De adolescente, me inscribí en un club de remo.
Ese repetir el mismo movimiento durante kilómetros en la llanura líquida del Guadalquivir, bajo puentes y campanas de iglesias, se convertía en una suerte de práctica sudorosa de la meditación.
Pegar el culo a los tobillos, abrir los brazos, meter las palas en el río y empujar con todas mis fuerzas, de las piernas primero, de los brazos después, hasta expulsar el agua, ya casi tumbado.
Una y otra vez.
Mi mente anestesiada, de pronto, por cualquier estímulo, salía de allí, olvidaba lo que estaba haciendo y perdía el equilibrio.
Cuanto más metido estaba en mi mundo, más cerca de caerme al agua.
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