No conozco a nadie de Huelva que me caiga mal.
Es un juicio personalísimo de estadística pobre, pero es el que tengo.
Andábamos ayer almorzando con mi querida Elisa, onubense, y el cotilla ─novelista─ que hay en mí, escuchó en la mesa de atrás.
─Es que los de Huelva son muy... ─agucé el oído─, no sé son como muy... ─no encontraba la palabra la voz de mujer que tenía a mis espaldas.
─Salva ─me preguntó Elisa─, ¿quieres probar la paella?
─Luego la pruebo...
¿Son muy qué?
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