Para mí es una victoria soñar bonito.
Porque tengo la suerte, mala o buena, de recordar con precisión los sueños.
Así, los días en los que me levanto tras un vuelo nocturno sobre Venecia ya comienzo con buen pie.
No sé cuánto hay de ciencia en la positividad de las historias que transcurren al otro lado de la almohada, lo que sí sé es que en mis peores períodos de estrés las pesadillas eran una noche sí y la otra también.
Así que cuando abro los ojos y recuerdo paseos infinitos en bicicleta por la luna, sé que no lo estaré haciendo del todo mal.
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