Llevo dos encuentros con amigos —muy amigos— en los que he saltado como una fiera.
Por situaciones en las que puedo tener razón, pero con formas que me quitan toda la razón.
No sé qué virus nos han inoculado en estos tiempos que nos hacen estar tan viscerales: yo me niego a ser así.
Porque yo quiero transmitir calma, saber escuchar, tener paciencia, ser como siempre he presumido ser. Pero, de pronto, pierdo los papeles, levanto la voz más de la cuenta y me digo:
—Ese no soy yo.
Tengo que currármelo.
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