Mi abuela tenía una casa en un pueblo famoso por sus tortas de aceite.
Allí pasábamos veranos enteros los infinitos primos de los ocho hijos que crio, con un pilón diminuto en el que se metían hasta los perros. La cocina daba al patio a través de un ventanal y desde allí llegaban las risas de las madres preparando tortillas y gazpacho.
Las tardes, de merienda, eran de tortas de aceite.
El otro día, en Ayamonte, mi hermana Raquel las encontró sin azúcar pero con todo el sabor al ajonjolí de entonces.
Ajonjolí. Belleza de recuerdo.
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