El que cree que su país es el único mapa posible, que su calle es el centro del universo, que su rellano es la frontera definitiva.
No sé cómo se mide la empatía de un pueblo. No hay termómetros en las plazas ni análisis de sangre colectivos, pero es seguro que la hemos dejado caer sin darnos cuenta.
Qué bueno que surgiera un científico prodigioso que supiera encontrar la vacuna contra la desgana hacia el otro. Vacuna obligatoria, de esas que nada más pinchártela te hiciera decirle al enfermero:
—Gracias por cuidar tan bien de mí.
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