Nos ofrecieron un té de cortesía tras el primer almuerzo en Estambul y a mi hermana y a mí nos encantó.
—¿De qué es?
—De manzana —nos sonrió.
Así que el día que visitamos el bazar de las especias, se nos iban los ojos en la zona de las infusiones. Ya por fin nos decidimos y entré en una de las tiendas.
—¿Eso es té? —pregunté, extrañado, al llenarme una bolsa de polvo blanco.
—Sí, quiere que le prepare uno para comprobarlo.
Le dije que no, que confiaba en ella, pero salí de allí pensando que llevaba medio kilo de cocaína. Así que nos llevamos el resto del viaje pensando como meter la bolsa en el avión sin levantar sospechas en el control de pasaportes. Raquel se ofreció a llevarlo y yo, desde Múnich, me interesé en cuanto aterrizaron ella e Iván en el aeropuerto de Sevilla.
—¿Qué tal la mercancía?
—¡A salvo!
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