—Qué encanto el chaval marroquí que me ha arreglado el pinchazo —me decía Fran el otro día.
—Como los dos que trabajan en el Carrefour Exprés de abajo de casa —le apoyé.
—Igual que el dueño del restaurante La Alcoba de abajo de casa.
—¿Y qué me dices de la camarera que se hinchó de llorar escuchando el desamor de Raúl?
En tiempos de destrucción del otro, Fran y yo somos muy fans del buen hacer de tantos marroquíes que vinieron a compartir la ciudad con nosotros.
Son de casa.
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