viernes, julio 31, 2009
Solo
Puede resultar sencillo decirlo para alguien que, como yo, lleva tantos años de vida afectiva plena, estable, de amor intenso y correspondido.
Tal vez una de las claves para el éxito de mi vida en pareja es la oportunidad que nos damos mutuamente para encontrarnos en nuestras burbujas de soledad.
Cada cierto tiempo necesito pasearme la ciudad por la noche, vagabundearla, a solas.
Se me vienen a la mente muchos nombres de gente a la que quiero que no sabe estar dos horas seguidas sin coger el móvil y llamar a alguien. Para contarse nada.
Es duro y purificante que pase un fin de semana completo sin que suene el teléfono, sin que te escriban un correo.
No me gusta llenar el silencio con conversaciones huecas.
Adoro el silencio, los espacios abiertos para caminarlos, los libros cuando se leen en una cama amplia, prepararme un gintónic con música de Suzanne Vega, conducir oyendo las noticias y dejar que tu mente razone con presteza, que profundice, que digiera cómo va el mundo.
Esta terriblemente compleja vida se ve con otros ojos, más llenos, cuando tenemos la fortaleza de mirarla de frente sin confirmar, de reojo, si tenemos ángeles guardianes protegiéndonos.
Cuando te descubres feliz en un asiento aislado de una sala de cine, sin pensar en qué dirán, tienes mucho ganado para conquistar el cariño de los demás.
Poca gente más atractiva que aquella que sabe manejarse por ella misma.
No hay mejor seducción que la fortaleza de saberse capaz de por sí, mejor amor que el dado por una persona serena.
Por mucha gente que tengamos alrededor, sea triste, duro o no, pasamos el noventa y mucho por ciento de nuestra vida nosotros con nuestros pensamientos, nosotros con nuestras miedos, cavilando, hablando con nuestro interior, dándole vueltas a lo más nimio y a lo que no. La cabeza siempre dando vueltas, sin compartir con el exterior más que una mínima parte, siempre con los límites del lenguaje, las trabas de saber expresar qué hay aquí dentro.
La felicidad es paz interior. Complicada de luchar.
domingo, julio 26, 2009
Tres mujeres
En los tres casos coincide un factor: tres hombres que no valen un pimiento.
Historias de sexo disfrazadas de virilidad, cafés de media tarde a escondidas de sus esposas, promesas de estar disfrutando la mejor de las historias mientras a otras mujeres en lugares no lejanos les están contando la misma película.
Me gusta escuchar. Prefiero no dar consejos que no sé si serán correctos. Mejor escuchar e indignarme, mostrarme cercano y comprender sus desazones.
No todo vale en este mundo. No por ser una sola vida se tiene que vivir a costa de los sentimientos de los demás. La fidelidad debe ser, a mi entender, un grado.
Es fácil pensar ‘ojos que no ven, corazón que no siente’, pero es de una falta de respeto impresionante estar calentando la cama de otras personas sin decirlo, mientras promesas vagas llenan los huecos entre cerveza y cerveza.
Siempre hay una parte de culpa, importantísima, en quien se deja engañar, en quien asume juegos con quienes no van de frente. Acostarse con una persona casada es una opción que se puede tomar, pero es frecuente salir escaldado, por muy tranquila que se tenga la conciencia, por muy libre de ataduras que uno esté.
Yo, personalmente, no podría mantener una historia de amor con alguien que tiene un compromiso y duerme abrazado a otros brazos.
A estas tres mujeres a las que adoro sólo les sé aconsejar una sencilla palabra: dignidad.
miércoles, julio 22, 2009
150 años
El no vivir ya en París me hace desconocer su album 'Caravane'. De hecho, hasta hoy, sólo conocía de él su nombre. Ni siquiera una melodía, un estribillo.
Su voz en la radio era suave, tranquila, con cierto aire de tristeza impropio de su juventud.
Le preguntaron por una canción. El chaval explicó que la letra procedía de una frase que le repetía su padre cuando él era un niño, en la época en que el mundo se le venía encima a cada momento por problemas irresolubles para él.
''Tranquilo, Raphaël, dentro de 150 años nadie se acordará de ello''.
Esta tarde ando paseándome la ciudad de Mons, al sur de Bélgica, en mi enfermedad bien controlada de búsqueda de nuevas ciudades y paisajes.
Me estoy tomando un café frente a la estación de tren, tras haber subido y bajado cuestas de esta ciudad tranquila. No sé de dónde viene el nombre de Mons, tengo que investigarlo. Sé que, como ciudad fronteriza, ha sido destrozada en los últimos siglos por franceses, holandeses y españoles. Aun así, mantiene la figura, con hermosos edificios de piedra azul.
No sé si tendré tiempo de comprar el disco de Raphaël.
En la entrevista nombraba frases retenidas de su madre, pero no las recuerdo.
Tengo un amigo a quien también le gusta escribir, que me dice tener otro punto de vista sobre la literatura. A él no le interesan las calles de Nueva York, ni las costumbres de otros sitios, de otras gentes. Él, me dice, tiene todo su mundo en su habitacion, con una lata de cerveza y un pitillo.
Me parece hermosa su reflexión.
Voy a pagar el café y seguir paseándome las calles de Mons. El monstruo que hay en mí necesita combustible.
El combustible tiene nombre de disco esta vez, y se llama 'Caravane'.
Tal vez dentro de 150 años siga sonando la frase del padre de Raphaël en las ondas de emisoras de radio hoy inexistentes.
viernes, julio 17, 2009
Túnel bajo el Louvre
Mi ritmo vital había cambiado de golpe. A la avalancha de información en todos los sentidos que suponía la ciudad, a la oportunidad de expresarme en otra lengua y de viajar con facilidad por el centro de Europa, de conocer otras gentes, de disfrutar de fines de semana paseándome las orillas del Sena, se unían otras particularidades menos agradables.
Llegar al trabajo me suponía 45 minutos en coche la ida (no había combinación de metro posible) y más de hora y cuarto la vuelta (con suerte). Pasé por todas las fases de desespero, respiración profunda, cursos de inglés en CD, revistas para aguantar los parones… hasta que mi cuerpo se hizo. ¡Echaba tanto en falta los cinco minutos que necesitaba para llegar al trabajo desde mi casa sevillana!
Probé todas las rutas posibles. Por las autopistas exteriores, por el periférico, entrando por distintas ‘portes’, sumergiéndome en las calles del centro… Decidí que la mejor opción era entrar por la Porte Saint Cloud y tomar la voie Georges Pompidou, una vía rápida que transcurre por la rive droite del Sena. En un momento dado subía hacia el puente del Alma y en la plaza de la Concorde me unía a la confluencia de la avenida proveniente de los Campos Elíseos.
Ahí llegaba el nudo gordiano de mi historia.
Para poder acceder al túnel que me permitía desembarazarme del atasco, un gran pasadizo de varios kilómetros que discurría paralelo al Louvre, tenía que hacer lo posible por encontrar huecos que me permitieran pasar del carril más derecho, del que yo provenía, a justo el otro extremo de esa inmensa avenida.
Peleaba, a diario, con el malhumor parisino (expertos en no hacer sonar el claxon pero a desgañitarse con maldiciones desde el interior de sus coches). Pero conseguía llegar, casi siempre, al túnel que me llevaba a las puertas de mi casa.
Entonces me daba por reflexionar sobre el alma humana.
Observaba un porcentaje altísimo de conductores que suplicaban por que les hicieran un hueco en su intento de entrar en la fila afortunada del túnel pero, una vez allí, maldecían, chuleaban, impedían a toda costa que ningún otro conductor entrase en tan mágico pasadizo.
Yo observaba y lamentaba el profundo egoísmo humano.
El túnel del Louvre es paradigma de la condición humana. Cuando se trata de pedir… y cuando se trata de dar.
lunes, julio 13, 2009
Dudas meditadas
Hay numerosas cuestiones a las que dedico mucho tiempo de reflexión sin llegar a tomar posición.
No sé si eliminar centrales nucleares conllevaría aumentar la producción de centrales térmicas, que son unas de las grandes responsables del efecto invernadero con emisiones de CO2 que las nucleares no emiten. No sé hasta qué punto la ciencia avanzará para poder hacer desaparecer la radioactividad de los residuos de las centrales. Me faltan datos para posicionarme.
Sé que la humanidad tiene que hacer lo posible para crear un planeta más limpio, creo en los efectos perversos del cambio climático.
Tengo dudas sobre el consumo en la sociedad actual. Criticamos con fuerza el consumismo, y como tal concepto me parece repugnante. Pero, ¿qué sería de nosotros si no consumiéramos?, ¿qué sería de la actividad laboral si no hubiera objetos que producir porque no se consumen?, ¿qué haríamos con los cientos de millones de trabajadores de este mundo que viven de la industria, los servicios, la investigación? Investigar nuevos productos, ¿para qué? En esa sociedad sólo tendría sentido la producción de los elementos básicos. Todo basado en la agricultura, la medicina, la enseñanza, la justicia… ¿habría suficiente para mantener al ser humano en un mundo ‘hippy’ de no consumo?
Sé, en cambio, que detesto la especulación, el hacer dinero a costa de cualquier principio. Estoy convencido de que las empresas tienen que apurar su pilar humano, dejar de creer que los beneficios deben crecer a costa de cualquier cosa. Potenciar la productividad sin dejar de lado el respeto a las personas.
Tengo dudas y certezas.
Admiro a la gente que tiene una posición clara y contundente acerca de cualquier tema, siempre que sea apoyada en principios y datos, no en radicalismos de barra de bar.
Yo me apunto a la duda reflexiva y los principios firmes.
miércoles, julio 08, 2009
Ojos abiertos
Me gustaba la idea de no saber si iba a ver pintura, escultura o una retrospectiva de varios estilos. Sería bueno acudir a las exposiciones siempre así, por casualidad, con total ignorancia. Alguien quiere mostrarnos algo: simplemente eso ya cuenta.
No sé por qué, pero en los últimos meses me he encontrado sumergido en conversaciones, con personas que aman la creación literaria, sumamente críticas con el llamado 'arte moderno'.
Comentarios del tipo: todo es una farsa, un niño de cinco años hace mejores dibujos que muchos de esos artistas, es un mundo de arribistas...
Se critica 'el urinario de Duschamp', los cuadros de salsa de tomate de Warhol, las esculturas de Picasso con elementos básicos, los contenidos del Centro Pompidou de París, del Reina Sofía de Madrid, de la Biacs de Sevilla.
Creo, sinceramente, que no es un problema tan sólo de falta de humildad de quien critica (que estoy convencido que algo hay), sino de incapacidad de disfrutar.
La arquitectura de hoy es consecuencia de movimientos rompedores, los logotipos de las empresas, los apeaderos de los autobuses, el diseño de los automóviles... No podemos volver a tiempos en que no existía la fotografía, el vídeo, donde la única forma de reflejar la realidad era el pincel o el cincel.
Si Duschamp consiguió que un urinario entrara en el Museo de Arte Moderno de Nueva York sería por algo... Al menos así lo veo. No tengo la formación ni la experiencia para emitir juicios firmes, casi que ni quiero, pero como persona que trata de crear, de hacer reflexionar, de plantearse el mundo desde su propia esencia, sé que cuando entro en el Gugenheim de Bilbao o en el Museo de Arte Moderno de Estrasburgo, estoy totalmente dispuesto a dejarme seducir.
Quiero que me provoquen, quiero ver momias colgadas de un ventilador, habitaciones desordenadas, desnudos impúdicos, video-performances, manchas en el techo, cuadros de un solo color, lámparas que son tetas, tetas hechas de corcho, corcho repartido en vitrinas... Me apetece ver sillas de siete patas, relojes sin agujas, interpretaciones del dolor hechas por Francis Bacon, interpretaciones de Bacon hechas por escultores de metal, paisajes sin paisaje, figuras deformadas que me transmitan que la vida es eso: absurda, imprevisible, sarcástica, terrible, hermosa, incomprensible, interpretable...
No niego el derecho a criticar, a veces, con fuerza, incluso con desprecio, obras no entendibles o posibles farsas.
Pero quiero ver con ojos abiertos y tratar de entender al otro.
jueves, julio 02, 2009
Escoria europea
En poco tiempo se constituirá el nuevo Parlamento europeo, votado con desgana hace pocas semanas. Según se lee en algunos artículos, uno de cada cinco parlamentarios electos es extremista, entendiéndose por tal, en ciertos casos, a personajes que militan en partidos políticos xenófobos, fascistas, neonazis…
Asistimos con preocupación a elecciones en Bélgica, Holanda o Hungría donde hay porcentajes altísimos de votos para partidos que muestran desprecio por las minorías, sin sonrojo.
Afortunadamente a España no ha llegado aún esa lacra de forma notoria.
Soy partidario, firme partidario, de elaborar una ley de rango europeo en que se defina claramente lo que no es posible.
Cualquier cámara de televisión que salga por las calles de cualquier ciudad se puede encontrar con ciudadanos que sueltan por su boca barbaridades que da miedo escuchar. La gente tiene tendencia al más bajo populismo. ‘Muerte al moro, al gitano…’
No estaría de más prohibir lo que no puede tener sentido.
Un partido xenófobo, por definición, es escoria. La historia de la humanidad ya debería habernos enseñado los límites que nunca conviene trasvasar.
Y a la escoria no se le debe poder votar. No es cuestión de coartar la libertad de expresión, sino de limitar el perímetro del campo de juego (la Declaración de los Derechos del Hombre como fronteras de ese terreno no estaría mal).
Buen ejemplo tenemos con Batasuna. Si a estas alturas del siglo XXI no condenas el asesinato impune, no tienes derecho a representar a nadie.
Nos jugamos mucho.
viernes, junio 26, 2009
Hojin Lee
miércoles, junio 24, 2009
Nuestra naturaleza
Este razonamiento nace en mi búsqueda de la verdad del ser humano. Hasta qué punto somos como creemos ser.
Mi teoría me conduce a pensar que un ser humano no mostrará su verdadera realidad hasta no encontrarse en una situación límite, desesperada, radical, imprevista, explosiva, desgarradora.
Nuestra verdadera naturaleza se esconde, tal vez, tras rutinas diarias que ejecutamos en gran parte sin pensar. Somos buenos hermanos, amigos, hijos, padres, compañeros de trabajo, en general. Amamos con pasión mientras la pasión dura.
A mí me gustaría saber cómo actuaría si tuviera que jugarme la vida por comer, si la muerte se me apareciese de frente, si cayera en la mayor de las ruinas, si ganase el premio nobel, si perdiera las piernas en un accidente, si perdiera de un día a otro a mi gran amor, si hubiese en Sevilla un terremoto, si me tocase mañana la lotería.
Hay resortes en nosotros que están inutilizados, y no sabemos si los tenemos engrasados. Los músculos los utilizamos hasta límites sensatos.
Creo que en esas circunstancias verdaderamente valoraríamos nuestra calidad humana.
Reflexiones, quizás, insensatas…
lunes, junio 22, 2009
Petulante
domingo, junio 14, 2009
El pestillo
Es cuestión de azar que te toque una familia que te eduque en valores, que te trate con cariño sabiendo imponer normas básicas, que te dé tu espacio.
Tengo muy cerca ejemplos detestables de mala educación disfrazada de buenas intenciones. Niños malcriados, caprichosos, insoportables por consentidos.
Tuve la suerte de caer en el lado de aquellos, numerosísimos, que hemos sido formados con un alto grado de sentido común y mucho amor.
Mi susceptibilidad de los primeros años, la cabezonería, la hipersensibilidad de esos años de niño me hubiesen podido costar en el futuro una vida de un frustrado de no haber sido por lo que viví en casa.
Solía enfadarme como un energúmeno por cada comentario que yo considerase hiriente. Me levantaba del sofá, con todo el orgullo que cabía en un enano de 6 u 8 años, me encerraba en mi habitación y echaba el pestillo. Apagaba la luz. Lloraba y sufría en mi rincón de incomprendido.
Un día de cabreo llamó mi padre a la puerta y me explicó que, mientras yo pasaba las horas encerrado rumiando mis cabreos, ellos seguían viendo la tele tan tranquilos.
-El único que sufre eres tú.
He visto a lo largo de mi vida tantos pestillos cerrados que me congratulo de haber tenido un padre que me explicase, siendo yo un niño, que la felicidad está en nosotros, que el mundo no gira a nuestro alrededor, que las cosas no se solucionan encerrándote en ti con tus miserias.
domingo, mayo 31, 2009
El cordero de oro
Todo lo que se trate desde el respeto, con una óptica personal y razonada, más a sabiendas que en el terreno en que voy a entrar conozco gente, cercana, a la que quiero, todo lo que atañe a cada cual es opinable.
Mi reflexión versa sobre la romería del Rocío.
A mi modesto entender, la peor publicidad que se puede hacer de nuestra tierra. Soy sevillano, tengo 41 años y, por tanto, argumentos, experiencias e historial al respecto.
Tengo un gran factor en mi contra. Nunca fui a esa romería.
Cuando se mezcla la religión con el alcohol, malo. Si la devoción se confunde con idolatría, peor.
Estoy cansado de lágrimas falsas, de sevillanas a la Blanca Paloma, de grandes dosis de incultura disfrazadas de gracia y salero, de hipocresía vestida de faralaes.
Cuando se ven imágenes de Kerbala y ese peregrinaje de 'fanáticos' golpeándose la cabeza, pienso que no está tan lejos del Rocío. Es más bonito éste, más romántico, pero en el fondo hay la misma materia.
Haría una gráfica e iría anotando los peregrinos que acuden cada año a este festejo. Que la curva de asistentes bajara sería, en mi opinión, el mejor síntoma de que nuestra tierra está dando saltos en positivo.
¿Mi lucha va contra el floklore?, ¿contra la cultura popular?, ¿contra la tradición?
Tal vez.
Tengo el derecho a tomar postura.
Quizás por eso defienda la Feria de Abril, con las críticas correspondiente a su exclusivismo y demás (que se podrán corregir en el futuro), donde para divertirnos, cantar a la vida y los amigos, bailar sevillanas y beber (con o sin) moderación, no hace falta buscar corderos de oro.
viernes, mayo 29, 2009
El Calder de un Yakuza
Justo antes había tenido tiempo de pasarme por la Fnac a ver las últimas novedades musicales de mis artistas preferidos, que las había, y a bichear entre las novelas de bolsillo para seguir con mis lecturas en francés. Ahí sale mi parte conservadora, que busca lo seguro: Amélie Nothomb, y la arriesgada, que lucha por introducir nombres nuevos casi al azar: Gilles Leroy en este caso.
Comía el entrecot pensando cómo aprovechar esa hora libre, mientras leía las primeras páginas de ‘Ni d’Adan ni d’Eve’, de la Nothomb. Dos primeras páginas electrizantes.
Tomé rumbo hacia el Centro Pompidou. Anunciaban dos muestras temporales: Kandinsky y Calder. Entré y pregunté en información a un chaval.
-Tengo menos de una hora, ¿qué me recomiendas?
Ni Kandinsky ni Calder, me ofreció visitar una exposición de mujeres artistas a partir de los años 60.
-Es lo más original en mucho tiempo en este museo.
Y cómo el museo no peca precisamente de recato, me lancé a por las mujeres.
Exposición brutal, en los conceptos, en los mensajes, en la puesta en escena. Salas donde se advertía que lo visto podría herir tu sensibilidad. Yo me acercaba a grupos formados donde una guía daba explicaciones que no terminaban de convencerme. No sé si me gusta que me expliquen tan en detalle el arte contemporáneo, puede llegar a hacerlo ridículo. Para mí el arte contemporáneo es inmersión, íntima, sin red.
Quise ver todo tan rápido que aún me quedaban quince minutos.
¿Kandinsky o Calder?
¿Quién era Calder?
Fui a lo seguro. Kandinsky. Intercambiando miradas a los cuadros del ruso, intercalados con vistazos a los tejados de París de la sexta planta del Beaubourg. Una evolución de lo figurativo hacia lo geométrico, donde siempre importaron especialmente los colores. Me gustó mucho la época intermedia, creo que vivida en Estocolmo. Pena de no poder leer todas las explicaciones en esa visita acelerada.
Pasé de lado por Calder. Vi mucha gente. Me pareció ver figuras de animales hechas con alambres.
Ya en el aeropuerto pude comprar prensa española tras varios días sin hacerlo. Abrí por el final y me encontré con Barbra Streisand y Robert Redford, ‘Tal como éramos’… ‘película imprescindible de Sidney Pollack, autor de ‘Yakuza’… decía el comentarista de la programación de televisión.
¿Qué significará Yakuza?
El avión despegó y decidí volver a las páginas iniciadas de la belga Amélie Nothomb. Es autobiográfica, te lleva a los tiempos de su reencuentro casi adolescente con Japón, tras haberlo abandonado con cinco años. Para ganarse la vida, busca alumnos de francés.
Aparece el primero, Rinri, un adolescente universitario de familia bien.
Entonces Amélie se acuerda de su apasionado lector sevillano. En esas primeras páginas me explica que el nivel de vida correspondía al de un hijo de un miembro de la Yakuza, una suerte de mafia japonesa. Cuando el adolescente le presentó a su padre, mafioso y encantador, éste le regaló una joya similar a un móvil de Calder, a quien no quise visitar unas horas antes en el Pompidou.
Volando a Sevilla, a diez mil metros de altura, confirmé que la literatura es magia.
lunes, mayo 25, 2009
Aviones
Me gustan los aviones, los hoteles, los aeropuertos, las estaciones de tren, los coches de alquiler, las esperas, los planos de metro.
Mañana vuelo hacia Francia, duermo en la costa normanda y al día siguiente en la frontera con Bélgica.
Y soy feliz.
Me subleva la gente que se queja por quejarse, de la incomodidad de los aviones, de los tiempos perdidos en los aeropuertos.
No hace falta más que echar un poco, sólo un poco, la vista atrás. Para comprender lo que éramos y lo que somos.
Saber que esta noche duermo en mi cama de Sevilla y mañana a eso de las nueve y pico de la mañana estaré en París. Que podré tomarme un croissant de almendras francés insuperable, que en apenas unas horas estaré en la desembocadura del Sena paseándome por un pueblo normando de iglesias de madera, aunque sea para trabajar.
El ser humano, la gran mayoría, no aprecia lo que somos, lo que hemos llegado a ser. Pensar que en unas cuantas horas te plantas en cualquier lugar del mundo, con otras lenguas, otros rasgos, otras formas de entender la vida y de expresarte.
Yo lo aprecio con especial sensibilidad. Disfruto cada viaje con el corazón abierto a respirar otros aromas, consciente del privilegio que supone conocer culturas distintas a la mía.
Mañana será Francia, otros días fue Japón, o México, o Chile, o Turquía, Eslovenia, Marruecos, Bolivia, Suecia, Rumanía, Estados Unidos, Italia, el maravilloso Portugal tan cercano, Bélgica, Finlandia, Inglaterra… sí, me siento orgulloso de ser un ser viajado.
Me llena haber leído, haber conocido otros sitios, saber relativizar (por mucho que le joda al Papa el relativismo). Soy la persona más afortunada sabiendo que el mundo es grande pero abarcable, que ninguna raza es mejor que otra, que todas las lenguas suenan bien. Que en todos los sitios la gente se ama, se odia y se desespera ante la muerte.
Recuerdo mi primer viaje con interrail, con 18 años, cuando llegué a Copenhague. Me tiré en el césped del camping, reventado. Miré hacia un cielo azul de nubes hiper rápidas y me dije: Tan lejos de mi Sevilla y el cielo sigue en su sitio, las gentes andan igual y el suelo está igual de duro.
sábado, mayo 23, 2009
Tiempos eternos
viernes, mayo 22, 2009
Estrategia diaria
lunes, mayo 18, 2009
Ser de izquierdas
Con la iglesia hemos topado.
Hay mucha gente que critica el hablar de izquierdas y derechas. Todo se mezcla, ya no hay fronteras, son estigmas del pasado, ya no hay principios políticos…
Yo, en cambio, me reivindico de izquierdas. Sin ambigüedades ni tapujos. De izquierdas.
¿Qué entiendo yo por ser de izquierdas?
Ante todo, un principio básico. El convencimiento de que los seres humanos no pueden ser tratados todos por igual.
‘Horror, ¡Eso es lo contrario al socialismo!’
No. A quien realmente es de izquierdas, le preocupa un mundo en que se sabe que no todos tenemos las mismas capacidades (intelectuales, físicas, emocionales, económicas, culturales…). A mí, como persona de izquierdas, me gustaría pensar en una sociedad que apoya con los recursos necesarios a quien no puede llegar.
¿En qué baso este razonamiento? En mi propia experiencia.
Sé que soy un ser privilegiado. He vivido en una familia de clase media, he recibido unos estudios universitarios, he tenido la capacidad de sacar una ingeniería adelante, tengo un gran trabajo y una nómina más que decente a fin de mes.
Una persona de derechas diría, y su razonamiento sería perfectamente respetable: ‘Tú te lo has ganado y tienes todo el derecho a disfrutar de tu esfuerzo’.
Yo, que vivo con gente a mi alrededor que, no por ser menos válida que yo, no ha llegado tan lejos, voto izquierda. Quiero que mis impuestos sean importantes porque considero que hay que apoyar a quien no tiene la fuerza, el intelecto o las ganas de vivir con las que yo he nacido. Esas cualidades, en un gran porcentaje, me han venido dadas.
El votante de derechas cree en la compasión como base de las políticas sociales, el de izquierdas cree en la justicia social.
Como buen demócrata entiendo que son necesarias las dos corrientes en un mundo civilizado. Los extremos son peligrosos. Una política exclusivamente de izquierdas, sin el contrapeso de una fuerza de derechas, tendería a sacar el lado perverso del ser humano, haciendo flaquear las bases del esfuerzo personal para conseguir manejar nuestro futuro.
Soy de izquierdas porque quiero una sociedad progresista, porque creo que hay que apoyar de forma especial a la mujer al estar en desventaja, porque hay que desterrar intolerancias contra los grupos minoritarios, porque no entiendo de nacionalismos basados en banderas, porque mi sociedad anhelada es multicultural.
Ser de izquierdas es no creer en herencias, ni en posiciones de privilegio. Cada cual debe tener las mismas oportunidades y, al que realmente le cuesta trabajo tirar del carro, ayudarle.
Una sociedad generosa con los débiles.
domingo, abril 26, 2009
Educación de base
En nuestra sociedad a veces se dan mensajes políticamente correctos pero, a mi entender, desacertados de raíz.
Se habla, por ejemplo, de la violencia de género como algo que ocurre por igual en todos los estratos sociales, que no hay distinción estadística en función del nivel cultural de los implicados.
Y no es verdad. Ni lo puede ser ni lo es.
No es el mío un discurso clasista o de alguien que vive en una nube desde la que no se ve la calle.
Cuando vemos las cifras de los asesinatos machistas nos damos cuenta que la proporción de emigrantes es altísima, la de barrios miserables también.
Asesinos machistas sin escrúpulos hay potencialmente en cualquier lado. No pienso que haya en los genes de ningún hombre tendencia a despreciar a las mujeres, a maltratarlas, a condenarlas en vida a un continuo bombardeo de mensajes desmoralizantes.
Es cierto, sin duda, que hay personas que por muy buen entorno en que hayan crecido siempre serán malas malísimas. Pero hablamos de excepciones.
Si pasas tu infancia rodeado de familiares que tienen el mal gesto como rutina, que no saben lo que es un periódico y se jactan de ello, que no respetan un letrero indicativo porque no se preocupan de leerlo, que no dan las gracias cuando te sirven un café, que tiran los papeles al suelo o escupen como animales, si creces en un ambiente donde la única meta es sobrevivir para ganar dinero fácil, sin escrúpulos, donde no se valoran los afectos ni dan importancia a la educación de los críos porque se considera que estudiar es perder el tiempo, se están plantando las semillas para crear un ser indolente, despreocupado, insolidario, desclasado, retrasado respecto a los valores mínimos exigibles a la sociedad, acomplejado y peligroso.
Así, desgraciadamente, hay muchas personas en mi querida España. No digamos en el mundo.
En nuestro país durante muchos años hemos visto gente analfabeta funcional soltando billetes de 500 euros y riéndose de ti por depender de una nómina, vemos niñatos cuya única preocupación es ponerse hasta arriba de alcohol en descampados los fines de semana, encerrados en conversaciones que lo máximo a lo que llegan es a comparar el precio de sus camisetas de marca.
Ahora vienen estos lodos. Se crea a la fiera y nos asustamos cuando no conseguimos amansarla.
En determinados barrios el único objetivo de una cría de quince años es echarse un marido que la mantenga, porque no le han enseñado que pueda servir para otra cosa. Las pintan como puertas y las sacan de las escuelas en cuanto pueden para ponerlas a trabajar en casa.
Sé que es complicado lanzar este mensaje, pero se ven muchos menos asesinatos machistas en familias de clase media, donde la educación está estructurada.
El reto de esta sociedad es la educación, la formación, enseñar a conversar, a apreciar al otro, al diferente, la tolerancia. Hay violencia de género en Suecia, seguro, pero cierto es también que es la vigésima parte de la existente en Bolivia, la centésima parte de la de Camerún.
Luchar contra el maltrato es transmitir valores, crear disciplina, comunicar la importancia de leer, aprender, practicar, escuchar, respetar.
Cuando los valores son cuántas cadenas de oro tengo colgadas al cuello o lo bonito que es mi coche verde fluorescente tuneado, mal vamos.
¿Criminaliza mi discurso a los barrios obreros? Nada más lejos de mi intención. Mi razonamiento es un grito a esta sociedad para que sepa configurarse de modo que asegure la oportunidad de igualdades, una educación gratuita y de calidad, en que se ejemplarice con conductas nobles, no con mangantes, chuletas y caricaturas de la prensa rosa.
domingo, abril 19, 2009
Aprender a escribir
miércoles, abril 01, 2009
El Muerto
‘Tú te vienes, lo pruebas y, si te gusta, te apuntas’. Me llevé ocho años y llegué a participar en finales de campeonatos de España.
Haber estado tantos años haciendo remo en la adolescencia ha tenido su parte positiva, mi despertar a la vida, el amor al deporte, la pérdida de la timidez, el valor del esfuerzo… y su parte negativa, una escoliosis (desviación de columna) que hace que haya días en que reviente mi dolor de espalda sentado en mi despacho frente al ordenador.
En esa época en que yo hacía remo en el Guadalquivir, hubo un par de temporadas en que me asignaron un doble scull (un barco fino y largo, preparado para dos remeros con dos palas cada uno) y me colocaron de pareja al ‘Muerto’. Era un chaval de mi edad, simpático y siniestro, que cada vez que daba una palada movía el cuerpo como el hijo de Frankenstein. Yo, para nivelar el barco, tenía que hacer el mismo movimiento que él pero en sentido contrario. De ahí mi ‘S’ en la columna. Debo tener la ‘anti-S’ del ‘Muerto’. Mi espalda debe ser el negativo de su espalda.
Remar era un placer. No sólo el rato grande que pasábamos los fines de semana oyendo las campanas de la Giralda a las ocho de la mañana mientras rodeábamos el puente de Triana, sino los ratos disfrutados recibiendo el sol mientras sudábamos y sentíamos el ruido de cada palada, agua inabarcable a nuestro alrededor, las palmeras de chocolate y los xuxos de luego, los entrenamientos de lunes a viernes, las sesiones de pesas, la cultura del sacrificio, el compañerismo de pensar que nuestro éxito era el éxito de los demás.
A veces, cuando en ese movimiento repetitivo de ir hacia delante y hacia atrás, repetido hasta la saciedad, perdía la consciencia del por qué, llegaba a marearme y perder el equilibrio. Una metáfora de la vida. Llega un momento en que lo que se da por supuesto deja de ser razonable y todo se te desmorona. Remar era mecánico mientras no te lo planteases. En el momento en que te lo planteabas, en mitad del Guadalquivir, perdías el equilibrio.
La otra tarde, en una de las sesiones de fisioterapia para aminorar los dolores de la escoliosis, la chica que me trata tomaba mi cabeza entre sus manos, me pedía un relajamiento total, sentir la desconexión de la cabeza del tronco, mientras me movía con rapidez a veces, suavemente otras, la cabeza como si fuera una pelota de balonmano, como una bola de cristal.
En esos instantes mi bola de cristal ha soñado con no ser hombre, con no ser persona, con ser algo distinto. Con ser.
He creído en la posibilidad de volar. Cerrar los ojos y volar. No físicamente. Simplemente sentir que era posible no tener dos piernas, no tener cabeza, no tener sexo. Existir de otra manera. Creer en un mundo que no sería mundo, en seres humanos que no serían humanos, dejar atrás las definiciones, perder el ritmo de la palada y sentir que otra realidad era posible. Sin física, sin carne, sin dolor, sin dinero, sin gusto ni tacto ni rencores ni malicias ni reproches.
Otra realidad en que volemos fuera de vanidades y egoísmos.
Perder el equilibrio, el ritmo de la palada y volar.