Para hacer chistes hay que tener gracia.
Cuando, además, la broma busca la herida, hay que tener salero.
Estas vacaciones me he incorporado una semana más tarde al trabajo gracias a que tenía bastantes días a mi favor —que aún me darán margen para una merecida pausa en noviembre—.
El caso es que en mi primera reunión salió el malaje de turno:
—Un poco más y no te vemos hasta Navidad.
Dicho con arte, me hubiera reído.
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