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viernes, septiembre 18, 2026

Japonesa

Fui allí porque tenía ganas de comer sashimi, llevado por las reseñas del restaurante, en una zona cercana a mi hotel de Madrid.

Me encontré con un espacio vacío, con una decoración de película de terror y paredes rojas.

─¿Me pone una copita de rosado?

No podía venirme abajo. Salir solo a cenar no tiene por qué ser una condena.

La mujer, oriental, me sirvió el vino y me entregó la carta. No era muy tarde, pero la sentí incómoda. 

No tardó un minuto en traerme la ensalada de algas. Deliciosa, por cierto. Antes de terminarla, no más de dos minutos después, ya tenía el sashimi de salmón enfrente. Que tampoco estaba malo.

Ella se apostó frente a mí y no me quitó ojo durante la cena. 

La cuenta tardó en llegar menos de un suspiro en cuanto hice el gesto.

Luego hay negocios que se quejan de estar vacíos.

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