Cuando yo era un jovencito en la veintena muy metido en el armario, tras escribirme durante meses con un chico boliviano que me enviaba cartas preciosas desde el otro lado del Atlántico, reuní todos mis ahorros para viajar a verlo.
El encuentro no fue lo esperado porque no hubo química, pero sí un profundo respeto entre los dos. Allí pasé dos semanas maravillosas recorriendo un país que quedó para siempre en mi corazón.
Poco después él me devolvió la visita a Sevilla, cargada del mismo cariño. De eso hace media vida.
En todo este tiempo hubo contacto esporádico gracias a que nos reencontramos por las redes sociales. Entonces supe que se había ido a vivir a Barcelona, que había adoptado a una niña, que triunfaba con su carrera de arquitecto.
Hace unos días me envió un mensaje:
—Tengo el corazón hecho pedacitos, Salva.
Esta noche seremos dos señores maduros los que nos encontremos, treinta años después, en un restaurante en Madrid.
Hay abrazos que no pueden esperar.
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