—Parecen marineros —comenté.
Tras llegar de Marruecos, el olor a sal y gasóleo envolvía la aduana en Tarifa, donde nos sorprendía el uniforme de los policías que controlaban el pasaporte en la garita de cristal.
Ya en mi turno, al entregar mi documentación, comprobé que eran oficiales rumanos los que estaban al mando del control de fronteras. El escudo del país y su nombre en el uniforme lo confirmaban.
Me devolvió los papeles con un 'gracias' mecánico y salí del puerto con la alegría de pensar que un futuro de concordia aún es posible.
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