Ayer tarde, paseando por una gélida avenida de Torneo, un chaval que venía de frente me preguntó:
—¿Hablas árabe?
Le dije que no.
—Necesito ayuda.
Hubo tal educación en su manera de pedírmelo y tal dolor en su mirada, que le pregunté qué podía hacer por él.
—Tengo hambre.
Llamé a Fran y lo llevamos a un supermercado.
—Coge todo lo que necesites.
El joven, de diecinueve años, tan solo tomó un sándwich de atún y una botella de agua. Lo convencí de que cogiera un paquete de patatas. Nada más salir, engulló el bocadillo como si le fuera la vida en ello.
Nos explicó que era de Tetuán, que había llegado en los bajos de un camión y que llevaba dos días por Sevilla. Sin nada. Alguien le había robado la mochila en un albergue. Le ofrecí mi móvil para llamar a su madre, pero no recordaba el número. Me dijo que no sabía cómo ir a Lepe, donde conocía gente que le ayudaría a encontrar trabajo en el campo.
—Yo soy cocinero, pero tengo buena cabeza para aprender todo.
Fuimos paseando hasta la estación de autobuses, le sacamos el billete para Lepe, le dimos algo de efectivo y le escribí nuestros teléfonos. Se abrazó a nosotros dándonos besos en el cuello y repitiendo sin parar 'muchas gracias'.
Él no podía imaginar que los agradecidos éramos nosotros.
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