x

¿Quieres conocerme mejor? Visita ahora mi nueva web, que incluye todo el contenido de este blog y mucho más:

salvador-navarro.com

viernes, abril 30, 2010

Inmovilismo

Sé que en todas las épocas, ciudades y sociedades existen y existirán grupos de personas que lucharán con todas sus fuerzas por mantener las cosas 'como toda la vida' han estado.

En mi propia fábrica, donde llevo década y media trabajando, tengo bien identificado a los fatalistas. 'Hay cosas que son inarreglabes porque siempre han estado así'. Es el mayor freno para progresar, desde el momento que consideramos que hay cosas que no tienen arreglo.

Hay un gran filósofo alemán, Erich Fromm, que los clasificó como necrófilos. Amantes de la muerte.

Son las personas que se alegran, inconscientemente, del mal de los demás; eso les consuela de sus propias miserias. Si alguien es guapo, 'el tiempo lo estropeará', si alguien es buena gente, 'las miserias de la vida lo pondrán en su lugar', si alguien es emprendedor, 'acabará desengañado con el mundo', si te ven feliz 'ya te llegará el momento de sufrir'.

Es esa parte enferma de nuestra sociedad que se escandaliza porque se aumenten los derechos sociales ('¡qué horror, ver a dos hombres besándose!', '¡los inmigrantes se están llevando nuestro empleo!).

Ese peso pesado con el que arrastramos que tiene forma de iglesia católica burocrática, de grupos falangistas que no quieren hacer justicia con el pasado, de asociaciones que sólo se movilizan para escupir encima de los 'diferentes'.

Se movilizan contra el aborto pero echan la vista a un lado al conocer que el cura del pueblo se aprovechaba de los niños del colegio... 'eso siempre ha sido así'.

Niegan el cambio climático porque 'el tiempo siempre ha estado loco'.

Frente a los necrófilos, los biófilos: esa gente fantástica de la que me rodeo, vital, con ganas de cambiar las cosas, aunque las inercias nos hagan pensar, equivocadamente, que otro mundo mejor no es posible.

miércoles, abril 28, 2010

¡Hay noches tan perfectas!

En que uno siente que todo tiene sentido.

Hay momentos en la vida tan plenos que uno cree haber encontrado el Gran Secreto de la existencia.

Miradas desde fuera, hacia adentro, de seres amados, de ti hacia tu amor; hay carcajadas tan sanas que no te explicas las complicaciones del vivir.

Un día recibes un chaparrón de cariño y comprendes la inmensidad de la Vida.

¿Por qué, en cambio, los hacemos tan fugaces, así de caros, rebuscados, esos encuentros con nuestro interior, la comunicación honesta con la persona amada?

El ser humano holgazanea la caricia, penetra en laberintos teniendo frente a sí la línea recta, el paisaje sereno de lo que son las claves del saber vivir.

Anoche, tras una cena espléndida de carne traída de San Sebastián, mi gran amor me escribió un mensaje para decirme lo alegre que le hacía vivir conmigo.

Benedetti lo decía: en el Amor no hay posturas ridículas ni cursis ni obscenas; en el no amor todo es ridiculo y cursi y obsceno.

lunes, abril 26, 2010

El hombre de Flores

No hace mucho aparecieron nuevas informaciones en la prensa sobre el hombre de la isla de Flores. Retuve dos datos: se trataba efectivamente de un hombre (en cuanto ser bípedo dotado de raciocinio) y tenía características que le hacían diferente en aspectos principales del hombre actual (su cerebro diminuto implicaría un nivel intelectual menor).

Por circunstancias, ese ser humano desapareció.

Mi cabeza se pone a imaginar y piensa qué hubiera sido del mundo actual con el hombre de Flores presente. Suponer que, en uno de los múltiples viajes de los 'descubridores', hubieran llegado a esa isla y se hubiesen encontrado con esa tribu.

¿Hasta dónde habría llegado el circo?

Si ya se hicieron masacres, se esclavizó, sometiendo a ultrajes a otras razas por el hecho de ser de piel diferente, ¿qué hubiera hecho el hombre actual con uno de metro veinte que tuviera un coeficiente intelectual de 10 frente a 100?

Viviendo el mundo que vivimos en que se desprecia al inmigrante como peligroso por no tener papeles, sin tener la mínima empatía para ponerse en lugar del otro ni pensar en la suerte de haber nacido en un primer mundo privilegiado, donde hemos tenido acceso a la educación, al sustento básico y al caprichoso, un mundo en que, al parecer, molesta el diferente porque implica preocupación, inseguridad, temor, desconfianza, viviendo en este mundo construido a base de luchas insanas, ¿en qué lugar nos habría dejado ese pequeño ser humano?

¿Dónde hubiésemos metido a ese hombre de Flores en una sociedad que reparte panfletos denostando a los rumanos, a los 'moros', a los 'sudacas'?

Tal vez, en cambio, ese hombre pequeñito nos hubiera servido como espejo para darnos cuenta de lo que no somos. Quizás, siendo optimistas, hubiésemos visto reflejado en ellos nuestra debilidad y ese reflejo de hombre mínimo que tendríamos frente a nosotros nos hubiese llevado a cuidar más de ellos, y cuidándoles hubiésemos sido más respetuosos con el hábitat que compartimos.

En ese cuento de hadas de mi imaginación, el hombre de Flores sería nuestro ángel redentor, porque veríamos en él nuestras limitaciones, hasta qué punto estamos condicionados por nuestra naturaleza.

Si, ojalá, ese hombre indefenso hubiese pervivido, tendríamos una escala en la que compararnos y nuestra idiotez como grupo se relativizaría. Entenderíamos qué es importante y lo que no, porque tal vez ese hombre pequeño de mentalidad corta sería feliz disfrutando de las pequeñas cosas.

sábado, abril 24, 2010

Susceptible

Con el paso de los años se ha ido diluyendo afortunadamente en mí esa tendencia a tomar cualquier comentario como un ataque más o menos despiadado a mi persona. Haber tenido tantos complejos en la infancia contribuía a ello. No tenía piernas sino palillos de dientes, bizqueaba de un ojo y eso me obligaba a llevar un parche para hacer trabajar a ese ojo vago, era el más pequeño, en dimensiones, de la clase, jugaba al fútbol como un pato en las horas de recreo, era tímido hasta decir basta.

Mi susceptibilidad se convirtió en coraza; como el mundo mundial me atacaba y tenía tendencia a ridiculizarme, yo me defendía; y lo hacía con la mejor de las armas que encontré: la inteligencia, la seriedad, el distanciamiento. Haciéndome respetar.

Cuando con 13 años me llevaron en autobús a mi primer campeonato de España de remo, en Mequinenza, yo sufrí lo indecible viendo como los mayores denigraban a los novatos, bajándole los pantalones, dándoles collejas, riéndose a carcajada limpia de sus voces aún de imberbes. Recuerdo que, cuando pararon a echar gasolina, me acerqué al Jefe de la banda y le dije que ni se les pasara por la cabeza hacer nada conmigo. No lo hicieron y yo tardé muchos años en abadonar las pesadillas de ese autobús.

La madurez te aleja de esos períodos de hipersensibilidad en que uno va formando su carácter y eligiendo a los primeros amigos.

Los residuos de susceptibilidad que queden en mí me desagradan, aunque en tiempos me hicieran bien. Ahora, con 42 tacos, me siento fuerte para defenderme, para aceptar las críticas razonadas y para entender que el mundo, por fortuna, no gira a mi alrededor.

sábado, abril 17, 2010

La bufanda morada

Yendo al cine en un pueblo de Cádiz hace pocos días vi, desde mi puesto de copiloto en el coche, a una chica joven, vestida para salir, con medias y un vestido violeta, a la que se le caía la bufanda por la acera solitaria. Pedí frenar para avisarla cuando me di cuenta que era un paquete de patatas vacío. Ella seguía hacia adelante, chupándose los dedos aceitosos y yo me arrepentí justo después de no haberla avisado por su 'bufanda' caída. La vergüenza hubiera sido mayor, o no; con ese caldo de cultivo lo mismo me llama 'cabrón' y nos tira una piedra a la luna trasera del coche.

No hace mucho, saliendo de cenar de noche, tomamos un taxi. Dimos las buenas noches antes de indicar la dirección de casa. La respuesta, ninguna. A mí, entonces, me dio por protestar. Le pregunté si no iba a devolvernos el saludo y el hombre, mayor y malhumorado, calló. Como el trayecto era largo y la tensión alta, quiso sacar conversación con el argumento del parte meteorológico. A mí no me sirvió como atenuante y le pedí un poco más de educación.

Presumimos de país, de ciudad, 'aquí se vive mejor que en ningún sitio' y de simpatía. No digo que no. Afortunadamente, en mi vida diaria, no trato con gente ensucia-ciudades ni retira-saludos, incluso se puede pensar que soy demasiado tiquismiquis, que hay cosas más importantes de las que preocuparse.

Yo tengo suficiente tiempo para reflexionar sobre lo más importante y lo que no.

El civismo es una muestra del nivel humano de nuestra sociedad.

martes, abril 13, 2010

Repetir

En uno de mis nuevos viajes a París, y a pesar de mi montaña de libros por leer, he tomado para mis horas de aeropuertos, aviones, cafés y habitaciones de hotel a 'Carol', una novela de Patricia Highsmith de la que guardo un feliz recuerdo y, sin embargo, no pongo en pie.

Sé que es la historia de amor entre dos mujeres de edades lejanas en el Estados Unidos de la posguerra, recuerdo que las dos tenían un compañero en sus vidas que no les hacían necesariamente infelices; pero olvidé las sutilezas, los encuentros que les hicieron abandonar su vida previsible para arriesgar por otra más auténtica, menos sencilla, en una America puritana.

Llegaré, en pocas páginas, a viajar con ellas recorriendo Estados Unidos, en coche, sin rumbo fijo, escapando.

Milan Kundera decía en 'La insoportable levedad del ser': El tiempo humano no da vueltas en redondo sino que sigue una trayectoria recta. Ese es el motivo por el cual el hombre no puede ser feliz, porque la felicidad es el deseo de repetir. Sí, la felicidad es el deseo de repetir.

Sin quererlo, siempre me he negado el placer de repetir. Tal vez el ansia de descubrir nuevas historias, mundos desconocidos, la eterna provocación, dejando a un lado las 'Carols' que un día me enseñaron a amar paisajes que no tengo por qué enterrar.

¿Será la puñetera madurez?

domingo, abril 11, 2010

Arrastrarse

Hablo desde mi experiencia personal, ya lejana, en que unos cuentos revolcones sentimentales me llevaron a plantearme qué es lo que hace que, dejando a un lado las premisas imprescindibles de la atracción física y personal, una relación de amor muera a las primeras de cambio.

Eso sí, el tema me lo planteo a día de hoy no por mí, felizmente enamorado y correspondido, sino por gente a la que quiero, cercana, que no termina de encauzar una vida en pareja, que se obsesionan con ello, creyendo equivocadamente que una vez atravesada esa línea la felicidad aparece con luces de neón.

Mi principal teoría, casi que única, tiene que ver con la estrategia, sí, estrategia, de no arrastrarse.

El ser humano es, generalmente, tan vanidoso que confunde el que alguien muestre un fuerte interés por ti con una batalla ganada. Entiende que recibir dos mensajes diaros de móvil es tener a la persona en la palma de la mano.

Por eso yo recomiendo mesura. A pesar de que el estómago se te revuelva pensando en la persona amada que acabas de descubrir, por muy hermoso que sea el sexo con ella, o las caricias, aunque creas ver brillo en sus ojos cuando compartes una cerveza, o proyecta contigo planes que sólo son creíbles en alguien que pierde el alma por ti.

Mesura para mostrarte poco a poco, para hacer ver la realidad, que tu vida es completa, que tienes grandes inquietudes, que se colman en gran parte con tus amigos, familia, compañeros de trabajo.

Es duro, pero cuando te echas en los brazos de aquella persona con quien, en el fondo de tu corazón, deseas compartir tu vida, estás desprotegiéndote de su vanidad, arma peligrosísima cuando las bases aún no son sólidas.

Amor sí, pasión toda, pero sin desesperación, sin prisas.

Si el ser humano fuera más sano no serían necesarias estrategias... pero se sufre mucho.

martes, abril 06, 2010

Amistades maduras

Mi reflexión no viene acerca de la capacidad de hacer madurar nuestras amistades de siempre, que más veces de lo que quisiéramos guardamos en formol cuando los puntos de unión y el cariño han ido sustituyéndose muy a nuestro pesar por llamadas formales y felicitaciones de cumpleaños; hago referencia a nuestra capacidad para introducir, a edades adultas, nuevas gentes en nuestro mundo afectivo.

El panorama en el que nos movemos es poco favorecedor a dejar tiempo para aproximarnos a 'extraños', para incluir en nuestra cotidianeidad otras caras, dándonos oportunidades, que merecemos, para descubrir que, aún casados, aún con cuarenta o cincuenta años, aún con niños, aún con diez horas de trabajo diarias, tenemos el derecho a disfrutar del placer de integrar aire fresco en nuetras relaciones personales.

Dicen que no hay nada más estresante que tratar de mantener a flote amistades moribundas, pero sin embargo, y por lo general, no nos damos oportunidades para ir 'recambiando' éstas por otras más semejantes a lo que la vida ha ido construyendo en otros territorios presentes que no queremos a veces reconocer como propios, añorando otras personas con nuestros mismos nombres y apellidos que ya no somos.

Yo dejé de ser el niño introvertido, el adolescente empollón, el universitario juerguista, el competidor en campeonatos de remo, el descubridor del mundo de la perversión, el obsesionado por el trabajo... Ése era yo y algo de mí queda, y en esas estaciones pasadas tomé trenes en compañías muy gratas que, en algunos casos, hermosos, aún comparten mi vida.

Pero quiero seguir cogiendo trenes. Sí tengo tiempo para dedicarlos a nuevos compañeros de viaje, sí quiero saber de sus vidas, sí tengo interés en conocer las intimidades y vivencias de personas que aún no han llegado al andén de una estación en la que uno de mis trenes parará tarde o temprano.

Y, claro que sí, podrán ser tan amigos como aquel Gregorio del parvulario que yo creí inseparable de por vida en esos tiempos en que mi mundo se escribía con libros de caligrafía.

viernes, abril 02, 2010

Paolo

El azar y la buena suerte me llevaron a dar con Paolo a los pocos días de llegar a París, en una misión laboral de tres años acordada con mi empresa.

Italiano algo mayor que yo, llegado a la ciudad por un amor que ya había terminado, traductor freelance como oficio, experto en historia de Egipto y 15 metros cuadrados en el barrio de Les Halles.

Quedábamos cualquier día de la semana para tomar vinos. Escuchábamos con atención todo lo que nos contábamos. Yo le proponía museos, cenas, viajes... y todo le parecía bien. Cada visita de familia o de amigos de España que venía, hacía migas con Paolo y quedaban encantados.

Si le llamaba para ir a visitar Orleans, a él le parecía fantástico, pero si se truncaban los planes él veía una oportunidad para dormir una siesta maravillosa.

Con Paolo no había problemas. Lo bueno y lo malo, todo venía bien.

Era un ejemplo vital para mí. Yo quería ser como él, quería 'paolizarme'.

Recuerdo que, a partir de una noticia leída en el periódico, descubrí que Carmen Maura, actriz fetiche para mí, vivía no muy lejos de mi apartamento parisino. Investigué y conseguí su teléfono. La llamé, inocente, para invitarle a cenar en casa. Pero siempre salía el contestador. Era ella. Hola, soy Carmen, ahora no estoy en casa pero te devolveré la llamada... Llamé muchas veces antes de contárselo a Paolo, que me pidió hacer un nuevo intento delante suya. Él tomó mi móvil y, ni corto ni perezoso, le propuso al contestador:

'Hola Carmen, soy Paolo, llámame...' y a continuación le daba su teléfono en francés.

Nunca lo llamó (que yo sepa).

Cada primavera venía conmigo a Sevilla. No se perdía una Feria, conoció la Semana Santa. Sabía en qué bares de Sevilla ponían cada tapa, hizo migas con todas mis amistades, con mis hermanas, las madres de mis amigas la querían como futuro yerno...

Un día, paseando por París, me contó durante horas la historia de Akhenaton, el primer faraón que intentó imponer un único dios al pueblo. Enlazaba todo con tal fluidez que recuerdo esa tarde otoñal en París como deliciosa.

Eran las tres de la mañana cuando me despertó el móvil. Varios mensajes seguidos, indescifrables. Venían de Paolo. Lo llamé al día siguiente, y durante varios días, sin poder dar con él.

Un mes después me llamó para decirme que un amigo suyo se asustó por haber recibido muchos mensajes en 'egipcio' y llamó a una ambulancia. Se lo llevaron con camisa de fuerza y así lo tuvieron un mes. Yo le confesé haber recibido también esos mensajes. Lo imaginé emporrado hasta las trancas, volando por su estudio de 15 metros cuadrados en comunión con Akhenaton y las momias no lejanas del Louvre.

La última Feria que estuvo en Sevilla yo no sabía dónde meterme. A cada palabra que hablaba trataba de buscarle sus orígenes en Grecia o Roma, salía de copas con los cascos puestos y bailando a Madonna en medio de un bar de tapas, se maquillaba como un faraón para, según él, no infectarse los ojos.

Yo le dije que no podía seguir así con él.

Entonces Paolo me dio la explicación: Salva, hermano mío, tú sabes que yo soy de otro planeta...

Hice un esfuerzo, años después, por quedar con él en París. Yo iba con Mariángeles y Fran, que me animaron a hacer un último intento.

Pero Paolo ya estaba en esos mundos hermosos donde Akhenaton predica que el mundo es fantástico, maravilloso...

Me asusta pensar qué es de él.

lunes, marzo 29, 2010

Tragedias personales

No hace mucho leí una entrevista al eminente psiquiatra sevillano Luis Rojas-Marcos, en la que venía a afirmar que a una persona no le hace más fuerte haber sufrido una tragedia personal grave y que, de media, un ser humano está preparado para vivir dos grandes conmociones en su vida.

Él es el experto, y por lo que se de su trayectoria profesional, me merece gran respeto y admiración, aunque, como tantas otras especialidades, la psicología no es una ciencia exacta ni se pueden establecer teoremas matemáticos.

No estoy de acuerdo ni con una ni con otra afirmación.

Conozco gente interesantísima que no ha vivido grandes tragedias, no quiero decir nombres. Y conozco gente apesadumbrada por una vida muy difícil que, sin embargo, no termina de dar gran sentido a su vida ni a la de los demás.

A pesar de todo ello, estoy convencido que el haber pasado por una situación límite enriquece. Es jodido, pero es así. Debe ser así.

La cuestión es poner la frontera a lo que es tragedia respecto a lo que son los golpes puñeteros que la vida nos va dando, porque sabemos que hay quien se ahoga en un vaso de agua.

A los que, por ejemplo, nos dejaron jóvenes, contra todo pronóstico, tras una larga enfermedad, siendo nosotros adolescentes, les debemos, al menos, el regalo de haber comprendido qué es lo que es importante en esta vida y qué es lo que son pamplinas.

La belleza de la vida se entiende en toda su plenitud, desgraciadamente, cuando has conocido el precipicio.

miércoles, marzo 24, 2010

La China que trabaja

Quizás de tan simple, mi argumento lo cogería un economista y lo destrozaría de un soplo, pero de tan claro que lo veo, voy a exponerlo.

Ya a finales del siglo XX se veía venir la arrolladora apisonadora económica que se nos viene encima: China.

Un país con mil y muchos millones de habitantes que vive quizás en el mejor de los regímenes posibles donde, sin embargo, la libertad de expresión es una quimera ni es posible tomar partido por otra instancia política que la obligada, el imponente Partido Comunista Chino.

En Occidente cada vez tenemos menos capacidad para hacer rentables industrias de producción (aceros, textiles, coches, juguetes, electrónica...). No somos competitivos frente a, sobre todo, el empuje chino.

Hasta ahí, todo es comprensible. La libertad de mercado hace que los productos elaborados en el Lejano Oriente se vean muy poco penalizados por una masa salarial ínfima y se hagan, por tanto, muy atractivos cara a un consumidor europeo o americano que cada vez mira más el precio.

Pero, ¿a costa de qué? Damos empleo a cientos de millones de chinos con nuestro consumo, algo positivo para que ese país tenga futuro. Pero, ¿en qué condiciones?, ¿qué derechos sociales tiene el trabajador chino?, ¿cuántas horas echa al día?, ¿qué protecciones tiene?, ¿cuántas vacaciones?, ¿cómo se vela por su seguridad laboral, por la ergonomía en el trabajo, por las condiciones medioambientales?

Mi sensación es que hay miedo a asustar al Gigante; pero veo una forma de jugar ganador-ganador (Occidente-China).

Mi teoría a aplicar:

No se compra un producto a ninguna empresa de ese país que no admita un decálogo de buenas prácticas que pueda ser auditable (y de hecho, lo sea regularmente). En este decálogo deberá constar un salario mínimo, unas horas semanales máximas, una protección sindical, una edad mínima, unos servicios médicos de empresa, unas condiciones higiénicas, ergonómicas y medioambientales básicas.

Con estos condicionantes, ese producto quedaría registrado como vendible en el resto del mundo. Subiría algo el precio, seguro, pero ganarían los derechos de los trabajadores chinos. Al mismo tiempo, la competencia se basaría en elementos más éticos y daría la oportunidad a nuestros países a luchar con mayor igualdad frente a otros mercados.

Quien no cumpliese las reglas, saldría de ese mercado libre.

No se puede cerrar los ojos y comprar una camiseta por tres euros sin pensar que en algún zulo perdido de las llanuras de China una chavala de 15 años cose, sin apenas luz, de lunes a lunes, durante catorce horas diarias, para llevarse cuatro perras a casa.

Todos somos cómplices.

domingo, marzo 21, 2010

Triste anonimato

La gran fuerza mediática de internet ha abierto la posibilidad, hasta ahora inédita en la prensa mundial, de dar la palabra en directo a los lectores para comentar las noticias tal como ellas se van produciendo, y narrando.

Lo que en principio se presenta como una ventana atractiva, fresca, sana socialmente, a veces, en un altísimo porcentaje de ocasiones, se convierte en un estercolero donde, gracias al anonimato que da el poder expresarse sin más que dar un nombre inventado, impera el 'todo vale'.

Salen entonces las peores expresiones, si obviamos las garrafales meteduras de pata ortográficas o gramaticales, las de corazones podridos y amargados que se chulean del mundo desde su miserable posición de cobardes topos cibernéticos.

Me duele la no existencia de una mínima moderación por parte, al menos, de la prensa profesional, para evitar tantos insultos, mal habla, despropósitos, fascismo, racismo, homofobia, sexismo, machismo, falta de respeto, imbecilidad, xenofobia.

¡Triste práctica la de expulsar la bilis en forma de comentarios anónimos de seres que no tendrían agallas para insultar mostrando el rostro!

Sé que no sólo es en España, pero eso no me consuela para comprobar el escaso nivel y falta de educación que estas ventanas muestran de nuestra sociedad.

Donde esté la educación y el respeto...

viernes, marzo 19, 2010

Estaño

Hay una anécdota de mi niñez que me sirvió como fuerte aprendizaje.

No sé qué o quién estableció en mí, o si eso viene dado, el espíritu competitivo que tanto me disgusta y que voy moderando, afortunadamente, con el paso de los años.

En el colegio de curas donde estudiaba ejercitaban una práctica horrible. Al final de cada evaluación el tutor leía en voz alta toda la lista de alumnos, empezando por el que tenía una mejor media de notas hasta el último, en una operación cruel para niños que no tenían ni doce años. Todo un despropósito.

Yo entraba en el juego, y siempre estaba 'picado' con un compañero por llegar al número uno. Para mí no sacar al menos cuatro sobresalientes era impensable, no digamos un suspenso, algo que no entraba ni en mis peores pesadillas.

Llegué a suspender un examen práctico de música, ¡había que tocar la flauta!, y creo que aún no me he repuesto de ello.

El caso es que ese ansia por ser el mejor, ese miedo al ridículo, a suspender, a bajar la media de mis notas, me llevaba a montar un drama por cada trabajo que no entregaba a tiempo o cada borrón de tinta china en las láminas de dibujo.

En una de las ocasiones, sin yo saber ni preocuparme por la situación económica o los problemas reales en casa, llegué con la 'exigencia' de comprar un papel de estaño para la clase de Pretecnología. Mis padres dijeron que ya me lo comprarían pero yo, agobiado de pensar en no tenerlo a tiempo, les dije que me pondrían un cero de no llevarlo al día siguiente. Tan insistente fui que cabreé a mi familia entera.

Al día siguiente, estando en clase, apareció por las ventanas exteriores el perfil de mi madre. Mi hermosa joven madre, orgullo de mi adolescencia, aparecía mostrando con una sonrisa apurada el papel estaño a través de los cristales de la clase.

El profesor preguntó quién era esa mujer y yo levanté la mano.

Mi madre me dio muchos besos en la puerta, ante la mirada de todos mis compañeros, y yo no podré olvidar esa fuerte sensación mezcla de avergonzamiento con orgullo por sentirme tan querido.

Comprendí que en esta vida no se puede ir amenazando con los 'ceros' que te van a poner.

martes, marzo 16, 2010

Lopus

Vienen de la habitación de soltera de mi tía Elo, en la casa de mi abuela materna, mis primeros recuerdos de esa ciudad, Lopus.

Hablaban mi madre y mi tía, y al nombrar a las personas nacidas o venidas de ese lugar, casi siempre se trataba de mujeres mayores, con pelo de peluquería, mucha laca, de familias con muchos hijos y beatas.

También había hombres, 'su marido también es de Lopus', pero por regla general eran mujeres de las que yo oía hablar con esa procedencia.

No sabía si eran nacidas allí o empadronadas, porque a veces venían a decir: Ella también se ha hecho de Lopus.

Parecía que hablasen de una secta en vez de una ciudad y que las normas fuesen muy rígidas para entrar. Incluso creí entender en algún momento que tenían que pagar dinero por ello. ¡Por ser de un lugar!

Debía ser una urbanización cerrada, con vigilantes en la puerta que no te dejarían pasar si no fuera previo pago. Y daba miedo pensar que una vez entraras, no te dejasen salir.

Yo no sabía si estaría ese sitio cerca o lejos de Sevilla, porque mi tía Elo salía con un novio madrileño y, al parecer, allí también había mucha gente de Lopus.

En esa ciudad o pueblo debía de haber muchos colegios, por la cantidad de niños que tenían, y muchas iglesias, por todo lo que rezaban.

Tendría yo tres o cuatro años, y ya sabía yo que prefería haber nacido en Sevilla, y no en Lopus.

domingo, marzo 14, 2010

La sonrisa americana

Ni todos los prejuicios del mundo ni mi negación por principios a distinguir entre patrias, me pueden llevar a dudar de que, estadísticamente, el pueblo americano es simpático. Más concretamente, y para no traicionarme, el ciudadano neoyorquino de raza blanca.

Cuatro viajes que suponen, sumándolos, más de un mes pateándome las calles de Manhattan, me permiten aseverar, tal vez equivocadamente, dicha afirmación.

Si hablase sólo de camareros de restaurante, se podría concluir que su simpatía no es sino estrategia por conseguir la propina, que supone tres cuartas partes de su sueldo. Pero no. Los camareros mejicanos, abundantísimos, no son simpáticos, sino serviciales. En cuanto oyen, además, tu acento español, hacen por parapetarse tras su inglés aprendido en las cocinas en una reacción comprensible de orgullo en carne viva. Camareros negros, no sé la razón, hay menos que el porcentaje medio de población. Y no son amables. El negro neoyorquino es ácido en el trato. Aquí hay elementos de análisis que, de tan evidentes en apariencia, no voy a exponer. Pero como muestra un botón, en todo nuestro recorrido por el MoMA no vi una sola persona de color entre los visitantes.

Cruzarte en el metro, en un museo o en Central Park, con un neoyorquino anglosajón es obtener de seguro una sonrisa o una respuesta amable, incluso existe una predisposición impensable en un londinense, menos aún en un parisino, por ayudar.

Con toda su ingenuidad, sus guerras abiertas, su capitalismo masacrador, el neoyorquino blanco es un ser simpático, que no te niega nunca la sonrisa.

Ésa, al menos, es mi percepción. Simplista, como toda generalización. Pero estamos en este mundo, así lo entiendo yo, para buscar nuestras verdades.

miércoles, marzo 10, 2010

New York, New York

Sobrevolando por cuarta vez el Atlántico en dirección a la Gran Manzana, me planteo el porqué de mi gran atracción por esta inmensa metrópoli.

Fue en el verano del 2003, en la época que vivía en París, cuando Kristian, un amigo francés, me invitó al piso de Harlem de un profesor de literatura chileno que andaba de vacaciones por su tierra. Mi desconexión de las rutinas de mi familia y amigos, cada cuál con sus planes hechos, me hizo dar un sí rotundo a Kristian.

Viaje inolvidable, de shock, en que tenía todos los sentidos abiertos para descubrir, admirar, sorprenderme. El llevar a Kristian, una persona imprevisible y provocadora, de cicerone, me hizo ver Manhattan con sus filtros. Gosspel, jazz, musicales de broadway, música clásica... pero ningún museo. La vida de Kristian en Nueva York era música, calle y grandes bocadillos en los Subway.

Tiempo después, una semana santa de mucha nieve en Nueva York, volví con Fran. Me tocaba ser a mí el anfitrión y mi gran disfrute fue ver los ojos de Fran reflejados de rascacielos nevados. Comprendí que la ilusión del que descubre es casi tan grande como del que muestra. Hubo, sobre todo, mucho paseo.

Hace pocos veranos volvimos con Mariángeles y Agustín. Viaje programado con mucho tiempo, no podía ser de otro modo estando Mariángeles por medio, pasamos diez días intensos de museos y cenas espectaculares, que se alargaban con vinos carísimos de sobremesa. Pero había tristeza contenida y no hablada en el ambiente. Tras nueve años de relación ésa era la última aventura compartida de ellos dos. Sergio y Carmela se nos unieron en los últimos días para aportar esa dosis de frivolidad, ingenuidad y risas que nos faltaba.

Ahora anuncian nuestro aterrizaje en el JFK, y es el viaje de madurez.

Ya están vistos los museos, oídos los musicales, subidos los rascacielos, tomados los cafés en el Soho y presenciados los gospels en Harlem. Ahora queda conocer la ciudad en la ciudad, en esta urbe desmadrada multirracial, joven y puta, culta y maleducada, desabrida, seductora, perversa, acogedora, donde nadie se siente del todo diferente porque allí estamos todos.

En cualquier estación de metro encuentras lo mejor y peor de la humanidad.

¿Seguirá seduciéndonos?

sábado, marzo 06, 2010

Brillante

Es una discusión que he tenido y mantendré en el futuro porque la considero esencial, en términos laborales pero no sólo, acerca de las estrategias para llegar lejos.

En este mundo tan competitivo, donde se valora con admiración o envidia a quien posee y al que tiene poder, no hay atajos 'sanos' para hacerse un hueco entre los triunfadores. Si por triunfador se entiende, en este caso, el que desarrolla una carrera profesional fuerte, exitosa, en que llega a sentirse realizado como persona y como gestor, líder, emprendedor, ejecutivo o especialista en cualquier campo.

El único camino es la brillantez.

Ser brillante no implica una acumulación de conocimientos bien estructurados, ésa es una mínima parte de la clave del éxito. Brillantes en cuanto a tu trato con tus compañeros, jefes o subordinados, en el sentido más exquisito de la palabra, sin hipocresías. Saber estar, decir que sí y decir que no, escuchar al otro, aceptar la crítica y aplicar a tu filosofía los consejos venidos de personas de confianza, sin resquemores. Un trabajador brillante es aquél que da el mínimo problema a su jefatura, sólo cuando su concurso es necesario o justo, y que atiende a su equipo con la humanidad con la que a ti te gustaría que te tratasen. Ser brillante es ser organizado, cumplidor, trabajar en la misma línea que tu equipo y que tu empresa, compartir objetivos y defenderlos.

Los atajos son malos consejeros, porque cuando se utilizan indebidamente ya no queda más remedio que andar el resto de tu trayectoria laboral mirando hacia abajo, no vaya a ser que un agujero negro te devuelva, por sorpresa, un poco más atrás del camino que estabas empezando a andar cuando decidiste aparentar ser, sin creértelo y forzadamente, brillante.

jueves, marzo 04, 2010

Mi cuarto de baño

Hay escenas concretas, la terrible pregunta de si los Reyes Magos son los padres mientras mi madre me peinaba, que me hacen situar más o menos en mis 8 o 9 años el período en que en casa se decidió hacer una reforma. Aunque sé que hubo albañiles durante mucho tiempo y que se cambiaron dormitorios de sitio, suelos y otras zonas de la casa, recuerdo especialmente la remodelación total del cuarto de baño.

Cambiando la bañera de sitio, unos horripilantes azulejos turquesas y la ventana desvencijada, pasamos a tener un baño espectacular a los ojos de un niño con gran capacidad de entusiasmo. Todo era nuevo y relucía, los sanitarios de un color blanco roto, grandes losas de color café con leche y un espejo enorme, diáfano, que iluminaba tanto como si hubieran multiplicado por dos el espacio.

En esa época yo recuerdo plantearme, con serias dudas, si podría existir (no sólo en Sevilla, sino en todo el planeta) un cuarto de baño más hermoso.

Había algunas informaciones que me hacían dudar. Pensaba, por ejemplo, en el Palacio de Versalles. Había fotos en un libro de historia del Arte que tenía mi padre que daba pistas de que, tal vez, el baño de ese palacio fuera más impresionante que el nuestro. Estaban, por otro lado, las películas que veíamos en el cine, a todo color, donde aparecían casas que, a lo mejor, también podían existir en realidad.

Conservo muy vivo ese recuerdo intenso en que me planteaba esa gran duda. Si el cuarto de baño de un piso de un barrio obrero de Sevilla sería o no el más hermoso del mundo. Era el colmo de la ingenuidad.

En esa casa ahora vive mi padre, a solas. Cuando lo visito, menos veces de las que quisiera, y entro en el baño, lo encuentro muy pequeño, tan descuidado por el paso del tiempo, con azulejos de un diseño añejo y el entonces gran espejo, roto.

Y se me hace un poco más chico el corazón.

martes, marzo 02, 2010

Ganas de trabajar

El lunes de la semana pasada salimos a cenar por la Alameda.

Es una noche poco propicia porque la mayoría de bares y restaurantes aprovechan para dar descanso al personal, como no podía ser de otra forma, ese día.

Recordamos un restaurante al que hacía tiempo que no íbamos, 'La Cocina Naranja', y para nuestra sorpresa nos lo encontramos abierto.

Una chica espigada, joven de pelo muy negro, nos atendió.

Tras explicarnos la carta le comentamos que no contábamos con encontrar el local abierto.

Ella nos explicó que acababan de traspasarle el bar, a ella y dos socios, y que se disponían a abrir a diario porque tenían muchas ganas de trabajar.

Lo dijo con una sonrisa, el boli bien prieto en su mano derecha y la comanda en la izquierda.

Se critica en exceso el consumismo y yo, como persona de izquierdas, reivindico el consumir. El ir al cine para que las salas no mueran, el pegarse una mañana de relax en un Spa para que éste se mantenga, el darte un masaje, el comprar un ramo de rosas, el tener un detalle con tu sobrino comprándole el último monstruo de goma, el cenar en La Cocina Naranja, para dar motivos a esa chica para seguir con sus ganas de trabajar.

Tengo un antiguo amigo que presume que su padre se fue a la tumba con 750 millones de pesetas en el banco.

viernes, febrero 26, 2010

Sara Montiel

Hay cualidades de las que carezco, que ambiciono a sabiendas de no tener capacidad de obtenerlas y que admiro en los demás.

Una de ellas es la frivolidad.

No me considero un tío en ningún caso aburrido ni plomazo, pero mi incapacidad de reírme de mí y del mundo me mosquea.

Quizás sea una de las razones, ni mucho menos la principal, para compartir mi vida con una persona que me ofrece ese sentido irreverente de la vida que tanto valoro.

Recuerdo el último momento crítico vivido en ese sinvivir mío con el mundo de lo irreverente. Tras un año de mucho 'cachondeo' y buena vida con mis amigos más cercanos, pasado el verano se decidieron a organizar una 'fiesta del terror'.

A mí, por regla general, me dan mal rollo los disfraces. Acepté el reto porque soy fácil, pero no me preocupé por buscar de qué vestirme hasta el mismo día de la fiesta. Isaac y Fran se acercaron a Pichardo y me compraron el traje definitivo: 'La muerte eterna'.

Seguíamos el guión, era una noche de terror.

Antes de llegar a la finca donde se celebraba la fiesta, hicimos parada en casa de unos amigos. Abrieron el plástico del disfraz (no más de veinte euros) y me plantaron la túnica de la muerte eterna. El disfraz traía asociado un lápiz de cera blanca con el que había que pintarse la cara.

Yo me dejé pintar porque llevaba tres cervezas encima.

El tiempo pasó y yo confirmé que no sé ser frívolo ni reírme de mí mismo.

Cuando enseñan las fotos y preguntan quién es el que va vestido de Sara Montiel yo escondo la cabeza y hay quien explica...

Es la Muerte Eterna.