De nuestro pasado viaje por Asia, sólo recuerdo un incidente a nivel profesional. Mientras en el conjunto de las fábricas recibimos una acogida excelente en una misión que llevaba preparándose dos meses, en una de ellas nos trataron con displicencia. A pesar de que nuestro rol era el de proveedores, la importancia del producto que enviamos, su nivel de calidad y el marchamo de Renault nos daban un respaldo que nos impedía admitir ese ninguneo.
Al empleado de Nissan que no nos quiso recibir, que más tarde dijo que no tenía ni siquiera media hora para atendernos y que nos situó en una sala destartalada, sin sillas, para que le presentásemos aprisa y corriendo nuestra información, le dimos plante. Le dijimos que no nos moveríamos de allí hasta no ver al responsable de Calidad de la fábrica.
Un rato después, éste apareció. Con cara compungida aguantó el chaparrón de razones que nos hacían mostrar nuestra indignación. Los emails en los que daban el consentimiento a la visita e incluso al orden del día previsto, donde todos ellos estaban en copia.
'Es que unos por otros, no nos hemos coordinado bien'.
Insistimos, como proveedores, en mostrar nuestro disgusto.
Nos pidió entonces que retomásemos la agenda prevista, que estaban a nuestra disposición. Le comenté que habíamos organizado una visita a otras instalaciones de Nissan a la vista del recibimiento.
'Este hombre de su equipo', comenté delante del técnico que se había reído de nosotros, 'nos ha dicho claramente que no tenía ni siquiera media hora para atendernos'.
El gran jefe japonés, con voz seria y una sonrisa entrecortada nos explicó:
'Pero la situación ha cambiado, y ahora está confirmado que pasará toda la jornada con ustedes'.
Esta situación me viene a la cabeza recordando la inadmisible actitud del gobierno español frente a la chulería de Marruecos en el conflicto del Sáhara.
Seguí en directo la degradación de oír cómo tres periodistas de la Cadena Ser eran llevados a empujones hacia el aeropuerto para ser expulsados. Por informar.
Me cuesta imaginar que Marruecos hiciera algo parecido con periodistas estadounidenses o franceses y, si lo hiciesen, que los gobiernos respectivos no condenaran la actuación y llamaran al embajador a consultas.
Si nosotros hubiésemos abierto el ordenador en esa sala destartalada, exponiendo aceleradamente una presentación en powerpoint y salido corriendo de esa fábrica japonesa, hubiéramos tenido una jornada libre de turismo en Japón, pero la imagen de nuestra factoría hubiera quedado muy dañada.
Rebajarse nunca es una estrategia.
domingo, noviembre 14, 2010
jueves, noviembre 11, 2010
Dos martinis
Me gusta la gente que no se avergüenza de su felicidad.
A gran parte de la humanidad le parece de mal gusto oír a los demás decir qué bien se sienten con su cuerpo, la familia, su trabajo o lo muy enamorado que uno esté.
Es como si proclamar la comunión con la naturaleza y el disfrute de los sentidos fuese pecado, especialmente en esta sociedad tan teñida del catolicismo de los remordimientos en que nos ha tocado vivir.
El mundo está muy jodido, sí; hay mucha gente en paro, claro; las catástrofes naturales, las enfermedades terminales, el dolor, las ruinas económicas, los complejos físicos y mentales, el desasosiego de quien está solo. ¡Claro que hay múltiples argumentos para estar cabreado!
Pero eso no nos debe quitar el derecho a disfrutar de una cerveza en buena compañía, o de una mañana de museos un domingo soleado, o de una película de Woody Allen.
Y decirlo. ¡Me siento feliz!
El mundo actual ganaría mucho si hubiera menos resentimientos y más capacidad para transmitir nuestras propias alegrías, sin complejos.
Mi amiga Nuria, de quien cada vez me siento más cercano, lo resumía el otro día, tomándonos unas cañas, con sus ojillos vivarachos:
'Estuve en Madrid con mi marido, nos fuimos a un restaurante a la última que nos habían recomendado y nos sentamos felices a disfrutar del local. Vino el camarero, nos miramos y nos dijimos:
Dos Martinis'.
A gran parte de la humanidad le parece de mal gusto oír a los demás decir qué bien se sienten con su cuerpo, la familia, su trabajo o lo muy enamorado que uno esté.
Es como si proclamar la comunión con la naturaleza y el disfrute de los sentidos fuese pecado, especialmente en esta sociedad tan teñida del catolicismo de los remordimientos en que nos ha tocado vivir.
El mundo está muy jodido, sí; hay mucha gente en paro, claro; las catástrofes naturales, las enfermedades terminales, el dolor, las ruinas económicas, los complejos físicos y mentales, el desasosiego de quien está solo. ¡Claro que hay múltiples argumentos para estar cabreado!
Pero eso no nos debe quitar el derecho a disfrutar de una cerveza en buena compañía, o de una mañana de museos un domingo soleado, o de una película de Woody Allen.
Y decirlo. ¡Me siento feliz!
El mundo actual ganaría mucho si hubiera menos resentimientos y más capacidad para transmitir nuestras propias alegrías, sin complejos.
Mi amiga Nuria, de quien cada vez me siento más cercano, lo resumía el otro día, tomándonos unas cañas, con sus ojillos vivarachos:
'Estuve en Madrid con mi marido, nos fuimos a un restaurante a la última que nos habían recomendado y nos sentamos felices a disfrutar del local. Vino el camarero, nos miramos y nos dijimos:
Dos Martinis'.
domingo, noviembre 07, 2010
Canelones
Desde muchos años atrás mastico una teoría sobre el ser humano.
La teoría de los 'canelones'.
Será por lo que me gusta comerlos.
Imagino nuestra existencia como un gran canelón, ya cocido y sin rellenar, extendido, que se mueve por el espacio.
A cada uno al nacer nos asignan uno de estos cuadrados de pasta blanca, aunque desafortunadamente no todos tienen el mismo, de igual consistencia o tamaño. No te dan a elegir. Te dan un canelón por el que moverte durante el resto de tu existencia. No controlas la velocidad con la que se mueve, ni si hay mucho viento o si éste es más o menos resbaladizo.
En el tiempo de aprendizaje, durante la niñez y adolescencia, vas haciéndote a él, recorriéndolo, paseando de un extremo a otro para calcular el perímetro, los vértices y fronteras. Vas haciéndote a zonas preferidas donde te sientes más cómodo.
Conforme el tiempo avanza y llega el momento de las decisiones, debes aplicarle cirugía y comenzar a cortar. Decides seguir estudiando o no, irte de casa de tus padres o no, tener hijos o no... Y vas marcando el terreno. Decides y limitas el espacio, sin saber que hay decisiones que te llevan a quedarte en el lado pequeño del canelón. El resto se pierde para siempre.
Cuanto más inteligente, sensible, perspicaz, humano, generoso... mejor te mueves en ese espacio siempre limitado. Tienes terreno.
Incluso puedes conseguir estirarlo a base de pasos acertados.
Pero necesariamente hay cortes, pérdidas, trozos de suelo que se te van.
Hay tormentas, temblores, enemigos externos que atacan tu espacio vital, que lo limitan, lo desgastan.
La clave de la felicidad no existe, pero es importante terminar al final de nuestros días con la mayor porción posible de canelón para no acabar constreñidos en el rincón definitivo de las decisiones equivocadas.
La teoría de los 'canelones'.
Será por lo que me gusta comerlos.
Imagino nuestra existencia como un gran canelón, ya cocido y sin rellenar, extendido, que se mueve por el espacio.
A cada uno al nacer nos asignan uno de estos cuadrados de pasta blanca, aunque desafortunadamente no todos tienen el mismo, de igual consistencia o tamaño. No te dan a elegir. Te dan un canelón por el que moverte durante el resto de tu existencia. No controlas la velocidad con la que se mueve, ni si hay mucho viento o si éste es más o menos resbaladizo.
En el tiempo de aprendizaje, durante la niñez y adolescencia, vas haciéndote a él, recorriéndolo, paseando de un extremo a otro para calcular el perímetro, los vértices y fronteras. Vas haciéndote a zonas preferidas donde te sientes más cómodo.
Conforme el tiempo avanza y llega el momento de las decisiones, debes aplicarle cirugía y comenzar a cortar. Decides seguir estudiando o no, irte de casa de tus padres o no, tener hijos o no... Y vas marcando el terreno. Decides y limitas el espacio, sin saber que hay decisiones que te llevan a quedarte en el lado pequeño del canelón. El resto se pierde para siempre.
Cuanto más inteligente, sensible, perspicaz, humano, generoso... mejor te mueves en ese espacio siempre limitado. Tienes terreno.
Incluso puedes conseguir estirarlo a base de pasos acertados.
Pero necesariamente hay cortes, pérdidas, trozos de suelo que se te van.
Hay tormentas, temblores, enemigos externos que atacan tu espacio vital, que lo limitan, lo desgastan.
La clave de la felicidad no existe, pero es importante terminar al final de nuestros días con la mayor porción posible de canelón para no acabar constreñidos en el rincón definitivo de las decisiones equivocadas.
jueves, noviembre 04, 2010
Sighed
No encuentro mejor forma de mantener y mejorar mi inglés que leyendo. Cierto que no te ayuda a educar el oído ni te da la agilidad que obtendrías con conversaciones con nativos de habla inglesa, pero es un placer íntimo en el que aúno mi pasión por la literatura con mis flirteos con esa lengua que nunca acabo de dominar del todo, en un continuo y fascinante aprendizaje que durará de por vida.
En este pasado viaje a Asia he estado leyendo Kissing in Manhattan, una novela de David Schickler que ya me fascinó hace años cuando la leí en español. Son relatos aparentemente dispersos entre sí que tienen un punto en común, un edificio de Manhattan, el Preemption, el primero que tuvo ascensor, un Otis, en la ciudad de Nueva York.
De la misma forma que con Auster memoricé para siempre to nod, asentir con la cabeza, en esta otra historia, abundante en diálogos, aparece continuamente sighed.
Lo mejor al leer en inglés es no utilizar diccionario. Obviar las palabras que se intuyen no esenciales y, para aquellas que se repiten con frecuencia o son básicas para entender la trama o las reflexiones, utilizar la lógica.
Por muy recelosos que seamos con nuestro idioma, por muy críticos que podamos llegar a ser con esta lengua cada vez más necesaria de aprender, me reconozco un enamorado del inglés. Este viaje a seis países asiáticos, tan alejados de nosotros en todo, me ha servido para confirmar la fuerza de este idioma.
En cualquier situación crítica y en el lugar más inimaginado del mundo, de forma más o menos rudimentaria, consigues comunicar con el inglés.
Dejas de lado teorías, sentimientos o recelos. La potencia del inglés es arrolladora y más vale unirse a aquéllos que lo aprecian, les gusta, lo dominan y enriquecen su vocabulario, acento y conversación a diario que no quedarse atrás. Porque los esfuerzos son menores cuando se hacen con pasión.
Lo primero que hice cuando llegué a casa fue buscar en el diccionario. Sighed. Pasado del verbo to sigh.
Suspirar.
En este pasado viaje a Asia he estado leyendo Kissing in Manhattan, una novela de David Schickler que ya me fascinó hace años cuando la leí en español. Son relatos aparentemente dispersos entre sí que tienen un punto en común, un edificio de Manhattan, el Preemption, el primero que tuvo ascensor, un Otis, en la ciudad de Nueva York.
De la misma forma que con Auster memoricé para siempre to nod, asentir con la cabeza, en esta otra historia, abundante en diálogos, aparece continuamente sighed.
Lo mejor al leer en inglés es no utilizar diccionario. Obviar las palabras que se intuyen no esenciales y, para aquellas que se repiten con frecuencia o son básicas para entender la trama o las reflexiones, utilizar la lógica.
Por muy recelosos que seamos con nuestro idioma, por muy críticos que podamos llegar a ser con esta lengua cada vez más necesaria de aprender, me reconozco un enamorado del inglés. Este viaje a seis países asiáticos, tan alejados de nosotros en todo, me ha servido para confirmar la fuerza de este idioma.
En cualquier situación crítica y en el lugar más inimaginado del mundo, de forma más o menos rudimentaria, consigues comunicar con el inglés.
Dejas de lado teorías, sentimientos o recelos. La potencia del inglés es arrolladora y más vale unirse a aquéllos que lo aprecian, les gusta, lo dominan y enriquecen su vocabulario, acento y conversación a diario que no quedarse atrás. Porque los esfuerzos son menores cuando se hacen con pasión.
Lo primero que hice cuando llegué a casa fue buscar en el diccionario. Sighed. Pasado del verbo to sigh.
Suspirar.
martes, noviembre 02, 2010
Pablo
No es fácil encontrar una persona con quien estar casi un mes de viaje de trabajo, cambiando cada dos días de país, tomando aviones, metros, taxis, buscando bancos donde cambiar dinero, preparando presentaciones de trabajo, soportando la presión de personas desconocidas hasta ese momento en fábricas que visitamos por vez primera sin tener el más mínimo encontronazo o malentendido.
Ya tuve oportunidad de trabajar con él durante varios años, años muy tensos en que conseguimos hacer equipo a pesar de que nuestra juventud y las circunstancias hacían complicado conseguir los objetivos que la empresa nos solicitaba.
En este mundo actual donde a la gente se le hace un mundo cualquier mínimo reto, es un placer haber podido compartir una experiencia profesional y personal tan intensa con un tipo resuelto, simpático, dinámico y resolutivo.
Saber estar para defender la fábrica con argumentos sólidos y para tomarse las cervezas con los nativos de Indonesia o Corea, y hacerlo todo con la misma pasión y ningún mal gesto, todo un lujo.
Ya tuve oportunidad de trabajar con él durante varios años, años muy tensos en que conseguimos hacer equipo a pesar de que nuestra juventud y las circunstancias hacían complicado conseguir los objetivos que la empresa nos solicitaba.
En este mundo actual donde a la gente se le hace un mundo cualquier mínimo reto, es un placer haber podido compartir una experiencia profesional y personal tan intensa con un tipo resuelto, simpático, dinámico y resolutivo.
Saber estar para defender la fábrica con argumentos sólidos y para tomarse las cervezas con los nativos de Indonesia o Corea, y hacerlo todo con la misma pasión y ningún mal gesto, todo un lujo.
sábado, octubre 30, 2010
Imágenes
A punto de terminar mi periplo asiático, las imágenes retenidas se repetirán de por vida.
Si algo retendré, sin duda, son los arrabales de Yakarta.
Pasarán los años y en el recuerdo quedarán los pescados vivos cortados delante de nosotros en el puerto coreano de Pusán, las niñas rebeldes del Tokio más cosmopolita, los prostíbulos de Bangkok, las megalópolis de nuevos ricos chinas, el caos de tráfico indonesio, los niños yendo descalzos a clase en India.
Pero habremos integrado sin duda mucho más.
La potencia de un continente que no se puede simplificar ni reducir ni homogeneizar.
Hay algunas teorías baratas que me puedo plantear, como pensar que los que menos colonizados han estado son los que mejor han orientado su futuro.
En Asia se resumen todas las grandezas y miserias del ser humano. Hemos vivido momentos de tanta dulzura y tanta tensión, que todo me lleva a pensar que no hay que definir tanto a los pueblos sino dejarse llevar por las personas.
No tengo el derecho a clasificar como maleducados a los indios o como entrañables a los tailandeses, aunque lo piense. Ni cuadriculados a los japoneses o laboriosos a los coreanos. No puedo ni quiero retener a los chinos como impersonales, aunque sea China el país que menos me haya llamado la atención.
Pero me quedo con los arrabales de Indonesia. La lluvia cayendo fuerte, los coches pasando entre motociclistas suicidas, las casas y chabolas de madera entre una vegetación arrolladora... entre miradas perdidas de personas sin futuro.
Mi pensamiento, para siempre, con los arrabales de Yakarta.
Si algo retendré, sin duda, son los arrabales de Yakarta.
Pasarán los años y en el recuerdo quedarán los pescados vivos cortados delante de nosotros en el puerto coreano de Pusán, las niñas rebeldes del Tokio más cosmopolita, los prostíbulos de Bangkok, las megalópolis de nuevos ricos chinas, el caos de tráfico indonesio, los niños yendo descalzos a clase en India.
Pero habremos integrado sin duda mucho más.
La potencia de un continente que no se puede simplificar ni reducir ni homogeneizar.
Hay algunas teorías baratas que me puedo plantear, como pensar que los que menos colonizados han estado son los que mejor han orientado su futuro.
En Asia se resumen todas las grandezas y miserias del ser humano. Hemos vivido momentos de tanta dulzura y tanta tensión, que todo me lleva a pensar que no hay que definir tanto a los pueblos sino dejarse llevar por las personas.
No tengo el derecho a clasificar como maleducados a los indios o como entrañables a los tailandeses, aunque lo piense. Ni cuadriculados a los japoneses o laboriosos a los coreanos. No puedo ni quiero retener a los chinos como impersonales, aunque sea China el país que menos me haya llamado la atención.
Pero me quedo con los arrabales de Indonesia. La lluvia cayendo fuerte, los coches pasando entre motociclistas suicidas, las casas y chabolas de madera entre una vegetación arrolladora... entre miradas perdidas de personas sin futuro.
Mi pensamiento, para siempre, con los arrabales de Yakarta.
viernes, octubre 29, 2010
La columna
La inmensidad, hablan de 16 millones de habitantes, y el caos de Chennai, en la India, nos hizo contratar un circuito de 3 horas con chófer para hacernos con las distancias de la ciudad y visitar sus puntos más emblemáticos.
Tras pasearnos por su inmensa playa de arena fina, con barcas de pescadores, mucha suciedad y un mar infestado de tiburones, visitamos el fuerte montado hace siglos por los ingleses y la basílica de Santo Tomás, donde aparentemente está enterrado el santo, antes de llegar al fastuoso templo indú de Parthasarati...
Impresionado por su contundencia, en pirámides de piedra labradas con personajes minuciosamente perfilados que dan entrada al visitante, nos recibieron parias desaliñados, niñas que se hacían fotos con nosotros y viejas que nos untaban de polvo rojo el entrecejo. En los exteriores de cemento, tiendecitas vendiendo velas y flores para el templo, mujeres tiradas por el suelo y viejos famélicos pidiendo de comer.
A gritos me expulsaron cuando vieron que entré con zapatos. Me descalcé y volvieron a decirme que no, al llevar los zapatos en la mano.
Es un templo del siglo VIII, descuidado pero impactante, terrorífico diría yo. Multitud de pasadizos se hacen remolinos en su interior y no sabes hasta qué punto estás participando en un sacrilegio.
Los fieles entraban por diversas puertas, presenciaban a lo que deberían ser santones con falda blanca que, introducidos en pequeñas capillas doradas, los atraían hacia sí. Yo no entendía nada. Había quien se untaba con polvo amarillo colocado sobre las paredes, quien se tumbaba en el suelo, quien daba vueltas a una de las múltiples columnas negras, con personajes casi-aztecas labrados sobre ellas, siempre en el sentido de las agujas del reloj.
Me cogieron haciendo una foto y volvieron a gritarme.
Intenté salir, y de nuevo bronca.
Según dedujo Pablo, estábamos girando en el sentido contrario. Los giros sobre la columna, dentro del propio templo, alrededor de cada fuente... eran siguiendo las agujas del reloj. Incluso una maqueta del templo representaba a todos los muñequitos girando en el mismo sentido.
Hoy hemos salido tan tarde de trabajar que sólo nos apetecía una cerveza. Hemos cenado en el restaurante del hotel comida india, tratando de que no fuera tan picante como la de ayer. Arroz con yogur y patatas con especias, muy rico.
Luego hemos ido a la discoteca del mismo hotel donde nos hospedamos. Según dicen las guías el mejor night-club de la ciudad. Un local que cierra a las once y media de la noche y es considerado el mejor garito de una metrópolis de 16 millones de habitantes. Y pareciera que estábamos en la discoteca de Cazalla de la Sierra.
Es un país difícil para un europeo. Tanta pobreza ¡duele tanto!
Mirábamos, con un gintónic en la mano, a la gente bailar, tan torpe... apurando los cinco minutos hasta el cierre del mejor night-club de Chennai, que Pablo sentenció:
'No me extraña que le anden dando vueltas a una columna'
Y es que no encontramos ciudad más triste y aburrida que Chennai.
Tristeza y aburrimiento para dos occidentales que no olvidarán la miseria de las calles de la India.
Tras pasearnos por su inmensa playa de arena fina, con barcas de pescadores, mucha suciedad y un mar infestado de tiburones, visitamos el fuerte montado hace siglos por los ingleses y la basílica de Santo Tomás, donde aparentemente está enterrado el santo, antes de llegar al fastuoso templo indú de Parthasarati...
Impresionado por su contundencia, en pirámides de piedra labradas con personajes minuciosamente perfilados que dan entrada al visitante, nos recibieron parias desaliñados, niñas que se hacían fotos con nosotros y viejas que nos untaban de polvo rojo el entrecejo. En los exteriores de cemento, tiendecitas vendiendo velas y flores para el templo, mujeres tiradas por el suelo y viejos famélicos pidiendo de comer.
A gritos me expulsaron cuando vieron que entré con zapatos. Me descalcé y volvieron a decirme que no, al llevar los zapatos en la mano.
Es un templo del siglo VIII, descuidado pero impactante, terrorífico diría yo. Multitud de pasadizos se hacen remolinos en su interior y no sabes hasta qué punto estás participando en un sacrilegio.
Los fieles entraban por diversas puertas, presenciaban a lo que deberían ser santones con falda blanca que, introducidos en pequeñas capillas doradas, los atraían hacia sí. Yo no entendía nada. Había quien se untaba con polvo amarillo colocado sobre las paredes, quien se tumbaba en el suelo, quien daba vueltas a una de las múltiples columnas negras, con personajes casi-aztecas labrados sobre ellas, siempre en el sentido de las agujas del reloj.
Me cogieron haciendo una foto y volvieron a gritarme.
Intenté salir, y de nuevo bronca.
Según dedujo Pablo, estábamos girando en el sentido contrario. Los giros sobre la columna, dentro del propio templo, alrededor de cada fuente... eran siguiendo las agujas del reloj. Incluso una maqueta del templo representaba a todos los muñequitos girando en el mismo sentido.
Hoy hemos salido tan tarde de trabajar que sólo nos apetecía una cerveza. Hemos cenado en el restaurante del hotel comida india, tratando de que no fuera tan picante como la de ayer. Arroz con yogur y patatas con especias, muy rico.
Luego hemos ido a la discoteca del mismo hotel donde nos hospedamos. Según dicen las guías el mejor night-club de la ciudad. Un local que cierra a las once y media de la noche y es considerado el mejor garito de una metrópolis de 16 millones de habitantes. Y pareciera que estábamos en la discoteca de Cazalla de la Sierra.
Es un país difícil para un europeo. Tanta pobreza ¡duele tanto!
Mirábamos, con un gintónic en la mano, a la gente bailar, tan torpe... apurando los cinco minutos hasta el cierre del mejor night-club de Chennai, que Pablo sentenció:
'No me extraña que le anden dando vueltas a una columna'
Y es que no encontramos ciudad más triste y aburrida que Chennai.
Tristeza y aburrimiento para dos occidentales que no olvidarán la miseria de las calles de la India.
jueves, octubre 28, 2010
India
El golpe brutal con la India ya lo comencé a recibir antes de pisar por primera vez su suelo. En el aeropuerto de Bangkok, esperando mi turno para el control de Inmigración, cuando yo era el primero de la cola, vi que un indio con gafas de sol y lleno de sortijas de oro se me colaba sin tan siquiera pedirme el favor. Pensé que perdería el vuelo... En la fila de embarque, cuando nos dirigieron al autobús para tomar el avión de la Thailand Airlines, los indios me pegaron empujones hasta en el carnet de identidad. Ya en el avión, eso parecía un manicomio. Todos haciéndose fotos sin atender a las peticiones de las azafatas para que dejaran los pasillos libres. Para cuando el avión ya había aterrizado, un azafato tailandés nos había explicado que temían los vuelos a la India por el cliente de ese país. La Thai da alcohol gratis a sus pasajeros con las comidas, y los indios tienen, según nos decía, muy restringido el acceso al alcohol en su país -por precios, por disponibilidad y por limitación de horarios de consumo-. Así que se montan en el avión y todo es Jauja. Cuando el avión aterrizó, aún iba circulando por la pista y medio pasaje -los indios- estaban de un lado para otro abriendo los compartimentos y hablando por el móvil. Las azafatas tailandesas, tan exquisitas, se miraban azoradas.
La llegada al aeropuerto no fue menos. Todos son gritos. No hay sutileza en el indio medio. Salíamos del país de las sonrisas para entrar en el de los gritos categóricos.
Conseguimos negociar un taxi con prepago, ya que daba miedo salir a la marabunta que esperaba al otro lado de la barrera. El taxi era de película de miedo. El conductor iba descalzo entre charcos cargando nuestras maletas. Como no podía cerrar el maletero decidió que fuéramos con éste abierto. '¡No, no, no!'. Cogí mi maleta y la coloqué en el asiento delantero. Me introduje alterado en mi asiento y cuando fui a cerrar la puerta, no tenía soporte del que tirar. Quisé abrir la ventana para empujar desde fuera, y tampoco había elevalunas. Le grité para que me cerrara desde fuera. Empecé, en poco tiempo, a abducirme por el mundo de los gritos categóricos.
El trayecto al hotel fue espectacular. Las casas o chabolas rodean al propio aeropuerto, casi que nacen con él. Todos son pitos, carreras, adelantamientos impensables en Europa. Y sí, en la India hay vacas caminando tan tranquilas por esas calles de locos.
El hotel, recomendado por Nissan, era de espanto. Empezaron a picarnos mosquitos en el mismo salón central del hotel y, tras haber decidido no tomarlas en Indonesia, subí a la habitación a coger las pastillas contra la malaria y el spray antimosquitos. Pablo me llamó para decirme que no podía tomarse una cerveza, que sólo se podía pedir desde la habitación. Yo se la pedí, bajé con ella y con las pastillas del paludismo. Me acerqué a la barra para pedir que me abriesen la cerveza y el camarero me gritó que allí no se servían cervezas, que la pidiera en mi habitación.
'¡Eso es lo que acabo de hacer!¡Y no olvides que soy un cliente y no permito que nadie me grite así!'
Hemos cambiado de hotel.
La llegada al aeropuerto no fue menos. Todos son gritos. No hay sutileza en el indio medio. Salíamos del país de las sonrisas para entrar en el de los gritos categóricos.
Conseguimos negociar un taxi con prepago, ya que daba miedo salir a la marabunta que esperaba al otro lado de la barrera. El taxi era de película de miedo. El conductor iba descalzo entre charcos cargando nuestras maletas. Como no podía cerrar el maletero decidió que fuéramos con éste abierto. '¡No, no, no!'. Cogí mi maleta y la coloqué en el asiento delantero. Me introduje alterado en mi asiento y cuando fui a cerrar la puerta, no tenía soporte del que tirar. Quisé abrir la ventana para empujar desde fuera, y tampoco había elevalunas. Le grité para que me cerrara desde fuera. Empecé, en poco tiempo, a abducirme por el mundo de los gritos categóricos.
El trayecto al hotel fue espectacular. Las casas o chabolas rodean al propio aeropuerto, casi que nacen con él. Todos son pitos, carreras, adelantamientos impensables en Europa. Y sí, en la India hay vacas caminando tan tranquilas por esas calles de locos.
El hotel, recomendado por Nissan, era de espanto. Empezaron a picarnos mosquitos en el mismo salón central del hotel y, tras haber decidido no tomarlas en Indonesia, subí a la habitación a coger las pastillas contra la malaria y el spray antimosquitos. Pablo me llamó para decirme que no podía tomarse una cerveza, que sólo se podía pedir desde la habitación. Yo se la pedí, bajé con ella y con las pastillas del paludismo. Me acerqué a la barra para pedir que me abriesen la cerveza y el camarero me gritó que allí no se servían cervezas, que la pidiera en mi habitación.
'¡Eso es lo que acabo de hacer!¡Y no olvides que soy un cliente y no permito que nadie me grite así!'
Hemos cambiado de hotel.
miércoles, octubre 27, 2010
Disfraces
Ya tuve la sensación el lunes, en la fábrica de Indonesia, cuando el gran jefe, que nos recibió en una sala de reuniones sin aire acondicionado y, vestido de gris, con la gorra de Nissan puesta, el sudor cayéndole por las patillas, el labio cortado, el bigote de pelos largos y la tez morena, nos preguntó acerca de los objetivos de nuestra visita de trabajo.
Mientras le explicaba en un pausado inglés acerca de nuestra organización, lo miraba viendo en él a alguien secuestrado en otras realidades que no le corresponderían de no haber contaminado tanto el mundo occidental a ese oriente tropical.
Al jefe de Nissan, de cara redonda, lo veía disfrazado de ejecutivo industrial en una escena que no podrían haber previsto sus antepasados.
Hoy en Tailandia he tenido la misma sensación. Viendo a los operarios con cara de retrato de Van Gogh vestidos de gris y atornillando las cajas de cambio a los motores, los he sentido desubicados.
Uno de los anfitriones que hemos tenido mientras visitábamos la fábrica, con sus andares casi bailarines, no dejaba de sonreír mientras nos contaba los entresijos de su proceso de producción.
Todos sonríen. En Tailandia todos sonríen. Incluso hay una proporción importante a la que, visto con los ojos de un europeo, casi se le ha ido la cabeza escuchándoles su risa constante y, aparentemente, sin sentido.
He tenido momentos de desconcentración estos días tropicales en que, hablándoles de cajas de cambio a los empleados de Nissan, he visto personas en otra esfera, con otras vidas secuestradas por un traje gris manchado de grasa.
Mientras le explicaba en un pausado inglés acerca de nuestra organización, lo miraba viendo en él a alguien secuestrado en otras realidades que no le corresponderían de no haber contaminado tanto el mundo occidental a ese oriente tropical.
Al jefe de Nissan, de cara redonda, lo veía disfrazado de ejecutivo industrial en una escena que no podrían haber previsto sus antepasados.
Hoy en Tailandia he tenido la misma sensación. Viendo a los operarios con cara de retrato de Van Gogh vestidos de gris y atornillando las cajas de cambio a los motores, los he sentido desubicados.
Uno de los anfitriones que hemos tenido mientras visitábamos la fábrica, con sus andares casi bailarines, no dejaba de sonreír mientras nos contaba los entresijos de su proceso de producción.
Todos sonríen. En Tailandia todos sonríen. Incluso hay una proporción importante a la que, visto con los ojos de un europeo, casi se le ha ido la cabeza escuchándoles su risa constante y, aparentemente, sin sentido.
He tenido momentos de desconcentración estos días tropicales en que, hablándoles de cajas de cambio a los empleados de Nissan, he visto personas en otra esfera, con otras vidas secuestradas por un traje gris manchado de grasa.
martes, octubre 26, 2010
Tailandia
Hoy hemos dejado atrás la caótica ciudad de Yakarta, en un despegue espectacular para la vista. Las costas estaban inundadas por la gran tempestad que vivimos ayer y al norte, conforme el avión ascendía, pudimos comprobar las paradisíacas islas que se extienden por el mar de Java.
Hubo un momento en que las nubes desaparecieron, y sólo quedaba un inmenso mar azul turquesa bajo nosotros. Tan turquesa que se confundía en el horizonte con el cielo. Por entonces saboreaba un gintónic de aperitivo y ese puntito de alcohol junto con la visión infinita de azul en todo el espacio inmediato, me hizo sentir que estaba en otra esfera, eterna y sin fronteras, donde no había norte ni sur ni coordenadas posibles. Todo rodeado de azul viajando hacia ninguna parte.
Tailandia también se nos ofreció con las costas inundadas y grandes campos anegados.
Los edificios y autopistas a vista de pájaro, el aeropuerto y el tren hasta el hotel, el metro intermedio, los edificios, la gente moviéndose y el tono de éstas al hablar implicaban un giro radical, positivo y no esperado, frente a su vecina y desordenada Indonesia.
Yo quería pasearme Bangkok toda la tarde oscura que nos quedaba por delante, pero Bangkok es otra megalópolis imposible de pasearse a pie. Tomamos un taxi que tuvimos que dejar, por el colapso de tráfico, aprovechando la aparición de un templo budista.
Un templo budista de barrio. Un martes cualquiera en la vida de esta ciudad, con los 'parroquianos' arremolinados quemando incienso, arrodillados, ausentes, escribiendo deseos en papel para ofrecerlos a Buda.
En Tailandia el poder religioso parece estar excesivamente valorado. Y eso no me agrada.
Frente a la espiritualidad, la carne y el desenfreno de Patong. Nos acercamos al barrio rojo, donde todo se nos ofrecía. Sin escrúpulos. Tomamos cervezas rodeados de mujeres que nos proponían una compañía interesada, de chavales enseñándonos catálogos de DVD pornos o entradas para espectáculos similares en locales que aparecían cutres.
Pero nosotros queríamos una tranquila cena tailandesa. Encontramos el lugar. Allí llegaron cuatro asturianos recién llegados de vacaciones. Nos invitaron a una copa de Marqués de Cáceres que traían en la mochila y entablamos una conversación deliciosa.
Entonces una de ellas, al explicarles el objetivo de nuestro viaje, nos preguntó por Roberto Ruiz, amigo íntimo de ella que trabaja en nuestra fábrica.
Te vas al otro lugar del mundo y, en la mesa de al lado, hay alguien cercano a ti.
Hubo un momento en que las nubes desaparecieron, y sólo quedaba un inmenso mar azul turquesa bajo nosotros. Tan turquesa que se confundía en el horizonte con el cielo. Por entonces saboreaba un gintónic de aperitivo y ese puntito de alcohol junto con la visión infinita de azul en todo el espacio inmediato, me hizo sentir que estaba en otra esfera, eterna y sin fronteras, donde no había norte ni sur ni coordenadas posibles. Todo rodeado de azul viajando hacia ninguna parte.
Tailandia también se nos ofreció con las costas inundadas y grandes campos anegados.
Los edificios y autopistas a vista de pájaro, el aeropuerto y el tren hasta el hotel, el metro intermedio, los edificios, la gente moviéndose y el tono de éstas al hablar implicaban un giro radical, positivo y no esperado, frente a su vecina y desordenada Indonesia.
Yo quería pasearme Bangkok toda la tarde oscura que nos quedaba por delante, pero Bangkok es otra megalópolis imposible de pasearse a pie. Tomamos un taxi que tuvimos que dejar, por el colapso de tráfico, aprovechando la aparición de un templo budista.
Un templo budista de barrio. Un martes cualquiera en la vida de esta ciudad, con los 'parroquianos' arremolinados quemando incienso, arrodillados, ausentes, escribiendo deseos en papel para ofrecerlos a Buda.
En Tailandia el poder religioso parece estar excesivamente valorado. Y eso no me agrada.
Frente a la espiritualidad, la carne y el desenfreno de Patong. Nos acercamos al barrio rojo, donde todo se nos ofrecía. Sin escrúpulos. Tomamos cervezas rodeados de mujeres que nos proponían una compañía interesada, de chavales enseñándonos catálogos de DVD pornos o entradas para espectáculos similares en locales que aparecían cutres.
Pero nosotros queríamos una tranquila cena tailandesa. Encontramos el lugar. Allí llegaron cuatro asturianos recién llegados de vacaciones. Nos invitaron a una copa de Marqués de Cáceres que traían en la mochila y entablamos una conversación deliciosa.
Entonces una de ellas, al explicarles el objetivo de nuestro viaje, nos preguntó por Roberto Ruiz, amigo íntimo de ella que trabaja en nuestra fábrica.
Te vas al otro lugar del mundo y, en la mesa de al lado, hay alguien cercano a ti.
domingo, octubre 24, 2010
La jungla de Java
Entre Yakarta, al norte de la isla de Java, y Cimaya, justo al sur, hay unos 130 km.
Pablo es surfero, y ésta es una playa conocida en esta zona del planeta por sus buenas playas, olas y ambiente cosmopolita. Apetecía conocer el Índico y teníamos tiempo, así que no había mayor inconveniente para venirnos hacia acá después de desayunar.
Aunque la ruta parecía clara sobre el papel, si había alguna duda el GPS nos la iba a solucionar. Conducir por la izquierda no parecía un problema para él, así que yo me puse a las manos de copiloto, con el GPS por un lado, las instrucciones del Google Maps por otro y la cámara de fotos para retratar a la sociedad indonesia, los paisajes selváticos y volcánicos…
Salimos a las once de la mañana.
Salir de Yakarta es en sí toda una aventura. De hecho nunca sabes si has salido, porque la carretera siempre tiene casas alrededor.
Todos los tipos posibles te los encuentras en ese recorrido, en un ambiente primordialmente de miseria que parece ser vivido con alegría por sus habitantes.
En Indonesia deben estar el 75% de las motocicletas existentes en el planeta. Hay motos por todos lados, que se meten por tu derecha, tu izquierda, con conductores que deben ser de goma porque es imposible no haber tenido un accidente a la semana conduciendo una moto por Indonesia.
Cuando llevábamos dos horas de trayecto, ¡aún no teníamos claro si seguíamos en Yakarta! Los atascos, los cruces, las calles que existían en el GPS y no en realidad, las que aparecían y estaban destrozadas por un agujero similar al que provocaría un mortero…
Poco a poco el paisaje se vuelve montañoso. Verde de jungla.
Paramos varias veces a tomar una cerveza, pero… sólo ‘soft drinks’. Da la sensación que cuanto más rural más musulmán se vuelve el pueblo indonesio. Aunque sin radicalismos, en lo que pudimos ver.
Encontramos por fin un extraño hotel de carretera con vistas impresionantes a un inmenso volcán, donde fueron a buscarnos una cerveza (tampoco tenían). Nos la tomamos respirando el aire selvático de la montaña.
Seguimos camino de Cimaja. Ya llevábamos tres horas de carretera.
Nos cayó entonces una intensa lluvia tropical.
Si había caos en seco, éste se acentuaba con el barro, las prisas apartándose del temporal. Motos por todos lados que no se sabía para dónde iban ni de dónde venían. Daba la impresión que ni sus conductores lo tenían claro, como si hubiesen salido al decorado de esa jungla para volvernos locos.
El GPS nos llevaba por caminos de cabras. Hasta en cuatro ocasiones tuvimos que deshacer el camino andado, teniendo cuidado de no atropellar a los niños que se arremolinaban por todas partes.
A las cinco y media de la tarde, seis horas y media después, conseguimos llegar a una deliciosa playa a 130 km de Yakarta.
Una cerveza bien fría y una sonrisa indonesia nos hizo recordar que estábamos en la isla de Java, a orillas del Índico y que habíamos penetrado sus paisajes sin escrúpulos.
Pablo es surfero, y ésta es una playa conocida en esta zona del planeta por sus buenas playas, olas y ambiente cosmopolita. Apetecía conocer el Índico y teníamos tiempo, así que no había mayor inconveniente para venirnos hacia acá después de desayunar.
Aunque la ruta parecía clara sobre el papel, si había alguna duda el GPS nos la iba a solucionar. Conducir por la izquierda no parecía un problema para él, así que yo me puse a las manos de copiloto, con el GPS por un lado, las instrucciones del Google Maps por otro y la cámara de fotos para retratar a la sociedad indonesia, los paisajes selváticos y volcánicos…
Salimos a las once de la mañana.
Salir de Yakarta es en sí toda una aventura. De hecho nunca sabes si has salido, porque la carretera siempre tiene casas alrededor.
Todos los tipos posibles te los encuentras en ese recorrido, en un ambiente primordialmente de miseria que parece ser vivido con alegría por sus habitantes.
En Indonesia deben estar el 75% de las motocicletas existentes en el planeta. Hay motos por todos lados, que se meten por tu derecha, tu izquierda, con conductores que deben ser de goma porque es imposible no haber tenido un accidente a la semana conduciendo una moto por Indonesia.
Cuando llevábamos dos horas de trayecto, ¡aún no teníamos claro si seguíamos en Yakarta! Los atascos, los cruces, las calles que existían en el GPS y no en realidad, las que aparecían y estaban destrozadas por un agujero similar al que provocaría un mortero…
Poco a poco el paisaje se vuelve montañoso. Verde de jungla.
Paramos varias veces a tomar una cerveza, pero… sólo ‘soft drinks’. Da la sensación que cuanto más rural más musulmán se vuelve el pueblo indonesio. Aunque sin radicalismos, en lo que pudimos ver.
Encontramos por fin un extraño hotel de carretera con vistas impresionantes a un inmenso volcán, donde fueron a buscarnos una cerveza (tampoco tenían). Nos la tomamos respirando el aire selvático de la montaña.
Seguimos camino de Cimaja. Ya llevábamos tres horas de carretera.
Nos cayó entonces una intensa lluvia tropical.
Si había caos en seco, éste se acentuaba con el barro, las prisas apartándose del temporal. Motos por todos lados que no se sabía para dónde iban ni de dónde venían. Daba la impresión que ni sus conductores lo tenían claro, como si hubiesen salido al decorado de esa jungla para volvernos locos.
El GPS nos llevaba por caminos de cabras. Hasta en cuatro ocasiones tuvimos que deshacer el camino andado, teniendo cuidado de no atropellar a los niños que se arremolinaban por todas partes.
A las cinco y media de la tarde, seis horas y media después, conseguimos llegar a una deliciosa playa a 130 km de Yakarta.
Una cerveza bien fría y una sonrisa indonesia nos hizo recordar que estábamos en la isla de Java, a orillas del Índico y que habíamos penetrado sus paisajes sin escrúpulos.
sábado, octubre 23, 2010
Indonesia
Gracias a que hubo estación intermedia en China, el impacto al llegar a Indonesia no ha sido tan fuerte como si hubiésemos llegado directamente de Japón.
Es el único país donde tenemos vehículo de alquiler para desplazarnos y la salida del embarque del aeropuerto fue tumultuosa. Vi el letrero de Avis justo a veinte metros del desembarque y lo único que faltó fue que me vitoreasen. Todas las diminutas oficinillas de madera me gritaban ofreciendo sus servicios. Diez segundos gloriosos hasta que vieron que me dirigí sin contemplaciones al de Avis.
Los dos oficinistas del rent a car parecían sacados de una parodia de Miami Vice. Con camisas tropicales -el bofetón de calor y humedad al descender del avión fue impactante-, compartiendo un cubículo de 1 metro cuadrado. Sin ordenador, con un catálogo roído y grandes insectos circulando por el mostrador.
Cuando pedimos una copia del contrato nos miraron como si estuviéramos riéndonos de ellos. Tras insistir, uno salió con el papel en busca de una fotocopiadora. Llegó diez minutos después. Al otro le pedimos un mapa y empezó a revolver entre los tres cajones que tenía llenos de papeles. ¿A quién se le ocurre venir a un alquiler de coches a pedir un mapa de carreteras?, se preguntarían.
Finalmente venía la explicación del GPS. Ninguno se ponía de acuerdo en cómo utilizarlo, así que prefirieron hacerlo sobre el diminuto mapa que al final encontraron, al que llenaron de puentes, cruces y letreros a boli casi contradictorios con el plano oficial.
Lo que se les olvidó fue activar la señal del GPS y, ya bien entrada la noche, Pablo y yo nos dirigimos a Yakarta pensando que lo que nos indicaba el GPS era real, y no una simulación.
Así que, visto que no entrábamos nunca en Yakarta, nos salimos de la autopista, sin saber que entrábamos en el submundo de los arrabales paupérrimos de la metrópolis. Estar tan cansados y haber leído que el país es seguro nos hizo no sentir pánico, sino observar desde nuestro coche las diminutas callejuelas con casas de cartón y montañas de basura del Tercer Mundo, como ejemplo claro de lo que nunca debemos olvidar, que somos unos privilegiados.
Mientras Pablo preguntaba yo conseguí entrar en los parámetros del GPS de la señorita Pepis para colocar la señal en 'ON'.
Conseguimos, entonces, entrar en la ciudad más militarizada que yo haya conocido nunca.
Es el único país donde tenemos vehículo de alquiler para desplazarnos y la salida del embarque del aeropuerto fue tumultuosa. Vi el letrero de Avis justo a veinte metros del desembarque y lo único que faltó fue que me vitoreasen. Todas las diminutas oficinillas de madera me gritaban ofreciendo sus servicios. Diez segundos gloriosos hasta que vieron que me dirigí sin contemplaciones al de Avis.
Los dos oficinistas del rent a car parecían sacados de una parodia de Miami Vice. Con camisas tropicales -el bofetón de calor y humedad al descender del avión fue impactante-, compartiendo un cubículo de 1 metro cuadrado. Sin ordenador, con un catálogo roído y grandes insectos circulando por el mostrador.
Cuando pedimos una copia del contrato nos miraron como si estuviéramos riéndonos de ellos. Tras insistir, uno salió con el papel en busca de una fotocopiadora. Llegó diez minutos después. Al otro le pedimos un mapa y empezó a revolver entre los tres cajones que tenía llenos de papeles. ¿A quién se le ocurre venir a un alquiler de coches a pedir un mapa de carreteras?, se preguntarían.
Finalmente venía la explicación del GPS. Ninguno se ponía de acuerdo en cómo utilizarlo, así que prefirieron hacerlo sobre el diminuto mapa que al final encontraron, al que llenaron de puentes, cruces y letreros a boli casi contradictorios con el plano oficial.
Lo que se les olvidó fue activar la señal del GPS y, ya bien entrada la noche, Pablo y yo nos dirigimos a Yakarta pensando que lo que nos indicaba el GPS era real, y no una simulación.
Así que, visto que no entrábamos nunca en Yakarta, nos salimos de la autopista, sin saber que entrábamos en el submundo de los arrabales paupérrimos de la metrópolis. Estar tan cansados y haber leído que el país es seguro nos hizo no sentir pánico, sino observar desde nuestro coche las diminutas callejuelas con casas de cartón y montañas de basura del Tercer Mundo, como ejemplo claro de lo que nunca debemos olvidar, que somos unos privilegiados.
Mientras Pablo preguntaba yo conseguí entrar en los parámetros del GPS de la señorita Pepis para colocar la señal en 'ON'.
Conseguimos, entonces, entrar en la ciudad más militarizada que yo haya conocido nunca.
viernes, octubre 22, 2010
Desajustes
En las páginas que habíamos impreso sacadas de internet para conocer un poco la historia, recomendaciones e informaciones básicas de Guangzhou (Cantón) se nos explicaba que había dos líneas de metro y la tercera en construcción.
Cuando solicitamos ayer, al llegar al hotel tras el trabajo, un plano de la ciudad, aparecía una red de metro con cinco líneas.
Tras explicarnos el conserje del metro cómo llegar a la estación más cercana, comprobamos que había al menos dos líneas más de las que estaban reflejadas en el folleto del hotel, que no tenía pinta de haber sido editado mucho tiempo atrás.
Tomamos el metro para ir a Beijing lu (la calle Pekín), arteria comercial de la ciudad. Impecable, inmenso, casi oliendo a recién hecho, todas las pantallas táctiles, informatizado al máximo, tomamos un par de líneas para llegar allí.
Pablo se dejó secuestrar para comprar ropa en el 'fake market', el mercado de lo falso. Yo tenía ganas de un paseo y una cerveza a solas.
Se me acercaban mujeres, me hablaban en chino, me abrían el bolso y me sacaban folletos de relojes: 'guáshe, guáshe', o de pantalones, o de joyas... Un chavalito se acercó con una navaja y unos zapatos. Antes de que me diera cuenta le rajó por la mitad la suela, sacó un pegamento mágico y volvió a pegarla. Con cara de estreñimiento apretó y apretó, luego me pasó el zapato. Yo pasé del tema, porque, en caso contrario, tenía a este chino para rato; pero el pegamento debía ser impresionante. Artilugios que se lanzaban al aire, aparatos para masajearte, cacerolas para hervir no sé qué masa de no se qué comida. Pero de bar, nada. Un simple bar con una simple cerveza.
Recorrí las calles adyacentes en busca de algún sitio relajado, de algún templo budista, de edificios que visitar... No los encontré. Tras esperar hora y media a Pablo, decidí cenar en el hotel.
A esta generación china le faltan, a mi entender, al menos dos generaciones para pasar a disfrutar la ciudad nueva, infraestructuras y riquezas que les están plantando como setas a su alrededor.
Vengo de un Japón donde la gente se ha hecho a sí misma y la sofisticación y el buen hacer han venido naciendo con el pueblo.
Aquí, en China, tienes la sensación de viajar en metro con personas iletradas que están desbordadas por tanto desarrollo. Seguramente me equivoque.
Pregunté en la fábrica cuánto ganaba un operario de la línea. Me dijeron 3000 yuanes (400 euros). Pensé que ganarían menos. Aún así, todo este mundo de consumismo acelerado que le están edificando por todos lados puede acabar desajustándoles.
Desajustando a una sociedad entera, currante y despistada.
Cuando solicitamos ayer, al llegar al hotel tras el trabajo, un plano de la ciudad, aparecía una red de metro con cinco líneas.
Tras explicarnos el conserje del metro cómo llegar a la estación más cercana, comprobamos que había al menos dos líneas más de las que estaban reflejadas en el folleto del hotel, que no tenía pinta de haber sido editado mucho tiempo atrás.
Tomamos el metro para ir a Beijing lu (la calle Pekín), arteria comercial de la ciudad. Impecable, inmenso, casi oliendo a recién hecho, todas las pantallas táctiles, informatizado al máximo, tomamos un par de líneas para llegar allí.
Pablo se dejó secuestrar para comprar ropa en el 'fake market', el mercado de lo falso. Yo tenía ganas de un paseo y una cerveza a solas.
Se me acercaban mujeres, me hablaban en chino, me abrían el bolso y me sacaban folletos de relojes: 'guáshe, guáshe', o de pantalones, o de joyas... Un chavalito se acercó con una navaja y unos zapatos. Antes de que me diera cuenta le rajó por la mitad la suela, sacó un pegamento mágico y volvió a pegarla. Con cara de estreñimiento apretó y apretó, luego me pasó el zapato. Yo pasé del tema, porque, en caso contrario, tenía a este chino para rato; pero el pegamento debía ser impresionante. Artilugios que se lanzaban al aire, aparatos para masajearte, cacerolas para hervir no sé qué masa de no se qué comida. Pero de bar, nada. Un simple bar con una simple cerveza.
Recorrí las calles adyacentes en busca de algún sitio relajado, de algún templo budista, de edificios que visitar... No los encontré. Tras esperar hora y media a Pablo, decidí cenar en el hotel.
A esta generación china le faltan, a mi entender, al menos dos generaciones para pasar a disfrutar la ciudad nueva, infraestructuras y riquezas que les están plantando como setas a su alrededor.
Vengo de un Japón donde la gente se ha hecho a sí misma y la sofisticación y el buen hacer han venido naciendo con el pueblo.
Aquí, en China, tienes la sensación de viajar en metro con personas iletradas que están desbordadas por tanto desarrollo. Seguramente me equivoque.
Pregunté en la fábrica cuánto ganaba un operario de la línea. Me dijeron 3000 yuanes (400 euros). Pensé que ganarían menos. Aún así, todo este mundo de consumismo acelerado que le están edificando por todos lados puede acabar desajustándoles.
Desajustando a una sociedad entera, currante y despistada.
jueves, octubre 21, 2010
China
Tomé ventana en el avión de Tokio a Cantón, pero las nubes ocupaban todo el espacio en las cuatro horas y media de vuelo.
Mis primeras impresiones en el gigantesco aeropuerto cantonés fueron negativas. Un adolescente limpiando el baño del aeropuerto, empujones inimaginables en Japón para recoger las maletas, una desagradable banquera para cambiarme euros en yuanes…
Pero el mayor choque fue el taxista. Pablo ya me había advertido, pero aluciné con los gritos que nos pegaba regateando el precio del trayecto al hotel, mientras circulaba como un ciclón por la autopista. Con un inglés que recordaba a Chiquito de la Calzada, ‘hoteeeeeeeellllllllrrrrrrrr’, nos pasaba el móvil con la calculadora y la foto de su novia para ir negociando el precio. Chillando como si le fuera la vida en ello.
Cuando ya habíamos llegado al acuerdo de pagarle 180 yuanes (unos veinte euros) nos preguntó si éramos chinos (¿?). No, ‘we are from Spain’.
Entonces nos cantó un pasodoble.
Entrar en Cantón para alguien que no ha pisado China es espectacular. Los primeros bloques de edificios te los encuentras rodeados en sus filos por tubos fluorescentes que van cambiando de color, como ésos que te ofrecen los chinos cuando entran en los bares de Sevilla y tú te planteas, ¿quién puede querer comprar algo así?
El caso es que cuando te vas adentrando en la ciudad, te vas asustando.
Porque es impresionante lo que te encuentras. Rascacielos espectaculares, avenidas de cinco carriles, centros comerciales descomunales (¡en un país comunista!). Escaparates de Cartier, Dior… ¿Qué es esto?, ¿ésta es la China de salarios de 50 euros que nos han vendido?
Me bastó ese recorrido de una hora en taxi para comprender la enorme, desorbitada y espeluznante potencia de China. El gran prestamista del mundo, el que crece un 10% anual, la patria de 1300 millones de personas.
Te sientes diminuto.
Nos fuimos a cenar a la isla de Shaiman (creo que se escribe así) para calmar tanta excitación. Yo me pedí brochetas de pollo satay, Pablo medio kilo de serpiente frita. Yo decidí probar la serpiente para poder contarlo y fardar. Cuando llegó el plato parecían chocos fritos. El problema es que Pablo la probó antes que yo y, con cara de susto, gritó:
-¡Tienen hueso!
Le di un bocado con los ojos cerrados, puagggg, y me tragué un vaso entero de cerveza.
Mis primeras impresiones en el gigantesco aeropuerto cantonés fueron negativas. Un adolescente limpiando el baño del aeropuerto, empujones inimaginables en Japón para recoger las maletas, una desagradable banquera para cambiarme euros en yuanes…
Pero el mayor choque fue el taxista. Pablo ya me había advertido, pero aluciné con los gritos que nos pegaba regateando el precio del trayecto al hotel, mientras circulaba como un ciclón por la autopista. Con un inglés que recordaba a Chiquito de la Calzada, ‘hoteeeeeeeellllllllrrrrrrrr’, nos pasaba el móvil con la calculadora y la foto de su novia para ir negociando el precio. Chillando como si le fuera la vida en ello.
Cuando ya habíamos llegado al acuerdo de pagarle 180 yuanes (unos veinte euros) nos preguntó si éramos chinos (¿?). No, ‘we are from Spain’.
Entonces nos cantó un pasodoble.
Entrar en Cantón para alguien que no ha pisado China es espectacular. Los primeros bloques de edificios te los encuentras rodeados en sus filos por tubos fluorescentes que van cambiando de color, como ésos que te ofrecen los chinos cuando entran en los bares de Sevilla y tú te planteas, ¿quién puede querer comprar algo así?
El caso es que cuando te vas adentrando en la ciudad, te vas asustando.
Porque es impresionante lo que te encuentras. Rascacielos espectaculares, avenidas de cinco carriles, centros comerciales descomunales (¡en un país comunista!). Escaparates de Cartier, Dior… ¿Qué es esto?, ¿ésta es la China de salarios de 50 euros que nos han vendido?
Me bastó ese recorrido de una hora en taxi para comprender la enorme, desorbitada y espeluznante potencia de China. El gran prestamista del mundo, el que crece un 10% anual, la patria de 1300 millones de personas.
Te sientes diminuto.
Nos fuimos a cenar a la isla de Shaiman (creo que se escribe así) para calmar tanta excitación. Yo me pedí brochetas de pollo satay, Pablo medio kilo de serpiente frita. Yo decidí probar la serpiente para poder contarlo y fardar. Cuando llegó el plato parecían chocos fritos. El problema es que Pablo la probó antes que yo y, con cara de susto, gritó:
-¡Tienen hueso!
Le di un bocado con los ojos cerrados, puagggg, y me tragué un vaso entero de cerveza.
martes, octubre 19, 2010
May be
Los japoneses, cuando hablan en inglés, sólo tienen dos respuestas categóricas posibles: 'yes' o 'may be'.
No sé en qué fase de su historia anterior obviaron el 'no', pero es cierto que resulta muy difícil escuchárselo.
Tuvimos hoy un momento en el trabajo, cuando visitábamos el impresionante Centro Tecnológico de Nissan, en las afueras de Yokohama, en que solicitamos a nuestros anfitriones hacernos una foto conjunta. Serviría para dar notoriedad a este encuentro entre una fábrica de Renault y la Central de Nissan.
Había un problema, en ese recinto no se podían hacer fotos.
Yo les expliqué que era simplemente un detalle para poder comunicar a Renault España nuestra visita. No era necesario mostrar las instalaciones, ni el edificio. Simplemente en la Sala de Reuniones donde nos encontrábamos, contra una pared en blanco. Incluso la foto podían hacerla ellos y enviarnos la copia que considerasen oportuna.
-¿Es posible? -pregunté.
-May be -respondieron.
Moviéndose azorados los seis ingenieros que nos rodeaban, conocidos en Sevilla por su reputación como personas preparadísimas en su oficio, se preguntaban incómodos cómo hacer para dar satisfacción a nuestro simple requerimiento. Una foto tras horas de trabajo.
-Está prohibido en todo el recinto -insistieron.
-No hace falta que sea dentro del recinto -respondí-. En el exterior, apuntando hacia afuera, es una simple foto para recordar la jornada de trabajo. ¿Es posible?
-May be...
No sé en qué fase de su historia anterior obviaron el 'no', pero es cierto que resulta muy difícil escuchárselo.
Tuvimos hoy un momento en el trabajo, cuando visitábamos el impresionante Centro Tecnológico de Nissan, en las afueras de Yokohama, en que solicitamos a nuestros anfitriones hacernos una foto conjunta. Serviría para dar notoriedad a este encuentro entre una fábrica de Renault y la Central de Nissan.
Había un problema, en ese recinto no se podían hacer fotos.
Yo les expliqué que era simplemente un detalle para poder comunicar a Renault España nuestra visita. No era necesario mostrar las instalaciones, ni el edificio. Simplemente en la Sala de Reuniones donde nos encontrábamos, contra una pared en blanco. Incluso la foto podían hacerla ellos y enviarnos la copia que considerasen oportuna.
-¿Es posible? -pregunté.
-May be -respondieron.
Moviéndose azorados los seis ingenieros que nos rodeaban, conocidos en Sevilla por su reputación como personas preparadísimas en su oficio, se preguntaban incómodos cómo hacer para dar satisfacción a nuestro simple requerimiento. Una foto tras horas de trabajo.
-Está prohibido en todo el recinto -insistieron.
-No hace falta que sea dentro del recinto -respondí-. En el exterior, apuntando hacia afuera, es una simple foto para recordar la jornada de trabajo. ¿Es posible?
-May be...
lunes, octubre 18, 2010
Contrastes
Tras una desaforada y divertidísima noche tokiota de sábado, en que queríamos acaparar más de lo que nos era posible, comenzamos un domingo nublado, con resaca y temperatura perfecta.
Lo que se presentía como un día de reposo se convirtió en un espectáculo perfecto para los sentidos que nos ofrecía todo un retrato del alma de Japón.
Habíamos desechado desembarcar en Kyoto por el excesivo tiempo, dinero y esfuerzo que implicaba para apenas unas horas de luz. Decidimos visitar los jardines del Palacio Imperial para ir cogiendo cuerpo. Una delicia.
Las avenidas que lo rodeaban estaban cortadas al tráfico para permitir circular con tranquilidad a ciclistas, patinadores, corredores de footing, paseantes... A pesar de todo, los ciclistas y peatones seguían rigiéndose por las luces de los semáforos en unas avenidas sin coche. La fuerza de la costumbre.
Tanto aire limpio nos invitó a una cerveza, difícil de encontrar por sí sola. Son raros los bares puros, en que sólo se toma una cerveza por el placer de tomarla y charlar.
La noche anterior, una pareja de novios pijos nos invitó a visitar el santuario sintoísta de Menji, en el parque de Shibuya, así que mientras cerveceábamos nos pusimos a investigar cómo llegar. La guía nos alertaba que por esa zona, los domingos, las chicas rebeldes de Tokio, las autoexcluidas, marginadas en clase o de familias desestructuradas, las cosplay-zuku, se reunían junto al parque vestidas de forma exagerada de muñecas de porcelana, lolitas góticas, vampiresas posmodernas, alienadas y rompedoras.
Allí nos plantamos.
El espectáculo era impactante. Calles repletas de gente en un día que se había vuelto soleado entre las que no había ningún sentido del ridículo respecto a nada. Muchas caras de loco, poses estudiadas, colgados, ausentes, divertidos, relajados, reprimidos, dislocados, desafiantes.
Pablo quería fotos con todas, pero ellas huían falsamente de las cámaras.
Con la adrenalina de las niñas de Harajuky en el cuerpo nos introdujimos en el Parque para observar el Santuario sintoísta. Impactaba de golpe un bosque tan frondoso en pleno centro de la ciudad, con grandísimas puertas de madera que marcaban el sendero hacia el recinto religioso. Muchas mujeres en kimono que hacían presagiar lo más inesperado, asistir como espectadores de excepción a una boda por el rito sintoísta de una pareja de la alta burguesía de Tokio. Él parecía un samurái, ella una princesa blanca del siglo XXII. Les precedían varios monjes con varas de madera, les seguía otro con una gran sombrilla naranja y detrás, en filas de a dos, muy apretadas, las parejas invitadas a la ceremonia, cerrándola los militares. Todo en un profundo silencio, con más aires de luto que de boda.
Tras volver a Ginza y tropezarnos con mujeres maquilladísimas cargadas de bolsas de tiendas de lujo, fuimos a cenar a un restaurante junto al templo budista de Asakusa. Sushi distribuido en platos que caminaban por una cinta, con el precio dependiendo del color del plato y gritos de los camareros cada vez que... no me enteré cuál era el motivo de los gritos.
Terminamos en el gran templo. De Confucio a Buda. La noche era cerrada, caía una cierta niebla y una pareja, aparentemente de pueblo, se me acercó con la cámara de fotos. La fui a coger para retratarles frente al gran templo rojo, pero él no soltaba la cámara. Yo no entendía. Ella gritaba en japonés haciendo gorgoritos. Él seguía ofreciéndome la cámara.
No me querían como fotógrafo, sino hacerse una foto conmigo.
Lo que se presentía como un día de reposo se convirtió en un espectáculo perfecto para los sentidos que nos ofrecía todo un retrato del alma de Japón.
Habíamos desechado desembarcar en Kyoto por el excesivo tiempo, dinero y esfuerzo que implicaba para apenas unas horas de luz. Decidimos visitar los jardines del Palacio Imperial para ir cogiendo cuerpo. Una delicia.
Las avenidas que lo rodeaban estaban cortadas al tráfico para permitir circular con tranquilidad a ciclistas, patinadores, corredores de footing, paseantes... A pesar de todo, los ciclistas y peatones seguían rigiéndose por las luces de los semáforos en unas avenidas sin coche. La fuerza de la costumbre.
Tanto aire limpio nos invitó a una cerveza, difícil de encontrar por sí sola. Son raros los bares puros, en que sólo se toma una cerveza por el placer de tomarla y charlar.
La noche anterior, una pareja de novios pijos nos invitó a visitar el santuario sintoísta de Menji, en el parque de Shibuya, así que mientras cerveceábamos nos pusimos a investigar cómo llegar. La guía nos alertaba que por esa zona, los domingos, las chicas rebeldes de Tokio, las autoexcluidas, marginadas en clase o de familias desestructuradas, las cosplay-zuku, se reunían junto al parque vestidas de forma exagerada de muñecas de porcelana, lolitas góticas, vampiresas posmodernas, alienadas y rompedoras.
Allí nos plantamos.
El espectáculo era impactante. Calles repletas de gente en un día que se había vuelto soleado entre las que no había ningún sentido del ridículo respecto a nada. Muchas caras de loco, poses estudiadas, colgados, ausentes, divertidos, relajados, reprimidos, dislocados, desafiantes.
Pablo quería fotos con todas, pero ellas huían falsamente de las cámaras.
Con la adrenalina de las niñas de Harajuky en el cuerpo nos introdujimos en el Parque para observar el Santuario sintoísta. Impactaba de golpe un bosque tan frondoso en pleno centro de la ciudad, con grandísimas puertas de madera que marcaban el sendero hacia el recinto religioso. Muchas mujeres en kimono que hacían presagiar lo más inesperado, asistir como espectadores de excepción a una boda por el rito sintoísta de una pareja de la alta burguesía de Tokio. Él parecía un samurái, ella una princesa blanca del siglo XXII. Les precedían varios monjes con varas de madera, les seguía otro con una gran sombrilla naranja y detrás, en filas de a dos, muy apretadas, las parejas invitadas a la ceremonia, cerrándola los militares. Todo en un profundo silencio, con más aires de luto que de boda.
Tras volver a Ginza y tropezarnos con mujeres maquilladísimas cargadas de bolsas de tiendas de lujo, fuimos a cenar a un restaurante junto al templo budista de Asakusa. Sushi distribuido en platos que caminaban por una cinta, con el precio dependiendo del color del plato y gritos de los camareros cada vez que... no me enteré cuál era el motivo de los gritos.
Terminamos en el gran templo. De Confucio a Buda. La noche era cerrada, caía una cierta niebla y una pareja, aparentemente de pueblo, se me acercó con la cámara de fotos. La fui a coger para retratarles frente al gran templo rojo, pero él no soltaba la cámara. Yo no entendía. Ella gritaba en japonés haciendo gorgoritos. Él seguía ofreciéndome la cámara.
No me querían como fotógrafo, sino hacerse una foto conmigo.
Japón
Íbamos por una gran avenida en obras de Tokio el sábado por la noche, pocas horas después de aterrizar. Veníamos de tomar una cerveza y buscábamos un local para cenar algo occidental tras una semana de exquisita comida oriental.
El tráfico era intenso, la avenida estaba poco iluminada y un robot vestido de operario, de azul y con su camisetilla fluorescente, hacía movimientos mecánicos con una larga barra roja intermitente para advertir de las obras en la mediana de esa avenida.
'Mira cómo son los japoneses, Salva', me decía Pablo, 'van por delante nuestra en todo. Observa los movimientos y la programación de bucles informáticos que tiene ese robot. Repite unos movimientos con los brazos, y cada ciertos ciclos cambia de realizarlos vertical a horizontalmente. Luego la cabeza, ves, la para cada tres giros y vuelve a moverla en sentido contrario'.
Estábamos extasiados mirando al robot de tráfico cuando éste gira la cabeza y nos saluda.
'Glups'.
El tráfico era intenso, la avenida estaba poco iluminada y un robot vestido de operario, de azul y con su camisetilla fluorescente, hacía movimientos mecánicos con una larga barra roja intermitente para advertir de las obras en la mediana de esa avenida.
'Mira cómo son los japoneses, Salva', me decía Pablo, 'van por delante nuestra en todo. Observa los movimientos y la programación de bucles informáticos que tiene ese robot. Repite unos movimientos con los brazos, y cada ciertos ciclos cambia de realizarlos vertical a horizontalmente. Luego la cabeza, ves, la para cada tres giros y vuelve a moverla en sentido contrario'.
Estábamos extasiados mirando al robot de tráfico cuando éste gira la cabeza y nos saluda.
'Glups'.
sábado, octubre 16, 2010
Human sea
Tras una jornada calurosa de trabajo en la fábrica de Samsung, en Corea, a eso de las cinco y media de la tarde nos invitó nuestro anfitrión, Míster Kang, a cenar. ¡A las cinco y media de la tarde!
Carne de cerdo a la plancha rodeada de hojas de... ¿parra?
El señor Kang nos dejó cerca del centro de Pusán en una tarde de viernes abarrotada de tráfico y Hojin Lee nos invitó a pasearnos por Jalgachi, el mercado de pescado de su ciudad.
El escenario era impactante: tenderetes abarrotados de peces vivos en inmensas peceras, cantantes de verbena taponando las calles con micros a volumen elevadísimo, ancianos paralíticos tumbados bocabajo en planchas rodantes... ¡pufff!
Tras atravesar la marabunta y llegar al paseo marítimo, Hojin nos preguntó: ¿paseo o restaurante?
Reventados, Pablo y yo, con nuestro ordenador a cuestas tras diez horas de curro respondimos al unísono: ¡restaurante!
Hacía tiempo que no cenaba dos veces.
Pablo eligió almejas de nácar, yo un pez negro sabrosísimo (según el pescadero) y Hojin sashimi de angulas (exquisitas, recién degolladas delante nuestra).
Todo lo acompañamos de un licor de cerezas coreano. Sentados en un tatami con las piernas medio estiradas, sin saber dónde colocarlas.
Entonces le pregunté, con el licor subiendo a la cabeza, por sus vecinos de Corea del Norte.
Hojin cambió el rostro y nos explicó con dolor y objetividad acerca de la Guerra de Corea:
'Antes de las Guerras Mundiales Japón nos conquistó. Cuando terminó la 2ª Gran Guerra, Japón se retiró de nuestras tierras. Por entonces el pueblo coreano estaba unido, en grupúsculos de resistencia, contra el único enemigo, el invasor, Japón.
Cuando éste se retiró, los resistentes se dividieron en prorrusos y proamericanos. Los comunistas, alentados por China, invadieron la península de Corea (salvo la ciudad de Pusán, como un Cádiz del siglo XX). América reaccionó y recuperó el territorio a base de poderío militar. Entró por Seúl y avanzó hasta la frontera de Corea con China.
Por entonces, China no tenía otra fuerza que su población, así que dió fusiles a la primera línea de fuego y contraatacó contra el poderío americano. La Corea occidental ametrallaba a esa Corea comunista que avanzaba a base de disparos de una sola línea de fuego, mientras el resto de la población hacía batir sus tambores para amedrentar.
La marea humana. La primera fila caía y la segunda cogía los fusiles, en una ola de muerte imparable alimentada por la creencia en la potencia del comunismo.
Fue entonces -nos contó Hojin- cuando Estados Unidos estuvo a punto de lanzar la tercera bomba atómica.
Los chinos llegaron a la actual frontera entre las dos Coreas'.
A mí me da hoy por pensar en las posibles dos Españas, viendo el dolor salpicado de licor de cerezas de Hojin hablando de su país.
Me levanté tras la cena, para ir al baño, con una pierna dormida, cojeando, pensando en la dulzura y maestría de Hojin contándonos los dolores de su propio pueblo.
Carne de cerdo a la plancha rodeada de hojas de... ¿parra?
El señor Kang nos dejó cerca del centro de Pusán en una tarde de viernes abarrotada de tráfico y Hojin Lee nos invitó a pasearnos por Jalgachi, el mercado de pescado de su ciudad.
El escenario era impactante: tenderetes abarrotados de peces vivos en inmensas peceras, cantantes de verbena taponando las calles con micros a volumen elevadísimo, ancianos paralíticos tumbados bocabajo en planchas rodantes... ¡pufff!
Tras atravesar la marabunta y llegar al paseo marítimo, Hojin nos preguntó: ¿paseo o restaurante?
Reventados, Pablo y yo, con nuestro ordenador a cuestas tras diez horas de curro respondimos al unísono: ¡restaurante!
Hacía tiempo que no cenaba dos veces.
Pablo eligió almejas de nácar, yo un pez negro sabrosísimo (según el pescadero) y Hojin sashimi de angulas (exquisitas, recién degolladas delante nuestra).
Todo lo acompañamos de un licor de cerezas coreano. Sentados en un tatami con las piernas medio estiradas, sin saber dónde colocarlas.
Entonces le pregunté, con el licor subiendo a la cabeza, por sus vecinos de Corea del Norte.
Hojin cambió el rostro y nos explicó con dolor y objetividad acerca de la Guerra de Corea:
'Antes de las Guerras Mundiales Japón nos conquistó. Cuando terminó la 2ª Gran Guerra, Japón se retiró de nuestras tierras. Por entonces el pueblo coreano estaba unido, en grupúsculos de resistencia, contra el único enemigo, el invasor, Japón.
Cuando éste se retiró, los resistentes se dividieron en prorrusos y proamericanos. Los comunistas, alentados por China, invadieron la península de Corea (salvo la ciudad de Pusán, como un Cádiz del siglo XX). América reaccionó y recuperó el territorio a base de poderío militar. Entró por Seúl y avanzó hasta la frontera de Corea con China.
Por entonces, China no tenía otra fuerza que su población, así que dió fusiles a la primera línea de fuego y contraatacó contra el poderío americano. La Corea occidental ametrallaba a esa Corea comunista que avanzaba a base de disparos de una sola línea de fuego, mientras el resto de la población hacía batir sus tambores para amedrentar.
La marea humana. La primera fila caía y la segunda cogía los fusiles, en una ola de muerte imparable alimentada por la creencia en la potencia del comunismo.
Fue entonces -nos contó Hojin- cuando Estados Unidos estuvo a punto de lanzar la tercera bomba atómica.
Los chinos llegaron a la actual frontera entre las dos Coreas'.
A mí me da hoy por pensar en las posibles dos Españas, viendo el dolor salpicado de licor de cerezas de Hojin hablando de su país.
Me levanté tras la cena, para ir al baño, con una pierna dormida, cojeando, pensando en la dulzura y maestría de Hojin contándonos los dolores de su propio pueblo.
jueves, octubre 14, 2010
Corea
Amanece en Pusán.
Cuando aterrizamos ayer y para evitar caer en la tentación de mantener el ciclo del sueño, tomamos un plano de la ciudad y nos lanzamos a la calle a preguntar ‘¿qué visitamos?’
Los coreanos son solícitos, se paran, te escuchan, pero no te entienden. Dedujimos rápidamente que ésta es una ciudad enorme pero no turística y que, si algo merecía la pena visitar era el templo de Beomeosa. Medieval y budista.
Las informaciones para llegar eran contradictorias. Al menos la estación de metro se llamaba así, Beomeosa, y estaba subtitulada en caracteres occidentales.
Una vez allí, preguntábamos cómo llegar al templo. A falta de inglés, todas las explicaciones eran onomatopéyicas. Muy gestuales, movían todo el cuerpo, incluso las caderas y con el brazo nos señalaban dónde creían que se encontraba el templo acompañándolo de sonidos tipo ‘yyyyyyyysáká’, ‘rrrrrooooopushú’, ‘tooooliiiiidá’. Afortunadamente dimos con alguien que nos explicó que si hubiésemos ido andando como nos dijo el primer informante, habríamos necesitado dos horas para llegar a lo alto de la montaña donde estaba el templo. Tomamos el autobús 90.
Impresionante y descuidado, nos introdujimos por sus callejuelas, que seguramente indicaban prohibiciones en coreano que no entendíamos, y es que de pronto nos vimos en un templete de madera reconvertido en gimnasio lleno de monjes budistas. Al menos, todos nos sonreían.
Anoche, Hojin Lee nos paseó por la bahía de Pusán, en barco, tras invitarnos a cenar en una barbacoa coreana. Una vez embarcados y contemplando la inmensidad de la ciudad iluminadísima, me contó que al día siguiente nos llevarían a comer sushi. Cuando le pregunté si era sushi japonés se le cambió el rostro. ‘¡¡¡No!!!’. El sushi coreano se toma con el pescado recién muerto. Lo degüellan, y te hace el gesto correspondiente, y lo cortan en trozos directamente al plato. Buena oportunidad de callarme.
Y es que la suerte o desgracia de Corea es estar tan cerca de Japón. Tienen empresas reconocidas a nivel mundial como para sentirse plenamente orgullosos: Samsung, LG, Hyunday, Daewoo, Kia… Tienen una cultura milenaria, pero demasiado similar a la japonesa a ojos vista de un occidental. Su gastronomía, templos, avenidas de neones, mercados de pescado, vestimentas, rasgos físicos, idioma, escritura o gesticulaciones son demasiado similares a las del gran hermano japonés.
Daría la sensación, tras venticuatro horas deambulándola, que Corea no está acostumbrada a que la miren. Fuera del círculo del hotel, no te cruzas con nadie que no tenga rasgos asiáticos.
Cuando preguntas por un templo, te observan, preguntándose ‘¿qué hace este guiri aquí?
Cuando aterrizamos ayer y para evitar caer en la tentación de mantener el ciclo del sueño, tomamos un plano de la ciudad y nos lanzamos a la calle a preguntar ‘¿qué visitamos?’
Los coreanos son solícitos, se paran, te escuchan, pero no te entienden. Dedujimos rápidamente que ésta es una ciudad enorme pero no turística y que, si algo merecía la pena visitar era el templo de Beomeosa. Medieval y budista.
Las informaciones para llegar eran contradictorias. Al menos la estación de metro se llamaba así, Beomeosa, y estaba subtitulada en caracteres occidentales.
Una vez allí, preguntábamos cómo llegar al templo. A falta de inglés, todas las explicaciones eran onomatopéyicas. Muy gestuales, movían todo el cuerpo, incluso las caderas y con el brazo nos señalaban dónde creían que se encontraba el templo acompañándolo de sonidos tipo ‘yyyyyyyysáká’, ‘rrrrrooooopushú’, ‘tooooliiiiidá’. Afortunadamente dimos con alguien que nos explicó que si hubiésemos ido andando como nos dijo el primer informante, habríamos necesitado dos horas para llegar a lo alto de la montaña donde estaba el templo. Tomamos el autobús 90.
Impresionante y descuidado, nos introdujimos por sus callejuelas, que seguramente indicaban prohibiciones en coreano que no entendíamos, y es que de pronto nos vimos en un templete de madera reconvertido en gimnasio lleno de monjes budistas. Al menos, todos nos sonreían.
Anoche, Hojin Lee nos paseó por la bahía de Pusán, en barco, tras invitarnos a cenar en una barbacoa coreana. Una vez embarcados y contemplando la inmensidad de la ciudad iluminadísima, me contó que al día siguiente nos llevarían a comer sushi. Cuando le pregunté si era sushi japonés se le cambió el rostro. ‘¡¡¡No!!!’. El sushi coreano se toma con el pescado recién muerto. Lo degüellan, y te hace el gesto correspondiente, y lo cortan en trozos directamente al plato. Buena oportunidad de callarme.
Y es que la suerte o desgracia de Corea es estar tan cerca de Japón. Tienen empresas reconocidas a nivel mundial como para sentirse plenamente orgullosos: Samsung, LG, Hyunday, Daewoo, Kia… Tienen una cultura milenaria, pero demasiado similar a la japonesa a ojos vista de un occidental. Su gastronomía, templos, avenidas de neones, mercados de pescado, vestimentas, rasgos físicos, idioma, escritura o gesticulaciones son demasiado similares a las del gran hermano japonés.
Daría la sensación, tras venticuatro horas deambulándola, que Corea no está acostumbrada a que la miren. Fuera del círculo del hotel, no te cruzas con nadie que no tenga rasgos asiáticos.
Cuando preguntas por un templo, te observan, preguntándose ‘¿qué hace este guiri aquí?
lunes, octubre 11, 2010
Asia
A unas horas de salir en una misión empresarial hacia el continente asiático, me siento como un Marco Polo del siglo XXI, lleno de emociones y con los ojos abiertos como platos con un día de adelanto.
Mi fábrica me envía en una visita más política que técnica para establecer relaciones con nuestros clientes de Nissan y Samsung, cada vez más inundados de nuestras cajas de cambio sevillanas, que tanto dinero y empleo aportan a nuestra ciudad.
Siempre que hagamos las cosas bien, con precios reducidos y niveles altos de calidad, Nissan no dedicará dinero a invertir en plantas de fabricación de cajas de cambio manuales cuando sus principales clientes las quieren automáticas. Ahí estamos nosotros a veinte mil kilómetros de distancia, luchando para venderles miles de órganos mecánicos cada semana, casi cada día, para que ellos ni se planteen otra cosa que comprar nuestros productos, garantizando el empleo de aquí.
Junto con mi amigo Pablo aterrizaremos en la tradicional Corea, en su puerto de Busán, la Barcelona coreana. Allí nos espera Hojin Lee, ya conocido de visitas anteriores a Sevilla, quien nos invitará a una barbacoa típica de su país. El sábado volaremos al imperial Japón, donde tendremos oportunidad de visitar la antigua capital de Nara y visitar la noche tokiota, en tanto esperamos para visitar la Central de la Ingeniería Mecánica de Nissan, algo que debe ser espectacular.
De Tokio volaremos a Cantón, la tercera ciudad de China, al sur. Otra megalópolis adonde llegamos con el nombre del hotel y la fábrica escrito en caracteres chinos para hacernos entender. Será impactante entrar en el país más poblado de la tierra y observar, como una hormiga más, la grandeza del ser humano, en un país donde aún queda mucho para poder sentirse cómodo, con un premio Nobel encerrado por criticar al régimen. Dos días duros de trabajo intentando entendernos con nuestros colegas chinos.
Será entonces el momento de acudir a la tropical Indonesia, en la poco agraciada Yakarta. A pesar de vacunas y prevenciones, un spray antimosquitos nos acompañará ya que tenemos un fin de semana para explorar las playas del Índico. Será una mezcla explosiva estar al mismo tiempo en un país asiático y musulmán. Inolvidable, con seguridad.
De Indonesia volaremos a Tailandia, a su capital Bangkok, la ciudad de los mil templos y las casas sobre el agua. Me dice Pablo que allí el calor es bochornoso y las calles están abarrotadas, pero no creo que mucho más que en Madrás, en la India, último trayecto de esta visita de trabajo al gran continente asiático.
Viajar allí donde existen civilizaciones milenarias, donde pensamos que todos son iguales porque nuestra cortedad nos hace ver sólo ojos rasgados, ridiculizando y metiendo todo en el mismo saco de 'los chinos'.
Llevamos miles de años girando en la misma pelota, compartiendo espacio con la diferencia de un giro de ocho, diez, doce horas... Tan lejanos estando en el mismo sitio, teniendo las mismas preocupaciones de seres mortales y pasajeros.
Voy por cuestiones de trabajo, lo que se convierte en contratiempo y ventaja. Porque no tendré libertad para organizar todo mi tiempo, pero podré convivir con habitantes reales de esos países; porque aún pasando momentos de tensión, mi misión tiene sentido para favorecer a mi empresa y la economía de mi ciudad. Porque no me sentiré una persona transparente sino integrada, aunque sea por unas semanas.
Quiero visitar templos budistas, tomar sake, comidas con curry, aprender de los símbolos de la gramática china, ir a karaokes japoneses, ver vacas sagradas en la India, oír a los almuhecines en la isla de Java, entrar en mercados de especias chinos, adentrarme en las calles de burdeles tailandeses, oler diferente, sentir la humedad, pisar calles de barro y subir a rascacielos de cristal.
Estoy a 24 horas de pisar suelo asiático y sólo pienso en lo afortunado que soy.
Mi fábrica me envía en una visita más política que técnica para establecer relaciones con nuestros clientes de Nissan y Samsung, cada vez más inundados de nuestras cajas de cambio sevillanas, que tanto dinero y empleo aportan a nuestra ciudad.
Siempre que hagamos las cosas bien, con precios reducidos y niveles altos de calidad, Nissan no dedicará dinero a invertir en plantas de fabricación de cajas de cambio manuales cuando sus principales clientes las quieren automáticas. Ahí estamos nosotros a veinte mil kilómetros de distancia, luchando para venderles miles de órganos mecánicos cada semana, casi cada día, para que ellos ni se planteen otra cosa que comprar nuestros productos, garantizando el empleo de aquí.
Junto con mi amigo Pablo aterrizaremos en la tradicional Corea, en su puerto de Busán, la Barcelona coreana. Allí nos espera Hojin Lee, ya conocido de visitas anteriores a Sevilla, quien nos invitará a una barbacoa típica de su país. El sábado volaremos al imperial Japón, donde tendremos oportunidad de visitar la antigua capital de Nara y visitar la noche tokiota, en tanto esperamos para visitar la Central de la Ingeniería Mecánica de Nissan, algo que debe ser espectacular.
De Tokio volaremos a Cantón, la tercera ciudad de China, al sur. Otra megalópolis adonde llegamos con el nombre del hotel y la fábrica escrito en caracteres chinos para hacernos entender. Será impactante entrar en el país más poblado de la tierra y observar, como una hormiga más, la grandeza del ser humano, en un país donde aún queda mucho para poder sentirse cómodo, con un premio Nobel encerrado por criticar al régimen. Dos días duros de trabajo intentando entendernos con nuestros colegas chinos.
Será entonces el momento de acudir a la tropical Indonesia, en la poco agraciada Yakarta. A pesar de vacunas y prevenciones, un spray antimosquitos nos acompañará ya que tenemos un fin de semana para explorar las playas del Índico. Será una mezcla explosiva estar al mismo tiempo en un país asiático y musulmán. Inolvidable, con seguridad.
De Indonesia volaremos a Tailandia, a su capital Bangkok, la ciudad de los mil templos y las casas sobre el agua. Me dice Pablo que allí el calor es bochornoso y las calles están abarrotadas, pero no creo que mucho más que en Madrás, en la India, último trayecto de esta visita de trabajo al gran continente asiático.
Viajar allí donde existen civilizaciones milenarias, donde pensamos que todos son iguales porque nuestra cortedad nos hace ver sólo ojos rasgados, ridiculizando y metiendo todo en el mismo saco de 'los chinos'.
Llevamos miles de años girando en la misma pelota, compartiendo espacio con la diferencia de un giro de ocho, diez, doce horas... Tan lejanos estando en el mismo sitio, teniendo las mismas preocupaciones de seres mortales y pasajeros.
Voy por cuestiones de trabajo, lo que se convierte en contratiempo y ventaja. Porque no tendré libertad para organizar todo mi tiempo, pero podré convivir con habitantes reales de esos países; porque aún pasando momentos de tensión, mi misión tiene sentido para favorecer a mi empresa y la economía de mi ciudad. Porque no me sentiré una persona transparente sino integrada, aunque sea por unas semanas.
Quiero visitar templos budistas, tomar sake, comidas con curry, aprender de los símbolos de la gramática china, ir a karaokes japoneses, ver vacas sagradas en la India, oír a los almuhecines en la isla de Java, entrar en mercados de especias chinos, adentrarme en las calles de burdeles tailandeses, oler diferente, sentir la humedad, pisar calles de barro y subir a rascacielos de cristal.
Estoy a 24 horas de pisar suelo asiático y sólo pienso en lo afortunado que soy.
sábado, octubre 09, 2010
Saber
Oyendo la radio en el coche un sábado por la mañana, en esos momentos de éxtasis que suponen el preludio de un café con croissant y la lectura de El País, apareció un entrevistado desconocido para mí. Carlos Barrabés.
Aún a día de hoy no sé a ciencia cierta a qué se dedica, o digamos que se dedica a tantas cosas, empresario, consultor, ponente, investigador o asesor de grandes multinacionales, que se difumina su carrera profesional en un totum inabarcable.
Sin embargo, cuando llegué a la cafetería, quedé un rato sentado en el coche a que terminase la entrevista.
Independientemente de su cercanía para hablar de temas complejos (cambiar el rumbo de la sociedad actual ya no puede ser cosa de un gran gobernante, ningún Obama, sino que es un algoritmo más enrevesado, con 40 o 50 grandes variables controladas desde distintos estratos, localizaciones, organismos y aleas en todo nuestro planeta), de él y de otros tantos intelectuales de nuestro mundo admiro, comulgue o no con su visión del hombre, su capacidad para transmitir saber y hacerlo con frases sencillas.
Cuando la entrevistadora le interrogó acerca de sus miedos para con esta generación súper preparada que se asoma al abismo del mercado de trabajo, él respondió que no es ése el grupo de personas que le preocupa, sino aquéllos que no quisieron, o no pudieron, tener estudios, porque en este mundo que lo absorbe todo, ellos serán los parias.
Duro.
Aún a día de hoy no sé a ciencia cierta a qué se dedica, o digamos que se dedica a tantas cosas, empresario, consultor, ponente, investigador o asesor de grandes multinacionales, que se difumina su carrera profesional en un totum inabarcable.
Sin embargo, cuando llegué a la cafetería, quedé un rato sentado en el coche a que terminase la entrevista.
Independientemente de su cercanía para hablar de temas complejos (cambiar el rumbo de la sociedad actual ya no puede ser cosa de un gran gobernante, ningún Obama, sino que es un algoritmo más enrevesado, con 40 o 50 grandes variables controladas desde distintos estratos, localizaciones, organismos y aleas en todo nuestro planeta), de él y de otros tantos intelectuales de nuestro mundo admiro, comulgue o no con su visión del hombre, su capacidad para transmitir saber y hacerlo con frases sencillas.
Cuando la entrevistadora le interrogó acerca de sus miedos para con esta generación súper preparada que se asoma al abismo del mercado de trabajo, él respondió que no es ése el grupo de personas que le preocupa, sino aquéllos que no quisieron, o no pudieron, tener estudios, porque en este mundo que lo absorbe todo, ellos serán los parias.
Duro.
viernes, octubre 08, 2010
Privilegios
Tras unos meses sin acudir por lo bien que se está portando mi espalda, ayer volví a una nueva sesión de mis encuentros con mi masajista.
La encontré más joven y delgada, sonriente como siempre y dispuesta a atacar cualquier resurgimiento de molestias en ese mi hombro, rebelde desde hace años.
Me tocó, en cambio, el centro del pecho y me dijo que veía un bloqueo en mí.
Tumbado boca arriba, casi desnudo, mirando el techo y escéptico, algo menos con ella, respecto a este tipo de diagnósticos que se hacen a partir de unos manipulaciones rápidas con mis brazos, le comenté que no había nada que me atormentase ni me frenase ni me hiciese sentir coartado.
¿Tus ansiedades? Las voy superando.
Me hizo oler unas gotas de pachuli antes de colocarme boca abajo y hacerme un largo masaje con una piedra de obsidiana y una crema caliente, que preparaba como una pócima mágica, batiendo algo con una cuchara de vez en cuando.
¿Qué sientes? Que el cuerpo me pesa más, que me voy hundiendo placenteramente.
Luego vinieron las piernas, con el gustazo que da saber que tengo dos, y que todo lo que voy sintiendo se va a multiplicar por dos.
Tras el acostumbrado desbloqueo del coxis volví a girar, volvió a tocar el centro de mi pecho. Seguía el bloqueo.
Tocando mi pecho y mi vientre me dijo que hablara desde lo más profundo de mí. Que allí no había escrúpulos ni censuras ni miedos.
¿Qué te preguntarías, Salva?, sin pensarlo, ¿qué pregunta tu interior?
Como si fuese un allien que habitara en mí, Salva preguntó entre músicas extrañas de cacerolas ¿quién soy yo?
Ella respiraba hondo y yo respiraba lento.
¿Quién eres tú? me repetía ella. A mí se me venían imágenes de mi amigo Kristian por las calles de Nueva York gritándome '¡grita, Salva!', '¡grita con todas tus fuerzas!'...
Yo no respondía y era ella entonces quien ponía mi respuesta en su boca... 'Yo soy...', 'yo soy...'
Yo soy uno más, respondió mi allien.
¿Qué más, Salva?
Yo soy humano.
Bien, así, suave. Las luces estaban apagadas, mi cuerpo embadurnado de alguna crema caliente de pachuli, y ella insistía. 'Llega hasta el final, yo soy...'
Yo soy un privilegiado.
La encontré más joven y delgada, sonriente como siempre y dispuesta a atacar cualquier resurgimiento de molestias en ese mi hombro, rebelde desde hace años.
Me tocó, en cambio, el centro del pecho y me dijo que veía un bloqueo en mí.
Tumbado boca arriba, casi desnudo, mirando el techo y escéptico, algo menos con ella, respecto a este tipo de diagnósticos que se hacen a partir de unos manipulaciones rápidas con mis brazos, le comenté que no había nada que me atormentase ni me frenase ni me hiciese sentir coartado.
¿Tus ansiedades? Las voy superando.
Me hizo oler unas gotas de pachuli antes de colocarme boca abajo y hacerme un largo masaje con una piedra de obsidiana y una crema caliente, que preparaba como una pócima mágica, batiendo algo con una cuchara de vez en cuando.
¿Qué sientes? Que el cuerpo me pesa más, que me voy hundiendo placenteramente.
Luego vinieron las piernas, con el gustazo que da saber que tengo dos, y que todo lo que voy sintiendo se va a multiplicar por dos.
Tras el acostumbrado desbloqueo del coxis volví a girar, volvió a tocar el centro de mi pecho. Seguía el bloqueo.
Tocando mi pecho y mi vientre me dijo que hablara desde lo más profundo de mí. Que allí no había escrúpulos ni censuras ni miedos.
¿Qué te preguntarías, Salva?, sin pensarlo, ¿qué pregunta tu interior?
Como si fuese un allien que habitara en mí, Salva preguntó entre músicas extrañas de cacerolas ¿quién soy yo?
Ella respiraba hondo y yo respiraba lento.
¿Quién eres tú? me repetía ella. A mí se me venían imágenes de mi amigo Kristian por las calles de Nueva York gritándome '¡grita, Salva!', '¡grita con todas tus fuerzas!'...
Yo no respondía y era ella entonces quien ponía mi respuesta en su boca... 'Yo soy...', 'yo soy...'
Yo soy uno más, respondió mi allien.
¿Qué más, Salva?
Yo soy humano.
Bien, así, suave. Las luces estaban apagadas, mi cuerpo embadurnado de alguna crema caliente de pachuli, y ella insistía. 'Llega hasta el final, yo soy...'
Yo soy un privilegiado.
lunes, octubre 04, 2010
El premio
Puede ocurrir en cualquier lugar de Sevilla, hoy ha tocado en el Bar El Pimiento, un rincón agradable en la trasera de la Alameda, donde sirven buenos vinos por copa y una carta reducida de tapas escritas en una amplia pared de pizarra.
Me tomaba unos vinos con mi pareja, encantados con la tapa de carne mechada, la conversación y nuestro rincón al fondo del local.
Yo trataba de bajar mi estrés de jornada de auditoría en la fábrica en una charla relajada de las que te hacen sanar el alma tras un día de trabajo intenso. ¡Qué placer!
Pero nos tocó El Premio.
Y en una ciudad como Sevilla tampoco hay que jugar mucho para que te toque.
Entra dando besos desde la puerta, a unos diez metros de nuestro rincón, en un bar prácticamente vacío un lunes noche. Los achuchones y los '¡cuánto te quiero!' se oyen diáfanos involuntariamente.
Rápidamente comprendes que viene de un viaje de fin de semana por Cazorla, que su novio acaba de pintar la cocina y que ella, pobre, tiene que hacerse la cera esa misma semana porque van a un spa el sábado. Un regalo de la suegra.
Tú intentas concentrarte en tu vino, en tu charla y en respirar tranquilo tratando de que tus pulmones tomen un ritmo pausado y cadencioso.
Pero El Premio te recuerda que su vida es mucho más intensa que la tuya, que las cremas que venden en Mercadona son espectaculares para las ojeras y beber dos vasos de agua antes de comer... adelgaza.
Miras de nuevo la pizarra y ves el queso payoyo proponiéndote un romance, o la ensaladilla de gambas. Te apetece lanzarte al mundo de los vinos de Alicante o a los del Bierzo, pero los chistes y las risas del Premio, tan simpática, te hacen calcular cuáles son los vinos que te quedan en casa y si tienes para un plato de caballa en aceite en la nevera.
Teníamos vino y calamares en su tinta.
Y buena música.
Me tomaba unos vinos con mi pareja, encantados con la tapa de carne mechada, la conversación y nuestro rincón al fondo del local.
Yo trataba de bajar mi estrés de jornada de auditoría en la fábrica en una charla relajada de las que te hacen sanar el alma tras un día de trabajo intenso. ¡Qué placer!
Pero nos tocó El Premio.
Y en una ciudad como Sevilla tampoco hay que jugar mucho para que te toque.
Entra dando besos desde la puerta, a unos diez metros de nuestro rincón, en un bar prácticamente vacío un lunes noche. Los achuchones y los '¡cuánto te quiero!' se oyen diáfanos involuntariamente.
Rápidamente comprendes que viene de un viaje de fin de semana por Cazorla, que su novio acaba de pintar la cocina y que ella, pobre, tiene que hacerse la cera esa misma semana porque van a un spa el sábado. Un regalo de la suegra.
Tú intentas concentrarte en tu vino, en tu charla y en respirar tranquilo tratando de que tus pulmones tomen un ritmo pausado y cadencioso.
Pero El Premio te recuerda que su vida es mucho más intensa que la tuya, que las cremas que venden en Mercadona son espectaculares para las ojeras y beber dos vasos de agua antes de comer... adelgaza.
Miras de nuevo la pizarra y ves el queso payoyo proponiéndote un romance, o la ensaladilla de gambas. Te apetece lanzarte al mundo de los vinos de Alicante o a los del Bierzo, pero los chistes y las risas del Premio, tan simpática, te hacen calcular cuáles son los vinos que te quedan en casa y si tienes para un plato de caballa en aceite en la nevera.
Teníamos vino y calamares en su tinta.
Y buena música.
domingo, octubre 03, 2010
Oscuridades
Leyendo Brasil, de John Updike, llegué a una frase que me hizo reflexionar:
Avanzamos hacia la oscuridad y la oscuridad se cierra a nuestra espalda.
A quienes tenemos memoria frágil para los detalles, la oscuridad que sentimos cuando miramos por el retrovisor es aún mayor. Escribir este blog es un método más para hacer más claro mi pasado, retener sensaciones que obligatoriamente pasarán, esforzarme en dejar por escrito mis reflexiones más íntimas. También tener grandes amigos ayuda, como Mariángeles por ejemplo, que con sus narraciones fotográficas de nuestro pasado en común me hace luminosos días anteriores, poniendo caras, olores y risas.
¿Qué más fuerte que el olor para recuperar imágenes, para estremecer por momentos pasados?
La familia también ayuda a aclarar ese camino que vamos dejando atrás. Gentes con las que convivimos desde que vemos la luz y con las que estaremos cuando dejemos de existir, son un hilo del que siempre podemos tirar, al que agarrarnos, para entender qué somos y de dónde venimos.
La oscuridad hacia la que avanzamos es más complicada, porque no hay certezas. Ahí juegan los miedos tirando de un extremo frente a la ilusión que empuja hacia el otro.
Tener proyectos es la mejor manera de despejar el horizonte. Creer en uno mismo, en la capacidad de cambiar pequeñas cosas y en la virtud de integrar como propias las ilusiones de los otros.
Mis ilusiones son las de Fran, las de Mónica y Raquel, las de Mariángeles, las de Isaac, las de Iván...
La oscuridad se desvanece cuando juntas muchos ojos para mirar hacia el frente.
Avanzamos hacia la oscuridad y la oscuridad se cierra a nuestra espalda.
A quienes tenemos memoria frágil para los detalles, la oscuridad que sentimos cuando miramos por el retrovisor es aún mayor. Escribir este blog es un método más para hacer más claro mi pasado, retener sensaciones que obligatoriamente pasarán, esforzarme en dejar por escrito mis reflexiones más íntimas. También tener grandes amigos ayuda, como Mariángeles por ejemplo, que con sus narraciones fotográficas de nuestro pasado en común me hace luminosos días anteriores, poniendo caras, olores y risas.
¿Qué más fuerte que el olor para recuperar imágenes, para estremecer por momentos pasados?
La familia también ayuda a aclarar ese camino que vamos dejando atrás. Gentes con las que convivimos desde que vemos la luz y con las que estaremos cuando dejemos de existir, son un hilo del que siempre podemos tirar, al que agarrarnos, para entender qué somos y de dónde venimos.
La oscuridad hacia la que avanzamos es más complicada, porque no hay certezas. Ahí juegan los miedos tirando de un extremo frente a la ilusión que empuja hacia el otro.
Tener proyectos es la mejor manera de despejar el horizonte. Creer en uno mismo, en la capacidad de cambiar pequeñas cosas y en la virtud de integrar como propias las ilusiones de los otros.
Mis ilusiones son las de Fran, las de Mónica y Raquel, las de Mariángeles, las de Isaac, las de Iván...
La oscuridad se desvanece cuando juntas muchos ojos para mirar hacia el frente.
martes, septiembre 28, 2010
Huelga general
No soy partidario de las medias tintas en cuanto al compromiso social y político se refiere. Soy de los que piensa que hay que mojarse para reivindicar el futuro que nosotros creemos mejor para los nuestros y las generaciones venideras.
Mañana, sin embargo, comienza una huelga general y tengo más dudas que certezas.
Creo que el Gobierno desperdició demasiado tiempo en reuniones con sindicatos y empresarios, sin liderar ni marcar una línea de trabajo clara. No había visión de dónde llegar.
Los empresarios, con la imagen penosa y cicatera que representa Díaz Ferrán, parece que hicieron oídos sordos a todo atisbo de modernidad en lo que a medidas de avance social se refería, centrados exclusivamente en abaratar el despido, el gran enemigo y la única solución. Tener facilidad para echar al trabajador cuando las cosas vienen mal dadas o los beneficios no aumentan en más de dos cifras.
A los sindicatos no se les oyó con fuerza hasta que no se rompieron las conversaciones por llegar a una reforma laboral consensuada, y me cuesta pensar que tuvieran sensibilidad ante la necesidad evidente de flexibilizar el mercado de trabajo.
La única certeza es que el sistema laboral español está enfermo desde hace lustros. Siempre arrastrando la vergüenza de ser uno de los países desarrollados que peor trata a sus trabajadores y donde la cifra de parados es el doble, como mínimo, que en el resto de sus vecinos occidentales.
¿Qué hacemos mal?
Es seguro que esta reforma laboral aprobada con prisas, bajo presiones financieras internacionales, es manifiestamente mejorable. Me da pánico pensar en esas cláusulas imprecisas que justifican un despido barato ante posibles pérdidas futuras de la empresa.
Yo trabajo en una multinacional que funciona razonablemente bien en su trato con el trabajador, tengo hermanas empresarias, amigos mileuristas y familiares en paro. Estoy en el mundo y sé que hay mucha miseria en las condiciones de trabajo de mi país.
Creo que no somos suficientemente observadores de las mejores prácticas. La educación en Finlandia es un modelo a seguir, copiemos. Las cifras de paro en Alemania u Holanda son ridículas con respecto a las nuestras, copiemos. Las universidades norteamericanas son ejemplos de excelencia, aprendamos de ellas.
Mañana trabajaré, con el corazón especialmente sensible y la oreja presta a escuchar todos los razonamientos.
Mañana, sin embargo, comienza una huelga general y tengo más dudas que certezas.
Creo que el Gobierno desperdició demasiado tiempo en reuniones con sindicatos y empresarios, sin liderar ni marcar una línea de trabajo clara. No había visión de dónde llegar.
Los empresarios, con la imagen penosa y cicatera que representa Díaz Ferrán, parece que hicieron oídos sordos a todo atisbo de modernidad en lo que a medidas de avance social se refería, centrados exclusivamente en abaratar el despido, el gran enemigo y la única solución. Tener facilidad para echar al trabajador cuando las cosas vienen mal dadas o los beneficios no aumentan en más de dos cifras.
A los sindicatos no se les oyó con fuerza hasta que no se rompieron las conversaciones por llegar a una reforma laboral consensuada, y me cuesta pensar que tuvieran sensibilidad ante la necesidad evidente de flexibilizar el mercado de trabajo.
La única certeza es que el sistema laboral español está enfermo desde hace lustros. Siempre arrastrando la vergüenza de ser uno de los países desarrollados que peor trata a sus trabajadores y donde la cifra de parados es el doble, como mínimo, que en el resto de sus vecinos occidentales.
¿Qué hacemos mal?
Es seguro que esta reforma laboral aprobada con prisas, bajo presiones financieras internacionales, es manifiestamente mejorable. Me da pánico pensar en esas cláusulas imprecisas que justifican un despido barato ante posibles pérdidas futuras de la empresa.
Yo trabajo en una multinacional que funciona razonablemente bien en su trato con el trabajador, tengo hermanas empresarias, amigos mileuristas y familiares en paro. Estoy en el mundo y sé que hay mucha miseria en las condiciones de trabajo de mi país.
Creo que no somos suficientemente observadores de las mejores prácticas. La educación en Finlandia es un modelo a seguir, copiemos. Las cifras de paro en Alemania u Holanda son ridículas con respecto a las nuestras, copiemos. Las universidades norteamericanas son ejemplos de excelencia, aprendamos de ellas.
Mañana trabajaré, con el corazón especialmente sensible y la oreja presta a escuchar todos los razonamientos.
lunes, septiembre 27, 2010
Romaníes
Apagada ya la burbuja de la información periodística de las expulsiones de los gitanos rumanos de Francia (la actualidad exige 'más madera' y a éste episodio ya no se le puede sacar más jugo por parte de la prensa), aún no se ha apagado mi indignación por el apoyo expreso de Zapatero a esa política de trazos gruesos, por decirlo en términos suaves, del populista Sarkozy.
No soy tan simple como para pensar que no es un problema la creación de guetos en nuestras ciudades, pero de un presidente, y más si es de izquierdas, se exige una política más elaborada que la de expulsar en masa a colectivos de una raza.
Desde el poder se ha querido demonizar a la comisaria europea Reding por unas declaraciones que daban en el centro de la yaga. Ella criticaba una circular expresa en la que se ordenaba a todas las prefecturas francesas desmantelar los campos de 'roms', gitanos rumanos.
Se crea un Derecho Europeo y una Comisión que vele por ellos, pero se les ridiculiza cuando tratan de hacer aplicar la norma.
Zapatero, tratando de entender los compromisos con Francia por su lucha contra ETA o la inclusión en el G20, podría haberse remitido a la declaración conjunta de Jefes de Estado. Pero no, apoyó expresamente a Sarkozy.
Si rompemos los ideales, ¿dónde queda la izquierda?
Cuando se aprobó la entrada de Rumanía y Bulgaria en la UE, se asumía que en poco tiempo habría libre circulación de personas. Y los gitanos lo son, le duela a quien le duela.
¿Que son pobres en su mayoría?, ¿que no se integran?, ¿que montan campamentos alrededor de las ciudades?
Habría que haber contado con ello y, si no se hizo, habrá que establecer políticas de integración, contar con el gobierno rumano para establecer mecanismos de repatriación voluntaria, escolarizar a los niños de estas familias, fomentar el aprendizaje de la lengua del país, establecer convenios entre organismos sociales, sindicales...
Recuerdo que nuestro alcalde socialista ordenó dar una bolsa de plástico con dinero en metálico, muchos miles de euros, a gitanos de un barrio de Sevilla para que se fueran.
A mí, en mi empresa privada, me exigen resultados y un código de conducta.
Yo, de izquierdas convencido e irreductible en mi posicionamiento social, critico con fuerza a los míos, porque a los Sarkozy de turno no me queda otra que soportarlos.
No soy tan simple como para pensar que no es un problema la creación de guetos en nuestras ciudades, pero de un presidente, y más si es de izquierdas, se exige una política más elaborada que la de expulsar en masa a colectivos de una raza.
Desde el poder se ha querido demonizar a la comisaria europea Reding por unas declaraciones que daban en el centro de la yaga. Ella criticaba una circular expresa en la que se ordenaba a todas las prefecturas francesas desmantelar los campos de 'roms', gitanos rumanos.
Se crea un Derecho Europeo y una Comisión que vele por ellos, pero se les ridiculiza cuando tratan de hacer aplicar la norma.
Zapatero, tratando de entender los compromisos con Francia por su lucha contra ETA o la inclusión en el G20, podría haberse remitido a la declaración conjunta de Jefes de Estado. Pero no, apoyó expresamente a Sarkozy.
Si rompemos los ideales, ¿dónde queda la izquierda?
Cuando se aprobó la entrada de Rumanía y Bulgaria en la UE, se asumía que en poco tiempo habría libre circulación de personas. Y los gitanos lo son, le duela a quien le duela.
¿Que son pobres en su mayoría?, ¿que no se integran?, ¿que montan campamentos alrededor de las ciudades?
Habría que haber contado con ello y, si no se hizo, habrá que establecer políticas de integración, contar con el gobierno rumano para establecer mecanismos de repatriación voluntaria, escolarizar a los niños de estas familias, fomentar el aprendizaje de la lengua del país, establecer convenios entre organismos sociales, sindicales...
Recuerdo que nuestro alcalde socialista ordenó dar una bolsa de plástico con dinero en metálico, muchos miles de euros, a gitanos de un barrio de Sevilla para que se fueran.
A mí, en mi empresa privada, me exigen resultados y un código de conducta.
Yo, de izquierdas convencido e irreductible en mi posicionamiento social, critico con fuerza a los míos, porque a los Sarkozy de turno no me queda otra que soportarlos.
miércoles, septiembre 22, 2010
Reverte
Hace unos meses, desde un foro literario en el que suelo intervenir, me invitaron a participar en una charla-conferencia-mesa redonda sobre las novelas de viaje. Acepté. En principio me lo propusieron como suplente porque había en el aire la posibilidad de un gran escritor. El tiempo pasó y como el escritor conocido no daba el sí definitivo, me confirmaron a mí como ponente. La jornada en cuestión es el próximo domingo y es en La Casa Encendida, en Madrid.
La invitación tenía cierto sentido. Mi anterior novela, 'Andrea no está loca', se puede encuadrar como 'novela de viaje'.
Cuando ya la organización me envió los billetes del AVE y yo pasaba mi tiempo libre leyendo a mansalva novelas de viaje, el escritor reconocido dio un sí tardío. Los convocantes, encantados con la presencia de este hombre considerarían brusco 'desinvitarme' a mí, así que tanto el escritor de best sellers como yo mismo estaremos allí el domingo. Él se llama Javier Reverte.
A Javier Reverte lo conocía pero no lo había leído. A contrarreloj me fui a una librería y compré obras de él. Leí 'Dios, el diablo y la aventura'. Más que novela era un estudio histórico de la figura de un jesuita misionero en tierras etíopes allá por el siglo XVII. Me gustó.
Con ciertos nervios por la conferencia en cuestión, hace un par de días leo en la prensa local que el señor Reverte daría una conferencia en Sevilla para presentar su última novela, 'Barrio cero', ganadora del Premio Fernando Lara. Lo haría en el Salón de Actos de la Cámara de Comercio. Oportunidad única para asistir, saludarlo, presentarme como próximo contertulio suyo y crear complicidades.
Pero no sabía dónde estaba la Cámara de Comercio.
Tras sucesivas llamadas que me llevaban de un teléfono a otro de forma surrealista, acabaron por confirmarme que la Conferencia tendría lugar a las ocho de la tarde de ayer martes en el Salón de Actos de la Cámara de Comercio. Di mi nombre y una explicación de por qué quería ir.
Y me fui para allá.
A las ocho en punto comenzó la charla. No había mucha gente y el señor Reverte parecía más joven y delgado que en las fotos. Comenzó a hablar del mito de Sísifo, el hombre que nunca llegaba a terminar la tarea que tenía encomendada, para pasar a hablar más tarde, de forma muy detallada, de las Ruinas de Itálica.
No entendía muy bien, hasta que el moderador le interrogó, llamándole por su nombre, Javier.
Fue muy fructífero asistir a una charla sobre los trabajos arqueológicos en las Ruinas de Itálica a lo largo del último siglo, a cargo del que fue su director y gerente, Javier... Verdugo.
La invitación tenía cierto sentido. Mi anterior novela, 'Andrea no está loca', se puede encuadrar como 'novela de viaje'.
Cuando ya la organización me envió los billetes del AVE y yo pasaba mi tiempo libre leyendo a mansalva novelas de viaje, el escritor reconocido dio un sí tardío. Los convocantes, encantados con la presencia de este hombre considerarían brusco 'desinvitarme' a mí, así que tanto el escritor de best sellers como yo mismo estaremos allí el domingo. Él se llama Javier Reverte.
A Javier Reverte lo conocía pero no lo había leído. A contrarreloj me fui a una librería y compré obras de él. Leí 'Dios, el diablo y la aventura'. Más que novela era un estudio histórico de la figura de un jesuita misionero en tierras etíopes allá por el siglo XVII. Me gustó.
Con ciertos nervios por la conferencia en cuestión, hace un par de días leo en la prensa local que el señor Reverte daría una conferencia en Sevilla para presentar su última novela, 'Barrio cero', ganadora del Premio Fernando Lara. Lo haría en el Salón de Actos de la Cámara de Comercio. Oportunidad única para asistir, saludarlo, presentarme como próximo contertulio suyo y crear complicidades.
Pero no sabía dónde estaba la Cámara de Comercio.
Tras sucesivas llamadas que me llevaban de un teléfono a otro de forma surrealista, acabaron por confirmarme que la Conferencia tendría lugar a las ocho de la tarde de ayer martes en el Salón de Actos de la Cámara de Comercio. Di mi nombre y una explicación de por qué quería ir.
Y me fui para allá.
A las ocho en punto comenzó la charla. No había mucha gente y el señor Reverte parecía más joven y delgado que en las fotos. Comenzó a hablar del mito de Sísifo, el hombre que nunca llegaba a terminar la tarea que tenía encomendada, para pasar a hablar más tarde, de forma muy detallada, de las Ruinas de Itálica.
No entendía muy bien, hasta que el moderador le interrogó, llamándole por su nombre, Javier.
Fue muy fructífero asistir a una charla sobre los trabajos arqueológicos en las Ruinas de Itálica a lo largo del último siglo, a cargo del que fue su director y gerente, Javier... Verdugo.
domingo, septiembre 19, 2010
25 años
A las nueve de la noche de un día como hoy, a finales de septiembre, hace 25 años, mientras sonaba lejana en el hospital la musiquilla de apertura de un telediario, escuchábamos las últimas respiraciones, cada vez más lentas, de mi madre.
Ya más de media vida sin ella, aún hay días en que me levanto confundido, décimas de segundo en que pienso que aún está entre nosotros, gracias a la magia de los sueños.
Fue tan duro el golpe, a mis dieciocho años, que tardé mucho en reconstruir los cimientos de mi nueva vida. Duro de entender porque, de golpe, me daban la medicina de lo atroz que es la muerte. Asumir que una mujer hermosa de cuarenta y pico años se podía ir así, tan despacio, sufriendo lo indecible sin que el hombre ni la medicina pudiesen salvarle de esa muerte anunciada.
Ya no me daría más besos al acostarme, ni volvería yo a ayudarle a liar croquetas, ni le enseñaría mis deberes, ni me prepararía más canelones con foie-gras, ni iríamos a comprarme la ropa en autobús al centro, ni desayunaría más con ella en ninguna casa de la playa. Ya para siempre huérfano, tocaba ir por el mundo desde entonces sin su protección.
Con cuatro hijos ya criados, no pudo disfrutar de su madurez, ni de un matrimonio hermoso como el que compartía con mi padre, ni de sus lecturas veraniegas, o los cafés de los martes con sus amigas o sus cabezadas tras las noticias. Ni ver a sus hijos hacerse adultos, ni conocer a su nieto, ni envejecer.
Sin que ninguno lo quisiéramos, nos estaba haciendo ese día de hace 25 años un regalo enorme: entender realmente la vida. Su dureza, sí, pero también su valor. Hacernos más fuertes.
Mis dieciocho años no me permitían ver en ella defectos que tal vez descubriría con el tiempo. Mi memoria es clara recordando su estilo, el cariño, la buena educación, su dulzura y generosidad. Pautas de comportamiento que se hicieron modelos para mí.
Mi espíritu claramente agnóstico entra en contradicción cuando pienso que uno de los cimientos de la nueva vida que reconstruí fue, y es, el de luchar por ser una buena persona, tener una vida recta y sana, hacer las cosas bien, ser coherente, cuidar de mi familia, ser fiel a mis amigos para no traicionar su memoria, hacer que se sintiera orgullosa de mí.
Esa búsqueda de la felicidad, que tan cerca tengo a diario, como homenaje eterno a mi madre muerta.
Ya más de media vida sin ella, aún hay días en que me levanto confundido, décimas de segundo en que pienso que aún está entre nosotros, gracias a la magia de los sueños.
Fue tan duro el golpe, a mis dieciocho años, que tardé mucho en reconstruir los cimientos de mi nueva vida. Duro de entender porque, de golpe, me daban la medicina de lo atroz que es la muerte. Asumir que una mujer hermosa de cuarenta y pico años se podía ir así, tan despacio, sufriendo lo indecible sin que el hombre ni la medicina pudiesen salvarle de esa muerte anunciada.
Ya no me daría más besos al acostarme, ni volvería yo a ayudarle a liar croquetas, ni le enseñaría mis deberes, ni me prepararía más canelones con foie-gras, ni iríamos a comprarme la ropa en autobús al centro, ni desayunaría más con ella en ninguna casa de la playa. Ya para siempre huérfano, tocaba ir por el mundo desde entonces sin su protección.
Con cuatro hijos ya criados, no pudo disfrutar de su madurez, ni de un matrimonio hermoso como el que compartía con mi padre, ni de sus lecturas veraniegas, o los cafés de los martes con sus amigas o sus cabezadas tras las noticias. Ni ver a sus hijos hacerse adultos, ni conocer a su nieto, ni envejecer.
Sin que ninguno lo quisiéramos, nos estaba haciendo ese día de hace 25 años un regalo enorme: entender realmente la vida. Su dureza, sí, pero también su valor. Hacernos más fuertes.
Mis dieciocho años no me permitían ver en ella defectos que tal vez descubriría con el tiempo. Mi memoria es clara recordando su estilo, el cariño, la buena educación, su dulzura y generosidad. Pautas de comportamiento que se hicieron modelos para mí.
Mi espíritu claramente agnóstico entra en contradicción cuando pienso que uno de los cimientos de la nueva vida que reconstruí fue, y es, el de luchar por ser una buena persona, tener una vida recta y sana, hacer las cosas bien, ser coherente, cuidar de mi familia, ser fiel a mis amigos para no traicionar su memoria, hacer que se sintiera orgullosa de mí.
Esa búsqueda de la felicidad, que tan cerca tengo a diario, como homenaje eterno a mi madre muerta.
viernes, septiembre 17, 2010
Rayo de luz
Tras una semana de trabajo en Francia, me encuentro de vuelta a Sevilla en el aeropuerto de Orly.
Siempre temeroso de los atascos parisinos, tras llegar con el tiempo justo y esperar una enorme cola para facturar, al final de la fila de pasajeros me encontré con una azafata con cara y peinado de los años 50.
Con un francés exquisito, que hubiera cambiado a español de haberlo yo solicitado, me trató con una amabilidad insólita. Apenas un minuto de contacto para explicarme las cuatro cosas básicas que yo simulé desconocer por el placer de verla con sus ojos vivarachos dirigiéndose a mí.
Una frescura, simpatía y buena disposición que se reflejaba en sus ojos cristalinos de mirada directa.
Tomé mi tarjeta de embarque camino del kiosco de prensa de Orly diciéndome, ¡qué fácil es encontrar la felicidad en una sonrisa!
La vida es eso.
Siempre temeroso de los atascos parisinos, tras llegar con el tiempo justo y esperar una enorme cola para facturar, al final de la fila de pasajeros me encontré con una azafata con cara y peinado de los años 50.
Con un francés exquisito, que hubiera cambiado a español de haberlo yo solicitado, me trató con una amabilidad insólita. Apenas un minuto de contacto para explicarme las cuatro cosas básicas que yo simulé desconocer por el placer de verla con sus ojos vivarachos dirigiéndose a mí.
Una frescura, simpatía y buena disposición que se reflejaba en sus ojos cristalinos de mirada directa.
Tomé mi tarjeta de embarque camino del kiosco de prensa de Orly diciéndome, ¡qué fácil es encontrar la felicidad en una sonrisa!
La vida es eso.
lunes, septiembre 13, 2010
Hilo negro
En mis tardes de biblioteca en la Escuela de Ingenieros, de las que guardo momentos imborrables, a pesar de la paliza de horas de estudiar que nos pegábamos allí, recuerdo una escena que se me quedó grabada.
Estaba en mi último año de carrera y llevaba acudiendo a esa biblioteca desde que entré. Un día, despistado como yo soy, encontré que habían instalado un 'torniquete' para acceder y era necesaria la tarjeta de estudiante para pasar. La gente protestaba porque nadie había advertido, y el bibliotecario explicaba con paciencia el nuevo método.
Cuando llegó mi turno, me dirigí a él para decirle que no traía conmigo el carnet de la universidad y, el bibliotecario, con cara de medio guasa, me soltó:
-Pasa, pasa, si tú eres más viejo aquí que el hilo negro.
Me quedé de piedra. Con el tono que utilizó se enteró todo el hall de la biblioteca.
En vez de tomármelo a mal me dio por reír. Tenía toda la razón y había sido ocurrente, sin faltarme el respeto.
Cuando la vida avanza, hay momentos en que me acuerdo de esta frase. Los años pasan y tenemos que progresar, que cambiar, que superar situaciones. La vida siempre pide más. Más combustible. Es insaciable.
Querámoslo o no, como nos quedemos parados... nos convertimos en hilo negro.
Estaba en mi último año de carrera y llevaba acudiendo a esa biblioteca desde que entré. Un día, despistado como yo soy, encontré que habían instalado un 'torniquete' para acceder y era necesaria la tarjeta de estudiante para pasar. La gente protestaba porque nadie había advertido, y el bibliotecario explicaba con paciencia el nuevo método.
Cuando llegó mi turno, me dirigí a él para decirle que no traía conmigo el carnet de la universidad y, el bibliotecario, con cara de medio guasa, me soltó:
-Pasa, pasa, si tú eres más viejo aquí que el hilo negro.
Me quedé de piedra. Con el tono que utilizó se enteró todo el hall de la biblioteca.
En vez de tomármelo a mal me dio por reír. Tenía toda la razón y había sido ocurrente, sin faltarme el respeto.
Cuando la vida avanza, hay momentos en que me acuerdo de esta frase. Los años pasan y tenemos que progresar, que cambiar, que superar situaciones. La vida siempre pide más. Más combustible. Es insaciable.
Querámoslo o no, como nos quedemos parados... nos convertimos en hilo negro.
Analfabetos emocionales
Nadie obtiene un máster a lo largo de su vida en relaciones personales. Incluso los expertos, psicólogos, sociólogos o trabajadores sociales, encontrarán dificultad en aplicar sin pestañeo la teoría aprendida a su vida diaria.
Las personas somos imprevisibles frecuentemente, los años nos van cambiando y la escala de valores de cada uno de nosotros se va modulando hacia prioridades distintas con la madurez. Hay demasiados factores, en nuestro devenir mundano, como para poder construir ecuaciones que nos orienten hacia soluciones potentes y definitivas cuando nuestra pareja está triste, un hermano se cabrea contigo o un amigo comienza a aparecer menos por tu vida.
Partiendo de la base de la no existencia de recetas mágicas, el sentido común funciona bastante bien.
El problema es cuando el sentido común no funciona porque un individuo es un analfabeto emocional (concepto utilizado por mi amiga Mariángeles).
Por mi vida han pasado muchos, y muchas, de esas personas. No les huyo, pero trato de no hacer migas, a no ser que ya estén integrados en mi mundo.
Entre estos últimos, tengo amistades que se arrastran imperturbables por el amor de alguien, valorándose a la altura de un zapato y traicionando a los más cercanos por una cita a cualquier precio.
Yo mismo he llegado a creerme enamorado de gente así, personas que, hasta que las descubres en su infantilismo de inmadurez, te dañan y desconciertan, porque no se rigen por parámetros en que los sentimientos nobles sean la guía.
Recuerdo compañeros de universidad con expedientes impecables, impensables para mí, pero que no sabían darte la mano firme ni mantener la mirada. Grandes candidatos de por vida a no enterarse de la misa la mitad.
Gente que no sabe ponerse en la piel del otro, que rehúye conversaciones complejas, que prefiere una revista de coches a una novela, una sesión de gimnasio a una cena con velas, un vulgar programa de cotilleo a una buena película; no saben acariciar con movimientos suaves, ni encuentran momentos para decir que son felices, envidian a la gente sensible pero no investigan sus propias sensibilidades.
¿Cómo van a entender a sus parejas si ni siquiera se han planteado entenderse a ellos mismos?
En todo habrá un porqué. A saber dónde está el origen de esos desfases que hacen de muchos humanos, a veces brillantes profesionales en su terreno, auténticos analfabetos emocionales.
Las personas somos imprevisibles frecuentemente, los años nos van cambiando y la escala de valores de cada uno de nosotros se va modulando hacia prioridades distintas con la madurez. Hay demasiados factores, en nuestro devenir mundano, como para poder construir ecuaciones que nos orienten hacia soluciones potentes y definitivas cuando nuestra pareja está triste, un hermano se cabrea contigo o un amigo comienza a aparecer menos por tu vida.
Partiendo de la base de la no existencia de recetas mágicas, el sentido común funciona bastante bien.
El problema es cuando el sentido común no funciona porque un individuo es un analfabeto emocional (concepto utilizado por mi amiga Mariángeles).
Por mi vida han pasado muchos, y muchas, de esas personas. No les huyo, pero trato de no hacer migas, a no ser que ya estén integrados en mi mundo.
Entre estos últimos, tengo amistades que se arrastran imperturbables por el amor de alguien, valorándose a la altura de un zapato y traicionando a los más cercanos por una cita a cualquier precio.
Yo mismo he llegado a creerme enamorado de gente así, personas que, hasta que las descubres en su infantilismo de inmadurez, te dañan y desconciertan, porque no se rigen por parámetros en que los sentimientos nobles sean la guía.
Recuerdo compañeros de universidad con expedientes impecables, impensables para mí, pero que no sabían darte la mano firme ni mantener la mirada. Grandes candidatos de por vida a no enterarse de la misa la mitad.
Gente que no sabe ponerse en la piel del otro, que rehúye conversaciones complejas, que prefiere una revista de coches a una novela, una sesión de gimnasio a una cena con velas, un vulgar programa de cotilleo a una buena película; no saben acariciar con movimientos suaves, ni encuentran momentos para decir que son felices, envidian a la gente sensible pero no investigan sus propias sensibilidades.
¿Cómo van a entender a sus parejas si ni siquiera se han planteado entenderse a ellos mismos?
En todo habrá un porqué. A saber dónde está el origen de esos desfases que hacen de muchos humanos, a veces brillantes profesionales en su terreno, auténticos analfabetos emocionales.
viernes, septiembre 10, 2010
Medio kilo
Dice mi amigo Miguel que un hombre, a partir de lo 35 años, engorda medio kilo por año. Es decir, que si queremos cuidarnos nuestro principal objetivo puede ser mantener el peso.
En la época universitaria recuerdo los descansos que nos pegábamos en la biblioteca por las tardes y cómo nos poníamos de palmeras de chocolate, batidos y demás porquerías. ¡Qué tiempos aquéllos! Podías comerte un rinoceronte por las patas que no engordabas. Pura energía, como si fuera una chimenea a la que echases leña, tu cuerpo todo lo fundía.
Cuando llegué a Francia caí rendido a los croissants de almendras. Para más inri, la boulangerie la tenía justo debajo de mi casa. No podía resistir ese olor que penetraba por todos lados. Es de esa época que recuerdo mis primeras luchas contra mi glotonería. Cada croissant que caía implicaba una vuelta haciendo footing a los Jardines de Luxemburgo. Y había días de frío y lluvia en que pasaba junto a los croissants sin mirarlos, de pensar en la carrera que tenía que pegarme luego.
Pocos placeres encuentro más completos que comer bien. Si, además, se es tan goloso como yo, el placer se transforma en venenoso.
Uno de mis sueños repetitivos es tener en mi habitación dos grifos. Uno lo abres y sale chocolate blanco, bien espesito y fresco. Del otro salen gominolas.
La vida se nos intenta hacer cuesta arriba con historias como las del medio kilo, pero no sabe que cuanto más viejos somos tenemos más capacidad de disfrutar otros detalles, no ser tan primitivos y pasar por al lado de croissants a los que, con mucho dolor, le hacemos cortes de manga imaginarios.
En la época universitaria recuerdo los descansos que nos pegábamos en la biblioteca por las tardes y cómo nos poníamos de palmeras de chocolate, batidos y demás porquerías. ¡Qué tiempos aquéllos! Podías comerte un rinoceronte por las patas que no engordabas. Pura energía, como si fuera una chimenea a la que echases leña, tu cuerpo todo lo fundía.
Cuando llegué a Francia caí rendido a los croissants de almendras. Para más inri, la boulangerie la tenía justo debajo de mi casa. No podía resistir ese olor que penetraba por todos lados. Es de esa época que recuerdo mis primeras luchas contra mi glotonería. Cada croissant que caía implicaba una vuelta haciendo footing a los Jardines de Luxemburgo. Y había días de frío y lluvia en que pasaba junto a los croissants sin mirarlos, de pensar en la carrera que tenía que pegarme luego.
Pocos placeres encuentro más completos que comer bien. Si, además, se es tan goloso como yo, el placer se transforma en venenoso.
Uno de mis sueños repetitivos es tener en mi habitación dos grifos. Uno lo abres y sale chocolate blanco, bien espesito y fresco. Del otro salen gominolas.
La vida se nos intenta hacer cuesta arriba con historias como las del medio kilo, pero no sabe que cuanto más viejos somos tenemos más capacidad de disfrutar otros detalles, no ser tan primitivos y pasar por al lado de croissants a los que, con mucho dolor, le hacemos cortes de manga imaginarios.
miércoles, septiembre 08, 2010
Sol
Saliendo esta tarde del trabajo, a eso de las seis, caía el sol de plano en esta Sevilla que habito.
Los que aquí vivimos llevamos tras nosotros, casi como maldición, ese sol enfurecido que amenaza con volvernos desierto de Arizona en este mundo cambiante de contaminaciones, poco respetado, que se acalora a marchas forzadas.
Sin embargo yo, sin defenderme absurdamente de las críticas a mi tierra, disfruto del sol.
El cielo azul de Sevilla, que tantos meses dura, me da vida.
Es, para mí, una alegría convivir con esa certeza de luz infinita en la que llevamos moviéndonos casi toda nuestra existencia. Cuando estoy enfermo, alicaído o estresado pienso en días plenos de luminosidad para buscar la vida con mayúsculas, el corazón batiendo fuerte.
Sé lo que es el calor, como pocos pueden saberlo mejor que los que vivimos en esta vieja urbe.
No refuto nada, no critico a nadie, no utilizo argumentos peregrinos de provinciano ni justifico mejor vida aquí que en ningún otro sitio del mundo. Faltaría más.
Simplemente razono en la felicidad propia y pienso en lo afortunado que me siento teniendo a 'Ra' tan cerca. Fuerte, agresivo, directo, deslumbrador, potente.
Los que aquí vivimos llevamos tras nosotros, casi como maldición, ese sol enfurecido que amenaza con volvernos desierto de Arizona en este mundo cambiante de contaminaciones, poco respetado, que se acalora a marchas forzadas.
Sin embargo yo, sin defenderme absurdamente de las críticas a mi tierra, disfruto del sol.
El cielo azul de Sevilla, que tantos meses dura, me da vida.
Es, para mí, una alegría convivir con esa certeza de luz infinita en la que llevamos moviéndonos casi toda nuestra existencia. Cuando estoy enfermo, alicaído o estresado pienso en días plenos de luminosidad para buscar la vida con mayúsculas, el corazón batiendo fuerte.
Sé lo que es el calor, como pocos pueden saberlo mejor que los que vivimos en esta vieja urbe.
No refuto nada, no critico a nadie, no utilizo argumentos peregrinos de provinciano ni justifico mejor vida aquí que en ningún otro sitio del mundo. Faltaría más.
Simplemente razono en la felicidad propia y pienso en lo afortunado que me siento teniendo a 'Ra' tan cerca. Fuerte, agresivo, directo, deslumbrador, potente.
lunes, septiembre 06, 2010
Batas blancas
Cada uno tenemos nuestro historial más o menos intenso, dramático, desesperante o satisfactorio con la medicina, pero ésta es una parte de nuestra vida que no podemos obviar, la de los hospitales, consultas y radiografías.
Mi primer recuerdo, a parte de las visitas al médico de cabecera por gripes o las revisiones escolares, fue la operación a la que fui sometido en quinto de EGB -tendría que hacer cálculos para averiguar la edad- para corregir mi estravismo, o bizquera. Fue tal el impacto de esa luz de quirófano, de la separación de mis padres, la sangre, las vendas, el postoperatorio, que resulta imposible de olvidar.
Desde entonces mantengo una innegable admiración por el oficio del sanitario. Médicos y enfermeros.
Quien se enfrenta al cuerpo humano de frente, al enfermo, en cierto modo a la muerte, contiene en sí mismo un valor encomiable. Relativiza a cualquier otra de las profesiones.
En mi época de adolescencia en que hice frente al choque tremendo que supone aceptar la certeza del morir, tuve un momento de 'crisis' en mi relación de adoración hacia ese mundo. ¿Para qué afanarse en curar si no son más que parches en un cuerpo que no tiene más que un final conocido?
Luego han llegado muchas operaciones familiares, algunas realmente de vida o muerte, he conocido salas de hospitales dedicadas a enfermos terminales. Oncólogos, cardiólogos, psiquiatras, traumatólogos, cirujanos, enfermeros de la UCI, de ambulancia, médicos de urgencia.
Están donde la mayoría de nosotros no queremos estar, asumen como habitual en sus vidas el dolor de los otros, sus angustias y lo hacen, en la mayor parte de los casos, con una profesionalidad encomiable.
Sabemos que nos tendremos que cruzar con ellos muchas veces en nuestras vidas. Por nosotros y por los nuestros. Y estarán allí, poniendo lo mejor de ellos...
Mi primer recuerdo, a parte de las visitas al médico de cabecera por gripes o las revisiones escolares, fue la operación a la que fui sometido en quinto de EGB -tendría que hacer cálculos para averiguar la edad- para corregir mi estravismo, o bizquera. Fue tal el impacto de esa luz de quirófano, de la separación de mis padres, la sangre, las vendas, el postoperatorio, que resulta imposible de olvidar.
Desde entonces mantengo una innegable admiración por el oficio del sanitario. Médicos y enfermeros.
Quien se enfrenta al cuerpo humano de frente, al enfermo, en cierto modo a la muerte, contiene en sí mismo un valor encomiable. Relativiza a cualquier otra de las profesiones.
En mi época de adolescencia en que hice frente al choque tremendo que supone aceptar la certeza del morir, tuve un momento de 'crisis' en mi relación de adoración hacia ese mundo. ¿Para qué afanarse en curar si no son más que parches en un cuerpo que no tiene más que un final conocido?
Luego han llegado muchas operaciones familiares, algunas realmente de vida o muerte, he conocido salas de hospitales dedicadas a enfermos terminales. Oncólogos, cardiólogos, psiquiatras, traumatólogos, cirujanos, enfermeros de la UCI, de ambulancia, médicos de urgencia.
Están donde la mayoría de nosotros no queremos estar, asumen como habitual en sus vidas el dolor de los otros, sus angustias y lo hacen, en la mayor parte de los casos, con una profesionalidad encomiable.
Sabemos que nos tendremos que cruzar con ellos muchas veces en nuestras vidas. Por nosotros y por los nuestros. Y estarán allí, poniendo lo mejor de ellos...
sábado, septiembre 04, 2010
La casa de la playa
Tuvimos la osadía hace unos cuatro años de embarcarnos en la compra de un pequeño apartamento en Conil.
Cuando nos lo vendieron nos explicaron que jamás construirían delante nuestra y tendríamos de por vida las maravillosas vistas del río Salado, del campo de Vejer, el Parque de la Breña y el faro de Trafalgar, la torre de Castilnovo y las playas vírgenes que conducen al Palmar.
En menos de un año se presentaron grandes excavadoras para meterle mano a ese terreno vendido como eternamente virgen, en esas estrategias rastreras de una importante parte del mundo empresarial, especialmente inmobiliario, por mentir, deformar, hacerse los locos...
Afortunadamente, las edificaciones de enfrente dejaban un hueco justo frente a nuestro dormitorio, por lo que mantuvimos en gran parte las vistas que nos enamoraron. Aunque ahora haya que desnudarse observando de reojo a un posible vecino mirón.
Con los primeros inviernos, el terreno empezó a ceder, las humedades a entrar. El dinero gastado en pintar, empapelar algunos rincones... se resquebraja con las grietas de casi un centímetro que rajan de arriba abajo el edificio. Ese edificio de materiales de primera.
Escrúpulos, ninguno.
A pesar de todo, no estamos en absoluto arrepentidos de habernos hecho con este pequeño lugar del mundo de la costa gaditana. Este verano han estado por aquí casi todos nuestros grandes amigos. Marta con su sonrisa eterna, inocente de ideas claras, Isaac el revolucionario, sacándonos cada dos por tres de paseo, Mariángeles de conversaciones profundas y divertidísimas, David pura educación y cariño, Miguel, el portugués más vitalista, Vincent y Elodie, nuestra pareja francesa favorita, siempre asombrados por los pasionales españoles, Raúl el tranquilo y observador, Cinta con sus nervios de boda próxima, Pilar lectora empedernida y entusiasta de paisajes nuevos, la Polemique de paseos larguísimos por la playa.
Que nuestra casa de la playa, un verano más, sea el lugar de encuentro de nuestros amigos es el mejor sortilegio contra grietas y mirones.
Cuando nos lo vendieron nos explicaron que jamás construirían delante nuestra y tendríamos de por vida las maravillosas vistas del río Salado, del campo de Vejer, el Parque de la Breña y el faro de Trafalgar, la torre de Castilnovo y las playas vírgenes que conducen al Palmar.
En menos de un año se presentaron grandes excavadoras para meterle mano a ese terreno vendido como eternamente virgen, en esas estrategias rastreras de una importante parte del mundo empresarial, especialmente inmobiliario, por mentir, deformar, hacerse los locos...
Afortunadamente, las edificaciones de enfrente dejaban un hueco justo frente a nuestro dormitorio, por lo que mantuvimos en gran parte las vistas que nos enamoraron. Aunque ahora haya que desnudarse observando de reojo a un posible vecino mirón.
Con los primeros inviernos, el terreno empezó a ceder, las humedades a entrar. El dinero gastado en pintar, empapelar algunos rincones... se resquebraja con las grietas de casi un centímetro que rajan de arriba abajo el edificio. Ese edificio de materiales de primera.
Escrúpulos, ninguno.
A pesar de todo, no estamos en absoluto arrepentidos de habernos hecho con este pequeño lugar del mundo de la costa gaditana. Este verano han estado por aquí casi todos nuestros grandes amigos. Marta con su sonrisa eterna, inocente de ideas claras, Isaac el revolucionario, sacándonos cada dos por tres de paseo, Mariángeles de conversaciones profundas y divertidísimas, David pura educación y cariño, Miguel, el portugués más vitalista, Vincent y Elodie, nuestra pareja francesa favorita, siempre asombrados por los pasionales españoles, Raúl el tranquilo y observador, Cinta con sus nervios de boda próxima, Pilar lectora empedernida y entusiasta de paisajes nuevos, la Polemique de paseos larguísimos por la playa.
Que nuestra casa de la playa, un verano más, sea el lugar de encuentro de nuestros amigos es el mejor sortilegio contra grietas y mirones.
viernes, agosto 27, 2010
Ternura
Este fin de semana he llevado a mi padre a la playa, como tantos otros.
Era media tarde de viernes, oíamos la radio y, en un momento dado, giré la mirada y le vi dando una cabezada, intentando luchar por no quedar dormido. Fue una ráfaga de menos de un segundo. ¡Lo vi tan mayor!
Esa misma noche, ya en Conil, mi amigo David nos hizo una foto a los dos mientras veíamos la pantalla grande de una retransmisión deportiva. Perfil de padre e hijo. La foto no tenía desperdicio. Era yo y mi futuro, él y su pasado. La misma nariz grande, el mismo poco pelo, idéntica postura.
Sigue siendo tan seductor como siempre, elegante y buen conversador. A pesar de las operaciones a corazón abierto continúa con su rutina de cervezas de mediodía y sus tardes rodeado de libros de historia, gran parte de ellas solo en su casa, la que fue nuestra durante tantos años de infancia, adolescencia y juventud. La que nos sirvió de nido para crecer en un ambiente espléndido, roto de cuajo por la muerte cruel y lenta de mi madre.
Siempre tendré en mi cabeza su llanto calmado, con las manos de su mujer en el lecho de muerte, mientras se apagaba en un último suspiro y cómo él le decía suave... 'mi rubia, mi rubia...'
No sé cómo podía estirar tanto su sueldo de perito agrícola para haber conseguido darnos siempre lo que necesitábamos, incluso más. Veraneos de tres meses en la playa, estudios universitarios.
Los años últimos van llegando y no sé cómo de fría se siente la llegada del final, ni qué pasa por su cabeza cuando el corazón le flaquea y le obliga a meterse bajo la lengua una pastilla contra los infartos.
A mi padre sus hijos le hemos hecho más abierto en su visión de la vida, él nos ha educado a ser personas respetuosas.
No olvido los abrazos, escasos sí, pero sentidos, que me ha dado en los momentos críticos.
Es tan reconfortante saber que tienes a alguien tan incondicional a tu lado como desasosegante admitir que sin él ya no habrá más ángeles de la guarda con nosotros.
Miré al lado, lo vi dar cabezadas y me produjo una inmensa ternura.
Era media tarde de viernes, oíamos la radio y, en un momento dado, giré la mirada y le vi dando una cabezada, intentando luchar por no quedar dormido. Fue una ráfaga de menos de un segundo. ¡Lo vi tan mayor!
Esa misma noche, ya en Conil, mi amigo David nos hizo una foto a los dos mientras veíamos la pantalla grande de una retransmisión deportiva. Perfil de padre e hijo. La foto no tenía desperdicio. Era yo y mi futuro, él y su pasado. La misma nariz grande, el mismo poco pelo, idéntica postura.
Sigue siendo tan seductor como siempre, elegante y buen conversador. A pesar de las operaciones a corazón abierto continúa con su rutina de cervezas de mediodía y sus tardes rodeado de libros de historia, gran parte de ellas solo en su casa, la que fue nuestra durante tantos años de infancia, adolescencia y juventud. La que nos sirvió de nido para crecer en un ambiente espléndido, roto de cuajo por la muerte cruel y lenta de mi madre.
Siempre tendré en mi cabeza su llanto calmado, con las manos de su mujer en el lecho de muerte, mientras se apagaba en un último suspiro y cómo él le decía suave... 'mi rubia, mi rubia...'
No sé cómo podía estirar tanto su sueldo de perito agrícola para haber conseguido darnos siempre lo que necesitábamos, incluso más. Veraneos de tres meses en la playa, estudios universitarios.
Los años últimos van llegando y no sé cómo de fría se siente la llegada del final, ni qué pasa por su cabeza cuando el corazón le flaquea y le obliga a meterse bajo la lengua una pastilla contra los infartos.
A mi padre sus hijos le hemos hecho más abierto en su visión de la vida, él nos ha educado a ser personas respetuosas.
No olvido los abrazos, escasos sí, pero sentidos, que me ha dado en los momentos críticos.
Es tan reconfortante saber que tienes a alguien tan incondicional a tu lado como desasosegante admitir que sin él ya no habrá más ángeles de la guarda con nosotros.
Miré al lado, lo vi dar cabezadas y me produjo una inmensa ternura.
Materia
Entre los recuerdos de mi infancia está el armario sin fondo de la habitación de mi abuela.
Como en los cuentos de hadas, este armario poseía cualidades mágicas. Allí entraba mi abuela (sí, casi entraba de cuerpo entero) y sacaba cualquier cosa. Rebuscaba sin dejarte mirar, y aparecía con caramelos, con un regalo, un libro, fotos, galletas, periódicos, un reloj de su infancia, un juguete de antes de la guerra...
Había noches en que mis padres nos dejaban allí para dormir mientras ellos se iban de cena y, como yo era el más noctámbulo de mis hermanos, acababa durmiendo en su gran cama.
Cuando abría el ropero a mí me daba pánico y excitación. ¿Qué sacaría esta vez de ese agujero negro?
Conozco a mucha gente como mi abuela, incapaz de tirar nada a la basura, recogiendo cada pizca de materia de sus recuerdos.
Yo, en cambio, soy especialista en tirar, en no coger cariño a lo material. Hacer limpieza y retirar todo lo que significa pasado. No por temor a nada, ni como protección inconsciente, creo, a que ataquen fantasmas venidos de otros tiempos.
Un coche, una casa, un reloj, una camiseta... no son más que materia.
Mi memoria no es especialmente rica ni detallista, pero prefiero jugar con mis emociones y el pequeño almacén de mis neuronas. No quiero enfrentar las pelusas de objetos venidos de otras vidas, mías, sí, pero que ya quedaron atrás.
Como en los cuentos de hadas, este armario poseía cualidades mágicas. Allí entraba mi abuela (sí, casi entraba de cuerpo entero) y sacaba cualquier cosa. Rebuscaba sin dejarte mirar, y aparecía con caramelos, con un regalo, un libro, fotos, galletas, periódicos, un reloj de su infancia, un juguete de antes de la guerra...
Había noches en que mis padres nos dejaban allí para dormir mientras ellos se iban de cena y, como yo era el más noctámbulo de mis hermanos, acababa durmiendo en su gran cama.
Cuando abría el ropero a mí me daba pánico y excitación. ¿Qué sacaría esta vez de ese agujero negro?
Conozco a mucha gente como mi abuela, incapaz de tirar nada a la basura, recogiendo cada pizca de materia de sus recuerdos.
Yo, en cambio, soy especialista en tirar, en no coger cariño a lo material. Hacer limpieza y retirar todo lo que significa pasado. No por temor a nada, ni como protección inconsciente, creo, a que ataquen fantasmas venidos de otros tiempos.
Un coche, una casa, un reloj, una camiseta... no son más que materia.
Mi memoria no es especialmente rica ni detallista, pero prefiero jugar con mis emociones y el pequeño almacén de mis neuronas. No quiero enfrentar las pelusas de objetos venidos de otras vidas, mías, sí, pero que ya quedaron atrás.
lunes, agosto 23, 2010
Truenos
En los años de esta década que termina en que estuve trabajando en Francia, hubo una tarde de invierno lluviosa en que mi jefe me convocó para una misión importante. Uno de los principales proveedores de Renault había cometido un serio error de calidad, provocando una crisis de grandes proporciones en el montaje de un determinado tipo de motores que ponía en peligro el montaje de nuestros vehículos. Ese fabricante estaba en México y mi empresa había decidido enviarme durante un período de tres meses allí para auditarles y construir las bases para evitar ese tipo de incidentes en el futuro.
Mi jefe, francés, me lo decía con nervios, incapaz de anticipar mi reacción. Yo puse cara de preocupación de cintura para arriba, la que yo mostraba por encima de la mesa, mientras mis piernas se movían locas por debajo no pudiendo controlar mi felicidad por la experiencia que me proponían y la confianza que depositaban en mí.
-¿En qué ciudad de México? -pregunté, serio.
-En Torreón.
Jamás lo había oído: Torreón. En pleno desierto del norte, en el estado de Coahuila colindando con el de Durango. Ciudad fundada en los albores del siglo XX.
Esa noche llamé a mi padre a Sevilla, nervioso de felicidad y responsabilidad.
-Papá, me destinan unos meses a México.
Le conté por encima en qué consistía la misión y él, henchido de orgullo, me preguntó.
-Pero, ¿a qué parte de México?
-A Truenos -contesté, traicionado por los nervios y la poca memoria.
Durante mucho tiempo he mezclado ese Truenos imaginario con el Torreón real. Allí descubrí la hospitalidad mexicana. No creo que vaya a conocer en el resto de mi vida un pueblo más cariñoso, acogedor, entregado. Hice grandes amigos, con los que aún me mensajeo por internet.
Ahora me cuentan que esa ciudad en la que yo tanto aprendí, humana y profesionalmente, tranquila para pasear en aquella época de 2003, donde tomábamos cerveza y arracheras en restaurantes de grandes patios blancos al aire libre, ese Torreón que yo tengo entre mis mejores recuerdos se ha convertido en territorio golpeado por el narcotráfico salvaje e impío.
Mi amigo Ricardo me dice, desde allá, que nada es lo que era. Que ya no podríamos ir tranquilos a pedir canciones apuntadas en servilletas al 'Señor Tequila', ni asomarnos al parque donde unos jardines producen eco, ni al mercado los domingos porque allá, en mi querido Torreón, los truenos no son imaginarios.
Mi jefe, francés, me lo decía con nervios, incapaz de anticipar mi reacción. Yo puse cara de preocupación de cintura para arriba, la que yo mostraba por encima de la mesa, mientras mis piernas se movían locas por debajo no pudiendo controlar mi felicidad por la experiencia que me proponían y la confianza que depositaban en mí.
-¿En qué ciudad de México? -pregunté, serio.
-En Torreón.
Jamás lo había oído: Torreón. En pleno desierto del norte, en el estado de Coahuila colindando con el de Durango. Ciudad fundada en los albores del siglo XX.
Esa noche llamé a mi padre a Sevilla, nervioso de felicidad y responsabilidad.
-Papá, me destinan unos meses a México.
Le conté por encima en qué consistía la misión y él, henchido de orgullo, me preguntó.
-Pero, ¿a qué parte de México?
-A Truenos -contesté, traicionado por los nervios y la poca memoria.
Durante mucho tiempo he mezclado ese Truenos imaginario con el Torreón real. Allí descubrí la hospitalidad mexicana. No creo que vaya a conocer en el resto de mi vida un pueblo más cariñoso, acogedor, entregado. Hice grandes amigos, con los que aún me mensajeo por internet.
Ahora me cuentan que esa ciudad en la que yo tanto aprendí, humana y profesionalmente, tranquila para pasear en aquella época de 2003, donde tomábamos cerveza y arracheras en restaurantes de grandes patios blancos al aire libre, ese Torreón que yo tengo entre mis mejores recuerdos se ha convertido en territorio golpeado por el narcotráfico salvaje e impío.
Mi amigo Ricardo me dice, desde allá, que nada es lo que era. Que ya no podríamos ir tranquilos a pedir canciones apuntadas en servilletas al 'Señor Tequila', ni asomarnos al parque donde unos jardines producen eco, ni al mercado los domingos porque allá, en mi querido Torreón, los truenos no son imaginarios.
viernes, agosto 20, 2010
Rencor
No soy de las personas que perdonen con facilidad, y no sé hasta qué punto es un defecto o una cuestión de coherencia. Ni si querría ser de otro modo, la mayoría de las veces sí. Olvidar las actitudes degradantes hacia mí o hacia los míos, o hacia mis principios, la ética o el ser humano es una misión complicada.
Tal vez, llegados a una edad, justifiquemos nuestros errores como virtudes porque no somos capaces de deshacernos de ellos.
El verano de mis diecinueve años, mi madre recién muerta, la terrible carrera de ingenieros recién comenzada y una crisis existencial tremebunda, nos fuimos a pasar un fin de semana a Matalascañas, a casa de mi tía Elo. La única hermana de mi madre. Íbamos mi padre, mi hermano David y yo, un poco perdidos tras llevar toda la vida veraneando, la familia unida, en la playa de La Antilla.
En un momento dado, mi hermano se tiró en un sofá de esa casa de verano. El marido de mi tía, entonces, le gritó como un energúmeno que quitará 'las pezuñas' del sofá.
De un golpe, me acordé de tantos años aguantando sus ronquidos en mi habitación infantil, cuando dormía en la litera en sus frecuentes visitas a Sevilla como novio de mi tía. Me acordé de cómo mi madre se comportó con él de forma exquisita durante muchísimos años. De todos los veranos que le hacía un hueco en nuestro chalet para pasar semanas con nosotros. De lo generosa que había sido mi familia con este hombre.
Yo me enfrenté a él, le dije con todo el cuerpo temblándome de rabia, que no volviese a hablar así a mi hermano pequeño. Que pronto olvidaba todo lo que mi madre había hecho por él. Mi tía Elo me apartó y yo le dije a mi padre que quería irme de allí.
Nos quedamos.
A las dos horas mi hermano David estaba jugando al fútbol con él en la arena y yo, en cambio, sigo recordando con rencor ese episodio.
Ahora sé que la vida le trata mal en forma de enfermedad. Deseo de corazón, por él y sobre todo por mi tía y mis primos, que las cosas vayan a mejor.
Del mismo modo que sé que se debe ser más feliz jugando al fútbol dos horas después.
Tendré que ir practicando.
Tal vez, llegados a una edad, justifiquemos nuestros errores como virtudes porque no somos capaces de deshacernos de ellos.
El verano de mis diecinueve años, mi madre recién muerta, la terrible carrera de ingenieros recién comenzada y una crisis existencial tremebunda, nos fuimos a pasar un fin de semana a Matalascañas, a casa de mi tía Elo. La única hermana de mi madre. Íbamos mi padre, mi hermano David y yo, un poco perdidos tras llevar toda la vida veraneando, la familia unida, en la playa de La Antilla.
En un momento dado, mi hermano se tiró en un sofá de esa casa de verano. El marido de mi tía, entonces, le gritó como un energúmeno que quitará 'las pezuñas' del sofá.
De un golpe, me acordé de tantos años aguantando sus ronquidos en mi habitación infantil, cuando dormía en la litera en sus frecuentes visitas a Sevilla como novio de mi tía. Me acordé de cómo mi madre se comportó con él de forma exquisita durante muchísimos años. De todos los veranos que le hacía un hueco en nuestro chalet para pasar semanas con nosotros. De lo generosa que había sido mi familia con este hombre.
Yo me enfrenté a él, le dije con todo el cuerpo temblándome de rabia, que no volviese a hablar así a mi hermano pequeño. Que pronto olvidaba todo lo que mi madre había hecho por él. Mi tía Elo me apartó y yo le dije a mi padre que quería irme de allí.
Nos quedamos.
A las dos horas mi hermano David estaba jugando al fútbol con él en la arena y yo, en cambio, sigo recordando con rencor ese episodio.
Ahora sé que la vida le trata mal en forma de enfermedad. Deseo de corazón, por él y sobre todo por mi tía y mis primos, que las cosas vayan a mejor.
Del mismo modo que sé que se debe ser más feliz jugando al fútbol dos horas después.
Tendré que ir practicando.
jueves, agosto 19, 2010
Lo que no conozco
Me gusta leer a Paul Auster en inglés. Y disfruto con un diccionario al lado anotando la traducción de una palabra por página. Tore up es romper, to sob es sollozar... Y apuntarlas en un archivo Excel para repasarlas frecuencialmente. Me gusta visitar los lugares que describe Auster, recorrer los barrios de Brooklyn y llegar con él, a través de uno de sus personajes, a un poeta de la época de Dante Aligheri, e investigar esa época, la del medievo italiano para, a partir de ahí, atravesar el Atlántico y los siglos en busca de otras mentalidades en un mundo que aún era plano, para poder entonces admirar la determinación del hombre por buscar la redondez, al ver el horizonte finito y la luna rota por una sombra de una tierra circular.
Aprender de lo desconocido es encontrar una mecha sin final para apreciar la vida. No encuentro motivos mucho más fuertes, salvando el amor y el sexo, para sentirse vivo en plenitud.
Recorrer el mundo con los ojos abiertos, la humildad por bandera y la inocencia necesaria para asombrarse ante un nuevo verbo en inglés, una explicación diferente del funcionamiento de un motor de combustión de tres cilindros o acerca de las terapias para tratar a personas bipolares.
Pensar que hay tantos paisajes por descubrir, tantas conversaciones pendientes, escritores desconocidos que nos deslumbrarán, situaciones históricas que, quizás, cambiarán el mundo.
Leyendo a Auster...
Aprender de lo desconocido es encontrar una mecha sin final para apreciar la vida. No encuentro motivos mucho más fuertes, salvando el amor y el sexo, para sentirse vivo en plenitud.
Recorrer el mundo con los ojos abiertos, la humildad por bandera y la inocencia necesaria para asombrarse ante un nuevo verbo en inglés, una explicación diferente del funcionamiento de un motor de combustión de tres cilindros o acerca de las terapias para tratar a personas bipolares.
Pensar que hay tantos paisajes por descubrir, tantas conversaciones pendientes, escritores desconocidos que nos deslumbrarán, situaciones históricas que, quizás, cambiarán el mundo.
Leyendo a Auster...
martes, agosto 17, 2010
Cutre
Muy a mi pesar, este veraneo a punto de acabar en tierras conileñas confirma algo que me duele reconocer. El turismo medio español, el veraneante que se pasea por sus playas y se tuesta al sol es fundamentalmente cutre. En su forma de hablar a gritos, en los modales, en la vestimenta, en la educación social.
Junto al bloque donde está mi apartamento hay todo tipo de contenedores: para plástico, vidrio, papel, ropa para tirar y basura genérica. Por no desplazarse unos metros, el contenedor más cercano a la vivienda, el de papeles, está rodeado de una montaña de bolsas de basura, todo por no andar unos metros más.
Las playas parecen el 'far west'. Tira la cajetilla del tabajo, las colillas y deja las botellas de plástico, que ya vendrá quien las recoja.
Tumbarse un rato tras un baño es una odisea. Los gritos a los niños como si estuvieran en el patio de su casa, sin pensar que hay gente que trata de relajarse estos días de verano y oír el rumor de las olas. '¡¡¡Vanessaaaaaaaaaaa, tráeme un botellín del chiringito!!!'. Que sus niños te echen arena encima o te den balonazos es parte de la tradición, que tú no quieras oír sus conversaciones futboleras lo deben encontrar un sinsentido.
Los veraneantes españoles, salvo excepciones, están habituados a hablar a voz en grito aunque sean las dos o las cuatro de la mañana, aunque pueda haber gente durmiendo y enfrentando el calor con las ventanas abiertas.
Entiendo que la situación económico-social del país está complicada, que el esfuerzo que hacen muchas familias por conseguir unos días de descanso es totalmente merecido. Y que deben de disfrutarlos a manos llenas.
Pero eso no quita para que yo ande todos los días varios kilómetros de playa salvaje para llegar a un lugar donde poder bañarme y olvidarme de lo cutre que es el veraneante medio de nuestro país.
Junto al bloque donde está mi apartamento hay todo tipo de contenedores: para plástico, vidrio, papel, ropa para tirar y basura genérica. Por no desplazarse unos metros, el contenedor más cercano a la vivienda, el de papeles, está rodeado de una montaña de bolsas de basura, todo por no andar unos metros más.
Las playas parecen el 'far west'. Tira la cajetilla del tabajo, las colillas y deja las botellas de plástico, que ya vendrá quien las recoja.
Tumbarse un rato tras un baño es una odisea. Los gritos a los niños como si estuvieran en el patio de su casa, sin pensar que hay gente que trata de relajarse estos días de verano y oír el rumor de las olas. '¡¡¡Vanessaaaaaaaaaaa, tráeme un botellín del chiringito!!!'. Que sus niños te echen arena encima o te den balonazos es parte de la tradición, que tú no quieras oír sus conversaciones futboleras lo deben encontrar un sinsentido.
Los veraneantes españoles, salvo excepciones, están habituados a hablar a voz en grito aunque sean las dos o las cuatro de la mañana, aunque pueda haber gente durmiendo y enfrentando el calor con las ventanas abiertas.
Entiendo que la situación económico-social del país está complicada, que el esfuerzo que hacen muchas familias por conseguir unos días de descanso es totalmente merecido. Y que deben de disfrutarlos a manos llenas.
Pero eso no quita para que yo ande todos los días varios kilómetros de playa salvaje para llegar a un lugar donde poder bañarme y olvidarme de lo cutre que es el veraneante medio de nuestro país.
domingo, agosto 15, 2010
La mezcla
Una de las cualidades más sanas que tiene todo veraneo es la mezcla.
Estas vacaciones nos están permitiendo estar con gente de media España, y Europa.
Estar en una cafetería, tumbado en la playa, tomando una copa o paseando e ir oyendo otros acentos. Con el relax propio de estos días sin estrés que justifiquen prisas, andamos predispuestos a entablar conversaciones con personas que no se cruzarían de otra forma en nuestra rutina diaria.
Poder escuchar de boca de un zaragozano cómo van las cosas por su ciudad, o que un francés de Toulouse te explique en qué consiste su trabajo, oír los cánticos de un grupo de catalanes celebrando un cumpleaños.
Es el momento también de ofrecer, a los que nos quedamos en nuestra tierra, toda nuestra disposición a compartirla, mostrar cómo somos sin maniqueísmos ni topicazos.
Veraneos como turmix en que tomas a la población y la revoleas de un lado a otro, para que se toquen, se escuchen, se rían juntos. Darnos cuenta que el mundo es grande, nuestros pueblos pequeños y no tienen sentido los pequeños localismos de creerse más o mejor que otros.
A mí me gusta la mezcla. Cuanta más, mejor. Más sanos seremos.
Estas vacaciones nos están permitiendo estar con gente de media España, y Europa.
Estar en una cafetería, tumbado en la playa, tomando una copa o paseando e ir oyendo otros acentos. Con el relax propio de estos días sin estrés que justifiquen prisas, andamos predispuestos a entablar conversaciones con personas que no se cruzarían de otra forma en nuestra rutina diaria.
Poder escuchar de boca de un zaragozano cómo van las cosas por su ciudad, o que un francés de Toulouse te explique en qué consiste su trabajo, oír los cánticos de un grupo de catalanes celebrando un cumpleaños.
Es el momento también de ofrecer, a los que nos quedamos en nuestra tierra, toda nuestra disposición a compartirla, mostrar cómo somos sin maniqueísmos ni topicazos.
Veraneos como turmix en que tomas a la población y la revoleas de un lado a otro, para que se toquen, se escuchen, se rían juntos. Darnos cuenta que el mundo es grande, nuestros pueblos pequeños y no tienen sentido los pequeños localismos de creerse más o mejor que otros.
A mí me gusta la mezcla. Cuanta más, mejor. Más sanos seremos.
jueves, agosto 12, 2010
Coacciones
Pocas cosas me revientan más que la falta de libertad, pero no hablando de ello como concepto abstracto y alejado de nosotros, sino cuando se traduce en una realidad física y, sobre todo, cuando se excusa basándose en otras 'verdades' que suelen tener mucho que ver con religiones, dictaduras o nacionalismos de mira estrecha.
Es una coacción enorme la que provoca el mundo extremo islámico sobre el libre pensamiento. A mí mismo, aún siendo leído por pocas personas, me da pánico pensar en las consecuencias de una crítica a esas yihads o fatuas que condenan al que piensa distinto. Juegan con el miedo para imponer un pensamiento único. Ahora nos llegan ecos de lapidaciones a mujeres por el hecho de llevar una vida sexual independiente, antes nos llegaron condenas a escritores o a dibujantes. Es indignante pensar en dirigentes como Ahmadineyah, el dictador iraní que 'ganó' unas elecciones fraudulentas, que utiliza con esa risa socarrona soflamas negacionistas del holocausto para justificarse ante un pueblo narcotizado por informaciones que sólo llegan de un bando. Como su amigo Hugo Chávez, otro impresentable que cierra las televisiones y periódicos que no comulgan con su populismo cateto, trasnochado, apoyado en argumentos interesados en que la culpa, siempre, es del otro, llámese Colombia, el Capital o los yanquis. No de él, que gestiona el país como una finca.
En menor grado, pero no por ello más aceptable, hemos vivido y vivimos los últimos decenios en regiones, nacionalidades o naciones de España (no tengo problemas en llamarlas de acuerdo a esas tres distintas acepciones, porque entiendo que cada cuál la pueda sentir a su manera) que sufrieron enormemente en el pasado una falta de libertad para hablar su lengua, proteger su autogobierno o mantener su cultura. Hablo, efectivamente, de Euskadi y Cataluña. De la coacción que supone para cualquier ciudadano que no se sienta nacionalista expresarse en libertad. No lo puede hacer aún más si vive en una pequeña población guipuzcoana donde el único discurso es el del odio a lo español. Ni siquiera en temas tan banales como el fútbol. En este último Mundial, las calles del País Vasco estaban desiertas pero los gritos de gol de la selección se cantaban con las ventanas cerradas y con sordina, porque nunca se sabe qué pueda pensar, o a quién conocer, el vecino...
En el caso catalán el sibilinismo nacionalista es aún mayor. Es cierto que las encuestas hablan de un 20-25% de independentistas. Pero eso implica un 75-80% que no lo son. En cambio, el patio de vecinos está tomado por los que forman la minoría. Volvamos con el fútbol. En un país, como el catalán, donde más del 50% de la población se siente tan catalana como española, ¿por qué no se ve una sola bandera de nuestro país en el campo del Barça?, ¿hay libertad real para hacerlo o te juegas el tipo? Todo está tamizado por el pedigrí del buen nacionalista. A mí las banderas me traen al pairo, pero un chaval que vaya al fútbol en ese ambiente sólo ve un sentimiento permitido. Y Cataluña es más grande que eso.
Cuando desde pequeño el discurso correcto que oyes es el del odio, salvo que uno tenga mucho valor, convicciones fuertes y ganas de complicarse la vida, el discurso contrario queda diluido y arrinconado.
Es como cuando un homosexual lleva toda la vida oyendo chistes homófobos y ridiculizaciones de su condición, ¿quién es el valiente que se manifiesta tal como es?, o aún más, ¿quién se atreve a defenderlos sin que le acusen de 'mariquita'? Afortunadamente, en este campo, la sociedad va avanzando gracias a leyes que protegen al que es minoría. Del mismo modo que Patxi López ha hecho mucho bien luchando contra la ignominia de permitir cartelería de asesinos por las calles vascas.
Yo quiero una cultura islámica justa, abierta, como la que se dio en sus orígenes. Quiero una España abierta, plurilingüe, en que Cataluña y Euskadi sean lo que quieran ser, pero sin coacciones.
Es una coacción enorme la que provoca el mundo extremo islámico sobre el libre pensamiento. A mí mismo, aún siendo leído por pocas personas, me da pánico pensar en las consecuencias de una crítica a esas yihads o fatuas que condenan al que piensa distinto. Juegan con el miedo para imponer un pensamiento único. Ahora nos llegan ecos de lapidaciones a mujeres por el hecho de llevar una vida sexual independiente, antes nos llegaron condenas a escritores o a dibujantes. Es indignante pensar en dirigentes como Ahmadineyah, el dictador iraní que 'ganó' unas elecciones fraudulentas, que utiliza con esa risa socarrona soflamas negacionistas del holocausto para justificarse ante un pueblo narcotizado por informaciones que sólo llegan de un bando. Como su amigo Hugo Chávez, otro impresentable que cierra las televisiones y periódicos que no comulgan con su populismo cateto, trasnochado, apoyado en argumentos interesados en que la culpa, siempre, es del otro, llámese Colombia, el Capital o los yanquis. No de él, que gestiona el país como una finca.
En menor grado, pero no por ello más aceptable, hemos vivido y vivimos los últimos decenios en regiones, nacionalidades o naciones de España (no tengo problemas en llamarlas de acuerdo a esas tres distintas acepciones, porque entiendo que cada cuál la pueda sentir a su manera) que sufrieron enormemente en el pasado una falta de libertad para hablar su lengua, proteger su autogobierno o mantener su cultura. Hablo, efectivamente, de Euskadi y Cataluña. De la coacción que supone para cualquier ciudadano que no se sienta nacionalista expresarse en libertad. No lo puede hacer aún más si vive en una pequeña población guipuzcoana donde el único discurso es el del odio a lo español. Ni siquiera en temas tan banales como el fútbol. En este último Mundial, las calles del País Vasco estaban desiertas pero los gritos de gol de la selección se cantaban con las ventanas cerradas y con sordina, porque nunca se sabe qué pueda pensar, o a quién conocer, el vecino...
En el caso catalán el sibilinismo nacionalista es aún mayor. Es cierto que las encuestas hablan de un 20-25% de independentistas. Pero eso implica un 75-80% que no lo son. En cambio, el patio de vecinos está tomado por los que forman la minoría. Volvamos con el fútbol. En un país, como el catalán, donde más del 50% de la población se siente tan catalana como española, ¿por qué no se ve una sola bandera de nuestro país en el campo del Barça?, ¿hay libertad real para hacerlo o te juegas el tipo? Todo está tamizado por el pedigrí del buen nacionalista. A mí las banderas me traen al pairo, pero un chaval que vaya al fútbol en ese ambiente sólo ve un sentimiento permitido. Y Cataluña es más grande que eso.
Cuando desde pequeño el discurso correcto que oyes es el del odio, salvo que uno tenga mucho valor, convicciones fuertes y ganas de complicarse la vida, el discurso contrario queda diluido y arrinconado.
Es como cuando un homosexual lleva toda la vida oyendo chistes homófobos y ridiculizaciones de su condición, ¿quién es el valiente que se manifiesta tal como es?, o aún más, ¿quién se atreve a defenderlos sin que le acusen de 'mariquita'? Afortunadamente, en este campo, la sociedad va avanzando gracias a leyes que protegen al que es minoría. Del mismo modo que Patxi López ha hecho mucho bien luchando contra la ignominia de permitir cartelería de asesinos por las calles vascas.
Yo quiero una cultura islámica justa, abierta, como la que se dio en sus orígenes. Quiero una España abierta, plurilingüe, en que Cataluña y Euskadi sean lo que quieran ser, pero sin coacciones.
martes, agosto 10, 2010
Paisaje nocturno
Salvo los domingos, todos los días de estas vacaciones de verano estoy consiguiendo tener la fuerza para buscar las zapatillas de deportes y lanzarme, a eso de las nueve de la noche, cuando el sol cae, a correr por la playa casi desierta que une Conil con el Palmar.
En ese trayecto me cruzo de frente con veraneantes que contemplan embelesados la puesta de sol que se proyecta justo tras de mí.
Sé de una nueva novela de Murakami en que se canta al hecho de correr. La mezcla de esfuerzo, soledad y contacto con la naturaleza que supone correr.
Bañarse, agotado por el esfuerzo, con Venus ya en el horizonte del Atlántico y la luz rosada del anochecer es descubrir la belleza de la vida. En esas horas, el mar es perfecto, las olas se mueven ralentizadas, más espesas.
A todo el placer hay que sumar la felicidad de tener a mi amor esperándome para llevarme de vuelta a casa.
De retorno en el coche, con las ventanillas abiertas y contemplando el paisaje de los acantilados de Roche al fondo y el faro de Conil ya girando luminoso, me planteo qué maravillas hubiera hecho Monet con este escenario tan cambiante, desde el amanecer hasta el ocaso.
Tenía un amigo catalán, Rafa, que vivía en La Molina y, extasiado ante la montaña, decía que no cambiaba una sola de ellas por todas las ciudades del mundo.
¿La catedral de Rouen o las playas del Atlántico?
Me niego a tomar partido.
En ese trayecto me cruzo de frente con veraneantes que contemplan embelesados la puesta de sol que se proyecta justo tras de mí.
Sé de una nueva novela de Murakami en que se canta al hecho de correr. La mezcla de esfuerzo, soledad y contacto con la naturaleza que supone correr.
Bañarse, agotado por el esfuerzo, con Venus ya en el horizonte del Atlántico y la luz rosada del anochecer es descubrir la belleza de la vida. En esas horas, el mar es perfecto, las olas se mueven ralentizadas, más espesas.
A todo el placer hay que sumar la felicidad de tener a mi amor esperándome para llevarme de vuelta a casa.
De retorno en el coche, con las ventanillas abiertas y contemplando el paisaje de los acantilados de Roche al fondo y el faro de Conil ya girando luminoso, me planteo qué maravillas hubiera hecho Monet con este escenario tan cambiante, desde el amanecer hasta el ocaso.
Tenía un amigo catalán, Rafa, que vivía en La Molina y, extasiado ante la montaña, decía que no cambiaba una sola de ellas por todas las ciudades del mundo.
¿La catedral de Rouen o las playas del Atlántico?
Me niego a tomar partido.
sábado, agosto 07, 2010
Zapatazos
Desayunando esta mañana en Conil, unos zapatazos me sacaron de la lectura del periódico. Un chaval bajaba hacia la playa haciendo que hacía footing. No se podía correr peor. Desgarbado, sus zancadas eran tan patosas que lo único que podía era estar destrozándose los pies.
No tardaron en venir recuerdos de mi primer día en el Labradores, cuando gracias a mi tío Yiyi me apunté en un club de Remo.
Yo tenía trece años y era un chaval flacucho que el único deporte que había hecho era el que nos impusiera el profesor de gimnasia del cole.
Se me hizo un mundo, por pereza y timidez, presentarme ese primer día a los entrenamientos, sin saber que estaba dando un paso valiente, transcendental en mi vida, por lo que suponía salir de casa, crearme un nuevo grupo de amigos fuera del colegio de curas, comenzar a amar el deporte, disciplinarme en algo diferente a los estudios y competir por una causa noble como es defender a tu club.
El entrenador por antonomasia era Anchoa; un gigantón, más por entonces desde mi óptica y estatura de casi adolescente, con barba de ayatolah, mala leche y corazón enorme que nos hacía trabajar como si fuésemos a las Olimpíadas (de hecho, alguno llegó en el futuro a hacerlo).
El primer entrenamiento de todos, en los muchos años que estuve haciendo remo, fue ir corriendo al campo del Betis desde el 'Labra'. A los cinco minutos de empezar, cuando cruzábamos el puente hacia la Palmera, el Anchoa pegó un grito ensordecedor:
¡¡¡Bore, deja de dar zapatazos!!!
Me impactó tanto ese grito que el recorrido se me hizo eterno, retorciendo los pies de forma que no sonaran en su contacto con el asfalto.
Estos días de playa, con cuarenta y dos tacos, hago todos los días sin excepción mi carrera de Conil a El Palmar, con baño final en el mar cuando ya se ve Venus en el crepúsculo.
La semana pasada estuvieron aquí Marta y Miguel, mis profesores de pilates, grandes deportistas y mejores amigos. Se fueron a ver la puesta de sol justo allí donde yo acabo mi recorrido diario. Cuando llegué acalorado de mi carrera Marta me dijo, para mi satisfacción personal:
¡Qué buen estilo tienes corriendo, Salva!
Jeje.
No tardaron en venir recuerdos de mi primer día en el Labradores, cuando gracias a mi tío Yiyi me apunté en un club de Remo.
Yo tenía trece años y era un chaval flacucho que el único deporte que había hecho era el que nos impusiera el profesor de gimnasia del cole.
Se me hizo un mundo, por pereza y timidez, presentarme ese primer día a los entrenamientos, sin saber que estaba dando un paso valiente, transcendental en mi vida, por lo que suponía salir de casa, crearme un nuevo grupo de amigos fuera del colegio de curas, comenzar a amar el deporte, disciplinarme en algo diferente a los estudios y competir por una causa noble como es defender a tu club.
El entrenador por antonomasia era Anchoa; un gigantón, más por entonces desde mi óptica y estatura de casi adolescente, con barba de ayatolah, mala leche y corazón enorme que nos hacía trabajar como si fuésemos a las Olimpíadas (de hecho, alguno llegó en el futuro a hacerlo).
El primer entrenamiento de todos, en los muchos años que estuve haciendo remo, fue ir corriendo al campo del Betis desde el 'Labra'. A los cinco minutos de empezar, cuando cruzábamos el puente hacia la Palmera, el Anchoa pegó un grito ensordecedor:
¡¡¡Bore, deja de dar zapatazos!!!
Me impactó tanto ese grito que el recorrido se me hizo eterno, retorciendo los pies de forma que no sonaran en su contacto con el asfalto.
Estos días de playa, con cuarenta y dos tacos, hago todos los días sin excepción mi carrera de Conil a El Palmar, con baño final en el mar cuando ya se ve Venus en el crepúsculo.
La semana pasada estuvieron aquí Marta y Miguel, mis profesores de pilates, grandes deportistas y mejores amigos. Se fueron a ver la puesta de sol justo allí donde yo acabo mi recorrido diario. Cuando llegué acalorado de mi carrera Marta me dijo, para mi satisfacción personal:
¡Qué buen estilo tienes corriendo, Salva!
Jeje.
martes, agosto 03, 2010
Lo sobrio
Lo austero.
Sé que cada persona es un mundo y que cada uno de nosotros encuentra su camino por direcciones diferentes hacia la zanahoria eterna de la felicidad.
En mi caso, yo encuentro el sendero hacia la satisfacción personal en lo sobrio, lo poco adornado ni barroco. Hablo de la superficie y el contenido, de las actitudes ante la vida y de la vivienda en la que habito, de los libros que leo, los paisajes que me gustan, incluso del diseño de este mismo blog.
Prefiero lo austero, sin renunciar a nada. Tener el alma despejada.
Tengo la teoría, seguramente desacertada, que quien tiene las paredes de su casa llena de cuadros, adornos, cachivaches, fotos, medallas, jarrones y santos, así tiene su vida. Empetada de muchos elementos no prioritarios.
Yo busco lo blanco, la luz.
Cuando estoy con un amigo, me gusta estar con él, no reunir a diecisiete con quien resulta dificultoso relacionarse. Si estoy leyendo, estoy leyendo... no quiero mantener conversaciones paralelas.
No encuentro más placer que un paseo, sólo o acompañado, por la playa. Sin necesidad de cubrir el silencio con palabras que rellenen artificialmente el espacio. Sentir las olas del mar.
Me gustan las caricias dadas con calma, una tarde entera.
Yo lo llamo sobriedad.
Sé que cada persona es un mundo y que cada uno de nosotros encuentra su camino por direcciones diferentes hacia la zanahoria eterna de la felicidad.
En mi caso, yo encuentro el sendero hacia la satisfacción personal en lo sobrio, lo poco adornado ni barroco. Hablo de la superficie y el contenido, de las actitudes ante la vida y de la vivienda en la que habito, de los libros que leo, los paisajes que me gustan, incluso del diseño de este mismo blog.
Prefiero lo austero, sin renunciar a nada. Tener el alma despejada.
Tengo la teoría, seguramente desacertada, que quien tiene las paredes de su casa llena de cuadros, adornos, cachivaches, fotos, medallas, jarrones y santos, así tiene su vida. Empetada de muchos elementos no prioritarios.
Yo busco lo blanco, la luz.
Cuando estoy con un amigo, me gusta estar con él, no reunir a diecisiete con quien resulta dificultoso relacionarse. Si estoy leyendo, estoy leyendo... no quiero mantener conversaciones paralelas.
No encuentro más placer que un paseo, sólo o acompañado, por la playa. Sin necesidad de cubrir el silencio con palabras que rellenen artificialmente el espacio. Sentir las olas del mar.
Me gustan las caricias dadas con calma, una tarde entera.
Yo lo llamo sobriedad.
domingo, agosto 01, 2010
Portazos
Hace pocos días terminé una cena de forma abrupta, con un portazo, con una persona amiga que me importa mucho.
Torpes los dos, cada uno escudándonos en nuestras razones, dolores y frases dichas.
No hay nada más inquietante en una relación de amistad que la falta de bases sólidas que den estabilidad, porque eso es precisamente lo que la define. La amistad es, por encima de todo, seguridad, estabilidad.
Son tantos años, que se cuentan en decenas, que da rabia admitir que no nos entendemos, que algo falla.
Cuando, además, uno tiene la seguridad, quizás equivocada, de tener la razón (que nunca nadie tiene del todo) es más difícil dar el paso de reabrir puertas.
Es doloroso pensar que una persona que te importa mucho, a la que no le deseas otra cosa que lo mejor que le pueda ofrecer la vida, puede quedar para siempre al margen de tu aventura vital.
Aunque nunca se puede renunciar a futuras oportunidades, son dos tropiezos graves ya, algo falla y, aún así, le mando el más sentido de mis besos a la princesa de los colchones.
Torpes los dos, cada uno escudándonos en nuestras razones, dolores y frases dichas.
No hay nada más inquietante en una relación de amistad que la falta de bases sólidas que den estabilidad, porque eso es precisamente lo que la define. La amistad es, por encima de todo, seguridad, estabilidad.
Son tantos años, que se cuentan en decenas, que da rabia admitir que no nos entendemos, que algo falla.
Cuando, además, uno tiene la seguridad, quizás equivocada, de tener la razón (que nunca nadie tiene del todo) es más difícil dar el paso de reabrir puertas.
Es doloroso pensar que una persona que te importa mucho, a la que no le deseas otra cosa que lo mejor que le pueda ofrecer la vida, puede quedar para siempre al margen de tu aventura vital.
Aunque nunca se puede renunciar a futuras oportunidades, son dos tropiezos graves ya, algo falla y, aún así, le mando el más sentido de mis besos a la princesa de los colchones.
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