Cuando empezamos nuestra relación no soportaba los toquecitos de Fran en la cama al acostarse.
Golpeaba con la palma de la mano mi lado de la cama para decirme: 'acuéstate ya'.
Acostumbrado a hacer toda mi vida lo que me dio la gana, ese momento de la noche me angustiaba como una película de terror.
Se lo dije y dejó de hacerlo.
Pero poco a poco, veintitrés años después, ya han vuelto los golpecitos. Y ahora, al escucharlos, se me enternece el corazón.
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