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lunes, octubre 31, 2016

Juicio

La madurez es un espacio donde no hay dogmas, éstos quedaron en el país de la juventud o en el territorio frío de los despechados. Cuando uno dice que es maduro, con toda la pérdida de frescura que eso conlleva, de oropeles, pasiones y sangre, admite que nada es definitivo.

En el terreno de la sana madurez uno está dispuesto a rehacer el juicio sobre los otros, a escuchar los argumentos para no calificar de forma extrema a nadie. Uno está dispuesto a rectificar.

Dejé mucha gente en el camino cuando no había vislumbrado este mundo en el que hoy me muevo, personas a las que etiqueté por actos concretos movido por el dolor, los celos, el egoísmo o porque realmente eran personas tóxicas para mí en aquel momento.

Sigo alejándome de la gente tóxica, no quiero nubes negras en mi vida sino gente que me aporte, pero estoy dispuesto a escuchar la opinión de otros para corregir el tiro de mis decisiones con respecto a los demás.

El ser humano es tan complejo, y tan simple, que no podemos evaluar la vida de los otros con nuestros propios criterios. Nadie busca ser infeliz, aunque haya personas muy torpes.

La madurez es comprender que somos terriblemente imperfectos y que el mundo está lleno de gente que no vale un pimiento, sí, pero también plagado de personas cercanas que merecen una segunda oportunidad.

Madurar es pensar, sentir y mirar con calma.

sábado, octubre 29, 2016

250

Soy un convencido del carpe diem, de aceptar los retos cuando surgen y de no programar los futuros momentos felices.

Tal vez por haber padecido una adolescencia atormentada, he aprendido a ser una persona fácil.

El hecho de valorar el presente como la clave del bienestar personal me hace ser un avezado gestor del tiempo. Un lema que tengo integrado desde que me conozco es el de que hay tiempo para todo. Mucha gente, en general, se queja de lo contrario, mientras se les pasan las tardes en el sofá, bloqueados frente al televisor, o no saben qué hacer cuando llega el viernes tarde y el trabajo ya no necesita de ellos.

El disfrutar de la vida, según mi teoría, no está reñido con la organización. Hay que saber cuáles son los objetivos.

En mi caso hay dos irrenunciables: mi salud y mi carrera literaria. La primera se puede ir al garete en cualquier momento y la segunda puede no llegar nunca a explosionar, pero en mi mano está hacer lo posible por que eso no ocurra.

Cada día hago deporte, aunque sea testimonial. Hay mil ejercicios sanos con los que ejercitarse en la alfombra de casa y un sinfín de senderos urbanos por los que correr. Me cuido porque me apasiona la vida.

En mi devenir como escritor tengo grabada una consigna: todos los días escribo al menos 250 palabras de mi próxima novela (siempre hay una próxima novela). No me privo de mis viajes, mi callejeo casi diario o los encuentros con los amigos, pero siempre busco el hueco al llegar a casa tras el trabajo para componer esas 250 palabras que me conectan a mi capacidad para contar historias y encontrar esa parte creativa en mí que me hace tanto bien explorar.

Tener unas rutinas que busquen lo mejor de ti y encontrar la constancia para desarrollarlas es también una manera, hay infinitas, de ser feliz.

lunes, octubre 24, 2016

Hogar

Hablaba con amigos de la gente que está enganchada al trabajo. Personas que echan 12 o 14 horas cada día de lunes a viernes y se pasan el fin de semana mirando en el móvil los correos de empresa. Hago cálculos y me sale, quitando las horas de sueño básicas, muy poca vida personal, aquélla que se comparte con la familia, esos ratos indispensables para estar con uno mismo, desarrollar tus habilidades, cuidar de los amigos, ejercitar tu cuerpo, ver una buena película, perderte en un libro, pasear sin rumbo la ciudad.

Más grave es aún cuando, en la mayoría de los casos, presumen de esa carga agotadora de trabajo. Enviar el último email antes de salir para dejar constancia de las horas a las que se sale, tener la luz encendida del despacho para que no haya duda de quién es el último en cerrar.

Son personas, en muchos casos, desorganizadas y que no confían en sus equipos. Distribuyen su tiempo laboral partiendo de la base de sus doce horas de trabajo, con lo que los ritmos se congelan y permiten reuniones interminables, poco atentos a la vida personal de los demás, charlas largas de café y conversaciones insensatas a horas prohibidas.

Pueden ser desorganizados, sí, o incompetentes para realizar sus tareas, o sencillamente egocéntricos, pensando que la calidad de una persona se mide en la duración de las jornadas de trabajo, refugiando su mediocridad tras discursos de quienes se sienten imprescindibles.

El otro día, sin embargo, un compañero de trabajo me dio la clave: 'no soportan estar en casa'. Me impresionó la sentencia por ser tan evidente y no haber pensado en ella. Gente que huye de su propio hogar.

Mi objetivo cada día es rendir al máximo para conseguir los mejores resultados en el tiempo preciso para no descuidar todo lo que de mí debe hacer una persona completa, de forma que al día siguiente llegue fresco para volver a dar lo mejor de mí a la empresa de la que tan orgulloso me siento.

Nadie, en su lecho de muerte, se lamenta de no haber trabajado más.

jueves, octubre 20, 2016

Casete

Ayer asistí a una conferencia, en el seno de mi empresa, en que se hablaba del futuro inmediato del automóvil. Hay grandes líneas de investigación abiertas que se pueden resumir en dos: el coche eléctrico y el coche autónomo. Me quedé con una frase clave: 'en los próximos diez años veremos avances equivalentes a los 50 años que dejamos atrás'.

El otro día, paseando por la costa de Málaga, soñé con la posibilidad de que pudiera grabarse el pasado como un gran time-lapse, desde siglos atrás. Dar marcha atrás a la cinta y ver cómo iban desapareciendo las grandes torres, el hotel Don Carlos, los edificios de primera línea de playa, las urbanizaciones crecidas en las laderas de las montañas, hasta llegar a los originales pueblos blancos, más esquivos con el mar. Seguir dando hacia atrás hasta que el rastro del hombre casi desapareciera, tener la posibilidad de ver esa naturaleza montañosa totalmente desnuda de artificios e incluso llegar al momento en que se uniera el estrecho de Gibraltar.

Pensé, más tarde, en dar a la cinta hacia delante. ¿Qué aparecería? ¿Subirá realmente el nivel del mar hasta comerse los paseos marítimos, las ciudades? ¿Cómo de altos serán los edificios si avanzáramos la cinta a 1 año por segundo?

Seguro que, en ese vídeo, de golpe aparecería un coche despegando, luego dos, luego una multitud, en el 2200, en el 2075 o tal vez en el 2022... En los próximos diez años avances como en los pasados 50.

No sé hasta qué nivel el hombre asumirá con serenidad esta progresión geométrica de la tecnología, invadiendo espacios para supuestamente hacernos la vida más fácil. ¿Hasta qué punto la comodidad arrastrará de nuestros miedos?

El otro día paseaba con mi sobrino Iván y, no sé cómo, salió el tema de la música. Tú sabes lo que eran los casetes -le pregunté para explicarle cómo grababa yo mis canciones favoritas de los 40 principales- ¿verdad?

Era una cosa así -gesticuló con sus manos-, cuadrada. ¿No?

sábado, octubre 15, 2016

Silencio

Soy un apasionado del silencio. Lo busco y protejo los espacios donde lo encuentro.

No renuncio a nada por ello, sigo siendo una persona sociable a la que la comunicación le parece esencial. Me gusta la calle, el jaleo, la música, la charla y, sobre todo, la risa contagiosa.

El silencio no debe, a mi entender, circunscribirse a los minutos previos a conciliar el sueño. Estoy convencido de que es necesario enfrentarse a él a menudo, con todos los sentidos, y regodearse; tenerlo como compañero de paseo, en el sofá, frente al ordenador, haciendo deporte, cocinando.

Hace tiempo que no corro por esas inmensas playas de Conil con auricular. Escuchaba canciones escogidas de entre mis listas de favoritas, pero me perdía el sonido de la naturaleza, el rugir del mar, el viento siempre presente en Cádiz. En casa, a determinadas horas de la tarde, mientras escribo, se escuchan las golondrinas a través de la ventana.

Nunca existe el silencio absoluto, ése dicen que sería insoportable, pero sí podemos elegir el silencio de la introspección, nuestra dosis diaria de clausura, el dejar venir los fantasmas y sudarlos, el soñar la consecución de nuestros proyectos y sonreírnos, el pensar en la vida de los que queremos, con calma, dedicando horas a sentir como sienten ellos; encontrar el espacio para imaginar el mundo entero o a trozos.

Bucear hacia dentro para sincronizarnos con la naturaleza a la que pertenecemos y entender, aunque sea por ínfimos instantes preciosos, esa parte de nosotros que es inmortal.

lunes, octubre 10, 2016

Caña

Dice Fran que siempre salgo de casa con la caña de pescar. No lo niego. Mariángeles se mofa con cariño de mí al comentar que siempre que viene a alguna de mis cenas o fiestas está expectante para ver qué invitado desconocido, para ella, aparece. Tiene razón también.

Espero seguir así muchos años, con capacidad para integrar gente nueva en mi vida.

A determinadas edades hay quien dice que ya tiene su cupo de amistades cubiertas. ¡Yo no! Tengo, y la gente que me conoce lo sabe, grandes amigos. Pero el mundo es grande y, pese a lo frustrantes que resultan muchas personas y actitudes, sé que aún existe gente circulando por cualquier lado a la que estoy destinado a encontrar y tomar un sincero aprecio, que serán imprescindibles en mi futuro.

Me decía el otro día Nuria lo mucho que disfrutó tomando una cerveza con un par de portugueses a los que conoció en el bar de El Corte Inglés. ¡Claro que sí!

La pena, le comentaba yo, es la poca oportunidad que nos damos los humanos para conversar e interesarnos por el otro, para charlar con los de la mesa de al lado en el restaurante, para comentar un cuadro con alguien desconocido mientras visitamos un museo, para entablar conversación con quien acaba de reconocer que lee a Murakami, que le encanta Venecia, que viaja con una ONG, que es creativo, bloguero, inventor de máquinas inservibles o pescador de personas sin pescar.

miércoles, septiembre 28, 2016

Mirada

Me miró fijo a los ojos, sentado en el borde de la cama y sin fuerzas para levantarse, el penúltimo de sus días. La cabeza había desconectado de un cuerpo en ruina y entre Iván y yo conseguimos acompañarlo, pasito a pasito, en su último paseo entre el dormitorio y el salón. Me miró fijo a los ojos en un efímero instante de lucidez y su mirada comprendía toda una vida, sus ojos pequeños casi infantiles de quien no quiere ver que todo se acaba; una mirada de derrota, de alerta, de amor y miedo.

Se me heló la espalda.

Los meses han pasado, las rutinas han hecho su trabajo y el sol de verano ha quemado las imágenes más terribles; pero esa mirada no desaparece, como un testigo ancestral de padre a hijo.

Las risas se han vuelto transparentes, tengo mil proyectos y sigo levantándome tempranísimo cada día para desayunar con tiempo pensando en el día por venir.

No vienen las lágrimas, que algún día aparecerán en catarata; él se me aparece en sueños, afortunadamente, para recordarme que está vivo en mí. Llegan los abrazos de entonces, cuando yo me acercaba a él para decirle que mi vida era de esta y aquella otra manera, que las cosas iban bien, que cuidaría de todos.

¡Cómo lo echo de menos!

miércoles, septiembre 21, 2016

Hablar

Tengo una gran amiga que comenta con transparencia que vota al Partido Popular. Tengo otra gran amiga que manifiesta en público su fidelidad a Podemos. Yo, lejano al voto de estas dos opciones, las quiero y las admiro.

Hubo una época no necesariamente antediluviana en que creí que esto no era posible. Pensaba, en mi ingenuidad, que no podría tener nada en común con quien tuviera convicciones políticas opuestas a las mías. Si ve el mundo de esa manera, me decía, no tenemos posibilidad de entendernos.

Ahora, en cambio, me gusta organizar cenas en casa con amigos que sepan explicar con pasión sus diferencias sin temor a la controversia, pero sin gritos.

Hay que ponerle corazón a nuestras convicciones y saber defenderlas, tanto como saber escuchar las del otro y darle su espacio.

No me muevo con fascistas ni con muertos de hambre, ni con corruptos o ladrones, ni me gusta que haya odio en los argumentarios. Ése ya se lo dejamos a los políticos profesionales.

Cada vez estoy más convencido de que nuestra sociedad no estará del todo madura hasta que no sepamos escuchar las razones del otro sin presuponerle maldad.

Yo aspiro a convencer a los demás de cómo debería gobernarse el mundo, pero hay millones de mundos imperfectos posibles.

lunes, septiembre 12, 2016

Ego

Ser un buen patriota es querer a tu país por haber nacido en él. Así pienso. Es obsceno pensar que tu país es mejor por ser el tuyo, no lo elegiste tú. Es como la familia de uno: la quieres porque es la tuya, no porque sea impecable. La quieres con sus momentazos y sus miserias, y siempre haces lo posible por que vaya a mejor, en lo económico, en lo social, en lo afectivo.

Así entiendo yo mi cariño por España. La quiero porque me tocó nacer aquí. Y quiero que mejore porque es el lugar de los míos.

El problema es cuando se alardea de país porque uno piensa que es 'el más guay', el de la sociedad más avanzada, los que trabajan de verdad, los que ganan más medallas, los que no tienen nada que aprender de los vecinos, ni nada que compartir.

Mucho de eso hay en los nacionalismos más rancios. El Brexit no es sino eso, un egocéntrico canto a la supremacía de un pueblo que se considera elegido y no quiere que otros, los otros, le digan cómo tienen que hacer las cosas, ni desea compartir su riqueza con esos que no son tan brillantes como ellos.

El nacionalismo se entiende cuando se mimetiza al plano individual. Yo, guapo, alto y bien situado, no tengo por qué ser solidario con quien no lo es. Los que me rodean son sanguijuelas que se arriman a mí por lo que yo les aporto.

No se dan cuenta los nacionalistas de que nadie es más que nadie y de que los egocéntricos que sólo saben mirarse al espejo acaban por quedarse solos, hipnotizados con una belleza que acabarán viendo ellos solos.

Yo coloco una bandera con una estrella en mi balcón para decir a los que no tienen mi sangre que aquí hay un patriota que no quiere a su país por ser el que le vio nacer, sino porque es el mejor país entre los países, y tú, pobre diablo, no has tenido esa suerte.

Yo me quedo con el balcón con macetas y una mesa para observar a la gente pasar. ¡Qué gusto! 

jueves, septiembre 08, 2016

Tontos

Desde la distancia de quien no se dedica a la cosa pública, uno tiende a pensar de forma subconsciente que los grandes dirigentes mundiales están hechos de una especial madera, que tienen agallas para enfrentar situaciones críticas, capacidad para empatizar con los pueblos a los que representan, liderazgo para tirar de ellos y un intelecto por encima de la media para poder mover tantos hilos sin aturullarse. 

España tiene un máximo dirigente que tira por tierra toda esa teoría y te hace dudar de las verdaderas razones que hacen llegar a una persona a responsabilidades tan altas.

Un hombre como Rajoy que es capaz de aprobar el nombramiento de Jose Manuel Soria como representante del gobierno español en el Banco Mundial con un sueldo estratosférico pocos meses después de que los españoles hubiéramos escuchado con estupor las declaraciones contradictorias y mentirosas del que fuera ministro de Industria antes de caer de su cargo por su incompetencia, un presidente que autoriza esta felonía es una persona, por encima de todo, de una cortedad emocional grave, de una falta de empatía con el pueblo y una ineptitud inexcusable, sin aprecio por la ética ni respeto a los ciudadanos. No todo se corrige con la rectificación. No se nos puede tomar por tontos y luego hablar de despiste.


sábado, septiembre 03, 2016

Serio

El gran desafío del hombre es cómo vivir una existencia que no tiene sentido en sí: no hay un objetivo concreto que cumplir ni hay que llegar a ningún lado. De ahí que cada cual tenga que aplicar sus metodologías personales para motivarse en el corto y el largo plazo.

Yo me aplico una que me va muy bien: entender la vida como un juego. Considero que tomarse las cosas muy en serio es perjudicial además de ridículo. Quien dramatiza con el trabajo, los amigos, la política o la familia, quien camina aprisa por la ciudad con mal humor acaba por transmitir una ansiedad que comienza por destruirle a sí mismo y a contaminar todo lo que le rodea.

Aceptar el sinsentido de le existencia es el axioma fundamental a asumir para encontrar una vía de salvación, e incluso para construir el propio destino con alegría. Se requiere ser valiente y la clave es aplicar mucho amor.

Hay sólo un aspecto del ser humano como tal, sin embargo, que sí me tomo en serio: la maldad.

Precisamente porque esta vida nuestra es un espacio confuso en el que tenemos que aprender a desenvolvernos para salir adelante y para cuidar de los nuestros, y tal vez porque la entienda como un gran juego del que somos partícipes, no soporto quien aprovecha para zancadillear a los demás, el que aplica su inteligencia en destrozar, corromper, envidiar, difamar, engañar, maltratar, ridiculizar, despreciar.

Sólo la maldad me hace ponerme serio. ¡Y se manifiesta de tantas maneras!

jueves, agosto 25, 2016

Sumas

Por mucho que alguien se escape a un lugar idílico en un día laborable de cualquier mes del año, siempre encontrará gente allí disfrutando de una experiencia que para esa persona es excepcional. Si un día se pega un homenaje merecido en un restaurante de lujo, encontrará mesas llenas de comensales que charlan allí con toda naturalidad. Cuando vaya a un concierto majestuoso de ópera, acabará aplaudiendo emocionado entre una multitud entusiasmada y podrá preguntarse: ¿pero dónde he estado metido yo?

El ser humano, por lo general y de forma subconsciente, tiende a pensar que esos que viajan, se relamen con servilletas de seda y viven la dolce vita son todos los mismos y muchos más de los que son.

Si su equipo nunca gana una competición, uno llega a creer que es un desgraciado por no conseguir nunca nada, sin razonar que la inmensa mayoría de los clubs no ganan jamás.

Agrupan a los triunfadores en un 'todos menos yo' que los hace pequeñitos y provoca el efecto contrario al de sentirse privilegiados. Hacen sumas raras que suelen dejarlos en el escalafón inferior del disfrute.

Hay que guiñarle el ojo al que aplaude junto a ti o se baña en aguas cristalinas de un paraíso, porque ellos, como tú, sois triunfadores por entender que la vida está llena de momentos excepcionales para sentirse únicos; momentos irrepetibles que no todos saben aprovechar, creyéndose intrusos en un paraíso inmerecido.

lunes, agosto 22, 2016

Muero

En una de las paradas de nuestro viaje por Europa de estas vacaciones recién terminadas, mi sobrino Iván me imitaba, con risas, y repetía con voz impostada una frase mía:

-Muero por llegar a Gante y ver el Políptico de Van Eyck.

Yo simulé una cara de cabreo y él insistió:

-¡Es que tú te mueres por todo!

Sí. Desde que él me lo dijo, caí en la cuenta de las veces que uso esa expresión. 'Muero por volver a Nueva York, por pasear de nuevo por Lisboa, por volver a atravesar en camioneta la Cordillera de los Andes, o a patearme los templos de Kioto entre geishas, o a comer pollo al sultán en una azotea de Bursa, o pescado y licor de ciruelas en el mercado de Pusán, o recrearme otra vez con el retrato del matrimonio Arnolfini de Van Eyck en la National Gallery, o por bañarme al anochecer en la playa granadina de La Herradura, o por vivir de nuevo la noche ténebre del Jueves Santo en la iglesia de San Miguel y San Gaetano de Florencia, o por tomar un antojito en la Venta Esteban de Jerez, o por leer un nuevo libro de Murakami, o de Auster, o por pasear una vez más Barcelona con Rivo y Ángels, o Hamburgo con Gabi, o Ámsterdam con Fernando, o por recorrerme una mañana más cada rincón de la catedral de Sevilla...'

Muero por seguir vivo y teniendo intacta la capacidad de emocionarme.

miércoles, agosto 17, 2016

Nadal

Estos días de verano, aunque intento mantener la forma y seguir haciendo ejercicio diariamente, he ganado kilos y he perdido fondo a la hora de correr. Los días de levante en Conil no han ayudado al no poder salir de casa si no era para meterme en el coche o en un bar a tomar cervezas.

Esta semana, en Marbella, conseguí al fin salir a correr por los alrededores de la urbanización donde estamos. Suelo hacer de media 10 km, pero esa vez a los 4km iba muerto. Al ser un circuito pequeño, la tentación de escaparme al apartamento y darme un baño en la playa era enorme.

Entonces pensaba en los gritos de ánimo que di a Nadal en sus últimos partidos en los Juegos de Brasil, ¡qué fácil exigir un esfuerzo más desde el sofá a un tipo que acababa fundido cada encuentro!, y sacaba fuerzas para 4 km más.

Necesitamos muchos Nadales que nos inviten a obligarnos a ser mejores.

lunes, agosto 15, 2016

Presumida

Dejando de lado la belleza, cualidad sobre la que no tenemos gran capacidad de control, me gusta la gente presumida, la que se mira al espejo, sin obsesiones, la que se cuida, la coqueta, sin dogmas, la que se preocupa por dar a los demás, porque quiere verse bien, lo mejor de sí misma. Las abuelas vestidas de flores, los chavales que se peinan, aunque sea para despeinarse, la señora que se pega un toquecillo de rímel, el tipo que busca combinar bien la ropa, aunque no acierte.

Quien se cuida es porque se quiere y quiere ofrecer lo mejor de sí. Quien se sonríe al espejo antes de salir, quien se guiña el ojo es porque sale a la calle a comerse el mundo, porque se siente parte activa de él.

Yo tengo un punto presumido porque me gusta ser como la gente que me gusta.

miércoles, agosto 10, 2016

Domo

Subían Raquel e Iván a su habitación del hotel de Gante cuando, en el ascensor, una camarera de la limpieza de origen asiático les preguntó:

-Spanish?

Mi hermana asintió y entonces la limpiadora se acercó para preguntarles:

-Domo?

Siempre insegura con su inglés, mi hermana se quedó bloqueada, con Iván medio escondido detrás. La mujer insistía:

-Domo?

Cinco minutos después, Iván nos contaba a carcajada limpia la escena. Raquel me preguntaba qué significaba 'domo' y yo busqué en el traductor de google colocando todos los idiomas asiáticos posibles. No aparecía nada.

'Domo' se convirtió para nosotros en la palabra fetiche del viaje. Cuando apareció por la ventana del metro la enorme imagen del Atomium, gritamos al unísono: ¡Domo! Cuando en cualquier bar se nos explicaba del tirón la lista de comidas en holandés nos preguntábamos: ¿Domo? Cuando llamábamos a la puerta de nuestras habitaciones del hotel, con los nudillos, la contraseña era: 'Domo'.

Tras un invierno durísimo por la muerte de mi padre, estos días recorriendo Europa al grito de ¡Domo!, salpicado de la risa contagiosa de la inocencia de Iván, nos ha llevado a la edad del pavo, a reconciliarnos con nuestros huesos y a sentir que la vida es más fuerte que todo.

Domo.

miércoles, julio 27, 2016

Terror

Lejos de banderas, soy un ser profundamente europeo. Antes de tener ningún tipo de responsabilidad profesional, apenas comenzando la universidad, ya me iba con mis amigos de tren en tren para atravesar fronteras, leer idiomas diferentes y observar paisajes. Me recuerdo como si fuese ayer sentado, con menos de veinte años, en unas baldosas de la estación de tren de Estocolmo como feliz espectador del trasiego de gente rubia caminando con prisas de un lado a otro.

Recorrer este viejo continente tuvo el efecto inicial de hacerme sentir muy pequeño, al ver la enorme diversidad de culturas, lenguas y conglomerados urbanos, cuando aún no sabía que me estaba haciendo grande como persona al abrir los ojos al espectáculo de contemplar las gentes de los países que conforman el origen de una de las grandes civilizaciones de la humanidad. Visité Berlín cuando tiraron el muro y atravesé  de un lado a otro con una emoción que se me salía del corazón.

No sé definir si admiro más la cultura francesa, la inglesa, la alemana, la italiana, la de los países nórdicos o mi propia cultura hispana, pero sí sé que todas son fundamentales para conformar lo que hoy somos. No se entiende nuestro presente sin Voltaire, Dante, Kant, Cervantes o Lord Byron.

Un continente que ha estallado mil veces en guerras de incomprensión, en atroces carnicerías durante siglos, para definir fronteras o imponer religiones, y que por fin ha encontrado sus leyes básicas de entendimiento en una organización plurinacional apoyada en los derechos y libertades más amplios que nunca hayamos tenido.

Una organización burocrática y perfectible, seguro. Gris, lenta y aburrida, tal vez. Pero bendito aburrimiento el que nos permite construir un futuro en paz.

Pasado mañana comienzo unas nuevas vacaciones por la Europa del norte de Francia hasta llegar a Holanda, con la ilusión de transmitirle a mi sobrino Iván un pellizco de la emoción que supone para mí patearme sus calles, con la alegría de llevar a mi hermana Raquel por los rincones donde se movieron Rubens, Rembrandt o Carlos V, en tanto nos avasallan noticias que, una vez más, anuncian su declive, atacada por fanáticos que sólo buscan la destrucción de la armonía de un pueblo culto; armonía que tan costosa ha sido de alcanzar.

Los radicales se buscan para deshacer lo conseguido por generaciones, que entendieron que las luchas fratricidas quedaron atrás; radicales que vienen para imponer el terror, el odio y la vergüenza. Radicales que llegan de fuera o que surgen de dentro, analfabetos y pijos, salvajes y cultivados, mediocres, pusilánimes, rencorosos, provincianos, egocéntricos y despreciables hasta decir basta.

Yo quiero enseñarle a Iván lo mejor de Europa y decirle que esa tierra es suya, que hay que amarla porque nosotros venimos de ahí y estamos obligados a defenderla de quien la odia, porque quien odia a Europa como sentimiento universal es el peor de los fascistas, el más rancio, el menos solidario, el más desmemoriado, torpe y necio.

viernes, julio 22, 2016

Aburrimiento

Yo he vivido, aunque pequeño, la emoción de mi madre escuchando el mitin final de campaña de Felipe González en el Prado de San Sebastián en el año 82, y vi sus lágrimas.

Sé de política todo lo que puede saber una persona muy interesada en ella, que ya desde que recuerdo le robaba a mi padre el ABC para leer los cambios profundos que fue experimentando mi país desde que un día nos dejaran a todos los hermanos sin colegio, atemorizados por la muerte de Franco.

Echando la vista atrás resulta apasionante haber vivido la construcción de una democracia en paralelo a la construcción de la persona que hoy soy yo. Pactos básicos para reformar un país dividido por cuarenta años de dictadura y convertirlo en un referente avanzado en derechos humanos, seguridad social universal, libertades individuales, conquistas sociales, descentralización, integración en las instituciones europeas.

Nos gustasen o no, había líderes que tenían un proyecto robusto que ofrecer a la ciudadanía.

Estos meses de parálisis constituyen, a mis ojos, una muestra desalentadora de esa falta de liderazgo y agallas que se necesitan para arrastrar a una población machacada por larguísimos años de crisis hacia nuevos retos colectivos.

Los seres humanos no sólo podemos vivir de proyectos personales y desconectar de lo que a nuestra sociedad, como grupo, le inquiete e ilusione.

Son tiempos de aburrimiento y desencanto. Nunca abrí con tanta desgana las páginas de esa política que me apasionó desde que recuerdo.

miércoles, julio 20, 2016

Ficción

Cuando tomé la decisión de estudiar ingeniería, una de mis mayores preocupaciones venía de tiempo atrás, cuando me operaron de estrabismo en quinto de EGB. Nací con bizquera y esa operación, que me quitó complejos y un parche infantil eterno en el ojo, trajo consigo un ingrediente extraño: mi incapacidad para ver en tres dimensiones.

Me ponían a prueba con máquinas rudimentarias para ver diapositivas, una especie de anteojos, y yo hacía esfuerzos por ver lo que los demás veían.

Una de las principales asignaturas de la carrera era el dibujo técnico y yo sufría pensando cómo iba a aprobarla nunca si mis ojos no tenían la alineación necesaria para ver en 3D.

Tal vez ese temor produjo que fuese la primera asignatura que aprobase.

De la misma forma que yo padezco de esa carencia, creo que no todo el mundo tiene el cerebro preparado, por no decir el alma, para entender la ficción.

Recuerdo un compañero de estudios que me decía que no iba al cine porque él no se podía sustraer del hecho de que tras los actores había todo un arsenal de cámaras, luces y técnicos. Yo le intentaba explicar el porqué yo conseguía abstraerme de todo eso y meterme en la historia. Él me miraba con ojos atentos, pero no le llegaba a convencer.

Entrar en lo inventado y creértelo, aunque sea en el instante en que lo lees o visualizas, te hace cargar la mochila de recuerdos robados, que te enriquecen sin saberlo.

Ver el mundo creado por alguien ajeno a ti es sanísimo. Lo decía hace pocos días en un discurso memorable Ana María Matute. La necesidad de la ficción para el ser humano. Existe desde siempre.

Necesidad de escapar de la unicidad de su existencia para hacerse partícipe de otras.

Afortunadamente tuve la suerte, como tantos, de nacer con el don de saber introducirme en espacios inventados por otros. Verlos con sus ojos y dejarme llevar.

martes, julio 19, 2016

Conflicto

Hay personas que te lo dicen así:

-No soporto el conflicto.

Hay quien lo utiliza, el conflicto, para imponerse a las primeras. Levantan la voz porque saben que las otras no quieren problemas. Hay muchas otras, desgraciadamente, que no funcionan si no es con un mal gesto. Gente a las que le va la marcha del tono duro para avanzar.

El conflicto es inherente al devenir de cada día. Es fruto de nuestra libertad. Consecuencia de los choques entre nuestras decisiones, así como entre nuestros actos y los de los demás. Es el equilibrio de fuerzas necesario que evita la parálisis, y nos hace crecer. Suena mal, sin embargo, la palabra. Conflicto suena a agresividad y mal rollo, a golpe y destrozo, a morir un poco.

La sal de la vida es precisamente el decidir a cada momento qué queremos ser, a partir de pequeñas decisiones o grandes pasos. Decir sí o no es renunciar a algo, en una vida que no tiene borrador posible. Pero también es ganar un espacio propio. El camino correcto puede estar aquí o allá, afortunadamente hay miles. Donde nunca está es en la cabeza agachada ni en los ojos cerrados. Ni en la imposición a otros ni en la mutilación propia.

Una persona brillante es aquélla que afronta con serenidad las contradicciones del día a día, que crece cuando se equivoca, que piensa en los demás cuando decide, que escucha y se deja oír, que no se bloquea ante los cruces de camino.

Los indecisos arrastran una triste mochila pesada y repleta de lamentos, ¡qué pudo ser de mi vida!, de todos los colores y tamaños.