Para ver Soria hay que ir a Soria.
No pilla camino de ningún lado.
Esta semana he ido por trabajo y confirmé que me embelesa, con el encanto propio de lo sencillo.
A mí, sevillano, me enamoran los enclaves machadianos. Me identifico con esa tristeza andaluza que el genio proyectó en ellas. Ciudades de piedra lejanas a las paredes de cal blanca de su infancia. Tanto que me cuesta distinguir, cuando ya no son más que recuerdo, si aquel portón era de Baeza, si ese instituto era de Segovia, si los paseos bajos árboles sin hojas eran de Soria.
Cada cierto tiempo vuelvo para reencontrarme con la verdad de cada una de ellas.
Este miércoles bajé hasta el Duero por donde imaginé que bajaba él, paseé sus orillas con su caminar pausado, agarrado a su abrigo en noches invernales, aguantando el viento que yo aguanté.
Asomado a su río, al caer la noche, sin que nadie nos viera, le dejé mis ojos por un buen rato.
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