'. Tal vez porque ese día nos dio por hablar en español y ella no comprendió todo el peso de la palabra.

Fue entonces cuándo le confesé cómo echaba de menos esos mediodías de trabajo, en su casa, caótica como ella, los kirs de vino blanco y cerezas acompañando a las impresionantes ensaladas de endivias, nueces y manzanas, el tinto de luego, los cocidos franceses, los recuerdos entremezclados de fotos crudas de su padre, de sus días de juventud en un Londres en blanco y negro, su tristeza por la relación cortada por su hija o su risa tonta hablando de sus amantes.

¡Cómo cocinaba pasteles Brigitte!

¡Cuánto me he reído con ella!

Brigitte me confesó que añoraba esos tiempos heureux en que los dos nos refugiábamos durante largos mediodías espléndidos a conversar sobre el ser humano, la política, la familia y la vida.

¡Qué hermoso y duro es el recuerdo de los tiempos felices que se saben por siempre acabados!


domingo, diciembre 08, 2013

Bomberos

Aunque pienso que a veces pueda resultar sano aplicar razonamientos empresariales a la gestión pública, en cuanto a eficacia, incentivos o transparencia, hay determinados términos muy peligrosos de trasladar, sin traducción previa y de golpe y porrazo, al ámbito de lo público, como han venido haciendo no pocos gobiernos en estos últimos años.

Hablo de la rentabilidad.

Es cierto que los dineros publicos, a los que el ciudadano contribuye con su parte correspondiente de esfuerzo y riqueza, deben ser administrados con la máxima sensatez. No tiene lógica hacer una autopista entre dos pueblos distantes cien kilómetros y con cien habitantes cada uno, por mucho que eso facilite la comunicación entre las dos familias con parentesco que habitan cada uno de esos dos pueblos. Sí, razonar al extremo sirve para desestimar determinadas decisiones. En el político honesto debe residir ese grado de responsabilidad necesario para saber medir dónde termina la justicia social y dónde comienza el derroche.

En mi opinión, debería ser de perogrullo que un hospital público mirase bien por sus cuentas, observando con lupa las compras de medicamentos, favoreciendo los genéricos, así como los gastos en luz, calefacción, establecer criterios racionales en gastos de comida, seguridad, empleando la maquinaria más compleja y cara con criterios de buen uso y penalizando conductas inapropiadas. Para ello, los servicios públicos deben estar dirigidos por profesionales a los que se les pidan responsabilidades basadas en criterios de eficacia, haciéndolos copartícipes, amén de cumplir prioritariamente con los objetivos propios de su sector, de la consecución de resultados económicos del presupuesto del organismo al que pertenezca.

Una escuela pública debe tener la capacidad de administrar unos recursos dignos para obtener unos resultados determinados, y se debe incentivar a aquellos centros, y a aquellos profesionales concretos, que consigan sobrepasar la media; una remuneración que no debe de ser entendida sino como gratificación al buen trabajador, solidario, líder y proactivo profesional que cumple sus objetivos y no descuida el ámbito de responsabilidad que se le ha otorgado.

Teniendo en cuenta todo esto, algo muy lejos de ser norma en grandes sectores de nuestro país, hablar de rentabilidad, sobre todo cuando a ésta la apellidamos de social, roza los límites de lo inhumano.

¿Qué rentabilidad hay que buscar en la atención a los discapacitados? ¿Cómo podemos justificarla cuando se trata de familias sin recursos que afrontan una grave enfermedad? ¿En base a qué rentabilidad hablamos cuando dejamos a un chaval sin universidad por no tener dinero ni capacidad de ser brillante viviendo en un entorno desestructurado?

Como bien decía Iñaki Gabilondo en una entrevista hace bien poco, ¿qué rentabilidad justifica el mantenimiento de un parque de bomberos?

jueves, diciembre 05, 2013

Azul

Veníamos de lanzar al mercado un nuevo producto, que acababa de ser diseñado por dos grandes multinacionales con el objetivo de posicionarlo como líder, dando rentabilidad, calidad y suficiente demanda como para hacer de la fábrica un lugar tan competitivo que tuviera vida por varias generaciones.

Era un equipo de gente joven construido con miras a ese lanzamiento. Se les fue formando en la Central de la empresa durante meses y la fábrica comenzó a recibir grandes máquinas para que este proyecto fuera haciéndose realidad en los plazos fijados.

El día D se acercaba y a mí me hicieron una llamada para volver a mi tierra y ocuparme de coordinar el equipo que garantizaría la calidad del producto final. Era volver a la tierra e integrarse en una dinámica poco habitual en este Sur poco frecuentado por inversiones de futuro de este calibre.

Llegó el momento de comenzar a producir, de enviar las primeras unidades y poner a prueba el trabajo de tantos años.

Una mañana recibí una llamada que alertaba de un defecto puntual en uno de estos envíos. Faltaba una pequeña pieza que impedía el buen funcionamiento de nuestro ingenio, pero no sabíamos calibrar la dimensión de aquel problema.

El director de la fábrica me hizo ir a su despacho, cerró la puerta y me pidió que le explicase qué estaba ocurriendo:

'J'ai une peur bleue' (Tengo un miedo azul)

Lo tranquilicé a partir de explicaciones técnicas. No había riesgos. Todo iba a salir según lo previsto, como así fue, y ese pequeño contratiempo no era otra cosa que un despiste puntual en todo el sistema.

Diez años después, el futuro nos ha dado la razón. Los jóvenes ya no lo son tanto y la fábrica sureña ha demostrado su enorme capacidad.

Sin embargo, en mi retina siempre quedará marcada esa frase de terror de alguien que infundía un poder incuestionable de puertas hacia afuera de su despacho.

'Tengo un miedo azul'.

Desde entonces, para mí, no hay una forma más gráfica de expresar el pánico.

En color azul.

sábado, noviembre 30, 2013

Intruso

El jueves se cumplieron diecinueve años desde que un 28 de noviembre del 94 entrase a trabajar en Renault.

Media vida consagrada a una empresa que me ha permitido desarrollarme como persona, con la dignidad que implica el trabajo realizado con honestidad y un objetivo social claro de seguir manteniendo tantos cientos de puestos de trabajo en una ciudad donde el paro, desgraciadamente, es moneda común.

Hay días, como el de ayer viernes, en que un ajuste de producción para llegar a fin de año con los stocks precisos, nos lleva a cerrar las puertas en un día laborable, algo excepcional a lo que no estamos acostumbrados en una fábrica como la nuestra, que cada día va ganando más proyectos y futuro.

Cuando nos regalan esos días, al menos a mí, es como si me introdujesen como un intruso en la cotidianeidad matutina de una ciudad en jornada laboral a la que no estoy acostumbrado, provocándome una felicidad infantil de puro nervio, en que quiero disfrutar de cada hora como si se me fuese la vida. Pasearla en moto, desayunar por el centro, hacer compras, recorrer las calles observándola con la ingenuidad de quien subconscientemente se ve haciendo rabona; aprovechar para correr junto al río, pasear el parque, visitar edificios históricos que sólo abren de lunes a viernes, sentirme un jubilado cuarentón en plenitud.

Intruso por un día.

martes, noviembre 26, 2013

Blanchett

Acudir a una película de Woody Allen siempre me ha supuesto algo más que ir al cine.

Una cita anual que no me pierdo, como tradición laica de inmersión en el mundo de este creador satírico, narrador impertérrito de la realidad humana, que no necesita salir de su época ni sus paisajes urbanos para contarnos conflictos universales donde el hombre, y sus debilidades, conforman el núcleo central de su obra.

Sin evitar nunca la sonrisa ni eludir el drama, esa voz personalísima llegó a extremos de perfección en la composición de historias como Match point, Hanna y sus hermanas o Manhattan.

Sin embargo, la última película de este cineasta único, A Roma con amor, me supuso una decepción de tal calibre que creí comprender en el final de una carrera inolvidable. Un guión deslavazado hacía pasear sin gracia a personajes arquetípicos por una Italia kitsch, dando a entender que el neoyorquino no es director de climas sureños.

Por eso este sábado, cuando nos sentamos en una sala casi vacía de un centro comercial de Chiclana a ver Blue Jasmine, tenía la sensación de quien está disfrutando de los últimos retazos del genio, dispuesto a perdonarlo todo aunque incrédulo ante la posibilidad de volver a reencontrarme con el Woody Allen que me subyuga.

Y apareció Cate Blanchett, esta australiana versátil de ojos claros que llena de por sí la pantalla en cualquier película, para demostrar con su exquisita profesionalidad que Allen está lejos de la retirada, componiendo sin ninguna fisura el retrato de una mujer ambiciosa destrozada, sin futuro, que lo ha disfrutado todo a base de mirar para otro lado cuando su marido, un corrupto financiero sin escrúpulos, le iba colocando joyas en sus muñecas a cambio de su firma sin antecedentes, su belleza de escaparate y el agradecimiento hacia quien se sabe con el poder.

Cate Blanchett demuestra en este film la grandeza del oficio del actor, haciéndote sentir lástima, entendiendo sus errores, admirando su capacidad de empezar de cero, lamentando el destrozo que a veces consigue que una persona nunca pueda volver a atravesar la línea de vuelta hacia la dignidad.

Me senté en el cine vacío sin saber que Blanchett iba a hacerme disfrutar, de nuevo, del mejor Allen.



jueves, noviembre 21, 2013

Arisco

Hay veces en que uno se queda estupefacto cuando analiza su propio comportamiento ante situaciones imprevistas, momentos en que no da tiempo a utilizar el raciocinio y te delatan tus instintos.

Veo pocos placeres similares a tomar una bici las mañanas de los sábados, pasearme la ciudad aletargada con el sol temprano de primera hora hasta el VIPS de República Argentina, comprar El País, pedirme un batido de chocolate blanco -insuperable, artesanal- y un croissant tostado con jamón york y queso (¡sin bechamel!) y saber que durante un determinado tiempo éste no existirá, flotando en la nebulosa de dejar de ser yo para viajar a las preocupaciones de otros países, meditar reflexiones de intelectuales acerca de nuestro mundo político o bucear en la biografía de algún escritor admirado que, sin estarlo previsto, se vuelve una necesidad de lectura futura.

En esas estaba yo, en el instante previo en que comenzaba a adentrarme en esa cueva personal de felicidad total, cuando al sentarme en mi sillón de eskai para pedir el goloso desayuno me encontré, de bruces, con un antiguo compañero de la fábrica, ya jubilado, con el que compartí muchísimas horas de trabajo en el pasado. Un hombre que ni me cae bien ni mal, que leía la prensa a tres metros frente a mí.

Como un gato, fui levantándome fijando mi mirada en él, que seguía con su lectura -seguro que en su propio túnel atemporal- sin levantar la cabeza.

Como una serpiente, sin hacer ruido, fui rodeando su mesa hasta conseguir escapar de allí y situarme, de espaldas, en mi propia trinchera.

Cuando ya estaba a salvo, con toda la parafernalia montada en mi cuartel general provisional y daba el primer sorbo al batido, me planteé cómo un tío tan mayorcito puede llegar a ser tan infantil y arisco.

viernes, noviembre 15, 2013

Miguel

Ayer al mediodía celebrábamos el primer añillo de Ricardo y Manuela.

Sus padres, Nuria y Miguel, nos invitaban a una comida en El Gallinero para festejar el placer que les ha supuesto, nos ha supuesto, la llegada de estos dos críos.

En un momento dado del almuerzo, Miguel contó otra vez una historia, aderezada de emoción, que a mí me enorgullece especialmente oír de sus labios.

No hacía mucho que acababa de romper con la historia de amor que le trajo a vivir a Sevilla, años que hicieron que este portugués surfero y sensible se integrase en nuestras vidas como alguien imprescindible. Era verano. Cada uno de vacaciones en nuestros rincones, él se había ido con su familia a Oporto.

Miguel no contaba, sin embargo, con que se acercaba mi cumpleaños. Yo no contaba, por mi lado, con la idea que rondaba en su cabeza de no volver a Sevilla.

Le envié un mensaje conciso a su móvil:

'Cuento contigo para mi cumple, Miguel'. Lo celebraba en Conil.

Ayer narraba Miguel cómo ese mensaje le hizo olvidar cualquier estrategia de resignación. Tomó el coche y bajó directamente desde Oporto para presentarse en mi fiesta.

'De no ser por Salva, no hubiera vuelto a Sevilla'.

Le gusta contarlo y a mí me sigue entrando un cosquilleo al oírlo. Porque luego vino Nuria, otra delicia de persona que se ha hecho enorme en nuestras vidas, y esos dos pequeños que son fruto, me hace mucho bien pensar así, de ese mensaje de móvil.

'Cuento contigo, Miguel'

martes, noviembre 12, 2013

Whatsapp

Hacía tiempo que no veía a Patty.

Las cervezas, con la rapidez de quien quiere contarse todo en poco tiempo, sirvieron para confirmar mi admiración por esta mujer de agallas que un día escapó buscando una nueva vida que supo encontrar muy lejos de lo fácil.

Me habló de Andrius, del eterno gris de Londres, de sus decisiones laborales, racionales y contundentes, de María, de Mariángeles, de la gente que se ha cruzado por nuestra vida. Se interesó por mis proyectos, con esa mirada de quien sabes que te escucha de corazón.

Fran le pidió anotar algo, en ese tiempo precipitado, proponiéndole enviarle información por...

'No tengo Whatsapp'.

De hecho lo tuvo y prescindió de él. Le agobiaban los mensajes acumulados que implicaban la necesidad de respuesta, los compromisos adquiridos sin iniciativa propia, la carga de obligaciones contraídas y las llamadas por realizar.

Patty te lo decía así, sonriendo, reivindicando una libertad que es distinta de la de tantos...

La vi tan linda como siempre, con su carilla infantil, la fuerza de su empuje, cierta melancolía del sur...

Y ligera de equipaje.

lunes, noviembre 11, 2013

La rabia

Cada vez estoy más convencido de que la felicidad la dan, en su justa medida y sin que lleguemos a levitar, los años.

Yo, que valoro a la gente apasionada y que me gusta que me definan como tal, entiendo que no es buena consejera la rabia para afrontar situaciones complejas.

No han sido pocas las veces en que me he lanzado a la yugular de personas impresentables, que me han hecho daño, en que he salido escaldado.

Los cambios, las mejoras, los proyectos, los retos hay que construirlos con cabeza, aunque lo que nos mueva a evolucionar sea la pasión.

La gente torticera y gris se mueve bien entre turbulencias, es su campo natural de juego, del mismo modo que los desafios importantes requieren concentración para no acabar a la deriva llevado por las decisiones tomadas por un impulso descontrolado.

Las cosas bien hechas no se suelen conseguir desde la improvisación ni se ganan batallas sin estrategia.

Los años me dicen que las mejores partidas las he jugado con calma, la mente fresca y un corazón de hierro. A las personas o situaciones provocadoras les cae muy mal encontrarse con personas de bases firmes.

Son tantos días los que pienso que mis proyectos futuros se podrían haber ido al traste de haberme dejado arrastrar por la rabia... que me asusto, resoplo y me contengo.

miércoles, noviembre 06, 2013

Tiempos

El equilibrio en una vida personal puede encontrarse en una buena gestión de los tiempos, sujetos a diferentes escalas marcadas para organizar nuestro día a día.

Si uno sólo trabaja a una escala, donde las unidades sean únicamente los días, o por contra lo sean los años, acaba frivolizando en demasía la existencia o dramatizándolo todo en una carrera a ninguna parte.

No es fácil ser capaz de disfrutar del momento como si la vida se acabara mañana y en paralelo tener una visión clara de futuro. Pensar a menudo en el qué será de nosotros es agotador e insano, no pensarlo te convierte en una persona sin criterios ni estrategia vital, impersonal, al capricho de los vientos.

Todos, afortunadamente, abrazamos diferentes escalas, aunque es gracioso pensar en personas concretas, con nombres y apellidos, que viven en el desequilibrio de no saber ponderar las vivencias en su justo término, a quienes el mundo se les cae encima por cada pequeña decisión a tomar o aquéllos que se ríen del mundo, incapaces de comprometerse en nada de valor.

El drama de la vida vista desde bien lejos, reducida a una línea pequeña con tres acontecimientos realmente definitorios, u observarla desde bien cerca, donde el detalle tan cercano del placer inmediato te hace olvidar el espacio en el que todo se desenvuelve. Lo íntimo y lo superfluo, lo pesado contra lo liviano, la ambición frente a la rutina, ver tu existencia en un guiño de ojos o guiñar el ojo para sacarte una sonrisa.

La consecución del equilibrio es saber, tarea difícil, pasar de un lado a otro, trascender e ironizar, con la sencillez de quien es consciente de que no hay verdades absolutas.

miércoles, octubre 30, 2013

Pero

Alguna vez me gustaría hacer un estudio para evaluar el carácter de las personas en función de las veces que dicen 'pero' por cada mil palabras.

Pocas palabras menos sanas que ésta.

Es un ejercicio enriquecedor el de intentar escucharse uno a sí mismo decirla, referente a cualquier tema y no importa en qué circunstancia.

No pronunciar los peros es ganar en franqueza si se hace trabajándolo desde el estómago, con conciencia de lo que uno abandona al dejar de lado las justificaciones que todo lo pervierten.

Recuerdo que una vez, en la escuela de escritores a la que asistía, un hombre encantador, constructor de relatos divertidísimos de ciencia ficción, criticó de mis historias la cantidad de veces que escribía 'casi' para adjetivar una situación o para describir a una persona.

Era una forma de decirme que con mi lenguaje me delataba, dejaba de manifiesto mis inseguridades y no apostaba fuerte por la naturaleza de mis personajes y sus interioridades.

Liberarme del 'casi' fue una evolución en positivo que implicaba mucho más que un simple exceso literario.

Las cosas eran o no, tenía que mojarme.

Ahora me da por analizar los 'peros' y he llegado al punto en que soy capaz, 'casi' siempre, de evitar pronunciarlo justo cuando está ya llegando a mi boca.

sábado, octubre 26, 2013

Ternura

Con toda la fuerza que tiene nuestra lengua, hay veces que te llegan a la cabeza sensaciones difíciles de encuadrar en un solo término.

Una de las razones para no encontrarla es, principalmente, el no conocerla. No tener suficiente recorrido como para saber llegar a unificar todas las sutilezas de aquello que quieres expresar y el conocimiento necesario de la lengua para realizar ese enlace.

Soy una persona muy dada a comprar en grandes almacenes, sobre todo porque visitar un pequeño establecimiento implica en muchas ocasiones pagar por cosas que no necesito. Soy débil en el cuerpo a cuerpo con un buen comercial o presa fácil de ellos. Desde el momento en que hacen el esfuerzo conmigo por venderme algo, en vez de entender que eso forma parte de su trabajo, termino por considerarme en deuda y haciéndome con utensilios que luego no sé dónde colocar.

En estos casos, me encuentro con una figura que me resulta especialmente violenta, la de aquélla que me provoca al mismo tiempo compasión y ternura.

Suelen ser negocios pequeños, mal surtidos, de escaso gancho y con un dependiente o dependienta que clava tus ojos en ti al acercarte, tal vez por equivocación, a pocos metros de su escaparate.

Esa sensación que tan fácilmente encuentro en determinados tenderetes se me ofrece de forma mucho más sutil en el día a día, en situaciones inesperadas. Un cruce de miradas desesperado y dulce que me desbarata.

Compasión y ternura, ¿cómo se le llama a eso?

miércoles, octubre 16, 2013

Miseria

Es duro reconocer que la miseria lo está invadiendo todo, incluso la parte sana de la sociedad que un día luchó contra ella.

En una suerte de epidemia irrefrenable que comienza por adormilar al enfermo, los afectados van sucumbiendo poco a poco a sus efectos, sin suerte de solución.

Actúa implacable tras el primer atisbo de reacción de los anticuerpos de la sociedad, cuando ya parece lejana esa marea humana en forma de batas blancas, camisetas verdes o indignados que conseguían llenar tantas plazas como se propusiesen.

Esa miseria, hija del dinero mal parido y sucio, desangra primero los ideales para a continuación desecar el orgullo y luego llenarlo todo de justificaciones y autocompasión.

El grueso del pueblo, adormecido por esa falta de horizonte en qué creer, comienza a bajar los brazos, a hacer sus cuentas con pagas de beneficiencia que acaba por considerar un triunfo y se vuelve un producto más de esa falta de esperanza.

Desde arriba, el que todo lo gana con esa falta de rebeldía en el pueblo, disfruta, con ojos miopes, con los salarios bajos, las condiciones draconianas y el abuso permanente. Como si esa podredumbre no fuera a volverse contra ellos.

La miseria nos hace miserables sin que sepamos verlo.

La esperanza es que, más pronto que tarde, aparezcan líderes sanos, aún no inoculados por el virus, que consigan liberar a mi gente de esta pandemia narcotizante.

Necesitamos despertar del mal sueño y creer de nuevo.

viernes, octubre 11, 2013

Barbaridades

Creo que hay una relación directa entre la salud mental de una persona y su grado de relación con el mundo, en cuanto a la capacidad para comunicarse con otros, la amplitud de la red social, amigos, familiares, compañeros, que ha conseguido construir a su alrededor y la certeza, se utilice o no, de que tenemos a quién contar, cuando lo necesitemos o deseemos, nuestras alegrías y preocupaciones; tanto como escucharlas de ellos.

Es sanísima la comunicación para seres como nosotros, los humanos, que tenemos en el lenguaje una enorme ventaja respecto a cualquier ser vivo, herramienta para poder compartir con todo detalle hasta lo más íntimo de nuestro corazón.

Somos cada uno, sin embargo, el principal receptor de ese lenguaje. A lo largo de cada jornada, sin pausa, vamos planteándonos a nosotros mismos proyectos, preguntas o miedos a los que damos, de manera más o menos acertada, respuesta. Nuestra cabeza no para de maquinar acerca de todo lo que nos conmueve y quizás sea la capacidad de controlar ese batiburrillo de sensaciones la que marque la inteligencia emocional de una persona y sus equilibrios.

Día a día nos planteamos todo, sin tapujos. Y justo navegando al lado de nuestro mundo más luminoso, imaginamos también los extremos, lo que nunca diríamos, nos proponemos todos los escenarios, las muertes de los nuestros, el sexo sin prejuicios, las ambiciones insanas, los odios acumulados, nuestra parte más negra, también la más valiente, lo que hubiéramos sido, lo que nunca seremos, nos damos caña, nos reímos del mundo, nos machacamos nuestros defectos, enrabietamos con las fronteras autoimpuestas para crecer de otro modo...

Las mayores barbaridades las hablamos con nosotros mismos.


martes, octubre 08, 2013

Aburrimiento

Como merienda o como el verbo convidar, a mí el término aburrimiento me lleva a períodos infantiles o de pubertad en que no sabes cómo agarrar el tiempo; utilizado por personas adultas, en cambio, me transmite desequilibrio y desazón, por lo que implica de insatisfacción profunda con el presente.

Hablo del aburrimiento a secas, no el placer del dolce far niente al que a veces, quizás menos de lo que quisiéramos, nos abandonamos placenteramente para escapar de este mundo de prisas.

Me refiero a las tardes en que miras el reloj más de diez veces esperando a que llegue el momento de que ocurra algo, suspirando por una llamada que lo rompa todo.

Supongo que la gente que atraviesa de forma cotidiana esos colapsos de no saber qué hacer tiene la ventaja, perversa, de sentir pasar el tiempo más lento que aquéllos que a duras penas saben administrar sus ganas de probarlo todo.

A mí los días se me hacen cortos y sé que ésa es la clave de mi equilibrio personal, bien trabajado desde pequeño quizás por el temor a vivir vidas endemoniadas donde no saberme situar.

Mi cabeza bulle de proyectos, citas, charlas, lecturas, viajes, escritos, entrenamientos y recetas de cocina que no soy capaz de abarcar, aun siendo consciente de que lo importante no es llenar el tiempo para esconderlo sino para saberse poseedor del timón de tu propio caminar, a fin de cuentas nuestra única posesión no medible en euros.

viernes, octubre 04, 2013

Juventud

Salía el viernes del trabajo, llenaba el depósito del coche con la cabeza puesta en escapar de la ciudad. Fue al pagar en la gasolinera cuando bajé a la tierra:

-¿Estudiaste en el Claret?

El dependiente, con su uniforme verde, pelo cano, barriga prominente y gafas de mucho aumento tomaba mi DNI como si tratase de confirmar leyendo mi nombre que yo era la persona que estudió en ese colegio. Le dije que sí.

-Sí, estaba seguro al verte. Tú eras de los mayores…

De los mayores… No sólo tenía que asumir que estaba viendo frente a mí a alguien de mi generación, sino que además yo era aún mayor que él. Su cara no me sonaba, pero eso no es algo extraño en una persona que vive en mundos paralelos, como yo.

-¿De los mayores?

-Sí. Del curso anterior al mío. 

Al menos no estaba en parvulario cuando yo hacía COU. 

Me metí en el coche camino de mi fin de semana playero pensando en el espejo que acababa de plantarme el azar de sopetón.

El cuerpo, sin embargo, se fue amoldando a la escena, pensando en lo bien que estoy heredando las virtudes de mi padre, al que las viejas le reprochan en el autobús que se levante para cederles el asiento.

-¡Pero si usted es mucho mayor! –protestan, presumidas, entre risas.

viernes, septiembre 27, 2013

Saber

Ayer jueves salí del trabajo a las tres de la tarde con un cielo azul inmenso iluminando la ciudad.

Tenía un invitado el fin de semana y la certeza, triste en este caso, de que éste iba a estar pasado por agua. Las imágenes del Meteosat no dejaban lugar a dudas, por mucho que no existiese un rastro blanco que manchase la bóveda celeste. Se aproximaba un frente imperturbable, ya metido en Portugal, para barrer toda la península.

Ahora, bajo la lluvia y antes de salir a cenar, escribo pensando en esos tiempos cercanos, decenas de años atrás, en que no existían los satélites y la gente se planteaba hipótesis, a partir de sensaciones y leyendas, de los vientos o lluvias que el futuro inmediato le podría traer.

El saber conlleva eso, perder románticas incertidumbres para ganar certezas.

Estos últimos decenios el hombre ha avanzado tanto en el conocimiento de sí mismo y del mundo, que se ha hecho infinitamente más libre a la hora de tomar decisiones que afecten a su futuro personal y colectivo. Ya tenemos certeza de la lluvia inmediata, de un diagnóstico médico, del origen de una llamada de teléfono, de los conflictos al otro lado del mundo en tiempo real.

Aún así, bajo esta lluvia, aún hay personas poderosas que privilegian los intereses mercantilistas a la lucha contra el avance implacable de la destrucción de nuestro planeta. Son unánimes los científicos al decirnos que el Ártico se deshelará los veranos de aquí a no mucho, que las sequías se harán comunes, más largas y penosas, que los mares crecerán, que las catástrofes naturales se multiplicarán, las temperaturas subirán varios grados y desaparecerán especies.

Pero el hombre que decide, el que gobierna, lo hace como si pasease un jueves bajo un sol impúdico en Sevilla y se riese del frente inmenso de nubes repletas de agua que entra por Portugal.

El problema es que detrás de él vamos los demás.

lunes, septiembre 23, 2013

Hogueras

En el remo, a diferencia de otros deportes, a tu esfuerzo, o desgana, le delatan las hogueras. Pegas la palada y en el agua queda una marca, un remolino de agua, que da cuenta de la fortaleza de cada empuje en función del diámetro que va dejando la estela sobre el río.

Chivatas las hogueras.

Mientras remas tú solo no hay con qué comparar, pero en cuanto tienes a compañeros sabes bien quién se escaquea, o es más débil, el que es irregular, el inconstante, el bravucón... Y te retratas tú.

Cuando se corre, en cambio, la hoguera queda en el aire. Nadie más que tú sabe si estás tirando o no, resultando sencillo dejarse ir, tranquilizando la conciencia del deber cumplido en esa obsesión moderna por controlar los kilos de más.

Es jodido el mundo de los corredores, en un continuo reto de hacer más kilómetros, más rápido, en lucha constante contra la pereza, peleándonos con los demonios que nos dicen que es absurdo ese galopar a ninguna parte, diablos que te ofrecen como espejismos cervezas, paseos, una buena cama, un libro...

En cada uno está el saber si se impulsa con los talones o sólo los utiliza para apoyarse, como en la vida misma. Cada cual encuentra su motivación última para sentirse bien en su propio cuerpo, por uno mismo, por lo que quieres ofrecer de ti, o por un poco de todo ello. Nadie es tan seguro ni tan mezquino.

En uno está saber si hay fuerza y convicción, o si trotamos para creernos vivos, o si somos simplemente mortales de andar por casa.

¡Qué duro es arrancar y qué placentera la ducha del victorioso!

martes, septiembre 17, 2013

Simultáneo

Me da a mí que una fuente no suficientemente estudiada de infelicidad, vía estrés, es la de tratar de hacer las cosas en simultáneo.

Aparentemente asociado al triunfo el hecho de compaginar varias tareas al mismo tiempo, me doy cuenta en cosas mínimas que el intentar comenzar una tarea sin haber terminado otra desequilibra e incomoda, aunque sea en algo tan nimio como ponerte a preparar la comida sin haber terminado de leer el periódico. 

Al bienestar personal, amigo austero y fiel de la felicidad, se llega por caminos insondables que uno, de golpe, encuentra en un detalle. 

A nuestro cuerpo, al menos al mío, le sienta bien el atacar los placeres, o las tareas, de uno en uno y hasta el final. Se equivoca uno cuando escribe un whatsapp antes de terminar de desayunar, o se va a correr antes de dejar la ropa tendida o abre un libro sin dejar de ver el telediario, encadenando muchos coitus interruptus que te hacen creer un fenómeno hiperactivo sin ser más que un infeliz no apto para disfrutar, en profundidad, de nada. 

Si me pongo a escribir este blog, lo termino, por mucho que el móvil esté vibrando a mi lado pidiéndome cariño.

martes, septiembre 10, 2013

Anomalía

Leía este sábado, por sorpresa y con gran emoción, un artículo firmado en El País por Xavier Trias, el alcalde de Barcelona, defendiendo la candidatura de la ciudad de Madrid a los Juegos Olímpicos del 2020.

Para no inventarme frases, he buscado el artículo, fácil de encontrar por reciente, en el que Trias viene a decir literalmente 'la de Madrid es una candidatura destinada al éxito'.

Hablaba de emoción, de trabajo bien hecho e incluso se permitía utilizar el futuro, no condicional, para afirmar 'los de Madrid 2020 serán unos Juegos que llegarán a lo más alto'.


No pasaron ni 24 horas para desdecirse y afirmar que la ciudad de Madrid no estaba a la altura de competir con ciudades de la 'categoría' de Estambul o Tokio. Con un punto de aclaración: Barcelona, sí.

No sé hasta qué punto ese tono prepotente en personas tan aparentemente afables forma parte de una estrategia para sembrar el odio.

Y lo escribe un ciudadano de Sevilla que tendría dificultades para elegir entre Madrid o Barcelona, de tanto que me gustan.

Ese mismo día, el conseller de Cultura (ojo, de Cultura) del gobierno catalán venía a informarnos desde un atril de que no somos ciudadanos de un país desarrollado, sino que formamos parte de una anomalía histórica (llamada España).

Como anómalo que soy al formar parte de una anomalía, trato de buscar explicaciones irracionales entre argumentos tan enrevesados y dañinos para intentar entender el porqué de tanta mezquindad.

Hoy es Artur Mas quien se despacha con una comparación entre la gran movilización en pro de los derechos de los negros en la América de mediados del siglo pasado liderada por Martin Luther King, luchador incansable contra el racismo más visceral y los rescoldos de la esclavitud, y la respetable cadena humana de mañana en pro de la independencia de Cataluña.

Incluso los que siempre, y digo siempre, hemos defendido la causa catalana, comenzamos a sentir cierto hartazgo ante discursos tan reaccionarios, ante las mentiras disfrazadas de verdades a base de repetirlas, ante el odio indisimulado a todo lo que suene a castellano, ante la chulería de pensar que a mí, por ser andaluz, la compra diaria me la pagan desde la Generalitat.

Se está sembrando una semilla tan venenosa que hasta el más sensato acabará por decir barbaridades.

No permitamos el odio, no les hagamos el juego. 

Afortunadamente Cataluña es mucho más sensata de lo que nos intentan hacer creer.


lunes, septiembre 09, 2013

Small

Acabábamos de pasar una tarde soleada paseándonos las orillas del Elba a las afueras de Hamburgo cuando tomamos un autobús para volver al centro.

Tres jóvenes al lado de mí, de pie, hablaban en inglés sobre temas de trabajo. Siendo viernes, se veía que acababan de compartir unos días de formación en su empresa y se disponían a organizar el regreso a casa.

Al charlar de sus respectivas trayectorias, uno de ellos comenzó a explicar que había realizado sus estudios en Sevilla. Yo, ya pendiente de la conversación, agucé aún más los oídos.

'A beatiful, small and hot city'.

Así resumían a miles de kilómetros de mi ciudad lo que ésta significaba para un universitario extranjero que la había vivido durante años.

No pude reprimir, cuando el chaval que había estudiado en Sevilla quedó a solas, presentarme. Era irlandés, habíamos compartido profesores en la misma Escuela de Ingenieros, me habló con cariño de su piso en el Arco del Postigo y de la alegría que le suponía poder seguir trabajando en España, en el centro que Airbus tiene en Getafe.

Hablando conmigo se le encendían los ojos hablando de ese maravillosa, pequeña y cálida ciudad lejana.

miércoles, septiembre 04, 2013

Admiración

Hay un punto de hipocresía, sí, seguro, en nuestras relaciones con los demás. Poco importa que sean familia, gente cercana o compañeros de trabajo, construimos imágenes de nosotros mismos, de lo que querríamos ser, que no tiene por qué ser una; de hecho somos una persona estrictamente diferente con cada uno de nuestros compañeros de viaje en esta vida azarosa que nos ha tocado compartir.

En cualquier caso hay técnicas, sí, predecibles, para ganarnos a ese entorno que nos rodea. Y no es malo, más bien inteligente.

Una de las principales, para la gente que tiene un buen fondo, es la de la admiración. La admiración sincera.

Me explico.

Siempre hay motivos para, no ya descalificar, criticar algo en los demás, en la persona concreta con la que compartimos cada momento. Si pensamos en cada uno de nuestros amigos es seguro que encontraremos algo en ellos que nos desespera.

Sin embargo, ¡es tan fácil alabar lo mucho de bueno que hay en cada una de las personas que hemos elegido para ser felices!

Es de tontos juntarse con gente que nos amarga la existencia. Por sentido común, nos vamos arrimando a aquéllos que nos hacen reír, que nos escuchan, que valoran nuestro modo de ser, que se preocupan por nuestras inquietudes, que nos llaman sin tener nada que decirnos...

La estrategia, aquélla de la que yo hablo y que mezclo con la hipocresía, sana, es siempre encontrar la ocasión para alabar a quien quieres.

Hay mil motivos para criticar, pero en ese instante en que el veneno te lleva a hacerlo, piensa en todo lo bueno que esa persona que te aguanta, te comprende y se divierte contigo te ofrece.

Es una cuestión de puro egoísmo, si quieres ser feliz habla todo lo bien que sepas de la gente que aprecias.

Porque, además de todo, es verdad.