El ser humano está obsesionado con la eternidad, sin ponerse a pensar que, tal vez, sería una pesadilla.
Existir para siempre. Qué horror. Un futuro eterno de felicidad celestial. ¿Cómo se come eso?
¿No sería más sensato pensar que la realidad está aquí y ahora? ¿Que no hay necesidad de ocupar el tiempo en pensar en otras vidas que, quizás, no vengan?
Que hay que comportarse bien porque sí, no buscando un premio.
Vivir intuyendo que esto se acaba afina la mirada.
Porque si ocurre que cuando desaparezcamos, lo hacemos para siempre, bien está. No sufriremos, porque no existiremos.
El sentido de la vida, si lo hay, está en el presente, en querernos y querer. En apreciar lo bello, en aprender de los otros, en ser cada día mejor.
No olvidemos que estamos libres de toda culpa, porque nadie nos preguntó si queríamos plantarnos aquí. Nos han educado en lo contrario, en la puñetera culpabilidad. Eso sí, ya que estamos, saquemos nuestra mejor versión.
¿Ser eternos? Qué pereza...
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