Hace siglos que vi un programa en televisión en que un americano de camisa de leñador y dientes blancos, casi fluorescentes, decía lo obvio, que en esta vida no se es feliz sin un proyecto.
Una ilusión.
La gente, cercana o lejana, que se deja ir es porque, sin que haga falta que te lo diga un yanqui de sonrisa colgate, ha roto los hilos básicos con la ilusión de construir un sueño.
En mi caso es básico: Suena el despertador, desagradable, y busco en mi cabeza un proyecto, una motivación.
Afortunadamente siempre hay cosas.
La primera es mi amor. Todo lo que sea pensar en mi pareja y su futuro es sinónimo de felicidad.
La segunda es Iván. Y con Iván mi familia entera.
La próxima novela, la próxima película, nuestro verano cercano en Nueva York, la semana santa en el Algarve, la novela por terminar de Paul Auster, liquidar la próxima Visa de Bankinter, evitar que el alcalde de Sevilla sea el carca de Zoido, pensar en asistir a un concierto de Zazie en París, creer que es posible una Libia libre, que Palestina encuentre su sitio digno en el mundo, soñar con una España con pleno empleo, asistir a una conferencia de Rosa Montero, que Isaac triunfe con su empresa de maniquíes, que mis hermanas logren consolidar su espíritu emprendedor tras tantos años de lucha...
Me sigo despertando con ganas de vivir...
jueves, marzo 31, 2011
lunes, marzo 28, 2011
Algarroba
Cuando dejé la casa familiar para irme al piso céntrico de la Alameda que terminaré de pagar en veinticinco años, le regalé a mi padre mi viejo ordenador, ya por entonces casi una reliquia.
A mi padre el ordenador le sirve, le servirá cuando aprenda a utilizarlo, como simple máquina de escribir. Especialista en Historia de España, su único interés es poder escribir la vida y obra de todos nuestros reyes, escritores, políticos... No se puede ser más feliz que mi padre haciendo árboles genealógicos de nuestra monarquía.
Contento con el regalo de su hijo, impaciente por aprender, se plantó en el Corte Inglés. Buscó dónde estaban los ordenadores y a algún encargado enchaquetado para preguntarle:
Yo quiero un libro para aprender a utilizar un ordenador.
Al parecer, el dependiente le preguntó:
¿Qué sistema operativo utiliza?, ¿MS-2?, ¿Windows?
Mi padre, altanero y guasón, le respondió:
Como usted siga hablándome así, cojo la puerta y me voy.
De eso hace más de diez años, y sigue escribiendo a mano las biografías reales.
Fue por esa época cuando un compañero de trabajo al que tengo especial cariño, en esos tiempos en que empezaban a instalarnos ordenadores personales corporativos a cada uno, recibió una llamada de un proveedor de San Sebastián. Mi despacho era contiguo al suyo, separándonos un panel de cristal que no llegaba al techo. De pronto, me pega un grito:
¡Salva!
Me asomé por el cristal para preguntarle en qué podía ayudarle. Él, con diez o doce años más que yo, tapó el auricular para preguntarme:
Este hombre me quiere enviar el plano de una pieza por internet.
Y me lo decía como si al proveedor vasco se le hubiese ido la cabeza.
Claro, le respondí, dale tu correo electrónico de Renault.
Me miró con cara de pánico, así que se lo apunté. No había más que poner su nombre, un punto, su apellido y @renault.com.
Se lo dejé encima de la mesa y me quedé esperando el final de la conversación.
Sí, sí, tenemos correo electrónico.
Entonces empezó a deletreárselo. Lo malo fue cuando llegó a mitad de camino:
Eso es... mi apellido y luego... algarroba... renault punto com.
¡¿Algarroba?!
Grité yo.
¡¿Algarroba?!
Gritó él.
No se me olvidará su cara al teléfono.
A mi padre el ordenador le sirve, le servirá cuando aprenda a utilizarlo, como simple máquina de escribir. Especialista en Historia de España, su único interés es poder escribir la vida y obra de todos nuestros reyes, escritores, políticos... No se puede ser más feliz que mi padre haciendo árboles genealógicos de nuestra monarquía.
Contento con el regalo de su hijo, impaciente por aprender, se plantó en el Corte Inglés. Buscó dónde estaban los ordenadores y a algún encargado enchaquetado para preguntarle:
Yo quiero un libro para aprender a utilizar un ordenador.
Al parecer, el dependiente le preguntó:
¿Qué sistema operativo utiliza?, ¿MS-2?, ¿Windows?
Mi padre, altanero y guasón, le respondió:
Como usted siga hablándome así, cojo la puerta y me voy.
De eso hace más de diez años, y sigue escribiendo a mano las biografías reales.
Fue por esa época cuando un compañero de trabajo al que tengo especial cariño, en esos tiempos en que empezaban a instalarnos ordenadores personales corporativos a cada uno, recibió una llamada de un proveedor de San Sebastián. Mi despacho era contiguo al suyo, separándonos un panel de cristal que no llegaba al techo. De pronto, me pega un grito:
¡Salva!
Me asomé por el cristal para preguntarle en qué podía ayudarle. Él, con diez o doce años más que yo, tapó el auricular para preguntarme:
Este hombre me quiere enviar el plano de una pieza por internet.
Y me lo decía como si al proveedor vasco se le hubiese ido la cabeza.
Claro, le respondí, dale tu correo electrónico de Renault.
Me miró con cara de pánico, así que se lo apunté. No había más que poner su nombre, un punto, su apellido y @renault.com.
Se lo dejé encima de la mesa y me quedé esperando el final de la conversación.
Sí, sí, tenemos correo electrónico.
Entonces empezó a deletreárselo. Lo malo fue cuando llegó a mitad de camino:
Eso es... mi apellido y luego... algarroba... renault punto com.
¡¿Algarroba?!
Grité yo.
¡¿Algarroba?!
Gritó él.
No se me olvidará su cara al teléfono.
viernes, marzo 25, 2011
Química
A las personas se las puede clasificar según infinitos criterios, pero uno de los más sencillos sería el que las divide en interesantes y las que no lo son.
Se trata de un criterio subjetivo, pero nadie mejor que uno mismo para saber quién te llama la atención o no. Por sensibilidad, belleza, inteligencia, bondad, cultura, estilo o simpatía.
Para el segundo grupo, el de la gente insulsa, no dedico mucho tiempo.
Para el primero, podría hacer una segunda distinción: con los que hay química y con los que no.
Evidentemente, si no hay química y a mí me parece interesante esa persona, hay un cierto toque de frustración en mí. Y cuando no hay química, poco se puede hacer. Casi todas las estrategias te llevan a reforzar la falta de feeling.
Pienso, por ejemplo, en una periodista con la que suelo coincidir, porque compartimos muchos amigos comunes, con la que me siento transparente. Me dice hola por respeto, pero al mismo tiempo me hace sentir insustancial. Por mucho que participe, dé mi opinión u ofrezca mi mejor sonrisa, no dejo de ser para ella un perteneciente a su segundo grupo, el de los no interesantes.
Como ella, me he cruzado con personas de gran valía a las que no he provocado ninguna sensación, algo dañino para mi vanidad. O tal vez sano.
Cuando tú, como ser humano, provocas nada en otro ser humano, lo mejor es seguir siendo tú. Las relaciones humanas son así. No hay que buscar estrategias. Hay que admitir que, de vez en cuando, somos transparentes.
Se trata de un criterio subjetivo, pero nadie mejor que uno mismo para saber quién te llama la atención o no. Por sensibilidad, belleza, inteligencia, bondad, cultura, estilo o simpatía.
Para el segundo grupo, el de la gente insulsa, no dedico mucho tiempo.
Para el primero, podría hacer una segunda distinción: con los que hay química y con los que no.
Evidentemente, si no hay química y a mí me parece interesante esa persona, hay un cierto toque de frustración en mí. Y cuando no hay química, poco se puede hacer. Casi todas las estrategias te llevan a reforzar la falta de feeling.
Pienso, por ejemplo, en una periodista con la que suelo coincidir, porque compartimos muchos amigos comunes, con la que me siento transparente. Me dice hola por respeto, pero al mismo tiempo me hace sentir insustancial. Por mucho que participe, dé mi opinión u ofrezca mi mejor sonrisa, no dejo de ser para ella un perteneciente a su segundo grupo, el de los no interesantes.
Como ella, me he cruzado con personas de gran valía a las que no he provocado ninguna sensación, algo dañino para mi vanidad. O tal vez sano.
Cuando tú, como ser humano, provocas nada en otro ser humano, lo mejor es seguir siendo tú. Las relaciones humanas son así. No hay que buscar estrategias. Hay que admitir que, de vez en cuando, somos transparentes.
martes, marzo 22, 2011
Explosión
Habiendo pasado más de media vida en Suiza, en una pequeña ciudad alpina que necesita una pala en pleno invierno para quitar un metro de nieve si quieres sacar el coche, mi tía Maribel siempre ha dicho que en Andalucía no sabemos lo que son las estaciones, saltos radicales de paisajes, del blanco al verde y del verde al marrón de hojas caídas.
Yo debí nacer escarabajo de tanto como me gusta el sol.
No sé qué hay en mí que siempre me hace soñar con noches de verano tomando cervezas en la Alameda. Sinónimo de la alegría de vivir. Tal vez porque mi cuerpo piense que el frío es la muerte.
Viajar te abre los pulmones, los ojos, los sentidos y con ellos la curiosidad, la capacidad de disfrute, la apertura de mente. Es tan tremendo el error de creerse en el centro del mundo como no saber valorar lo que se tiene.
En este día intenso, que pasará para siempre, he ido de un lado a otro como si el mundo se acabase mañana; pero tras tomarme un té con una escritora onubense encantadora he vuelto a casa por esa Alameda que resume mis imágenes de felicidad para toparme, en un callejón y por sorpresa, con una explosión de azahar indecente, enviándome a épocas lejanas y cercanas, a toda una vida de primaveras que vuelven una y otra vez.
Sé que no vivo en el paraíso, pero a veces se parece tanto...
Yo debí nacer escarabajo de tanto como me gusta el sol.
No sé qué hay en mí que siempre me hace soñar con noches de verano tomando cervezas en la Alameda. Sinónimo de la alegría de vivir. Tal vez porque mi cuerpo piense que el frío es la muerte.
Viajar te abre los pulmones, los ojos, los sentidos y con ellos la curiosidad, la capacidad de disfrute, la apertura de mente. Es tan tremendo el error de creerse en el centro del mundo como no saber valorar lo que se tiene.
En este día intenso, que pasará para siempre, he ido de un lado a otro como si el mundo se acabase mañana; pero tras tomarme un té con una escritora onubense encantadora he vuelto a casa por esa Alameda que resume mis imágenes de felicidad para toparme, en un callejón y por sorpresa, con una explosión de azahar indecente, enviándome a épocas lejanas y cercanas, a toda una vida de primaveras que vuelven una y otra vez.
Sé que no vivo en el paraíso, pero a veces se parece tanto...
domingo, marzo 20, 2011
Ni el Rey
Con mi hermano David siempre he tenido la relación que define a la unión de dos personas extrañas que se quieren.
El pequeño de la casa, fue el único que quedó fuera de la habitación del hospital donde falleció mi madre.
David nos esperaba, acunado por nuestros familiares, en la planta baja de esa clínica de infausto recuerdo. Tenía quince años. La familia, sin la madre, se desperdigó en dolores y vidas nuevas que se abrían.
Dejó de estudiar, se convirtió en un chaval complicado, desubicado, rebelde.
El verano siguiente a tan dolorosa pérdida, mi padre decidió alquilar un apartamento en nuestra playa de siempre, La Antilla. Mis hermanas ya tenían su propia vida, así que entre semana estábamos a solas mi hermano y yo. Recuerdo que yo no dejaba de estudiar las asignaturas pendientes de mi difícilisimo primer curso de ingeniería mientras David disfrutaba de su pandilla de entonces.
Una noche, mientras yo veía la tele tirado en el sofá de ese apartamento de muebles provenzales, un amigo de mi hermano llamó, excitado, a la puerta. A David y otros dos chavales los habían cogido tirando piedras a unas obras abandonadas del pueblo. A falta de padre, fui yo a rescatarlo. En el cuartelillo de la Guardia Civil estaba los tres niños, acojonados, aguantando los malos modos que por entonces se estilaban.
Yo traté de imponerme calma y pregunté qué delito habían cometido. Me respondieron de forma chulesca. Les dije, con muchos nervios, que los chavales estaban asustados y no merecían ese trato. Uno de los guardias civiles, se abalanzó sobre mí y me rompió la camisa, empujándome contra la pared.
Entonces salió David. Mi hermano cogió a ese hombre y lo levantó como si fuera un muñeco.
¡A mi hermano no lo toca ni el Rey!
El pequeño de la casa, fue el único que quedó fuera de la habitación del hospital donde falleció mi madre.
David nos esperaba, acunado por nuestros familiares, en la planta baja de esa clínica de infausto recuerdo. Tenía quince años. La familia, sin la madre, se desperdigó en dolores y vidas nuevas que se abrían.
Dejó de estudiar, se convirtió en un chaval complicado, desubicado, rebelde.
El verano siguiente a tan dolorosa pérdida, mi padre decidió alquilar un apartamento en nuestra playa de siempre, La Antilla. Mis hermanas ya tenían su propia vida, así que entre semana estábamos a solas mi hermano y yo. Recuerdo que yo no dejaba de estudiar las asignaturas pendientes de mi difícilisimo primer curso de ingeniería mientras David disfrutaba de su pandilla de entonces.
Una noche, mientras yo veía la tele tirado en el sofá de ese apartamento de muebles provenzales, un amigo de mi hermano llamó, excitado, a la puerta. A David y otros dos chavales los habían cogido tirando piedras a unas obras abandonadas del pueblo. A falta de padre, fui yo a rescatarlo. En el cuartelillo de la Guardia Civil estaba los tres niños, acojonados, aguantando los malos modos que por entonces se estilaban.
Yo traté de imponerme calma y pregunté qué delito habían cometido. Me respondieron de forma chulesca. Les dije, con muchos nervios, que los chavales estaban asustados y no merecían ese trato. Uno de los guardias civiles, se abalanzó sobre mí y me rompió la camisa, empujándome contra la pared.
Entonces salió David. Mi hermano cogió a ese hombre y lo levantó como si fuera un muñeco.
¡A mi hermano no lo toca ni el Rey!
jueves, marzo 17, 2011
Saragoza
Puedo entender que Lola Flores hablase mezclando las 'eses' y las 'zetas' en un batiburrillo de no saber dónde ponerlas, porque cuando no se sabe escribir todo es disculpable, pero no es admisible que políticos andaluces se refugien en sus orígenes para justificar un mal hablar.
No hay colores políticos. Desde Celia Villalobos a Diego Valderas pasando por María José Montero, me duelen los oídos al escuchar a paisanos míos utilizar sonidos diferentes para pronunciar la misma consonante.
Saragoza, Zaragosa... No.
De gente que nos represente no podemos permitir que se escuden en su 'andalucismo' para hablar mal.
De andaluces es 'sesear' o 'cecear', pero de personas preparadas no se puede permitir hablar de forma incoherente.
Que se nos escape una 'ese' o una 'ce' en un descuido no es problemático, pero hablar sin criterio sí redunda en nuestra imagen de pueblo descuidado.
Tenemos que luchar por nuestra dignidad y ser un poco más exigentes con nosotros mismos.
Quiero mucho a mi tierra como para no quejarme de la indolencia que supone refugiarse en supuestos dialectos para hablar como analfabetos.
Zaragoza o Saragosa... nunca Saragoza.
No hay colores políticos. Desde Celia Villalobos a Diego Valderas pasando por María José Montero, me duelen los oídos al escuchar a paisanos míos utilizar sonidos diferentes para pronunciar la misma consonante.
Saragoza, Zaragosa... No.
De gente que nos represente no podemos permitir que se escuden en su 'andalucismo' para hablar mal.
De andaluces es 'sesear' o 'cecear', pero de personas preparadas no se puede permitir hablar de forma incoherente.
Que se nos escape una 'ese' o una 'ce' en un descuido no es problemático, pero hablar sin criterio sí redunda en nuestra imagen de pueblo descuidado.
Tenemos que luchar por nuestra dignidad y ser un poco más exigentes con nosotros mismos.
Quiero mucho a mi tierra como para no quejarme de la indolencia que supone refugiarse en supuestos dialectos para hablar como analfabetos.
Zaragoza o Saragosa... nunca Saragoza.
martes, marzo 15, 2011
La mochila
No sé cómo uno llega a enredarse tanto contra sus sueños.
Tras haber vivido una época en que todo parecía que podía comprarse, esta generación que ahora se asusta ante las cifras de paro y la involución económica, parece tener un solo objetivo, desembarazarse de lo superfluo, de esa mochila que hemos cargado a nuestras espaldas a base de notarías, visas e hipotecas que coartan nuestra libertad para poder enfrentarnos al mundo con unas fuerzas que no sabemos si tenemos.
A mí me pesa esa mochila que yo mismo he decidido cargar a base de empeñarme en cosas materiales que no sé, ahora, si necesito.
Además de todo ello me debo considerar afortunado por tener un coche, un piso céntrico y medio apartamento en la playa, sin poder protestar por tener hipotecado tres cuartas partes de mi salario y la libertad de elegir radicalmente otro camino en mi vida.
Vamos, sin darnos cuenta, enmarañándonos en una prisión a medida que perdemos la juventud.
Una de mis grandes ilusiones es hacer más ligera esa mochila, que esas visas se vayan esfumando, la hipoteca se haga menos ingobernable y en unos años pueda decir que mi rumbo lo dirijo plenamente yo.
¿Quién tiene el valor en estos tiempos de arriesgar la seguridad de una nómina? Estamos condenados a agradecerla eternamente porque nosotros mismos nos hemos metido en la trampa de no poder ver otro horizonte que el de asumir que estamos comprometidos, de por vida, con nuestro banco.
Amor fatal.
Tras haber vivido una época en que todo parecía que podía comprarse, esta generación que ahora se asusta ante las cifras de paro y la involución económica, parece tener un solo objetivo, desembarazarse de lo superfluo, de esa mochila que hemos cargado a nuestras espaldas a base de notarías, visas e hipotecas que coartan nuestra libertad para poder enfrentarnos al mundo con unas fuerzas que no sabemos si tenemos.
A mí me pesa esa mochila que yo mismo he decidido cargar a base de empeñarme en cosas materiales que no sé, ahora, si necesito.
Además de todo ello me debo considerar afortunado por tener un coche, un piso céntrico y medio apartamento en la playa, sin poder protestar por tener hipotecado tres cuartas partes de mi salario y la libertad de elegir radicalmente otro camino en mi vida.
Vamos, sin darnos cuenta, enmarañándonos en una prisión a medida que perdemos la juventud.
Una de mis grandes ilusiones es hacer más ligera esa mochila, que esas visas se vayan esfumando, la hipoteca se haga menos ingobernable y en unos años pueda decir que mi rumbo lo dirijo plenamente yo.
¿Quién tiene el valor en estos tiempos de arriesgar la seguridad de una nómina? Estamos condenados a agradecerla eternamente porque nosotros mismos nos hemos metido en la trampa de no poder ver otro horizonte que el de asumir que estamos comprometidos, de por vida, con nuestro banco.
Amor fatal.
domingo, marzo 13, 2011
Nada que hacer
No hay mayor placer visual que aterrizar un día sin nubes en cualquier lugar del mundo.
Es tan lento ese acercarse a la tierra y el avión ralentiza tanto su velocidad que se puede disfrutar de un espectáculo bestial, inimaginable para la humanidad durante milenios. Ver tu mundo desde el cielo, las personas como hormigas, los ríos como pasillos de agua calma y las ciudades como juguetes de lego.
Hace pocos meses, con mi natural atracción por la geografía, un avión de Japan Airlines aterrizaba en el aeropuerto tokiota de Narita. El día estaba despejado, llegábamos desde Corea y memoricé la ciudad de Chiba en la aproximación a la pista.
Hoy veo una refinería de esa ciudad en llamas, una central nuclear ardiendo y ese Japón tantas veces visitado relamiendo sus heridas.
Hay películas morbosas acerca de catástrofes. Es impactante ver olas arrasar con todo lo que aparece a su paso a una velocidad de vértigo y observar los coches como si fueran clics de famóbil siendo tragados por el mar.
Ayer, al cerrar el telediario, pusieron las imágenes con música de Bach. El dolor era inmenso.
Personas que no son juguetes muriendo ahogadas sin remisión. ¡Cuántas historias anónimas!
El pueblo japonés es fuerte. De peores ha salido.
Ahora sólo pienso en ellos, en su dolor y en su fuerza para recuperar la vida.
No hace mucho me paseaba por las calles de Tokyo, observando con admiración esa cultura milenaria, comprando libros con los que entender su caligrafía, que cada día miro un rato en casa.
Todo lo construido por el ser humano, incluso por el japonés, es nada cuando la naturaleza se rebela. Estructuras de hormigón se vienen abajo con olas de diez metros.
Ante la brutalidad de esta naturaleza que nos hace vivir, no hay nada que hacer.
Es tan lento ese acercarse a la tierra y el avión ralentiza tanto su velocidad que se puede disfrutar de un espectáculo bestial, inimaginable para la humanidad durante milenios. Ver tu mundo desde el cielo, las personas como hormigas, los ríos como pasillos de agua calma y las ciudades como juguetes de lego.
Hace pocos meses, con mi natural atracción por la geografía, un avión de Japan Airlines aterrizaba en el aeropuerto tokiota de Narita. El día estaba despejado, llegábamos desde Corea y memoricé la ciudad de Chiba en la aproximación a la pista.
Hoy veo una refinería de esa ciudad en llamas, una central nuclear ardiendo y ese Japón tantas veces visitado relamiendo sus heridas.
Hay películas morbosas acerca de catástrofes. Es impactante ver olas arrasar con todo lo que aparece a su paso a una velocidad de vértigo y observar los coches como si fueran clics de famóbil siendo tragados por el mar.
Ayer, al cerrar el telediario, pusieron las imágenes con música de Bach. El dolor era inmenso.
Personas que no son juguetes muriendo ahogadas sin remisión. ¡Cuántas historias anónimas!
El pueblo japonés es fuerte. De peores ha salido.
Ahora sólo pienso en ellos, en su dolor y en su fuerza para recuperar la vida.
No hace mucho me paseaba por las calles de Tokyo, observando con admiración esa cultura milenaria, comprando libros con los que entender su caligrafía, que cada día miro un rato en casa.
Todo lo construido por el ser humano, incluso por el japonés, es nada cuando la naturaleza se rebela. Estructuras de hormigón se vienen abajo con olas de diez metros.
Ante la brutalidad de esta naturaleza que nos hace vivir, no hay nada que hacer.
viernes, marzo 11, 2011
Fácil
Con el tiempo uno aprende a apreciar determinadas características en la gente que le rodea.
A mí me gusta la gente fácil. Sin ser fácil sinónimo de simple. Me gusta la gente compleja, en cuanto a que tenga un mundo interior amplio, pero al mismo tiempo accesible, receptiva, atenta, cercana.
A Santi lo conocí en la biblioteca provincial de Sevilla. Nos habían invitado, junto a Javier Márquez, como autores jóvenes con publicaciones recientes para hablar del difícil mundo editorial.
Tanto él como Concha, su editora, me encandilaron.
Ese día salí pitando de allí porque había quedado, pero memoricé su libro: 'El que no vuela es porque no quiere'. Algún tiempo después lo compre, lo leí. Relatos cortos donde determinadas obsesiones se repetían, con un lenguaje directo, terrible e inocente a la vez. Le escribí gracias a que me hice con el email el día de la charla.
Por entonces vivía en Manchester.
En una de sus visitas a Sevilla quedamos. Volvió a aparecer Concha, su editora, que me habló de su pintura y nos invitó a una exposición hermosa en un bar de Triana donde se confundían dos temas enfrentados, el nacimiento de su hijo (a ella la conocí embarazada) y la muerte en accidente de moto de su hermano.
Santi se fue a vivir a Brasil y a Concha la retuve como contacto irrenunciable en esta Sevilla en la que a veces parece difícil, cada vez menos, encontrar gente que te provoque.
Hace meses apareció de nuevo Santi por Sevilla, al parecer para vivir por una larga temporada.
Santi es de las personas que sabes que te escuchan cuando te tomas una cerveza una noche cualquiera. Es casi imposible que te diga que no cuando apetece dar un paseo, organizar una cena o pegarte una fiesta.
El otro día me contó acerca de su sequía literaria. Tiene ideas buenísimas que no voy a contar a nadie, gente con superpoderes y 'mostros' que nos atacan. Quiero que se lance a escribirlas.
Me gusta la gente fácil.
A mí me gusta la gente fácil. Sin ser fácil sinónimo de simple. Me gusta la gente compleja, en cuanto a que tenga un mundo interior amplio, pero al mismo tiempo accesible, receptiva, atenta, cercana.
A Santi lo conocí en la biblioteca provincial de Sevilla. Nos habían invitado, junto a Javier Márquez, como autores jóvenes con publicaciones recientes para hablar del difícil mundo editorial.
Tanto él como Concha, su editora, me encandilaron.
Ese día salí pitando de allí porque había quedado, pero memoricé su libro: 'El que no vuela es porque no quiere'. Algún tiempo después lo compre, lo leí. Relatos cortos donde determinadas obsesiones se repetían, con un lenguaje directo, terrible e inocente a la vez. Le escribí gracias a que me hice con el email el día de la charla.
Por entonces vivía en Manchester.
En una de sus visitas a Sevilla quedamos. Volvió a aparecer Concha, su editora, que me habló de su pintura y nos invitó a una exposición hermosa en un bar de Triana donde se confundían dos temas enfrentados, el nacimiento de su hijo (a ella la conocí embarazada) y la muerte en accidente de moto de su hermano.
Santi se fue a vivir a Brasil y a Concha la retuve como contacto irrenunciable en esta Sevilla en la que a veces parece difícil, cada vez menos, encontrar gente que te provoque.
Hace meses apareció de nuevo Santi por Sevilla, al parecer para vivir por una larga temporada.
Santi es de las personas que sabes que te escuchan cuando te tomas una cerveza una noche cualquiera. Es casi imposible que te diga que no cuando apetece dar un paseo, organizar una cena o pegarte una fiesta.
El otro día me contó acerca de su sequía literaria. Tiene ideas buenísimas que no voy a contar a nadie, gente con superpoderes y 'mostros' que nos atacan. Quiero que se lance a escribirlas.
Me gusta la gente fácil.
martes, marzo 08, 2011
Caracuerno
Durante años el perfil que a mi entender reflejaba lo que era un 'caracuerno' se llamaba Xabier Arzalluz. Y estoy lejos de clasificarlo así por su espíritu nacionalista, faltaría más, cada cual es libre de pensar a su manera.
Pero ese hombre era, es, tan desagradable, habla con tanto desprecio y desprende tanto odio en su discurso que lo nombré presidente honorífico del gremio de los 'caracuernos'.
Estos días, con Arzalluz en retirada, estoy pensando destronarle de su corona y pasársela a José Mourinho.
Creo que le gana en estupidez y egocentrismo.
No es suficiente con la tabarra con que los españolitos tenemos que empaparnos del Madrid a todas horas, en todos los medios; además hay que aguantar a este 'caracuerno' que siempre está enfadado con el mundo, con los suyos, con los otros y con quien no ha osado despreciarlo.
Me la refanfinfla la gente tan estúpida, creyente de su propia religión en que la única adoración es uno mismo en su pedestal de arena. Personas que se dan tanta importancia que no son capaces de entender que esta vida es un juego y que tomársela demasiado en serio crea, además de infelicidad, úlcera de estómago.
Si hay que hablar gilipolleces, al menos que se haga con una sonrisa.
Infelices.
Pero ese hombre era, es, tan desagradable, habla con tanto desprecio y desprende tanto odio en su discurso que lo nombré presidente honorífico del gremio de los 'caracuernos'.
Estos días, con Arzalluz en retirada, estoy pensando destronarle de su corona y pasársela a José Mourinho.
Creo que le gana en estupidez y egocentrismo.
No es suficiente con la tabarra con que los españolitos tenemos que empaparnos del Madrid a todas horas, en todos los medios; además hay que aguantar a este 'caracuerno' que siempre está enfadado con el mundo, con los suyos, con los otros y con quien no ha osado despreciarlo.
Me la refanfinfla la gente tan estúpida, creyente de su propia religión en que la única adoración es uno mismo en su pedestal de arena. Personas que se dan tanta importancia que no son capaces de entender que esta vida es un juego y que tomársela demasiado en serio crea, además de infelicidad, úlcera de estómago.
Si hay que hablar gilipolleces, al menos que se haga con una sonrisa.
Infelices.
sábado, marzo 05, 2011
Amanecer
Admitiendo que todo es física y química en nuestro cerebro, no sé cómo potenciar el proceso que lleva a mis neuronas a hacerme sentir un cosquilleo cerebral ante la contemplación de un amanecer de un día cualquiera.
Mientras me tomo el zumo de naranja y me asomo a la ventana sureña de mi salón, muchas veces, incluso con frío en el exterior, la abro para oler el día que nace y tomar la pausa necesaria antes de entrar en la vorágine devoradora de un nuevo día.
Hay veces que, como espectador privilegiado desde ese mirador, trato de encontrar ese cosquilleo que no viene, esa emoción ante lo básico que me lleva a tiempos pasados, a la esencia de mí mismo y de mi relación pasional con el vivir.
Será que la rutina, nada química, entorpece los chispazos entre neuronas causantes de esa sensación tonta y barata de felicidad total.
Lo bueno es que hay días, mañanas en que te levantas sin pensar en nada, que tomas el mismo zumo, enciendes el tostador con el mismo sueño y, como un reclamo, la ventana te llama para decirte:
Vente para acá, Salva, vente para acá y mira cómo de bonito se ha puesto hoy el sol para ti.
Mientras me tomo el zumo de naranja y me asomo a la ventana sureña de mi salón, muchas veces, incluso con frío en el exterior, la abro para oler el día que nace y tomar la pausa necesaria antes de entrar en la vorágine devoradora de un nuevo día.
Hay veces que, como espectador privilegiado desde ese mirador, trato de encontrar ese cosquilleo que no viene, esa emoción ante lo básico que me lleva a tiempos pasados, a la esencia de mí mismo y de mi relación pasional con el vivir.
Será que la rutina, nada química, entorpece los chispazos entre neuronas causantes de esa sensación tonta y barata de felicidad total.
Lo bueno es que hay días, mañanas en que te levantas sin pensar en nada, que tomas el mismo zumo, enciendes el tostador con el mismo sueño y, como un reclamo, la ventana te llama para decirte:
Vente para acá, Salva, vente para acá y mira cómo de bonito se ha puesto hoy el sol para ti.
martes, marzo 01, 2011
Producir
Hay un término muy utilizado en Economía y, más concretamente, para explicar los atrasos de España: La productividad.
Se dice, por un lado, que los convenios colectivos que se firman impiden avanzar en este concepto porque independiza los resultados de una empresa de la política salarial de la misma.
Entiendo que una política progresista, y progresista me siento yo, no debería obcecarse en considerar que esa petición es dominio exclusivo del conservadurismo más capitalista.
La virtud tiene que estar precisamente en que los que creemos en la redistribución de la riqueza y las políticas sociales reivindiquemos la palabra productividad.
Porque para repartir riqueza primero hay que crearla.
Olvidémonos de la empresa privada y de España. Vayamos a la Escuela pública en Finlandia. Allí se trabaja y se valora al profesorado en particular, y al centro escolar específicamente, por su rendimiento.
Tenemos que ser pragmáticos y entender que nuestra evolución salarial debe ir unida de algún modo, cuantificable, a los resultados, por un lado de mi trabajo y por otro de los de la empresa, el consorcio o la institución en que yo esté integrado.
No se puede permitir que una parte importante de nuestro funcionariado sea indolente porque tenga integrado que, pase lo que pase, llegará la misma nómina a fin de mes. Ni que un trabajador escaqueado de una multinacional reciba el mismo reconocimiento que el que saca con gallardía sus tareas adelante.
Si queremos una sociedad fuerte, cohesionada y justa tendremos que eliminar determinadas inercias que nos hacen aportar menos de lo que podríamos a su riqueza y, en consecuencia, al bienestar nuestro, de nuestra familia y nuestro entorno.
La izquierda a veces ha equivocado el mensaje pensando que protegía al trabajador y, sin embargo, lo adocenaba.
Establezcamos reglas, justas, que recompensen al que más se moja, desde la más impecable defensa del trabajador.
Seamos inteligentes, entendamos que nuestro futuro está en juego y encontremos fórmulas que nos hagan crear riqueza. No para unos pocos, sino para repartirla a partir de unos impuestos justos y progresivos.
Se dice, por un lado, que los convenios colectivos que se firman impiden avanzar en este concepto porque independiza los resultados de una empresa de la política salarial de la misma.
Entiendo que una política progresista, y progresista me siento yo, no debería obcecarse en considerar que esa petición es dominio exclusivo del conservadurismo más capitalista.
La virtud tiene que estar precisamente en que los que creemos en la redistribución de la riqueza y las políticas sociales reivindiquemos la palabra productividad.
Porque para repartir riqueza primero hay que crearla.
Olvidémonos de la empresa privada y de España. Vayamos a la Escuela pública en Finlandia. Allí se trabaja y se valora al profesorado en particular, y al centro escolar específicamente, por su rendimiento.
Tenemos que ser pragmáticos y entender que nuestra evolución salarial debe ir unida de algún modo, cuantificable, a los resultados, por un lado de mi trabajo y por otro de los de la empresa, el consorcio o la institución en que yo esté integrado.
No se puede permitir que una parte importante de nuestro funcionariado sea indolente porque tenga integrado que, pase lo que pase, llegará la misma nómina a fin de mes. Ni que un trabajador escaqueado de una multinacional reciba el mismo reconocimiento que el que saca con gallardía sus tareas adelante.
Si queremos una sociedad fuerte, cohesionada y justa tendremos que eliminar determinadas inercias que nos hacen aportar menos de lo que podríamos a su riqueza y, en consecuencia, al bienestar nuestro, de nuestra familia y nuestro entorno.
La izquierda a veces ha equivocado el mensaje pensando que protegía al trabajador y, sin embargo, lo adocenaba.
Establezcamos reglas, justas, que recompensen al que más se moja, desde la más impecable defensa del trabajador.
Seamos inteligentes, entendamos que nuestro futuro está en juego y encontremos fórmulas que nos hagan crear riqueza. No para unos pocos, sino para repartirla a partir de unos impuestos justos y progresivos.
sábado, febrero 26, 2011
Operación Salmorejo
A la semana de haberme mudado a París, tras haber firmado un contrato de entre tres y cinco años de trabajo, me entró un ataque de pánico. ¿Qué he hecho con mi vida? Era pleno enero, apenas había luz del sol, las temperaturas eran gélidas y no conocía a nadie allí. Mi puesto, además, era de nueva creación y había que darle contenido a partir del trabajo con personas de distintas direcciones que me miraban con el recelo con que se suele mirar a un extranjero que viene a ocupar un asiento del que no saben si es merecedor.
Así que, a pesar de no encontrar un vuelo barato, organicé mi primera Operación Salmorejo. Llamé a todos mis amigos sevillanos y los cité en el bar Eslava un viernes por la noche, a sólo una semana de haberme ido, para invitarles a unas cervezas y unas tapas de Salmorejo.
Fue emotivo.
El tiempo fue pasando, yo me fui adaptando a mi nueva ciudad, a sacarle punta a mi trabajo y a soportar mejor el tráfico, el frío y el carácter parisino. Las Operaciones Salmorejo continuaban, pero se espaciaban cada vez más en el tiempo.
Cuando ya íbamos por la novena o décima, apenas venía nadie a tomar esas cervezas. La distancia es el olvido.
Mi apartamento de París, en pleno barrio latino, era anfitrión de múltiples visitas de amigos y familiares que me hacían feliz.
Llegó el día, tres años después, del regreso a Sevilla. Dejaba atrás una experiencia enriquecedora, una ciudad a la que vuelvo muchas veces al año, amigos franceses y una sensación de haber superado con éxito una etapa de mi vida.
En Sevilla me reencontré con menos amigos, los auténticos, los que casi nunca fallaron en mis sucesivas Operaciones Salmorejo.
A menudo me cruzo con los otros, los que me llamaban 'hermano', los que rápidamente se organizaron viajes de quince días a mi piso de París y que no supieron mantener el hilo abierto.
Nos cruzamos, yo les miro a la cara y me susurran, sin sonido, un hola endeble.
Entonces entendí que el viaje había tenido una cualidad más, había filtrado lo auténtico de mi vida emocional.
Así que, a pesar de no encontrar un vuelo barato, organicé mi primera Operación Salmorejo. Llamé a todos mis amigos sevillanos y los cité en el bar Eslava un viernes por la noche, a sólo una semana de haberme ido, para invitarles a unas cervezas y unas tapas de Salmorejo.
Fue emotivo.
El tiempo fue pasando, yo me fui adaptando a mi nueva ciudad, a sacarle punta a mi trabajo y a soportar mejor el tráfico, el frío y el carácter parisino. Las Operaciones Salmorejo continuaban, pero se espaciaban cada vez más en el tiempo.
Cuando ya íbamos por la novena o décima, apenas venía nadie a tomar esas cervezas. La distancia es el olvido.
Mi apartamento de París, en pleno barrio latino, era anfitrión de múltiples visitas de amigos y familiares que me hacían feliz.
Llegó el día, tres años después, del regreso a Sevilla. Dejaba atrás una experiencia enriquecedora, una ciudad a la que vuelvo muchas veces al año, amigos franceses y una sensación de haber superado con éxito una etapa de mi vida.
En Sevilla me reencontré con menos amigos, los auténticos, los que casi nunca fallaron en mis sucesivas Operaciones Salmorejo.
A menudo me cruzo con los otros, los que me llamaban 'hermano', los que rápidamente se organizaron viajes de quince días a mi piso de París y que no supieron mantener el hilo abierto.
Nos cruzamos, yo les miro a la cara y me susurran, sin sonido, un hola endeble.
Entonces entendí que el viaje había tenido una cualidad más, había filtrado lo auténtico de mi vida emocional.
miércoles, febrero 23, 2011
¿Dónde quedan?
Leí que en Bengasi, en la costa este de Libia, los manifestantes contra el régimen de Gadafi se acercaron a una comisaría para solicitarles unirse al pueblo. Los policías abrieron las puertas y la gente, entusiasmada, entró. Pocos minutos después, con 23 manifestantes ya en el interior, cerraron a cal y canto y los acribillaron con balas en la frente.
Todos somos culpables de haber asumido como normal que existiesen Libias.
Un Diablo vestido de túnica insulta al Islam escupiendo amenazas contra su pueblo, invocando ríos de sangre, bombardeando con la aviación a la patria que dice defender.
La gente, en cambio, sale, grita, se lanza contra la sinrazón de haber aguantado decenios, tal vez milenios de sometimiento a dictadorzuelos de harenes, banquetes y piedras de diamante.
No puedo acostarme estos días sin sentir una doble emoción, la de quien se sabe partícipe de la ruptura del mundo islámico con el fatalismo que suponía tener que asumir vivir en la edad media en plena época digital y el dolor de pensar en los muertos, héroes anónimos que están sacando a sus vecinos, a familiares y conciudadanos anónimos, de la postergación.
Yo sería seguramente el cobarde que miraría la tele horrorizado, maldiciendo a Gadafi, sin tener el valor de salir a la calle para gritarle ¡basta! por el temor egoísta a que una bala me borrara de este mundo.
Sin embargo, pienso en esos 23 valientes de la comisaría de Bengasi y me planteo, ¿dónde quedan esos héroes?
Todos somos culpables de haber asumido como normal que existiesen Libias.
Un Diablo vestido de túnica insulta al Islam escupiendo amenazas contra su pueblo, invocando ríos de sangre, bombardeando con la aviación a la patria que dice defender.
La gente, en cambio, sale, grita, se lanza contra la sinrazón de haber aguantado decenios, tal vez milenios de sometimiento a dictadorzuelos de harenes, banquetes y piedras de diamante.
No puedo acostarme estos días sin sentir una doble emoción, la de quien se sabe partícipe de la ruptura del mundo islámico con el fatalismo que suponía tener que asumir vivir en la edad media en plena época digital y el dolor de pensar en los muertos, héroes anónimos que están sacando a sus vecinos, a familiares y conciudadanos anónimos, de la postergación.
Yo sería seguramente el cobarde que miraría la tele horrorizado, maldiciendo a Gadafi, sin tener el valor de salir a la calle para gritarle ¡basta! por el temor egoísta a que una bala me borrara de este mundo.
Sin embargo, pienso en esos 23 valientes de la comisaría de Bengasi y me planteo, ¿dónde quedan esos héroes?
domingo, febrero 20, 2011
Al vuelo
Teníamos hambre, era domingo noche y llevábamos todo el día en la calle.
Nos gusta investigar sitios diferentes y dar oportunidad a todo emprendedor que se lanza a montar un sitio nuevo, sobre todo si éste es original, se escapa de lo de siempre y arriesga.
Le había echado el ojo a esa casa de la Alameda desde hacía mucho tiempo, en la época en que ésta era una zona degradada de Sevilla que se iba reconvirtiendo y a la que yo me decidí venir a vivir.
La restauración del local ha necesitado sin duda de dinero y buen gusto. Varias plantas, tratando de darle a cada una un ambiente. Nos fuimos a la parte alta, la terraza. Hacía buena noche. Varias mesas, más de la mitad ocupada por turistas extranjeros.
¡Perfecto!
El camarero era belga -mi curiosidad hace preguntarlo todo.
Tardó en traernos la cerveza y la carta. Pero era domingo. No había prisa. Nunca debiéramos tenerla.
La carta estaba trabajada. Cada plato, casi dos líneas por cada uno, parecía haber estado redactado por un maître francés.
Tenía ganas de carne.
Cuando llevábamos más de media hora, con la cerveza recién puesta, por fin el belga se acercó.
Me tomaré la presa.
No queda.
Entonces el pato.
Hemos tenido día complicado. Pato acabado.
¿Qué os queda de carne?
Solomillo de buey.
Me encanta el solomillo.
Por medias se acabó la cerveza. Hubo que hacer una bajada para buscar otra. El belga no aparecía. Llegó un grupo justo a nuestro lado. La paciencia pudo con ellos. No llegaron al aperitivo.
¡Pero hacía tan buena noche!
Nos dio tiempo a pensar que comer carne tan tarde podría hacer pesado el sueño. El jaleíllo de la Alameda se iba apagando cuando llegó la ensalada.
A mi pareja le sirvieron su pescado y le pedí, por favor, que comenzara.
Estaba muy bien presentado, en un plato circular inmenso de cristal. La guarnición, escasa, parecía diseñada con pincel. Muy colorida.
Quedábamos solos en la terraza, junto a una pareja de jubilados ingleses, cuando, con el pescado ya más que digerido, llegó mi solomillo. Las tripas crujían.
Venía todo redondo, acompañado de patatas y una salsa morada, impecablemente expuesto en una tabla rectangular, inmensa, de pizarra.
El belga tenía la sonrisa de aquéllos que no se enteran de nada, o que prefieren no pensar que llevábamos dos horas esperando.
Fue a colocarme la tabla de pizarra en la mesa cuando, ¡uuupsss!, el solomillo salió rodando del plato.
Alargué la mano con reflejos que no creía tener para cazarlo al vuelo.
El guiri de la mesa de enfrente se rió de mi destreza.
El belga contuvo el aliento.
Yo me comí, feliz, mi solomillo.
Nos gusta investigar sitios diferentes y dar oportunidad a todo emprendedor que se lanza a montar un sitio nuevo, sobre todo si éste es original, se escapa de lo de siempre y arriesga.
Le había echado el ojo a esa casa de la Alameda desde hacía mucho tiempo, en la época en que ésta era una zona degradada de Sevilla que se iba reconvirtiendo y a la que yo me decidí venir a vivir.
La restauración del local ha necesitado sin duda de dinero y buen gusto. Varias plantas, tratando de darle a cada una un ambiente. Nos fuimos a la parte alta, la terraza. Hacía buena noche. Varias mesas, más de la mitad ocupada por turistas extranjeros.
¡Perfecto!
El camarero era belga -mi curiosidad hace preguntarlo todo.
Tardó en traernos la cerveza y la carta. Pero era domingo. No había prisa. Nunca debiéramos tenerla.
La carta estaba trabajada. Cada plato, casi dos líneas por cada uno, parecía haber estado redactado por un maître francés.
Tenía ganas de carne.
Cuando llevábamos más de media hora, con la cerveza recién puesta, por fin el belga se acercó.
Me tomaré la presa.
No queda.
Entonces el pato.
Hemos tenido día complicado. Pato acabado.
¿Qué os queda de carne?
Solomillo de buey.
Me encanta el solomillo.
Por medias se acabó la cerveza. Hubo que hacer una bajada para buscar otra. El belga no aparecía. Llegó un grupo justo a nuestro lado. La paciencia pudo con ellos. No llegaron al aperitivo.
¡Pero hacía tan buena noche!
Nos dio tiempo a pensar que comer carne tan tarde podría hacer pesado el sueño. El jaleíllo de la Alameda se iba apagando cuando llegó la ensalada.
A mi pareja le sirvieron su pescado y le pedí, por favor, que comenzara.
Estaba muy bien presentado, en un plato circular inmenso de cristal. La guarnición, escasa, parecía diseñada con pincel. Muy colorida.
Quedábamos solos en la terraza, junto a una pareja de jubilados ingleses, cuando, con el pescado ya más que digerido, llegó mi solomillo. Las tripas crujían.
Venía todo redondo, acompañado de patatas y una salsa morada, impecablemente expuesto en una tabla rectangular, inmensa, de pizarra.
El belga tenía la sonrisa de aquéllos que no se enteran de nada, o que prefieren no pensar que llevábamos dos horas esperando.
Fue a colocarme la tabla de pizarra en la mesa cuando, ¡uuupsss!, el solomillo salió rodando del plato.
Alargué la mano con reflejos que no creía tener para cazarlo al vuelo.
El guiri de la mesa de enfrente se rió de mi destreza.
El belga contuvo el aliento.
Yo me comí, feliz, mi solomillo.
martes, febrero 15, 2011
Frágil
Generalmente el ser humano no es consciente de las oportunidades con las que nace, sino que nos creemos en el derecho de presumir, aun inconscientemente, de valores que muchas veces nos han venido dados.
Si lo vemos a la inversa, despreciamos benevolamente a quien ha nacido con determinados miedos, faltas o carencias.
Creemos que, porque sí, todo el mundo está preparado para afrontar este mundo exigente de locos.
Sin embargo hay gente frágil.
Sí, hay un gran porcentaje de caraduras, indolentes y aprovechados. Desgraciadamente. Y son esas personas con actitudes denigrantes y corruptas las que más hacen daño a las personas que nacieron con menos defensas que el resto.
Yo me considero un tío fuerte, tengo ganas cada día que pasa de comerme el mundo y los proyectos pululan en mi cabeza a un ritmo que dan calambre.
Eso no me quita para saber que tengo mucha gente querida alrededor a las que se les hace una montaña afrontar su futuro, que se ahogan ante la perspectiva de un trabajo incierto o una vida sentimental que no les aporta la felicidad soñada.
A mí esa gente sana, sensible, que nació con genética tendente a ahogarse en un vaso de agua, me hacen plantearme mis propias fuerzas.
No todo consiste en escalar, pisar y criticar al que no puede o no quiere vivir en este mundo de competitividades.
'Quiero que seas frágil, quiero que seas tan frágil como yo'.
Si lo vemos a la inversa, despreciamos benevolamente a quien ha nacido con determinados miedos, faltas o carencias.
Creemos que, porque sí, todo el mundo está preparado para afrontar este mundo exigente de locos.
Sin embargo hay gente frágil.
Sí, hay un gran porcentaje de caraduras, indolentes y aprovechados. Desgraciadamente. Y son esas personas con actitudes denigrantes y corruptas las que más hacen daño a las personas que nacieron con menos defensas que el resto.
Yo me considero un tío fuerte, tengo ganas cada día que pasa de comerme el mundo y los proyectos pululan en mi cabeza a un ritmo que dan calambre.
Eso no me quita para saber que tengo mucha gente querida alrededor a las que se les hace una montaña afrontar su futuro, que se ahogan ante la perspectiva de un trabajo incierto o una vida sentimental que no les aporta la felicidad soñada.
A mí esa gente sana, sensible, que nació con genética tendente a ahogarse en un vaso de agua, me hacen plantearme mis propias fuerzas.
No todo consiste en escalar, pisar y criticar al que no puede o no quiere vivir en este mundo de competitividades.
'Quiero que seas frágil, quiero que seas tan frágil como yo'.
sábado, febrero 12, 2011
Pasado
En la biblioteca de mi memoria hay una escena que vuelve a mí a menudo. Mañana veraniega de playa en La Antilla, mi pandilla de entonces tumbada en la arena y risas a carcajada limpia, como sólo se puede reír con ocho o nueve años. Poco importan los motivos de esa felicidad tan sana y despreocupada que no volvería. No de esa forma.
Es teoría comunmente aceptada que el pasado hay que dejarlo atrás. 'La clave de la felicidad está en saber vivir el presente'.
Pero es que todo es presente. No hay futuro ni pasado en nosotros porque lo que existe es todo construcción de los que lo percibimos, interpretamos y disfrutamos.
En mi presente están las palmeras de chocolate que me tomaba con Mariángeles junto a la biblioteca de la Universidad, entre pausa y pausa de estudios.
Me gusta tumbarme una tarde cualquiera con las luces apagadas, en silencio, a solas y disfrutar de lo que he ido siendo.
Construyo terapias no invasivas ni químicas a base de ordenar esa biblioteca imaginaria que me lleva a ir comprendiendo por dónde están las claves de mis sentimientos.
Mi presente es pasearme con mis padres y mis hermanos por la Plaza de América y cerrar los ojos, histérico, aguantando los picotazos de las palomas a las que, aunque haga treinta años, estoy dando de comer ahora.
Es teoría comunmente aceptada que el pasado hay que dejarlo atrás. 'La clave de la felicidad está en saber vivir el presente'.
Pero es que todo es presente. No hay futuro ni pasado en nosotros porque lo que existe es todo construcción de los que lo percibimos, interpretamos y disfrutamos.
En mi presente están las palmeras de chocolate que me tomaba con Mariángeles junto a la biblioteca de la Universidad, entre pausa y pausa de estudios.
Me gusta tumbarme una tarde cualquiera con las luces apagadas, en silencio, a solas y disfrutar de lo que he ido siendo.
Construyo terapias no invasivas ni químicas a base de ordenar esa biblioteca imaginaria que me lleva a ir comprendiendo por dónde están las claves de mis sentimientos.
Mi presente es pasearme con mis padres y mis hermanos por la Plaza de América y cerrar los ojos, histérico, aguantando los picotazos de las palomas a las que, aunque haga treinta años, estoy dando de comer ahora.
miércoles, febrero 09, 2011
Conexiones
Soy un convencido de que la vida hay que mirarla con ojos abiertos para entenderla porque, en cuanto te descuidas, te ves en medio de ninguna parte.
Tan cierto como que no hay verdades absolutas ni maneras únicas de interpretar la vida y, por ende, las relaciones humanas, lo es el hecho de que hay determinadas reglas que siempre se cumplen.
Leí hace tiempo a Milan Kundera reflexionar hasta qué punto las relaciones con los demás no son sino una relación de fuerzas entre nosotros, los humanos.
¿Hasta qué punto nuestras acciones hacia el exterior, hacia el otro, son desinteresadas?, ¿cómo de sinceras son las sonrisas, los favores, las invitaciones a cerveza, las llamadas telefónicas, los abrazos?
Si profundizamos en el alma humana seguro que encontramos que hay mucho de cierto en esa reflexión. Aún con buenas intenciones y cariño sincero puede que nuestro subconsciente nos guíe hacia territorios que nos hacen sentirnos más queridos al querer, menos solos al ayudar, más completos al vernos como útiles al otro.
Entrar en esos terrenos, en cambio, no sé si es del todo sano. No quiero analizar hasta qué punto hay soledad, angustia o frustraciones que expliquen el universo de personas que me rodean y dan sentido a mi vida.
Creo que la aproximación más sana es jugar al juego de nuestros instintos y entender la vida como una prueba en positivo. Utilizar todas nuestras actitudes y calidades para interactuar.
En este mundo duro que nos toca vivir, sin haber elegido, tengo claro que hay que cultivar las conexiones. Yo estoy aquí y ofrezco lo que soy. Tú me aportas tus valores. Aprovechémonos mutuamente, utilicémonos sin complejos, con generosidad y las mejores intenciones.
Como dicen los chinos 'todo lo que no se da, se pierde...'
No dejemos que pasen los trenes y, un día, nos encontremos en medio de ninguna parte.
Tan cierto como que no hay verdades absolutas ni maneras únicas de interpretar la vida y, por ende, las relaciones humanas, lo es el hecho de que hay determinadas reglas que siempre se cumplen.
Leí hace tiempo a Milan Kundera reflexionar hasta qué punto las relaciones con los demás no son sino una relación de fuerzas entre nosotros, los humanos.
¿Hasta qué punto nuestras acciones hacia el exterior, hacia el otro, son desinteresadas?, ¿cómo de sinceras son las sonrisas, los favores, las invitaciones a cerveza, las llamadas telefónicas, los abrazos?
Si profundizamos en el alma humana seguro que encontramos que hay mucho de cierto en esa reflexión. Aún con buenas intenciones y cariño sincero puede que nuestro subconsciente nos guíe hacia territorios que nos hacen sentirnos más queridos al querer, menos solos al ayudar, más completos al vernos como útiles al otro.
Entrar en esos terrenos, en cambio, no sé si es del todo sano. No quiero analizar hasta qué punto hay soledad, angustia o frustraciones que expliquen el universo de personas que me rodean y dan sentido a mi vida.
Creo que la aproximación más sana es jugar al juego de nuestros instintos y entender la vida como una prueba en positivo. Utilizar todas nuestras actitudes y calidades para interactuar.
En este mundo duro que nos toca vivir, sin haber elegido, tengo claro que hay que cultivar las conexiones. Yo estoy aquí y ofrezco lo que soy. Tú me aportas tus valores. Aprovechémonos mutuamente, utilicémonos sin complejos, con generosidad y las mejores intenciones.
Como dicen los chinos 'todo lo que no se da, se pierde...'
No dejemos que pasen los trenes y, un día, nos encontremos en medio de ninguna parte.
lunes, febrero 07, 2011
Temps pourri
Así autolesionan su orgullo los franceses del norte cuando hablan de la meteorología de su país. 'Tiempo podrido'.
La semana pasada estuvimos unos días intensos en París. El frío era brutal y el viento helado hacía que aún lo pareciese más. Para colmo la primera noche no funcionaba bien la calefacción en el hotel y esa gelidez se colaba por las rendijas de las antiguas ventanas de madera.
Este fin de semana estuvimos en nuestro apartamento de Conil. La mañana, espléndida, me permitió dar un paseo de dos horas bajo un sol primaveral viendo al fondo el perfil de la costa africana.
Respiraba hondo y me sentía pleno.
Recuerdo un amigo, que vivía en el pirineo catalán, que exageraba diciendo preferir un árbol de esas montañas a todas las catedrales del mundo.
Si a mí me dan la oportunidad de vivir de nuevo en París, seguramente diré que sí, que me voy de nuevo para allá, mi amada ciudad. Pero eso no es óbice para que, mientras no lo disfrute, me recree en todo lo que hace de ella una ciudad invivible.
Su tráfico, el mal humor y su 'temps pourri'.
La semana pasada estuvimos unos días intensos en París. El frío era brutal y el viento helado hacía que aún lo pareciese más. Para colmo la primera noche no funcionaba bien la calefacción en el hotel y esa gelidez se colaba por las rendijas de las antiguas ventanas de madera.
Este fin de semana estuvimos en nuestro apartamento de Conil. La mañana, espléndida, me permitió dar un paseo de dos horas bajo un sol primaveral viendo al fondo el perfil de la costa africana.
Respiraba hondo y me sentía pleno.
Recuerdo un amigo, que vivía en el pirineo catalán, que exageraba diciendo preferir un árbol de esas montañas a todas las catedrales del mundo.
Si a mí me dan la oportunidad de vivir de nuevo en París, seguramente diré que sí, que me voy de nuevo para allá, mi amada ciudad. Pero eso no es óbice para que, mientras no lo disfrute, me recree en todo lo que hace de ella una ciudad invivible.
Su tráfico, el mal humor y su 'temps pourri'.
jueves, febrero 03, 2011
Magnolia
Me tomaba un café en el Starbucks de la Campana.
Momento de felicidad. Periódico y café con dulce de chocolate blanco un día de fiesta.
Leo una entrevista a un director de cine, Manuel Benito, ganador de varios premios internacionales de cine con documentales y cortos. 'Grabé mi primera película con 8 años utilizando mis muñecos de Star Wars'.
Vivía en Sevilla.
Busqué por google información acerca suya. Encontré su productora: 'Producciones La Chari' y su email.
'Me llamo Salva, quedé finalista de un premio de novela... y me gustaría invitarte a un café'.
Tardó poco en responder positivamente.
Un café llevó a un gintónic, y el gintónic a otro café... Se fue con mi novela un día, yo con su documental otro. Un martes quedamos para un jueves, otro jueves para un martes.
Mi novela le llevó a Magnolia, una película triunfadora en Cannes en el 2000 de Paul Thomas Anderson, con Julianne Moore y Tom Cruise.
Hace una semana me la dejó. Me acosté tardísimo disfrutándola.
'Esa película presenta la historia como tu novela lo hace'.
Hoy teníamos la cita definitiva. Yo estaba nervioso. Una comida y un chupito de licor de hierbas precedieron a un pequeño conflicto de tráfico antes de aparecer en nuestro habitual lugar de encuentro.
'¿Tenemos peli?'
Le pregunté.
'Sí'
Nos dimos un abrazo.
La semana que viene empezamos.
La vida es eso.
Momento de felicidad. Periódico y café con dulce de chocolate blanco un día de fiesta.
Leo una entrevista a un director de cine, Manuel Benito, ganador de varios premios internacionales de cine con documentales y cortos. 'Grabé mi primera película con 8 años utilizando mis muñecos de Star Wars'.
Vivía en Sevilla.
Busqué por google información acerca suya. Encontré su productora: 'Producciones La Chari' y su email.
'Me llamo Salva, quedé finalista de un premio de novela... y me gustaría invitarte a un café'.
Tardó poco en responder positivamente.
Un café llevó a un gintónic, y el gintónic a otro café... Se fue con mi novela un día, yo con su documental otro. Un martes quedamos para un jueves, otro jueves para un martes.
Mi novela le llevó a Magnolia, una película triunfadora en Cannes en el 2000 de Paul Thomas Anderson, con Julianne Moore y Tom Cruise.
Hace una semana me la dejó. Me acosté tardísimo disfrutándola.
'Esa película presenta la historia como tu novela lo hace'.
Hoy teníamos la cita definitiva. Yo estaba nervioso. Una comida y un chupito de licor de hierbas precedieron a un pequeño conflicto de tráfico antes de aparecer en nuestro habitual lugar de encuentro.
'¿Tenemos peli?'
Le pregunté.
'Sí'
Nos dimos un abrazo.
La semana que viene empezamos.
La vida es eso.
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