En nuestras oficinas de Madrid hay menos salas de trabajo de las que necesitaríamos. Nos llevamos las horas creyendo que solucionamos el mundo con nuestras reuniones.
La teníamos reservada y, llegada la hora, seguían dentro. Así que tuvimos que abrir la puerta para recordarles que había gente esperando.
Cuando pasaron las dos horas de nuestra reserva, enredados en nuestros planes de acción para acabar con esto y rematar lo otro, vi a un hombre desde fuera del cristal haciendo gestos.
—Mira, Manuel, ese hombre te está saludando.
—No, Salva, está haciendo aspavientos para que desalojemos la sala.
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