Fue en 2002 cuando hice mi primer viaje a Rumanía. Calculo que luego he vuelto unas siete u ocho veces. Siempre por razones de trabajo. Hace un par de días volví del último.
Atravesar las arterias que llevan al centro de Bucarest fue esa primera vez un shock de hormigón sucio infestado de ventanas rotas cubiertas con plásticos verdes. Hacía frío y una capa inmóvil de niebla estaba instalada por cada rincón.
La primera tarea que tienen que aprender los rumanos es sonreír, nos decía el pasado martes un colega francés, Claude, residente desde hace unos años en la ciudad de Pitesti.
Hubo un paréntesis entre mi última estancia en Rumanía y el viaje de esta semana. Aterricé en el aeropuerto de Bucarest ávido de ver por las ventanillas del coche un país evolucionado, aunque las carreteras sin asfaltar, las vestimentas de hace 30 años, los talleres destartalados al borde de cualquier camino, la falta de señalizaciones y de respeto a las normas básicas me han llevado a pensar que el milagro no es tan sencillo.
Hablar con un rumano en su tierra es, casi por norma, hacerlo con un témpano de hielo. Transmiten tristeza, tardan cinco minutos en decirte que ganan una miseria, reniegan del país y agachan la mirada.
No es un país educado, ves que no saben decir gracias, aguardar el turno en una cola, conducen como si no existieran otros coches, son rudos al hablar.
En el pueblo rumano se observa una especie de sedación ante la vida. Se mueven lentos, miran con desconfianza.
Cierto lo que decía Claude.
No saben reír.
Rebuscando en mi memoria, los rumanos me recuerdan a gente que yo he conocido con familias desestructuradas e infancias infames. Me planteo si estas familias rotas con padres aterradores e intrusivos se pueden generalizar a países. La gran familia rota de Ceaucescu.
¿Hasta qué punto veinte años después de su muerte la gente sigue con el miedo en el cuerpo?, ¿cómo de fuerte pudo ser la amenaza continua, la falta de respeto a la persona, la prohibición de la iniciativa?, ¿hasta cuán dentro puede llegar el que te extraigan de lo más íntimo el placer por un paseo y una charla?, ¿cómo de lejos puede dañarse a una sociedad a la que se le cuentan mentiras inverosímiles?, ¿qué antídoto existe contra la desgana por progresar?
Las cifras dicen que el PIB de Rumanía crece por encima de 5 desde hace un decenio. Se ven cochazos de vez en cuando, inauguran fuentes de colores, hay algunos hoteles más…
Soñaré que en algún próximo viaje a Bucarest aterrice en un país donde, a pesar de los baches y el hormigón sucio, la gente se sonría sin miedo ni complejos cuando les pare por la calle para preguntarles qué camino tomar para llegar a mi hotel dándome un paseo.
viernes, junio 20, 2008
domingo, junio 15, 2008
Irreversibilidad
Las aulas de la Escuela de Ingenieros me daban mucho margen para la reflexión. Es jodido que las carreras universitarias sean tan estancas, castradoras de todo lo que no case bien con la salsa de sus Planes de Estudios. Poco humanistas las ingenierías, poco técnicas las humanidades… cuando un ingeniero sale con su título bajo el brazo tiene muchas posibilidades no ya de no saber redactar un informe con soltura y sin faltas de ortografía, sino de escasear de mano izquierda, de capacidad para relacionarse con equipos multidisciplinares o, a la experiencia me remito, de arte para contar las cosas y para vivirlas bien.
A falta de ese punto de base metafísica en mi Escuela, ésta debíamos encontrarla entre las fórmulas de mis apuntes o en las charlas magistrales de algún catedrático que se deslizaba del mundo de la Mecánica de Fluidos hacia el de la fluidez de las relaciones humanas.
Una de las grandes magnitudes de la Física-Metafísica la encontré en esas clases. Se llamaba Entropía. Se resumía en una S. Era la medida de la Irreversibilidad. La tendencia de todo sistema al desequilibrio y la imposibilidad de recuperar el estado inicial. La variación de entropía siempre es positiva. Es la medida de la no vuelta atrás.
Recuerdo el ejemplo de unas bolas. Las ordenas y las mueves. Nunca volverán a recuperar su estado inicial. La imposibilidad de ir a un viaje con amigos y volver a repetir el mismo viaje.
Es un principio, una Ley de la Termodinámica.
En esta Ley reside una de las claves de la vida. El principio del no retorno. Todos los tiempos pasados son pasados, todas las fotos reflejan un imposible. Ya nunca igual.
Morimos a cada minuto, vamos dejando vidas imposibles de volver a vivir. De ahí la importancia de los pasos bien dados, para que esa irreversibilidad no nos lleve por caminos tan extraños que no sepamos volver a un punto de partida de un mínimo contenido ético. Quien es cabrón, quien no es humilde, quien pisa por subir, quien no sabe devolver una sonrisa, quien cierra los ojos a la vida no cae seguramente en la cuenta que la entropía lo domina todo, y que cuando se abandonan estados de equilibrio para avanzar ya no hay vuelta atrás. Se vuelve de otra manera, pero la entropía no permite corregir del todo los errores. Lo hermoso de la vida es saber que caminamos hacia adelante y nos vamos haciendo a nosotros mismos. Lo duro de la vida es que la física ha encontrado una fórmula para decirnos que no es posible el paso atrás.
jueves, mayo 29, 2008
Higiene colectiva
Fue en una cena en casa. No hay charla estos días que no se precie de hacer un repaso a la situación económica. Todos estamos en mayor o menor grado afectados. Una amiga rompe la conversación para decir que se alegra.
De la crisis.
Habíamos llegado a un punto en que nos estábamos volviendo excesivamente tontos. Una gran parte de esta sociedad consumista en que habíamos degenerado compraba por comprar. Y una parte importante, como en toda sociedad enferma, fardaba de sus compras.
Nuevos ricos que no aprecian el esfuerzo, porque el esfuerzo es de los tontos. Sociedad que no aprecia el saber, porque el saber no da dinero.
¿Quién va a estudiar una carrera universitaria si se hace más dinero especulando?, ¿para qué esforzarse en ganar en profesionalidad si el rey del mambo es el que se forra montando cocinas en promociones de lujo?
Mis tres años en Francia me sirvieron para ver España desde el otro lado del espejo. Sufría la contradicción de constatar cómo desde lejos se nos veía como una sociedad triunfadora, pujante. Pero desde la distancia confirmaba el éxito de los programas del corazón, la falta de debates en la televisión, el ansia por hipotecarse en segundas viviendas (yo el primero, nada más volver a Andalucía). Desde París veía los cimientos de arena.
Aprendí a bases de cenas tranquilas en Francia con buenos vinos del Loira que en España vivíamos acelerados y que las conversaciones eran frugales, los intereses también. Al menos, más de lo recomendable.
Ahora se nos cae el telón en medio de un escenario desbordado de figurines y la camisa no nos llega al cuerpo.
Hemos perdido grandes oportunidades de enfocarnos como sociedad (no todo es culpa del gobierno de turno) para crecer. Crecer en recursos, en sabiduría y en aprecio por las cosas realmente importantes.
Se nos desmonta el chiringuito y una amiga nos interrumpe la cena para decir que se alegra.
Ahora toca sanar.
De la crisis.
Habíamos llegado a un punto en que nos estábamos volviendo excesivamente tontos. Una gran parte de esta sociedad consumista en que habíamos degenerado compraba por comprar. Y una parte importante, como en toda sociedad enferma, fardaba de sus compras.
Nuevos ricos que no aprecian el esfuerzo, porque el esfuerzo es de los tontos. Sociedad que no aprecia el saber, porque el saber no da dinero.
¿Quién va a estudiar una carrera universitaria si se hace más dinero especulando?, ¿para qué esforzarse en ganar en profesionalidad si el rey del mambo es el que se forra montando cocinas en promociones de lujo?
Mis tres años en Francia me sirvieron para ver España desde el otro lado del espejo. Sufría la contradicción de constatar cómo desde lejos se nos veía como una sociedad triunfadora, pujante. Pero desde la distancia confirmaba el éxito de los programas del corazón, la falta de debates en la televisión, el ansia por hipotecarse en segundas viviendas (yo el primero, nada más volver a Andalucía). Desde París veía los cimientos de arena.
Aprendí a bases de cenas tranquilas en Francia con buenos vinos del Loira que en España vivíamos acelerados y que las conversaciones eran frugales, los intereses también. Al menos, más de lo recomendable.
Ahora se nos cae el telón en medio de un escenario desbordado de figurines y la camisa no nos llega al cuerpo.
Hemos perdido grandes oportunidades de enfocarnos como sociedad (no todo es culpa del gobierno de turno) para crecer. Crecer en recursos, en sabiduría y en aprecio por las cosas realmente importantes.
Se nos desmonta el chiringuito y una amiga nos interrumpe la cena para decir que se alegra.
Ahora toca sanar.
martes, abril 15, 2008
¿Vivir deprisa?
En el subconsciente colectivo de nuestra sociedad está instalada una cierta admiración inconfesable por el estrés. Cuanto más contemos el poco tiempo que tenemos, más altivos nos mostramos, nuestra vida se presenta como más llena e interesante, la imagen sube como la espuma.
Perdona, llego tarde a pilates; disculpa, tengo un curso de cocina; no puedo quedar contigo hasta dentro de dos jueves; tengo un máster los martes tarde; salgo del trabajo ya de noche, entro de madrugada, almuerzo como los pavos; tengo que ir de compras, que pintar la casa, que reamueblar el salón; tengo que salir, tengo que volver, tengo que encontrar un hueco, que llamar a mis amigos, que ver algún día a mi padre, que encontrar un minuto para llamar a mi hermana; a ver si consigo verte antes del verano, a ver si consigo verte, a ver si…
Vivir lento es la clave. Aún aunando actividades y organizándonos la vida para seguir creciendo, aprendiendo y proyectándonos en los demás.
Vivir deprisa no es una virtud. No puede serlo.
Saber dormir leyendo un libro cualquier día de la semana.
Prepararse un té y bebérselo hasta el final mirando un cuadro.
Pasearse la ciudad al anochecer sin objetivo.
Escuchar. No tratar de buscar contraejemplos para rebatir, sino escuchar.
Decir que sí a una cerveza cuando un amigo lo pide de corazón. A freír espárragos el pilates, los cursos de cocina, los másters, las compras… cuando un amigo te pide una cerveza.
Preparar una cena a la persona amada y mirarle a los ojos. Saber mirar a los ojos para decir aquí estoy.
La vida es esta cena y yo aquí estoy.
Perdona, llego tarde a pilates; disculpa, tengo un curso de cocina; no puedo quedar contigo hasta dentro de dos jueves; tengo un máster los martes tarde; salgo del trabajo ya de noche, entro de madrugada, almuerzo como los pavos; tengo que ir de compras, que pintar la casa, que reamueblar el salón; tengo que salir, tengo que volver, tengo que encontrar un hueco, que llamar a mis amigos, que ver algún día a mi padre, que encontrar un minuto para llamar a mi hermana; a ver si consigo verte antes del verano, a ver si consigo verte, a ver si…
Vivir lento es la clave. Aún aunando actividades y organizándonos la vida para seguir creciendo, aprendiendo y proyectándonos en los demás.
Vivir deprisa no es una virtud. No puede serlo.
Saber dormir leyendo un libro cualquier día de la semana.
Prepararse un té y bebérselo hasta el final mirando un cuadro.
Pasearse la ciudad al anochecer sin objetivo.
Escuchar. No tratar de buscar contraejemplos para rebatir, sino escuchar.
Decir que sí a una cerveza cuando un amigo lo pide de corazón. A freír espárragos el pilates, los cursos de cocina, los másters, las compras… cuando un amigo te pide una cerveza.
Preparar una cena a la persona amada y mirarle a los ojos. Saber mirar a los ojos para decir aquí estoy.
La vida es esta cena y yo aquí estoy.
lunes, marzo 31, 2008
La autoestima de Andalucía
Cuando desde fuera se acusa a Andalucía de indolente es como si agrediesen a mi propia familia.
Que me duela Andalucía no responde a un nacionalismo que pudiese ser respetable, me duele porque es la tierra donde nací.
Si en algo considero que educa Andalucía a los que nacemos en ella es en entender el verdadero sentido de la vida. Tener vidilla.
Cuarenta años de vida muy viajera me han permitido concluir con esta reflexión. Entender la vida, saber decir las cosas, tener mano izquierda, no asustarse por tonterías, reírse de uno mismo, desmitificarlo todo.
A Andalucía me gustaría, sin embargo, verla crecer.
Cuando una persona quiere progresar, debe aplicarse una receta muy sencilla: Creer en sí misma. A partir de ahí, quererse. Una vez uno se quiere, no sólo cree en sus posibilidades de evolucionar, sino que lo hace.
Siento que a Andalucía le falta autoestima. Hablamos alto en los bares, a gritos, contamos chistes para enlazar una conversación con otra, presumimos de nuestras ciudades como las más hermosas, de nosotros como los más simpáticos.
Falta, por el contrario, una sociedad organizada y laica, no todo puede quedar estructurado en torno a hermandades religiosas o casetas de feria. Una sociedad construida para reivindicar que nuestra cultura es ancha, para promover nuevos retos.
Andalucía necesita una mayor cultura del rigor, que no sólo debe enseñarse en las escuelas, pero que debe arrancar en las escuelas. Si a nuestros hijos no les enseñamos que tirar un papel a la calle es incorrecto y sucio, que gritar en un bar es desagradable, que saltarse los semáforos no es legal, nos faltarán los básicos. Nuestro pueblo necesita una educación basada en la conversación, el análisis y, cuesta reconocerlo, la ejemplaridad de los mayores.
Se escribe mal, se lee poco y nuestras conversaciones de cada día abundan en la superficialidad, en lo que no queda, en la nada.
Sueño con una tierra en que los obispos pierdan fuerza en favor de los científicos, que las tonadilleras se representen a ellas mismas, donde no sea lo habitual saber de toros, ni contar chistes, ni beber en botellón.
Soñar es gratis y confío que algún día Andalucía sepa aunar su grandeza de entender la vida con la humildad que implicaría saberse aún huérfana de autoestima.
Saber que somos muy imperfectos, para querernos mucho y luchar por mejorar.
Ojalá no sea cuestión de generaciones.
Seguro que no.
Que me duela Andalucía no responde a un nacionalismo que pudiese ser respetable, me duele porque es la tierra donde nací.
Si en algo considero que educa Andalucía a los que nacemos en ella es en entender el verdadero sentido de la vida. Tener vidilla.
Cuarenta años de vida muy viajera me han permitido concluir con esta reflexión. Entender la vida, saber decir las cosas, tener mano izquierda, no asustarse por tonterías, reírse de uno mismo, desmitificarlo todo.
A Andalucía me gustaría, sin embargo, verla crecer.
Cuando una persona quiere progresar, debe aplicarse una receta muy sencilla: Creer en sí misma. A partir de ahí, quererse. Una vez uno se quiere, no sólo cree en sus posibilidades de evolucionar, sino que lo hace.
Siento que a Andalucía le falta autoestima. Hablamos alto en los bares, a gritos, contamos chistes para enlazar una conversación con otra, presumimos de nuestras ciudades como las más hermosas, de nosotros como los más simpáticos.
Falta, por el contrario, una sociedad organizada y laica, no todo puede quedar estructurado en torno a hermandades religiosas o casetas de feria. Una sociedad construida para reivindicar que nuestra cultura es ancha, para promover nuevos retos.
Andalucía necesita una mayor cultura del rigor, que no sólo debe enseñarse en las escuelas, pero que debe arrancar en las escuelas. Si a nuestros hijos no les enseñamos que tirar un papel a la calle es incorrecto y sucio, que gritar en un bar es desagradable, que saltarse los semáforos no es legal, nos faltarán los básicos. Nuestro pueblo necesita una educación basada en la conversación, el análisis y, cuesta reconocerlo, la ejemplaridad de los mayores.
Se escribe mal, se lee poco y nuestras conversaciones de cada día abundan en la superficialidad, en lo que no queda, en la nada.
Sueño con una tierra en que los obispos pierdan fuerza en favor de los científicos, que las tonadilleras se representen a ellas mismas, donde no sea lo habitual saber de toros, ni contar chistes, ni beber en botellón.
Soñar es gratis y confío que algún día Andalucía sepa aunar su grandeza de entender la vida con la humildad que implicaría saberse aún huérfana de autoestima.
Saber que somos muy imperfectos, para querernos mucho y luchar por mejorar.
Ojalá no sea cuestión de generaciones.
Seguro que no.
lunes, febrero 18, 2008
Nuestro mundo político
Vivimos un período de elecciones en que se nos bombardea por los diferentes medios, periodísticos y publicitarios, con mensajes políticos.
Es difícil no sentirse algo estafados por esa sucesión de promesas vagas en una carrera feroz por el quién da más.
Todos nos sentimos de alguna manera más cercanos a algún líder o espectro político, aunque sea difícil encontrar aquél que colme nuestras aspiraciones.
La política es difícil, tener en cuenta todos los factores que confluyen en la dinámica de una sociedad y construir un mensaje creíble, factible y sano no es cosa fácil; pero hay que reivindicar la política como necesaria y a los políticos como personas válidas. Un buen político, en esencia, es o debe ser una persona implicada, comprometida y generosa. Debe serlo porque está poniendo muy alto en su escala de valores el bien público. Salvando excepciones, la gran mayoría de los políticos luchan por ideales en los que ellos consideran que se deben sustentar las reglas para hacer de la nuestra una sociedad más justa.
En esta situación hay algo que me molesta especialmente y de lo que todos alguna vez hemos pecado: dar por supuesta la afinidad política en el otro. Ridiculizar a Zapatero, a Rajoy o a Llamazares, a los de derechas o a los de izquierda, a los nacionalistas o a los que no lo son, cuando estamos en reuniones de amigos, compañeros de trabajo o simplemente conocidos, en las que no necesariamente sabemos cómo respira el otro.
Creo que no nos debemos permitir el anatemizar a ningún líder político en público por respeto a quien puede no compartir esa opinión. Salvando el reducido círculo de las personas más íntimamente unidas a nosotros, dar por supuesto en el otro determinadas afinidades políticas es un gran error.
La verdadera democracia es poder opinar teniendo en cuenta siempre que quien se toma el café o la cerveza con nosotros tiene tanto derecho como tú a creer que la suya es la mejor opción política.
Es difícil no sentirse algo estafados por esa sucesión de promesas vagas en una carrera feroz por el quién da más.
Todos nos sentimos de alguna manera más cercanos a algún líder o espectro político, aunque sea difícil encontrar aquél que colme nuestras aspiraciones.
La política es difícil, tener en cuenta todos los factores que confluyen en la dinámica de una sociedad y construir un mensaje creíble, factible y sano no es cosa fácil; pero hay que reivindicar la política como necesaria y a los políticos como personas válidas. Un buen político, en esencia, es o debe ser una persona implicada, comprometida y generosa. Debe serlo porque está poniendo muy alto en su escala de valores el bien público. Salvando excepciones, la gran mayoría de los políticos luchan por ideales en los que ellos consideran que se deben sustentar las reglas para hacer de la nuestra una sociedad más justa.
En esta situación hay algo que me molesta especialmente y de lo que todos alguna vez hemos pecado: dar por supuesta la afinidad política en el otro. Ridiculizar a Zapatero, a Rajoy o a Llamazares, a los de derechas o a los de izquierda, a los nacionalistas o a los que no lo son, cuando estamos en reuniones de amigos, compañeros de trabajo o simplemente conocidos, en las que no necesariamente sabemos cómo respira el otro.
Creo que no nos debemos permitir el anatemizar a ningún líder político en público por respeto a quien puede no compartir esa opinión. Salvando el reducido círculo de las personas más íntimamente unidas a nosotros, dar por supuesto en el otro determinadas afinidades políticas es un gran error.
La verdadera democracia es poder opinar teniendo en cuenta siempre que quien se toma el café o la cerveza con nosotros tiene tanto derecho como tú a creer que la suya es la mejor opción política.
lunes, noviembre 05, 2007
La fe
Mi razonamiento es simple y por ser tan simple me sorprende el que una gran parte del género humano no lo vea así.
Creer (en la Verdad Absoluta) en función del lugar en que se nace, defender a Cristo, Yahvé, Mahoma, Buda o Confucio según uno sea español, israelita, argelino, indio o japonés es la mayor de las contradicciones. Conclusión: La Verdad Absoluta no debe ir por ahí.
Actuar (en función de cómo aproximarnos a esa Verdad Absoluta) para obtener los favores divinos: Redención, reencarnación, vida eterna, en base a reglas que, por lo general y quitando lo superfluo de las cuaresmas, ramadanes, sabaths, vacas sagradas y gongs, priman la bondad humana. Tan simple como la bondad.
Entonces, ¿qué miedos y estrategias?
Si somos buenos, y la bondad sí es una Verdad Universal (no hay nada más que aplicar la regla de pensar en qué hace feliz a los demás y a uno mismo), es suficiente aplicarse a ello.
Si, siendo buenos, no hay nada más allá, habremos cumplido con la esencia del ser humano en su más alto sentido ético. No hace falta más que la Ética para basar una vida completa.
Si, siendo buenos, hay un más allá (imposible de saber, milenios de sabiduría humana no han dado con la respuesta), entonces seremos bien tratados.
En caso de no serlos (bien tratados), sería que ese más allá está dominado por el Mal, algo difícilmente esperable.
Simple.
‘Cuando la religión nos abandona, la Ética funciona bastante bien’ – Julia O’Faolain (No hay lugar para los jóvenes).
Creer (en la Verdad Absoluta) en función del lugar en que se nace, defender a Cristo, Yahvé, Mahoma, Buda o Confucio según uno sea español, israelita, argelino, indio o japonés es la mayor de las contradicciones. Conclusión: La Verdad Absoluta no debe ir por ahí.
Actuar (en función de cómo aproximarnos a esa Verdad Absoluta) para obtener los favores divinos: Redención, reencarnación, vida eterna, en base a reglas que, por lo general y quitando lo superfluo de las cuaresmas, ramadanes, sabaths, vacas sagradas y gongs, priman la bondad humana. Tan simple como la bondad.
Entonces, ¿qué miedos y estrategias?
Si somos buenos, y la bondad sí es una Verdad Universal (no hay nada más que aplicar la regla de pensar en qué hace feliz a los demás y a uno mismo), es suficiente aplicarse a ello.
Si, siendo buenos, no hay nada más allá, habremos cumplido con la esencia del ser humano en su más alto sentido ético. No hace falta más que la Ética para basar una vida completa.
Si, siendo buenos, hay un más allá (imposible de saber, milenios de sabiduría humana no han dado con la respuesta), entonces seremos bien tratados.
En caso de no serlos (bien tratados), sería que ese más allá está dominado por el Mal, algo difícilmente esperable.
Simple.
‘Cuando la religión nos abandona, la Ética funciona bastante bien’ – Julia O’Faolain (No hay lugar para los jóvenes).
viernes, agosto 03, 2007
Gentes de Madrid
Es hermoso escuchar.
Interpretar la realidad con otros ojos.
Hace unas semanas estuvimos en el Festival de Teatro Clásico de Almagro. Amigos, amigas y amig@s de amig@s, fuimos juntándonos varios treinta-cuarentañeros venidos de Burgos, Albacete, Sevilla, Huelva, Madrid…
Mi amiga Bárbara me hizo partícipe de un sentimiento en ella (que conoce bien la capital): La gente de Madrid, cuando te la encuentras de viaje, es encantadora; están pendientes de los detalles, son solícitos, serviciales…
Generalizar al extremo es del género tonto, pero este tipo de reflexiones suelen ayudar a comprender la naturaleza humana y sus circunstancias.
Algo dará la muchas veces vilipendiada Madrid para que sus habitantes, cuando salen, muestren lo mejor de ellos mismos.
Será más o menos cierto, pero yo me quedo con el comentario y el buen rollito madrileño.
Interpretar la realidad con otros ojos.
Hace unas semanas estuvimos en el Festival de Teatro Clásico de Almagro. Amigos, amigas y amig@s de amig@s, fuimos juntándonos varios treinta-cuarentañeros venidos de Burgos, Albacete, Sevilla, Huelva, Madrid…
Mi amiga Bárbara me hizo partícipe de un sentimiento en ella (que conoce bien la capital): La gente de Madrid, cuando te la encuentras de viaje, es encantadora; están pendientes de los detalles, son solícitos, serviciales…
Generalizar al extremo es del género tonto, pero este tipo de reflexiones suelen ayudar a comprender la naturaleza humana y sus circunstancias.
Algo dará la muchas veces vilipendiada Madrid para que sus habitantes, cuando salen, muestren lo mejor de ellos mismos.
Será más o menos cierto, pero yo me quedo con el comentario y el buen rollito madrileño.
lunes, julio 30, 2007
La historia en los periódicos
Todos los que disfrutamos como niños tomando un desayuno delante de un periódico imagino que vamos atravesando a lo largo de nuestra vida, como respecto a cualquier circunstancia, una evolución significativa en nuestra aproximación a la prensa diaria e inapreciable de un día para otro.
No quiero reflexionar acerca de las tendencias políticas, ideológicas o sociales de la prensa que podamos preferir (aunque tal vez en mi razonamiento las evoluciones sean distintas según a qué tipo de periódicos nos sintamos más unidos).
Con el tiempo he percibido una tendencia en mí a filtrar.
Leer prensa te cultiva. Es difícil que un lector asiduo de prensa (de los disfrutadores de lectura pausada) no sepa situar Sri Lanka en el mapa, no conozca el nombre de los últimos primeros ministros franceses, no sepa distinguir las grandes líneas que distinguen Hammas de Al-fatah o le suene a chino el desarrollo urbanístico de Shangai. A un aficionado a leer periódicos le suenan las cosas sin haberlas estudiado, razona en lo social sabiendo encontrar fácilmente ejemplos, sabe de los avances médicos y de los principales conflictos étnicos o religiosos. Es difícil no tener una opinión formada sobre el chiísmo, el budismo o la iglesia Evangélica americana. A quienes leemos la prensa nos provocan en un sentido u otro las leyes que tengan que ver con la Educación, lo Social, lo Económico, lo Autonómico.
La evolución del lector asiduo de prensa viene con los años. ¿Hacia dónde dirigimos nuestras miradas?, ¿qué nos llama más la atención?, ¿a qué apartado dedicamos más tiempo?
Es consustancial con cada persona dedicar más interés a la prensa rosa, a los deportes, a las necrológicas, a lo local, a la política nacional o a las grandes desgracias mundiales. Pero con el tiempo, al lector medio que dirige sus miradas de forma equilibrada a todos los focos, va tomando más fuerza lo duradero, lo perdurable, aquello de lo que podemos aprender.
En mi caso es así y, como no me considero un bicho raro, pienso que esa tendencia debe ser humana, equilibrada y lógica. Con el tiempo van tomando mayor relevancia las páginas de opinión que la última bravuconada de Bush, con los años prestamos más atención a lo universal que a lo local, a lo social que a lo político (entendido como política de diseño, de la que tanto sabemos en nuestra España, política de hacer política –no de preocuparse por el ciudadano-).
Mi reflexión hace referencia al verdadero sentido de la vida y de las cosas.
¿Qué nos llevamos con nosotros?, ¿de qué hemos aprendido los de mi generación? Cuatro cosas en el fondo. Los grandes titulares en lo internacional pasarían por el fin de la Guerra Fría, la obstinación de Fidel por mantener un régimen aislado, el fracaso americano en Oriente Medio, el crecimiento poco pasional de Europa, la izquierdización democrática de Latinoamérica… lo más destacado en lo nacional pasa por la bonanza económica, el éxito a medias de la integración de las nacionalidades históricas en un Estado que, pese a quien pese, funciona, el papel ridículo de una Iglesia que se encuentra perdida, el gran avance en lo social (divorcio, aborto, matrimonio homosexual, ley de dependencia, ¿futura ley de eutanasia?)
La evolución es saber escoger, leer entre líneas, sentirnos partícipes de este mundo que corre deprisa.
Desayunarnos cada día con una foto de la que vamos aprendiendo a sacar punta, matices, enseñanzas… para que este rato que pasamos por la vida podamos sentirnos vivos, que hemos comprendido algo, que hemos aportado algo
No quiero reflexionar acerca de las tendencias políticas, ideológicas o sociales de la prensa que podamos preferir (aunque tal vez en mi razonamiento las evoluciones sean distintas según a qué tipo de periódicos nos sintamos más unidos).
Con el tiempo he percibido una tendencia en mí a filtrar.
Leer prensa te cultiva. Es difícil que un lector asiduo de prensa (de los disfrutadores de lectura pausada) no sepa situar Sri Lanka en el mapa, no conozca el nombre de los últimos primeros ministros franceses, no sepa distinguir las grandes líneas que distinguen Hammas de Al-fatah o le suene a chino el desarrollo urbanístico de Shangai. A un aficionado a leer periódicos le suenan las cosas sin haberlas estudiado, razona en lo social sabiendo encontrar fácilmente ejemplos, sabe de los avances médicos y de los principales conflictos étnicos o religiosos. Es difícil no tener una opinión formada sobre el chiísmo, el budismo o la iglesia Evangélica americana. A quienes leemos la prensa nos provocan en un sentido u otro las leyes que tengan que ver con la Educación, lo Social, lo Económico, lo Autonómico.
La evolución del lector asiduo de prensa viene con los años. ¿Hacia dónde dirigimos nuestras miradas?, ¿qué nos llama más la atención?, ¿a qué apartado dedicamos más tiempo?
Es consustancial con cada persona dedicar más interés a la prensa rosa, a los deportes, a las necrológicas, a lo local, a la política nacional o a las grandes desgracias mundiales. Pero con el tiempo, al lector medio que dirige sus miradas de forma equilibrada a todos los focos, va tomando más fuerza lo duradero, lo perdurable, aquello de lo que podemos aprender.
En mi caso es así y, como no me considero un bicho raro, pienso que esa tendencia debe ser humana, equilibrada y lógica. Con el tiempo van tomando mayor relevancia las páginas de opinión que la última bravuconada de Bush, con los años prestamos más atención a lo universal que a lo local, a lo social que a lo político (entendido como política de diseño, de la que tanto sabemos en nuestra España, política de hacer política –no de preocuparse por el ciudadano-).
Mi reflexión hace referencia al verdadero sentido de la vida y de las cosas.
¿Qué nos llevamos con nosotros?, ¿de qué hemos aprendido los de mi generación? Cuatro cosas en el fondo. Los grandes titulares en lo internacional pasarían por el fin de la Guerra Fría, la obstinación de Fidel por mantener un régimen aislado, el fracaso americano en Oriente Medio, el crecimiento poco pasional de Europa, la izquierdización democrática de Latinoamérica… lo más destacado en lo nacional pasa por la bonanza económica, el éxito a medias de la integración de las nacionalidades históricas en un Estado que, pese a quien pese, funciona, el papel ridículo de una Iglesia que se encuentra perdida, el gran avance en lo social (divorcio, aborto, matrimonio homosexual, ley de dependencia, ¿futura ley de eutanasia?)
La evolución es saber escoger, leer entre líneas, sentirnos partícipes de este mundo que corre deprisa.
Desayunarnos cada día con una foto de la que vamos aprendiendo a sacar punta, matices, enseñanzas… para que este rato que pasamos por la vida podamos sentirnos vivos, que hemos comprendido algo, que hemos aportado algo
miércoles, mayo 16, 2007
Ejes de felicidad
En un gráfico donde los ejes sean la felicidad y el dinero la línea que los une tiene una pendiente ascendente hasta un umbral de entre 10000 y 20000 euros al año, dependiendo de países y culturas. Luego deja de haber relación. Una vez cubiertas las necesidades básicas y un mínimo imprescindible para el ocio, el dinero deja de tener poder en la creación de felicidad.
La sociedad, en cambio, es profundamente consumista. Lo somos. Suponemos que las acciones que determinan nuestra vida las realizamos porque nos producen placer, porque nos sientan bien. Compramos… para sentirnos felices. Nos creamos necesidades que no tenemos, que no teníamos hasta creárnoslas.
Al Estado le conviene el consumo, que aumente, que se mantenga, que se diversifique. Es fuente de riqueza.
El círculo completo de la felicidad del que no conviene escaparse.
Pero el gráfico nos decía que llegados a un nivel, por ahí no van los tiros de la satisfacción humana.
¿Qué vacíos tratamos de tapar con el consumo? Tener una gran colección de DVD’s, buenos coches, la mejor cocina, un apartamento en la playa, haberse hecho la depilación láser, tener una pantalla plana enorme de gran resolución, una nevera-bodega con temperaturas independientes para los vinos tintos y los blancos, un armario con la mejor ropa de temporada… Suena bien.
¿No se equivocarán los que dicen que esa pendiente se corta cuanto más sube la cuenta corriente?, ¿no son realmente más felices que nosotros los Boyer-Preysler, las Madonna o los hijos de la duquesa de Alba?
Es una evidencia que el nivel de vida en España ha aumentado en los últimos años. Mucho.
Pero, ¿somos más felices?
Se podría decir sí, desde el momento en que hay menos paro (gente que sale de la zona inferior al umbral mínimo). Se podría argumentar también que hay más posibilidad de acceso a placeres que antes estaban vedados a pocos (vuelos más baratos, más oferta cultural…). Y tendríamos razón en defender esa postura.
Se podría opinar también que vivimos más tiempo haciendo dinero (para gastarlo), que somos más competitivos (dinero obliga), que resulta más difícil quedar (todo se soluciona con un mensaje desde el móvil última generación), que somos menos libres (o naturales, quedar por tomar un café, sin más, sin excusas, sin negocios que tratar…).
El círculo creado y alimentado de ser más rico, el bombardeo publicitario , las ganas de mostrarse más guapo, más triunfador, con mejor coche. La España que funciona, los españolitos que nos lo creemos.
Hay un gran vacío tras todo eso. Las patas que lo sostienen son endebles. El todo deprisa, todo ahora, todo ya… es venenoso.
¿Somos realmente más interesantes los españoles, aparte de más ricos?
Quien todo consume todo lo quiere y no tiene tiempo para sentarse en un parque a leer un libro de bolsillo, a preocuparse por algún fin social; quien no sepa perder (para ganar) una tarde charlando con un amigo que necesita simplemente compañía, algún día se caerá de bruces por esa pendiente dinero-felicidad que, a esos niveles de éxito, estará a una altura gigantesca.
Caída sin red.
La sociedad, en cambio, es profundamente consumista. Lo somos. Suponemos que las acciones que determinan nuestra vida las realizamos porque nos producen placer, porque nos sientan bien. Compramos… para sentirnos felices. Nos creamos necesidades que no tenemos, que no teníamos hasta creárnoslas.
Al Estado le conviene el consumo, que aumente, que se mantenga, que se diversifique. Es fuente de riqueza.
El círculo completo de la felicidad del que no conviene escaparse.
Pero el gráfico nos decía que llegados a un nivel, por ahí no van los tiros de la satisfacción humana.
¿Qué vacíos tratamos de tapar con el consumo? Tener una gran colección de DVD’s, buenos coches, la mejor cocina, un apartamento en la playa, haberse hecho la depilación láser, tener una pantalla plana enorme de gran resolución, una nevera-bodega con temperaturas independientes para los vinos tintos y los blancos, un armario con la mejor ropa de temporada… Suena bien.
¿No se equivocarán los que dicen que esa pendiente se corta cuanto más sube la cuenta corriente?, ¿no son realmente más felices que nosotros los Boyer-Preysler, las Madonna o los hijos de la duquesa de Alba?
Es una evidencia que el nivel de vida en España ha aumentado en los últimos años. Mucho.
Pero, ¿somos más felices?
Se podría decir sí, desde el momento en que hay menos paro (gente que sale de la zona inferior al umbral mínimo). Se podría argumentar también que hay más posibilidad de acceso a placeres que antes estaban vedados a pocos (vuelos más baratos, más oferta cultural…). Y tendríamos razón en defender esa postura.
Se podría opinar también que vivimos más tiempo haciendo dinero (para gastarlo), que somos más competitivos (dinero obliga), que resulta más difícil quedar (todo se soluciona con un mensaje desde el móvil última generación), que somos menos libres (o naturales, quedar por tomar un café, sin más, sin excusas, sin negocios que tratar…).
El círculo creado y alimentado de ser más rico, el bombardeo publicitario , las ganas de mostrarse más guapo, más triunfador, con mejor coche. La España que funciona, los españolitos que nos lo creemos.
Hay un gran vacío tras todo eso. Las patas que lo sostienen son endebles. El todo deprisa, todo ahora, todo ya… es venenoso.
¿Somos realmente más interesantes los españoles, aparte de más ricos?
Quien todo consume todo lo quiere y no tiene tiempo para sentarse en un parque a leer un libro de bolsillo, a preocuparse por algún fin social; quien no sepa perder (para ganar) una tarde charlando con un amigo que necesita simplemente compañía, algún día se caerá de bruces por esa pendiente dinero-felicidad que, a esos niveles de éxito, estará a una altura gigantesca.
Caída sin red.
lunes, abril 30, 2007
Conversaciones con el nacionalismo vasco
Me escapé de la Feria de abril un jueves por la mañana para adentrarme en tierras vascas. Me quedo con una conversación en la parte vieja de San Sebastián. Mis contertulios, entre otros: Román Sudupe, ex-presidente de la Diputación Foral de Guipúzcoa, Patxi Baztarrika, vice-consejero de cultura del gobierno vasco y Xabier Ezeizabarrena, candidato a la alcaldía del Ayuntamiento de San Sebastián.
Delante de unos vinos de Rioja y un buen chuletón les di mi visión de ciudadano sevillano de andar por casa.
Román Sudupe me dijo no ser español.
Yo dije que tengo todo el derecho, como él, a pensar distinto (que él). Mi idea de España pasa por la seducción. Quiero una España respetuosa con todas las culturas, fuerte en su defensa de la libertad y del hombre. Y en esa España me gustaría encontrarme con Román Sudupe, una persona excepcional. En ese país él me dijo poder encontrarse conmigo.
Les pedí autocrítica, y se miraron entre sí. 'Hemos hecho muchas cosas mal'.
Creo que hay una táctica sanísima para estos casos. No pensar en qué se equivoca el otro (el Rajoy, el Zapatero, el periodista o el obispo de turno) sino corregir los fallos propios.
Les hablé de desigualdad de oportunidades. ¿Por qué para presentarse a unas oposiciones a profesor de Matemáticas a un vasco sólo se le exige en Andalucía ser bueno en Matemáticas y a un andaluz en Euskadi ser bueno en Matemáticas y en Euskera?
'Porque es la lengua del país', respondieron.
Pues hagan firmar un compromiso de aprendizaje del Euskera (compromiso evaluable uno o dos años después), una vez que haya demostrado su valía como profesor de Matemáticas.
Hay que buscar el sentido común. En esa mesa encontré disposición a escuchar al sevillano que llegó a disfrutar de unos pinchos (pintxos) en la parte vieja de San Sebastián.
Un abrazo a ellos
Delante de unos vinos de Rioja y un buen chuletón les di mi visión de ciudadano sevillano de andar por casa.
Román Sudupe me dijo no ser español.
Yo dije que tengo todo el derecho, como él, a pensar distinto (que él). Mi idea de España pasa por la seducción. Quiero una España respetuosa con todas las culturas, fuerte en su defensa de la libertad y del hombre. Y en esa España me gustaría encontrarme con Román Sudupe, una persona excepcional. En ese país él me dijo poder encontrarse conmigo.
Les pedí autocrítica, y se miraron entre sí. 'Hemos hecho muchas cosas mal'.
Creo que hay una táctica sanísima para estos casos. No pensar en qué se equivoca el otro (el Rajoy, el Zapatero, el periodista o el obispo de turno) sino corregir los fallos propios.
Les hablé de desigualdad de oportunidades. ¿Por qué para presentarse a unas oposiciones a profesor de Matemáticas a un vasco sólo se le exige en Andalucía ser bueno en Matemáticas y a un andaluz en Euskadi ser bueno en Matemáticas y en Euskera?
'Porque es la lengua del país', respondieron.
Pues hagan firmar un compromiso de aprendizaje del Euskera (compromiso evaluable uno o dos años después), una vez que haya demostrado su valía como profesor de Matemáticas.
Hay que buscar el sentido común. En esa mesa encontré disposición a escuchar al sevillano que llegó a disfrutar de unos pinchos (pintxos) en la parte vieja de San Sebastián.
Un abrazo a ellos
lunes, abril 09, 2007
Royal y la tricolor
Pienso que Segolène Royal ha equivocado gravemente el tiro enarbolando la bandera francesa.
Las banderas no pueden ser nunca causa mayor de la izquierda.
La bandera debe ser el respeto, los derechos sociales, el progreso. Sentirse orgulloso de tu país porque tu país sea respetado en su forma de actuar, en los compromisos mantenidos, en la solidaridad con los otros, en el respeto a sus ciudadanos. La izquierda debe ser más sutil en los patriotismos que dejarse llevar por unos colores, unos himnos y una postura marcial.
En España hace tiempo, mucho, en que una parte de la sociedad se ha apoderado de los símbolos. Desgraciadamente.
Presumir de bandera es como presumir de coche, de casa, de cuenta bancaria, de fachada... Yo prefiero sentirme orgulloso (que no presumir) de la calidad de mi familia, mis amigos, la sociedad en la que me muevo. Mi bandera debe ser la de un mundo que no se mueve por apariencias.
Yo quiero a mi país porque nací en él, está claro. Nadie me dio a elegir y, aún así, lo quiero. Pero no por eso pienso que sea mejor que ningún otro ni me gusta sacar banderas a la calle.
Cuando me muevo por el mundo me gusta que me digan que España es un país abierto, tolerante, que progresa. Me gustaría que me dijeran que es un país que cuida a sus mayores, que reparte parte de su riqueza con otros pueblos, que no impone a sus ciudadanos ninguna norma de conducta ni de pensamiento que no sean las básicas de respeto a los derechos humanos.
La mejor manera de emocionarse con tu país (tu familia, tu ciudad...) es pensar que aportas algo de positivo al mundo.
Los himnos y las posturas para quien no tiene argumentos.
Las banderas no pueden ser nunca causa mayor de la izquierda.
La bandera debe ser el respeto, los derechos sociales, el progreso. Sentirse orgulloso de tu país porque tu país sea respetado en su forma de actuar, en los compromisos mantenidos, en la solidaridad con los otros, en el respeto a sus ciudadanos. La izquierda debe ser más sutil en los patriotismos que dejarse llevar por unos colores, unos himnos y una postura marcial.
En España hace tiempo, mucho, en que una parte de la sociedad se ha apoderado de los símbolos. Desgraciadamente.
Presumir de bandera es como presumir de coche, de casa, de cuenta bancaria, de fachada... Yo prefiero sentirme orgulloso (que no presumir) de la calidad de mi familia, mis amigos, la sociedad en la que me muevo. Mi bandera debe ser la de un mundo que no se mueve por apariencias.
Yo quiero a mi país porque nací en él, está claro. Nadie me dio a elegir y, aún así, lo quiero. Pero no por eso pienso que sea mejor que ningún otro ni me gusta sacar banderas a la calle.
Cuando me muevo por el mundo me gusta que me digan que España es un país abierto, tolerante, que progresa. Me gustaría que me dijeran que es un país que cuida a sus mayores, que reparte parte de su riqueza con otros pueblos, que no impone a sus ciudadanos ninguna norma de conducta ni de pensamiento que no sean las básicas de respeto a los derechos humanos.
La mejor manera de emocionarse con tu país (tu familia, tu ciudad...) es pensar que aportas algo de positivo al mundo.
Los himnos y las posturas para quien no tiene argumentos.
miércoles, marzo 14, 2007
Primeras líneas
Con ayuda de Félix Alonso del Real aquí estoy escribiendo mis primeras líneas de este blog asociado a una página web http://www.salvador-navarro.com/ en la que tanta ilusión tengo puesta, para compartir, con mis amigos y con desconocidos amantes de la literatura, reflexiones, saludos y buenos momentos
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