Estos tiempos actuales te dan la oportunidad de cruzar España de lado a lado para pasar un corto fin de semana en otras tierras por poco menos de 40 euros.
Así lo hicimos el sábado pasado, destino La Coruña.
Tras reventar de pulpo, subir a la Torre de Hércules, sufrir el viento norte procedente del Atlántico o recorrer por la noche la coqueta ciudad vieja, el domingo ya estábamos de vuelta tras una mañana imponente de frío sol gallego.
El aeropuerto coruñés es muy pequeño y, a la hora del embarque, apenas sólo estábamos los viajeros para Sevilla.
Vimos aterrizar el avión a través de las grandes cristaleras y, por la megafonía, descubrimos que ocuparíamos la nave que procedía de Londres.
En la misma sala de embarque estaba la de desembarque. Un policía nacional de barriga prominente y pelo canoso se plantó en la salida de la pasarela del avión, a puerta gayola. Con los brazos cruzados observaba a los pasajeros que regresaban de Inglaterra.
De golpe, ¡qué mala suerte!, un hombre con aspecto indio o paquistaní, bien vestido pero con la piel, mala pata, más oscura de lo normal.
-¡¡¡¿Español?!!!
El turista, acongojado por tal recibimiento, casi levanta las manos. De malos modos, el policía le señala a voz en grito que se aparte del resto de pasajeros. Y con el mismo tono le da un papel y le dice, por supuesto en español, que lo rellene.
Siguió como un bulldog con los brazos cruzados olisqueando por si acaso se le escapaba otra persona que, tal vez, maquillara su piel con polvos blancos.
Qué vergüenza.
miércoles, enero 26, 2011
domingo, enero 23, 2011
Lujo
Son muchas las experiencias personales que me hacen llegar a la reflexión aparentemente contradictoria de que el lujo es solidario, sano para el desenvolvimiento de la sociedad, beneficioso como equilibrador de nuestro injusto mundo.
Hay listas de multimillonarios que van publicándose cada cierto tiempo. Hay, del mismo modo, gente con mucho dinero a nuestro alrededor, en nuestras ciudades, minoritarias, sí. Gente que no va a ir regalando su capital, ganado limpiamente (o no), heredado, construido de la nada o de la suerte, del empeño, el esfuerzo o la mala leche, de la ambición desmedida o del espíritu emprendedor y currante.
Pero existen y, en su mayoría, como corresponde al ser humano por norma general, no van a compartirlo en beneficio de los que no tienen ni la milésima parte de su capacidad económica.
El capitalismo es ley de vida, desgraciadamente. Seguramente el sistema más justo dentro de la injusticia que significa buscarse la vida y progresar.
El lujo crea muchísimo empleo. Un restaurante con estrellas michelín tiene una cocina con decenas de empleados. Del mismo modo que Ferrari, Prada o Sheraton, que consiguen hacer 'chiribitas' los ojos de quien tienen dinero para gastarlo.
A mí me gusta que en mi ciudad se abran nuevos hoteles de cinco estrellas, que lleguen nuevos restaurantes y boutiques de alto nivel, que se organicen jornadas para discutir del sexo de los ángeles entre sibaritas de los cuatro extremos del globo terráqueo.
Quienes hemos vivido en Francia sabemos que la cosmética o la alta costura crean miles y miles de empleos.
Si la sociedad no ofreciese esos 'alicientes' apetitosos la avaricia haría enterrar mucha riqueza en tumbas de mármol de Carrara mientras el resto de mortales siguiera echando monedas en un tarro para ir quitándose una nueva tarjeta Visa con la que llegar a fin de mes.
Que disfruten de la vida, claro que sí, creando riqueza.
¡Viva el lujo!
Hay listas de multimillonarios que van publicándose cada cierto tiempo. Hay, del mismo modo, gente con mucho dinero a nuestro alrededor, en nuestras ciudades, minoritarias, sí. Gente que no va a ir regalando su capital, ganado limpiamente (o no), heredado, construido de la nada o de la suerte, del empeño, el esfuerzo o la mala leche, de la ambición desmedida o del espíritu emprendedor y currante.
Pero existen y, en su mayoría, como corresponde al ser humano por norma general, no van a compartirlo en beneficio de los que no tienen ni la milésima parte de su capacidad económica.
El capitalismo es ley de vida, desgraciadamente. Seguramente el sistema más justo dentro de la injusticia que significa buscarse la vida y progresar.
El lujo crea muchísimo empleo. Un restaurante con estrellas michelín tiene una cocina con decenas de empleados. Del mismo modo que Ferrari, Prada o Sheraton, que consiguen hacer 'chiribitas' los ojos de quien tienen dinero para gastarlo.
A mí me gusta que en mi ciudad se abran nuevos hoteles de cinco estrellas, que lleguen nuevos restaurantes y boutiques de alto nivel, que se organicen jornadas para discutir del sexo de los ángeles entre sibaritas de los cuatro extremos del globo terráqueo.
Quienes hemos vivido en Francia sabemos que la cosmética o la alta costura crean miles y miles de empleos.
Si la sociedad no ofreciese esos 'alicientes' apetitosos la avaricia haría enterrar mucha riqueza en tumbas de mármol de Carrara mientras el resto de mortales siguiera echando monedas en un tarro para ir quitándose una nueva tarjeta Visa con la que llegar a fin de mes.
Que disfruten de la vida, claro que sí, creando riqueza.
¡Viva el lujo!
jueves, enero 20, 2011
Fanfarrón
Es difícil admitir que un país culto, milenario, luminoso y vital como es Italia esté gobernado por semejante mamarracho, putero, homófobo, prepotente, facha, inculto, desvergonzado, mafioso despreciable.
¿Dónde está la Italia renacentista?
¿En qué lugar se oculta la cuna latina de nuestra civilización?
Parece que tenemos que resignarnos a pensar que ese país va a la deriva, que no hay solución a esa grotesca deriva de parlamento vendido a estrellas de una televisión servil.
¿Qué hace que una sociedad preparada se arrodille ante semejante personaje?
Se le ríen las gracias a este viejo verde que se acuesta con jovencitas menores de edad a las que paga en sobres con la inscripción de 'ayudas familiares'.
Añoro una Italia que no sé si existe. Una Italia que demuestra, una vez sí y otra también, que no es capaz de sacudirse la caspa, que está dominada a partes iguales por Berlusconi y la curia vaticana.
¿Dónde está la Italia renacentista?
¿En qué lugar se oculta la cuna latina de nuestra civilización?
Parece que tenemos que resignarnos a pensar que ese país va a la deriva, que no hay solución a esa grotesca deriva de parlamento vendido a estrellas de una televisión servil.
¿Qué hace que una sociedad preparada se arrodille ante semejante personaje?
Se le ríen las gracias a este viejo verde que se acuesta con jovencitas menores de edad a las que paga en sobres con la inscripción de 'ayudas familiares'.
Añoro una Italia que no sé si existe. Una Italia que demuestra, una vez sí y otra también, que no es capaz de sacudirse la caspa, que está dominada a partes iguales por Berlusconi y la curia vaticana.
martes, enero 18, 2011
Tiempo y vida
Tuve la suerte de recibir una invitación para asistir, dos personas, a un homenaje a Saramago ayer lunes.
Era en el teatro de la Maestranza. No sabía más.
Invité a todas las personas que pensé interesadas en mi querido escritor portugués. Todo el mundo tenía planes, o pereza, o trabajo, o excusas.
No pensé en mi amor porque creí que no le interesaría un acto de varias horas acerca de un personaje del que no había leído nada.
Habló Paco Lobatón, habló el presidente de la Junta, habló su viuda, Pilar del Río, habló Agustín Almodóvar y Miguel Gonçalves, productor y director respectivamente de la película, 'José y Pilar', que nos proyectaron a continuación.
Dos horas deliciosas de proyección centradas en la vida amorosa, personal e íntima de este pensador, erudito, irreverente y humanísimo Saramago.
El corazón no me cabía en el pecho escuchando la visión del ser humano de esta persona íntegra, honesta, ejemplar.
Su pesimismo vital se relativizaba oyéndole hablar. Su amor por Pilar le hacía entrañable.
La película trazaba un recorrido de 4 años, paralelo a la construcción de su última novela, 'El viaje del Elefante'. Un viaje de Portugal a Austria de un elefante que es regalado a un rey en tiempos pasados y cuyas patas fueron transformadas en un lujoso paragüero por la monarquía austríaca.
Tras una grave enfermedad que estuvo a punto de hacerle morir antes de terminar la novela, José Saramago presenta al mundo su obra recién publicada en la ciudad de Sao Paulo.
Entonces recuerda, delante de un auditorio entregado, una pregunta que le hicieron no mucho tiempo atrás.
'Pero usted, ganador del Premio Nobel, traducido a ciento y pico idiomas, reconocido en todo el mundo... ¿qué ilusiones más le quedan?'
Saramago respondió:
'Tiempo y vida', 'tiempo para vivir mi felicidad junto a Pilar'. 'Vida para vivirla junto a ella'.
Yo acariciaba los muslos de mi amor, henchido de felicidad.
Arrepentido de haber ofrecido esa invitación a nadie más.
Era en el teatro de la Maestranza. No sabía más.
Invité a todas las personas que pensé interesadas en mi querido escritor portugués. Todo el mundo tenía planes, o pereza, o trabajo, o excusas.
No pensé en mi amor porque creí que no le interesaría un acto de varias horas acerca de un personaje del que no había leído nada.
Habló Paco Lobatón, habló el presidente de la Junta, habló su viuda, Pilar del Río, habló Agustín Almodóvar y Miguel Gonçalves, productor y director respectivamente de la película, 'José y Pilar', que nos proyectaron a continuación.
Dos horas deliciosas de proyección centradas en la vida amorosa, personal e íntima de este pensador, erudito, irreverente y humanísimo Saramago.
El corazón no me cabía en el pecho escuchando la visión del ser humano de esta persona íntegra, honesta, ejemplar.
Su pesimismo vital se relativizaba oyéndole hablar. Su amor por Pilar le hacía entrañable.
La película trazaba un recorrido de 4 años, paralelo a la construcción de su última novela, 'El viaje del Elefante'. Un viaje de Portugal a Austria de un elefante que es regalado a un rey en tiempos pasados y cuyas patas fueron transformadas en un lujoso paragüero por la monarquía austríaca.
Tras una grave enfermedad que estuvo a punto de hacerle morir antes de terminar la novela, José Saramago presenta al mundo su obra recién publicada en la ciudad de Sao Paulo.
Entonces recuerda, delante de un auditorio entregado, una pregunta que le hicieron no mucho tiempo atrás.
'Pero usted, ganador del Premio Nobel, traducido a ciento y pico idiomas, reconocido en todo el mundo... ¿qué ilusiones más le quedan?'
Saramago respondió:
'Tiempo y vida', 'tiempo para vivir mi felicidad junto a Pilar'. 'Vida para vivirla junto a ella'.
Yo acariciaba los muslos de mi amor, henchido de felicidad.
Arrepentido de haber ofrecido esa invitación a nadie más.
lunes, enero 17, 2011
Bosnia-Herzegovina
Acababa de tener una reunión con mi equipo de trabajo en la fábrica, estábamos a un par de horas para comenzar las vacaciones de Navidad y, en la puerta de mi despacho y con gesto casi militar, me di de bruces con un señor mayor, vestido gris de faena, chamarra de trabajar en el exterior y una gorra en la mano.
-¿Señor Salvador?
Lo saludé con una sonrisa, esperando que no hubiese ocurrido ningún 'marrón técnico' a falta de un rato para dejar el trabajo por unos días.
-Verá, soy Walter, el jardinero de la fábrica.
Tenía acento andino, y cara de serlo también. Llevo más de quince años trabajando en la fábrica y no se me había pasado por la cabeza que existiese un jardinero. De hecho, tenía la sensación de ver a ese hombre por vez primera.
-Es que quiero regalar a una hija su novela este día de Navidad y no la encontré en las librerías que busqué.
Me quedé de piedra. No sólo no tenía ni idea de quién era él, que seguramente pasará a mi lado decenas de veces durante el año, sino que además él sabía quien era yo y, aún más, estaba interesado en mi novela.
-Espere un momento. Dígame cómo le puedo localizar.
Llamé urgentemente al editor, me dijo las librerías donde lo tenían en ese momento, con seguridad, en existencias y cogí el coche.
Un rato después busqué a Walter para entregarle el libro.
Entonces él me contó que era de Cuzco y me habló de su ciudad, de su familia allí.
Yo fui contando a colegas de la fábrica lo que me había ocurrido y, como compinchados, todos conocían perfectamente a Walter el jardinero.
Qué desazón estar tan poco atento a las personas que tengo al lado.
Como bien dice quien bien me quiere:
Salva, es como si vivieses en Bosnia-Herzegovina.
-¿Señor Salvador?
Lo saludé con una sonrisa, esperando que no hubiese ocurrido ningún 'marrón técnico' a falta de un rato para dejar el trabajo por unos días.
-Verá, soy Walter, el jardinero de la fábrica.
Tenía acento andino, y cara de serlo también. Llevo más de quince años trabajando en la fábrica y no se me había pasado por la cabeza que existiese un jardinero. De hecho, tenía la sensación de ver a ese hombre por vez primera.
-Es que quiero regalar a una hija su novela este día de Navidad y no la encontré en las librerías que busqué.
Me quedé de piedra. No sólo no tenía ni idea de quién era él, que seguramente pasará a mi lado decenas de veces durante el año, sino que además él sabía quien era yo y, aún más, estaba interesado en mi novela.
-Espere un momento. Dígame cómo le puedo localizar.
Llamé urgentemente al editor, me dijo las librerías donde lo tenían en ese momento, con seguridad, en existencias y cogí el coche.
Un rato después busqué a Walter para entregarle el libro.
Entonces él me contó que era de Cuzco y me habló de su ciudad, de su familia allí.
Yo fui contando a colegas de la fábrica lo que me había ocurrido y, como compinchados, todos conocían perfectamente a Walter el jardinero.
Qué desazón estar tan poco atento a las personas que tengo al lado.
Como bien dice quien bien me quiere:
Salva, es como si vivieses en Bosnia-Herzegovina.
viernes, enero 14, 2011
Takiripinti
Takiripinti es la palabra que yo mantengo en el recuerdo, aunque no hay más que mirar en un traductor para comprobar que está deformada por el paso del tiempo.
El viaje en tren entre Haparanda, en la frontera norte con Suecia, y Helsinki había sido largo. Francis y yo llevábamos semanas viajando, muchas latas de conserva entre pecho y espalda, y ésta última medio jodida de tanto dormir en el suelo de los campings. Tendríamos no mucho más de veinte años.
La llegada nocturna a la capital finlandesa fue movida. En el trayecto en tren nos habíamos peleado por alguna tontería y viajábamos cada uno en un vagón. La necesidad hizo que nos uniéramos para buscar un sitio donde dormir.
Él hizo migas con un anciano francés, que se nos encalomó en busca de un sitio donde acampar en las afueras de la ciudad. Tras tomar un autobús llegamos a un sitio fuera de cualquier civilización. El viejo olía a alcohol y a Francis no se le ocurrió otra cosa que ofrecerle nuestra tienda de campaña para compartirla.
Pasé toda la noche oyendo las tripas del viejo y alaridos de perros maltratados, que resultaron ser gaviotas para el urbanita que esto escribe.
Amanecimos, esa mañana de verano nórdico, en un paisaje verde muy cercano al mar.
El viejo desapareció, quizás por mi falta de cariño.
Francis y yo nos duchamos, nos pusimos guapos y nos lanzamos a conquistar Helsinki por vez primera.
Descubrimos una parada de autobús y una chica rubia, Saana, con unos walkman. Le preguntamos cómo llegar a la ciudad y ella se ofreció a acompañarnos.
Me llevé años escribiéndome con Saana. ¿Cómo podría volver a localizarla? ¿Cómo localizar a tanta gente perdida por el camino?
Ella era profesora de francés y eso me permitió chapurrearlo con ella.
El autobús llegó a su última parada y la seguimos por una boca de metro. El vagón se iba llenando conforme nos acercábamos a la ciudad con gente cada vez más rubia y alta. Saana hablaba y hablaba...
En un momento dado, con la charla, ella puso cara de preocupación. ¿Nos habremos pasado de estación? Gente tan alta a nuestro alrededor nos impedía ver en qué lugar estábamos.
'Don't worry, Saana'.
Me escabullí entre la gente cuando el metro paró y memoricé el nombre de la estación. Entré de nuevo en el vagón y le grité.
'¡We are in Takiripinti!'
No se me olvidará la risa colectiva del vagón.
'That is Don't smoke!'
El viaje en tren entre Haparanda, en la frontera norte con Suecia, y Helsinki había sido largo. Francis y yo llevábamos semanas viajando, muchas latas de conserva entre pecho y espalda, y ésta última medio jodida de tanto dormir en el suelo de los campings. Tendríamos no mucho más de veinte años.
La llegada nocturna a la capital finlandesa fue movida. En el trayecto en tren nos habíamos peleado por alguna tontería y viajábamos cada uno en un vagón. La necesidad hizo que nos uniéramos para buscar un sitio donde dormir.
Él hizo migas con un anciano francés, que se nos encalomó en busca de un sitio donde acampar en las afueras de la ciudad. Tras tomar un autobús llegamos a un sitio fuera de cualquier civilización. El viejo olía a alcohol y a Francis no se le ocurrió otra cosa que ofrecerle nuestra tienda de campaña para compartirla.
Pasé toda la noche oyendo las tripas del viejo y alaridos de perros maltratados, que resultaron ser gaviotas para el urbanita que esto escribe.
Amanecimos, esa mañana de verano nórdico, en un paisaje verde muy cercano al mar.
El viejo desapareció, quizás por mi falta de cariño.
Francis y yo nos duchamos, nos pusimos guapos y nos lanzamos a conquistar Helsinki por vez primera.
Descubrimos una parada de autobús y una chica rubia, Saana, con unos walkman. Le preguntamos cómo llegar a la ciudad y ella se ofreció a acompañarnos.
Me llevé años escribiéndome con Saana. ¿Cómo podría volver a localizarla? ¿Cómo localizar a tanta gente perdida por el camino?
Ella era profesora de francés y eso me permitió chapurrearlo con ella.
El autobús llegó a su última parada y la seguimos por una boca de metro. El vagón se iba llenando conforme nos acercábamos a la ciudad con gente cada vez más rubia y alta. Saana hablaba y hablaba...
En un momento dado, con la charla, ella puso cara de preocupación. ¿Nos habremos pasado de estación? Gente tan alta a nuestro alrededor nos impedía ver en qué lugar estábamos.
'Don't worry, Saana'.
Me escabullí entre la gente cuando el metro paró y memoricé el nombre de la estación. Entré de nuevo en el vagón y le grité.
'¡We are in Takiripinti!'
No se me olvidará la risa colectiva del vagón.
'That is Don't smoke!'
lunes, enero 10, 2011
Ridículo
Se asoman a una pantalla de vídeo, encapuchados y con una boina encima, para perdonarnos una vez más la vida.
Tal vez pensarán que es fácil olvidar al abominable De Juana Chaos y sus veinticinco asesinatos, que borraremos de nuestra memoria a las víctimas de Hipercor, o las matanzas de Zaragoza o Vic, la indescriptible crueldad insoportable que supuso la cuenta atrás de Miguel Ángel Blanco.
Yo tomaba unas copas por el centro de Sevilla a pocos metros de donde, sin piedad y como salvajes, unos pistoleros apuntaron en la nuca de Alberto Jiménez Becerril y su mujer, dejando tres niñas huérfanas. Tal vez oí los disparos como silbidos.
A unos bloques de mi casa, una tarde-noche que volvía del trabajo, me encontré calles cortadas y helicópteros sobrevolando en busca de quienes se habían presentado en la consulta del doctor Cariñanos para plantarle un tiro en la cabeza.
Me considero una persona abierta, dialogante, de izquierdas, defensor de una España federal, en que cada pueblo pueda ir eligiendo su destino. Doy pruebas de mi amor por el País Vasco visitándolo, cultivando mis amistades en esa tierra, vendiendo las maravillas de ese país singular, personalísimo.
Sé que llegará un momento en que la sociedad española, civilizada y democrática como es, tendrá que dar ejemplo de bondad para cerrar esta herida sangrante de criminales que, si no fuese por los 850 muertos a sus espaldas, ¡850 muertos!, darían risa con sus indumentarias ridículas y su pretendido tono solemne que sólo suena a irrisorio.
No hay olvido.
Tal vez pensarán que es fácil olvidar al abominable De Juana Chaos y sus veinticinco asesinatos, que borraremos de nuestra memoria a las víctimas de Hipercor, o las matanzas de Zaragoza o Vic, la indescriptible crueldad insoportable que supuso la cuenta atrás de Miguel Ángel Blanco.
Yo tomaba unas copas por el centro de Sevilla a pocos metros de donde, sin piedad y como salvajes, unos pistoleros apuntaron en la nuca de Alberto Jiménez Becerril y su mujer, dejando tres niñas huérfanas. Tal vez oí los disparos como silbidos.
A unos bloques de mi casa, una tarde-noche que volvía del trabajo, me encontré calles cortadas y helicópteros sobrevolando en busca de quienes se habían presentado en la consulta del doctor Cariñanos para plantarle un tiro en la cabeza.
Me considero una persona abierta, dialogante, de izquierdas, defensor de una España federal, en que cada pueblo pueda ir eligiendo su destino. Doy pruebas de mi amor por el País Vasco visitándolo, cultivando mis amistades en esa tierra, vendiendo las maravillas de ese país singular, personalísimo.
Sé que llegará un momento en que la sociedad española, civilizada y democrática como es, tendrá que dar ejemplo de bondad para cerrar esta herida sangrante de criminales que, si no fuese por los 850 muertos a sus espaldas, ¡850 muertos!, darían risa con sus indumentarias ridículas y su pretendido tono solemne que sólo suena a irrisorio.
No hay olvido.
sábado, enero 08, 2011
La parte negra
Cada vez menos, ésa es mi esperanza, pero los españoles de esta generación hemos nacido educados en una cultura excesivamente severa en cuanto a nuestras exigencias personales, donde el sentido del pecado tomaba un cariz de maldición y en el que el tamiz del remordimiento lo impregnaba casi todo en lo que a nuestras conductas de vida respecta.
Ha estado mal visto airear nuestras limitaciones, desconsuelos o complejos. Mostrar debilidades, expresar dudas respecto a nuestro lugar en el mundo.
Se nos educa para ser fuertes sin darnos las herramientas para ello.
Y muchos nacen fuertes, sí, pero por el camino se van quedando muchos, gente cercana, que se encierran en su caparazón de impotencia por no haber tenido los estudios, la pareja, el cuerpo, el trabajo o la gracia al hablar que se esperaba de ellos.
En la soledad nos encontramos a nosotros mismos, y todos tenemos nuestras miserias, sanas de curar en soledad, sí, pero no siempre.
Todos tenemos nuestra parte negra. Vicios, miedos, angustias, complejos y frustraciones que rumiamos en silencio.
Mi futura sociedad deseada será aquélla en que se destapen esas alcantarillas personales que creemos malditas y nos demos cuenta, entonces, que nuestra miseria no lo es tanto ni estamos tan solos en el mundo.
Ha estado mal visto airear nuestras limitaciones, desconsuelos o complejos. Mostrar debilidades, expresar dudas respecto a nuestro lugar en el mundo.
Se nos educa para ser fuertes sin darnos las herramientas para ello.
Y muchos nacen fuertes, sí, pero por el camino se van quedando muchos, gente cercana, que se encierran en su caparazón de impotencia por no haber tenido los estudios, la pareja, el cuerpo, el trabajo o la gracia al hablar que se esperaba de ellos.
En la soledad nos encontramos a nosotros mismos, y todos tenemos nuestras miserias, sanas de curar en soledad, sí, pero no siempre.
Todos tenemos nuestra parte negra. Vicios, miedos, angustias, complejos y frustraciones que rumiamos en silencio.
Mi futura sociedad deseada será aquélla en que se destapen esas alcantarillas personales que creemos malditas y nos demos cuenta, entonces, que nuestra miseria no lo es tanto ni estamos tan solos en el mundo.
martes, enero 04, 2011
Madina
Mal que me pese a veces, soy un defensor de la clase política.
Lo fácil es la crítica, pero es cierto que los países, regiones, ciudades y organismos internacionales deben ser dirigidos para que el ser humano pueda integrarse, mediante leyes, obligaciones fiscales, derechos sociales.
A la vista de los años de crisis que padecemos, parece que una condición para ser político, independientemente de ideales, es la licenciatura en Económicas. A ser posible con un máster.
Todo es y se reduce a la Economía. Esa ciencia inexacta de la que tanto hemos aprendido a base de ver subir y bajar nuestra hipoteca, ver congelados los salarios, cuando no bajados o, simplemente, tras comprobar cuántos a nuestro alrededor van perdiendo el empleo o cómo la vida se va haciendo más incierta para los más jóvenes.
¿Qué libertades ofrecen los dogmas económicos? ¿Dónde se integrarían ahí los ideales? ¿Deberíamos estar gobernados por tecnócratas que sepan jugar con nuestros impuestos con la precisión de un campeón de tetris?
Eduardo Madina es licenciado en Historia Contemporánea y tiene una pierna menos por una bomba-lapa de ETA.
Es suficiente escucharle para saber que yo quiero políticos que crean en el ser humano.
Y él, inmerso en el aparato del PSOE, de un PSOE que se descalabra, mantiene la dignidad de su discurso a pesar de que a veces, muchas, tendrá que tragar quina ante los vaivenes a los que, seguramente sin remedio en la mayoría de los casos, se ve obligado a someterse su partido.
¿Tenemos que rendirnos a una política dirigida por los 'mercados'?
Yo pienso en Eduardo Madina, en su dignidad y su pasión por la política con mayúsculas.
Lo fácil es la crítica, pero es cierto que los países, regiones, ciudades y organismos internacionales deben ser dirigidos para que el ser humano pueda integrarse, mediante leyes, obligaciones fiscales, derechos sociales.
A la vista de los años de crisis que padecemos, parece que una condición para ser político, independientemente de ideales, es la licenciatura en Económicas. A ser posible con un máster.
Todo es y se reduce a la Economía. Esa ciencia inexacta de la que tanto hemos aprendido a base de ver subir y bajar nuestra hipoteca, ver congelados los salarios, cuando no bajados o, simplemente, tras comprobar cuántos a nuestro alrededor van perdiendo el empleo o cómo la vida se va haciendo más incierta para los más jóvenes.
¿Qué libertades ofrecen los dogmas económicos? ¿Dónde se integrarían ahí los ideales? ¿Deberíamos estar gobernados por tecnócratas que sepan jugar con nuestros impuestos con la precisión de un campeón de tetris?
Eduardo Madina es licenciado en Historia Contemporánea y tiene una pierna menos por una bomba-lapa de ETA.
Es suficiente escucharle para saber que yo quiero políticos que crean en el ser humano.
Y él, inmerso en el aparato del PSOE, de un PSOE que se descalabra, mantiene la dignidad de su discurso a pesar de que a veces, muchas, tendrá que tragar quina ante los vaivenes a los que, seguramente sin remedio en la mayoría de los casos, se ve obligado a someterse su partido.
¿Tenemos que rendirnos a una política dirigida por los 'mercados'?
Yo pienso en Eduardo Madina, en su dignidad y su pasión por la política con mayúsculas.
domingo, enero 02, 2011
EBTG
Dormía una de mis queridas siestas en la cama, en casa de mis padres. Por la habitación donde dormía y la disposición de los objetos, que recuerdo como si fuese ayer, averiguo que ya estaba en época universitaria y mis hermanas habían abandonado el nido familiar.
En medio del sueño se mezcló una canción y quedé tan impactado por esa voz penetrante, la melodía suave, la letra, en lo que podía entender... que conseguí salir del sueño y llegar al final del tema, ya en el mundo de lo real, para anotarlo.
The language of life.
Esa canción llegaba para mí desde Londres y el grupo se llamaba Everything but the girl.
Soy muy pasional, y novelero, y cualquiera que me conoce bien sabe que flipo con el chocolate blanco, leo siempre a Paul Auster, sufro con el Betis y adoro a Everything but the girl (EBTG).
Empecé a comprar todo de ellos, desde el principio de los tiempos. Las letras eran brutales, las canciones, con un toque electrónico, incapaces de no gustar.
Un día, henchido de emoción tras comprar su último disco, me decidí a escribirles como si fuera un quinceañero. Les conté el porqué de mi adicción a ellos en un pobre inglés.
Everything but the girl, 'todo menos la chica'. Se pusieron ese nombre porque su estudio de grabación estaba frente a una tienda que vendía regalos de boda, te vendían 'todo menos la novia'.
Un día llegó mi padre con el correo. 'Niño, tienes una carta de Londres'.
Glups...
Tracey Thorn y Ben Watt me escribían una carta manuscrita para decirme que un día les gustaría venir a mi hermosa ciudad para cantar para mí.
No sé hasta qué punto esa carta influyó en mí, pero es cierto que me impactó enormemente en una época en que yo andaba perdido por la vida. No la carta en sí, no el mensaje, sino el saber que todo era posible.
Que yo existía.
Cuando pienso en acometer nuevos retos siempre pienso en EBTG. No sé si algún día tocarán para mí, pero si sé que si no les hubiese escrito nunca habría recibido esta carta desde Londres. Para mí...
The language of life.
En medio del sueño se mezcló una canción y quedé tan impactado por esa voz penetrante, la melodía suave, la letra, en lo que podía entender... que conseguí salir del sueño y llegar al final del tema, ya en el mundo de lo real, para anotarlo.
The language of life.
Esa canción llegaba para mí desde Londres y el grupo se llamaba Everything but the girl.
Soy muy pasional, y novelero, y cualquiera que me conoce bien sabe que flipo con el chocolate blanco, leo siempre a Paul Auster, sufro con el Betis y adoro a Everything but the girl (EBTG).
Empecé a comprar todo de ellos, desde el principio de los tiempos. Las letras eran brutales, las canciones, con un toque electrónico, incapaces de no gustar.
Un día, henchido de emoción tras comprar su último disco, me decidí a escribirles como si fuera un quinceañero. Les conté el porqué de mi adicción a ellos en un pobre inglés.
Everything but the girl, 'todo menos la chica'. Se pusieron ese nombre porque su estudio de grabación estaba frente a una tienda que vendía regalos de boda, te vendían 'todo menos la novia'.
Un día llegó mi padre con el correo. 'Niño, tienes una carta de Londres'.
Glups...
Tracey Thorn y Ben Watt me escribían una carta manuscrita para decirme que un día les gustaría venir a mi hermosa ciudad para cantar para mí.
No sé hasta qué punto esa carta influyó en mí, pero es cierto que me impactó enormemente en una época en que yo andaba perdido por la vida. No la carta en sí, no el mensaje, sino el saber que todo era posible.
Que yo existía.
Cuando pienso en acometer nuevos retos siempre pienso en EBTG. No sé si algún día tocarán para mí, pero si sé que si no les hubiese escrito nunca habría recibido esta carta desde Londres. Para mí...
The language of life.
miércoles, diciembre 29, 2010
Una broma
Como buen vividor que soy, pienso a menudo en la muerte.
Ya no lo hago con el pánico helador de la infancia-adolescencia, en esos tiempos en que descubres la verdadera naturaleza del hombre y nuestra temporalidad.
En mi caso aparece una tabla de planchar, la cocina de la casa de mis padres y una conversación con mi madre.
Mi pregunta, inocente, esperando una respuesta tranquilizadora:
'Pero, mamá, ¿todos nos tenemos que morir?'.
'Sí, hijo'.
Esa época en que aún no te ha salido vello en las axilas y ya piensas en la oscuridad de tu cama que habrá un momento que estés enterrado bajo tierra, que nunca más existirás.
La muerte es arrebatadora y no es fácil endulzarla a base de razonamientos, que no llevan a otro término que a constatar que sólo hay un final.
Sin embargo, al madurar vamos entendiendo de otra forma el mundo y nuestro lugar en él.
Sería horripilante también pensar en una existencia eterna en este mundo, ¿hacia dónde nos llevarían nuestras relaciones?, ¿cómo estableceríamos mecanismos para proponernos nuevos objetivos e ilusiones por los siglos de los siglos?, ¿cómo sería posible seguir madurando?, ¿habría infinitas generaciones viviendo al mismo tiempo?
Desde mi perspectiva agnóstica, como desde cualquier otra, es duro asumir el dolor de la desaparición total. A fin de cuentas, es más duro el morir de los otros que la propia muerte, porque una vez desaparecido uno ya no habrá vida pero tampoco sufrimiento.
A veces, en sueños, alguien me explica que todo esto es una broma y siento una placidez total. Pero los sueños acaban también.
Entender que somos finitos es lo que me hace vivir la vida plenamente.
Ya no lo hago con el pánico helador de la infancia-adolescencia, en esos tiempos en que descubres la verdadera naturaleza del hombre y nuestra temporalidad.
En mi caso aparece una tabla de planchar, la cocina de la casa de mis padres y una conversación con mi madre.
Mi pregunta, inocente, esperando una respuesta tranquilizadora:
'Pero, mamá, ¿todos nos tenemos que morir?'.
'Sí, hijo'.
Esa época en que aún no te ha salido vello en las axilas y ya piensas en la oscuridad de tu cama que habrá un momento que estés enterrado bajo tierra, que nunca más existirás.
La muerte es arrebatadora y no es fácil endulzarla a base de razonamientos, que no llevan a otro término que a constatar que sólo hay un final.
Sin embargo, al madurar vamos entendiendo de otra forma el mundo y nuestro lugar en él.
Sería horripilante también pensar en una existencia eterna en este mundo, ¿hacia dónde nos llevarían nuestras relaciones?, ¿cómo estableceríamos mecanismos para proponernos nuevos objetivos e ilusiones por los siglos de los siglos?, ¿cómo sería posible seguir madurando?, ¿habría infinitas generaciones viviendo al mismo tiempo?
Desde mi perspectiva agnóstica, como desde cualquier otra, es duro asumir el dolor de la desaparición total. A fin de cuentas, es más duro el morir de los otros que la propia muerte, porque una vez desaparecido uno ya no habrá vida pero tampoco sufrimiento.
A veces, en sueños, alguien me explica que todo esto es una broma y siento una placidez total. Pero los sueños acaban también.
Entender que somos finitos es lo que me hace vivir la vida plenamente.
domingo, diciembre 26, 2010
Iván y la wii
Por circunstancias de viajes y mudanzas, este otoño-invierno he tenido menos visitas de las que yo hubiera querido de mi sobrino Iván.
El día que llegué de mi viaje por Asia, le traje tantos regalos y estaba tan excitado con su cucaracha robótica japonesa, su cabeza de spiderman tailandesa o el soldado galáctico hecho con cables de acero que no se acordó de otra cosa.
Hace poco estuvieron de nuevo mi hermana y el enano, a punto de cumplir los ocho años. Con Raquel siempre tengo mucho que hablar y nos preparamos un par de cervezas mientras Iván recorría la casa, investigándolo todo.
Nos dio una tregua de diez minutos antes de preguntarme por la wii.
La wii nos la regalaron por un cumpleaños y sólo la utiliza Iván. De hecho, las aplicaciones que compro son las que él me pide, como la de Lego Batman. Es más, no tengo ni idea de cómo jugar con él porque sus explicaciones son aceleradas e impacientes. ¡Menudo torpe que es mi tío!
Tras sacar un atún y unos quesos, Iván se plantó. Me agarró de la mano y me llevó al mueble donde se suponía debían estar los mandos del aparato.
-Pero, Iván, no tengo ni idea dónde están los mandos, ¿no te das cuenta que yo sólo utilizo la wii cuando vienes tú?
Él se me quedó mirando y, rápido, contraatacó.
-¿Y es que tú no te das cuenta de que yo estoy aquí?
El día que llegué de mi viaje por Asia, le traje tantos regalos y estaba tan excitado con su cucaracha robótica japonesa, su cabeza de spiderman tailandesa o el soldado galáctico hecho con cables de acero que no se acordó de otra cosa.
Hace poco estuvieron de nuevo mi hermana y el enano, a punto de cumplir los ocho años. Con Raquel siempre tengo mucho que hablar y nos preparamos un par de cervezas mientras Iván recorría la casa, investigándolo todo.
Nos dio una tregua de diez minutos antes de preguntarme por la wii.
La wii nos la regalaron por un cumpleaños y sólo la utiliza Iván. De hecho, las aplicaciones que compro son las que él me pide, como la de Lego Batman. Es más, no tengo ni idea de cómo jugar con él porque sus explicaciones son aceleradas e impacientes. ¡Menudo torpe que es mi tío!
Tras sacar un atún y unos quesos, Iván se plantó. Me agarró de la mano y me llevó al mueble donde se suponía debían estar los mandos del aparato.
-Pero, Iván, no tengo ni idea dónde están los mandos, ¿no te das cuenta que yo sólo utilizo la wii cuando vienes tú?
Él se me quedó mirando y, rápido, contraatacó.
-¿Y es que tú no te das cuenta de que yo estoy aquí?
miércoles, diciembre 22, 2010
El espejo
Era verano, teníamos poco dinero y las hormonas desatadas. Diecinueve años, el susto y la excitación de empezar la universidad y la unión que dan doce o trece años compartidos en el colegio. Suficientemente jóvenes como para creer que estaríamos juntos de por vida, distintos hasta el punto de que hoy casi no sepamos nada los unos de los otros.
Decidimos que fuera Albufeira, en el Algarve portugués, donde compartiéramos una semana en una casa con piscina. Una compra en el híper y los coches de aquéllos que ya tenían carnet y padres con valor para dejárselo.
El otro día se coló por mis manos la foto, todos con gafas de sol, que nos hicimos en el parking de un complejo acuático.
Hubo quien encontró el primer sexo, creyendo durante años que esa niña de Oporto sería la mujer de su vida, hubo mucho alcohol en discotecas en que entrábamos como niñatos y también visitas inolvidables a pueblos hermosísimos del interior.
Yo, a pesar de la importancia que doy al sexo, lo que disfruto del alcohol y los pueblos hermosos, intuía que ésa no era mi vida futura.
La noche final nos fuimos a Portimao. Morenos como tizones, ya teníamos la pandilla de amigas portuguesas con las que celebrar la última traca. Yo llevaba una camisa horrible amarilla de flores verdes diminutas.
Con mucho alcohol, en el baño de una sala de fiestas, tuve la lucidez de enfrentarme al espejo. Me miré detenidamente y me sonreí. Me observé y pensé en retener esa imagen fija para el resto de mi vida. El whisky con coca-cola quizá ayudó a acrecentar de forma extraña esa captación, como un flash deslumbrante que grabase para siempre ese espejo que me ofrecía a mí con diecinueve años y una vida por delante tan intensa que me asustaba.
¡Han sido tantas veces las que he superpuesto a ese chaval de la camisa amarilla de diminutas flores verdes con el Salva actual!
Se aparecen más ojeras, menos pelo y el acné parece imposible de encajar.
Pero sigo guiñándole el ojo a ese crío despistado.
Decidimos que fuera Albufeira, en el Algarve portugués, donde compartiéramos una semana en una casa con piscina. Una compra en el híper y los coches de aquéllos que ya tenían carnet y padres con valor para dejárselo.
El otro día se coló por mis manos la foto, todos con gafas de sol, que nos hicimos en el parking de un complejo acuático.
Hubo quien encontró el primer sexo, creyendo durante años que esa niña de Oporto sería la mujer de su vida, hubo mucho alcohol en discotecas en que entrábamos como niñatos y también visitas inolvidables a pueblos hermosísimos del interior.
Yo, a pesar de la importancia que doy al sexo, lo que disfruto del alcohol y los pueblos hermosos, intuía que ésa no era mi vida futura.
La noche final nos fuimos a Portimao. Morenos como tizones, ya teníamos la pandilla de amigas portuguesas con las que celebrar la última traca. Yo llevaba una camisa horrible amarilla de flores verdes diminutas.
Con mucho alcohol, en el baño de una sala de fiestas, tuve la lucidez de enfrentarme al espejo. Me miré detenidamente y me sonreí. Me observé y pensé en retener esa imagen fija para el resto de mi vida. El whisky con coca-cola quizá ayudó a acrecentar de forma extraña esa captación, como un flash deslumbrante que grabase para siempre ese espejo que me ofrecía a mí con diecinueve años y una vida por delante tan intensa que me asustaba.
¡Han sido tantas veces las que he superpuesto a ese chaval de la camisa amarilla de diminutas flores verdes con el Salva actual!
Se aparecen más ojeras, menos pelo y el acné parece imposible de encajar.
Pero sigo guiñándole el ojo a ese crío despistado.
domingo, diciembre 19, 2010
Sí, quiero
El francés lo aprendí gracias a Planeta Agostini y mucha fuerza de voluntad. En plena adolescencia, gastaba parte de mi paga semanal en ese fascículo con casette, haciendo todos los ejercicios y repitiendo cada frase: 'écoutez-répétez'.
Mi primer viaje a Francia fue tan impactante que decidí que algún día yo querría vivir allí. Íbamos con mochila y latas de conservas, nos alojábamos en un camping a las afueras de París y teníamos 19 años.
Tuve la suerte de sacarle provecho a mis cientos de horas de ejercicios y casettes cuando, terminada la carrera, una multinacional francesa se interesó por mí.
Entonces comenzaron los viajes de formación, los de trabajo. Mi vida emocional era menos que nada y pensaba que, si algún día me ofreciesen ir a vivir a París, yo me hundiría en la soledad de esa enorme ciudad fría, de inviernos duros y habitantes ariscos.
Pero la vida da muchas vueltas para los que sabemos decir sí.
En mi empresa me seleccionaron para una formación de un mes en Japón. Me prepararon durante esos días en el aprendizaje de determinadas técnicas de resolución de problemas industriales, al tiempo que yo descubría la inmensidad de otra civilización que me encandilaba.
De vuelta a Sevilla, una mañana que tuve que presentar el resultado de mis trabajos tras aplicar lo aprendido en Japón, el que fuese director de nuestra fábrica, emigrado a París, me propuso:
Salva, ¿te vendrías venir a trabajar conmigo a París?
Yo no imaginaba que nunca se me caería la casa encima, que enfrentaría retos emocionantes en esos tres años de exilio voluntario que se me planteaban por delante, que haría amigos de por vida, que tendría historias de amor y aprendería a beber vino en las cenas, que sentiría esa ciudad como mía y mi casa del Barrio Latino sería la casa que para siempre recordarán los míos.
Le contesté, sin pensarlo:
Sí, quiero.
Mi primer viaje a Francia fue tan impactante que decidí que algún día yo querría vivir allí. Íbamos con mochila y latas de conservas, nos alojábamos en un camping a las afueras de París y teníamos 19 años.
Tuve la suerte de sacarle provecho a mis cientos de horas de ejercicios y casettes cuando, terminada la carrera, una multinacional francesa se interesó por mí.
Entonces comenzaron los viajes de formación, los de trabajo. Mi vida emocional era menos que nada y pensaba que, si algún día me ofreciesen ir a vivir a París, yo me hundiría en la soledad de esa enorme ciudad fría, de inviernos duros y habitantes ariscos.
Pero la vida da muchas vueltas para los que sabemos decir sí.
En mi empresa me seleccionaron para una formación de un mes en Japón. Me prepararon durante esos días en el aprendizaje de determinadas técnicas de resolución de problemas industriales, al tiempo que yo descubría la inmensidad de otra civilización que me encandilaba.
De vuelta a Sevilla, una mañana que tuve que presentar el resultado de mis trabajos tras aplicar lo aprendido en Japón, el que fuese director de nuestra fábrica, emigrado a París, me propuso:
Salva, ¿te vendrías venir a trabajar conmigo a París?
Yo no imaginaba que nunca se me caería la casa encima, que enfrentaría retos emocionantes en esos tres años de exilio voluntario que se me planteaban por delante, que haría amigos de por vida, que tendría historias de amor y aprendería a beber vino en las cenas, que sentiría esa ciudad como mía y mi casa del Barrio Latino sería la casa que para siempre recordarán los míos.
Le contesté, sin pensarlo:
Sí, quiero.
jueves, diciembre 16, 2010
Contagio
Hace años se me quedó grabada una reflexión de mi amigo Ignacio que me desarmó:
―La felicidad, Salva, no es contagiosa.
Te sientes impotente cuando tienes a alguien querido a tu lado, y ves que pasan los años, las historias o los proyectos por su vida y no terminan de coger el toro por los cuernos de la estabilidad emocional, del disfrute de las pequeñas cosas, de la relativización de lo que estas personas cercanas consideran importante, esencial para dar sentido a su existencia.
Esa frase se me quedó grabada por lo cruda que es, por la verdad que arrastra.
Es doloroso no poder inyectar parte de tu emoción por la vida a personas que te importan, sobre todo cuando el tiempo va demostrando que no son circunstanciales sus actitudes negativas ante los retos que se nos plantean de continuo.
Hay gente tan querida a la que zarandearía mil veces para transmitirle mi verdad, las ganas de cruzar tantos puentes hacia sitios que sé que en un futuro me harán tan completo como lo soy ahora porque, ante todo, es el juego de ir y venir, de proyectar nuevos horizontes lo que nos hace felices.
Achucharles y decirles que la vida no será maravillosa al otro lado de la línea que colocan artificialmente como objetivo. No hay que encontrar la pareja, el apartamento, el gran amigo, el trabajo que mereces, una nueva ciudad ni diez kilos menos.
Porque, cuando atraviesen esa meta, se darán cuenta de que no hay situaciones milagrosas que te hagan ser feliz. Y trazarán otra línea.
No, la felicidad no es contagiosa ni las estrategias vitales las venden en botes de cristal.
domingo, diciembre 12, 2010
Tecnología
Aunque a estas alturas, como muchas películas de ciencia ficción preveían, no vuelan los coches ni nos cibertransportamos, sí es cierto que la tecnología avanza a ritmo de progresión geométrica y no tiene pinta de parar.
En muchas ocasiones el género humano se adapta a sus propias creaciones con torpeza, miedo o desconfianza pero, también es cierto, sólo aquello que es suficientemente aceptado sigue hacia adelante.
No sé cuántas cosas perderemos por el camino, ni sé calcular cuáles de ellas echaremos realmente en falta, aunque adivino una que acabaremos añorando:
La calma.
Hay veces, que estoy en casa a oscuras, echado en el sofá una tarde-noche y veo, sigilosas, multitud de luces rojas acechando. Es entonces cuando te das cuenta de la cantidad de aparatos electrónicos que nos vigilan.
El otro día, en mi afán inquieto de observar, contabilicé cuántas personas iban caminando por la Avenida de la Palmera hablando por el móvil. ¡Más del 30 por ciento! Era un día festivo, hacía una tarde estupenda y, estadísticamente hablando, no había prisas.
La noche del viernes, cenando con amigos que hacía tiempo que no veíamos, casi antes de terminar de comer me pusieron en las manos un mando de la play station.
Ni siquiera un chupito.
En muchas ocasiones el género humano se adapta a sus propias creaciones con torpeza, miedo o desconfianza pero, también es cierto, sólo aquello que es suficientemente aceptado sigue hacia adelante.
No sé cuántas cosas perderemos por el camino, ni sé calcular cuáles de ellas echaremos realmente en falta, aunque adivino una que acabaremos añorando:
La calma.
Hay veces, que estoy en casa a oscuras, echado en el sofá una tarde-noche y veo, sigilosas, multitud de luces rojas acechando. Es entonces cuando te das cuenta de la cantidad de aparatos electrónicos que nos vigilan.
El otro día, en mi afán inquieto de observar, contabilicé cuántas personas iban caminando por la Avenida de la Palmera hablando por el móvil. ¡Más del 30 por ciento! Era un día festivo, hacía una tarde estupenda y, estadísticamente hablando, no había prisas.
La noche del viernes, cenando con amigos que hacía tiempo que no veíamos, casi antes de terminar de comer me pusieron en las manos un mando de la play station.
Ni siquiera un chupito.
jueves, diciembre 09, 2010
Quererse
En los tiempos actuales hay un mensaje que se extiende como una mancha de aceite: 'Quiérete'.
Tengo amistades casi perdidas que han acudido a psicoterapias de las que el primer mensaje que retuvieron fue: 'tú, primero tú y luego tú'.
Porque si no te quieres a ti ¿cómo vas a ser capaz de ofrecer amor a nadie?
¡Cuánta verdad hay!
El problema, creo, es la simpleza con que la gente entiende esa aseveración.
Quererse.
Yo entiendo la madurez precisamente como eso, como saber quererse a partir de todo lo contrario a establecer barreras en que tú te encuentres en el centro del universo, de tu 'Yo' con mayúsculas.
Uno de mis mayores defectos 'históricos' ha sido el de la susceptibilidad. Tomarme todo comentario mínimamente crítico como afrenta personal, no saber encajar las bromas bienintencionadas, desasosegarme por un mal gesto, una mirada oblicua, un silencio a destiempo.
La madurez, en mí, ha sido fundamentalmente mandar a freír espárragos la susceptibilidad. Soy más persona cuánto más cancha tengo para aguantar carros y carretas y sonreír. Relativizar los cabreos de la gente que me importa y entender que la vida son dos días.
Mi 'Yo' es importante desde el momento en que entiendo que soy una persona social, que vivo en un mundo interrelacionado y que mis fortalezas las sostienen no mis barreras hacia el 'Otro' sino mi capacidad de entender en el 'Otro' a mí mismo.
Tengo amistades casi perdidas que han acudido a psicoterapias de las que el primer mensaje que retuvieron fue: 'tú, primero tú y luego tú'.
Porque si no te quieres a ti ¿cómo vas a ser capaz de ofrecer amor a nadie?
¡Cuánta verdad hay!
El problema, creo, es la simpleza con que la gente entiende esa aseveración.
Quererse.
Yo entiendo la madurez precisamente como eso, como saber quererse a partir de todo lo contrario a establecer barreras en que tú te encuentres en el centro del universo, de tu 'Yo' con mayúsculas.
Uno de mis mayores defectos 'históricos' ha sido el de la susceptibilidad. Tomarme todo comentario mínimamente crítico como afrenta personal, no saber encajar las bromas bienintencionadas, desasosegarme por un mal gesto, una mirada oblicua, un silencio a destiempo.
La madurez, en mí, ha sido fundamentalmente mandar a freír espárragos la susceptibilidad. Soy más persona cuánto más cancha tengo para aguantar carros y carretas y sonreír. Relativizar los cabreos de la gente que me importa y entender que la vida son dos días.
Mi 'Yo' es importante desde el momento en que entiendo que soy una persona social, que vivo en un mundo interrelacionado y que mis fortalezas las sostienen no mis barreras hacia el 'Otro' sino mi capacidad de entender en el 'Otro' a mí mismo.
martes, diciembre 07, 2010
El sueño de la Literatura
Mario Vargas Llosa es para mí el mejor ejemplo de la diversidad democrática sana a la que aspiro.
Lo representa por ser una persona alejada de mí en lo político y a quien, sin embargo, admiro profundamente en su sensibilidad de escritor, en su seducción de persona culta, hecha a sí misma, viva y luchadora, por objetivos no siempre coincidentes con los míos, pero valiente.
Leer su discurso de aceptación del Nobel en Estocolmo ha sido muy emotivo. Por su capacidad de explicar el sentido que, para él, tiene la Literatura y hacerlo con tanta claridad, mezclando su experiencia personal con el devenir de la humanidad.
El principal argumento para leer, según Vargas Llosa, vendría a ser la capacidad para escapar a otros mundos que nos demuestren que otra vida es posible y así, viviendo la ficción de otros escenarios y circunstancias, poder luchar mejor por unos ideales que nos saquen de la rutina obligadamente imperfecta de nuestra vida individual y caduca.
Hay un párrafo que me llama con fuerza la atención, cuando critica a los que saben interpretar farragosos libros científicos y no tienen la sensibilidad para acceder a una novela que les hable del alma humana.
No hace mucho, en el trabajo, me invitaron a un café en un departamento que no suelo visitar. Con bromas típicas, bienintencionadas y nada hirientes, acerca de mi faceta de escritor comenzaron comentarios que se retroalimentaban por comparar quién de entre ellos leía menos. Uno presumía de leer sólo cómics, otro folletos de maquinaria. Y soplando el café yo los miraba pensando, simplemente, ‘no sabéis lo que os perdéis’.
Porque, como dijo esta tarde Vargas Llosa en su discurso, ‘la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano’.
Leer para conocernos.
Lo representa por ser una persona alejada de mí en lo político y a quien, sin embargo, admiro profundamente en su sensibilidad de escritor, en su seducción de persona culta, hecha a sí misma, viva y luchadora, por objetivos no siempre coincidentes con los míos, pero valiente.
Leer su discurso de aceptación del Nobel en Estocolmo ha sido muy emotivo. Por su capacidad de explicar el sentido que, para él, tiene la Literatura y hacerlo con tanta claridad, mezclando su experiencia personal con el devenir de la humanidad.
El principal argumento para leer, según Vargas Llosa, vendría a ser la capacidad para escapar a otros mundos que nos demuestren que otra vida es posible y así, viviendo la ficción de otros escenarios y circunstancias, poder luchar mejor por unos ideales que nos saquen de la rutina obligadamente imperfecta de nuestra vida individual y caduca.
Hay un párrafo que me llama con fuerza la atención, cuando critica a los que saben interpretar farragosos libros científicos y no tienen la sensibilidad para acceder a una novela que les hable del alma humana.
No hace mucho, en el trabajo, me invitaron a un café en un departamento que no suelo visitar. Con bromas típicas, bienintencionadas y nada hirientes, acerca de mi faceta de escritor comenzaron comentarios que se retroalimentaban por comparar quién de entre ellos leía menos. Uno presumía de leer sólo cómics, otro folletos de maquinaria. Y soplando el café yo los miraba pensando, simplemente, ‘no sabéis lo que os perdéis’.
Porque, como dijo esta tarde Vargas Llosa en su discurso, ‘la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano’.
Leer para conocernos.
sábado, diciembre 04, 2010
Censura
A lo largo de nuestra vida, cada día que pasa, nos enfrentamos a situaciones que requieren tomar decisiones que implican, en muchas ocasiones, insatisfacción. Eso nos curte, nos posiciona, haciéndonos menos inocentes, más humanos. Porque frente a la falta de criterio se encuentra la parálisis. Estando paralizados no evolucionamos hacia ningún sitio.
Este humilde blog es visitado por no más de 30 o 40 personas diariamente, muchas de ellas fieles.
Cuando presenté mi última novela en Málaga recurrí a los varios lectores malagueños que tiene este blog. De hecho, una de las primeras personas que comenzó a seguirme 'oficialmente' era un hombre de Marbella, de nombre Miguel.
Para mi sorpresa, ya no estaba entre mis seguidores. Rebusqué entre los comentarios de mis primeros meses de bloguero y lo encontré. Le escribí para enviarle la invitación al acto de Málaga.
Tuve la suerte de dar con él y Miguel aceptó la invitación.
Ya en Málaga me explicó sus motivos para haber dejado de estar entre mis lectores.
'Censuras los comentarios. Tienen que pasar por tu filtro y si algo hemos avanzado en este país es precisamente en la libertad de expresión'.
Entendí su crítica como correcta y traté de darle mis argumentos. No quería ver mi blog con comentarios hirientes, soeces o amenazadores ante los distintos temas que trataba.
Miguel se mostró como un tío encantador, afable y se unió al heterogéneo grupo que cenó en Málaga tras la presentación.
Una semana después me encontré con la primera ocasión en que tuve que dar el tijeretazo. Escribí sobre Puigcercós y su inoportuno, indeseable comentario sobre la fiscalidad andaluza.
Me llegó días después un comentario anónimo poniendo de vuelta y media a los catalanes.
Vivir es tomar decisiones. Seguramente ese lector no vuelva a leerme. Pero en esta humilde página nadie se escudará bajo el anonimato para echar espuma por la boca.
Antes lo cierro.
Este humilde blog es visitado por no más de 30 o 40 personas diariamente, muchas de ellas fieles.
Cuando presenté mi última novela en Málaga recurrí a los varios lectores malagueños que tiene este blog. De hecho, una de las primeras personas que comenzó a seguirme 'oficialmente' era un hombre de Marbella, de nombre Miguel.
Para mi sorpresa, ya no estaba entre mis seguidores. Rebusqué entre los comentarios de mis primeros meses de bloguero y lo encontré. Le escribí para enviarle la invitación al acto de Málaga.
Tuve la suerte de dar con él y Miguel aceptó la invitación.
Ya en Málaga me explicó sus motivos para haber dejado de estar entre mis lectores.
'Censuras los comentarios. Tienen que pasar por tu filtro y si algo hemos avanzado en este país es precisamente en la libertad de expresión'.
Entendí su crítica como correcta y traté de darle mis argumentos. No quería ver mi blog con comentarios hirientes, soeces o amenazadores ante los distintos temas que trataba.
Miguel se mostró como un tío encantador, afable y se unió al heterogéneo grupo que cenó en Málaga tras la presentación.
Una semana después me encontré con la primera ocasión en que tuve que dar el tijeretazo. Escribí sobre Puigcercós y su inoportuno, indeseable comentario sobre la fiscalidad andaluza.
Me llegó días después un comentario anónimo poniendo de vuelta y media a los catalanes.
Vivir es tomar decisiones. Seguramente ese lector no vuelva a leerme. Pero en esta humilde página nadie se escudará bajo el anonimato para echar espuma por la boca.
Antes lo cierro.
miércoles, diciembre 01, 2010
Gracioso
Ya desde el primer viaje en mochila por Europa, con 18 años, fui consciente del estigma que nos persigue a los andaluces. Me encontraba a cualquier viajante del resto de España por esos mundos y, al explicar de dónde venía, la reacción inmediata era una sonrisa, imitar mi supuesto acento y esperar que dijese algo gracioso.
Por un lado me parecía bonito. El hecho de venir de un lugar que, simplemente con nombrarlo, creaba buen rollo.
Los años pasan, el mundo exterior se hace menos extraño a base de viajes y de amigos de aquí y de allá, pero el estigma me persigue. Soy andaluz y no soy gracioso.
Qué pena que se confunda tanto, especialmente en mi tierra, ser gracioso con ser simpático.
En mi tierra andaluza, desgraciadamente, se valora al tipo que cuenta chistes, que habla más alto que el resto y que se hace ver. Esos que están apoyados en la barra del bar contando anécdotas 'tela de graciosas' y están de reojo mirando si, para su satisfacción, el resto de la clientela del bar se está enterando.
Hay un programa especialmente triste en la televisión andaluza. O existía, ya que desde que llegó la TDT no tengo acceso a Canal Sur. Se trataba de invitar a unos niños bien andaluces, es decir, graciosos, a ver quién contaba mejor los chistes, quién ponía un acento más exagerado y reía con risa más falsa. Entre el público, los padres. Jaleándoles.
Me duele esta sociedad mía donde desde la propia base se realimenta y se palmea al contador de chistes, al gallito de la barra del bar, al taxista sabelotodo, a los machitos de andar por casa, a las niñas 'resabiás' y a los golpes de pecho delante de una imagen religiosa.
Por un lado me parecía bonito. El hecho de venir de un lugar que, simplemente con nombrarlo, creaba buen rollo.
Los años pasan, el mundo exterior se hace menos extraño a base de viajes y de amigos de aquí y de allá, pero el estigma me persigue. Soy andaluz y no soy gracioso.
Qué pena que se confunda tanto, especialmente en mi tierra, ser gracioso con ser simpático.
En mi tierra andaluza, desgraciadamente, se valora al tipo que cuenta chistes, que habla más alto que el resto y que se hace ver. Esos que están apoyados en la barra del bar contando anécdotas 'tela de graciosas' y están de reojo mirando si, para su satisfacción, el resto de la clientela del bar se está enterando.
Hay un programa especialmente triste en la televisión andaluza. O existía, ya que desde que llegó la TDT no tengo acceso a Canal Sur. Se trataba de invitar a unos niños bien andaluces, es decir, graciosos, a ver quién contaba mejor los chistes, quién ponía un acento más exagerado y reía con risa más falsa. Entre el público, los padres. Jaleándoles.
Me duele esta sociedad mía donde desde la propia base se realimenta y se palmea al contador de chistes, al gallito de la barra del bar, al taxista sabelotodo, a los machitos de andar por casa, a las niñas 'resabiás' y a los golpes de pecho delante de una imagen religiosa.
domingo, noviembre 28, 2010
Animalitos
He leído mucho sobre la homeopatía últimamente. Por varias razones, por los buenos resultados que parece que da en los niños ese tipo de medicina, por abrir una puerta a tratamiento de futuras y presentes 'goteras' que van saliendo y saldrán con la edad y por entender si al hablar de homeopatía hablamos de medicina real o 'milagrera'.
Cuando pedí cita por primera vez para tratar un problema menor, lo hice tras seguir una recomendación de alguien de fiar.
Nada más entrar en el despacho del homeópata observé con satisfacción que éste tenía colgados cuadros que demostraban sus conocimientos de medicina tradicional. Esto descartaba al curandero. Aún así, le manifesté mis razonadas dudas sobre este tipo de medicina.
Este hombre, de unos cincuenta y pico años, me respondió de forma bien construida un mensaje que seguro ha tenido que transmitir en infinidad de ocasiones. Y sus argumentos eran científicos.
'La homeopatía está basada en la experiencia'. Se trata de una ciencia empírica. A partir de productos naturales, sin intervención química, se investiga para conseguir aplacar todo tipo de enfermedades.
Cuando le dije que tenía 42 años él me comentó sin acritud: 'Estás en el declive de tu vida, a partir de ahora todo es cuesta abajo'.
Y no niego que tenía, y tiene, razón.
'Los hombres no se dan cuentan que son animalitos' -y me lo decía como si yo fuera ese hombre universal que rechazara su destino.
Somos animalitos, sí, con futuro incierto, claro.
Me recetó unas pastillas que tomé religiosamente durante meses para ponerme a prueba en una molestia que no es de vida o muerte. Las dejé de lado al ver que no resolvían el problema, lo cual no quiere decir que en el futuro no vaya a ir, cual cordero degollado, a que este hombre me diga que mi destino, sea cual sea mi dolencia, no es otro que seguir cuesta abajo.
Cuando pedí cita por primera vez para tratar un problema menor, lo hice tras seguir una recomendación de alguien de fiar.
Nada más entrar en el despacho del homeópata observé con satisfacción que éste tenía colgados cuadros que demostraban sus conocimientos de medicina tradicional. Esto descartaba al curandero. Aún así, le manifesté mis razonadas dudas sobre este tipo de medicina.
Este hombre, de unos cincuenta y pico años, me respondió de forma bien construida un mensaje que seguro ha tenido que transmitir en infinidad de ocasiones. Y sus argumentos eran científicos.
'La homeopatía está basada en la experiencia'. Se trata de una ciencia empírica. A partir de productos naturales, sin intervención química, se investiga para conseguir aplacar todo tipo de enfermedades.
Cuando le dije que tenía 42 años él me comentó sin acritud: 'Estás en el declive de tu vida, a partir de ahora todo es cuesta abajo'.
Y no niego que tenía, y tiene, razón.
'Los hombres no se dan cuentan que son animalitos' -y me lo decía como si yo fuera ese hombre universal que rechazara su destino.
Somos animalitos, sí, con futuro incierto, claro.
Me recetó unas pastillas que tomé religiosamente durante meses para ponerme a prueba en una molestia que no es de vida o muerte. Las dejé de lado al ver que no resolvían el problema, lo cual no quiere decir que en el futuro no vaya a ir, cual cordero degollado, a que este hombre me diga que mi destino, sea cual sea mi dolencia, no es otro que seguir cuesta abajo.
miércoles, noviembre 24, 2010
Tiempo
Una de las frases de este siglo nuevo que apenas estamos comenzando es la de 'no tengo tiempo'. En cuanto uno tiene más de dos aficiones, la pregunta es '¿de dónde sacas el tiempo?'
El tiempo... medida subjetiva donde las haya y, sin embargo, precisa de medir hasta la nanomilésima.
Al paso de las horas hay que guardarle un respeto relativo y no dejarse amedrentar. Soy de los que creen que en esta vida hay tiempo para todo.
Lo importante es saber regular nuestro propio reloj biológico para no caer en esta enfermedad omnipresente llamada estrés.
Cierto es que no tengo hijos, que tengo fines de semana libres y estabilidad económica. Todo eso facilita el organizar los ritmos y encontrar espacio para desarrollarte como persona en sentidos no unívocos, pero creo que cualquier ser humano debe hacer lo posible por adentrarse en esos espacios personales en que desplegar todas las ambiciones, sin metas excesivas ni plazos aprisionadores.
Siento, además, que es una técnica que te hace crecer. No me atrae la gente sin mundos diversos.
Recuerdo, hace muchos años ya, un compañero de trabajo cuyo único objetivo al llegar el viernes era comprar una caja de cervezas en el Carrefour e irse con su mujer a su piso de Barbate. Todo su mundo era ése. Me decía que le hubiese gustado estudiar, que su sueño era viajar, que le dolía no saber idiomas. Admiraba en mí el simple hecho de que yo saliera entre semana y fuera al cine, a conciertos, que tuviera grupos diferentes de amigos.
Es un error pensar que no tenemos derecho a vivir la vida de los otros.
Al menos tenemos tiempo para intentarlo.
El tiempo... medida subjetiva donde las haya y, sin embargo, precisa de medir hasta la nanomilésima.
Al paso de las horas hay que guardarle un respeto relativo y no dejarse amedrentar. Soy de los que creen que en esta vida hay tiempo para todo.
Lo importante es saber regular nuestro propio reloj biológico para no caer en esta enfermedad omnipresente llamada estrés.
Cierto es que no tengo hijos, que tengo fines de semana libres y estabilidad económica. Todo eso facilita el organizar los ritmos y encontrar espacio para desarrollarte como persona en sentidos no unívocos, pero creo que cualquier ser humano debe hacer lo posible por adentrarse en esos espacios personales en que desplegar todas las ambiciones, sin metas excesivas ni plazos aprisionadores.
Siento, además, que es una técnica que te hace crecer. No me atrae la gente sin mundos diversos.
Recuerdo, hace muchos años ya, un compañero de trabajo cuyo único objetivo al llegar el viernes era comprar una caja de cervezas en el Carrefour e irse con su mujer a su piso de Barbate. Todo su mundo era ése. Me decía que le hubiese gustado estudiar, que su sueño era viajar, que le dolía no saber idiomas. Admiraba en mí el simple hecho de que yo saliera entre semana y fuera al cine, a conciertos, que tuviera grupos diferentes de amigos.
Es un error pensar que no tenemos derecho a vivir la vida de los otros.
Al menos tenemos tiempo para intentarlo.
domingo, noviembre 21, 2010
Auster
Dicen que uno busca la felicidad en repetir.
Es cierto que yo sería tendente a refugiarme en el calor de lo ya conocido, donde sé que me voy a sentir cómodo.
¡No sé cuántas veces habré comido 'huevos estrellados' en el Gallinero de Sandra!
De ahí mi esfuerzo, placentero pero esfuerzo, por atravesar nuevas fronteras, para que ese perímetro de satisfacciones personales no quede demasiado reducido y llegue a oler a alcanfor.
En no perder esa práctica ayuda el compartir la vida desde hace tantos años con una persona siempre dispuesta a abrir otros frentes.
Tiene que haber siempre un primer momento para todo y una predisposición sana a que éste llegue. Abandonar esa esfera calentita de nuestras rutinas diarias, explotar el globo para incluir otras experiencias.
No sé qué día llegó a mis manos la primera novela de Paul Auster. Creo recordar que fue a través de mi hermana Raquel.
En nuestro devenir diario nos atacan tantos cruces de información, conversaciones, series de televisión, canciones e imágenes que uno no sabe en qué proporción de cada una de esas vivencias se han ido conformando sus sueños.
Yo sé, sin embargo, que Auster ha sido un ingrediente básico en mi amor por la literatura y por Nueva York. Elegante, imprevisible pese a repetirse en cada novela, culto y de mente abierta, las historias descritas por él son un perfecto reflejo del desconcierto del hombre ante su posición en el mundo, uniendo el humor y cierta ingenuidad al hecho tremendo de la existencia.
Auster no da respuestas a nada y yo, cada cierto tiempo, necesito perderme por Nueva York, tan lejos, para reencontrarme con el calorcito que da la felicidad de lo conocido.
Es cierto que yo sería tendente a refugiarme en el calor de lo ya conocido, donde sé que me voy a sentir cómodo.
¡No sé cuántas veces habré comido 'huevos estrellados' en el Gallinero de Sandra!
De ahí mi esfuerzo, placentero pero esfuerzo, por atravesar nuevas fronteras, para que ese perímetro de satisfacciones personales no quede demasiado reducido y llegue a oler a alcanfor.
En no perder esa práctica ayuda el compartir la vida desde hace tantos años con una persona siempre dispuesta a abrir otros frentes.
Tiene que haber siempre un primer momento para todo y una predisposición sana a que éste llegue. Abandonar esa esfera calentita de nuestras rutinas diarias, explotar el globo para incluir otras experiencias.
No sé qué día llegó a mis manos la primera novela de Paul Auster. Creo recordar que fue a través de mi hermana Raquel.
En nuestro devenir diario nos atacan tantos cruces de información, conversaciones, series de televisión, canciones e imágenes que uno no sabe en qué proporción de cada una de esas vivencias se han ido conformando sus sueños.
Yo sé, sin embargo, que Auster ha sido un ingrediente básico en mi amor por la literatura y por Nueva York. Elegante, imprevisible pese a repetirse en cada novela, culto y de mente abierta, las historias descritas por él son un perfecto reflejo del desconcierto del hombre ante su posición en el mundo, uniendo el humor y cierta ingenuidad al hecho tremendo de la existencia.
Auster no da respuestas a nada y yo, cada cierto tiempo, necesito perderme por Nueva York, tan lejos, para reencontrarme con el calorcito que da la felicidad de lo conocido.
jueves, noviembre 18, 2010
Ni Dios
Cuando leí las declaraciones insultantes de Puigcercós sobre mi gente, mi tierra, mi honestidad, la dignidad de Andalucía... respiré. Las leí en un momento en que estaba tranquilo en casa, a solas, y me tumbé en el sofá.
Puse música suave, apagué las luces y me acordé de Joan Manuel Serrat poniéndole música a Machado.
Y me acordé de las calles en blanco y negro de la Barcelona de Carmen Laforet, que pronto relacioné, casi en los mismos tiempos, con la de Marsé y su embrujo de Shangai, o la divertidísima capital catalana que nos enseñaba el Gurb de Eduardo Mendoza. Me di un baño de esa Barcelona añeja, de pasadas décadas, que yo conocí sin visitar gracias a la literatura.
De esa Barcelona tan querida nunca visitada pasé, desde mi sofá, a los Campeonatos de España de Remo que se celebraban en Banyoles, en esa mi primera visita a tierras catalanas, en un pueblo antiquísimo alrededor de un 'estany' que dicen que encierra peces de especies únicas en sus profundísimas aguas.
Recordé entonces uno de mis primeros amores, cuando yo descubría el sexo, en una estación de esquí, La Molina, del pirineo gerundense, en tiempos universitarios en que yo tenía que decidir qué hacer con mi vida. Recuerdo los paseos en la oscuridad por la montaña, las primeras frases traducidas, para mí y con calma, del catalán.
Ese mismo verano en que fui a las Olimpiadas y nos paseábamos unos cuantos amigos del colegio por las Ramblas, observando las pintas y esa sensación de cosmopolitismo que nunca había visto antes tan arrollador como esos días.
Pensé entonces cuáles eran mis primeros recuerdos catalanes, y se me vino a la cabeza Norberto Espinet, compañero mío de parvulario en Sevilla y al que perdí la pista en primero o segundo de EGB; al que por cierto encontré gracias a la magia de facebook hace un año, viviendo en Centroamérica. ¡Él también me recordaba!
Desde el sofá descubrí, abriendo mi mente al pasado, que yo pasé muchas tardes con la yaya de mis amigas, las Jardi, chiquitilla y con ese acento tan fuerte de su tierra catalana.
Pero me vine al presente y me percaté de que paso varios ratos al día con Carles Francino, yendo al trabajo, o con Gemma Nierga, viniendo a casa.
Se me vinieron imágenes de Mónica Naranjo y la perversión del Satanasa, un antro desquiciado de la calle Balmes. Entonces me acordé del viaje que hice con mis hermanas allí, para investigar Salas de concierto chulas en que inspirarse para abrir ellas su Salamandra en la calle Torneo.
Las paellas de Casa Costa en la Barceloneta.
Dando vueltas en el sofá me emocioné pensando en tantos catalanes que han supuesto algo en mi vida. Porque pasaba de Bigas Luna a Loquillo, del Sardá a la Sardá, de esa Alicia de Larrocha con la que disfruté en el Metropolitan de Nueva York, del Dalí impecable al Tápies provocador, el inefable Terenci Moix y sus faraones, la tristemente desaparecida y dulce Montserrat Roig, el embaucador Eduard Punset, la arriesgada y humanísima Isabel Coixet.
Pensé en cuantas ganas tengo de volver a Cataluña, la querida tierra abierta que tanto me ha enseñado y que siempre sentiré cercana; donde también existen, como en todos sitios, algunas pobres gentes de las que no se acordará ni Dios.
Puse música suave, apagué las luces y me acordé de Joan Manuel Serrat poniéndole música a Machado.
Y me acordé de las calles en blanco y negro de la Barcelona de Carmen Laforet, que pronto relacioné, casi en los mismos tiempos, con la de Marsé y su embrujo de Shangai, o la divertidísima capital catalana que nos enseñaba el Gurb de Eduardo Mendoza. Me di un baño de esa Barcelona añeja, de pasadas décadas, que yo conocí sin visitar gracias a la literatura.
De esa Barcelona tan querida nunca visitada pasé, desde mi sofá, a los Campeonatos de España de Remo que se celebraban en Banyoles, en esa mi primera visita a tierras catalanas, en un pueblo antiquísimo alrededor de un 'estany' que dicen que encierra peces de especies únicas en sus profundísimas aguas.
Recordé entonces uno de mis primeros amores, cuando yo descubría el sexo, en una estación de esquí, La Molina, del pirineo gerundense, en tiempos universitarios en que yo tenía que decidir qué hacer con mi vida. Recuerdo los paseos en la oscuridad por la montaña, las primeras frases traducidas, para mí y con calma, del catalán.
Ese mismo verano en que fui a las Olimpiadas y nos paseábamos unos cuantos amigos del colegio por las Ramblas, observando las pintas y esa sensación de cosmopolitismo que nunca había visto antes tan arrollador como esos días.
Pensé entonces cuáles eran mis primeros recuerdos catalanes, y se me vino a la cabeza Norberto Espinet, compañero mío de parvulario en Sevilla y al que perdí la pista en primero o segundo de EGB; al que por cierto encontré gracias a la magia de facebook hace un año, viviendo en Centroamérica. ¡Él también me recordaba!
Desde el sofá descubrí, abriendo mi mente al pasado, que yo pasé muchas tardes con la yaya de mis amigas, las Jardi, chiquitilla y con ese acento tan fuerte de su tierra catalana.
Pero me vine al presente y me percaté de que paso varios ratos al día con Carles Francino, yendo al trabajo, o con Gemma Nierga, viniendo a casa.
Se me vinieron imágenes de Mónica Naranjo y la perversión del Satanasa, un antro desquiciado de la calle Balmes. Entonces me acordé del viaje que hice con mis hermanas allí, para investigar Salas de concierto chulas en que inspirarse para abrir ellas su Salamandra en la calle Torneo.
Las paellas de Casa Costa en la Barceloneta.
Dando vueltas en el sofá me emocioné pensando en tantos catalanes que han supuesto algo en mi vida. Porque pasaba de Bigas Luna a Loquillo, del Sardá a la Sardá, de esa Alicia de Larrocha con la que disfruté en el Metropolitan de Nueva York, del Dalí impecable al Tápies provocador, el inefable Terenci Moix y sus faraones, la tristemente desaparecida y dulce Montserrat Roig, el embaucador Eduard Punset, la arriesgada y humanísima Isabel Coixet.
Pensé en cuantas ganas tengo de volver a Cataluña, la querida tierra abierta que tanto me ha enseñado y que siempre sentiré cercana; donde también existen, como en todos sitios, algunas pobres gentes de las que no se acordará ni Dios.
miércoles, noviembre 17, 2010
Reflexionar
Encontré hace unos días un artículo en la prensa digital que hablaba de la felicidad en relación con la capacidad de integrar pensamientos de cada persona. Se trataba de un estudio de no se qué universidad que venía a concluir que era menos feliz la persona más reflexiva.
Cuanto más vueltas le damos al coco, más sufrimos.
Hay quien puede pensar que no hace falta un análisis estadístico con miles de personas para llegar a una conclusión tan de cajón; sin embargo, yo no comparto el fondo de esta teoría, porque no deja de ser teoría lo que tiene que ver con sentimientos intangibles como lo es el ser feliz o desgraciado. Donde entre la subjetividad pocos bancos de ensayo podrán demostrar nada.
Tal vez mi rechazo a aceptar la validez del estudio sea porque me considero dentro del grupo de los reflexivos. Y sí, puede haber excepciones que confirmen la regla; pero yo voy más allá.
No es que yo piense que la felicidad de las personas menos cerebrales sea la felicidad del tonto, pero sí es cierto que cuando tus ambiciones de conocimiento, de querer entender al otro, de analizar las realidades que nos rodean son fuertes, la vida se presenta más compleja, tal vez más difícil, pero ahí está la clave del disfrute.
Seguro que quien pasa las tardes enteras, horas y horas, jugando a la play station lo hace porque está disfrutando. Es, en su escala, una persona realizada. Otros, a lo mejor, están leyendo la historia de la filosofía griega mientras piensan qué va a pasar con el euro o hacia dónde va la política de Obama. O, no hace falta ser culto para ser reflexivo, estar horas paseando, cavilando sobre la familia, los amores perdidos, los retos por organizar para el día siguiente.
Vivir, entiendo yo -por eso soy reflexivo-, no es matar el tiempo con risas. Porque el tiempo pasa, la play station se te estropea y te planteas, ¿qué tengo yo por dentro?
Cuanto más vueltas le damos al coco, más sufrimos.
Hay quien puede pensar que no hace falta un análisis estadístico con miles de personas para llegar a una conclusión tan de cajón; sin embargo, yo no comparto el fondo de esta teoría, porque no deja de ser teoría lo que tiene que ver con sentimientos intangibles como lo es el ser feliz o desgraciado. Donde entre la subjetividad pocos bancos de ensayo podrán demostrar nada.
Tal vez mi rechazo a aceptar la validez del estudio sea porque me considero dentro del grupo de los reflexivos. Y sí, puede haber excepciones que confirmen la regla; pero yo voy más allá.
No es que yo piense que la felicidad de las personas menos cerebrales sea la felicidad del tonto, pero sí es cierto que cuando tus ambiciones de conocimiento, de querer entender al otro, de analizar las realidades que nos rodean son fuertes, la vida se presenta más compleja, tal vez más difícil, pero ahí está la clave del disfrute.
Seguro que quien pasa las tardes enteras, horas y horas, jugando a la play station lo hace porque está disfrutando. Es, en su escala, una persona realizada. Otros, a lo mejor, están leyendo la historia de la filosofía griega mientras piensan qué va a pasar con el euro o hacia dónde va la política de Obama. O, no hace falta ser culto para ser reflexivo, estar horas paseando, cavilando sobre la familia, los amores perdidos, los retos por organizar para el día siguiente.
Vivir, entiendo yo -por eso soy reflexivo-, no es matar el tiempo con risas. Porque el tiempo pasa, la play station se te estropea y te planteas, ¿qué tengo yo por dentro?
domingo, noviembre 14, 2010
Rebajarse
De nuestro pasado viaje por Asia, sólo recuerdo un incidente a nivel profesional. Mientras en el conjunto de las fábricas recibimos una acogida excelente en una misión que llevaba preparándose dos meses, en una de ellas nos trataron con displicencia. A pesar de que nuestro rol era el de proveedores, la importancia del producto que enviamos, su nivel de calidad y el marchamo de Renault nos daban un respaldo que nos impedía admitir ese ninguneo.
Al empleado de Nissan que no nos quiso recibir, que más tarde dijo que no tenía ni siquiera media hora para atendernos y que nos situó en una sala destartalada, sin sillas, para que le presentásemos aprisa y corriendo nuestra información, le dimos plante. Le dijimos que no nos moveríamos de allí hasta no ver al responsable de Calidad de la fábrica.
Un rato después, éste apareció. Con cara compungida aguantó el chaparrón de razones que nos hacían mostrar nuestra indignación. Los emails en los que daban el consentimiento a la visita e incluso al orden del día previsto, donde todos ellos estaban en copia.
'Es que unos por otros, no nos hemos coordinado bien'.
Insistimos, como proveedores, en mostrar nuestro disgusto.
Nos pidió entonces que retomásemos la agenda prevista, que estaban a nuestra disposición. Le comenté que habíamos organizado una visita a otras instalaciones de Nissan a la vista del recibimiento.
'Este hombre de su equipo', comenté delante del técnico que se había reído de nosotros, 'nos ha dicho claramente que no tenía ni siquiera media hora para atendernos'.
El gran jefe japonés, con voz seria y una sonrisa entrecortada nos explicó:
'Pero la situación ha cambiado, y ahora está confirmado que pasará toda la jornada con ustedes'.
Esta situación me viene a la cabeza recordando la inadmisible actitud del gobierno español frente a la chulería de Marruecos en el conflicto del Sáhara.
Seguí en directo la degradación de oír cómo tres periodistas de la Cadena Ser eran llevados a empujones hacia el aeropuerto para ser expulsados. Por informar.
Me cuesta imaginar que Marruecos hiciera algo parecido con periodistas estadounidenses o franceses y, si lo hiciesen, que los gobiernos respectivos no condenaran la actuación y llamaran al embajador a consultas.
Si nosotros hubiésemos abierto el ordenador en esa sala destartalada, exponiendo aceleradamente una presentación en powerpoint y salido corriendo de esa fábrica japonesa, hubiéramos tenido una jornada libre de turismo en Japón, pero la imagen de nuestra factoría hubiera quedado muy dañada.
Rebajarse nunca es una estrategia.
Al empleado de Nissan que no nos quiso recibir, que más tarde dijo que no tenía ni siquiera media hora para atendernos y que nos situó en una sala destartalada, sin sillas, para que le presentásemos aprisa y corriendo nuestra información, le dimos plante. Le dijimos que no nos moveríamos de allí hasta no ver al responsable de Calidad de la fábrica.
Un rato después, éste apareció. Con cara compungida aguantó el chaparrón de razones que nos hacían mostrar nuestra indignación. Los emails en los que daban el consentimiento a la visita e incluso al orden del día previsto, donde todos ellos estaban en copia.
'Es que unos por otros, no nos hemos coordinado bien'.
Insistimos, como proveedores, en mostrar nuestro disgusto.
Nos pidió entonces que retomásemos la agenda prevista, que estaban a nuestra disposición. Le comenté que habíamos organizado una visita a otras instalaciones de Nissan a la vista del recibimiento.
'Este hombre de su equipo', comenté delante del técnico que se había reído de nosotros, 'nos ha dicho claramente que no tenía ni siquiera media hora para atendernos'.
El gran jefe japonés, con voz seria y una sonrisa entrecortada nos explicó:
'Pero la situación ha cambiado, y ahora está confirmado que pasará toda la jornada con ustedes'.
Esta situación me viene a la cabeza recordando la inadmisible actitud del gobierno español frente a la chulería de Marruecos en el conflicto del Sáhara.
Seguí en directo la degradación de oír cómo tres periodistas de la Cadena Ser eran llevados a empujones hacia el aeropuerto para ser expulsados. Por informar.
Me cuesta imaginar que Marruecos hiciera algo parecido con periodistas estadounidenses o franceses y, si lo hiciesen, que los gobiernos respectivos no condenaran la actuación y llamaran al embajador a consultas.
Si nosotros hubiésemos abierto el ordenador en esa sala destartalada, exponiendo aceleradamente una presentación en powerpoint y salido corriendo de esa fábrica japonesa, hubiéramos tenido una jornada libre de turismo en Japón, pero la imagen de nuestra factoría hubiera quedado muy dañada.
Rebajarse nunca es una estrategia.
jueves, noviembre 11, 2010
Dos martinis
Me gusta la gente que no se avergüenza de su felicidad.
A gran parte de la humanidad le parece de mal gusto oír a los demás decir qué bien se sienten con su cuerpo, la familia, su trabajo o lo muy enamorado que uno esté.
Es como si proclamar la comunión con la naturaleza y el disfrute de los sentidos fuese pecado, especialmente en esta sociedad tan teñida del catolicismo de los remordimientos en que nos ha tocado vivir.
El mundo está muy jodido, sí; hay mucha gente en paro, claro; las catástrofes naturales, las enfermedades terminales, el dolor, las ruinas económicas, los complejos físicos y mentales, el desasosiego de quien está solo. ¡Claro que hay múltiples argumentos para estar cabreado!
Pero eso no nos debe quitar el derecho a disfrutar de una cerveza en buena compañía, o de una mañana de museos un domingo soleado, o de una película de Woody Allen.
Y decirlo. ¡Me siento feliz!
El mundo actual ganaría mucho si hubiera menos resentimientos y más capacidad para transmitir nuestras propias alegrías, sin complejos.
Mi amiga Nuria, de quien cada vez me siento más cercano, lo resumía el otro día, tomándonos unas cañas, con sus ojillos vivarachos:
'Estuve en Madrid con mi marido, nos fuimos a un restaurante a la última que nos habían recomendado y nos sentamos felices a disfrutar del local. Vino el camarero, nos miramos y nos dijimos:
Dos Martinis'.
A gran parte de la humanidad le parece de mal gusto oír a los demás decir qué bien se sienten con su cuerpo, la familia, su trabajo o lo muy enamorado que uno esté.
Es como si proclamar la comunión con la naturaleza y el disfrute de los sentidos fuese pecado, especialmente en esta sociedad tan teñida del catolicismo de los remordimientos en que nos ha tocado vivir.
El mundo está muy jodido, sí; hay mucha gente en paro, claro; las catástrofes naturales, las enfermedades terminales, el dolor, las ruinas económicas, los complejos físicos y mentales, el desasosiego de quien está solo. ¡Claro que hay múltiples argumentos para estar cabreado!
Pero eso no nos debe quitar el derecho a disfrutar de una cerveza en buena compañía, o de una mañana de museos un domingo soleado, o de una película de Woody Allen.
Y decirlo. ¡Me siento feliz!
El mundo actual ganaría mucho si hubiera menos resentimientos y más capacidad para transmitir nuestras propias alegrías, sin complejos.
Mi amiga Nuria, de quien cada vez me siento más cercano, lo resumía el otro día, tomándonos unas cañas, con sus ojillos vivarachos:
'Estuve en Madrid con mi marido, nos fuimos a un restaurante a la última que nos habían recomendado y nos sentamos felices a disfrutar del local. Vino el camarero, nos miramos y nos dijimos:
Dos Martinis'.
domingo, noviembre 07, 2010
Canelones
Desde muchos años atrás mastico una teoría sobre el ser humano.
La teoría de los 'canelones'.
Será por lo que me gusta comerlos.
Imagino nuestra existencia como un gran canelón, ya cocido y sin rellenar, extendido, que se mueve por el espacio.
A cada uno al nacer nos asignan uno de estos cuadrados de pasta blanca, aunque desafortunadamente no todos tienen el mismo, de igual consistencia o tamaño. No te dan a elegir. Te dan un canelón por el que moverte durante el resto de tu existencia. No controlas la velocidad con la que se mueve, ni si hay mucho viento o si éste es más o menos resbaladizo.
En el tiempo de aprendizaje, durante la niñez y adolescencia, vas haciéndote a él, recorriéndolo, paseando de un extremo a otro para calcular el perímetro, los vértices y fronteras. Vas haciéndote a zonas preferidas donde te sientes más cómodo.
Conforme el tiempo avanza y llega el momento de las decisiones, debes aplicarle cirugía y comenzar a cortar. Decides seguir estudiando o no, irte de casa de tus padres o no, tener hijos o no... Y vas marcando el terreno. Decides y limitas el espacio, sin saber que hay decisiones que te llevan a quedarte en el lado pequeño del canelón. El resto se pierde para siempre.
Cuanto más inteligente, sensible, perspicaz, humano, generoso... mejor te mueves en ese espacio siempre limitado. Tienes terreno.
Incluso puedes conseguir estirarlo a base de pasos acertados.
Pero necesariamente hay cortes, pérdidas, trozos de suelo que se te van.
Hay tormentas, temblores, enemigos externos que atacan tu espacio vital, que lo limitan, lo desgastan.
La clave de la felicidad no existe, pero es importante terminar al final de nuestros días con la mayor porción posible de canelón para no acabar constreñidos en el rincón definitivo de las decisiones equivocadas.
La teoría de los 'canelones'.
Será por lo que me gusta comerlos.
Imagino nuestra existencia como un gran canelón, ya cocido y sin rellenar, extendido, que se mueve por el espacio.
A cada uno al nacer nos asignan uno de estos cuadrados de pasta blanca, aunque desafortunadamente no todos tienen el mismo, de igual consistencia o tamaño. No te dan a elegir. Te dan un canelón por el que moverte durante el resto de tu existencia. No controlas la velocidad con la que se mueve, ni si hay mucho viento o si éste es más o menos resbaladizo.
En el tiempo de aprendizaje, durante la niñez y adolescencia, vas haciéndote a él, recorriéndolo, paseando de un extremo a otro para calcular el perímetro, los vértices y fronteras. Vas haciéndote a zonas preferidas donde te sientes más cómodo.
Conforme el tiempo avanza y llega el momento de las decisiones, debes aplicarle cirugía y comenzar a cortar. Decides seguir estudiando o no, irte de casa de tus padres o no, tener hijos o no... Y vas marcando el terreno. Decides y limitas el espacio, sin saber que hay decisiones que te llevan a quedarte en el lado pequeño del canelón. El resto se pierde para siempre.
Cuanto más inteligente, sensible, perspicaz, humano, generoso... mejor te mueves en ese espacio siempre limitado. Tienes terreno.
Incluso puedes conseguir estirarlo a base de pasos acertados.
Pero necesariamente hay cortes, pérdidas, trozos de suelo que se te van.
Hay tormentas, temblores, enemigos externos que atacan tu espacio vital, que lo limitan, lo desgastan.
La clave de la felicidad no existe, pero es importante terminar al final de nuestros días con la mayor porción posible de canelón para no acabar constreñidos en el rincón definitivo de las decisiones equivocadas.
jueves, noviembre 04, 2010
Sighed
No encuentro mejor forma de mantener y mejorar mi inglés que leyendo. Cierto que no te ayuda a educar el oído ni te da la agilidad que obtendrías con conversaciones con nativos de habla inglesa, pero es un placer íntimo en el que aúno mi pasión por la literatura con mis flirteos con esa lengua que nunca acabo de dominar del todo, en un continuo y fascinante aprendizaje que durará de por vida.
En este pasado viaje a Asia he estado leyendo Kissing in Manhattan, una novela de David Schickler que ya me fascinó hace años cuando la leí en español. Son relatos aparentemente dispersos entre sí que tienen un punto en común, un edificio de Manhattan, el Preemption, el primero que tuvo ascensor, un Otis, en la ciudad de Nueva York.
De la misma forma que con Auster memoricé para siempre to nod, asentir con la cabeza, en esta otra historia, abundante en diálogos, aparece continuamente sighed.
Lo mejor al leer en inglés es no utilizar diccionario. Obviar las palabras que se intuyen no esenciales y, para aquellas que se repiten con frecuencia o son básicas para entender la trama o las reflexiones, utilizar la lógica.
Por muy recelosos que seamos con nuestro idioma, por muy críticos que podamos llegar a ser con esta lengua cada vez más necesaria de aprender, me reconozco un enamorado del inglés. Este viaje a seis países asiáticos, tan alejados de nosotros en todo, me ha servido para confirmar la fuerza de este idioma.
En cualquier situación crítica y en el lugar más inimaginado del mundo, de forma más o menos rudimentaria, consigues comunicar con el inglés.
Dejas de lado teorías, sentimientos o recelos. La potencia del inglés es arrolladora y más vale unirse a aquéllos que lo aprecian, les gusta, lo dominan y enriquecen su vocabulario, acento y conversación a diario que no quedarse atrás. Porque los esfuerzos son menores cuando se hacen con pasión.
Lo primero que hice cuando llegué a casa fue buscar en el diccionario. Sighed. Pasado del verbo to sigh.
Suspirar.
En este pasado viaje a Asia he estado leyendo Kissing in Manhattan, una novela de David Schickler que ya me fascinó hace años cuando la leí en español. Son relatos aparentemente dispersos entre sí que tienen un punto en común, un edificio de Manhattan, el Preemption, el primero que tuvo ascensor, un Otis, en la ciudad de Nueva York.
De la misma forma que con Auster memoricé para siempre to nod, asentir con la cabeza, en esta otra historia, abundante en diálogos, aparece continuamente sighed.
Lo mejor al leer en inglés es no utilizar diccionario. Obviar las palabras que se intuyen no esenciales y, para aquellas que se repiten con frecuencia o son básicas para entender la trama o las reflexiones, utilizar la lógica.
Por muy recelosos que seamos con nuestro idioma, por muy críticos que podamos llegar a ser con esta lengua cada vez más necesaria de aprender, me reconozco un enamorado del inglés. Este viaje a seis países asiáticos, tan alejados de nosotros en todo, me ha servido para confirmar la fuerza de este idioma.
En cualquier situación crítica y en el lugar más inimaginado del mundo, de forma más o menos rudimentaria, consigues comunicar con el inglés.
Dejas de lado teorías, sentimientos o recelos. La potencia del inglés es arrolladora y más vale unirse a aquéllos que lo aprecian, les gusta, lo dominan y enriquecen su vocabulario, acento y conversación a diario que no quedarse atrás. Porque los esfuerzos son menores cuando se hacen con pasión.
Lo primero que hice cuando llegué a casa fue buscar en el diccionario. Sighed. Pasado del verbo to sigh.
Suspirar.
martes, noviembre 02, 2010
Pablo
No es fácil encontrar una persona con quien estar casi un mes de viaje de trabajo, cambiando cada dos días de país, tomando aviones, metros, taxis, buscando bancos donde cambiar dinero, preparando presentaciones de trabajo, soportando la presión de personas desconocidas hasta ese momento en fábricas que visitamos por vez primera sin tener el más mínimo encontronazo o malentendido.
Ya tuve oportunidad de trabajar con él durante varios años, años muy tensos en que conseguimos hacer equipo a pesar de que nuestra juventud y las circunstancias hacían complicado conseguir los objetivos que la empresa nos solicitaba.
En este mundo actual donde a la gente se le hace un mundo cualquier mínimo reto, es un placer haber podido compartir una experiencia profesional y personal tan intensa con un tipo resuelto, simpático, dinámico y resolutivo.
Saber estar para defender la fábrica con argumentos sólidos y para tomarse las cervezas con los nativos de Indonesia o Corea, y hacerlo todo con la misma pasión y ningún mal gesto, todo un lujo.
Ya tuve oportunidad de trabajar con él durante varios años, años muy tensos en que conseguimos hacer equipo a pesar de que nuestra juventud y las circunstancias hacían complicado conseguir los objetivos que la empresa nos solicitaba.
En este mundo actual donde a la gente se le hace un mundo cualquier mínimo reto, es un placer haber podido compartir una experiencia profesional y personal tan intensa con un tipo resuelto, simpático, dinámico y resolutivo.
Saber estar para defender la fábrica con argumentos sólidos y para tomarse las cervezas con los nativos de Indonesia o Corea, y hacerlo todo con la misma pasión y ningún mal gesto, todo un lujo.
sábado, octubre 30, 2010
Imágenes
A punto de terminar mi periplo asiático, las imágenes retenidas se repetirán de por vida.
Si algo retendré, sin duda, son los arrabales de Yakarta.
Pasarán los años y en el recuerdo quedarán los pescados vivos cortados delante de nosotros en el puerto coreano de Pusán, las niñas rebeldes del Tokio más cosmopolita, los prostíbulos de Bangkok, las megalópolis de nuevos ricos chinas, el caos de tráfico indonesio, los niños yendo descalzos a clase en India.
Pero habremos integrado sin duda mucho más.
La potencia de un continente que no se puede simplificar ni reducir ni homogeneizar.
Hay algunas teorías baratas que me puedo plantear, como pensar que los que menos colonizados han estado son los que mejor han orientado su futuro.
En Asia se resumen todas las grandezas y miserias del ser humano. Hemos vivido momentos de tanta dulzura y tanta tensión, que todo me lleva a pensar que no hay que definir tanto a los pueblos sino dejarse llevar por las personas.
No tengo el derecho a clasificar como maleducados a los indios o como entrañables a los tailandeses, aunque lo piense. Ni cuadriculados a los japoneses o laboriosos a los coreanos. No puedo ni quiero retener a los chinos como impersonales, aunque sea China el país que menos me haya llamado la atención.
Pero me quedo con los arrabales de Indonesia. La lluvia cayendo fuerte, los coches pasando entre motociclistas suicidas, las casas y chabolas de madera entre una vegetación arrolladora... entre miradas perdidas de personas sin futuro.
Mi pensamiento, para siempre, con los arrabales de Yakarta.
Si algo retendré, sin duda, son los arrabales de Yakarta.
Pasarán los años y en el recuerdo quedarán los pescados vivos cortados delante de nosotros en el puerto coreano de Pusán, las niñas rebeldes del Tokio más cosmopolita, los prostíbulos de Bangkok, las megalópolis de nuevos ricos chinas, el caos de tráfico indonesio, los niños yendo descalzos a clase en India.
Pero habremos integrado sin duda mucho más.
La potencia de un continente que no se puede simplificar ni reducir ni homogeneizar.
Hay algunas teorías baratas que me puedo plantear, como pensar que los que menos colonizados han estado son los que mejor han orientado su futuro.
En Asia se resumen todas las grandezas y miserias del ser humano. Hemos vivido momentos de tanta dulzura y tanta tensión, que todo me lleva a pensar que no hay que definir tanto a los pueblos sino dejarse llevar por las personas.
No tengo el derecho a clasificar como maleducados a los indios o como entrañables a los tailandeses, aunque lo piense. Ni cuadriculados a los japoneses o laboriosos a los coreanos. No puedo ni quiero retener a los chinos como impersonales, aunque sea China el país que menos me haya llamado la atención.
Pero me quedo con los arrabales de Indonesia. La lluvia cayendo fuerte, los coches pasando entre motociclistas suicidas, las casas y chabolas de madera entre una vegetación arrolladora... entre miradas perdidas de personas sin futuro.
Mi pensamiento, para siempre, con los arrabales de Yakarta.
viernes, octubre 29, 2010
La columna
La inmensidad, hablan de 16 millones de habitantes, y el caos de Chennai, en la India, nos hizo contratar un circuito de 3 horas con chófer para hacernos con las distancias de la ciudad y visitar sus puntos más emblemáticos.
Tras pasearnos por su inmensa playa de arena fina, con barcas de pescadores, mucha suciedad y un mar infestado de tiburones, visitamos el fuerte montado hace siglos por los ingleses y la basílica de Santo Tomás, donde aparentemente está enterrado el santo, antes de llegar al fastuoso templo indú de Parthasarati...
Impresionado por su contundencia, en pirámides de piedra labradas con personajes minuciosamente perfilados que dan entrada al visitante, nos recibieron parias desaliñados, niñas que se hacían fotos con nosotros y viejas que nos untaban de polvo rojo el entrecejo. En los exteriores de cemento, tiendecitas vendiendo velas y flores para el templo, mujeres tiradas por el suelo y viejos famélicos pidiendo de comer.
A gritos me expulsaron cuando vieron que entré con zapatos. Me descalcé y volvieron a decirme que no, al llevar los zapatos en la mano.
Es un templo del siglo VIII, descuidado pero impactante, terrorífico diría yo. Multitud de pasadizos se hacen remolinos en su interior y no sabes hasta qué punto estás participando en un sacrilegio.
Los fieles entraban por diversas puertas, presenciaban a lo que deberían ser santones con falda blanca que, introducidos en pequeñas capillas doradas, los atraían hacia sí. Yo no entendía nada. Había quien se untaba con polvo amarillo colocado sobre las paredes, quien se tumbaba en el suelo, quien daba vueltas a una de las múltiples columnas negras, con personajes casi-aztecas labrados sobre ellas, siempre en el sentido de las agujas del reloj.
Me cogieron haciendo una foto y volvieron a gritarme.
Intenté salir, y de nuevo bronca.
Según dedujo Pablo, estábamos girando en el sentido contrario. Los giros sobre la columna, dentro del propio templo, alrededor de cada fuente... eran siguiendo las agujas del reloj. Incluso una maqueta del templo representaba a todos los muñequitos girando en el mismo sentido.
Hoy hemos salido tan tarde de trabajar que sólo nos apetecía una cerveza. Hemos cenado en el restaurante del hotel comida india, tratando de que no fuera tan picante como la de ayer. Arroz con yogur y patatas con especias, muy rico.
Luego hemos ido a la discoteca del mismo hotel donde nos hospedamos. Según dicen las guías el mejor night-club de la ciudad. Un local que cierra a las once y media de la noche y es considerado el mejor garito de una metrópolis de 16 millones de habitantes. Y pareciera que estábamos en la discoteca de Cazalla de la Sierra.
Es un país difícil para un europeo. Tanta pobreza ¡duele tanto!
Mirábamos, con un gintónic en la mano, a la gente bailar, tan torpe... apurando los cinco minutos hasta el cierre del mejor night-club de Chennai, que Pablo sentenció:
'No me extraña que le anden dando vueltas a una columna'
Y es que no encontramos ciudad más triste y aburrida que Chennai.
Tristeza y aburrimiento para dos occidentales que no olvidarán la miseria de las calles de la India.
Tras pasearnos por su inmensa playa de arena fina, con barcas de pescadores, mucha suciedad y un mar infestado de tiburones, visitamos el fuerte montado hace siglos por los ingleses y la basílica de Santo Tomás, donde aparentemente está enterrado el santo, antes de llegar al fastuoso templo indú de Parthasarati...
Impresionado por su contundencia, en pirámides de piedra labradas con personajes minuciosamente perfilados que dan entrada al visitante, nos recibieron parias desaliñados, niñas que se hacían fotos con nosotros y viejas que nos untaban de polvo rojo el entrecejo. En los exteriores de cemento, tiendecitas vendiendo velas y flores para el templo, mujeres tiradas por el suelo y viejos famélicos pidiendo de comer.
A gritos me expulsaron cuando vieron que entré con zapatos. Me descalcé y volvieron a decirme que no, al llevar los zapatos en la mano.
Es un templo del siglo VIII, descuidado pero impactante, terrorífico diría yo. Multitud de pasadizos se hacen remolinos en su interior y no sabes hasta qué punto estás participando en un sacrilegio.
Los fieles entraban por diversas puertas, presenciaban a lo que deberían ser santones con falda blanca que, introducidos en pequeñas capillas doradas, los atraían hacia sí. Yo no entendía nada. Había quien se untaba con polvo amarillo colocado sobre las paredes, quien se tumbaba en el suelo, quien daba vueltas a una de las múltiples columnas negras, con personajes casi-aztecas labrados sobre ellas, siempre en el sentido de las agujas del reloj.
Me cogieron haciendo una foto y volvieron a gritarme.
Intenté salir, y de nuevo bronca.
Según dedujo Pablo, estábamos girando en el sentido contrario. Los giros sobre la columna, dentro del propio templo, alrededor de cada fuente... eran siguiendo las agujas del reloj. Incluso una maqueta del templo representaba a todos los muñequitos girando en el mismo sentido.
Hoy hemos salido tan tarde de trabajar que sólo nos apetecía una cerveza. Hemos cenado en el restaurante del hotel comida india, tratando de que no fuera tan picante como la de ayer. Arroz con yogur y patatas con especias, muy rico.
Luego hemos ido a la discoteca del mismo hotel donde nos hospedamos. Según dicen las guías el mejor night-club de la ciudad. Un local que cierra a las once y media de la noche y es considerado el mejor garito de una metrópolis de 16 millones de habitantes. Y pareciera que estábamos en la discoteca de Cazalla de la Sierra.
Es un país difícil para un europeo. Tanta pobreza ¡duele tanto!
Mirábamos, con un gintónic en la mano, a la gente bailar, tan torpe... apurando los cinco minutos hasta el cierre del mejor night-club de Chennai, que Pablo sentenció:
'No me extraña que le anden dando vueltas a una columna'
Y es que no encontramos ciudad más triste y aburrida que Chennai.
Tristeza y aburrimiento para dos occidentales que no olvidarán la miseria de las calles de la India.
jueves, octubre 28, 2010
India
El golpe brutal con la India ya lo comencé a recibir antes de pisar por primera vez su suelo. En el aeropuerto de Bangkok, esperando mi turno para el control de Inmigración, cuando yo era el primero de la cola, vi que un indio con gafas de sol y lleno de sortijas de oro se me colaba sin tan siquiera pedirme el favor. Pensé que perdería el vuelo... En la fila de embarque, cuando nos dirigieron al autobús para tomar el avión de la Thailand Airlines, los indios me pegaron empujones hasta en el carnet de identidad. Ya en el avión, eso parecía un manicomio. Todos haciéndose fotos sin atender a las peticiones de las azafatas para que dejaran los pasillos libres. Para cuando el avión ya había aterrizado, un azafato tailandés nos había explicado que temían los vuelos a la India por el cliente de ese país. La Thai da alcohol gratis a sus pasajeros con las comidas, y los indios tienen, según nos decía, muy restringido el acceso al alcohol en su país -por precios, por disponibilidad y por limitación de horarios de consumo-. Así que se montan en el avión y todo es Jauja. Cuando el avión aterrizó, aún iba circulando por la pista y medio pasaje -los indios- estaban de un lado para otro abriendo los compartimentos y hablando por el móvil. Las azafatas tailandesas, tan exquisitas, se miraban azoradas.
La llegada al aeropuerto no fue menos. Todos son gritos. No hay sutileza en el indio medio. Salíamos del país de las sonrisas para entrar en el de los gritos categóricos.
Conseguimos negociar un taxi con prepago, ya que daba miedo salir a la marabunta que esperaba al otro lado de la barrera. El taxi era de película de miedo. El conductor iba descalzo entre charcos cargando nuestras maletas. Como no podía cerrar el maletero decidió que fuéramos con éste abierto. '¡No, no, no!'. Cogí mi maleta y la coloqué en el asiento delantero. Me introduje alterado en mi asiento y cuando fui a cerrar la puerta, no tenía soporte del que tirar. Quisé abrir la ventana para empujar desde fuera, y tampoco había elevalunas. Le grité para que me cerrara desde fuera. Empecé, en poco tiempo, a abducirme por el mundo de los gritos categóricos.
El trayecto al hotel fue espectacular. Las casas o chabolas rodean al propio aeropuerto, casi que nacen con él. Todos son pitos, carreras, adelantamientos impensables en Europa. Y sí, en la India hay vacas caminando tan tranquilas por esas calles de locos.
El hotel, recomendado por Nissan, era de espanto. Empezaron a picarnos mosquitos en el mismo salón central del hotel y, tras haber decidido no tomarlas en Indonesia, subí a la habitación a coger las pastillas contra la malaria y el spray antimosquitos. Pablo me llamó para decirme que no podía tomarse una cerveza, que sólo se podía pedir desde la habitación. Yo se la pedí, bajé con ella y con las pastillas del paludismo. Me acerqué a la barra para pedir que me abriesen la cerveza y el camarero me gritó que allí no se servían cervezas, que la pidiera en mi habitación.
'¡Eso es lo que acabo de hacer!¡Y no olvides que soy un cliente y no permito que nadie me grite así!'
Hemos cambiado de hotel.
La llegada al aeropuerto no fue menos. Todos son gritos. No hay sutileza en el indio medio. Salíamos del país de las sonrisas para entrar en el de los gritos categóricos.
Conseguimos negociar un taxi con prepago, ya que daba miedo salir a la marabunta que esperaba al otro lado de la barrera. El taxi era de película de miedo. El conductor iba descalzo entre charcos cargando nuestras maletas. Como no podía cerrar el maletero decidió que fuéramos con éste abierto. '¡No, no, no!'. Cogí mi maleta y la coloqué en el asiento delantero. Me introduje alterado en mi asiento y cuando fui a cerrar la puerta, no tenía soporte del que tirar. Quisé abrir la ventana para empujar desde fuera, y tampoco había elevalunas. Le grité para que me cerrara desde fuera. Empecé, en poco tiempo, a abducirme por el mundo de los gritos categóricos.
El trayecto al hotel fue espectacular. Las casas o chabolas rodean al propio aeropuerto, casi que nacen con él. Todos son pitos, carreras, adelantamientos impensables en Europa. Y sí, en la India hay vacas caminando tan tranquilas por esas calles de locos.
El hotel, recomendado por Nissan, era de espanto. Empezaron a picarnos mosquitos en el mismo salón central del hotel y, tras haber decidido no tomarlas en Indonesia, subí a la habitación a coger las pastillas contra la malaria y el spray antimosquitos. Pablo me llamó para decirme que no podía tomarse una cerveza, que sólo se podía pedir desde la habitación. Yo se la pedí, bajé con ella y con las pastillas del paludismo. Me acerqué a la barra para pedir que me abriesen la cerveza y el camarero me gritó que allí no se servían cervezas, que la pidiera en mi habitación.
'¡Eso es lo que acabo de hacer!¡Y no olvides que soy un cliente y no permito que nadie me grite así!'
Hemos cambiado de hotel.
miércoles, octubre 27, 2010
Disfraces
Ya tuve la sensación el lunes, en la fábrica de Indonesia, cuando el gran jefe, que nos recibió en una sala de reuniones sin aire acondicionado y, vestido de gris, con la gorra de Nissan puesta, el sudor cayéndole por las patillas, el labio cortado, el bigote de pelos largos y la tez morena, nos preguntó acerca de los objetivos de nuestra visita de trabajo.
Mientras le explicaba en un pausado inglés acerca de nuestra organización, lo miraba viendo en él a alguien secuestrado en otras realidades que no le corresponderían de no haber contaminado tanto el mundo occidental a ese oriente tropical.
Al jefe de Nissan, de cara redonda, lo veía disfrazado de ejecutivo industrial en una escena que no podrían haber previsto sus antepasados.
Hoy en Tailandia he tenido la misma sensación. Viendo a los operarios con cara de retrato de Van Gogh vestidos de gris y atornillando las cajas de cambio a los motores, los he sentido desubicados.
Uno de los anfitriones que hemos tenido mientras visitábamos la fábrica, con sus andares casi bailarines, no dejaba de sonreír mientras nos contaba los entresijos de su proceso de producción.
Todos sonríen. En Tailandia todos sonríen. Incluso hay una proporción importante a la que, visto con los ojos de un europeo, casi se le ha ido la cabeza escuchándoles su risa constante y, aparentemente, sin sentido.
He tenido momentos de desconcentración estos días tropicales en que, hablándoles de cajas de cambio a los empleados de Nissan, he visto personas en otra esfera, con otras vidas secuestradas por un traje gris manchado de grasa.
Mientras le explicaba en un pausado inglés acerca de nuestra organización, lo miraba viendo en él a alguien secuestrado en otras realidades que no le corresponderían de no haber contaminado tanto el mundo occidental a ese oriente tropical.
Al jefe de Nissan, de cara redonda, lo veía disfrazado de ejecutivo industrial en una escena que no podrían haber previsto sus antepasados.
Hoy en Tailandia he tenido la misma sensación. Viendo a los operarios con cara de retrato de Van Gogh vestidos de gris y atornillando las cajas de cambio a los motores, los he sentido desubicados.
Uno de los anfitriones que hemos tenido mientras visitábamos la fábrica, con sus andares casi bailarines, no dejaba de sonreír mientras nos contaba los entresijos de su proceso de producción.
Todos sonríen. En Tailandia todos sonríen. Incluso hay una proporción importante a la que, visto con los ojos de un europeo, casi se le ha ido la cabeza escuchándoles su risa constante y, aparentemente, sin sentido.
He tenido momentos de desconcentración estos días tropicales en que, hablándoles de cajas de cambio a los empleados de Nissan, he visto personas en otra esfera, con otras vidas secuestradas por un traje gris manchado de grasa.
martes, octubre 26, 2010
Tailandia
Hoy hemos dejado atrás la caótica ciudad de Yakarta, en un despegue espectacular para la vista. Las costas estaban inundadas por la gran tempestad que vivimos ayer y al norte, conforme el avión ascendía, pudimos comprobar las paradisíacas islas que se extienden por el mar de Java.
Hubo un momento en que las nubes desaparecieron, y sólo quedaba un inmenso mar azul turquesa bajo nosotros. Tan turquesa que se confundía en el horizonte con el cielo. Por entonces saboreaba un gintónic de aperitivo y ese puntito de alcohol junto con la visión infinita de azul en todo el espacio inmediato, me hizo sentir que estaba en otra esfera, eterna y sin fronteras, donde no había norte ni sur ni coordenadas posibles. Todo rodeado de azul viajando hacia ninguna parte.
Tailandia también se nos ofreció con las costas inundadas y grandes campos anegados.
Los edificios y autopistas a vista de pájaro, el aeropuerto y el tren hasta el hotel, el metro intermedio, los edificios, la gente moviéndose y el tono de éstas al hablar implicaban un giro radical, positivo y no esperado, frente a su vecina y desordenada Indonesia.
Yo quería pasearme Bangkok toda la tarde oscura que nos quedaba por delante, pero Bangkok es otra megalópolis imposible de pasearse a pie. Tomamos un taxi que tuvimos que dejar, por el colapso de tráfico, aprovechando la aparición de un templo budista.
Un templo budista de barrio. Un martes cualquiera en la vida de esta ciudad, con los 'parroquianos' arremolinados quemando incienso, arrodillados, ausentes, escribiendo deseos en papel para ofrecerlos a Buda.
En Tailandia el poder religioso parece estar excesivamente valorado. Y eso no me agrada.
Frente a la espiritualidad, la carne y el desenfreno de Patong. Nos acercamos al barrio rojo, donde todo se nos ofrecía. Sin escrúpulos. Tomamos cervezas rodeados de mujeres que nos proponían una compañía interesada, de chavales enseñándonos catálogos de DVD pornos o entradas para espectáculos similares en locales que aparecían cutres.
Pero nosotros queríamos una tranquila cena tailandesa. Encontramos el lugar. Allí llegaron cuatro asturianos recién llegados de vacaciones. Nos invitaron a una copa de Marqués de Cáceres que traían en la mochila y entablamos una conversación deliciosa.
Entonces una de ellas, al explicarles el objetivo de nuestro viaje, nos preguntó por Roberto Ruiz, amigo íntimo de ella que trabaja en nuestra fábrica.
Te vas al otro lugar del mundo y, en la mesa de al lado, hay alguien cercano a ti.
Hubo un momento en que las nubes desaparecieron, y sólo quedaba un inmenso mar azul turquesa bajo nosotros. Tan turquesa que se confundía en el horizonte con el cielo. Por entonces saboreaba un gintónic de aperitivo y ese puntito de alcohol junto con la visión infinita de azul en todo el espacio inmediato, me hizo sentir que estaba en otra esfera, eterna y sin fronteras, donde no había norte ni sur ni coordenadas posibles. Todo rodeado de azul viajando hacia ninguna parte.
Tailandia también se nos ofreció con las costas inundadas y grandes campos anegados.
Los edificios y autopistas a vista de pájaro, el aeropuerto y el tren hasta el hotel, el metro intermedio, los edificios, la gente moviéndose y el tono de éstas al hablar implicaban un giro radical, positivo y no esperado, frente a su vecina y desordenada Indonesia.
Yo quería pasearme Bangkok toda la tarde oscura que nos quedaba por delante, pero Bangkok es otra megalópolis imposible de pasearse a pie. Tomamos un taxi que tuvimos que dejar, por el colapso de tráfico, aprovechando la aparición de un templo budista.
Un templo budista de barrio. Un martes cualquiera en la vida de esta ciudad, con los 'parroquianos' arremolinados quemando incienso, arrodillados, ausentes, escribiendo deseos en papel para ofrecerlos a Buda.
En Tailandia el poder religioso parece estar excesivamente valorado. Y eso no me agrada.
Frente a la espiritualidad, la carne y el desenfreno de Patong. Nos acercamos al barrio rojo, donde todo se nos ofrecía. Sin escrúpulos. Tomamos cervezas rodeados de mujeres que nos proponían una compañía interesada, de chavales enseñándonos catálogos de DVD pornos o entradas para espectáculos similares en locales que aparecían cutres.
Pero nosotros queríamos una tranquila cena tailandesa. Encontramos el lugar. Allí llegaron cuatro asturianos recién llegados de vacaciones. Nos invitaron a una copa de Marqués de Cáceres que traían en la mochila y entablamos una conversación deliciosa.
Entonces una de ellas, al explicarles el objetivo de nuestro viaje, nos preguntó por Roberto Ruiz, amigo íntimo de ella que trabaja en nuestra fábrica.
Te vas al otro lugar del mundo y, en la mesa de al lado, hay alguien cercano a ti.
domingo, octubre 24, 2010
La jungla de Java
Entre Yakarta, al norte de la isla de Java, y Cimaya, justo al sur, hay unos 130 km.
Pablo es surfero, y ésta es una playa conocida en esta zona del planeta por sus buenas playas, olas y ambiente cosmopolita. Apetecía conocer el Índico y teníamos tiempo, así que no había mayor inconveniente para venirnos hacia acá después de desayunar.
Aunque la ruta parecía clara sobre el papel, si había alguna duda el GPS nos la iba a solucionar. Conducir por la izquierda no parecía un problema para él, así que yo me puse a las manos de copiloto, con el GPS por un lado, las instrucciones del Google Maps por otro y la cámara de fotos para retratar a la sociedad indonesia, los paisajes selváticos y volcánicos…
Salimos a las once de la mañana.
Salir de Yakarta es en sí toda una aventura. De hecho nunca sabes si has salido, porque la carretera siempre tiene casas alrededor.
Todos los tipos posibles te los encuentras en ese recorrido, en un ambiente primordialmente de miseria que parece ser vivido con alegría por sus habitantes.
En Indonesia deben estar el 75% de las motocicletas existentes en el planeta. Hay motos por todos lados, que se meten por tu derecha, tu izquierda, con conductores que deben ser de goma porque es imposible no haber tenido un accidente a la semana conduciendo una moto por Indonesia.
Cuando llevábamos dos horas de trayecto, ¡aún no teníamos claro si seguíamos en Yakarta! Los atascos, los cruces, las calles que existían en el GPS y no en realidad, las que aparecían y estaban destrozadas por un agujero similar al que provocaría un mortero…
Poco a poco el paisaje se vuelve montañoso. Verde de jungla.
Paramos varias veces a tomar una cerveza, pero… sólo ‘soft drinks’. Da la sensación que cuanto más rural más musulmán se vuelve el pueblo indonesio. Aunque sin radicalismos, en lo que pudimos ver.
Encontramos por fin un extraño hotel de carretera con vistas impresionantes a un inmenso volcán, donde fueron a buscarnos una cerveza (tampoco tenían). Nos la tomamos respirando el aire selvático de la montaña.
Seguimos camino de Cimaja. Ya llevábamos tres horas de carretera.
Nos cayó entonces una intensa lluvia tropical.
Si había caos en seco, éste se acentuaba con el barro, las prisas apartándose del temporal. Motos por todos lados que no se sabía para dónde iban ni de dónde venían. Daba la impresión que ni sus conductores lo tenían claro, como si hubiesen salido al decorado de esa jungla para volvernos locos.
El GPS nos llevaba por caminos de cabras. Hasta en cuatro ocasiones tuvimos que deshacer el camino andado, teniendo cuidado de no atropellar a los niños que se arremolinaban por todas partes.
A las cinco y media de la tarde, seis horas y media después, conseguimos llegar a una deliciosa playa a 130 km de Yakarta.
Una cerveza bien fría y una sonrisa indonesia nos hizo recordar que estábamos en la isla de Java, a orillas del Índico y que habíamos penetrado sus paisajes sin escrúpulos.
Pablo es surfero, y ésta es una playa conocida en esta zona del planeta por sus buenas playas, olas y ambiente cosmopolita. Apetecía conocer el Índico y teníamos tiempo, así que no había mayor inconveniente para venirnos hacia acá después de desayunar.
Aunque la ruta parecía clara sobre el papel, si había alguna duda el GPS nos la iba a solucionar. Conducir por la izquierda no parecía un problema para él, así que yo me puse a las manos de copiloto, con el GPS por un lado, las instrucciones del Google Maps por otro y la cámara de fotos para retratar a la sociedad indonesia, los paisajes selváticos y volcánicos…
Salimos a las once de la mañana.
Salir de Yakarta es en sí toda una aventura. De hecho nunca sabes si has salido, porque la carretera siempre tiene casas alrededor.
Todos los tipos posibles te los encuentras en ese recorrido, en un ambiente primordialmente de miseria que parece ser vivido con alegría por sus habitantes.
En Indonesia deben estar el 75% de las motocicletas existentes en el planeta. Hay motos por todos lados, que se meten por tu derecha, tu izquierda, con conductores que deben ser de goma porque es imposible no haber tenido un accidente a la semana conduciendo una moto por Indonesia.
Cuando llevábamos dos horas de trayecto, ¡aún no teníamos claro si seguíamos en Yakarta! Los atascos, los cruces, las calles que existían en el GPS y no en realidad, las que aparecían y estaban destrozadas por un agujero similar al que provocaría un mortero…
Poco a poco el paisaje se vuelve montañoso. Verde de jungla.
Paramos varias veces a tomar una cerveza, pero… sólo ‘soft drinks’. Da la sensación que cuanto más rural más musulmán se vuelve el pueblo indonesio. Aunque sin radicalismos, en lo que pudimos ver.
Encontramos por fin un extraño hotel de carretera con vistas impresionantes a un inmenso volcán, donde fueron a buscarnos una cerveza (tampoco tenían). Nos la tomamos respirando el aire selvático de la montaña.
Seguimos camino de Cimaja. Ya llevábamos tres horas de carretera.
Nos cayó entonces una intensa lluvia tropical.
Si había caos en seco, éste se acentuaba con el barro, las prisas apartándose del temporal. Motos por todos lados que no se sabía para dónde iban ni de dónde venían. Daba la impresión que ni sus conductores lo tenían claro, como si hubiesen salido al decorado de esa jungla para volvernos locos.
El GPS nos llevaba por caminos de cabras. Hasta en cuatro ocasiones tuvimos que deshacer el camino andado, teniendo cuidado de no atropellar a los niños que se arremolinaban por todas partes.
A las cinco y media de la tarde, seis horas y media después, conseguimos llegar a una deliciosa playa a 130 km de Yakarta.
Una cerveza bien fría y una sonrisa indonesia nos hizo recordar que estábamos en la isla de Java, a orillas del Índico y que habíamos penetrado sus paisajes sin escrúpulos.
sábado, octubre 23, 2010
Indonesia
Gracias a que hubo estación intermedia en China, el impacto al llegar a Indonesia no ha sido tan fuerte como si hubiésemos llegado directamente de Japón.
Es el único país donde tenemos vehículo de alquiler para desplazarnos y la salida del embarque del aeropuerto fue tumultuosa. Vi el letrero de Avis justo a veinte metros del desembarque y lo único que faltó fue que me vitoreasen. Todas las diminutas oficinillas de madera me gritaban ofreciendo sus servicios. Diez segundos gloriosos hasta que vieron que me dirigí sin contemplaciones al de Avis.
Los dos oficinistas del rent a car parecían sacados de una parodia de Miami Vice. Con camisas tropicales -el bofetón de calor y humedad al descender del avión fue impactante-, compartiendo un cubículo de 1 metro cuadrado. Sin ordenador, con un catálogo roído y grandes insectos circulando por el mostrador.
Cuando pedimos una copia del contrato nos miraron como si estuviéramos riéndonos de ellos. Tras insistir, uno salió con el papel en busca de una fotocopiadora. Llegó diez minutos después. Al otro le pedimos un mapa y empezó a revolver entre los tres cajones que tenía llenos de papeles. ¿A quién se le ocurre venir a un alquiler de coches a pedir un mapa de carreteras?, se preguntarían.
Finalmente venía la explicación del GPS. Ninguno se ponía de acuerdo en cómo utilizarlo, así que prefirieron hacerlo sobre el diminuto mapa que al final encontraron, al que llenaron de puentes, cruces y letreros a boli casi contradictorios con el plano oficial.
Lo que se les olvidó fue activar la señal del GPS y, ya bien entrada la noche, Pablo y yo nos dirigimos a Yakarta pensando que lo que nos indicaba el GPS era real, y no una simulación.
Así que, visto que no entrábamos nunca en Yakarta, nos salimos de la autopista, sin saber que entrábamos en el submundo de los arrabales paupérrimos de la metrópolis. Estar tan cansados y haber leído que el país es seguro nos hizo no sentir pánico, sino observar desde nuestro coche las diminutas callejuelas con casas de cartón y montañas de basura del Tercer Mundo, como ejemplo claro de lo que nunca debemos olvidar, que somos unos privilegiados.
Mientras Pablo preguntaba yo conseguí entrar en los parámetros del GPS de la señorita Pepis para colocar la señal en 'ON'.
Conseguimos, entonces, entrar en la ciudad más militarizada que yo haya conocido nunca.
Es el único país donde tenemos vehículo de alquiler para desplazarnos y la salida del embarque del aeropuerto fue tumultuosa. Vi el letrero de Avis justo a veinte metros del desembarque y lo único que faltó fue que me vitoreasen. Todas las diminutas oficinillas de madera me gritaban ofreciendo sus servicios. Diez segundos gloriosos hasta que vieron que me dirigí sin contemplaciones al de Avis.
Los dos oficinistas del rent a car parecían sacados de una parodia de Miami Vice. Con camisas tropicales -el bofetón de calor y humedad al descender del avión fue impactante-, compartiendo un cubículo de 1 metro cuadrado. Sin ordenador, con un catálogo roído y grandes insectos circulando por el mostrador.
Cuando pedimos una copia del contrato nos miraron como si estuviéramos riéndonos de ellos. Tras insistir, uno salió con el papel en busca de una fotocopiadora. Llegó diez minutos después. Al otro le pedimos un mapa y empezó a revolver entre los tres cajones que tenía llenos de papeles. ¿A quién se le ocurre venir a un alquiler de coches a pedir un mapa de carreteras?, se preguntarían.
Finalmente venía la explicación del GPS. Ninguno se ponía de acuerdo en cómo utilizarlo, así que prefirieron hacerlo sobre el diminuto mapa que al final encontraron, al que llenaron de puentes, cruces y letreros a boli casi contradictorios con el plano oficial.
Lo que se les olvidó fue activar la señal del GPS y, ya bien entrada la noche, Pablo y yo nos dirigimos a Yakarta pensando que lo que nos indicaba el GPS era real, y no una simulación.
Así que, visto que no entrábamos nunca en Yakarta, nos salimos de la autopista, sin saber que entrábamos en el submundo de los arrabales paupérrimos de la metrópolis. Estar tan cansados y haber leído que el país es seguro nos hizo no sentir pánico, sino observar desde nuestro coche las diminutas callejuelas con casas de cartón y montañas de basura del Tercer Mundo, como ejemplo claro de lo que nunca debemos olvidar, que somos unos privilegiados.
Mientras Pablo preguntaba yo conseguí entrar en los parámetros del GPS de la señorita Pepis para colocar la señal en 'ON'.
Conseguimos, entonces, entrar en la ciudad más militarizada que yo haya conocido nunca.
viernes, octubre 22, 2010
Desajustes
En las páginas que habíamos impreso sacadas de internet para conocer un poco la historia, recomendaciones e informaciones básicas de Guangzhou (Cantón) se nos explicaba que había dos líneas de metro y la tercera en construcción.
Cuando solicitamos ayer, al llegar al hotel tras el trabajo, un plano de la ciudad, aparecía una red de metro con cinco líneas.
Tras explicarnos el conserje del metro cómo llegar a la estación más cercana, comprobamos que había al menos dos líneas más de las que estaban reflejadas en el folleto del hotel, que no tenía pinta de haber sido editado mucho tiempo atrás.
Tomamos el metro para ir a Beijing lu (la calle Pekín), arteria comercial de la ciudad. Impecable, inmenso, casi oliendo a recién hecho, todas las pantallas táctiles, informatizado al máximo, tomamos un par de líneas para llegar allí.
Pablo se dejó secuestrar para comprar ropa en el 'fake market', el mercado de lo falso. Yo tenía ganas de un paseo y una cerveza a solas.
Se me acercaban mujeres, me hablaban en chino, me abrían el bolso y me sacaban folletos de relojes: 'guáshe, guáshe', o de pantalones, o de joyas... Un chavalito se acercó con una navaja y unos zapatos. Antes de que me diera cuenta le rajó por la mitad la suela, sacó un pegamento mágico y volvió a pegarla. Con cara de estreñimiento apretó y apretó, luego me pasó el zapato. Yo pasé del tema, porque, en caso contrario, tenía a este chino para rato; pero el pegamento debía ser impresionante. Artilugios que se lanzaban al aire, aparatos para masajearte, cacerolas para hervir no sé qué masa de no se qué comida. Pero de bar, nada. Un simple bar con una simple cerveza.
Recorrí las calles adyacentes en busca de algún sitio relajado, de algún templo budista, de edificios que visitar... No los encontré. Tras esperar hora y media a Pablo, decidí cenar en el hotel.
A esta generación china le faltan, a mi entender, al menos dos generaciones para pasar a disfrutar la ciudad nueva, infraestructuras y riquezas que les están plantando como setas a su alrededor.
Vengo de un Japón donde la gente se ha hecho a sí misma y la sofisticación y el buen hacer han venido naciendo con el pueblo.
Aquí, en China, tienes la sensación de viajar en metro con personas iletradas que están desbordadas por tanto desarrollo. Seguramente me equivoque.
Pregunté en la fábrica cuánto ganaba un operario de la línea. Me dijeron 3000 yuanes (400 euros). Pensé que ganarían menos. Aún así, todo este mundo de consumismo acelerado que le están edificando por todos lados puede acabar desajustándoles.
Desajustando a una sociedad entera, currante y despistada.
Cuando solicitamos ayer, al llegar al hotel tras el trabajo, un plano de la ciudad, aparecía una red de metro con cinco líneas.
Tras explicarnos el conserje del metro cómo llegar a la estación más cercana, comprobamos que había al menos dos líneas más de las que estaban reflejadas en el folleto del hotel, que no tenía pinta de haber sido editado mucho tiempo atrás.
Tomamos el metro para ir a Beijing lu (la calle Pekín), arteria comercial de la ciudad. Impecable, inmenso, casi oliendo a recién hecho, todas las pantallas táctiles, informatizado al máximo, tomamos un par de líneas para llegar allí.
Pablo se dejó secuestrar para comprar ropa en el 'fake market', el mercado de lo falso. Yo tenía ganas de un paseo y una cerveza a solas.
Se me acercaban mujeres, me hablaban en chino, me abrían el bolso y me sacaban folletos de relojes: 'guáshe, guáshe', o de pantalones, o de joyas... Un chavalito se acercó con una navaja y unos zapatos. Antes de que me diera cuenta le rajó por la mitad la suela, sacó un pegamento mágico y volvió a pegarla. Con cara de estreñimiento apretó y apretó, luego me pasó el zapato. Yo pasé del tema, porque, en caso contrario, tenía a este chino para rato; pero el pegamento debía ser impresionante. Artilugios que se lanzaban al aire, aparatos para masajearte, cacerolas para hervir no sé qué masa de no se qué comida. Pero de bar, nada. Un simple bar con una simple cerveza.
Recorrí las calles adyacentes en busca de algún sitio relajado, de algún templo budista, de edificios que visitar... No los encontré. Tras esperar hora y media a Pablo, decidí cenar en el hotel.
A esta generación china le faltan, a mi entender, al menos dos generaciones para pasar a disfrutar la ciudad nueva, infraestructuras y riquezas que les están plantando como setas a su alrededor.
Vengo de un Japón donde la gente se ha hecho a sí misma y la sofisticación y el buen hacer han venido naciendo con el pueblo.
Aquí, en China, tienes la sensación de viajar en metro con personas iletradas que están desbordadas por tanto desarrollo. Seguramente me equivoque.
Pregunté en la fábrica cuánto ganaba un operario de la línea. Me dijeron 3000 yuanes (400 euros). Pensé que ganarían menos. Aún así, todo este mundo de consumismo acelerado que le están edificando por todos lados puede acabar desajustándoles.
Desajustando a una sociedad entera, currante y despistada.
jueves, octubre 21, 2010
China
Tomé ventana en el avión de Tokio a Cantón, pero las nubes ocupaban todo el espacio en las cuatro horas y media de vuelo.
Mis primeras impresiones en el gigantesco aeropuerto cantonés fueron negativas. Un adolescente limpiando el baño del aeropuerto, empujones inimaginables en Japón para recoger las maletas, una desagradable banquera para cambiarme euros en yuanes…
Pero el mayor choque fue el taxista. Pablo ya me había advertido, pero aluciné con los gritos que nos pegaba regateando el precio del trayecto al hotel, mientras circulaba como un ciclón por la autopista. Con un inglés que recordaba a Chiquito de la Calzada, ‘hoteeeeeeeellllllllrrrrrrrr’, nos pasaba el móvil con la calculadora y la foto de su novia para ir negociando el precio. Chillando como si le fuera la vida en ello.
Cuando ya habíamos llegado al acuerdo de pagarle 180 yuanes (unos veinte euros) nos preguntó si éramos chinos (¿?). No, ‘we are from Spain’.
Entonces nos cantó un pasodoble.
Entrar en Cantón para alguien que no ha pisado China es espectacular. Los primeros bloques de edificios te los encuentras rodeados en sus filos por tubos fluorescentes que van cambiando de color, como ésos que te ofrecen los chinos cuando entran en los bares de Sevilla y tú te planteas, ¿quién puede querer comprar algo así?
El caso es que cuando te vas adentrando en la ciudad, te vas asustando.
Porque es impresionante lo que te encuentras. Rascacielos espectaculares, avenidas de cinco carriles, centros comerciales descomunales (¡en un país comunista!). Escaparates de Cartier, Dior… ¿Qué es esto?, ¿ésta es la China de salarios de 50 euros que nos han vendido?
Me bastó ese recorrido de una hora en taxi para comprender la enorme, desorbitada y espeluznante potencia de China. El gran prestamista del mundo, el que crece un 10% anual, la patria de 1300 millones de personas.
Te sientes diminuto.
Nos fuimos a cenar a la isla de Shaiman (creo que se escribe así) para calmar tanta excitación. Yo me pedí brochetas de pollo satay, Pablo medio kilo de serpiente frita. Yo decidí probar la serpiente para poder contarlo y fardar. Cuando llegó el plato parecían chocos fritos. El problema es que Pablo la probó antes que yo y, con cara de susto, gritó:
-¡Tienen hueso!
Le di un bocado con los ojos cerrados, puagggg, y me tragué un vaso entero de cerveza.
Mis primeras impresiones en el gigantesco aeropuerto cantonés fueron negativas. Un adolescente limpiando el baño del aeropuerto, empujones inimaginables en Japón para recoger las maletas, una desagradable banquera para cambiarme euros en yuanes…
Pero el mayor choque fue el taxista. Pablo ya me había advertido, pero aluciné con los gritos que nos pegaba regateando el precio del trayecto al hotel, mientras circulaba como un ciclón por la autopista. Con un inglés que recordaba a Chiquito de la Calzada, ‘hoteeeeeeeellllllllrrrrrrrr’, nos pasaba el móvil con la calculadora y la foto de su novia para ir negociando el precio. Chillando como si le fuera la vida en ello.
Cuando ya habíamos llegado al acuerdo de pagarle 180 yuanes (unos veinte euros) nos preguntó si éramos chinos (¿?). No, ‘we are from Spain’.
Entonces nos cantó un pasodoble.
Entrar en Cantón para alguien que no ha pisado China es espectacular. Los primeros bloques de edificios te los encuentras rodeados en sus filos por tubos fluorescentes que van cambiando de color, como ésos que te ofrecen los chinos cuando entran en los bares de Sevilla y tú te planteas, ¿quién puede querer comprar algo así?
El caso es que cuando te vas adentrando en la ciudad, te vas asustando.
Porque es impresionante lo que te encuentras. Rascacielos espectaculares, avenidas de cinco carriles, centros comerciales descomunales (¡en un país comunista!). Escaparates de Cartier, Dior… ¿Qué es esto?, ¿ésta es la China de salarios de 50 euros que nos han vendido?
Me bastó ese recorrido de una hora en taxi para comprender la enorme, desorbitada y espeluznante potencia de China. El gran prestamista del mundo, el que crece un 10% anual, la patria de 1300 millones de personas.
Te sientes diminuto.
Nos fuimos a cenar a la isla de Shaiman (creo que se escribe así) para calmar tanta excitación. Yo me pedí brochetas de pollo satay, Pablo medio kilo de serpiente frita. Yo decidí probar la serpiente para poder contarlo y fardar. Cuando llegó el plato parecían chocos fritos. El problema es que Pablo la probó antes que yo y, con cara de susto, gritó:
-¡Tienen hueso!
Le di un bocado con los ojos cerrados, puagggg, y me tragué un vaso entero de cerveza.
martes, octubre 19, 2010
May be
Los japoneses, cuando hablan en inglés, sólo tienen dos respuestas categóricas posibles: 'yes' o 'may be'.
No sé en qué fase de su historia anterior obviaron el 'no', pero es cierto que resulta muy difícil escuchárselo.
Tuvimos hoy un momento en el trabajo, cuando visitábamos el impresionante Centro Tecnológico de Nissan, en las afueras de Yokohama, en que solicitamos a nuestros anfitriones hacernos una foto conjunta. Serviría para dar notoriedad a este encuentro entre una fábrica de Renault y la Central de Nissan.
Había un problema, en ese recinto no se podían hacer fotos.
Yo les expliqué que era simplemente un detalle para poder comunicar a Renault España nuestra visita. No era necesario mostrar las instalaciones, ni el edificio. Simplemente en la Sala de Reuniones donde nos encontrábamos, contra una pared en blanco. Incluso la foto podían hacerla ellos y enviarnos la copia que considerasen oportuna.
-¿Es posible? -pregunté.
-May be -respondieron.
Moviéndose azorados los seis ingenieros que nos rodeaban, conocidos en Sevilla por su reputación como personas preparadísimas en su oficio, se preguntaban incómodos cómo hacer para dar satisfacción a nuestro simple requerimiento. Una foto tras horas de trabajo.
-Está prohibido en todo el recinto -insistieron.
-No hace falta que sea dentro del recinto -respondí-. En el exterior, apuntando hacia afuera, es una simple foto para recordar la jornada de trabajo. ¿Es posible?
-May be...
No sé en qué fase de su historia anterior obviaron el 'no', pero es cierto que resulta muy difícil escuchárselo.
Tuvimos hoy un momento en el trabajo, cuando visitábamos el impresionante Centro Tecnológico de Nissan, en las afueras de Yokohama, en que solicitamos a nuestros anfitriones hacernos una foto conjunta. Serviría para dar notoriedad a este encuentro entre una fábrica de Renault y la Central de Nissan.
Había un problema, en ese recinto no se podían hacer fotos.
Yo les expliqué que era simplemente un detalle para poder comunicar a Renault España nuestra visita. No era necesario mostrar las instalaciones, ni el edificio. Simplemente en la Sala de Reuniones donde nos encontrábamos, contra una pared en blanco. Incluso la foto podían hacerla ellos y enviarnos la copia que considerasen oportuna.
-¿Es posible? -pregunté.
-May be -respondieron.
Moviéndose azorados los seis ingenieros que nos rodeaban, conocidos en Sevilla por su reputación como personas preparadísimas en su oficio, se preguntaban incómodos cómo hacer para dar satisfacción a nuestro simple requerimiento. Una foto tras horas de trabajo.
-Está prohibido en todo el recinto -insistieron.
-No hace falta que sea dentro del recinto -respondí-. En el exterior, apuntando hacia afuera, es una simple foto para recordar la jornada de trabajo. ¿Es posible?
-May be...
lunes, octubre 18, 2010
Contrastes
Tras una desaforada y divertidísima noche tokiota de sábado, en que queríamos acaparar más de lo que nos era posible, comenzamos un domingo nublado, con resaca y temperatura perfecta.
Lo que se presentía como un día de reposo se convirtió en un espectáculo perfecto para los sentidos que nos ofrecía todo un retrato del alma de Japón.
Habíamos desechado desembarcar en Kyoto por el excesivo tiempo, dinero y esfuerzo que implicaba para apenas unas horas de luz. Decidimos visitar los jardines del Palacio Imperial para ir cogiendo cuerpo. Una delicia.
Las avenidas que lo rodeaban estaban cortadas al tráfico para permitir circular con tranquilidad a ciclistas, patinadores, corredores de footing, paseantes... A pesar de todo, los ciclistas y peatones seguían rigiéndose por las luces de los semáforos en unas avenidas sin coche. La fuerza de la costumbre.
Tanto aire limpio nos invitó a una cerveza, difícil de encontrar por sí sola. Son raros los bares puros, en que sólo se toma una cerveza por el placer de tomarla y charlar.
La noche anterior, una pareja de novios pijos nos invitó a visitar el santuario sintoísta de Menji, en el parque de Shibuya, así que mientras cerveceábamos nos pusimos a investigar cómo llegar. La guía nos alertaba que por esa zona, los domingos, las chicas rebeldes de Tokio, las autoexcluidas, marginadas en clase o de familias desestructuradas, las cosplay-zuku, se reunían junto al parque vestidas de forma exagerada de muñecas de porcelana, lolitas góticas, vampiresas posmodernas, alienadas y rompedoras.
Allí nos plantamos.
El espectáculo era impactante. Calles repletas de gente en un día que se había vuelto soleado entre las que no había ningún sentido del ridículo respecto a nada. Muchas caras de loco, poses estudiadas, colgados, ausentes, divertidos, relajados, reprimidos, dislocados, desafiantes.
Pablo quería fotos con todas, pero ellas huían falsamente de las cámaras.
Con la adrenalina de las niñas de Harajuky en el cuerpo nos introdujimos en el Parque para observar el Santuario sintoísta. Impactaba de golpe un bosque tan frondoso en pleno centro de la ciudad, con grandísimas puertas de madera que marcaban el sendero hacia el recinto religioso. Muchas mujeres en kimono que hacían presagiar lo más inesperado, asistir como espectadores de excepción a una boda por el rito sintoísta de una pareja de la alta burguesía de Tokio. Él parecía un samurái, ella una princesa blanca del siglo XXII. Les precedían varios monjes con varas de madera, les seguía otro con una gran sombrilla naranja y detrás, en filas de a dos, muy apretadas, las parejas invitadas a la ceremonia, cerrándola los militares. Todo en un profundo silencio, con más aires de luto que de boda.
Tras volver a Ginza y tropezarnos con mujeres maquilladísimas cargadas de bolsas de tiendas de lujo, fuimos a cenar a un restaurante junto al templo budista de Asakusa. Sushi distribuido en platos que caminaban por una cinta, con el precio dependiendo del color del plato y gritos de los camareros cada vez que... no me enteré cuál era el motivo de los gritos.
Terminamos en el gran templo. De Confucio a Buda. La noche era cerrada, caía una cierta niebla y una pareja, aparentemente de pueblo, se me acercó con la cámara de fotos. La fui a coger para retratarles frente al gran templo rojo, pero él no soltaba la cámara. Yo no entendía. Ella gritaba en japonés haciendo gorgoritos. Él seguía ofreciéndome la cámara.
No me querían como fotógrafo, sino hacerse una foto conmigo.
Lo que se presentía como un día de reposo se convirtió en un espectáculo perfecto para los sentidos que nos ofrecía todo un retrato del alma de Japón.
Habíamos desechado desembarcar en Kyoto por el excesivo tiempo, dinero y esfuerzo que implicaba para apenas unas horas de luz. Decidimos visitar los jardines del Palacio Imperial para ir cogiendo cuerpo. Una delicia.
Las avenidas que lo rodeaban estaban cortadas al tráfico para permitir circular con tranquilidad a ciclistas, patinadores, corredores de footing, paseantes... A pesar de todo, los ciclistas y peatones seguían rigiéndose por las luces de los semáforos en unas avenidas sin coche. La fuerza de la costumbre.
Tanto aire limpio nos invitó a una cerveza, difícil de encontrar por sí sola. Son raros los bares puros, en que sólo se toma una cerveza por el placer de tomarla y charlar.
La noche anterior, una pareja de novios pijos nos invitó a visitar el santuario sintoísta de Menji, en el parque de Shibuya, así que mientras cerveceábamos nos pusimos a investigar cómo llegar. La guía nos alertaba que por esa zona, los domingos, las chicas rebeldes de Tokio, las autoexcluidas, marginadas en clase o de familias desestructuradas, las cosplay-zuku, se reunían junto al parque vestidas de forma exagerada de muñecas de porcelana, lolitas góticas, vampiresas posmodernas, alienadas y rompedoras.
Allí nos plantamos.
El espectáculo era impactante. Calles repletas de gente en un día que se había vuelto soleado entre las que no había ningún sentido del ridículo respecto a nada. Muchas caras de loco, poses estudiadas, colgados, ausentes, divertidos, relajados, reprimidos, dislocados, desafiantes.
Pablo quería fotos con todas, pero ellas huían falsamente de las cámaras.
Con la adrenalina de las niñas de Harajuky en el cuerpo nos introdujimos en el Parque para observar el Santuario sintoísta. Impactaba de golpe un bosque tan frondoso en pleno centro de la ciudad, con grandísimas puertas de madera que marcaban el sendero hacia el recinto religioso. Muchas mujeres en kimono que hacían presagiar lo más inesperado, asistir como espectadores de excepción a una boda por el rito sintoísta de una pareja de la alta burguesía de Tokio. Él parecía un samurái, ella una princesa blanca del siglo XXII. Les precedían varios monjes con varas de madera, les seguía otro con una gran sombrilla naranja y detrás, en filas de a dos, muy apretadas, las parejas invitadas a la ceremonia, cerrándola los militares. Todo en un profundo silencio, con más aires de luto que de boda.
Tras volver a Ginza y tropezarnos con mujeres maquilladísimas cargadas de bolsas de tiendas de lujo, fuimos a cenar a un restaurante junto al templo budista de Asakusa. Sushi distribuido en platos que caminaban por una cinta, con el precio dependiendo del color del plato y gritos de los camareros cada vez que... no me enteré cuál era el motivo de los gritos.
Terminamos en el gran templo. De Confucio a Buda. La noche era cerrada, caía una cierta niebla y una pareja, aparentemente de pueblo, se me acercó con la cámara de fotos. La fui a coger para retratarles frente al gran templo rojo, pero él no soltaba la cámara. Yo no entendía. Ella gritaba en japonés haciendo gorgoritos. Él seguía ofreciéndome la cámara.
No me querían como fotógrafo, sino hacerse una foto conmigo.
Japón
Íbamos por una gran avenida en obras de Tokio el sábado por la noche, pocas horas después de aterrizar. Veníamos de tomar una cerveza y buscábamos un local para cenar algo occidental tras una semana de exquisita comida oriental.
El tráfico era intenso, la avenida estaba poco iluminada y un robot vestido de operario, de azul y con su camisetilla fluorescente, hacía movimientos mecánicos con una larga barra roja intermitente para advertir de las obras en la mediana de esa avenida.
'Mira cómo son los japoneses, Salva', me decía Pablo, 'van por delante nuestra en todo. Observa los movimientos y la programación de bucles informáticos que tiene ese robot. Repite unos movimientos con los brazos, y cada ciertos ciclos cambia de realizarlos vertical a horizontalmente. Luego la cabeza, ves, la para cada tres giros y vuelve a moverla en sentido contrario'.
Estábamos extasiados mirando al robot de tráfico cuando éste gira la cabeza y nos saluda.
'Glups'.
El tráfico era intenso, la avenida estaba poco iluminada y un robot vestido de operario, de azul y con su camisetilla fluorescente, hacía movimientos mecánicos con una larga barra roja intermitente para advertir de las obras en la mediana de esa avenida.
'Mira cómo son los japoneses, Salva', me decía Pablo, 'van por delante nuestra en todo. Observa los movimientos y la programación de bucles informáticos que tiene ese robot. Repite unos movimientos con los brazos, y cada ciertos ciclos cambia de realizarlos vertical a horizontalmente. Luego la cabeza, ves, la para cada tres giros y vuelve a moverla en sentido contrario'.
Estábamos extasiados mirando al robot de tráfico cuando éste gira la cabeza y nos saluda.
'Glups'.
sábado, octubre 16, 2010
Human sea
Tras una jornada calurosa de trabajo en la fábrica de Samsung, en Corea, a eso de las cinco y media de la tarde nos invitó nuestro anfitrión, Míster Kang, a cenar. ¡A las cinco y media de la tarde!
Carne de cerdo a la plancha rodeada de hojas de... ¿parra?
El señor Kang nos dejó cerca del centro de Pusán en una tarde de viernes abarrotada de tráfico y Hojin Lee nos invitó a pasearnos por Jalgachi, el mercado de pescado de su ciudad.
El escenario era impactante: tenderetes abarrotados de peces vivos en inmensas peceras, cantantes de verbena taponando las calles con micros a volumen elevadísimo, ancianos paralíticos tumbados bocabajo en planchas rodantes... ¡pufff!
Tras atravesar la marabunta y llegar al paseo marítimo, Hojin nos preguntó: ¿paseo o restaurante?
Reventados, Pablo y yo, con nuestro ordenador a cuestas tras diez horas de curro respondimos al unísono: ¡restaurante!
Hacía tiempo que no cenaba dos veces.
Pablo eligió almejas de nácar, yo un pez negro sabrosísimo (según el pescadero) y Hojin sashimi de angulas (exquisitas, recién degolladas delante nuestra).
Todo lo acompañamos de un licor de cerezas coreano. Sentados en un tatami con las piernas medio estiradas, sin saber dónde colocarlas.
Entonces le pregunté, con el licor subiendo a la cabeza, por sus vecinos de Corea del Norte.
Hojin cambió el rostro y nos explicó con dolor y objetividad acerca de la Guerra de Corea:
'Antes de las Guerras Mundiales Japón nos conquistó. Cuando terminó la 2ª Gran Guerra, Japón se retiró de nuestras tierras. Por entonces el pueblo coreano estaba unido, en grupúsculos de resistencia, contra el único enemigo, el invasor, Japón.
Cuando éste se retiró, los resistentes se dividieron en prorrusos y proamericanos. Los comunistas, alentados por China, invadieron la península de Corea (salvo la ciudad de Pusán, como un Cádiz del siglo XX). América reaccionó y recuperó el territorio a base de poderío militar. Entró por Seúl y avanzó hasta la frontera de Corea con China.
Por entonces, China no tenía otra fuerza que su población, así que dió fusiles a la primera línea de fuego y contraatacó contra el poderío americano. La Corea occidental ametrallaba a esa Corea comunista que avanzaba a base de disparos de una sola línea de fuego, mientras el resto de la población hacía batir sus tambores para amedrentar.
La marea humana. La primera fila caía y la segunda cogía los fusiles, en una ola de muerte imparable alimentada por la creencia en la potencia del comunismo.
Fue entonces -nos contó Hojin- cuando Estados Unidos estuvo a punto de lanzar la tercera bomba atómica.
Los chinos llegaron a la actual frontera entre las dos Coreas'.
A mí me da hoy por pensar en las posibles dos Españas, viendo el dolor salpicado de licor de cerezas de Hojin hablando de su país.
Me levanté tras la cena, para ir al baño, con una pierna dormida, cojeando, pensando en la dulzura y maestría de Hojin contándonos los dolores de su propio pueblo.
Carne de cerdo a la plancha rodeada de hojas de... ¿parra?
El señor Kang nos dejó cerca del centro de Pusán en una tarde de viernes abarrotada de tráfico y Hojin Lee nos invitó a pasearnos por Jalgachi, el mercado de pescado de su ciudad.
El escenario era impactante: tenderetes abarrotados de peces vivos en inmensas peceras, cantantes de verbena taponando las calles con micros a volumen elevadísimo, ancianos paralíticos tumbados bocabajo en planchas rodantes... ¡pufff!
Tras atravesar la marabunta y llegar al paseo marítimo, Hojin nos preguntó: ¿paseo o restaurante?
Reventados, Pablo y yo, con nuestro ordenador a cuestas tras diez horas de curro respondimos al unísono: ¡restaurante!
Hacía tiempo que no cenaba dos veces.
Pablo eligió almejas de nácar, yo un pez negro sabrosísimo (según el pescadero) y Hojin sashimi de angulas (exquisitas, recién degolladas delante nuestra).
Todo lo acompañamos de un licor de cerezas coreano. Sentados en un tatami con las piernas medio estiradas, sin saber dónde colocarlas.
Entonces le pregunté, con el licor subiendo a la cabeza, por sus vecinos de Corea del Norte.
Hojin cambió el rostro y nos explicó con dolor y objetividad acerca de la Guerra de Corea:
'Antes de las Guerras Mundiales Japón nos conquistó. Cuando terminó la 2ª Gran Guerra, Japón se retiró de nuestras tierras. Por entonces el pueblo coreano estaba unido, en grupúsculos de resistencia, contra el único enemigo, el invasor, Japón.
Cuando éste se retiró, los resistentes se dividieron en prorrusos y proamericanos. Los comunistas, alentados por China, invadieron la península de Corea (salvo la ciudad de Pusán, como un Cádiz del siglo XX). América reaccionó y recuperó el territorio a base de poderío militar. Entró por Seúl y avanzó hasta la frontera de Corea con China.
Por entonces, China no tenía otra fuerza que su población, así que dió fusiles a la primera línea de fuego y contraatacó contra el poderío americano. La Corea occidental ametrallaba a esa Corea comunista que avanzaba a base de disparos de una sola línea de fuego, mientras el resto de la población hacía batir sus tambores para amedrentar.
La marea humana. La primera fila caía y la segunda cogía los fusiles, en una ola de muerte imparable alimentada por la creencia en la potencia del comunismo.
Fue entonces -nos contó Hojin- cuando Estados Unidos estuvo a punto de lanzar la tercera bomba atómica.
Los chinos llegaron a la actual frontera entre las dos Coreas'.
A mí me da hoy por pensar en las posibles dos Españas, viendo el dolor salpicado de licor de cerezas de Hojin hablando de su país.
Me levanté tras la cena, para ir al baño, con una pierna dormida, cojeando, pensando en la dulzura y maestría de Hojin contándonos los dolores de su propio pueblo.
jueves, octubre 14, 2010
Corea
Amanece en Pusán.
Cuando aterrizamos ayer y para evitar caer en la tentación de mantener el ciclo del sueño, tomamos un plano de la ciudad y nos lanzamos a la calle a preguntar ‘¿qué visitamos?’
Los coreanos son solícitos, se paran, te escuchan, pero no te entienden. Dedujimos rápidamente que ésta es una ciudad enorme pero no turística y que, si algo merecía la pena visitar era el templo de Beomeosa. Medieval y budista.
Las informaciones para llegar eran contradictorias. Al menos la estación de metro se llamaba así, Beomeosa, y estaba subtitulada en caracteres occidentales.
Una vez allí, preguntábamos cómo llegar al templo. A falta de inglés, todas las explicaciones eran onomatopéyicas. Muy gestuales, movían todo el cuerpo, incluso las caderas y con el brazo nos señalaban dónde creían que se encontraba el templo acompañándolo de sonidos tipo ‘yyyyyyyysáká’, ‘rrrrrooooopushú’, ‘tooooliiiiidá’. Afortunadamente dimos con alguien que nos explicó que si hubiésemos ido andando como nos dijo el primer informante, habríamos necesitado dos horas para llegar a lo alto de la montaña donde estaba el templo. Tomamos el autobús 90.
Impresionante y descuidado, nos introdujimos por sus callejuelas, que seguramente indicaban prohibiciones en coreano que no entendíamos, y es que de pronto nos vimos en un templete de madera reconvertido en gimnasio lleno de monjes budistas. Al menos, todos nos sonreían.
Anoche, Hojin Lee nos paseó por la bahía de Pusán, en barco, tras invitarnos a cenar en una barbacoa coreana. Una vez embarcados y contemplando la inmensidad de la ciudad iluminadísima, me contó que al día siguiente nos llevarían a comer sushi. Cuando le pregunté si era sushi japonés se le cambió el rostro. ‘¡¡¡No!!!’. El sushi coreano se toma con el pescado recién muerto. Lo degüellan, y te hace el gesto correspondiente, y lo cortan en trozos directamente al plato. Buena oportunidad de callarme.
Y es que la suerte o desgracia de Corea es estar tan cerca de Japón. Tienen empresas reconocidas a nivel mundial como para sentirse plenamente orgullosos: Samsung, LG, Hyunday, Daewoo, Kia… Tienen una cultura milenaria, pero demasiado similar a la japonesa a ojos vista de un occidental. Su gastronomía, templos, avenidas de neones, mercados de pescado, vestimentas, rasgos físicos, idioma, escritura o gesticulaciones son demasiado similares a las del gran hermano japonés.
Daría la sensación, tras venticuatro horas deambulándola, que Corea no está acostumbrada a que la miren. Fuera del círculo del hotel, no te cruzas con nadie que no tenga rasgos asiáticos.
Cuando preguntas por un templo, te observan, preguntándose ‘¿qué hace este guiri aquí?
Cuando aterrizamos ayer y para evitar caer en la tentación de mantener el ciclo del sueño, tomamos un plano de la ciudad y nos lanzamos a la calle a preguntar ‘¿qué visitamos?’
Los coreanos son solícitos, se paran, te escuchan, pero no te entienden. Dedujimos rápidamente que ésta es una ciudad enorme pero no turística y que, si algo merecía la pena visitar era el templo de Beomeosa. Medieval y budista.
Las informaciones para llegar eran contradictorias. Al menos la estación de metro se llamaba así, Beomeosa, y estaba subtitulada en caracteres occidentales.
Una vez allí, preguntábamos cómo llegar al templo. A falta de inglés, todas las explicaciones eran onomatopéyicas. Muy gestuales, movían todo el cuerpo, incluso las caderas y con el brazo nos señalaban dónde creían que se encontraba el templo acompañándolo de sonidos tipo ‘yyyyyyyysáká’, ‘rrrrrooooopushú’, ‘tooooliiiiidá’. Afortunadamente dimos con alguien que nos explicó que si hubiésemos ido andando como nos dijo el primer informante, habríamos necesitado dos horas para llegar a lo alto de la montaña donde estaba el templo. Tomamos el autobús 90.
Impresionante y descuidado, nos introdujimos por sus callejuelas, que seguramente indicaban prohibiciones en coreano que no entendíamos, y es que de pronto nos vimos en un templete de madera reconvertido en gimnasio lleno de monjes budistas. Al menos, todos nos sonreían.
Anoche, Hojin Lee nos paseó por la bahía de Pusán, en barco, tras invitarnos a cenar en una barbacoa coreana. Una vez embarcados y contemplando la inmensidad de la ciudad iluminadísima, me contó que al día siguiente nos llevarían a comer sushi. Cuando le pregunté si era sushi japonés se le cambió el rostro. ‘¡¡¡No!!!’. El sushi coreano se toma con el pescado recién muerto. Lo degüellan, y te hace el gesto correspondiente, y lo cortan en trozos directamente al plato. Buena oportunidad de callarme.
Y es que la suerte o desgracia de Corea es estar tan cerca de Japón. Tienen empresas reconocidas a nivel mundial como para sentirse plenamente orgullosos: Samsung, LG, Hyunday, Daewoo, Kia… Tienen una cultura milenaria, pero demasiado similar a la japonesa a ojos vista de un occidental. Su gastronomía, templos, avenidas de neones, mercados de pescado, vestimentas, rasgos físicos, idioma, escritura o gesticulaciones son demasiado similares a las del gran hermano japonés.
Daría la sensación, tras venticuatro horas deambulándola, que Corea no está acostumbrada a que la miren. Fuera del círculo del hotel, no te cruzas con nadie que no tenga rasgos asiáticos.
Cuando preguntas por un templo, te observan, preguntándose ‘¿qué hace este guiri aquí?
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