Un escritor se hace maduro cuando asume que escribe para sí mismo.
Importa, y mucho, trabajar en la fluidez del relato. Lo que ocurre es que, al hacerlo, estamos trabajando nuestra capacidad para desmadejar la forma de explicar las cosas y quien más gana al hacerlo es uno mismo. Acercarme al espectro autista en mi última novela fue una prueba de fuego. Es una gimnasia cerebral que contribuye a hacer de quien escribe una persona con la cabeza mejor amueblada para razonar.
Pero hasta aquí solo hablamos de las formas, lo que realmente beneficia a los que contamos historias es la terapia diaria que hacemos acerca de la persona que somos y de aquellos que nos rodean, sean conocidos o no, sea una persona con nombre y apellidos o el ser humano en sí, sea mujer, niño, anciano, empresaria de éxito o enfermo terminal.
Yo cada vez me conozco más en mi ejercicio diario de construir historias inventadas.
Si escribes para el aplauso, este no vendrá tan fuerte como si escribes para crecer.
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