No sé de cuántas maneras me han llamado ya, pero esta pasada feria me han bautizado como El Fugas.
Será la edad, pero es cierto que soy, siempre, el primero en irme a casa cuando de salir por la noche se trata. Llega un momento concreto, tras la cena y mientras tomamos alguna copa, en que la felicidad para mí es irme a dormir.
Desde que viví en Francia tomé una afición especial a las cenas largas, en las que se charla de todo, tienes las orejas abiertas a que te cuenten y disfrutas de un buen vino. No hay cosa que me guste más que cenar pausadamente con mi pareja, con los amigos o la familia.
La afición española al cubateo nocturno, sin embargo, se me hace cansina. Cuando tengo el gintónic en la mano y veo que se lanzan a por la siguiente ronda, mi cuerpo no se deja seducir por el alcohol sino que me pide descanso. Un viejo, vaya.
Disfruto tanto con las mañanas de los fines de semana que me da pereza sólo el pensar en desperdiciarla por una mala resaca.
La gente que me quiere me va conociendo y sabe, eso espero, que cuando digo me voy no estoy diciendo subliminalmente que no esté feliz con ellos, sino que mis tiempos son diferentes.
Soy tan afortunado de tener a mi alrededor a gente que me quiere tanto, que necesito explicarles esto, que El Fugas se vaya a dormir no implica que El Fugas no se divierta.