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martes, febrero 17, 2026

Agridulce

A mí la comida asiática me entusiasma tanto como me cansa.

Si voy a un japonés o a un chino, que disfruto como un enano, ya estoy vacunado para varios meses. Como si ese arroz frito o los rollitos de primavera se quedaran en mi estómago como defensores de un castillo.

No es el caso de Fran, que me trata de camelar siempre que bajo la guardia, sobre todo usando el argumento de la modernidad:

—El chino de la calle Trajano es espectacular, el japonés que han abierto en Miguel de Mañara, todo el mundo habla de él.

Acaba por convencerme. Lo que ocurre es que leo la carta y acabo pidiendo lo mismo:

—Quiero cerdo agridulce —le digo.

—¡Esto es un japonés!

—Ah, entonces pollo teriyaki.

—¡Cateto!

Prefiero que arriesgue él antes que jugármela.

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