Llegaba a la sala de reuniones donde estaba citado en la fábrica de Tánger y un directivo marroquí se levantó a darme la bienvenida.
—¡Hola, caracola!
Yo le respondí con una sonrisa mientras su jefa, española, se excusaba.
—Eso te lo digo yo a ti de forma cariñosa —le explicaba, en francés—, pero no es para utilizarlo con desconocidos.
—Ya no somos desconocidos —medié, para quitar hierro al asunto.
Así ocurre en nuestros días, que la gente repite expresiones como cacatúas sin saber cómo ni por qué.
No hay comentarios:
Publicar un comentario