—¿Cuál es la comida típica de Sicilia? —preguntó Fran, mientras caminábamos por Palermo.
—La pasta alla norma —respondí.
Él me hizo gestos para que me callara, porque no me lo estaba pidiendo a mí, sino a las gafas con inteligencia artificial que le regalaron por su cumple.
Un invento que disfruté mientras visitábamos los templos de Agrigento, porque me lo prestó para que escuchara la crónica de lo que estaba ocurriendo en Venezuela.
—¿A qué hora sale el vuelo de Catania a Sevilla de los martes?
—A las cinco y media.
Pero me miró con cara de que no era conmigo con quien hablaba.
—¿De qué estilo es la catedral de Cefalú? —planteó la mañana que desayunábamos en la piazza del Duomo.
—Árabe-normando —le dije, sin recordar que llevaba puestas las gafas.
Ya en Siracusa, paseando ensimismados por la isla de Ortigia, Fran quiso saber si llovería esa tarde. Yo esperé a que el artilugio le contestara.
—Borete, ¿que si lloverá esta tarde?
—Ah, ¿que es a mí?
Ya somos tres en el matrimonio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario