Era un matrimonio amigo de mis padres con cuya familia tuvimos trato todos los largos veranos de nuestra infancia.
Eran esos tiempos negros para Euskadi, en los que cuando decían que alguien era de allí la gente pensaba dónde guardaría la pistola.
Ni la vasca era como las pintaban, ni su marido tenía ningún salero.
Cuando uno nace con un mínimo de ojos abiertos se da cuenta que el criterio sobre las cosas se establece a partir de la experimentación y no de los clichés venenosos con los que de siempre se ha educado a los pueblos.
Es más sencillo cerrar los ojos y que te digan a quién hay que maldecir.
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