Cuántas conversaciones no son sino dos monólogos.
El que escucha, preparando su discurso. El que habla, concentrado en el suyo.
Así asistimos a diario a partidas de ping-pong en las que la disposición a olvidarse uno de sí se convierte en quimera.
─¿Sí o no?
─¿Perdona?
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