Escucho, observo y disfruto de Fran cada día. Sé de sus manías, sus posicionamientos, su particular manera de pronunciar la ese, su forma de desdoblar las camisetas lanzándolas al aire.
Pero, de vez en cuando, roba cosas que hay en mí. Una expresión, un gesto, un suspiro.
—Te estás aboretando —le digo.
Y él me sonríe con la sonrisa suya.
La mía es menos bonita.
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