Cuando trabajo en Madrid, me gusta cenar en un gallego donde se come riquísimo.
Siempre voy con compañeros y repetimos menú: una ensalada de lechugas vivas y tortilla de Betanzos.
Esta pasada semana me vi obligado a ir solo, pero no quería renunciar al menú. La camarera, al retirarme la ensalada y acercarme la tortilla, me preguntó, con la bandeja en la mano:
—¿Quieres que te sirva media?
Vi el cielo abierto y se lo agradecí.
—Me vendrá bien, la ensalada era enorme y no me gusta cenar tanto.
Entonces ella la partió, dejando salir la yema cruda, antes de servírmela en el plato. Babeaba de solo verla.
—Aquí le dejo la otra media —la colocó sobre mi mesa—. Esa ya se la sirve usted.
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