—Lleva un cuchillo en la maleta —me dijo.
—Es cierto —me excusé—. Olvidé sacarlo.
Tomé la maleta de la cinta y tiré de la mochila en el control de seguridad de Atocha.
—¡Deje la mochila ahí! —me gritó, ya con malos modos.
Se acercó otro miembro de seguridad y me indicó dónde abrir el equipaje, pidiéndome los datos y el billete de tren. Sin amabilidad.
Explicarles que unos días antes pedí cubiertos en la recepción del hotel para tomarme cada tarde una manzana al volver de trabajar, y que lo guardaba en la maleta para que no se lo llevaran al hacer la habitación, era una quimera.
Pero yo, en ese momento y en Atocha, era un peligro.
Le di el cuchillo para la fruta como me enseñó mi madre a darlo.
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